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miércoles, diciembre 22, 2010

Narcisismo a la enésima potencia

Leyendo el periódico hace muy pocos días encontré una nota (1) titulada: “El narcisismo ya no será un trastorno”; y a continuación se aclaraba: “Los especialistas lo atribuyen a que se ha vuelto ‘normal’ en la sociedad occidental”. Definitivamente me pareció algo digno de ser pensado.

Narciso es un personaje de las mitologías (figura al menos en la griega, la helénica y la romana), que termina muriendo por apreciarse demasiado. La versión más popular cuenta como al enamorarse del reflejo de sí mismo en un lago, cae en él y se ahoga.

Narciso es entonces el que se quiere en exceso; tanto, que su auto-mirarse termina ahogándolo, causando su extinción. Narciso se auto-consume, su imagen lo aniquila. Interesante, ¿no?; particularmente en un mundo en el que la imagen está –tal vez– sobrevalorada.

La nota periodística afirma que la próxima edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales (2) (DSM según sus siglas en inglés), que se editaría en el año 2013, lo eliminará como trastorno de la personalidad. Esto se debe –aparentemente– a que como el narcisismo es cada vez es más común entre las personas:

“…esta vez no se pusieron de acuerdo (los científicos) con respecto a que esas características puedan ser consideradas hoy una ‘enfermedad’… (Dichas características) cada vez son más habituales, y por lo tanto queda desdibujado el umbral entre la patología y la normalidad”.

Bueno, ¿entonces?: si vuelve a aparecer una gripe epidémica como la del 2009, y por lo tanto sus características se hacen muy habituales (fiebre alta y muerte), ¿deberíamos no considerarla una enfermedad o “trastorno”, y así no gastar tanto dinero en intentar curarla?

La versión actual del DSM (la cuarta edición) dice que el narcisismo es un trastorno de la personalidad del grupo B: desórdenes dramáticos, emocionales o erráticos. El manual aclara que para considerar a alguien afectado por este mal, deben darse al menos cinco o más de las siguientes conductas o características:

• Poseer un grandioso sentido de la auto-importancia; por ejemplo, esperar ser reconocido como superior sin unos logros proporcionados.
• Sentir preocupación por fantasías de éxito ilimitado, poder, brillantez, belleza o amor imaginarios.
• Creer que se es "especial" y único, y que sólo se puede ser comprendido por personas que son especiales o de alto estatus.
• Exigir una admiración excesiva.
• Ser muy pretencioso; por ejemplo esperar recibir trato especial o que se cumplan automáticamente las expectativas expresadas.
• Ser interpersonalmente explotador, sacar provecho de los demás para alcanzar sus propias metas.
• Carecer de empatía, ser reacio a reconocer o identificarse con los sentimientos y necesidades de los demás.
• Frecuentemente envidiar a los demás, o creer que los demás le envidian a uno.
• Presentar comportamientos o actitudes arrogantes o soberbias.

Si hemos llegado al punto en el que cinco o más de estas conductas en alguien han de ser consideradas normales, y por lo tanto comportarse consistentemente de esta forma no puede (o no debe) ser catalogado como patológico, me parece que estamos en problemas.

En mi afán de comprender, dudé; y fue por eso que inmediatamente me puse a buscar en los diccionarios el significado de patológico, ya que tal vez yo estaba entendiendo mal.

Fue entonces que “comprendí” lo que sucedía. Patológico significa: estudio del sufrimiento o del daño. ¡Claro!, es que los psicólogos que escriben el DSM están considerando al narcisismo desde el punto de vista del narcisista, y en realidad el daño o sufrimiento se le causará a los que lo rodean, a la sociedad. El “afectado” no es el narcisista, el afectado es el que se cruza con uno.

Por eso es entonces que el narcisismo dejará de ser una enfermedad; la enfermedad es, y será, relacionarse con una persona que exhibe –a partir del 2013 probablemente hasta con orgullo y sin posibilidad a criticarlo– cinco o más de las características que tan prolijamente enunciaron los que escribieron la edición cuarta del DSM.

¿Cómo llamarán a la patología –que causa sufrimiento y daño– del que al conocer a un narcisista trate de relacionarse con él o ella, en vez de dejarlo ahogarse en sí mismo?, ¿habrá tratamiento para eso?

Dejando de lado el sarcasmo –si es que puedo–, ¿qué sociedad tendríamos si todos nos comportamos como dice la lista?, ¿sería factible la convivencia real y concreta con algo de contenido?

Yo realmente no puedo creer que esto sea tan común que la mayoría de la gente ya sea así. Sí creo que cada vez hay más, y que las televisiones cada vez muestran más a los que son así porque es negocio, y que las empresas en sus publicidades nos piden cada vez más ser así para vendernos más cosas; pero no creo –no quiero creer– que ya no quede esperanza y por lo tanto estemos en camino de ahogarnos grupal y narcisísticamente en un lago –casi como las ratas del flautista de Hamelin.

¿Qué habrá que hacer para “recuperarnos”? ¿Podremos evitar una desintegración social que parecería hoy inexorable bajo el supuesto reino del narcisismo? ¿Podremos aprender de los que se vayan “ahogando” primero –personas o incluso otras sociedades– como para reaccionar a tiempo? ¿Será inevitable que la humanidad necesite crisis violentas y rupturas dolorosas para aprender, hasta que el olvido la haga caer nuevamente en lo mismo?

Definitivamente un tema para pensar; y como esta columna es una invitación a eso, a pensar y a reflexionar “usando” literatura –más allá de recomendar la lectura del mito de Narciso para tratar de aprender algo de él–, me pareció que este cuento podría ayudar:

“Había una vez una rosa roja muy bella. Se sentía de maravilla al saber que era la rosa más bella del jardín. Sin embargo, se daba cuenta de que la gente la veía de lejos.

Percibió que a su lado había siempre un sapo grande y oscuro, y que era por eso que nadie se acercaba a verla de cerca. Indignada ante lo descubierto le ordenó al sapo que se fuera de inmediato; el sapo, muy obediente, dijo: Está bien, si así lo quieres.

Pocos días después el sapo pasó por delante de la rosa y se sorprendió al verla totalmente marchita, sin hojas y sin pétalos.

Le dijo entonces: Vaya que mal que te ves, ¿qué fue lo que te pasó?

La rosa contestó: Desde que te fuiste unas hormigas me han comido día tras día.

El sapo sólo replicó: Es que cuando yo estaba aquí me comía a esas hormigas; por eso siempre eras la más bella del jardín”.

