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sábado, septiembre 25, 2010

Para leer o recitar tempranito

Juan Germán Fernández, cantante de un grupo musical llamado Las Pastillas del Abuelo, nos escribió a todos lo siguiente:

“Como empezar a leer no hay apertura
Como tildar a alguien de soberbio no hay peor tilde
Como maestra la mejor es la lectura
Como condición la primera es ser humilde
Como empezar a escribir no hay aventura
Como abismarse al interior no hay mas abismo
Como escalera la mejor es la escritura…”

Lo leí por primera vez de un cartel en vía pública, el cual anunciaba uno de los próximos recitales de la banda. Me pareció maravilloso.

Sinceramente no soy muy versado en el resto de los poemas que dan letra a sus canciones, o en otras composiciones de su autoría. Leí unos cuantos, definitivamente no todos.

Seguramente algunos me gustarán más y otros no tanto, o me parecerán más “adecuados” o menos para los jóvenes que los escuchan, aunque eso no sea en realidad muy relevante; lo cierto es que estas líneas me parecieron de tanto valor como para incluirlas en alguna “cosa” que todos tengamos que leer, recitar, pensar o aunque más no sea repetir como loros –algún día nos escucharíamos recitar y nos sorprenderíamos–, preferentemente todas las mañanas.

Leer, como apertura y maestra; indudable. Una forma de dejar entrar a otros, de abrirse a terceros pensamientos y opiniones. Una maravillosa manera de aprender, de incorporar, de cultivarse para ser más; para, eventualmente, poder dar más y mejores frutos, para disfrutar y ser dignos de ser disfrutados.

Escribir, aventura y escalera; fascinante, maravilloso, excitante, exigente, una forma de dar, de devolver, de sembrar, de entregar y entregarse. Es sólo cuestión de animarse, tanto a una como a la otra; es sólo empezar, es al menos intentar.

Humildad como condición primera; por supuesto. Soberbia como peor tilde; ojalá se instalase esa idea. Abismarse al propio interior, el viaje más largo, más rico, más difícil, imprescindible y excitante; el menos caro, el menos decepcionante, el menos peligroso.

No sé cuánto sentido tenga que yo siga escribiendo mucho más sobre esto. El poema en sí es y da para pensar y pensarse; así que para que no me tilden con el peor de los tildes, lo dejo a él de protagonista.

“Como empezar a leer no hay apertura
Como tildar a alguien de soberbio no hay peor tilde
Como maestra la mejor es la lectura
Como condición la primera es ser humilde
Como empezar a escribir no hay aventura
Como abismarse al interior no hay mas abismo
Como escalera la mejor es la escritura…”


J. R. Lucks




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domingo, agosto 15, 2010

Quedarse dolerá, pero marcharse mata

María Elena Walsh nos escribió, a todos, un maravilloso poema que se llama: “Serenata para la tierra de uno”. En él la autora le canta a su tierra, y la primera estrofa dice:

“Porque me duele si me quedo
pero me muero si me voy,
por todo y a pesar de todo, mi amor,
yo quiero vivir en vos”.


Siempre me pareció fascinante este verso que creo retrata muy gráficamente a muchos amores maduros; aquellos que, manteniendo aún o no ese maravilloso estado de “embobamiento” inicial de la relación, resultan tan pero tan sólidos que “por todo” pueden quedarse, “a pesar de todo”.

Sin ninguna intención de hacer apología de los masoquismos, en donde el dolor por el dolor mismo parece adquirir “sentido”, muchos de los que hemos pasado largo tiempo con la misma persona como pareja, sabemos que el “por todo” y el a “pesar de todo”, conviven.

En este mundo tan pero tan moderno en que la gratificación instantánea parece ser lo más buscado –como en otras épocas lo fueron el Santo Grial o La Piedra Filosofal–, la palabra compromiso suena demodé. Es cierto que en esos tiempos pasados muchas parejas, muchas uniones, se mantenían así –unidas– más por com-promiso (lo que se habían prometido en conjunto) que por amor. Ese compromiso, en casos inhibidor de tener que hacer el esfuerzo de poder amar, tampoco me parece bueno.

Lo cierto es que hoy, donde más que tiempo del compromiso (prometerse con otro) pareciera ser el del ego-promiso (prometerse a uno mismo pasarla bien cueste lo que cueste), el “a pesar de…” se torna demasiado rápido en causal de cambio.

Es muy bueno poder decir lo que canta María Elena. Ella se lo canta a un suelo, pero se le puede cantar a lo que sea. Yo –mucho más joven– en algún momento de un tiempo hace mucho pasado, le cambié algunas palabras para cantársela a mi pareja. Me parecía no poder encontrar mejores sonidos para decir lo que sentía.

Estas otras dos estrofas, creo, son también maravillosas, y así como están pueden ser aplicadas a un amor humano.

“Porque el idioma de infancia
es un secreto entre los dos,
porque le diste reparo
al desarraigo de mi corazón.


Por tus antiguas rebeldías
y por la edad de tu dolor,
por tu esperanza interminable, mi amor,
yo quiero vivir en vos”.


Por el idioma de infancia, ese que fuimos construyendo juntos desde que nos conocemos. Por esos secretos que nadie más puede compartir porque el tiempo vivido los asegura con un manto de irrepetibilidad. Por los reparos que nos hemos dado a los desarraigos, esos que nos han ido, indefectiblemente, desgarrando.

Por las antiguas rebeldías mutuas, que se han ido puliendo entre sí hasta que nuestras superficies, ya lisas, pudieron reflejarnos al uno en el otro. Por la edad de nuestros dolores conjuntos, la misma edad de nuestras alegrías compartidas.

Por tu esperanza y mi esperanza que atamos alguna vez a una estrella imaginaria en un futuro desconocido; para que nos diera camino que recorrer, para encontrar supuestos tiempos mejores que representaran horizonte, que nos dieran respiro de los presentes agobiantes que algunas veces tuvimos que pasar.

Por todo eso, y a pesar de todo eso, a un amor se le puede llamar así, mi amor, sin vergüenza ni temor a equivocarse.

Ojalá los nuevos jóvenes puedan permitirse el derecho de vivir lo que Maria Elena describe, con algo o con alguien. Mucho antes de ellos tal vez ese derecho le era negado a aquellos jóvenes, porque la obligatoriedad del compromiso hacía que no valiese la pena pensar en todo esto. Los que tuvimos la suerte de no estar obligados, ni tampoco tan desesperados por disfrutar antes de sembrar, sabemos que lo que escribe la autora es una sensación en realidad única y muy agradable.

Con el perdón de Maria Elena Walsh, dueña absoluta de las palabras que voy a re-frasear, aquí va la versión para mi amor:

Porque me duele si me quedo
pero me muero si me voy,
por todo y a pesar de todo, mi amor,
yo quiero vivir con vos”.

“Porque el idioma de infancia
es un secreto entre los dos,
porque le diste reparo
al desarraigo de mi corazón.
Por tus antiguas rebeldías
y por la edad de tu dolor,
por tu esperanza interminable, mi amor,
no puedo vivir sin vos”.



J. R. Lucks


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domingo, julio 11, 2010

Prendamos las velas que hagan falta

Uno de esos refranes sencillos, que con pocas palabras simples dice mucho e invita a moverse, propone:

“No maldigas la oscuridad, enciende la vela”.

Bárbaro ¿no? ¡No te quejes, hacé algo!

En una conferencia que el gran filósofo y escritor José Ortega y Gasset diera en la Universidad de la Plata –en Argentina–, hace ya más de 60 años, de una manera soberbia le recomendó a ese pueblo (me recomendó) lo siguiente:

“¡Argentinos, a las cosas, a las cosas! Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismos. No presumen ustedes del brinco magnífico que dará este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva, de tener trabadas y paralizadas sus potencias espirituales, que son egregias, su curiosidad, su perspicacia, su claridad mental secuestradas por los complejos de lo personal”.

La verdad es que tanto el refrán como la cita del discurso de Ortega aplican a cualquiera.

Dejar de lado la mezquindad para hacer cosas grandes. Dejar la oscuridad para ver y ser visto. No buscar (culpas ajenas) donde no hay (más que responsabilidades propias).

Podríamos imaginar una serie de cuestiones hipotéticas (para no ofender ni ofenderme), y si alguna nos resultase demasiado cercana tal vez pudiéramos intentar hacer algo para evitarla. ¿Qué les parece esta lista?:

• Queremos vivir en un país justo, pero apenas podemos nos pasamos un semáforo en rojo o circulamos por las banquinas para ganar segundos en nuestro viaje.
• Queremos un país educado, pero no le pagamos bien a los maestros.
• Queremos que nuestro equipo nacional de fútbol juegue como tal, como equipo, pero somos individualistas al extremo y nos enorgullecemos de serlo.
• Queremos que los jubilados ganen mucho, pero no queremos pagar impuestos.
• Queremos que nos traten con respeto, pero nos encantan los programas de televisión en los cuales se hace “humor” abusando de la gente.
• Queremos que nos den, pero no damos nunca nada o damos sólo lo que nos sobra o molesta.

¿Cómo se cambia la mentalidad de todo un pueblo? ¿Cuánto tiempo se tarda? ¿Se puede?

