… continúa de la columna anterior…
La primera estrofa de “A partir de mañana”, de Alberto Cortez, me puso a pensar en muchas cosas; por ejemplo me puso a tratar de ubicar ese punto de inflexión en el que, según la letra, se comienza a volver del viaje de ida.
Sin necesidad de haber encontrado respuesta a la pregunta inicial, también me puso a “decidir” qué era para mí esto de vivir la vida y de morir la muerte… Pero, como el propio Cortez nos “habla” de algunos de esos temas en el resto de la letra, me puse a leer más versos y también a pensarlos.
La segunda estrofa, por ejemplo, pareciera estar destinada a poner un poco de claridad en el asunto de la vuelta del viaje. Dice así:
“A partir de mañana empezaré a vivir una vida más sana,
es decir, que mañana empezaré a rodar por mejores caminos;
el tabaco mejor y también por qué no, las mejores manzanas,
la mejor diversión y en la mesa mejor, el mejor de los vinos”.
Interesante. El a partir de mañana se describe como: vivir una vida más sana y rodar por mejores caminos. La cuestión me cautivó, por la ironía tal vez, o porque me gusta ver las cosas de esa forma. Y nuevamente las preguntas para pensar:
¿Es vivir bien la segunda mitad de la vida vivirla más sanamente?, ¿o sea que vivir bien la primera es excederse o maltratarse? ¿Por qué en la segunda parte de la vida –cuando se muere la segunda parte de la muerte– se ha de andar por mejores caminos?, ¿será porque la primera hay que vivirla andando por malos? ¿Será morir la segunda parte de la muerte alejarla, posponerla?, y por lo tanto vivir una vida más sana servirá para no atraer a la parca más de lo necesario… más de lo que se la haya seducido tal vez muriendo la primera parte de la muerte, cuando se vivía la primera mitad de la vida.
No es mi intención “criticar” la letra, al contrario, pensarla abiertamente; por eso cuestiono: ¿somos así como sugiero en las preguntas?, ¿vivimos sin cuidado y nos cuidamos para morirnos?
¿Es realmente vivir una vida más sana el mejor tabaco y los mejores vinos?, ¿diremos que son mejores cuando sean mejores para la salud, o mejores porque nos “pegan” más fuerte? ¿Son las mejores manzanas las mejores tentaciones?, y de ser así ¿son mejores las tentaciones que más tientan, o las que con menos esfuerzo se satisfacen?, ¿las que hacen más daño, las más caras, las más complejas o rebuscadas… o las más simples y básicas como la risa franca, el amor espontáneo y cosas por el estilo?
Maravillosa estrofa para reflexionar, para abrir la cabeza, para opinar y opinarse, para decidir cómo se quiere vivir y morir.
No pareciera tener nada que ver con mi planteo de dejar un poco de mirarse y vivirse a uno mismo, para empezar a vivir con otros; dedicando partes de nuestra vida a ellos, y dejándonos influir, modificar; muriendo tal vez un poco a nosotros para dejarnos “vivir” (en el buen sentido) por los otros, y obviamente viceversa.
¿Es así?, ¿no tiene nada que ver?, ¿o sí?... Juntando ideas: ¿es la mejor diversión y la mesa mejor la individual, o la compartida?; y si fuese la compartida, entonces, los mejores tabacos, vinos, manzanas y tentaciones, ¿no serán en vez de los más caros o los más fuertes los que se con-viven, los que se com-parten?
¿Será la primera mitad la vida la de conseguir y la segunda la de compartir lo conseguido? ¿Se podrán vivir las dos juntas?, o será la simultaneidad algo impracticable; y no porque dependa de un reloj o calendario, sino porque no se deja una parte y se comienza la otra hasta que cierto nivel de “madurez” permite tomar una decisión al respecto.
…continuará…
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lunes, enero 31, 2011
domingo, julio 25, 2010
Luchar y disfrutar, equilibrio que cuesta
No hace mucho yendo hacia el lugar donde trabajo –muy temprano por la mañana–, mientras avanzaba lentamente con el tráfico, por una “rendija” entre una serie de edificios un parque y algún lugar en el que no había nada, vi salir el sol sobre el río –una de las maravillas que pueden verse en la ciudad en la que vivo.
Era un sol rojo, inmenso, glorioso; como hacía mucho, pero mucho que no veía… y entonces me acordé, justamente, de cuánto hacía que no lo veía; de cuanto que no me “fabricaba” el tiempo para ver salir el sol; de cuanto que no me preocupaba siquiera por el hecho de no tener o hacer el momento para presenciar semejante maravilla, por la que –al menos todavía– nadie cobra.
Claro, lo que pasa es que uno está –yo estoy, ¿y usted?– muy ocupado. La vida es un trajín constante. Trabajar, hacer cosas, estudiar, mejorar, hacer trámites, evitar problemas, consumir –no hay que olvidarse de este mandato de la sociedad moderna–, y claro no hay tiempo.
“La vida es una lucha”, me encontré diciéndome a mí mismo. O será que la lucha es vivir la vida de forma tal que no la transformemos en una lucha. ¡Ja!, interesante juego de palabras que me hizo acordar de un refrán:
“No hay peor lucha que la que no se hace”.
Yo –admito que con una mezcla de orgullo y vergüenza– soy de los que cree que la vida es en muchos sentidos una lucha, un camino que hay que esforzarse en recorrer para llegar mejores personas donde sea que vayamos. Yo no soy de los que cree que la vida es sólo para disfrutar; ya que dis-frutar viene de aprovechar los frutos, o sea des-frutar (eso dicen los diccionarios de etimología), y si no se cultiva, si no se cuida la planta, no hay frutos, al menos no otros que los silvestres que eventualmente se acaban.
Pero claro, el asunto es el equilibrio, tan pero tan difícil de lograr. Es infinitamente más fácil estar desequilibrado que no estarlo, después de todo el equilibrio es sólo un punto de la escala, mientras que los desequilibrios son prácticamente infinitos. Por eso, más allá de las posturas personales, más allá de pensar que los frutos hay que cultivarlos para poder disfrutar de ellos, es cierto que hay algunos que están allí casi gratuitamente, y que por lo tanto no hace falta luchar para conseguirlos.
La vida es lucha en mucho; pero también es disfrute, sea del resultado del esfuerzo como también de lo que de alguna manera está simplemente allí, para que carguemos fuerza para seguir adelante.
Esta cita de un libro (1) que tampoco hace mucho leí, me causó en su momento la misma sensación que la que tuve el otro día viendo, de casualidad, la salida del sol sobre el río.
“-La vida es una lucha, no lo olvides.
Me respondió tristemente.
-Maestro, no me hables de lucha: ¿no has contemplado nunca el sol al amanecer sobre los campos y el Nilo? ¿Nunca has observado el crepúsculo? ¿Nunca has escuchado el ruido de los ruiseñores, ni el zureo de las palomas?... ¿Nunca has perseguido la santa alegría que se esconde en los más profundo de nuestras vidas?...”.
Equilibrio: éste es el mandato, al menos para mí; no pretender disfrutar de lo que no me esforcé por conseguir, pero no despreciar los disfrutes para los cuales mi esfuerzo no sólo no haga falta sino que además resultase intrascendente.
El amor de un ser querido, por ejemplo, para el que hay que esforzarse por obtener y mantener, pero que si es sincero es siempre más de lo que uno merece. O lo que nos ofrece la naturaleza –como ese sol de mi otro día–, a la que tenemos que cuidar con esmero y dedicación, pero que nos da infinitamente más de lo que nosotros podríamos haber logrado por nuestra cuenta.
Esta es para mí la lucha que no debo dejar de hacer, equilibrarme para disfrutar más, y tal vez luchar menos –o al menos tener a la lucha no tan presente, no tan protagonista. Tal vez la de otros sea la de “poder” pretender menos gratuitamente, y ser más capaces de hacer esfuerzos para merecer lo que desean disfrutar. No dejan de ser igual de valiosas ambas luchas, no dejan de ser igual de necesarias, no dejan de ser estas las faltas y desequilibrios que nos hacen humanos.
A luchar lo suficiente, a disfrutar lo que se presenta y lo que se consigue. Un equilibrio que al menos a mí me cuesta, pero que vale la pena. Que la vida no sea sólo una lucha, o sólo una pretensión de disfrute; que la vida sea ambas cosas.
Tal vez no se logre fácilmente un equilibrio razonable, pero como nos dice este otro refrán:
“Mientras haya vida habrá esperanza”.
J. R. Lucks
Referencias:
(1) Akhenaton El rey hereje. Naguib Mahfuz. Editorial: Edhasa Año: 2000
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Era un sol rojo, inmenso, glorioso; como hacía mucho, pero mucho que no veía… y entonces me acordé, justamente, de cuánto hacía que no lo veía; de cuanto que no me “fabricaba” el tiempo para ver salir el sol; de cuanto que no me preocupaba siquiera por el hecho de no tener o hacer el momento para presenciar semejante maravilla, por la que –al menos todavía– nadie cobra.
Claro, lo que pasa es que uno está –yo estoy, ¿y usted?– muy ocupado. La vida es un trajín constante. Trabajar, hacer cosas, estudiar, mejorar, hacer trámites, evitar problemas, consumir –no hay que olvidarse de este mandato de la sociedad moderna–, y claro no hay tiempo.
“La vida es una lucha”, me encontré diciéndome a mí mismo. O será que la lucha es vivir la vida de forma tal que no la transformemos en una lucha. ¡Ja!, interesante juego de palabras que me hizo acordar de un refrán:
“No hay peor lucha que la que no se hace”.
Yo –admito que con una mezcla de orgullo y vergüenza– soy de los que cree que la vida es en muchos sentidos una lucha, un camino que hay que esforzarse en recorrer para llegar mejores personas donde sea que vayamos. Yo no soy de los que cree que la vida es sólo para disfrutar; ya que dis-frutar viene de aprovechar los frutos, o sea des-frutar (eso dicen los diccionarios de etimología), y si no se cultiva, si no se cuida la planta, no hay frutos, al menos no otros que los silvestres que eventualmente se acaban.