En fin, tal vez valga la pena tratar de no mirarnos tanto en un lago, en un espejo, en un video subido a Internet o en algo por el estilo. Lo bueno de no mirarse tanto a uno mismo, y sí mirar a los otros pero con verdaderas ganas de verlos, es que si caemos al agua y comenzamos a ahogarnos al menos habrá alguien allí para sacarnos. No será ésta la mejor razón para no ser completamente narcisista… pero puede ser un inicio.



J. R. Lucks


Referencias:

(1) Nota firmada por el periodista Pablo Sigal, y publicada en el diario Clarín, de Argentina. http://www.clarin.com/sociedad/narcisismo-trastorno_0_385161535.html

(2) La Asociación Psiquiátrica de los Estados Unidos edita el Manual Diagnóstico y Estadístico de los trastornos mentales (del inglés Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, DSM), el que provee una clasificación de dichos trastornos, y también descripciones claras de las categorías diagnósticas con el fin de que clínicos e investigadores puedan diagnosticar, estudiar y tratar los distintos trastornos mentales.

domingo, octubre 03, 2010

Feliz cumpleaños

Esta semana (aunque en realidad no importe mucho cuál sea la semana, porque cuando usted lea lo que sigue muy probablemente “esta” semana ya haya pasado), cumplió años un amigo muy amigo, así que fui a verlo.

Este querido ser, quién en su momento tuvo mucho que ver con que yo sea lo que soy, es también un gran amante de los refranes y del poco nocivo vicio de tratar de pensar usándolos. Siendo así, luego de saludarlo, le pedí que me contara algunos de sus favoritos o de los que significaron algo para él, y que me sugiriera cosas para pensar.

-Verás –me dijo–, un refrán que usaba yo mucho de joven, lamentablemente, aconsejaba:

“Si no puedes convencerlos, confúndelos”.

-Fue una época de mi vida en la que pensaba que podía llevarme el mundo por delante, en la que creía que todo era una competencia; en la que estaba tan seguro de mí mismo que no me daba cuenta de cuanto contenido me faltaba.

-Otro, que sostenía en mucho al anterior y que no reflejaba más que mi visión “unilateral” (mi lateral) del mundo, aseguraba:

“El que ríe el último piensa más lento”.

-Era yo un experto en desestimar y despreciar puntos de vista ajenos, no por maldad, sino por ignorancia. Obviamente el tiempo pasa, uno va creciendo, y se va dando cuenta que el mundo y la realidad son mucho más “anchos” de lo que se pensaba.

-Crecí, y sinceramente te puedo decir que me deprimí un poco de pensar en cuánto había dejado pasar. Así fue que empecé a buscar la verdad en otros, y por lo tanto un proverbio que repetía yo muy seguido era.

“Lo importante no es saber, sino tener el teléfono del que sabe”.

-¡Ja!, o no los encontré, o ninguno sabía nada de lo que a mí me hacía falta.

Pensé entonces que “adormecerme” me ayudaría, y como sabrás usé algunos métodos que para eso prometían diversión aparte del adormecimiento. Tomé un poco… bueno, en realidad muchos pocos. En algún momento el médico me dijo que no tomara más, y yo le hice caso, no tomé más pero menos tampoco, seguía tomando lo mismo. Evidentemente no entendí bien. En esa época me acuerdo que mi refrán más en boca prevenía:

“Es bueno dejar la bebida, lo malo es no acordarse dónde”.

-¡Pasaron finalmente aquellos días!, ya que como todo lo que nos pasa, a la larga o a la corta, termina pasando. Ese fue el tiempo en el que comencé a auto-consolarme, por así decirlo, entonces me acuerdo que le decía a todo el que se animaba a escucharme:

“No soy un completo inútil... por lo menos sirvo de mal ejemplo”.

-Pero bueno, el tiempo corre. La verdad es que haciendo balances (de mi vida, no de los contables) conseguí mucho, particularmente algunas cuantas cosas buenas sobre todo cuando me puse a escuchar y tratar de comprender, ya que fue allí que los demás me comprendieron y me escucharon. Empecé a tratar en ese momento de practicar otro refrán que, sinceramente, me ayudó bastante. Todas las mañanas me repetía a mí mismo:

“Si buscas una mano dispuesta a ayudarte, la encontrarás al final de tu brazo”.

-Ya sé que suena a autosuficiente, pero la idea no es vivir en un submarino, sino hacer lo que hay que hacer para que lo que tenga que pasar termine pasando, o al menos comience a ocurrir. Hacerse cargo.

-Que recorrido –le dije.

-Y con un poco de temor, porque el tono de la historia me había parecido poco feliz, le pregunté: ¿y te arrepentís de algo, harías algo distinto si pudieses?

-Ni loco –me soltó sin pensar ni medio segundo–, ¿cómo hubiera aprendido de mis errores si no me hubiese equivocado?, ¿cómo hubiera disfrutado de mis aciertos sin tener un contrapunto? Mi vida fue muy buena, como toda vida que se vive con ganas, ¿no es así?

-Supongo –le dije…

-¡Claro pibe! Pensá los refranes que te dejé. Todos pasamos por ellos en algún momento, de una u otra forma, en la secuencia en que te los conté o en la que sea. Todos en algún momento estamos encerrados en un yo que se cree omnipotente; todos en otra fase salimos a buscar afuera lo que creemos no tener adentro; no hay nadie que durante algún tiempo no pretenda adormecerse a sí mismo con algo, y mirá que hoy hay oferta para eso; y yo espero que todos, llegado el tiempo, nos demos cuenta de que hasta que no ponemos nuestra propia casa en orden y nos hacemos cargo de nosotros mismos, las cosas no se encaminan.

-Yo estoy contento –siguió después de una pausa. -Hace tiempo que dejé de lado las caretas, que me di cuenta de que el costo de mentirme a mí mismo era mucho mayor que el de dejar que los demás supiesen la verdad; y fue allí que comencé a tener relaciones verdaderas, gratificantes, útiles.

-Y si tuvieses que elegir ahora un refrán que te describa –pregunté ahora con más ánimo– ¿cuál sería?

-No sé si un refrán o más bien una frase que tal vez debería serlo, y que se le atribuye a Henry Ford, el de los autos ¿te acordás? Parece que él decía:

“Tanto si pensás que podés, como si pensás que no, vas a tener razón”

-Pensalo pibe, que por más que los dos estemos ya lejos de que los demás nos llamen así, entre nosotros podemos seguir haciéndolo; ¡ah!, y gracias por la visita.