Degradarla hasta llegar a extremos en que haya que contestar que sí a los “queremos” que acabo de enumerar, evidentemente se puede. ¿Será posible recorrer el camino inverso? O será que la única salida es la destrucción social hasta un punto en el que “haya que comenzar de nuevo”. En el que “mejorar” deje de ser algo deseable para transformarse en obligatorio.

En la historia de la humanidad tenemos varios ejemplos de civilizaciones que terminaron desapareciendo, o siendo “fagocitadas” por otras, por el simple hecho de haberse corrompido a extremos inimaginables, echándole las culpas a la oscuridad en vez buscar velas para prender. Algunas –no todas– renacieron, aunque tardaron siglos e incluso, otras, milenios.

Tal vez tenga sentido hacer caso y dejarnos de cuestiones previas personales, de suspicacias y narcisismos. Tal vez convenga resolverse de una vez, bravamente, a abrirnos el pecho a las cosas, a ocuparnos y preocuparnos de lo que sabemos está mal, directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva, en vez de tener trabadas y paralizadas nuestras potencias buscando que otros solucionen problemas que nosotros mismos creamos, siendo como somos y criando a nuestros hijos con palabras que no se condicen con nuestros actos.

¡Todos a las cosas!, de una vez. Pensemos individualmente que vela tenemos que encender, ya que cada uno sabrá a qué oscuridad le ha estado echando la culpa. Prendamos la luz y paremos esta carrera al vacío que estamos corriendo en la oscuridad más absoluta. Tal vez se pueda, y si no, al menos habrá valido la pena el esfuerzo.




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domingo, marzo 14, 2010

Sandalias por la cabeza

Me contaron hace tiempo una historia que aseguraba que, tratando de alcanzar un tren que partía, a Mahatma Gandhi se le cayó una sandalia al andén desde el vagón en movimiento. Como no parecía posible recuperarla, antes de que fuese tarde, él se sacó la otra y la tiró con la primera. Cuando le preguntaron porqué lo había hecho contestó que una sola sandalia no servía, ni a él ni al que se encontrara la perdida, en cambio de esta forma el afortunado tendría el par completo.

Me hizo acordar a varios refranes que me gustan mucho, como:

“Haz el bien sin mirar a quién”

…o:

“Para hacer el bien no hay que pedir permiso”

Más allá de si sea cierta o no, es una buena historia. Por eso me puse a buscar para ver si encontraba su origen, o podía verificar su autenticidad. Haciendo esto hallé, entre otros, un artículo del escritor Paulo Coelho (1) , en donde él cuenta la historia citando a su vez como fuente de la misma a un tal C. Fadiman (2) .

La verdad es que no pude quedarme satisfecho con la veracidad de la anécdota, pero de todos modos me pareció muy interesante cómo, con un cuento tan corto, se puede mostrar la manera de transformar una tragedia (la pérdida de algo valioso para quién no tenía demasiado) y una frustración (el hallazgo de algo necesario pero “incompleto”), en un acto de desprendimiento (la entrega de la segunda) y en una alegría (el hallazgo del par completo).

¿Cuánto hubiese pagado alguien por quedarse con ese par de sandalias?

La pregunta no es caprichosa, porque buscando por el suceso de mi interés, me encontré con otras dos historias bastante más negras.

Una de ellas –relatada en diversas notas periodísticas de febrero, marzo y abril del 2009–, comenzaba con un reclamo del bisnieto de Gandhi intentando detener una subasta de, justamente, un par de sandalias, uno de anteojos y algunos utensilios donde su bisabuelo comía. La subasta no fue detenida, y el coleccionista americano de nombre James Otis, termina entonces vendiendo los ítems en 1.8 millones de dólares.

Me quedé un largo rato leyendo los artículos, porque me parecían de novela grotesca. Incluso las biografías de los personajes. De hecho encontré esta descripción que Osvaldo Bayer hace, en una columna suya (3) , del magnate indio que gana la subasta con la supuesta intención de retornar los ítems a su país de origen:

“… el remate en Nueva York de las sandalias, los anteojitos y una taza con plato del Mahatma Gandhi, que fue comprado nada menos que por un multimillonario […] Esas humildes pertenencias del hombre de la paz y el voto de pobreza se vendieron por millones y millones de dólares. Y el que los compró es nada menos que el rey de la superficialidad. Se llama Vijay Mallya y le gusta llamarse el “rey del placer”. A él le pertenece el más grande negocio de licores, la productora de cerveza Kingfisher, una empresa aérea y el stud de coches de carrera de Fórmula 1 Force India. Posee el yate más grande de todos los millonarios, que se llama “Indian Empress”, donde le gusta fotografiarse con jóvenes bellas de todos los países” […].

De locos. Según las notas el magnate termina “discutiendo” con el gobierno indio, a causa de que algún funcionario salió a decir que el millonario había actuado en nombre del estado, cosa que el desmiente. Hay demandas cruzadas del gobierno contra el vendedor, y luego del vendedor contra la casa de subastas, ya que al ver tanto alboroto el amigo Otis aparentemente se arrepiente de la venta. Todo un escándalo en las antípodas de lo que Gandhi predicaba, incluso con manifestaciones en las calles de Nueva York pidiendo por la suspensión del asunto.

El vendedor de las reliquias, en una nota de prensa de fin de marzo del 2009, se “disculpa” con el pueblo indio y –luego de asegurar la donación del dinero de la venta a fundaciones pro paz– comunica su intención de hacer un mes de ayuno, para expiar la culpa por el sufrimiento que hizo pasar a los con-nacionales de Gandhi.

Un descaro inconmensurable. Pero esto no es lo único. Buscando sobre el bisnieto de Gandhi, Tushar, se me cruza otra serie de notas en las que se cuenta cómo el heredero “vende” la imagen de su bisabuelo –seis meses después del asunto de la subasta– a una compañía de artículos de escritura por algo más de 100.000 euros, para que ésta produzca una serie limitada de plumas de plata y oro.

Aparentemente las lapiceras, cuya venta fue suspendida en febrero de 2010 por otra demanda judicial relativa al uso de la imagen de Gandhi, son joyas de gran valor material, descriptas en artículos de prensa de la siguiente manera:

“…ha lanzado dos series limitadas de superlujo con la silueta de Gandhi en el plumín, su firma en el culote y la capucha, y que se vende junto a un libreto con las frases más célebres del ‘padre de la patria india’.
Las plumas han sido comercializadas en forma de dos series limitadas de 241 ejemplares cada una el número de kilómetros que recorrió a pie Gandhi durante su célebre marcha de 1930, para protestar contra los impuestos de los ingleses. […]
Las estilográficas están hechas a mano y son de plata maciza y oro blanco de dieciocho kilates, coronado por una piedra semipreciosa de color naranja intenso que simboliza el azafrán indio.
Cada ejemplar tiene un precio aproximado de 17.000 euros, una cifra tan elevada que ha provocado que mucha gente considere una frivolidad asociar tales objetos al nombre de alguien que defendió la pobreza y la austeridad como virtudes supremas.
En los estuches de las plumas se incluye un hilo de oro de ocho metros que, […], es una referencia al algodón que hilaba cada día Gandhi en su rueca. […].
Por cada pieza de la colección que se venda, […] donará a la Fundación Gandhi entre 140 y 750 euros”.

Me costó no olvidarme de porqué había empezado a buscar sobre las sandalias de Gandhi. ¿Sería Otis el que se las encontró en el andén? ¿Se quejaría Tushar de la subasta porque hubiese querido hacerla él?, claro que siempre para donar lo obtenido a alguna fundación.

“El dinero no compra la felicidad”

… pero sí compra sandalias, anteojos, lapiceras de oro y plata, y las integridades de las personas que, en nombre de alguien que predicaba el desprendimiento, hacen las barbaridades que acabo de contar.

Busqué un refrán que me ayudara a entender que era lo que había pasado, cómo se podía “justificar” esto –incluso asumiendo reales buenas intenciones de todos los participantes de las historias–, y el único que pude encontrar fue:

“El dinero corrompe al hombre”

Aún creyendo que todo lo producido por la subasta y la venta de plumas fuese a ayudar pobres que necesitaran sandalias (lo cual ni en mis días más ingenuos me suena factible), ¿hacía falta todo el show?, ¿no podía el recurso ir hacia el necesitado sin “ensuciarse” en el medio?

Sería interesante plantear este dilema a grupos de jóvenes, pidiéndoles que imaginen soluciones para lograr el efecto de la segunda sandalia multiplicado por los millones, sin tener que pasar por los escándalos. No sólo los prevendría (a algunos tal vez) de caer en estas ridiculeces, sino que además ayudaría al mundo que ellos han de vivir a contar con más ideas de cómo hacer el bien sin mirar a quién, evitando que el dinero los corrompa.

Gandhi no era violento, por eso “supongo” no les hubiese tirado las sandalias por la cabeza a estos personajes… ¿Qué cree usted?


J. R. Lucks


Referencias:

[1] http://colunas.g1.com.br/paulocoelho/2007/06/16/as-sandalias-de-gandhi/

[2] Clitfon Fadiman. Autor y personalidad de la radio y televisión estadounidense

[3] Fuente: Diario Página12, 14 de Marzo 2009 por Osvaldo Bayer, escritor argentino.