Pero claro, el asunto es el equilibrio, tan pero tan difícil de lograr. Es infinitamente más fácil estar desequilibrado que no estarlo, después de todo el equilibrio es sólo un punto de la escala, mientras que los desequilibrios son prácticamente infinitos. Por eso, más allá de las posturas personales, más allá de pensar que los frutos hay que cultivarlos para poder disfrutar de ellos, es cierto que hay algunos que están allí casi gratuitamente, y que por lo tanto no hace falta luchar para conseguirlos.
La vida es lucha en mucho; pero también es disfrute, sea del resultado del esfuerzo como también de lo que de alguna manera está simplemente allí, para que carguemos fuerza para seguir adelante.
Esta cita de un libro (1) que tampoco hace mucho leí, me causó en su momento la misma sensación que la que tuve el otro día viendo, de casualidad, la salida del sol sobre el río.
“-La vida es una lucha, no lo olvides.
Me respondió tristemente.
-Maestro, no me hables de lucha: ¿no has contemplado nunca el sol al amanecer sobre los campos y el Nilo? ¿Nunca has observado el crepúsculo? ¿Nunca has escuchado el ruido de los ruiseñores, ni el zureo de las palomas?... ¿Nunca has perseguido la santa alegría que se esconde en los más profundo de nuestras vidas?...”.
Equilibrio: éste es el mandato, al menos para mí; no pretender disfrutar de lo que no me esforcé por conseguir, pero no despreciar los disfrutes para los cuales mi esfuerzo no sólo no haga falta sino que además resultase intrascendente.
El amor de un ser querido, por ejemplo, para el que hay que esforzarse por obtener y mantener, pero que si es sincero es siempre más de lo que uno merece. O lo que nos ofrece la naturaleza –como ese sol de mi otro día–, a la que tenemos que cuidar con esmero y dedicación, pero que nos da infinitamente más de lo que nosotros podríamos haber logrado por nuestra cuenta.
Esta es para mí la lucha que no debo dejar de hacer, equilibrarme para disfrutar más, y tal vez luchar menos –o al menos tener a la lucha no tan presente, no tan protagonista. Tal vez la de otros sea la de “poder” pretender menos gratuitamente, y ser más capaces de hacer esfuerzos para merecer lo que desean disfrutar. No dejan de ser igual de valiosas ambas luchas, no dejan de ser igual de necesarias, no dejan de ser estas las faltas y desequilibrios que nos hacen humanos.
A luchar lo suficiente, a disfrutar lo que se presenta y lo que se consigue. Un equilibrio que al menos a mí me cuesta, pero que vale la pena. Que la vida no sea sólo una lucha, o sólo una pretensión de disfrute; que la vida sea ambas cosas.
Tal vez no se logre fácilmente un equilibrio razonable, pero como nos dice este otro refrán:
“Mientras haya vida habrá esperanza”.
J. R. Lucks
Referencias:
(1) Akhenaton El rey hereje. Naguib Mahfuz. Editorial: Edhasa Año: 2000
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domingo, octubre 04, 2009
Sarna con gusto pica también, pero…
Me encontré con un refrán –o ¿será que él me encontró a mí?– que me llamó la atención, y seguramente por lo que estaba viviendo me hizo pensar.
El susodicho me decía:
“Si te gusta el arco iris, tendrás que aceptar la lluvia”.
Interesante. Lo deseable tiene un costo asociado. No lo veo desde el lado pesimista de que todo lo bueno trae también algo malo, sino desde la óptica de que se requiere la espera –en la lluvia–, la paciencia, el “trabajo”, para poder disfrutar de algo agradable.
Yo fui criado en una cultura del esfuerzo. Para lograr algo en mi casa, en mi vida, en lo que fuese… había que trabajar, sembrar y esperar, prepararse y probarse, etcétera.
Es cierto que algunas cosas “le caen a uno de arriba”. Sin tener que hacer nada más que estar en el lugar correcto en el momento correcto. Claro que para eso se puede andar por la vida esperando que todo coincida mágicamente, o se puede buscar el lugar y el momento –con pasión, con trabajo, con preparación– y luego “esperar” que te caiga lo que te tiene que caer.
De allí esta frase muy famosa (algunos dicen que de Voltaire, otros que de Séneca) que reza:
“Suerte es cuando la preparación y la oportunidad se encuentran”
Interesante.
No tanto esta frase sino más bien el primer refrán, me hizo pensar en otro también muy conocido; con el cual, a partir de este del arco iris, dejé de estar tan de acuerdo:
“Sarna con gusto no pica”.
La sarna pica, con gusto o no. Lo que pasa es que cuando es con gusto la picazón no importa, o no tiene que importar.
La picazón de la sarna que gusta es la consecuencia de una decisión, que, si bien tomada debe ser menos dolorosa que el gusto, y aún mal tomada habría que soportarla porque es resultado de la propia voluntad. Pero que pica, pica.
Creer que sarna por ser con gusto no pica, podría entenderse como que las consecuencias de las decisiones que uno toma no van a existir, o que de existir se pueden ignorar; y esto, hoy en un mundo tan dedicado al placer y al disfrute (con cierta aversión por el esfuerzo sostenido y el compromiso, desde mi punto de vista), me parece peligroso como mensaje.
Si te gusta el arco iris “aguantate” la lluvia; es más claro, más contundente, no deja lugar a dudas. Casi me dan ganas de “torcerlo” y decir: Si te gustan los arco iris “hace llover”.
Es un tanto difícil hacer llover, al menos sin derrochar agua dejando la manguera abierta colgando de un árbol para ver los siete colores, pero que tal: Si querés un título, estudiá; si querés tal o cual cosa, ahorrá; si querés que te respeten, respetá; si querés un mundo mejor hace algo más que pedir a otros que lo hagan por vos.
Tal vez lo que planteo sea mucho querer. Pero si quiero grandes cosas –como un arco iris– tendré que aceptar la espera, tendré que tener confianza, pero por sobre todo tendré que hacer mi mejor esfuerzo para aportar en lo que pueda a esa “cosa grande”. Claro que “me pica”, pero vale la pena.
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El susodicho me decía:
“Si te gusta el arco iris, tendrás que aceptar la lluvia”.
Interesante. Lo deseable tiene un costo asociado. No lo veo desde el lado pesimista de que todo lo bueno trae también algo malo, sino desde la óptica de que se requiere la espera –en la lluvia–, la paciencia, el “trabajo”, para poder disfrutar de algo agradable.
Yo fui criado en una cultura del esfuerzo. Para lograr algo en mi casa, en mi vida, en lo que fuese… había que trabajar, sembrar y esperar, prepararse y probarse, etcétera.
Es cierto que algunas cosas “le caen a uno de arriba”. Sin tener que hacer nada más que estar en el lugar correcto en el momento correcto. Claro que para eso se puede andar por la vida esperando que todo coincida mágicamente, o se puede buscar el lugar y el momento –con pasión, con trabajo, con preparación– y luego “esperar” que te caiga lo que te tiene que caer.
De allí esta frase muy famosa (algunos dicen que de Voltaire, otros que de Séneca) que reza:
“Suerte es cuando la preparación y la oportunidad se encuentran”
Interesante.
No tanto esta frase sino más bien el primer refrán, me hizo pensar en otro también muy conocido; con el cual, a partir de este del arco iris, dejé de estar tan de acuerdo:
“Sarna con gusto no pica”.
La sarna pica, con gusto o no. Lo que pasa es que cuando es con gusto la picazón no importa, o no tiene que importar.
La picazón de la sarna que gusta es la consecuencia de una decisión, que, si bien tomada debe ser menos dolorosa que el gusto, y aún mal tomada habría que soportarla porque es resultado de la propia voluntad. Pero que pica, pica.
Creer que sarna por ser con gusto no pica, podría entenderse como que las consecuencias de las decisiones que uno toma no van a existir, o que de existir se pueden ignorar; y esto, hoy en un mundo tan dedicado al placer y al disfrute (con cierta aversión por el esfuerzo sostenido y el compromiso, desde mi punto de vista), me parece peligroso como mensaje.
Si te gusta el arco iris “aguantate” la lluvia; es más claro, más contundente, no deja lugar a dudas. Casi me dan ganas de “torcerlo” y decir: Si te gustan los arco iris “hace llover”.
Es un tanto difícil hacer llover, al menos sin derrochar agua dejando la manguera abierta colgando de un árbol para ver los siete colores, pero que tal: Si querés un título, estudiá; si querés tal o cual cosa, ahorrá; si querés que te respeten, respetá; si querés un mundo mejor hace algo más que pedir a otros que lo hagan por vos.
Tal vez lo que planteo sea mucho querer. Pero si quiero grandes cosas –como un arco iris– tendré que aceptar la espera, tendré que tener confianza, pero por sobre todo tendré que hacer mi mejor esfuerzo para aportar en lo que pueda a esa “cosa grande”. Claro que “me pica”, pero vale la pena.
J. R. Lucks
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jueves, diciembre 18, 2008
18-12-08. Las fiestas, unplugged
La intención no es arruinar la fiesta, de hecho, todo lo contrario, pero sería bueno que no usemos las fiestas para descargar las frustraciones y las broncas del año. ¿Por qué digo esto? El hombre desde siempre ha buscado momentos de desenfreno para descargarse, y desde siempre las fiestas han sido lugares propicios para esto.
Las fiestas del desenfreno por antonomasia son las fiestas dionisíacas. Dionisio era en la mitología griega el dios del vino –también conocido como Baco entre los romanos–, inspirador de la locura ritual y el éxtasis. Adicionalmente es el patrón de la agricultura por su relación con la fertilidad, y del teatro, por lo histriónico de los cultos que se le rendían.