Me fui pensando, claro, como no irme pensando. Me contó su vida en seis refranes, y una cita de: “el de los autos”. ¡Qué personaje!, pensé… y después me corregí a mí mismo, que persona… una más, nada más ni nada menos.

Y me fui, definitivamente, pensando: ¿en qué refrán estoy yo estacionado?; ¿cuáles pasé?; ¿de cuáles aprendí algo?; ¿habré desaprovechado alguno?; ¿cuáles me faltan aún?, pero no para evitarlos sino para vivirlos alertado, y como mi amigo poder aprender de mis errores y disfrutar de los contrapuntos.

Feliz cumpleaños amigo… ¡y yo que le iba a regalar un refrán!…


J. R. Lucks


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domingo, enero 17, 2010

Ya estamos cerca…

Estuve viendo hace poco una película llamada 2012, que cuenta otra versión del “fin del mundo como lo conocemos”.

Supuestamente el 21 de diciembre del año 2012, momento en que llega a su fin un calendario utilizado por el pueblo Maya, sucederán ciertas cuestiones en el conjunto de astros que rodea a la Tierra (alineamiento de planetas, explosiones solares, etcétera) que tendrán un efecto terrible en nuestro querido mundo, causando grandes cataclismos.

En esta versión del fin del mundo los humanos no tenemos la culpa. Sólo somos incapaces de evitarlo, o de darnos cuenta de lo que va a pasar con la suficiente anticipación como para no tener que estar corriendo a último momento.

Aparentemente sigue siendo más fácil saber que fue lo que pasó hace millones de años, con cosas como el Big Bang y el origen de la vida, que predecir el estado del clima y con mucha más razón el fin del mundo.

Estas cosas me hicieron pensar en que ya llegamos al fin de la primera década del siglo XXI (que termina al final del 2010). De hecho el 2012 ya forma parte de la segunda década. Mucha ciencia ficción había puesto fecha de caducidad a nuestro mundo por estos años. Así que o no falta demasiado para saber si nosotros mismos o algo externo que no podemos prever nos hará desaparecer, o si serán todos esos autores y profetas desmentidos.

Si nos va a pegar un meteorito gigante, o una explosión solar va a calentar el centro de la Tierra hasta que explotemos como una olla a presión, es probable que mucho no podamos hacer. Pero que tal si nosotros nos dejamos de romper el “barco” en el que vamos “navegando”.

Hace poco terminó una cumbre mundial para ponerse de acuerdo en qué hacer para evitar que se siga destruyendo el planeta, y nuestros maravillosos líderes no se pudieron poner de acuerdo. Es probable que sea porque como tienen en promedio un par de años más de mandato, y seguramente después se van a vivir a otra galaxia, ésta mucho no les importa.

Me puse a pensar cuanto gastaron para no ponerse de acuerdo, y cuantas vidas de niños desnutridos se hubiesen salvado si ese dinero se invertía en comida. O cuántos sueldos de maestros se hubiesen pagado para educar chicos que, al crecer, tal vez sí se preocupasen en serio por el calentamiento global (si es que para ese momento no es tarde).

Por eso estuve releyendo esa “Carta escrita en el 2070” (1) que circula por Internet , y me sonó mucho más real y concreta que lo que me sonaba cuando la leí por primera vez, no hace demasiado tiempo atrás. En ella alguien cuenta como vive dentro de 60 años y cómo, por falta de agua, la expectativa de vida vuelve a ser de cerca de 50 años al igual que unos cuántos siglos atrás. Se cuentan además algunas otras cosas también algo “aterradoras”, que desgraciadamente suenan cada vez más verosímiles. Es ciencia ficción, que comienza a transformarse en crónica periodística.

Lamentablemente me da la sensación de que estamos más cerca de eso que de la “predicción” que nos hace el autor de la saga de “Terminator”, que dice que para esta época, más o menos, vamos a haber creado computadoras tan inteligentes como para tomar el control y esclavizarnos.

No hay todavía autos voladores o viajes interestelares (apenas logramos mandar sondas a un par de planetas de nuestro propio sistema solar). Si bien nos gobiernan un montón de locos no hubo todavía una guerra nuclear, y no parece que en el futuro cercano las máquinas –o los primates amaestrados del “Planeta de los Simios”– nos vayan a esclavizar.

Parece que antes nos vamos a quedar sin agua, o vamos a tener que pagar para respirar, o vamos nosotros solitos a derretir el hielo de los polos y vamos a tener que vivir en “arcas”. ¿Patético no? Pero nuestros líderes no se ponen de acuerdo. Ellos probablemente no hagan nada. ¿Podremos hacer algo nosotros?

Enseguida me vino esto a la cabeza (también circula en diversas formas por Internet):

“Si lo abrió ¡Ciérrelo!
Si lo encendió ¡Apáguelo!
Si lo enchufó ¡Desenchúfelo!
Si lo ensució ¡Límpielo!
Si está usando algo ¡Cuídelo!
Si es gratis, no lo desperdicie.
Si algo le sirve, trátelo con cariño”.

Ahora ponga las palabras planeta, agua, medioambiente, fauna y flora, ecosistema, energía, aire, árboles, etcétera al final o al principio de cada oración, y eso le va a responder si podemos hacer algo. Una última frase de esta serie de consejos que creo puede servir dice:

“Si no puede hacer lo que quiere, trate de querer lo que hace”.

Puede sonar muy ingenua la poesía que me vino a la mente cuando me puse a pensar si podemos hacer algo desde cada uno de nosotros. Justamente por eso, porque tiene esa carga de idealismo y sencillez, es tal vez que tanto se usa en actos de fin de año de colegios y escuelas, donde los niños tienen que escucharla y creérsela. Ojalá nosotros nos creamos también, un poco, esta letra de Diego Torres:

“…
Saber que se puede, querer que se pueda
quitarse los miedos sacarlos afuera
…
tentar al futuro con el corazón.
…
Es mejor perderse que nunca embarcar
mejor tentarse a dejar de intentar
…
Sé que lo imposible se puede lograr
que la tristeza algún día se irá
y así será la vida cambia y cambiará”.


No confío en los políticos y en sus cumbres, hagamos algo ahora, porque cuando quede poca agua, estoy casi seguro de que ellos se la van a tomar primero.