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domingo, enero 03, 2010

Pensar para donde vamos

“Por correr el hombre
no puede pensar,
que ni él mismo sabe
para donde va”.


Esta es una estrofa de la poseía “Vuele bajo”, de Facundo Cabral, que da letra a la canción del mismo nombre.

Siempre la tomé como una buena advertencia, aunque esté expresada en forma de conclusión. Lo cierto e indiscutible es que si se quiere llegar a algún lugar, hay que saber primero cuál es ese lugar.

Lewis Carrol, en su “Alicia en el país de las maravillas”, hace decir esto a dos de sus personajes:

“Alicia: - ¿Qué camino debo seguir?
Maestro Gato: - ¿Para dónde quieres ir?
Alicia: - ¡No lo sé!
Maestro Gato: - ¡Entonces, cualquier camino sirve!”


Esta conversación siempre me causó confusión. Cualquier camino, (todo camino) lleva a algún lado (aunque más no sea al equivocado). Elegir un camino es elegir un destino también. Por lo tanto, si la pobre Alicia eligiese un camino, cualquiera, entonces ya sabría donde está yendo. Al elegir ya no sería cierto que no sabe donde quiere ir, estaría en viaje hacia donde ese camino la lleva. Aún en el caso de que tomase un camino al azar, sin saber donde termina, sabría que está yendo a ese lugar y no a otro.

Desde mi punto de vista –muy lejos de lo que recomienda el Maestro Gato– no hay camino para el que no sabe adonde ir. No concuerdo con que cualquier camino sirve; al contrario, creo que ninguno sirve hasta que uno no se decide. Primero hay que saber, y después ir.

La angustia que produce el no saber adonde ir es buena, ayuda a desear una respuesta, moviliza a buscar un destino. La posibilidad de elegir cualquier camino, creyendo que el que sea va a ser bueno, no debería nunca ser una solución viable, no debería calmar esa angustia.

Hay demasiada gente hoy dispuesta a decirnos adonde ir o qué camino tomar, sobre todo cuando no sabemos cuál elegir. Muchos de esos son los que nos hacen “correr”, y así nos mantienen sin poder pensar por nosotros mismos adonde vale la pena llegar.

Lo llamativo es que casi todos los caminos que nos recomiendan terminan en un centro comercial, en una suscripción a algún servicio que supuestamente nos ha de resultar maravilloso, o en algo similar sostenido por nuestras “módicas” donaciones o aportes.

La tan repetida frase: “pruébelo, y si no le gusta le devolvemos su dinero”, es un “bajador de angustia” como el tomar cualquier camino sin saber adonde ir. Se nos presenta como una opción sin riesgo. Se hace implícito que al no saber adonde ir, no importa donde lleguemos. Es la ilusión de que no podemos fallar: “nunca llegaremos a un lugar equivocado o indeseable si no podemos definir cuál es el deseable o el correcto”. Para muchos, entonces, mantenernos en la ignorancia en términos de qué queremos, es mejor que darnos el tiempo de decidir. Por eso nos hacen correr.

Me pregunto, ¿por qué nos dejamos llevar?, ¿por qué casi todos los programas de noticias son de opinión y no sólo reportes de los acontecimientos, así el que los escucha puede valorarlos por si mismo?, ¿por qué las opiniones y los puntos de vista formados parecen ser más valiosos que las preguntas?

Parafraseando al Maestro Gato: ¿cualquier respuesta será buena cuando no se sabe la pregunta?… ¡No! Saber cuál es la pregunta correcta es, la mayoría de las veces, más importante que la respuesta.

El mundo de hoy nos quiere dar respuesta (solución, producto, servicio, opinión formada) a muchas cosas, que como nos la pasamos corriendo, no sabemos si son las que nos van a llevar donde queremos ir. Por favor, no tome esto como una opinión necesariamente válida, pero hágame caso en algo: ¡pregúntese cuál es su versión de las cosas!

La canción de Cabral no me gusta del todo, porque él, al menos en esa letra, termina recomendando esto:

“No crezca mi niño,
no crezca jamás,
los grandes al mundo,
le hacen mucho mal.


[…]

Siga siendo niño,
y en paz dormirá,
sin guerras,
ni máquinas de calcular”.


Me da mucha pena ser en parte responsable de un mundo en el que haya que recomendarle a un niño no crecer, aunque más no sea metafóricamente.

El Maestro Facundo les pide a los niños que no dejen de serlo. Sabemos por experiencia que los pequeños preguntan, se preguntan, no paran de preguntar, en general no se conforman con la primera respuesta. Estoy de acuerdo con él en mantener esta curiosidad e interés por saber, pero me apena tener que pedirles a los niños que no crezcan por no poder confiar en nuestra habilidad para mantenernos curiosos.

El estribillo de la canción dice:

“Vuele bajo,
porque abajo,
está la verdad.
Esto es algo,
que los hombres,
no aprenden jamás".


No es por pelearme con Cabral, pero revelémonos contra esta última afirmación. ¡Aprendamos!
Estamos rodeados de ejemplos de cómo no hacer las cosas. ¡Aprendamos! No hagamos un mundo en el que a nuestros hijos haya que recomendarles quedarse chiquitos.

Decidamos si queremos seguir yendo a un “lugar” en el que los niños no deban crecer, o a otro en el cual estos puedan ser niños y los adultos capaces de ayudarlos a desarrollarse, contenerlos mientras crecen, amarlos y nutrirlos en vez de tener que “podarlos”. ¡Hoy decidamos!, porque si seguimos sin saber adonde ir le vamos a terminar haciendo caso al Maestro Gato, vamos a tomar cualquier camino, y la metafórica profecía de Cabral se va a hacer incuestionable.

Muchos de los niños de hoy, por el solo hecho de ser niños –como Alicia–, seguramente tampoco saben donde les conviene ir. No creo que recomendarles tomar cualquier camino, o dejarlos encontrar cualquier respuesta en una red social en Internet, en una publicidad, o en un video juego, sea lo mejor.

Que tal si paramos de correr, si decidimos adonde queremos ir y llevemos allí a los niños allí mientras crecen, para que ellos no tengan que recomendarles a los suyos, ni siquiera metafóricamente, que lo mejor es dejar de crecer.


J. R. Lucks




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domingo, mayo 17, 2009

Malditas mentiras repetidas

No sé si califica como refrán, pero mucha gente lo repite como si fuese. Creo que para algunos hasta suena gracioso. Es lo que pasa con muchos refranes, los repetimos, y los repetimos, y los repetimos… y los terminamos aceptando. Terminamos asumiendo que si todo el mundo los dice debe ser porque son extractos de sabiduría de algún filósofo importante, les terminamos perdiendo el miedo, o el respeto, los incorporamos. En muchos casos, desgraciadamente, los usamos, sobre todo cuando nos convienen.

Hay uno que me preocupa particularmente, y dice:

“Una mentira repetida mil veces, se convierte en una realidad”.

Y suena a que puede ser así, sobre todo ahora que la televisión y los medios parecieran usar este pedazo de supuesta sabiduría como regla de oro. Ni hablar de mis queridos amigos los políticos, muchos de los cuales se la pasan de campaña en campaña, y son maestros en repetición de mentiras.

Esta frase fue acuñada, según varias fuentes (algunas confiables otras no tanto) por Joseph Goebbels, ministro encargado de la propaganda del gobierno de Adolf Hitler en la Alemania Nazi.

Según esas mismas fuentes, otros de sus pensamientos puestos en palabras pregonaban:

“Más vale una mentira que no pueda ser desmentida que una verdad inverosímil”.

Esta también se usa como principio básico de la publicidad y la política, y también:

“Miente, miente, miente que algo quedará, mientras más grande sea una mentira más gente la creerá.

Poética, ¿no?

Pero ya no es lo mismo. Si lo dijo Goebbels ya no debería sonar tan simpático, al menos a mi no. Ahora, me pregunto, ¿por qué de de todas formas, en sus tres versiones hoy estos consejos se usan y se usan y se usan?

¿Será que quedan más nazis de los que creemos?, o será que lo que decía y practicaba Goebbels no es más que algo que la gente cree y practica desde siempre.

Dónde quedaron refranes o frases más infantiles pero decentes, como:

“Las mentiras tienen patas cortas”
... o enseñanzas como las del cuento de Pinocho; o el pastorcito, al que el lobo se come porque de tanto mentir ya nadie le cree, y cuando el animal realmente lo ataca nadie acude a auxiliarlo.

Yo quisiera instaurar una nueva frase, que obviamente para que nos la creamos, para que la adoptemos, para que pensemos que es un trozo de sabiduría ancestral, habrá que repetirla, y repetirla, y repetirla… miles y miles de veces. Dice así:

“Una mentira repetida mil veces… es una maldita mentira repetida mil veces y nada más”.