Su misión principal era, a través de la música y del vino, terminar con las preocupaciones o las formalidades de las obligaciones para entregarse a un éxtasis desenfrenado y despreocupado, en el cual la pérdida del sentido propiciaba la fertilidad. Es el contrario de Apolo que se relaciona más con la armonía y la razón.
Aparentemente las fiestas dionisíacas duraban siete días, en ellas explotaba la alegría popular. Los que participaban de las fiestas no dejaban de beber y se entregaban a una desmesura que no era permitida el resto del año. En algún momento, hombres y mujeres bailarines entraban en éxtasis y esto llevaba luego a grandes orgías (una excelente forma de asegurar la fertilidad). Hacían entonces el amor como dioses o como locos, olvidados de sí y del resto del mundo, sintiéndose unidos al cosmos.
El objetivo no es criticar a los griegos, aunque la desmesura no es de mis comportamientos favoritos. Lo cierto es que está bastante de moda hoy la desmesura, muchas personas buscan este tipo de excitaciones para poder sentirse bien. La gran diferencia es que en la época de los griegos no había autos para que los borrachos los manejasen, ni las drogas eran tan potentes; ellos tomaban vino rebajado con agua en vez de energizantes potenciados con licores de más de 50 grados; en fin. Eran fiestas verdaderas y no suicidios encubiertos.
Creo que la gran diferencia tiene que ver con las razones de unos y de otros. Los griegos lo hacían por la fertilidad. Dudo mucho que la intención de los dionisistas de hoy sea quedar embarazados. Da más la sensación de que lo perseguido es un escape a presiones auto impuestas y de racionalidades apolíneas que no gustan, como que hay que trabajar y trabajar para lograr niveles de consumo mínimos (y no estoy hablando de alimentación o salud sino de autos, televisores o equipos de música), que si no se alcanzan producen frustración y rechazo.
No se, pero me parece que las fiestas dionisíacas de hoy no sólo son más peligrosas sino además sin sentido. Las griegas quedaban embarazadas después de las orgías. Los dionisistas de hoy no terminan con sus problemas después de la fiesta.
La fiesta debe ser buena. La fiesta es gozo, es alegría, no hace falta el desenfreno, no hace falta la embriaguez, o mejor dicho no tiene sentido, porque no es más que una turbación pasajera de las capacidades, o sea que no resuelve, solamente confunde y nada más que por un momento.
Arreglemos nuestras tensiones antes de ir a la fiesta, y si no podemos no pretendamos que la fiesta las borre o las solucione. Festejemos lo que se pueda, sin pretender que el alcohol, las drogas, los cohetes, la velocidad o el sexo desenfrenado arreglen lo que sin todas esas intoxicaciones encima no pudimos.
Vamos por verdaderas fiestas. Si una fiesta termina en lamentos, nunca fue una fiesta. Si una fiesta termina con una vida tampoco fue una fiesta. Por esto tal vez valga la pena terminar repitiendo la frase de Aristóteles con la que cerré la columna anterior:
“Lo mejor es salir de la vida como de una fiesta, ni sediento ni bebido”.
No vaya a ser que por salir de una fiesta bebidos terminemos saliendo de la vida sedientos, por no haber podido, o querido, hacer algo de lo que creámos que tenemos como misión por ser seres humanos.
J. R. Lucks
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Las fiestas del desenfreno por antonomasia son las fiestas dionisíacas. Dionisio era en la mitología griega el dios del vino –también conocido como Baco entre los romanos–, inspirador de la locura ritual y el éxtasis. Adicionalmente es el patrón de la agricultura por su relación con la fertilidad, y del teatro, por lo histriónico de los cultos que se le rendían.
Su misión principal era, a través de la música y del vino, terminar con las preocupaciones o las formalidades de las obligaciones para entregarse a un éxtasis desenfrenado y despreocupado, en el cual la pérdida del sentido propiciaba la fertilidad. Es el contrario de Apolo que se relaciona más con la armonía y la razón.
Aparentemente las fiestas dionisíacas duraban siete días, en ellas explotaba la alegría popular. Los que participaban de las fiestas no dejaban de beber y se entregaban a una desmesura que no era permitida el resto del año. En algún momento, hombres y mujeres bailarines entraban en éxtasis y esto llevaba luego a grandes orgías (una excelente forma de asegurar la fertilidad). Hacían entonces el amor como dioses o como locos, olvidados de sí y del resto del mundo, sintiéndose unidos al cosmos.
El objetivo no es criticar a los griegos, aunque la desmesura no es de mis comportamientos favoritos. Lo cierto es que está bastante de moda hoy la desmesura, muchas personas buscan este tipo de excitaciones para poder sentirse bien. La gran diferencia es que en la época de los griegos no había autos para que los borrachos los manejasen, ni las drogas eran tan potentes; ellos tomaban vino rebajado con agua en vez de energizantes potenciados con licores de más de 50 grados; en fin. Eran fiestas verdaderas y no suicidios encubiertos.
Creo que la gran diferencia tiene que ver con las razones de unos y de otros. Los griegos lo hacían por la fertilidad. Dudo mucho que la intención de los dionisistas de hoy sea quedar embarazados. Da más la sensación de que lo perseguido es un escape a presiones auto impuestas y de racionalidades apolíneas que no gustan, como que hay que trabajar y trabajar para lograr niveles de consumo mínimos (y no estoy hablando de alimentación o salud sino de autos, televisores o equipos de música), que si no se alcanzan producen frustración y rechazo.
No se, pero me parece que las fiestas dionisíacas de hoy no sólo son más peligrosas sino además sin sentido. Las griegas quedaban embarazadas después de las orgías. Los dionisistas de hoy no terminan con sus problemas después de la fiesta.
La fiesta debe ser buena. La fiesta es gozo, es alegría, no hace falta el desenfreno, no hace falta la embriaguez, o mejor dicho no tiene sentido, porque no es más que una turbación pasajera de las capacidades, o sea que no resuelve, solamente confunde y nada más que por un momento.
Arreglemos nuestras tensiones antes de ir a la fiesta, y si no podemos no pretendamos que la fiesta las borre o las solucione. Festejemos lo que se pueda, sin pretender que el alcohol, las drogas, los cohetes, la velocidad o el sexo desenfrenado arreglen lo que sin todas esas intoxicaciones encima no pudimos.
Vamos por verdaderas fiestas. Si una fiesta termina en lamentos, nunca fue una fiesta. Si una fiesta termina con una vida tampoco fue una fiesta. Por esto tal vez valga la pena terminar repitiendo la frase de Aristóteles con la que cerré la columna anterior:
“Lo mejor es salir de la vida como de una fiesta, ni sediento ni bebido”.
No vaya a ser que por salir de una fiesta bebidos terminemos saliendo de la vida sedientos, por no haber podido, o querido, hacer algo de lo que creámos que tenemos como misión por ser seres humanos.
J. R. Lucks
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jueves, diciembre 11, 2008
11-12-08. Las fiestas
Como nos acercamos al fin de otro año vale la pena reflexionar sobre las fiestas. Entramos en lo que damos el llamar época de fiestas, aunque no son las únicas. Ni siquiera es época de fiestas para todo mundo, no sólo por un tema de religiones –que no festejan nada en esta parte del año–, sino porque no para todo el mundo el año termina ahora, pero bueno. En el pedazo del mundo que llamamos más o menos occidental, esta es la época de fiestas.
Fiesta viene del latín festum, y significa lo mismo que en español, celebración, gozo. La Real Academia Española habla de diversión, regocijo, en fin, un rato agradable.
Hay una canción muy conocida de Serrat que habla de las fiestas (1), pero como tiene un par de trucos, según yo, vamos a pensarla por partes según aconsejaba Jack. Entre las primeras estrofas se recita:
Y colgaron de un cordel
de esquina a esquina un cartel
y banderas de papel
lilas, rojas y amarillas.
Y al darles el sol la espalda
revolotean las faldas
bajo un manto de guirnaldas
para que el cielo no vea,
en la noche de San Juan,
cómo comparten su pan,
su mujer y su galán,
gentes de cien mil raleas.
Esta es la parte buena, compartir el pan, alegría, decoraciones, gente de cien mil raleas. Suena bien. Suena a fiesta. Pero después se arruina un poco, como dije, según yo.
Hoy el noble y el villano,
el prohombre y el gusano
bailan y se dan la mano
sin importarles la facha.
Juntos los encuentra el sol
a la sombra de un farol
empapados en alcohol
magreando a una muchacha.
Aquí se mezcla todo, esto me suena más a revuelto que a fiesta. El villano y el gusano no son fiesta, no son gozo, no son alegría, son basura, al menos hasta que se arrepientan. No debería uno bailar con ellos y darles la mano sin importarnos su facha.
Para peor se emborrachan, se pierden, y terminan magreando a una muchacha, que según el diccionario de la Real Academia Española es manosear. Esto ya no es fiesta. Esto no es gozo ni alegría.
Me preguntaba: ¿por qué nos pasa esto a los seres humanos? ¿Por qué pareciéramos encontrarle lado malo a todo lo bueno? Tal vez sea inevitable, tal vez sea parte de ser lo que somos.
Por eso lo más seguro es ir al significado verdadero de las palabras, porque muchas veces por una cosa o por otra nos confundimos. El diccionario no dice de fiesta, exceso, abuso, riesgo de muerte, pelea, etcétera. Si fiesta es gozo, es alegría, es diversión, por qué no buscar cosas cotidianas que provoquen eso, como la sonrisa de un hijo, o de un sobrino, o el encontrarse con un amigo, o el volver a casa y ser bien recibido con lo poco o lo mucho que tengamos. Eso es gozo, eso es alegría, eso es fiesta.
No entiendo a veces porqué nos complicamos, porqué buscamos sofisticaciones cada vez más raras y caras. Li Po (2), un poeta chino, supo decir hace ya como dos mil años:
“El mundo está lleno de pequeñas alegrías: el arte consiste en saber distinguirlas”.