J. R. Lucks






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domingo, noviembre 22, 2009

Tiempos más modernos aún que los de Chaplin

Escuchando una canción llamada “Ever changing times” (lo que puede traducirse como tiempos de cambio constante, o tiempos siempre cambiantes) me pareció interesante lo que decía y por lo tanto busque la poesía que le da letra para poder reflexionar sobre ella.

Encontré dos temas con el mismo nombre. Uno de ellos es de un cantautor llamado Steve Lukather, y dice cosas como:

“Cuando se pone el sol a través de la niebla color marrón en un pueblo vacío
…
es el resultado de un pasado venenoso, y no pasará mucho tiempo
hasta que no haya nadie para comer o respirar
esa es la senda que hemos tomado.

Por lo tanto ponte en fila y sigue a los tontos
o levántate y grita la verdad.

Estos son tiempos de cambio
llenos de signos peligrosos
y la única esperanza de sobrevivir
es borrar las mentiras
todas las lágrimas de cada ojo
que todas las mujeres, hombre y niños se den cuenta
estos son tiempos de cambio
…”

Letra Interesante… perturbadora tal vez. El otro tema es de Aretha Franklin, data de 1991 y dice:

“Es un tiempo de cambios
…
todo va a tanta velocidad
parece como si viese mi vida, y todo lo que hago
preguntándome si los sueños en los que creía
podrán aún volverse realidad.
Atrapados entre medio, todo vuelve
a ti y a mí quedándonos sin tiempo,
…
tanto de mi vida, aún por completar
esperanzas y temores
viéndola transformarse en algo nuevo
…”

Algo angustiante también. Vivimos en tiempos de cambio. En tiempos de angustia. En tiempos que parecen dominarnos en vez de lo contrario.

Siempre creo que todas las personas, de todas las épocas, han pensado lo mismo. Me imagino a un romano pensando en si poner los ahorros familiares en la compra de una tienda para vender comidas y bebidas cerca del Coliseo, justo una semana antes de las invasiones bárbaras al imperio. O a un joven que lleno de ilusiones en 1939 se encuentra, de repente, en una guerra que parecía no tener fin. O alguien que en la Edad Media vive el oscurantismo sin poder imaginar el Renacimiento.

Ha habido muchos tiempos de cambio. Algunos de decadencia. Algunos de prosperidad. La característica de “estos” tiempos nuestros es que todo pasa a mucha velocidad, muy rápido, los cambios se aceleran.

Conversando con docentes, hace unas semanas, me contaban cómo la “niñez” en el aula cambia, más o menos, cada cinco años. El “largo” de una generación se ha acortado. En los últimos cinco años han aparecido nuevas tendencias, nuevas drogas, nuevas formas de comunicarse por el etéreo Internet, etcétera, y esto ha generado que los niños de 15 años sean distintos a los de 10, y los de 10 a los de 5. Antes las generaciones eran de 15 años, o incluso más.

¿Cómo nos adaptamos los padres a eso? ¿Cómo se adaptan los educadores y las escuelas?

Zygmunt Bauman, sociólogo polaco, escribió sobre el final del siglo pasado (el siglo XX) un maravilloso libro llamado Modernidad Líquida y Fragilidad Humana. En ese libro, Bauman, se refiere a cómo antes uno podía “construir” su vida sobre lo sólido: su profesión, la familia, su trabajo en una empresa a la que “pertenecía”. Hoy en cambio (para bien y / o para mal) construir es difícil porque el mundo dejó de tener componentes sólidos. Hoy todo y todos “fluimos” como líquidos, de una profesión a la otra, de una familia a la otra, de una empresa a la otra. Nuestros hijos, los de 5 los de 10 y los de 15, se crían y educan en un mundo líquido.

Como se pregunta Aretha: ¿Se darán cuenta de la velocidad a la que van? ¿Se preguntarán si sus sueños van a cumplirse? O como viven es este mundo “liquido” de Bauman ya no “producen” sueños de mediano plazo.

Mi generación –que tiene varias veces 5, 10 o 15 años sumados en diversas combinaciones–, soñaba cosas que tal vez no podían cumplirse, o que los tiempos cambiantes no dejaron acontecer.

¿Cuántos futuros se soñaron en la década de 1960, tanto por pacifistas como por revolucionarios, que terminaron con los soñadores en un escritorio burocrático o en una tienda vendiendo cigarrillos o gaseosas? ¿Tendrán nuestros hijos el derecho de tener sueños así, independientemente de cómo terminen? O sólo estarán “condenados” a soñar con lo que alguna propaganda comercial les promete a cambio de sus tarjetas de crédito o las de sus padres.

¿Podrán soñar los jóvenes con un mundo mejor que el que les dejamos? O los cambiantes tiempos les habrán arrebatado esa “capacidad” y ese derecho a cambio de una promesa de placer ilimitado en alguna discoteca, en alguna bebida o en alguna droga.

¿Estamos mejor que ayer y peor que mañana?, lo cuál sería el resultado de un trabajo bien hecho, o estamos peor que ayer y degradándonos. ¿Cuándo llega la próxima invasión bárbara o desintegración del imperio? ¿De dónde van a venir estos bárbaros “salvadores” que no son sino la semilla del próximo dolorosísimo renacimiento? ¿Llegará el tiempo de que el péndulo nos vuelva a una sociedad más estable, no digo sólida pero al menos no tan líquida?

Ni las murallas de los imperios protegieron a sus habitantes, ni la pertenencia al feudo en la edad media, ni el auto y la casa propias del sueño americano más moderno.

El tiempo fluyó y se llevó las protecciones, las seguridades. Eso es lo que nos hace ahora tal vez querer vivir –equivocadamente desde mi punto de vista– el momento como si el futuro no fuera a existir. Eso, o las propagandas que nos cambian el foco de placer, status y seguridad de la muralla, el feudo y la casa propia, por el televisor de mil pulgadas super plano o por el último aparato que saca fotos, pasa música, sirve para comunicarse aparte de venir en el color de nuestros ojos.

Darwin concluyó que el animal que sobrevive es el que mejor se adapta, y el hombre debe adaptarse, inevitable e indefectiblemente. Pero muchas de las cosas a las que pareciéramos tener que adaptarnos, sobre todo algunas de las malas, son condiciones que nosotros mismos creamos. ¿Tiene sentido? ¿Vale la pena hacer esfuerzos de adaptación a conductas que sólo le sirven al que paga por la publicidad y cobra cuando nos vende?

Demasiadas preguntas para pensar, para meditar, para hacer algo de una vez por todas.