Necesito ayuda. Necesito repetidores. Porque todos sabemos que lo que dice esta última frase es verdad. Digámoslo con el ejemplo. Digámoslo no creyéndonos los que nos dicen los medios y los políticos, que sabemos que mienten, y exageran, y ocultan. Si no nos damos cuenta cuando nos lo dicen, al menos digámoslo cuando finalmente las cortas patas de la mentira se cansan y ésta se cae, total en el caso de los políticos eso pasa casi instantáneamente, y en el de los medios más o menos igual.

Goebbles no fue un filósofo, no creo que lo que él haya dicho pueda considerarse sabiduría universal. Háganme caso:

“Una mentira repetida mil veces… es una maldita mentira repetida mil veces y nada más”.

Repítalo. Repítaselo.



J. R. Lucks



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domingo, mayo 03, 2009

Sus manos nunca estuvieron vacías

El 1° de Mayo se conmemora el día del trabajo en casi todo el mundo, excepto en algunos pocos países.

Uno de los que no lo hace ese día es, justamente, aquél en el cuál un 1° de Mayo, pero de 1886, se masacraron hombres, mujeres y niños durante enfrentamientos entre “fuerzas del orden”, y personas que protestaban reclamando mejores condiciones de trabajo y una jornada laboral de ocho horas. Irónico, ¿no?

El día del trabajo se celebra no trabajando. Como el día del estudiante se conmemora no estudiando. Irónico también, ¿no?

Incluso en algún país, tal vez el propio, el acto del día del trabajo se realiza el 30 de abril para no “arruinarle” a la gente el feriado del 1°. Así no sólo no tiene que trabajar sino que tampoco tiene que molestarse en asistir al acto, que para muchos es en realidad un trabajo. No se trabaja el 1°, y tampoco el día anterior porque el acto se realiza en horario laborable, nunca luego de la jornada de trabajo. Irónico, por duplicado, ¿no?

Pero dicen que el trabajo es bueno. No sé, tal vez sí, aunque en este mundo moderno por lo bueno se cobra, no se paga… entonces, si el trabajo es bueno, ¿por qué pagan por hacerlo en vez de cobrar? Trabajo deriva de una palabra latina que significa tortura; y laborar, de donde sacamos el porteño laburo, significa fatiga, esfuerzo, también en latín. Debe ser por eso que pagan y no cobran por dejarnos trabajar. Habría que buscar mejores palabras para nombrarlo. ¡Demasiada ironía!

Hay un poema que da letra a una canción que canta Alberto Cortez. Se llama “El abuelo un día”. Algunas de sus estrofas recitan lo siguiente:

“El abuelo un día
subió a la carreta
de subir la vida.
Empuñó el arado,
abonó la tierra
y el tiempo corría.
Y luchó sereno
por plantar el árbol
que tanto quería.
Y el abuelo un día
lloró bajo el árbol
que al fin florecía,
lloró de alegría
cuando vio sus manos,
que un poco más viejas
no estaban vacías”.


Este llanto no me parece irónico. Cada vez que leo o escucho este poema me emociono. Será porque tuve abuelos (y padre, madre, suegros y tíos) que trabajaron toda su vida que me inculcaron que el trabajo es la única forma de lograr cosas.

Trabajo en el sentido amplio de la palabra, esfuerzo (pero gozoso, no torturante), dedicación, amor por lo que se hace. No es que esté mal vivir de renta, pero eso no quiere decir que no haya que trabajar. No importa de qué tengamos la suerte de vivir, no importa cuál sea el empleo que tenemos (que no tiene que ver con el trabajo del poema de Cortez), el trabajo es lo que nos hace ser.

El buen trabajo, el trabajo que hace bien, el que emociona hasta las lágrimas cuando uno ve que finalmente las manos dejan de estar vacías: ese es el que hay que celebrar. Ese no se conmemora con dos días de feriado o ignorando masacres. Ese trabajo se conmemora trabajando, todos los días, gozando y enseñando a nuestros hijos a gozar de algo que vale la pena, a pesar de llamarlo tortura y sufrimiento, porque te llena las manos, porque te llena la vida.

Salud al abuelo del poema de Cortez. Salud al buen trabajo, al que llena manos, al que se celebra trabajando.



J. R. Lucks





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jueves, diciembre 04, 2008

04-12-08. Las utopías, unplugged

Seguramente pensará alguno de los lectores que las utopías son para los ingenuos, para los cándidos. Y es efectivamente así. No cabe duda.

De hecho, las palabras: ingenuo y cándido están emparentadas. Ingenuo viene del latín ingenuus que quiere decir noble, generoso, de buena familia, leal, sincero, honrado. Propiamente significa “nacido en el país”, “nacido libre”. Se forma con las voces gignere que quiere decir engendrar, e in que quiere decir dentro. Parientes de esta familia de palabras son por ejemplo genitum, que asumo no hace falta explicar, ya que el verbo significa producir, causar, originar, o dar a luz.

Se usaba esta palabra ingenuus para designar en la antigüedad a los ciudadanos, o a los nacionales de una zona determinada, que eran considerados “parte de”, o nobles, en comparación con los extranjeros no siempre bien recibidos, o al menos sin derechos.

Con el tiempo el término noble fue cambiando y dejando de tener que ver con dónde se había nacido, para relacionarse más con cómo uno se comportaba. El ingenuo, el que era noble y por lo tanto actuaba noblemente, fue transformándose en el que por no aplicar picardía en su provecho, no siempre salía bien parado.

En estricto porteño, un ingenuo es el que no está “avivado”, entendiendo por esto último a estar al tanto de todos los trucos posibles para no cumplir con lo que la ley exige, o las buenas costumbres recomiendan.

Cándido es sinónimo de ingenuo y quiere decir blanco, puro, inmaculado, leal. El término original es candidus, y en esta familia de términos encontramos candor, que quiere decir resplandor, pureza, blancura inmaculada. Otra palabra relacionada, aunque hoy pareciera ser un pariente cada vez más lejano, que también forma parte del clan del candor, es candidato. Sería excelente que para ser candidato, los susodichos, tuviesen que pasar por un examen de pulcritud, de nobleza, de lealtad… en fin, tal vez una utopía.

Por eso, retomando el asunto, no me parece mal que los utopistas sean ingenuos o cándidos, de esa forma las utopías en las que viviremos serán, nobles, puras, inmaculadas.

Pero para ser utopista no sólo hay que preferiblemente ser ingenuo y cándido, también hay que ser poeta. Tal vez sea un poco utópico pensar de que los jóvenes de hoy puedan ser cándidos, ingenuos y poetas, pero si no lo creemos y si no los educamos así, seguramente no lo serán.

Se preguntará ¿por qué poetas? Porque las utopías hay que crearlas, y para volver a escarbar en las etimologías, poseía viene del griego, poiesis, que quiere decir justamente eso.

Para la filosofía de este pueble había tres caminos que permitían a los seres humanos desarrollarse: la teoría, o sea lo que tenía que ver con el conocimiento, con la búsqueda de la verdad; la práctica, refiriéndose a la resolución de problemas; y la poiesis, la búsqueda de la creación, el convertir pensamientos en materia, el hacer.

¿Será demasiado utópico creer en utopías en el mundo de hoy? ¿Será demasiado utópico pensar que todavía quedan cantidad suficiente de cándidos e ingenuos, nobles y puros, como para imaginar utopías decentes y crearlas? ¿Será demasiado utópico pensar que debemos ser poetas para crear un futuro mejor, hoy utópico pero mañana posible?

Yo quiero creer que no es demasiado. Yo quiero creer que es utópico sólo en el más estricto sentido de la palabra, o sea una condición optimista que no parece “hoy” realizable, pero que de ninguna manera es imposible. Por eso escribo lo que escribo.

Ojalá usted piense lo mismo que yo. Ojalá entre nosotros podamos creer y crear una utopía que valga la pena ser vivida, y de la cual nadie tenga que escribir un libro como Moro, porque al haberla hecho realidad, no tenga ya sentido presentarla como una utopía.



J. R. Lucks



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jueves, junio 19, 2008

19-06-08. Los tiempos, unplugged

Se publicó una vez una tira cómica que me impacto bastante. Era una tira de Ibáñez (1). La acción transcurre en un colegio, aparentemente la maestra está por enseñar las diversos tiempos verbales, y un niño la interrumpe asegurándole que en este país no tiene sentido hacerlo: ya que en general el pasado queremos olvidarlo, el presente normalmente nos vemos obligados a superarlo, y el futuro más de una vez esconde alguna crisis, así que es mejor no pensar en él.

Por eso, volviendo al título de la asamblea de antiguo alumnos a la que hice referencia en la columna pasada: Historia, realidad y compromiso me pareció, a priori, mejor.

Historia tiene mejor estatus que pasado. Historia viene del griego histór que quiere decir hábil, o sabio. Para la Real Academia Española (RAE), historia quiere decir: relato de una serie de sucesos reales y dignos de memoria. Y aquí está justamente el centro del asunto, en lo que es digno de memoria. Pasado es simplemente lo que pasó, valga la redundancia, pero así lo define el diccionario de la RAE. Pasado vienen de passus que es el movimiento del pie cuando va de un lado a otro. Algunos pasos serán pasibles de ser olvidados, como sugería la tira cómica de Ibáñez, pero no todos, y los que son dignos de ser recordados, hayan sido buenos para repetirlos o malos para evitarlos, son historia. Esa historia se lee, se escribe, se hacen películas acerca de ella, se recuerda, se celebra o se conmemora pero no se olvida, no debe olvidarse. Hay que aprender de la historia, lo bueno y lo malo. El pasado pisado, como dice el refrán popular, pero pisémoslo luego de reacatar lo histórico, lo que le da sentido a nuestra memoria, lo que no debe ser pisado ni pasado.