No creo que sea una exageración. Esas pequeñas alegrías son pequeñas fiestas, porqué despreciarlas, porqué tener que intoxicarse una vez cada tanto poniéndose en peligro uno y a los demás; si aparte estas pequeñas alegrías encima son gratis, son cosa de todos los días, son cosas de la vida.
Para ir cerrando, ya que llegamos a comprar la vida con una fiesta, viene bien una frase de Aristóteles que también hace como dos mil años nos decía:
“Lo mejor es salir de la vida como de una fiesta, ni sediento ni bebido”.
Yo creo que es un buen consejo, ni mucho ni poco, lo justo, lo suficiente, para no terminar magreando a nadie, ni magreado por nadie.
Quedémonos con la primera parte de la canción de Serrat, quedémonos con el consejo de Li Po y con el de Aristóteles. Vamos a pasarla mejor, no solo en esta época que se viene sino todos los días que decidamos hacerlos de fiesta, en algo sencillo, en algo cotidiano y gozoso.
J. R. Lucks
Referencias:
(1) Fiesta, del álbum Mi Niñez. Joan Manuel Serrat. Discográfica Zafiro / Novola, 1970.
(2) Li PO o Li Tai Po: (701 - 762) Es el poeta más famoso y popular de la dinastía Tang, considerada la época de oro de la poesía china.
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Fiesta viene del latín festum, y significa lo mismo que en español, celebración, gozo. La Real Academia Española habla de diversión, regocijo, en fin, un rato agradable.
Hay una canción muy conocida de Serrat que habla de las fiestas (1), pero como tiene un par de trucos, según yo, vamos a pensarla por partes según aconsejaba Jack. Entre las primeras estrofas se recita:
Y colgaron de un cordel
de esquina a esquina un cartel
y banderas de papel
lilas, rojas y amarillas.
Y al darles el sol la espalda
revolotean las faldas
bajo un manto de guirnaldas
para que el cielo no vea,
en la noche de San Juan,
cómo comparten su pan,
su mujer y su galán,
gentes de cien mil raleas.
Esta es la parte buena, compartir el pan, alegría, decoraciones, gente de cien mil raleas. Suena bien. Suena a fiesta. Pero después se arruina un poco, como dije, según yo.
Hoy el noble y el villano,
el prohombre y el gusano
bailan y se dan la mano
sin importarles la facha.
Juntos los encuentra el sol
a la sombra de un farol
empapados en alcohol
magreando a una muchacha.
Aquí se mezcla todo, esto me suena más a revuelto que a fiesta. El villano y el gusano no son fiesta, no son gozo, no son alegría, son basura, al menos hasta que se arrepientan. No debería uno bailar con ellos y darles la mano sin importarnos su facha.
Para peor se emborrachan, se pierden, y terminan magreando a una muchacha, que según el diccionario de la Real Academia Española es manosear. Esto ya no es fiesta. Esto no es gozo ni alegría.
Me preguntaba: ¿por qué nos pasa esto a los seres humanos? ¿Por qué pareciéramos encontrarle lado malo a todo lo bueno? Tal vez sea inevitable, tal vez sea parte de ser lo que somos.
Por eso lo más seguro es ir al significado verdadero de las palabras, porque muchas veces por una cosa o por otra nos confundimos. El diccionario no dice de fiesta, exceso, abuso, riesgo de muerte, pelea, etcétera. Si fiesta es gozo, es alegría, es diversión, por qué no buscar cosas cotidianas que provoquen eso, como la sonrisa de un hijo, o de un sobrino, o el encontrarse con un amigo, o el volver a casa y ser bien recibido con lo poco o lo mucho que tengamos. Eso es gozo, eso es alegría, eso es fiesta.
No entiendo a veces porqué nos complicamos, porqué buscamos sofisticaciones cada vez más raras y caras. Li Po (2), un poeta chino, supo decir hace ya como dos mil años:
“El mundo está lleno de pequeñas alegrías: el arte consiste en saber distinguirlas”.
No creo que sea una exageración. Esas pequeñas alegrías son pequeñas fiestas, porqué despreciarlas, porqué tener que intoxicarse una vez cada tanto poniéndose en peligro uno y a los demás; si aparte estas pequeñas alegrías encima son gratis, son cosa de todos los días, son cosas de la vida.
Para ir cerrando, ya que llegamos a comprar la vida con una fiesta, viene bien una frase de Aristóteles que también hace como dos mil años nos decía:
“Lo mejor es salir de la vida como de una fiesta, ni sediento ni bebido”.
Yo creo que es un buen consejo, ni mucho ni poco, lo justo, lo suficiente, para no terminar magreando a nadie, ni magreado por nadie.
Quedémonos con la primera parte de la canción de Serrat, quedémonos con el consejo de Li Po y con el de Aristóteles. Vamos a pasarla mejor, no solo en esta época que se viene sino todos los días que decidamos hacerlos de fiesta, en algo sencillo, en algo cotidiano y gozoso.
J. R. Lucks
Referencias:
(1) Fiesta, del álbum Mi Niñez. Joan Manuel Serrat. Discográfica Zafiro / Novola, 1970.
(2) Li PO o Li Tai Po: (701 - 762) Es el poeta más famoso y popular de la dinastía Tang, considerada la época de oro de la poesía china.
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jueves, octubre 09, 2008
09-10-08. El hedonismo, unplugged
Comenté en la columna anterior que se denomina hedonismo a la doctrina que proclama el placer como fin supremo de la vida. En verdad no sólo la búsqueda del placer, sino también, y a la vez, la supresión del dolor.
Esta doctrina se inició en Grecia, algunos siglos antes de Jesucristo, y estuvo desarrollada por varias escuelas. Una de ellas, la cirenaica, fundada por Aristipo de Cirene que fue discípulo de Sócrates, tenía a su vez relación con la escuela cínica, la de Diógenes (no el perro del linyera de Fontanarrosa, sino el filósofo). La otra escuela se llamaba epicúrea.
Los cirenaicos se ocuparon fundamentalmente de cuestiones de ética. Para ellos el bien se identificaba con el placer, aunque éste debía entenderse también como placer espiritual.
Para la escuela cirenaica el casi único criterio de verdad se halla en las emociones internas. En cuanto al origen del conocimiento, debía buscárselo en la sensación. Los cirenaicos, entonces, exaltaban los sentidos como la única fuente de adquisición de conocimiento, es una escuela subjetivista.
En lo que concierne al supremo fin del hombre debo ser considerado como la felicidad, que para Aristipo, consistía en librarse de toda inquietud, siendo la vía para lograrlo la autarquía. Este término describía una conducta que en general fomentaba el ideal de una vida sencilla, en la cual el sujeto tuviese dominio sobre sus pasiones y acciones, y tuviese como principio de vida el ejercicio de la virtud. Frases como: “No es rico el que tiene más sino el que necesita menos”, podría haber sido dicha perfectamente por un cirenaico.
Fíjense que interesante y que actual. Exaltar las sensaciones. El fin de la vida es el placer y evitar las complicaciones. Y por último lo subjetivo, o sea lo propio, lo de uno, por encima de lo de los demás. Se parece mucho a como se vive hoy. Placer por sobre todo, no me meto en lo de los otros, no me comprometo con otros para no complicarme, no le presto atención nada más que a lo que yo pienso. Vivimos en tiempos del hedonismo.
El punto es “para qué” hay que vivir así. Porque esta escuela decía que había que hacer esto para tener una vida sencilla, dominar las pasiones y ejercitar la virtud. Ahí me parece que se le diferencia bastante de la forma de vivir de hoy. El “cómo” vivir, lo tomamos al pie de la letra, pero el “para qué” vivir así, que en definitiva debe ser más importante, lo ignoramos un poquito.
Vamos a escarbar algo más en el tema. El otro maestro del hedonismo fue Epicuro. Éste filósofo también se ocupaba de cuestiones éticas, él plateaba una ética de la reciprocidad. Su enseñanza coincidía con que había que maximizar el bien, o el placer; y minimizar el mal, o el dolor. Para esto predicaba una ética de hacer a los demás lo que queremos que nos hagan, refiriéndose al bien; pero también una de no hacer a los demás lo que no queremos que nos hagan, o sea el mal, o causar dolor.
Para lograr lo que Epicuro plantea, hay que pensar en los demás. Una cosa es que crea que mis sensaciones y mi pensamiento deben ser las cosas a las cuales prestar atención, y la otra es creer que los demás no existen, o peor, que son cosas que están allí para ser usadas por mí en la obtención de placer.
Creo que se puso de moda esto del hedonismo por lo que sugerí antes. A todos nos gustan los “títulos”: placer, felicidad, ausencia de complicaciones, etcétera. El asunto es que los que retomaron este tema para ponerlo de moda y vender como locos, dejaron de lado el asunto de la ética, de los demás a los que hay que respetar, en fin, dejaron de lado cosas que en el hedonismo verdadero son tan o más importantes que los “títulos”, ya que son su sentido de ser.
Uno de los filósofos contemporáneos que adhieren al hedonismo se llama Michel Onfray (1). Fíjense lo que él, que sí sabe de esto y no está sólo tratando de vender zapatillas o bebidas energizantes, dice del tema del cual estamos hablando en una entrevista (2) publicada en 2001.
"Se cree que el hedonista es aquel que hace el elogio de la propiedad, de la riqueza, del tener, que es un consumidor. Eso es un hedonismo vulgar que propicia la sociedad. Yo propongo un hedonismo filosófico que es en gran medida lo contrario, del ser en vez del tener, que no pasa por el dinero, pero sí por una modificación del comportamiento. Lograr una presencia real en el mundo, […]."