Bauman se refiere en el prólogo de su libro a la desintegración social que signa de alguna forma los tiempos en los que vivimos. Él dice:

“… la desintegración social es tanto una afección como un resultado de la nueva técnica del poder, que emplea como principales instrumentos el descompromiso y el arte de la huida. Para que el poder fluya, el mundo debe estar libre de trabas, barreras, fronteras fortificadas y controles. Cualquier trama densa de nexos sociales, y particularmente una red estrecha con base territorial, implica un obstáculo que debe ser eliminado. Los poderes globales están abocados al desmantelamiento de esas redes, en nombre de una mayor y constante fluidez, que es la fuente principal de su fuerza y la garantía de su invencibilidad”.

¿De qué poder habla el sociólogo?, ¿del poder de los estados?, ¿del poder de las empresas?, ¿del poder de la fantasía de que la felicidad se asocia a cosas que pueden consumirse a crédito? Tal vez haya que escuchar con atención el estribillo del tema de Lukather:

“Por lo tanto ponte en fila y sigue a los tontos
o levántate y grita la verdad.

Estos son tiempos de cambio
llenos de signos peligrosos
y la única esperanza de sobrevivir
es borrar las mentiras
…”






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jueves, octubre 23, 2008

23-10-08. El capitalismo, unplugged

El Muro de Berlín cayó en la noche del 9 al 10 de noviembre de 1989. En estas semanas de octubre de 2008, casi veinte años después, estamos presenciando la caída de muchísimas de las bolsas de comercio de todos los países capitalistas del mundo. Vemos “desaparecer” del mercado cientos de miles de millones de dólares, o euros, en supuesto valor de empresas que siguen fabricando y vendiendo lo mismo que antes, pero que ahora para los inversionistas valen mucho menos que hace unas semanas.

La caída del muro de Berlín se consideró el principio del fin de los sistemas comunistas. Desde ese entonces el mundo sólo sería capitalista. La crisis económica mundial que acaba de empezar puede llegar a ser el principio del fin de un sistema capitalista que “se la creyó demasiado”, dando nacimiento a uno un poco menos acelerado, y seguramente, al menos por un tiempo, más regulado.

Cuando me referí a las crisis, en otra columna hace unos meses, dije que el término significaba momento de decisión. Definitivamente este momento que vivimos es para decidir.

En el plano personal habrá que ver que hace uno para preservar lo que pudo juntar y ahorrar como fruto de su trabajo. Ahí no hay ni comunismos ni capitalismos que cuenten. Desde un punto de vista más “sociológico”, deberíamos decidir en qué mundo queremos vivir, si en uno en el que el capitalismo nos lleve a subastar virginidades por internet –como en el ejemplo de la señorita de la columna pasada–; en uno en el que de un día para otro la mayor parte de los activos valgan un décimo de lo que creíamos que valían; o en uno en el que todos trabajemos, podamos ahorrar, podamos tener un buen pasar y planificar para el futuro.

Capitalismo o comunismo, los excesos son malos en ambos lados. Este capitalismo desbocado que hemos vivido últimamente, en el que consumir pareciera haberse transformado en el fin de la existencia del ser humano sobre la tierra, nos ha traído a esta época “oscura” que estamos iniciando. La historia de la humanidad nos ha dado cientos de ejemplos de cómo los excesos terminan en barbarie. Les pasó a los griegos, a los romanos, a todos los grandes imperios. Esperemos no caer tanto, esperemos no llegar a que desaparezca la cultura que conocemos, o tengamos que visitar las ruinas del mundo que construimos. Aún si evitamos esto, es seguro que para muchos, el no poder mantener el nivel de consumo a crédito que tenían antes de esta crisis, va a ser tan doloroso como fue para algún griego o romano la invasión de los imperios en los que vivían. Que nos baste con eso.

Una periodista llamada Ximena Casas inició una nota sobre tendencias de consumo publicada en el diario El Cronista Comercial del 1° de Septiembre de 2008 de la siguiente manera:

“Para las empresas, es clave detectar una nueva tendencia en las costumbres, expectativas y gustos de sus consumidores y transformarla en el producto adecuado antes que su competencia. Por ejemplo, el crecimiento del número de personas que viven solas provocó la aparición de productos en porciones más chicas. Y el aumento de los artículos premium es una respuesta al deseo de la gente de diferenciarse”.

Este párrafo solo me llevó a pensar varias cosas. Primero: ¿de qué pretende la gente diferenciarse comprando productos? No sabe esta gente que cada ser humano es, de por sí, único. ¿Qué producto –que seguramente no se fabrica exclusivamente para un consumidor– puede diferenciar a alguien más que su intelecto, que sus sentimientos, que su capacidad creativa, en fin, que su personalidad?

Es que nos han convencido de que nada de esto que acabo de enumerar es importante; o al menos no más importante que un perfume, que un desodorante, que un auto o que una camisa. La mentira en la tentación de la manzana de Eva es realmente ingenua. ¿Cierto?

Pero la primera parte del párrafo es fundamental, las empresas necesitan transformar en productos cualquier cosa que tengamos como expectativa o gusto, porque todo el sistema se sostiene siempre y cuando ellos me puedan vender algo, y yo quiera o acepte comprarlo. ¿Qué pasa si no tengo nuevos gustos o expectativas? Alguien se encargará de creármelas, alguien se encargará de cambiar el modelo de lo que tengo, la norma de transmisión, el sistema operativo o lo que sea, y, con o sin expectativas o gustos diferentes, terminaré teniendo algo que comprar.

Este capitalismo ultramoderno que vivimos se basa en un consumismo cada vez mayor y más rápido. Eso hace “inflar” los precios de las cosas. Se inflan burbujas de precio y de crédito –el ahorro se transformó en dinosaurio camino a ser fósil–, y tarde o temprano toda burbuja explota.

Sergio Sinay, escritor, periodista, especialista y consultor en vínculos humanos publicó una columna llamada: “El consumidor consumido”, en el diario La Nación del 27 de junio de 2006. La misma comenzaba de la siguiente forma:

“Occidente ha pasado del capitalismo de producción al capitalismo de consumo y, también, de la cultura del trabajo a la cultura del maquillaje. En el capitalismo de producción, como lo indica su nombre, el énfasis estaba puesto en el desarrollo de las fuerzas y los medios productivos, en la creación y fabricación de bienes. Había mucho trabajo puesto en esos productos y el orgullo del productor, ya fuere empresario u operario, nacía en la calidad y durabilidad del bien. En cierto modo, el capitalismo de producción era también de permanencia, de arraigo”.