Como toda esta columna tiene que ver con juegos de palabras, quisiera incluir esta cita (2) de José Ingenieros (3), que nos dice que la historia no es sólo lo que pasó o lo que hicimos, es también lo que hacemos. Para tener una buena historia hay que hacer en el ahora. Cómo nos conducimos, obviamente en nuestras realidades de cada día, es lo que escribe nuestra historia. Y si queremos que lo que hacemos sea historia y no solamente pasado, será mejor hacerle caso a Ingenieros:

“Las existencias vegetativas no tienen biografía: en la historia de su sociedad sólo vive el que deja rastros en las cosas o en los espíritus. La vida vale por el uso que de ella hacemos, por las obras que realizamos. No ha vivido más el que cuenta más años, sino el que ha sentido mejor un ideal; las canas denuncian la vejez, pero no dicen cuánta juventud la precedió. La medida social del hombre está en la duración de sus obras: la inmortalidad es el privilegio de quienes las hacen sobrevivientes a los siglos, y por ellas se mide.
Vivir es aprender, para ignorar menos; es amar, para vincularnos a una parte mayor de humanidad; es admirar, para compartir las excelencias de la naturaleza y de los hombres; es un esfuerzo por mejorarse, un incesante afán de elevación hacia ideales definidos”.


Vayamos ahora al segundo juego de palabras. ¿Por qué prefiero realidad a presente?
Realidad es para la RAE: existencia real y efectiva de algo; verdad, lo que ocurre verdaderamente; lo que es efectivo o tiene valor práctico, en contraposición con lo fantástico e ilusorio. Presente no es tan fuerte. Presente es lo que tenemos enfrente en un momento dado, es el tiempo en el cual estamos. Pero nada más.

Es obvio que estoy jugando con los términos, pero esa era la idea. El momento en el que estamos podemos desperdiciarlo, podemos cerrar los ojos y no verlo, pretender superarlo, como sugería Ibáñez. El presente nos refiere a “nuestro” presente. La realidad, en cambio, nos excede, es más que nosotros, podemos cerrar los ojos pero la realidad no desaparece por ese motivo. Podemos desperdiciar nuestro presente por no querer verlo o mirarlo. No podemos ignorar la realidad, al menos sin consecuencias.

Presente viene, entre otros orígenes, del verbo latino sedere, que quiere decir estar sentado. Muchas veces nos pasa eso, la realidad nos abruma y nos sentamos a mirar en vez intentar acomodarla. Últimamente, como sociedad, nos hemos sentado a mirar, y la realidad nos muestra que otros países cercanos, por no estar sentados, cambian sus coyunturas y las hacen mejores… y nosotros, seguimos sentados, “superando” el presente. Seamos realistas, aceptemos la realidad. Que nuestro presente incluya a toda la realidad, y que nos encuentre haciendo algo para mantener lo bueno y modificar lo malo.

El presente es sólo un pedazo de tiempo, no somos “dueños” del tiempo. Pero la realidad no es un absoluto, podemos interactuar con ella, podemos mejorarla, podemos moldearla. Habrá partes de la realidad que tengamos que aceptar pero podemos ser actores en la realidad, no estamos condenados a ser meros espectadores, sentados, viendo como nuestro presente se evapora de nuestras vidas sin remedio. Sigamos con José Ingenieros:

“La evolución humana es un esfuerzo continuo del hombre para adaptarse a la naturaleza, que evoluciona a su vez. Para ello necesita conocer la realidad ambiente y prever el sentido de las propias adaptaciones: los caminos de su perfección”.

Este autor era un gran promotor de los ideales, y me dirán que muchas veces la realidad no nos ayuda a plantearnos proyectos, a sostener ideales. Vemos que piensa Ingenieros de este asunto:

“Las lecciones de la realidad no matan al idealista: lo educan”.

Si la realidad no ayuda, al menos que nos eduque, en el fondo que sirva; si al menos no en el corto plazo, en el mediano y largo. Definitivamente tiene que ver con nuestra acción, con nuestra persona involucrada.

Usando las palabras con las que estamos jugando, hay otra frase del autor que estamos citando hoy que tiene que ver con los proyectos que tenemos para el futuro que queremos construirnos, para el tiempo que vendrá que nosotros debemos moldear para que sea lo que queremos. Ingenieros decía:

“En la utopía de ayer, se incubó la realidad de hoy, así como en la utopía de mañana palpitarán nuevas realidades”.

El tiempo es mucho menos lineal de lo que pensamos, y si no lean algún libro de física moderna, de física cuántica o cosas por el estilo. Como dije no somos “dueños” del tiempo, pero sí somos capaces de influir en esa dimensión, sólo tenemos que darnos cuenta y manejarla. El futuro no es “mucho” más que las consecuencias de las acciones que tomamos hoy, de los proyectos que nos planteamos, de la actitud nuestra –que sí controlamos– hacia las vicisitudes externas que no dominamos. En gran medida el futuro lo hacemos nosotros en el presente, como el presente lo hicimos en el pasado.

Por último está el tercer par de palabras con el que ya comenzamos a jugar. Futuro o compromiso. Para empezar el futuro no existe. El pasado existió, fue. El presente es; pero el futuro ni fue ni es, va a ser, tal vez, no sabemos. Puede ser que exista o no. Puede ser que sea éste o aquél, quien sabe. Está fuera de nosotros, es lo que está por venir… o no, realmente no sabemos. El compromiso en cambio es una proyección de nuestra voluntad. Es nuestro proyecto, es lo que hoy nos planteamos hacer y, si seguimos los pasos, sí va a ser futuro. Compromiso es según la RAE, palabra dada, obligación contraída; con terceros o con nosotros mismos, en definitiva con el futuro.

El futuro es como una tela en blanco enfrente de un pintor. Nosotros con la paleta y los pinceles en la mano podemos hacer con él, y en él, lo que queramos. Es cierto que habrá factores externos que influyan en el futuro y que estén fuera de nuestro hacer, pero esos van a ocurrir igual, lo que no va a ocurrir es lo que nosotros no nos comprometamos a hacer, y ejecutemos con seriedad y tesón.

El compromiso nos incluye, nos hace protagonistas del futuro, nos hace hacedores del futuro, o al menos de parte del él. Con, o com como en este caso, es el prefijo intensivo por excelencia. El compromiso nos pone intensamente a llevar hacia adelante una realidad que queremos que nos encuentre cuando lleguemos al futuro.

Para ir redondeando entonces, les dejo otra cita de don José (4), que me indica, al menos a mí, una de las cosas que tengo que hacer para que mi futuro sea más parecido a lo que quiero, y menos a lo que no.

“Todo lo que es orgullo de la humanidad es fruto del trabajo […] Creando el hábito del esfuerzo inteligente, se constituye la mejor disciplina del carácter. La injusticia social ha conseguido que, hasta hoy, el trabajo sea odiado, convirtiéndolo en una marca de servidumbre; no puede amarse lo que se impone precozmente, como una ruindad o un envilecimiento, bajo la esclavitud de yugos torpes […] El trabajo será bello y amado cuando represente una aplicación natural de las vocaciones y de las aptitudes”.

¿Por qué esta cita?, ¿qué tiene que ver con el futuro? Hoy tenemos una realidad, demasiada llena de ídolos. ¿Qué tal si le creemos a Ingenieros y nos transformamos en ejemplos, para nuestros hijos, de que todo lo que nos da orgullo es fruto del trabajo?, ¿qué tal si empezamos a vivir para evitar esa injusticia social a la que se refiere el autor? ¿Será que nos preparamos un futuro más mullido si hacemos esto? ¿Podremos comprometernos hoy para que las realidades de nuestros hijos sean mejores que las nuestras? ¿Podremos dejar de idolatrar idiotas y trabajar en construir ejemplos? Yo estoy seguro de que sí podemos. Es cuestión de decidirse, es cuestión de abrir los ojos en nuestros presentes, pararnos de la silla en la que estamos sentados y dejar de quejarnos de una realidad que tal vez no nos favorezca, para que teniendo memoria de la historia que tenga sentido recordar, encontrando en ella los ejemplos que valgan la pena y actuando como ellos, nos comprometamos en que el futuro sea mejor y no sólo lo que el azar nos traiga.

Esta última frase que voy a incluir no es de José Ingenieros, es más bien todos y de nadie, aunque seguramente alguien la dijo por primera vez. Creo que está basada en una de Sábato, ojalá que resuma lo que quise decir.

“Vive siempre bien el presente, para que puedas disfrutar del futuro, y con buenos recuerdos de tu pasado”.