El verdadero hedonismo, no el vulgar, no se trata de llevar las sensaciones al máximo, no se trata de egoísmos, no se trata de consumir todo lo que se nos cruce para maximizar un placer exacerbado. Onfray nos da el mismo consejo que Fromm: “ser en vez de tener”. Nos sugiere un hedonismo filosófico que él mismo llama contrario al que propicia la sociedad. Nos propone buscar placer, que obviamente no es malo, pero no en el consumir sino en el construir, en una modificación del comportamiento. Ya los antiguos, los fundadores del hedonismo nos hablaban de la ética de la reciprocidad, de reducir los males al no provocarlos; de pensar inevitablemente en el otro como elemento indispensable para esto de la felicidad, pero no como objeto a nuestra disposición.
Aún este autor, con el que no coincido muchas cosas de las que propone, encuentra un punto en el que podemos acordar. Él se molesta porque se usa el nombre de su filosofía para justificar algo que considera vulgar; yo porque nos dejamos llevar por modas que nos deshumanizan cosificándonos, entendamos lo que es le verdadero hedonismo o no.
Cómico ¿no? El hedonismo actual de brutal consumismo, de exaltación de lo sensual, de lo relativo a los cinco sentidos y nada más, nos lleva a despersonalizar al otro ya que lo transformamos en un objeto capaz de darnos placer, pero placer sensual solamente. Nos quedamos en el placer que sentimos en la piel, cuando lo que verdaderamente nos sugiere el hedonismo es que entremos un poco más profundo, que construyamos y no que solamente consumamos.
Consumir es justamente extinguir, gastar. A la larga consumir es igual a desaparecer, a morir. Me pregunto: ¿cómo puede ser el morir causa de placer?
Nos confunden o nos confundimos. Lo sensual, lo que se siente en la piel, o en el gusto, o en el olfato, en definitiva en los cinco sentidos, es tan llamativo a nuestro cerebro que no le damos tiempo a sentir más adentro. Usamos los órganos y los aparatos que nos constituyen a un punto ridículo de auto destrucción con tal de sentir un supuesto placer que no es más que una ilusión de corto plazo.
Tomemos por ejemplo el aparato digestivo y todos los órganos asociados. Nos privamos muchas veces del placer de un cuerpo sano por una alimentación correcta, que es el objetivo de ese conjunto de órganos, y nos enceguecemos por el placer de corto plazo que nos causan comidas inadecuadas en las papilas gustativas, (un ínfimo trozo de ese aparato). Terminamos con cuerpos enfermos –que no causan placer sino dolor y complicaciones–, y con sobrepesos que afectan toda nuestra vida. Otras veces para seguir modelos de delgadez que nos imponen desde la moda nos privamos del placer de ese cuerpo sano en busca de uno delgado, al punto de llegar a diversas situaciones de dolor como con la bulimia y la anorexia. Los antiguamente criticados ayunos religiosos pasaron a ser un juego de niños, comparados con las dietas no saludables y los excesos de delgadez perseguidos para poder usar un talle cero, Lamentablemente se podría hacer una equivalencia de estos ejemplos con cada aparato del cuerpo humano, el reproductivo, el olfativo, o casi con cada órgano, y siempre detrás ha de haber una moda que justifica una compra.
Seamos hedonistas, pero con criterio. Ni el sobrepeso, ni la anorexia llevan a la felicidad que Epicuro u Onfray proponen. Acá no es cuestión de no venderle el alma al diablo, el asunto es como no regalarle el cuerpo a la moda o a la publicidad.
Desde que los filósofos griegos se juntaban en algún bar a charlar –perdón la digresión–, la humanidad piensa si debe ir detrás del placer y las sensaciones (hedonismo), o del deber y la razón (estoicismo). Como en casi todo lo demás, según creo, la solución está en el medio. ¡Como me gustaría haber sido invitado a esa mesa de café con estos griegos!
Esta cita (3) puede darnos una perspectiva de lo que quiero decir:
“Hoy más que nunca, el sentir, no por cierto el razonar, domina la cultura. El poder de las ideas pret a porter (listas para usar) que había surgido de las revoluciones Francesa o Rusa, deja el puesto al poder de la sensología pret a porter, que sostiene o soporta la moda y el gusto de las masas. La ideología es sucedida por la sensología, que produce un desarraigo de la subjetividad, una homologación sin precedente”.
El placer exacerbado y sentido sólo en la piel, en gran parte como vivimos hoy, no nos va a llevar más que a consumirnos consumiendo. El deber y la razón al extremo –males de otras épocas tal vez–, tampoco son buenos. No está para nada mal buscar placer, pero hay deberes que también causan placer, hay que encontrarlos, definirlos, aprenderlos.
La razón y lo sensual están presentes en el hombre para que los balancee, no para que anule a uno en función del otro. Tenemos la responsabilidad de ser humanos. Ni los animales son tan tontos como para comer de más o de menos, o basura que les hace mal, ¿por qué nosotros con nuestra razón no podemos encontrar el equilibrio entre dejarnos sentir ese placer que nos construye, y construirnos para generar placer para nosotros y para otros en lo trascendente? Otro filósofo4, argentino ahora, nos indica qué debe ser esto trascendente:
“En lo humano –‘animal enfermo’, lo calificó Hegel con precisión–, la animalidad –léase naturaleza– está ‘enferma’; es decir, no funciona automáticamente, sino que, más bien, está combatida, reprimida, desviada de sus automatismos innatos.
Hay que comer, dictamina la naturaleza. La historia personal del asceta o del dietista ordena, al contrario, ayunar, dejar de comer.
La naturaleza otorga poderes.
La historia los canaliza en estructuras de sentido, en un qué, y por qué, y para qué.
Estamos ante la Ley porque estamos ante el qué, y el porqué, y el para qué compartimos con los demás.
Algo que no es yo, que está por encima de mí, o por delante de mí, y hacia donde debo ir”.
Hemos, o nos han hecho, llevar la deificación del placer sensual a tal punto, que ya más que la lucha entre el placer y el deber parecemos haber hecho del placer una obligación. Nos obligamos a sentir placer, o nos obligamos para sentir placer. Epicuro le tiraría una piedra por la cabeza a alguien que se destruye y se consume a sí mismo y a su familia con tal de ir quince días al Caribe por unas supuestas vacaciones de placer, o al que se enferma de muerte para sentir el supuesto placer de poder ponerse un talle más chico. Nos confundimos o nos confundieron tanto que nos enfermamos.
Es muy probable que yo sea mucho más estoico que hedonista, al menos lo fui durante gran parte de mi vida. Entre otras cosas, la crisis de la mitad de la vida que tuve hace ya bastante, me permitió permitirme un poco más de hedonismo.
El buen hedonismo es bueno, valga la redundancia o el juego de palabras. Pero si vamos a llamarnos hedonistas leamos un poco más de que se trata, de otra forma llamémonos consumistas, superficiales, egoístas, suicidas o lo que sea, pero no usemos para definirnos un término que es mucho más profundo que el tercer plato de ravioles con salsa los domingos, una pastilla deshidratante en una discoteca, o incluso un bar de intercambio de parejas. Este hedonismo moderno en el que vivimos les causa mucho más placer a los accionistas de las compañías que nos venden los supuestos elixires de placer que a nosotros mismos.
La columna anterior comenzó describiendo cómo el placer es producto de la vida y el amor. Transformemos a ésta en una regla simple para “aprobar” placeres en nuestra vida. Si lo que nos están vendiendo u ofreciendo va en contra de la vida, o del amor, no es placer aunque parezca.
J. R. Lucks
Referencias:
(1) Michel Onfray: (nacido en 1959 en Francia). Doctor en filosofía, enseña esta materia en el Lycée de Caen de 1983 a 2002. Según él, la educación nacional enseña la historia oficial de la filosofía y no aprender a filosofar. Dimite en 2002 y crea la Universidad Popular de Caen y escribe su manifiesto en 2004 (communauté philosophique). Michel Onfray cree que no hay filosofía sin psicoanálisis, sin sociología, ni ciencias. Un filósofo piensa en función de las herramientas de que dispone; si no, piensa fuera de la realidad.
Sus escritos celebran el hedonismo, los sentidos, el ateísmo, al filósofo artista en la raza de los pensadores griegos que celebran la autonomía del pensamiento y de la vida. Su ateísmo es sin concesiones, expone que las religiones son indefendibles como herramientas de soberanía y trato con la realidad. Forma parte de una línea de intelectuales próximos a la corriente individualista anarquista, intentando entroncar con el aliento de los filósofos cínicos (Diógenes), y epicúreos (Epicuro).(
(2) Entrevista a Michael Onfray por Cecilia Bembire. Diario Página 12, 2001.
(3) Occasione o tentazione? Arte di discernere e decidere. Silvano Fausti. Editorial Ancora, 2005. Traducción de la cita por José Ricardo Lucks.
(4) El hombre que está solo y no espera. Jaime Barylko. Editorial Planeta, 2000.
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Esta doctrina se inició en Grecia, algunos siglos antes de Jesucristo, y estuvo desarrollada por varias escuelas. Una de ellas, la cirenaica, fundada por Aristipo de Cirene que fue discípulo de Sócrates, tenía a su vez relación con la escuela cínica, la de Diógenes (no el perro del linyera de Fontanarrosa, sino el filósofo). La otra escuela se llamaba epicúrea.
Los cirenaicos se ocuparon fundamentalmente de cuestiones de ética. Para ellos el bien se identificaba con el placer, aunque éste debía entenderse también como placer espiritual.
Para la escuela cirenaica el casi único criterio de verdad se halla en las emociones internas. En cuanto al origen del conocimiento, debía buscárselo en la sensación. Los cirenaicos, entonces, exaltaban los sentidos como la única fuente de adquisición de conocimiento, es una escuela subjetivista.
En lo que concierne al supremo fin del hombre debo ser considerado como la felicidad, que para Aristipo, consistía en librarse de toda inquietud, siendo la vía para lograrlo la autarquía. Este término describía una conducta que en general fomentaba el ideal de una vida sencilla, en la cual el sujeto tuviese dominio sobre sus pasiones y acciones, y tuviese como principio de vida el ejercicio de la virtud. Frases como: “No es rico el que tiene más sino el que necesita menos”, podría haber sido dicha perfectamente por un cirenaico.