Es auto explicativo, ¿cierto?, no suena para nada mal, trabajo, orgullo, arraigo, permanencia, durabilidad, calidad,… pero sigue:

“El capitalismo de consumo se sustenta en la creación constante y creciente de deseos para proponer su satisfacción, antes que en la producción de bienes. Se trata de crear un deseo, hacerlo pasar por necesidad y ofrecerse a aplacarlo. Lo importante ya no es lo que se fabrica, sino lo que se promete. Donde antes había bienes concretos, ahora hay intangibles. Si antes el productor ocupaba el centro de la escena, ahora la clave es el consumidor. De hecho, el desarrollo tecnológico, más otras características de la era globalizada, han hecho que cada vez más productores de carne y hueso (operarios, obreros, técnicos) hayan sido y sean reemplazados por máquinas, mientras los mercados crecen. En la fase anterior, la palabra durabilidad era medular: el bien debía durar”.

Hoy que algo dure es aburrido. El capitalismo de hoy es de volumen, no de calidad, la gente cambia las cosas antes de que se gasten, antes de que se rompan; porque antes de que todo eso pase alguien cambió la moda; además, la nueva unidad es “tan barata”, que porqué no cambiarla.

Andar en bicicleta depende de la velocidad. Si uno va muy despacio se cae. Hay que avanzar con una cierta aceleración. De esa velocidad para arriba no hay problema, excepto que “nos hacemos más livianos”, y a mucha velocidad, una pequeña piedrita en el camino puede resultar fatal.

El capitalismo no debe ser malo. Tal vez no sea ideal pero, al menos hasta ahora, resultó ser de todos los probados el sistema más razonable. Ojalá que el mundo se de cuenta de que el capitalismo es como una bicicleta –de hecho es una bicicleta–, si vamos lento nos caemos pero si vamos demasiado rápido, tarde o temprano también, y los golpes son peores.

Eso sí, como no se si el “mundo” va a leer esta columna o no, el asunto de la bicicleta lo deberíamos tomar a título personal. Nuestros capitalismos personales también son bicicletas. Las ruedas de esa bicicleta son nuestras tarjetas de crédito, y la velocidad la ponemos nosotros dejándonos convencer de que realmente tenemos gustos y expectativas nuevas, o de que el último modelo de teléfono móvil, de televisor de pantalla plana, de perfume o de auto, es “realmente” indispensable para nuestra condición de seres humanos, o nos “diferencia”.

Las crisis son momentos de decisión. Vivimos –y vamos a vivir por un tiempo–una crisis de tamaño impresionante y de orden mundial. Tomemos alguna decisión. No vamos a arreglar al mundo individualmente, pero no nos dejemos convencer por los que necesitan vender algo que la solución para el problema es la misma que lo causó: comprar demasiado, consumir demasiado.

Dejo para cerrar dos frases, una de Dolina (1), con quién también me proveí para la columna anterior. Me pareció una excelente reflexión para un momento de decisión, para una crisis:

“El Universo quiere hablarnos. Los astros se esfuerzan por dejar un recado en la puerta del alma. No entenderlo es nuestro destino. No prestarle atención es pecado. Pero lo peor es comprenderlo mal”.

La otra es de Stephen Covey (2):

“Entre el estímulo y la respuesta está nuestro mayor poder, la libertad de elegir”.

En la frase de Covey tal vez se podría haber puesto que entre el estímulo y la respuesta “debería estar” el poder de elegir, en vez de “está”, pero él es un optimista. Escuchemos, comprendamos y ejercitemos nuestra libertad de elegir. De nosotros depende que esta libertad de elegir, nuestra, esté donde tiene que estar.



J. R. Lucks



Referencias:
(1) Crónicas del Ángel Gris. Alejandro Dolina. Editorial Planeta, 2003.
(2) Los 7 hábitos de las personas altamente efectivas. Stephen Covey. Simon & Shuster, 1989.


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jueves, julio 17, 2008

17-07-08. La crisis, unplugged

Voy a comenzar el unplugged con unas frases. Por ejemplo esta de un funcionario político americano llamado John W. Gardner que decía:

“Nos enfrentamos continuamente a series de grandísimas oportunidades, brillantemente disfrazadas como problemas irresolubles”

O esta otra del famoso Benjamín Frankiln, también político y científico estadounidense, que refiriéndose a los que no encaran las crisis para decidir, discernir, etcétera, decía:

“Tú puedes retrasar, pero el tiempo no lo hará”

O esta otra de Robert Frost, poeta de la misma nacionalidad que los antes citados, que relaciona los momentos de crisis o decisión, con la salida exitosa a los problemas, recomendando:

“Él mejor camino de salida, es siempre ‘a través de’”

Por si tanta cita de americanos les suena a demasiado, entonces quedémonos con un refrán que se puede escuchar siempre de boca de un optimista, y es universal.

“No hay mal que por bien no venga”

Creo que queda claro el punto. Una crisis no es un problema sí o sí. Ante un problema ciertamente tenemos una crisis, que es un momento de decisión; si decidimos, y lo hacemos correctamente, el problema desaparecerá, o sus efectos no nos harán tanto daño. Si decidimos mal o no hacemos nada, perdemos con seguridad.

Pero hay gente que piensa incluso más allá. Si en un momento de crisis hacemos lo correcto, no sólo nos estaremos defendiendo, sino que incluso podemos sacar ventaja. Creo que en este país, luego de ver cuantos se enriquecieron con los problemas económicos, devaluaciones, corralitos y demás yerbas que acontecieron, sobran pruebas de que una crisis puede ser una real oportunidad.

La etimología que garantiza esto es la china, para la cual la palabra crisis se forma con dos ideogramas, uno es el que representa al peligro y el otro a la oportunidad. Nadie niega que ante una crisis hay peligro. En cualquier decisión hay un riesgo de que nos equivoquemos. Pero si no tomamos la iniciativa y buscamos la oportunidad, en vez de riesgo habrá certeza de que el peligro va a acontecer.

Imagínense alguien que cae en una piscina, y como no sabe nadar se queda quieto. Nadie hace esto. Por más que no sepa nadar intentará moverse para tratar de flotar, algunos lo lograrán y tal vez otros no, pero los que se queden inmóviles se ahogan seguro.