J. R. Lucks


Referencias

(1) Sergio Ibáñez nació en Buenos Aires en 1966. Es profesor de lengua y literatura. Comenzó a publicar profesionalmente en 1988 en editorial Columba, para la que colaboró intensamente durante más de 10 años realizando infinidad de series entre las que pueden contarse: Crap, Dimitri, Wolf, El Cosaco, No way land, Mark y hasta el mítico Nippur de Lagash.

(2) El hombre mediocre. José Ingenieros. Editorial Losada, 2008.

(3) José Ingenieros, (24 de abril de 1877, en Palermo, Italia; 31 de octubre de 1925 en Buenos Aires, Argentina), fue médico, psiquiatra, psicólogo, farmacéutico, escritor, docente, filósofo y sociólogo ítalo-argentino.

(4) Las fuerzas morales. José Ingenieros. Editorial Fausto, 1998.




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jueves, junio 12, 2008

12-06-08. Ídolos o ejemplos

Hace unos días participé de una asamblea de antiguos alumnos de una escuela de negocios, y me llamó mucho la atención el título que eligieron. La asamblea se llamaba: Historia, realidad y compromiso, y me agradó porque la idea era hacer un recorrido por el tiempo.

El punto es que de una u otra forma estas tres palabras me gustaron más que las tres básicas para referirse al tiempo, me parecieron más adecuadas para el título, que de haber usado: Pasado, presente y futuro. En definitiva es un juego de palabras, pero eso me hizo pensar en las diferencias entre cada par de términos. Ya volveré sobre eso más adelante.

Uno de los disertantes en la asamblea era el rabino Sergio Bergman (1). En varios pasajes de su discurso él también jugó un poco con las palabras, por ejemplo planteó en un momento la diferencia entre promesa y proyecto. Si bien etimológicamente son bastante parecidas, ya que ambas quieren decir: echar algo hacia adelante, cuando vemos bien lo que significan son bastante diferentes. Una promesa es solamente una expresión de la voluntad de dar algo a alguien, o hacer por él algo. Digo "solamente" porque con esto de las promesas creo que tenemos miles de malos ejemplos, lamentablemente. Un proyecto, en cambio, es la “disposición” que se forma para la realización o para la ejecución de algo de importancia.

Es como que una promesa es un conjunto de palabras, mientras que un proyecto es algo mucho más concreto. Proyecto viene de abjicere, que como dije significa echar algo hacia delante, pero con dirección, con sentido de tiempo y lugar; de allí justamente vienen también proyectil, algo que se echa hacia adelante pero a un lugar concreto, con un plan, con recursos que nos garanticen que lo que “echamos” hacia adelante ha de llegar al lugar deseado.

Estamos llenos de promesas y creo que, lamentablemente, con muy pocos proyectos, con muchas palabras que expresan voluntad, pero con muy pocos objetivos con dirección cierta de llegar a un lugar concreto. No sólo por parte de los gobiernos, muchas veces de nosotros hacia nosotros también.

Otro par de palabras que el rabino usó en un momento fue ídolo y ejemplo. Y tienen mucho que ver con lo de promesa y lo de proyecto. Ídolo viene de idolum, que significa figura de una falsa deidad, es derivado de eidos que quiere decir: semejanza, sombra, fantasma. En cambio ejemplo, que viene del latín exemplum, quiere decir: muestra, modelo. Para la Real Academia Española ejemplo significa: caso que se propone, o bien para que se imite y siga, si es bueno y honesto, o para que se evite si es malo. El ejemplo no sólo tiene valor: bueno o malo, sino que implica acción de nuestra parte, o lo imitamos o lo repudiamos. El ídolo, en cambio, no sólo es una semejanza, una sombra o fantasma, sino que no llama a la acción. Está allí, arriba de un supuesto altar inalcanzable. Es etéreo como la promesa. El ejemplo en cambio es concreto como el proyecto.

El rabino Bergman comentaba como hoy nos hemos transformado en grandes consumidores de ídolos, en vez de buscar ejemplos para imitar. Compramos lo que el ídolo usa, leemos de sus separaciones o de sus amoríos en las revistas o lo vemos bailar en un caño o cantar por un sueño, pero ¿cuántos de nosotros buscamos lo ejemplar en el ídolo para poder imitarlo?, ¿cuántos vemos en el ídolo lo que no es ejemplar para bajarlos un poco de los altares y dejar de consumirlos como si fuesen realmente nutritivos para nuestra vida?

Hace un tiempo leí un libro que se llama: El hombre light (2). El mismo se refiere a cómo esta tendencia en la alimentación se ha metido no sólo en el aparato digestivo del hombre, sino también en su forma de ser. El punto es que, desgraciadamente, ser light en la forma de ser y pensar, nos lleva a buscar más ídolos que ejemplos, a creer en cualquier promesa en vez de a construir proyectos propios. Creo que esta pequeña cita, sacada del mencionado libro, redondea lo que estamos reflexionando aquí. Dice lo siguiente:

“La vida siempre es anticipación y porvenir. Somos proyectos. El hombre es, sobre todo futuro. Ahí se engarzan los pequeños objetivos, las metas y tantos afanes como jalonan su recorrido. Y para que éstos salgan a delante, es necesario que sean concretos, bien delimitados, con unos perfiles nítidos, sin intentar abarcar demasiado.
[…]
No se puede vivir sin ilusiones, y para que éstas salgan es necesario tener un afán de superación permanente. Ahí está la esencia de muchas vidas ejemplares. Siempre fuertes, a pesar de la adversidad. Ésa es, para mí, la mejor fórmula para llegar a ser uno mismo.
[…]
Decía el Derecho Romano que eran tres las claves para llevar una existencia positiva: vivir honestamente, no dañar a nadie y dar a cada uno lo suyo".


Comamos light para cuidar el colesterol y la salud, pero no seamos light. Busquemos ejemplos para imitar en vez de ídolos para adorar. Creamos en promesas, que tal vez como las ilusiones son necesarias para vivir, pero construyamos proyectos para alcanzar estas promesas e ilusiones. No las tengamos arriba de altares como ídolos que no son más que fantasmas. El Derecho Romano es muy antiguo pero muy sigue muy vigente. Que los buenos ejemplos y nuestros proyectos nos pongan donde queremos, viviendo honestamente, sin dañar a nadie y siendo justos. No suena tan complicado, ¿cierto?


J. R. Lucks



Referencias

(1) Rabino Sergio Bergman: Rabino, egresado del Seminario Rabínico Latinoamericano de Buenos Aires y egresado del Hebrew Union College de Jerusalem – Israel. Master en Educación, Estudios Judaicos y Literatura Rabínica, egresado Cum Laude del Melton Institute de Jerusalem – Israel.

(2) El hombre light. Enrique Rojas Editorial Planeta 2004.




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jueves, junio 05, 2008

05-06-08. El egoísmo, unplugged

El hombre es un animal social. No lo digo yo. Lo dijo Aristóteles (1) muy claramente hace más de dos mil años. Por si esto fuera poco lo volvieron a decir, lo investigaron, y lo comprobaron, casi todos los filósofos, los antropólogos, los sociólogos, y casi cualquier ser humano pensante que pisó este planeta durante todo ese tiempo.

Que el hombre sea un animal social quiere decir que necesita de los otros de su especie para sobrevivir. Veamos el argumento que usa Aristóteles para justificar esto, en su tratado La Política (2):

"Es pues manifiesto que la ciudad es por naturaleza anterior al individuo, pues si el individuo no puede de por sí bastarse a sí mismo, deberá estar con el todo político en la misma relación que las otras partes lo están con su respectivo todo. El que sea incapaz de entrar en esta participación común, o que, a causa de su propia suficiencia, no necesite de ella, no es más parte de la ciudad, sino que es una bestia o un dios".

Es un argumento práctico. Como no puede vivir sólo el hombre tiene que vivir en sociedad, y para vivir en sociedad debe respetar ciertas reglas de convivencia, reglas morales sobre las cuales se construye la ética. Simple, ¿no? Según Aristóteles no es posible pensar que el individuo sea anterior a la sociedad. La sociedad no puede ser un arreglo de individuos que vivían por su cuenta y que decidieron juntarse, porque nunca hubiesen podido vivir en soledad. Sea el hombre creado, o producto de la evolución, lo es en grupo, en familia, en comunidad… con otro u otros.

Por ese motivo, un punto de vista egoísta, o sea uno que sólo ve desde el yo, es ridículo; porque es ridículo que el hombre viva solo. En realidad más que ridículo es imposible. Pero el mundo moderno, particularmente el mundo que quiere un desarrollo de las empresas y de sus negocios, se ha ido encargando de diluir esta idea. De transformar al egoísmo en algo no tan ridículo sino en una especie de motor del bienestar… general. Aunque suene a contradicción. O sea, el egoísmo particular, sumado, produce bienestar general… suena como un excelente esfuerzo de transformar una cosa en otra ¿Por qué?, porque sirve a las intenciones de incrementar el comercio y los volúmenes de producción y de trabajo. Para ilustrar este punto he aquí una cita de un libro (3) de Jaime Barylko, escritor y pensador argentino:

“El egoísmo practica una ética utilitarista. Do ut des, en latín. Te doy para que me des. El egoísmo, bien entendido, es un programa de vida, e incluso una ética. Todo egoísta esta comprometido con el egoísmo ajeno. Cuenta con ello. En la vida, como en los negocios, hay que tener muy presente al otro y sus intenciones”.