Fíjense que interesante y que actual. Exaltar las sensaciones. El fin de la vida es el placer y evitar las complicaciones. Y por último lo subjetivo, o sea lo propio, lo de uno, por encima de lo de los demás. Se parece mucho a como se vive hoy. Placer por sobre todo, no me meto en lo de los otros, no me comprometo con otros para no complicarme, no le presto atención nada más que a lo que yo pienso. Vivimos en tiempos del hedonismo.
El punto es “para qué” hay que vivir así. Porque esta escuela decía que había que hacer esto para tener una vida sencilla, dominar las pasiones y ejercitar la virtud. Ahí me parece que se le diferencia bastante de la forma de vivir de hoy. El “cómo” vivir, lo tomamos al pie de la letra, pero el “para qué” vivir así, que en definitiva debe ser más importante, lo ignoramos un poquito.
Vamos a escarbar algo más en el tema. El otro maestro del hedonismo fue Epicuro. Éste filósofo también se ocupaba de cuestiones éticas, él plateaba una ética de la reciprocidad. Su enseñanza coincidía con que había que maximizar el bien, o el placer; y minimizar el mal, o el dolor. Para esto predicaba una ética de hacer a los demás lo que queremos que nos hagan, refiriéndose al bien; pero también una de no hacer a los demás lo que no queremos que nos hagan, o sea el mal, o causar dolor.
Para lograr lo que Epicuro plantea, hay que pensar en los demás. Una cosa es que crea que mis sensaciones y mi pensamiento deben ser las cosas a las cuales prestar atención, y la otra es creer que los demás no existen, o peor, que son cosas que están allí para ser usadas por mí en la obtención de placer.
Creo que se puso de moda esto del hedonismo por lo que sugerí antes. A todos nos gustan los “títulos”: placer, felicidad, ausencia de complicaciones, etcétera. El asunto es que los que retomaron este tema para ponerlo de moda y vender como locos, dejaron de lado el asunto de la ética, de los demás a los que hay que respetar, en fin, dejaron de lado cosas que en el hedonismo verdadero son tan o más importantes que los “títulos”, ya que son su sentido de ser.
Uno de los filósofos contemporáneos que adhieren al hedonismo se llama Michel Onfray (1). Fíjense lo que él, que sí sabe de esto y no está sólo tratando de vender zapatillas o bebidas energizantes, dice del tema del cual estamos hablando en una entrevista (2) publicada en 2001.
"Se cree que el hedonista es aquel que hace el elogio de la propiedad, de la riqueza, del tener, que es un consumidor. Eso es un hedonismo vulgar que propicia la sociedad. Yo propongo un hedonismo filosófico que es en gran medida lo contrario, del ser en vez del tener, que no pasa por el dinero, pero sí por una modificación del comportamiento. Lograr una presencia real en el mundo, […]."
El verdadero hedonismo, no el vulgar, no se trata de llevar las sensaciones al máximo, no se trata de egoísmos, no se trata de consumir todo lo que se nos cruce para maximizar un placer exacerbado. Onfray nos da el mismo consejo que Fromm: “ser en vez de tener”. Nos sugiere un hedonismo filosófico que él mismo llama contrario al que propicia la sociedad. Nos propone buscar placer, que obviamente no es malo, pero no en el consumir sino en el construir, en una modificación del comportamiento. Ya los antiguos, los fundadores del hedonismo nos hablaban de la ética de la reciprocidad, de reducir los males al no provocarlos; de pensar inevitablemente en el otro como elemento indispensable para esto de la felicidad, pero no como objeto a nuestra disposición.
Aún este autor, con el que no coincido muchas cosas de las que propone, encuentra un punto en el que podemos acordar. Él se molesta porque se usa el nombre de su filosofía para justificar algo que considera vulgar; yo porque nos dejamos llevar por modas que nos deshumanizan cosificándonos, entendamos lo que es le verdadero hedonismo o no.
Cómico ¿no? El hedonismo actual de brutal consumismo, de exaltación de lo sensual, de lo relativo a los cinco sentidos y nada más, nos lleva a despersonalizar al otro ya que lo transformamos en un objeto capaz de darnos placer, pero placer sensual solamente. Nos quedamos en el placer que sentimos en la piel, cuando lo que verdaderamente nos sugiere el hedonismo es que entremos un poco más profundo, que construyamos y no que solamente consumamos.
Consumir es justamente extinguir, gastar. A la larga consumir es igual a desaparecer, a morir. Me pregunto: ¿cómo puede ser el morir causa de placer?
Nos confunden o nos confundimos. Lo sensual, lo que se siente en la piel, o en el gusto, o en el olfato, en definitiva en los cinco sentidos, es tan llamativo a nuestro cerebro que no le damos tiempo a sentir más adentro. Usamos los órganos y los aparatos que nos constituyen a un punto ridículo de auto destrucción con tal de sentir un supuesto placer que no es más que una ilusión de corto plazo.
Tomemos por ejemplo el aparato digestivo y todos los órganos asociados. Nos privamos muchas veces del placer de un cuerpo sano por una alimentación correcta, que es el objetivo de ese conjunto de órganos, y nos enceguecemos por el placer de corto plazo que nos causan comidas inadecuadas en las papilas gustativas, (un ínfimo trozo de ese aparato). Terminamos con cuerpos enfermos –que no causan placer sino dolor y complicaciones–, y con sobrepesos que afectan toda nuestra vida. Otras veces para seguir modelos de delgadez que nos imponen desde la moda nos privamos del placer de ese cuerpo sano en busca de uno delgado, al punto de llegar a diversas situaciones de dolor como con la bulimia y la anorexia. Los antiguamente criticados ayunos religiosos pasaron a ser un juego de niños, comparados con las dietas no saludables y los excesos de delgadez perseguidos para poder usar un talle cero, Lamentablemente se podría hacer una equivalencia de estos ejemplos con cada aparato del cuerpo humano, el reproductivo, el olfativo, o casi con cada órgano, y siempre detrás ha de haber una moda que justifica una compra.
Seamos hedonistas, pero con criterio. Ni el sobrepeso, ni la anorexia llevan a la felicidad que Epicuro u Onfray proponen. Acá no es cuestión de no venderle el alma al diablo, el asunto es como no regalarle el cuerpo a la moda o a la publicidad.
Desde que los filósofos griegos se juntaban en algún bar a charlar –perdón la digresión–, la humanidad piensa si debe ir detrás del placer y las sensaciones (hedonismo), o del deber y la razón (estoicismo). Como en casi todo lo demás, según creo, la solución está en el medio. ¡Como me gustaría haber sido invitado a esa mesa de café con estos griegos!
Esta cita (3) puede darnos una perspectiva de lo que quiero decir:
“Hoy más que nunca, el sentir, no por cierto el razonar, domina la cultura. El poder de las ideas pret a porter (listas para usar) que había surgido de las revoluciones Francesa o Rusa, deja el puesto al poder de la sensología pret a porter, que sostiene o soporta la moda y el gusto de las masas. La ideología es sucedida por la sensología, que produce un desarraigo de la subjetividad, una homologación sin precedente”.
El placer exacerbado y sentido sólo en la piel, en gran parte como vivimos hoy, no nos va a llevar más que a consumirnos consumiendo. El deber y la razón al extremo –males de otras épocas tal vez–, tampoco son buenos. No está para nada mal buscar placer, pero hay deberes que también causan placer, hay que encontrarlos, definirlos, aprenderlos.
La razón y lo sensual están presentes en el hombre para que los balancee, no para que anule a uno en función del otro. Tenemos la responsabilidad de ser humanos. Ni los animales son tan tontos como para comer de más o de menos, o basura que les hace mal, ¿por qué nosotros con nuestra razón no podemos encontrar el equilibrio entre dejarnos sentir ese placer que nos construye, y construirnos para generar placer para nosotros y para otros en lo trascendente? Otro filósofo4, argentino ahora, nos indica qué debe ser esto trascendente:
“En lo humano –‘animal enfermo’, lo calificó Hegel con precisión–, la animalidad –léase naturaleza– está ‘enferma’; es decir, no funciona automáticamente, sino que, más bien, está combatida, reprimida, desviada de sus automatismos innatos.
Hay que comer, dictamina la naturaleza. La historia personal del asceta o del dietista ordena, al contrario, ayunar, dejar de comer.
La naturaleza otorga poderes.
La historia los canaliza en estructuras de sentido, en un qué, y por qué, y para qué.
Estamos ante la Ley porque estamos ante el qué, y el porqué, y el para qué compartimos con los demás.
Algo que no es yo, que está por encima de mí, o por delante de mí, y hacia donde debo ir”.
Hemos, o nos han hecho, llevar la deificación del placer sensual a tal punto, que ya más que la lucha entre el placer y el deber parecemos haber hecho del placer una obligación. Nos obligamos a sentir placer, o nos obligamos para sentir placer. Epicuro le tiraría una piedra por la cabeza a alguien que se destruye y se consume a sí mismo y a su familia con tal de ir quince días al Caribe por unas supuestas vacaciones de placer, o al que se enferma de muerte para sentir el supuesto placer de poder ponerse un talle más chico. Nos confundimos o nos confundieron tanto que nos enfermamos.
Es muy probable que yo sea mucho más estoico que hedonista, al menos lo fui durante gran parte de mi vida. Entre otras cosas, la crisis de la mitad de la vida que tuve hace ya bastante, me permitió permitirme un poco más de hedonismo.
El buen hedonismo es bueno, valga la redundancia o el juego de palabras. Pero si vamos a llamarnos hedonistas leamos un poco más de que se trata, de otra forma llamémonos consumistas, superficiales, egoístas, suicidas o lo que sea, pero no usemos para definirnos un término que es mucho más profundo que el tercer plato de ravioles con salsa los domingos, una pastilla deshidratante en una discoteca, o incluso un bar de intercambio de parejas. Este hedonismo moderno en el que vivimos les causa mucho más placer a los accionistas de las compañías que nos venden los supuestos elixires de placer que a nosotros mismos.