El asunto es la actitud y la preparación previa para evitar el desastre. Fíjense lo que decía Nicolás Maquiavelo (1) al respecto:

“No se me oculta que muchos creyeron y creen que la fortuna, o dígase la Providencia, gobierna de tal modo las cosas del mundo, que a los hombres no les es dable, con su prudencia, dominar lo que tienen de adverso esas cosas, y hasta que no existe remedio alguno que oponerles. Con arreglo a semejante fatalismo, llegan a juzgar que es en balde fatigarse mucho en las ocasiones temerosas, y que vale más dejarse llevar entonces por los caprichos de la suerte.

[…] Sin embargo, como nuestro libre albedrío no queda completamente anonadado, estimo que la fortuna es árbitro de la mitad de nuestras acciones, pero también que nos deja gobernar la otra mitad, o, a lo menos, una buena parte de ellas. La fortuna me parece comparable a un río fatal que cuando se embravece inunda llanuras, echa a tierra árboles y edificios, arranca terreno de un paraje para llevarlo a otro. Todos huyen a la vista de él y todos ceden a su furia, sin poder resistirle. Y, no obstante, por muy formidable que su pujanza sea, los hombres, cuando el tiempo está en calma, pueden tomar precauciones contra semejante río construyendo diques y esclusas, para que al crecer de nuevo se vea forzado a correr por un canal, o por lo menos, para que no resulte su fogosidad tan anárquica y tan dañosa. Pues con la fortuna sucede lo mismo. No ostenta su dominación más que cuando encuentra un alma y una virtud preparadas, porque cuando las encuentra tales vuelve su violencia hacia la parte en que sabe que no hay muros ni otras defensas capaces de contenerla”.

Clarísimo. Maquiavelo habla de esta mala fortuna –o mala suerte– que se presenta como un problema y describe gente que huye y por lo tanto pierde. Sin embargo, si uno se prepara, no sólo puede evitar las consecuencias sino aprovecharlas canalizando este problema e incluso de alguna forma tornarlo en beneficio propio. Aquí hay actitud y preparación. Actitud de encarar la situación, de discernir y separar posibles malos efectos de potenciales beneficios, actitud de lucha y de trabajo. También hay preparación, diques, ahorros, los huevos en distintas canastas, seguros, etcétera, cada cuál sabrá como prepararse.

Encontré otro cuento que me pareció interesante para bosquejar este tema de actitud ante los problemas. Una actitud que nos permita decidir mejor en esos momentos de crisis y encarar la “mala fortuna” de manera más productiva para que no nos afecte, e incluso eventualmente nos haga crecer. Dice así:

“Había una vez una persona que a menudo se quejaba de cómo las cosas le resultaban tan complicadas y problemáticas. Estaba realmente agotada de pelear contra las circunstancias. Cuando algo se arreglaba, otra cosa aparecía.
Como ella era chef, un día uno de sus ayudantes, que la quería mucho le dijo:

–Vos que tanto sabés de cocina, deberías saber como lograr que esto que te pasa se solucione.
Ella sorprendida lo miró, como pidiéndole que le explicase. El muchacho prendió tres fuegos y colocó sobre los mismos sendas ollas con agua hasta que comenzaran a hervir suavemente. Apenas esto sucedió, puso en una de ellas una zanahoria, en otra un huevo, y en la tercera una buena cucharada de café.

La chef ya no sólo estaba intrigada, sino que empezaba a enojarse ante este supuesto desperdicio de ingredientes, pero su amigo y ayudante de cocina la calmó, pidiéndole que esperase sólo un instante.
Luego de unos minutos apagó los fuegos sacó la zanahoria y el huevo del agua y puso el café en una taza. Mirando a su amiga le dijo:

–¿Qué ves?

–Zanahorias huevos y café –contestó la jefa de cocina con cierto fastidio.

El hizo que tocara la zanahoria, que obviamente se había ablandado. Luego le pidió que rompiera el huevo, que se había hecho duro. Por último le pidió que apreciara el aroma del café.

–¿Y cómo esto va a ayudarme a resolver mis múltiples problemas? –pregunto ya muy desconcertada nuestra protagonista.

Él le dijo:

– Las tres cosas pasaron por lo mismo. La zanahoria llegó al agua dura, casi rígida, y la adversidad que enfrentó la hizo blanda, fácil de deshacer y aplastar. El huevo, por otra parte, había llegado frágil, pero su paso por el problema del agua hirviendo lo había endurecido irremediablemente en su interior. El café en cambio, después de estar como la zanahoria y el huevo en el mismo medio, había logrado cambiar el agua”.

El agua caliente quema, a todos por igual. Los problemas no le gustan a nadie, pero a unos los hace débiles, a otros los amarga y los hace duros de corazón, y a otros, a pesar de afectarlos, los termina convirtiendo en algo más. Estos últimos, en general, por dejarse transformar terminan siendo mejores luego del enfrentamiento que antes de haber entrado en el, como el café, que después de pasar por el agua hirviendo puede tomarse y disfrutarse, pero antes no.

Incluso, la Real Academia Española sólo se refiere a crisis como situación dificultosa o de escasez en la sexta y la séptima acepción. Nunca equipara a esta palabra con problema o un desastre. Por ejemplo la primera acepción dice:

“Cambio brusco en el curso de una enfermedad, ya sea para mejorarse, ya para agravarse el paciente”.

La segunda hace referencia a cambios importantes, pero no dice que sean necesariamente negativos. La tercera habla de dudas en la modificación, continuación o cese de un proceso, pero como no valora el proceso a ser modificado como bueno o malo, la crisis que lo afecte será del signo contrario al del proceso, pero no necesariamente negativo.

La cuarta y la quinta son las que tienen que ver con la etimología griega. Una describe a la crisis como momento decisivo y de consecuencias importantes, y la otra como juicio que se hace de algo luego de haberlo examinado cuidadosamente.

Así que cuando alguien me dice que los argentinos estamos condenados a las crisis periódicas, le contesto que sí, que tenemos momentos decisivos en los cuales tenemos que emitir juicios o decidir –siempre luego de un cuidadoso examen–, y que eso no me parece malo. El resto del mundo también está “condenado” a eso, si es que lo descrito ha de considerarse una condena.

El problema es que nos tomamos las cosas de una manera que casi siempre nos garantiza el desastre. Malo sería que me obligaran a no decidir y sólo sufrir las consecuencias de las situaciones dificultosas o de escasez, eso ya nos pasó y no era divertido. Es cierto que algunos tienen más capacidad de decidir que otros, excepto cuando vamos a las urnas, en las cuales ricos y pobres todos tienen un voto cada uno.