Creo que la cita es auto explicativa. Sin embargo es interesante como pareciera que aún el egoísmo necesita del otro, de otro egoísmo. Este mundo en el que vivimos, en donde se ha exaltado el bienestar personal, en donde se ha exacerbado la necesidad de auto satisfacerse para garantizar compradores fieles, retorna al punto de partida de Aristóteles. El hombre egoísta necesita de otro egoísta para poder serlo eficazmente. Que nos queda en este mundo de hoy entonces. Barylko lo plantea de la siguiente forma:

“¿Todo lo que tenemos es el mercado? Aparentemente sí. La libre transacción, la economía de mercado, el mercado de valores, de talentos. Mercado. Negocio. Te doy para que me des. Todo es mercancía. Ni fraternidad, ni piedad ni relación humana de tipo de comunidad personalista. Solamente intereses”.

Suena a resignación. Suena a que lo “único” que “nos queda” es el mercado. Como si el mercado hubiese ahogado al resto. ¿Qué sería el resto?, ¿el romanticismo?, ¿el heroísmo?, ¿el actuar desinteresadamente?, ¿qué cosas ya no tenemos puesto que sólo nos queda el mercado? ¿La solidaridad tal vez? El libro citado toca el tema, y se refiere a esta aparentemente desaparecida cualidad de la siguiente forma:

“La solidaridad social depende de que la gente comparta cierto número de estados de conciencia comunes a todos los miembros. Si entendemos que personalidad es lo que nos hace diferentes de los otros, la solidaridad social es tanto más fuerte cuanto menos se desarrolle la personalidad y viceversa.

El individuo crece sobre la disminución o mengua de la comunidad”.

Pareciese que el egoísmo y la individualidad están de punta con la solidaridad. Barylko parece sugerir incluso que el individuo debe dejar de crecer para que no mengue la comunidad.

¿Hacia donde vamos?, ¿iremos hacia una nueva sociedad en la cual hasta la solidaridad esté basada en un complejo entretejido de egoísmos como el autor citado sugiere cuando habla de una ética utilitarista? No creo. No al menos si logramos evitarlo, y considero que Barylko escribía justamente por la misma creencia.

Pero, ¿que es solidaridad? Esta palabra viene de solidario que a su vez viene del latín sólidum o sólidus, lo cual hacía referencia a una moneda sólida o con valor cierto. Era la moneda con la que se pagaba, entre otras cosas, a los que iban a la guerra, de allí, eventualmente, soldado. Solidario es el que responde, con su patrimonio, en partes proporcionales con otro, a una obligación. De allí la expresión: deudor solidario. Y solidaridad, según el diccionario de la Real Academia Española quiere decir: Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros. El solidario, aunque más no sea porque lo obliga una ley, ve al otro, acuerda con el otro, incluye al otro.

Como sugería Barylko, para ser solidario hay que compartir cierto número de estados de conciencia, hay que no ser egoísta, al menos a ultranza. ¿Será esto que acabo de plantear algo que el hombre moderno puede hacer?: mirar al otro, ver al otro, compartir el punto de vista del otro para poder hacer algo en conjunto. ¿Qué lo obliga al hombre moderno a mirar al otro, a ver al otro? ¿Qué propaganda le dice que deje de pensar en sí mismo y piense en otro –sin contar las que nos excitan a comprar regalos para el día de la madre, del padre, del hijo, del tío segundo o de la mascota preferida –?

Vamos un poco más atrás en el tiempo y veamos que nos decía (4) otro gran escritor y pensador, Jacques Rousseau (5):

“Hay además otro principio, el cual, habiéndole sido dado al hombre para suavizar en ciertas circunstancias la ferocidad de su amor propio o su deseo de conservación…, modera el ardor que siente por su bienestar con una innata repugnancia a ver sufrir a sus semejantes. Me refiero a la piedad, disposición adecuada a seres tan débiles y sujetos a tantos males como somos nosotros; virtud tanto más universal y tanto más útil al hombre cuanto que precede al uso de toda reflexión, y tan natural que las bestias mismas dan de ella algunas veces sensibles muestras… Observase a diario la repugnancia que experimentan los caballos a pisotear un cuerpo vivo”.

Si hasta los caballos parecieran tener piedad y por lo tanto “percibir” al otro, ya no desde su egoísmo sino desde otro lado, creo que los hombres podemos albergar algo de esperanza. Si no nos mueve lo positivo, al menos debería movernos la repugnancia de ver sufrir a alguien.

Rousseau nos lleva a tener que entender otra palabra. Piedad. Ésta viene de pius, que quiere decir obediente, servicial, respetuoso, que cumple su deber. ¿Qué deber? Pues según yo el deber de ser humano, de ser ese animal social que Aristóteles nos justificaba con gran claridad.

Pero claro, se habla de deber, y hoy, en este mundo con tendencias egoístas, el deber, sobre todo hacia el otro, causa rebeldía. Pensando en esto encontré otro libro muy interesante (6) que habla de la libertad y de los valores del hombre. En una primera parte se refiere el autor justamente a esta rebeldía que se presenta en los jóvenes, o en quienes sienten una imposición externa, y se refiere luego a cómo salir de esta fase si es que el hombre no quiere quedarse atascado en una etapa no productiva de su vida. Dice así:

“El fruto más preciado de la superación de esta etapa –la de la trasgresión de la ley, sea esta impuesta por el derecho o por la moral– (7) es la libertad.
Esa disponibilidad que permite, con claridad, con lucidez, sentirse dueño de lo que se elige.
Profundamente comprometido e identificado con ello.
Es entonces cuando lo que no se hace, no se deja de hacer por miedo.
Y lo que se hace no se realiza por simple obligación.
Cuando la libertad es consciente de su responsabilidad. Cuando la heteronomía y la autonomía se funden en una unidad existencial concreta.
[...] Cuando se realiza la paradoja. –La de crecer mi ego, mi yo, al aceptar e incorporar al otro para nuestro crecimiento conjunto–(7)”.

Interesante. Al menos para mí cierra el circuito. Me referí a puntos de vista, que nuestra sociedad de consumo ha llevado más hacia el “yo” que hacia el “nosotros”. Pero como el hombre no puede vivir sólo pareciera construir sus relaciones sobre una ética utilitarista, como planteaba Barylko. Ahora, él también habla de solidaridad, para lo cuál se requiere más que una ética construida con egoísmos mutuos, y para eso nos hace falta algo de piedad, que hasta los caballos parecen tener.

El punto que nos humaniza de vuelta, que nos hace animales sociales, pero no por obligación o por instinto –como a los caballos–, es la libertad. La libertad de elegir no prestar tanta atención a los comerciales sino a nuestra naturaleza, a esa que nos hace sociales. La libertad de elegir la piedad y la solidaridad. Cuando dejamos de hacer las cosas por miedo, por obligación o por utilitarismo, cuando concientemente decidimos ser hombres y mujeres, humanos, aceptamos nuestra naturaleza social y volvemos a mirar al otro, a incluirlo, a dejar de actuar con egoísmo y empezar a pensar con nosotrismo. Volvemos a ver a los que tenemos cerca y no tan cerca, a nuestra familia, a la gente del barrio o de la ciudad, respetando no porque nos obligue nadie, sino porque nos hace sentido.

¿Cómo se logra que nos contagiemos todos, de esto, al mismo tiempo? ¿Querrá alguien hacer comerciales con esta temática? Probablemente no. Va a seguir dependiendo de nosotros, sólo de todos y cada uno de nosotros. Pero no me digan que no suena mejor el poder mirar al otro ejerciendo mi libertad de ser social con lo que eso implique, en vez de estar atrapado en una ética utilitarista.

En función de esto entonces, no creo que el hombre deba dejar de crecer para que la comunidad deje de menguar. No necesariamente tengo que perder personalidad para que el nosotros crezca. Creo que el egoísmo sí debe dejar de crecer, pero que el hombre, el humano que no es mucho más que un animal social, debe de seguir creciendo en habilidades y capacidades que tienen que ver con el nosotros, con la comunidad de la que necesita para vivir. Porque ese hombre sólo crece cuando la comunidad crece y viceversa. Un nosotros que nos incluya no puede ser más grande si las partes que lo componen dejan de desarrollarse. Ese nosotros será más grande en la medida en que las personalidades que lo conforman crezcan, pero desde un punto de vista compartido y no egoísta, desde un punto de vista nosotrista.



J. R. Lucks


Referencias:

(1) Aristóteles: (Estagira, Macedonia 384 A. C. – Calcis Eubea, Grecia 322 A. C.) Fue uno de los más grandes filósofos de la antigüedad y acaso de la historia de la filosofía occidental. Fue precursor de la anatomía y la biología y un creador de la taxonomía.

(2) La Política. Aristóteles. Editorial Alianza, 2007.

(3) La dimensión del hombre. Jaime Barylko. Editorial Sudamericana, 2005.

(4) El origen de la desigualdad entre los hombres. Jacques Rousseau. Editorial Claridad, 2006.