La columna anterior comenzó describiendo cómo el placer es producto de la vida y el amor. Transformemos a ésta en una regla simple para “aprobar” placeres en nuestra vida. Si lo que nos están vendiendo u ofreciendo va en contra de la vida, o del amor, no es placer aunque parezca.
J. R. Lucks
Referencias:
(1) Michel Onfray: (nacido en 1959 en Francia). Doctor en filosofía, enseña esta materia en el Lycée de Caen de 1983 a 2002. Según él, la educación nacional enseña la historia oficial de la filosofía y no aprender a filosofar. Dimite en 2002 y crea la Universidad Popular de Caen y escribe su manifiesto en 2004 (communauté philosophique). Michel Onfray cree que no hay filosofía sin psicoanálisis, sin sociología, ni ciencias. Un filósofo piensa en función de las herramientas de que dispone; si no, piensa fuera de la realidad.
Sus escritos celebran el hedonismo, los sentidos, el ateísmo, al filósofo artista en la raza de los pensadores griegos que celebran la autonomía del pensamiento y de la vida. Su ateísmo es sin concesiones, expone que las religiones son indefendibles como herramientas de soberanía y trato con la realidad. Forma parte de una línea de intelectuales próximos a la corriente individualista anarquista, intentando entroncar con el aliento de los filósofos cínicos (Diógenes), y epicúreos (Epicuro).(
(2) Entrevista a Michael Onfray por Cecilia Bembire. Diario Página 12, 2001.
(3) Occasione o tentazione? Arte di discernere e decidere. Silvano Fausti. Editorial Ancora, 2005. Traducción de la cita por José Ricardo Lucks.
(4) El hombre que está solo y no espera. Jaime Barylko. Editorial Planeta, 2000.
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jueves, octubre 02, 2008
02-10-08. El hedonismo
La palabra de hoy es hedonismo. Esta palabra viene de hēdonē que en griego significa placer. Con este término se denomina a una filosofía que sugiere que el hombre debe buscar placer, y que esta búsqueda sólo puede traerle buenas consecuencias.
Hēdonē era una diosa en la mitología griega. En la romana se llamaba Voluptas, de allí términos como voluptuosidad que también se refiere al placer. Placer viene de placere, que es gustar, de allí, por ejemplo, el italiano piace. Lo que me gusta me causa placer. Igualmente Voluptas viene de la raíz volup, que significa agradable o a gusto.
Hēdonē, en la mitología, era hija de Eros y de Psyche. Eros es hijo de Afrodita, diosa de la belleza, y él mismo es dios del amor. En la mitología romana Eros es el famoso Cupido. Psyche, que significa soplo en griego, era considerada la fuerza vital, lo que daba vida. Tenía que ver en la antigua Grecia con el pensamiento, la conducta y la personalidad. Era también lo que se conocía como alma. El hombre moría cuando este soplo vital, o alma, dejaba el cuerpo.
Según la leyenda, Afrodita, o sea la belleza, estaba celosa de Psyche porque era muy linda. Se puede decir la belleza estaba celosa de la vida, o del soplo vital. Entonces manda a su hijo Eros, el amor, para que la hechice y la haga enamorarse del hombre más feo del mundo. ¿Qué pasa realmente? Eros se enamora de Psyche, la rapta y se la lleva con él. El amor se enamora de la vida y no le hace caso a la belleza. La historia es un poco más larga, hay un par de traiciones en el medio, la cuestión es que Eros se enoja con Psyche y ésta va con su suegra, la belleza, a pedir ayuda. Afrodita le pone como condición cuatro tareas imposibles, que la vida, o sea Psyche, termina logrando realizar en busca del amor de Eros. En el final de la leyenda la vida recupera al amor, y todos felices con suegra incluida.
Vean que bueno. La vida en busca del amor es capaz de hacer cualquier cosa, incluso a pesar de la belleza, que hoy parece seguir siendo divinidad siendo que hay millones de personas que la deifican todos los días.
Hay un montón de cosas que aprender de esto, pero me gustó el punto de que el placer, Hēdonē, es hija de la vida y del amor. De una vida que hace grandes esfuerzos y pasa grandes tribulaciones para recuperar a su amor, para conseguir el amor.
Reinterpretando a los griegos podría decir que la belleza, que no es más que un placer superficial, o al menos pasajero, no puede complicarle las cosas a la vida de tal forma como para que esta, si tiene convicción, no pueda conseguir el amor. Y cuando juntamos vida y amor, el producido es placer.
Hablando de esto de la vida y del amor, Facundo Cabral (1) nos recita (2):
“El que hace lo que ama, está benditamente condenado al éxito, que llegará cuando deba llegar, porque lo que debe ser será y llegará naturalmente.
No hagas nada por obligación ni por compromiso, sino por amor.
Entonces habrá plenitud, y en esa plenitud todo es posible y sin esfuerzo, […]”.
Al menos a mí, una plenitud en la que todo es posible y sin esfuerzo, me suena a placer. Por otra parte, Jeremy Leven (3), el autor del guión de la película Don Juan de Marco (4), le hace afirmar al protagonista:
“Son sólo cuatro preguntas de valor en la vida: ¿Qué es sagrado?, ¿de qué esta hecho el espíritu?, ¿por qué vale la pena vivir?, ¿por qué vale la pena morir? La respuesta es la misma. Sólo por amor”.
A pesar de que suena claro en las voces de estos cantores y personajes, creo que nos confundimos o nos confunden para que busquemos más cantidad de placer que calidad de placer. En un mundo en el que consumir es tan importante, los que venden prefieren vender mucho antes que vender bueno, y eso nos termina llevando a buscar excesos de placer, en vez de buscar placer en las cosas duraderas, como el amor. Lo superficial, lo momentáneo, lo pasajero, siempre es más “barato” que lo profundo. Lo superficial es descartable, y de lo descartable terminamos comprando más unidades.
Volviendo un poco más a la literatura, Juan Luis Vives (5), en El tratado del alma (6), nos dice:
“Ciertamente, hay hombres de índole tan brutal que se dejan llevar sólo de los placeres de los sentidos; mas nosotros debemos mirar a las almas superiores y de mayor nobleza, que se deleitan más con los sentidos interiores que con los externos, con el pensamiento antes que con la fantasía, y dentro del pensar con la reflexión principalmente […]”.
A mí particularmente la reflexión me causa placer; pero como todavía nadie me puede cobrar por reflexionar, y sí por lo que tiene que ver con los placeres que percibo por los sentidos exteriores como el tacto, olfato, vista, oído y gusto, reflexionar no lo pone de moda ninguna empresa.
Hoy muchas veces relacionamos placer con cosas que no tienen que ver con el amor sino sólo con la mecánica sexual que en definitiva nos entra por tacto. No siempre relacionamos el placer con lo que causa vida, sino con lo que la pone en peligro, como las drogas, o los excesos de alcohol, que van de la mano con el gusto, o el olfato. Nos hemos concentrado en la obtención de placer sólo a través de los cinco sentidos externos. En gran medida dejamos de lado las otras sensaciones que causan placer, y que no tienen que ver los sentidos básicos.
Por eso, para ir cerrando, los invito a ser hedonistas pero no tan superficialmente. Propongo que tratemos de producir placer juntando vida y amo, como en la leyenda griega. Para eso les voy a sugerir otros cinco sentidos que podemos y debemos tener y desarrollar. Estos me los hizo ver hace un tiempo un profesor (7) mío:
Sentido de misión. Tenemos misiones en la vida, debemos buscar placer en esas misiones. Consumir solamente no es suficiente.
Sentido de responsabilidad. Para con los demás y para con nosotros también. Estar a la altura de las circunstancias y cuidarnos responsablemente, también produce placer y nos preserva para dar placer a otros.
Sentido de urgencia. Muchas veces nos necesitan y saber responder cuando nos requieren causa y nos debe causar placer.
Sentido común. Para saber discernir qué nos hace mal y qué nos hace bien. Pareciera últimamente que hasta los animales, que sí entienden qué es bueno para ellos y qué no, tienen más sentido común que los humanos.
Y por último, sentido del humor. La risa cura, y poder reírse de uno mismo es el mejor remedio para reconocer errores, cambiar, y a la larga ser mejores.
Ojalá que podamos darle a estos cinco sentidos algo de la atención que les damos a los otros cinco. Vamos a gastar menos plata en cosas superfluas, y seguramente el placer que produzcamos ha de ser más duradero.
J. R. Lucks
Referencias:
(1) Facundo Cabral: cantautor argentino nacido el 22 de mayo de 1937 en la ciudad de Balcarce, Provincia de Buenos Aires, Argentina. A temprana edad, su padre abandonó el hogar dejando a su madre con sus tres hijos, los cuales emigraron hacia Tierra del Fuego, al sur de Argentina. Cabral tuvo una infancia dura y desprotegida, convirtiéndose en un marginal al punto de ser encerrado en un reformatorio. En 1959 ya tocaba la guitarra y cantaba folklore, siendo sus ídolos Atahualpa Yupanqui y José Larralde, se traslada a Mar del Plata, ciudad balnearia a Argentina, y solicita trabajo en un hotel, el dueño lo ve con su guitarra y le da la oportunidad de cantar. Así comenzó su carrera dedicada a la música, siendo su primer nombre artístico “El Indio Gasparino”. En su acervo discográfico, (no completo aún) hay varios grabados en vivo como: Cabralgando, Pateando Tachos, El mundo estaba bastante tranquilo cuando yo nací, Ferrocabral y Lo Cortez no quita lo Cabral Vol. 1 y 2 entre otros. Como autor literario fue invitado a La Feria Internacional del Libro en Miami, donde habló de sus libros, entre ellos: Conversaciones con Facundo Cabral”, Mi Abuela y yo, Salmos, Borges y yo, Ayer soñé que podía y hoy puedo, y el Cuaderno de Facundo. En reconocimiento a su constante llamado a la paz y al amor, en 1996 la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) lo declaró Mensajero Mundial de la Paz.