Decidamos bien, no nos paralicemos como el comerciante de la columna anterior. Entendamos que excretar también viene de la misma raíz que crisis y separemos y saquemos de nuestra vida y de nuestro comportamiento la basura que no nos sirve, y que nos hace sufrir crónicamente. Movámonos en la crisis para que no nos afecte pero decidiendo, no solamente protestando.

Echarle la culpa a otro siempre ha sido un recurso para la humanidad. Mucho mejor si ese otro no tiene cara ni lengua para defenderse. “La culpa la tiene la crisis”, decimos muchas veces, total la crisis no me puede decir que estoy usando mal la palabra, que en realidad no sé lo que significa, y que en vez de estar lloriqueando debería, dentro de lo posible, tomar las decisiones necesarias para que no se vuelva a repetir, si es que no tuve la precaución de prepararme como se sugería ya en el siglo XVI.

La próxima vez que alguien les diga que estamos en crisis, los invito a hacer el ejercicio de pensar qué decisión los están enfrentando a tomar. Les guste o no, puedan tomar esa decisión o no, prefieran seguir como están o no. Simplemente siéntanse con el derecho de pensar en cuál es la decisión a tomar y cuáles serían las consecuencias. Empezando a hacer esto de a poco, seguramente algún día alguna crisis será motivo de alegría en vez de solamente enojo o tristeza.




J. R. Lucks



Referencias
(1) El Príncipe. Nicolás Maquiavelo. Editorial Época, 1987.


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jueves, julio 10, 2008

10-07-08. La crisis

Hoy les quiero hablar de las crisis. Ese estado permanente en el que vivimos los argentinos. ¿Es así no? Si no es una cosa es otra: si no es la crisis del campo es la energética, o la crisis de la educación, o la crisis habitacional, o la crisis del cambio climático, o es que el tránsito de la ciudad está en crisis. En fin, si en vez de la humedad midiésemos la crisisedad, en Argentina daría siempre el 100%, y la gente andaría diciendo: “lo que mata es la crisisedad”.

Crisis viene del griego, y deriva de krinó, que quiere decir juzgar y también separar. De ese término griego deriva el latín cerno, y el verbo cernere, que en español se traduce como cernir; nuevamente separar, pero también seleccionar, examinar, distinguir. Podría decirse poner lo bueno de un lado y lo malo de otro.

De esta raíz se derivan palabras como crítico. Un crítico de cine, por ejemplo, es alguien que examina las películas y las distingue entre malas y buenas. Otra interesante que sale de aquí es excreción, que es lo que se expulsa, se saca, se tira luego de una selección.

Esta otra palabra es interesantísima, de la misma raíz viene: decreto. El prefijo de, en este caso significa movimiento, algo que va de una parte a otra; y el resto de la palabra es nuevamente un juicio sobre algo, un discernimiento, un punto de vista. Un decreto entonces en un juicio sobre algo, una decisión, que va del que lo emite hacia los demás. Debe ser por eso que nuestros queridos gobernantes, que evidentemente saben muchísimo de etimología, resuelven todas las crisis a decretazo puro.

Pero bueno, como verán la palabra tiene bastantes significados. Ahora: ¿alguien me puede decir por qué nosotros la usamos como sinónimo de problema, en vez de cómo momento para tomar una decisión? ¿Por qué ante una crisis pareciera que las únicas opciones que tenemos son cortar una ruta, salir corriendo a algún consulado, o ponernos a llorar?, si el significado de la palabra es mucho más cercano a decidir, que a comenzar a protestar, escaparse o entristecerse.

No digo que vaya a ser una decisión agradable, ni divertida, ni fácil, la que haya que tomar, pero lo cierto es que un momento de crisis es un momento de discernir, de juzgar, de distinguir entre lo que sirve y lo que no, y de separar lo malo y eventualmente excretarlo. Es cierto que la probabilidad de que justo en ese momento nos caiga un decreto es muy alta, pero bueno habrá que ver que se hace con eso.

Hace unas semanas hablamos de los líderes y de cómo ellos debían encontrar salidas a los problemas, ya que la salida era la única forma exitosa de resolverlos. Evidentemente para encontrar esa salida hay que juzgar y hay que discernir, el momento de crisis, que es un momento de decisión, hay que enfrentarlo para encontrar salida al problema. No hay que evitar la crisis, ya que si no decidimos nada no salimos del atolladero.

Muchas veces en la crisis, en vez de decidir nos paralizamos. No tomamos la decisión que tenemos que tomar, no excretamos lo que tenemos que excretar, o discernimos lo que tenemos que discernir, porque estamos demasiado ocupados protestando, escapando o llorando, y entonces el problema nos gana. No es la crisis la que nos gana, es el problema porque nosotros no aprovechamos la crisis para decidir que hacer.
Les traje un muy pequeño cuentito para ejemplificar esto que estoy diciendo. Más o menos relata lo siguiente:

“Una vez, hace mucho tiempo, un comerciante de seda inició un viaje de negocios hacia tierras lejanas, motivo por el cual se llevó con él una espada y una lanza por si surgía algún problema. En el camino, un bandido, cuya única arma era una rama retorcida, lo detuvo y lo despojo de sus pertenencias.

Cuando llego a la ciudad mas próxima el comerciante contó su desgracia a sus amigos, quienes le preguntaron como había sucedido que él, estando armado con una espada y una lanza, no hubiera podido dominar al ladrón que sólo cargaba una rama de palo.

El contestó: El problema fue precisamente ese, que no pude defenderme porque yo tenía las dos manos ocupadas, una con la espada y la otra con la lanza”.

Muchas veces tenemos la solución en nuestras manos en momentos de crisis, en momentos de decisión; y muchas veces por no tomar la actitud correcta, de decidir en vez de protestar, el problema nos termina ganando.

A nivel personal cada uno sabrá cuando son sus momentos de crisis, sus momentos de decisión. En las democracias, al menos en la nuestra, no sé si tenemos tantas crisis como creemos; o sea si podemos realmente ponernos a discernir tanto como decimos. De lo que estoy seguro es que tendremos una crisis, entendida como momento de decisión, el año que viene para renovar parte del congreso, y otra en dos años más para gobernadores y autoridades nacionales. Cuando tengamos un sobre en una mano y una boleta electoral en la otra, no hagamos lo que hizo el comerciante robado, esas son las cosas que tenemos para defendernos de lo que creamos nos pueda estar atacando. No lloremos ni después ni durante la crisis, distingamos, tomemos la decisión y excretemos lo que no sirva.


J. R. Lucks


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