(5) Jacques Rousseau: (Ginebra, Suiza, 28 de junio de 1712 – Ermenonville, Francia, 2 de julio de 1778) fue un escritor, filósofo, músico, franco-suizo; usualmente es definido como un ilustrado, pero parte de sus teorías prefiguran el posterior Romanticismo. Las ideas políticas de Rousseau influyeron en gran medida en la Revolución Francesa, el desarrollo de las teorías Liberales, y el crecimiento del nacionalismo. Su herencia de pensador radical y revolucionario está probablemente mejor expresada en su más célebre frase, contenida en El contrato social: «El hombre nace libre, pero en todos lados está encadenado».

(6) El hombre la libertad y los valores. Julio Cesar Labake.

(7) Acotaciones de José Ricardo Lucks.



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jueves, mayo 01, 2008

01-05-08. La coherencia, unplugged I

Si bien usamos muchas veces las palabras ridículo e incoherente cómo sinónimos, claramente no lo son. Ser coherente es seguir una actitud lógica con una posición anterior. Ridículo es lo que mueve a la risa. Desde este punto de vista alguien puede ser coherente y ridículo a la vez, por ejemplo, si se continúa aferrado a posiciones anteriores que ya no hacen sentido, por haber evolucionado la sociedad o la conducta de las personas.

El asunto, muchas veces, es que los que definen el “contra que compararse” se nos imponen, y nos hacen aparecer ridículos por no seguir una moda o una tendencia impuesta por algún interés particular. Es interesante como juegan estas palabras. Coherencias o incoherencias que producen risa. Lógicas que indican conductas coherentes, o incoherentes, muchas veces inducidas por fuentes ilógicas, lo cual es ridículo.

El grotesco, lo extravagante, que sí son sinónimos de ridículo, son muchas veces una excelente fuente de educación. Se usan normalmente para mostrar lo que no tiene sentido tratando de producir una sonrisa, y por lo tanto es pedagógico y agradable a la vez.

Hay un cuento que siempre me pareció, no solo gracioso, sino, sumamente educativo. Dice así:

“Muy tarde, por la noche, José se encuentra dando vueltas alrededor de una farola mirando hacia abajo. En ese momento pasa por allí un vecino.
– ¿Qué estás haciendo José, has perdido alguna cosa?– le pregunta.
– Sí, estoy buscando mi llave.
El vecino se queda con él para ayudarlo a buscar. Después de un rato, pasa una vecina.
– ¿Qué están haciendo? – les pregunta.
– Estamos buscando la llave de José.
Ella también quiere ayudarlos y se pone a buscar.
Luego, otro vecino se une a ellos. Juntos buscan y buscan y buscan. Habiendo buscado durante un largo rato acaban por cansarse. Uno de los vecinos pregunta:
– José, hemos buscado tu llave durante mucho tiempo, ¿estás seguro de haberla perdido en este lugar?
– ¡No!, dice José.
– ¿Dónde la perdiste, pues?
– Allí, en mi casa.
– ¡Entonces!, ¿por qué la estamos buscando aquí?
– Pues porque aquí hay más luz y mi casa está muy oscura”.

Ridícula la actitud de José, ¿cierto? Buscar algo donde no está, sólo porque allí hay más luz. Porque ese lugar, en donde no hay chance de encontrar lo que se busca, es más agradable. José encuentra bajo la luz, mejores condiciones para la búsqueda, aunque desde el inicio sepa que esta no llegará a buen puerto.

Esto me lleva a pensar en una situación que me preocupa desde hace tiempo. En términos económicos podría enunciarse como: la progresiva reducción de la capacidad de satisfacción marginal de los bienes, que pareciéramos cada vez desear más.

Incesantemente buscamos, y buscamos, más, y más cosas que nos prometan satisfacción: el más recientemente lanzado par de zapatillas que nos permitirá correr más rápido o hacer más goles; el más liviano y mejor diseñado aparato de música portátil que nos anuncian como “lo último”.

No me molesta parecer la edad que tengo –bastante– por eso puedo testificar que antes uno tenía que ahorrar mucho tiempo para poder comprar algo, y luego ese algo se usaba y se disfrutaba por otra muy buena cantidad de tiempo. Hoy todo está más accesible, lo cual es bueno, pero la satisfacción que causa ese todo es cada vez más efímera. El primer par de zapatillas, creo que a todos, nos dio más satisfacción que decimonoveno. A esto llamo la satisfacción marginal decreciente, a la que agrega el nuevo bien adquirido, y que definitivamente pareciera haber ido reduciéndose con el correr del tiempo.

Lo que nos excita a seguir en la búsqueda, es ver si lo que viene será realmente lo que nos colme. Esto nos trasforma en algo así como Don Juanes, buscando siempre una conquista adicional porque ya la captura no nos satisface, necesitamos estar constantemente cazando, pues se nos encarnó una necesidad de búsqueda que no satisface ninguna pieza.

¿A qué se debe esto?, ¿por qué las zapatillas modernas –que de hecho son mucho mejores que las antiguas– parecieran producir menos satisfacción que las de antes? Es parte del modelo económico social en el que vivimos. Si el nuevo producto nos satisface por un tiempo prolongado, no salimos a comprar el nuevo, y eso es hoy pecado mortal.

El producto no es malo, pero la campaña de publicidad del reemplazo es maravillosa, una notable y fascinante tentación. Sería una “ridiculez” no hacer caso. No estaríamos siendo “coherentes” con la moda, con las tendencias, con nuestra capacidad de gasto…

¿Será así? O será que como José estamos buscando en donde hay luz lo que se nos perdió por otro lado. Es más cómodo buscar en la luz, el problema, es si el reflector lo prendió alguien que nos quiere ayudar a encontrar lo que buscamos, o simplemente nos quiere “vender” algo. ¿Buscamos en el lugar correcto? Esta satisfacción marginal decreciente, ¿se debe a que los bienes que adquirimos no tienen capacidad suficiente de satisfacer? o ¿será que estamos tratando de apagar un incendio con combustible? ¿De quién tomamos la pauta en cuanto a dónde es ridículo buscar satisfacción y dónde no?... ¿de las revistas de moda?... ¿de los programas de baile o de patinaje?... ¿de los titulares de los diarios?

Los mayores tuvimos la chance de vivir en un mundo en el cual había que esperar por un beso. Hoy un “piquito” entre niños de jardín de infantes es celebrado por todo el mundo. Los tiempos cambian. ¿Mejor o peor?... ninguna de las dos cosas: diferente. Pero es indudable de que la aceleración de los tiempos, la quema de etapas, el acceso precoz a prácticamente lo que sea, marcan parte del fenómeno del que estaba hablando unos párrafos antes.

Los niños y los jóvenes de hoy se crian en un mundo acelerado, han nacido con el capitalismo y su modelo triunfante de altos volúmenes de producción. No es malo que el comercio se incremente. No es necesariamente malo que compremos un par de zapatillas cada dos meses. De eso depende el trabajo de mucha gente, y esto, en algunas sociedades y en algunos casos, contribuye al bienestar. Lo que está mal es buscar allí, en esa luz, lo que no ha de encontrase. Un joven que necesita afirmarse en su personalidad, que necesita sentirse aceptado por sus amigos, que quiere comerse el tiempo para poder hacer y vivir todo lo que lo tienta, corre hoy un gran peligro de estar buscando en la zona iluminada lo que sólo puede hallarse fuera del haz del reflector.

La autorrealización, el amor, la completud que da un trabajo bien hecho, el logro de un objetivo complejo, la admiración de un hijo, la admiración hacia el logro de un hijo… eso no se encuentra en la vidriera de una tienda. La satisfacción marginal de estas últimas cosas que acabo de enumerar sigue estando intacta. Nadie nos las puede “vender”, por eso conseguirlas sigue costando lo mismo que cuando yo era joven. La satisfacción de lograr ser una mujer o un hombre de bien, en la definición de cada uno, vale más que cien pares de zapatillas. Lo que pasa es que nadie la publicita, nadie le prende la luz a cosas como las que acabo de enumerar. Nos convencen de que es “incoherente” y “ridículo” no estar a la moda, o no comer lo que se impuso como tendencia. Pero: ¿quién nos recuerda que es incoherente y ridículo no compartir con la familia?... ¿o cumplir con nuestras promesas?... ¿o lograr lo que nos propusimos desde lo profesional?

¿Por qué para pasar un fin de semana “coherente” hay que recorrer tiendas en un shopping center, y comer fast food, y luego ir a ver una película?, ¿por qué quedarse en casa y compartir algo con los más cercanos es ridículo? El shopping, el cine y la hamburguesería están dispuestos a recibirnos, no nos van a presentar ningún problema. La interacción humana en cambio puede ser un poco más trabajosa y compleja. Lo cierto es que la satisfacción marginal de la primera salida es efímera, y la que se consigue luego del esfuerzo de la segunda dura mucho más.

José buscaba la llave bajo el farol porque allí es más fácil buscar, tal vez él ni siquiera quería encontrarla; inclusive en su búsqueda terminó acompañado, de haber encontrado la llave en la oscuridad estaría solo en su casa. Pero no deja de ser ridículo. No busquemos nosotros nuestras llaves donde sabemos que no están.


Continúara la semana que viene en otro unplugged


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