(2) No estás deprimido, estás distraído. Facundo Cabral.
(3) Jeremy Leven; Guionista, director, productor y novelista estadounidense nacido en 1941.
(4) Don Juan De Marco es una película estadounidense dirigida por Jeremy Leven, producida por Francis Ford Coppola y protagonizada por Johnny Depp, Marlon Brando y Faye Dunaway. Fue estrenada el 7 de abril de 1995.
(5) Juan Luis Vives: (Valencia, 6 de marzo de 1492 -Brujas, 6 de mayo de 1540), fue un humanista, filósofo y pedagogo español.
(6) El tratado del alma. Juan Luis Vives. Espasa-Calpe, 1945.
(7) Guillermo Fraile. Profesor del Área Académica Dirección Financiera del IAE, y Director del Centro Standard Bank Conciliación Familia y Empresa.
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Hēdonē era una diosa en la mitología griega. En la romana se llamaba Voluptas, de allí términos como voluptuosidad que también se refiere al placer. Placer viene de placere, que es gustar, de allí, por ejemplo, el italiano piace. Lo que me gusta me causa placer. Igualmente Voluptas viene de la raíz volup, que significa agradable o a gusto.
Hēdonē, en la mitología, era hija de Eros y de Psyche. Eros es hijo de Afrodita, diosa de la belleza, y él mismo es dios del amor. En la mitología romana Eros es el famoso Cupido. Psyche, que significa soplo en griego, era considerada la fuerza vital, lo que daba vida. Tenía que ver en la antigua Grecia con el pensamiento, la conducta y la personalidad. Era también lo que se conocía como alma. El hombre moría cuando este soplo vital, o alma, dejaba el cuerpo.
Según la leyenda, Afrodita, o sea la belleza, estaba celosa de Psyche porque era muy linda. Se puede decir la belleza estaba celosa de la vida, o del soplo vital. Entonces manda a su hijo Eros, el amor, para que la hechice y la haga enamorarse del hombre más feo del mundo. ¿Qué pasa realmente? Eros se enamora de Psyche, la rapta y se la lleva con él. El amor se enamora de la vida y no le hace caso a la belleza. La historia es un poco más larga, hay un par de traiciones en el medio, la cuestión es que Eros se enoja con Psyche y ésta va con su suegra, la belleza, a pedir ayuda. Afrodita le pone como condición cuatro tareas imposibles, que la vida, o sea Psyche, termina logrando realizar en busca del amor de Eros. En el final de la leyenda la vida recupera al amor, y todos felices con suegra incluida.
Vean que bueno. La vida en busca del amor es capaz de hacer cualquier cosa, incluso a pesar de la belleza, que hoy parece seguir siendo divinidad siendo que hay millones de personas que la deifican todos los días.
Hay un montón de cosas que aprender de esto, pero me gustó el punto de que el placer, Hēdonē, es hija de la vida y del amor. De una vida que hace grandes esfuerzos y pasa grandes tribulaciones para recuperar a su amor, para conseguir el amor.
Reinterpretando a los griegos podría decir que la belleza, que no es más que un placer superficial, o al menos pasajero, no puede complicarle las cosas a la vida de tal forma como para que esta, si tiene convicción, no pueda conseguir el amor. Y cuando juntamos vida y amor, el producido es placer.
Hablando de esto de la vida y del amor, Facundo Cabral (1) nos recita (2):
“El que hace lo que ama, está benditamente condenado al éxito, que llegará cuando deba llegar, porque lo que debe ser será y llegará naturalmente.
No hagas nada por obligación ni por compromiso, sino por amor.
Entonces habrá plenitud, y en esa plenitud todo es posible y sin esfuerzo, […]”.
Al menos a mí, una plenitud en la que todo es posible y sin esfuerzo, me suena a placer. Por otra parte, Jeremy Leven (3), el autor del guión de la película Don Juan de Marco (4), le hace afirmar al protagonista:
“Son sólo cuatro preguntas de valor en la vida: ¿Qué es sagrado?, ¿de qué esta hecho el espíritu?, ¿por qué vale la pena vivir?, ¿por qué vale la pena morir? La respuesta es la misma. Sólo por amor”.
A pesar de que suena claro en las voces de estos cantores y personajes, creo que nos confundimos o nos confunden para que busquemos más cantidad de placer que calidad de placer. En un mundo en el que consumir es tan importante, los que venden prefieren vender mucho antes que vender bueno, y eso nos termina llevando a buscar excesos de placer, en vez de buscar placer en las cosas duraderas, como el amor. Lo superficial, lo momentáneo, lo pasajero, siempre es más “barato” que lo profundo. Lo superficial es descartable, y de lo descartable terminamos comprando más unidades.
Volviendo un poco más a la literatura, Juan Luis Vives (5), en El tratado del alma (6), nos dice:
“Ciertamente, hay hombres de índole tan brutal que se dejan llevar sólo de los placeres de los sentidos; mas nosotros debemos mirar a las almas superiores y de mayor nobleza, que se deleitan más con los sentidos interiores que con los externos, con el pensamiento antes que con la fantasía, y dentro del pensar con la reflexión principalmente […]”.
A mí particularmente la reflexión me causa placer; pero como todavía nadie me puede cobrar por reflexionar, y sí por lo que tiene que ver con los placeres que percibo por los sentidos exteriores como el tacto, olfato, vista, oído y gusto, reflexionar no lo pone de moda ninguna empresa.
Hoy muchas veces relacionamos placer con cosas que no tienen que ver con el amor sino sólo con la mecánica sexual que en definitiva nos entra por tacto. No siempre relacionamos el placer con lo que causa vida, sino con lo que la pone en peligro, como las drogas, o los excesos de alcohol, que van de la mano con el gusto, o el olfato. Nos hemos concentrado en la obtención de placer sólo a través de los cinco sentidos externos. En gran medida dejamos de lado las otras sensaciones que causan placer, y que no tienen que ver los sentidos básicos.
Por eso, para ir cerrando, los invito a ser hedonistas pero no tan superficialmente. Propongo que tratemos de producir placer juntando vida y amo, como en la leyenda griega. Para eso les voy a sugerir otros cinco sentidos que podemos y debemos tener y desarrollar. Estos me los hizo ver hace un tiempo un profesor (7) mío:
Sentido de misión. Tenemos misiones en la vida, debemos buscar placer en esas misiones. Consumir solamente no es suficiente.
Sentido de responsabilidad. Para con los demás y para con nosotros también. Estar a la altura de las circunstancias y cuidarnos responsablemente, también produce placer y nos preserva para dar placer a otros.
Sentido de urgencia. Muchas veces nos necesitan y saber responder cuando nos requieren causa y nos debe causar placer.
Sentido común. Para saber discernir qué nos hace mal y qué nos hace bien. Pareciera últimamente que hasta los animales, que sí entienden qué es bueno para ellos y qué no, tienen más sentido común que los humanos.
Y por último, sentido del humor. La risa cura, y poder reírse de uno mismo es el mejor remedio para reconocer errores, cambiar, y a la larga ser mejores.
Ojalá que podamos darle a estos cinco sentidos algo de la atención que les damos a los otros cinco. Vamos a gastar menos plata en cosas superfluas, y seguramente el placer que produzcamos ha de ser más duradero.
J. R. Lucks
Referencias:
(1) Facundo Cabral: cantautor argentino nacido el 22 de mayo de 1937 en la ciudad de Balcarce, Provincia de Buenos Aires, Argentina. A temprana edad, su padre abandonó el hogar dejando a su madre con sus tres hijos, los cuales emigraron hacia Tierra del Fuego, al sur de Argentina. Cabral tuvo una infancia dura y desprotegida, convirtiéndose en un marginal al punto de ser encerrado en un reformatorio. En 1959 ya tocaba la guitarra y cantaba folklore, siendo sus ídolos Atahualpa Yupanqui y José Larralde, se traslada a Mar del Plata, ciudad balnearia a Argentina, y solicita trabajo en un hotel, el dueño lo ve con su guitarra y le da la oportunidad de cantar. Así comenzó su carrera dedicada a la música, siendo su primer nombre artístico “El Indio Gasparino”. En su acervo discográfico, (no completo aún) hay varios grabados en vivo como: Cabralgando, Pateando Tachos, El mundo estaba bastante tranquilo cuando yo nací, Ferrocabral y Lo Cortez no quita lo Cabral Vol. 1 y 2 entre otros. Como autor literario fue invitado a La Feria Internacional del Libro en Miami, donde habló de sus libros, entre ellos: Conversaciones con Facundo Cabral”, Mi Abuela y yo, Salmos, Borges y yo, Ayer soñé que podía y hoy puedo, y el Cuaderno de Facundo. En reconocimiento a su constante llamado a la paz y al amor, en 1996 la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) lo declaró Mensajero Mundial de la Paz.
(2) No estás deprimido, estás distraído. Facundo Cabral.
(3) Jeremy Leven; Guionista, director, productor y novelista estadounidense nacido en 1941.
(4) Don Juan De Marco es una película estadounidense dirigida por Jeremy Leven, producida por Francis Ford Coppola y protagonizada por Johnny Depp, Marlon Brando y Faye Dunaway. Fue estrenada el 7 de abril de 1995.
(5) Juan Luis Vives: (Valencia, 6 de marzo de 1492 -Brujas, 6 de mayo de 1540), fue un humanista, filósofo y pedagogo español.
(6) El tratado del alma. Juan Luis Vives. Espasa-Calpe, 1945.
(7) Guillermo Fraile. Profesor del Área Académica Dirección Financiera del IAE, y Director del Centro Standard Bank Conciliación Familia y Empresa.
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