sábado, septiembre 25, 2010

Para leer o recitar tempranito

Juan Germán Fernández, cantante de un grupo musical llamado Las Pastillas del Abuelo, nos escribió a todos lo siguiente:

“Como empezar a leer no hay apertura
Como tildar a alguien de soberbio no hay peor tilde
Como maestra la mejor es la lectura
Como condición la primera es ser humilde
Como empezar a escribir no hay aventura
Como abismarse al interior no hay mas abismo
Como escalera la mejor es la escritura…”

Lo leí por primera vez de un cartel en vía pública, el cual anunciaba uno de los próximos recitales de la banda. Me pareció maravilloso.

Sinceramente no soy muy versado en el resto de los poemas que dan letra a sus canciones, o en otras composiciones de su autoría. Leí unos cuantos, definitivamente no todos.

Seguramente algunos me gustarán más y otros no tanto, o me parecerán más “adecuados” o menos para los jóvenes que los escuchan, aunque eso no sea en realidad muy relevante; lo cierto es que estas líneas me parecieron de tanto valor como para incluirlas en alguna “cosa” que todos tengamos que leer, recitar, pensar o aunque más no sea repetir como loros –algún día nos escucharíamos recitar y nos sorprenderíamos–, preferentemente todas las mañanas.

Leer, como apertura y maestra; indudable. Una forma de dejar entrar a otros, de abrirse a terceros pensamientos y opiniones. Una maravillosa manera de aprender, de incorporar, de cultivarse para ser más; para, eventualmente, poder dar más y mejores frutos, para disfrutar y ser dignos de ser disfrutados.

Escribir, aventura y escalera; fascinante, maravilloso, excitante, exigente, una forma de dar, de devolver, de sembrar, de entregar y entregarse. Es sólo cuestión de animarse, tanto a una como a la otra; es sólo empezar, es al menos intentar.

Humildad como condición primera; por supuesto. Soberbia como peor tilde; ojalá se instalase esa idea. Abismarse al propio interior, el viaje más largo, más rico, más difícil, imprescindible y excitante; el menos caro, el menos decepcionante, el menos peligroso.

No sé cuánto sentido tenga que yo siga escribiendo mucho más sobre esto. El poema en sí es y da para pensar y pensarse; así que para que no me tilden con el peor de los tildes, lo dejo a él de protagonista.

“Como empezar a leer no hay apertura
Como tildar a alguien de soberbio no hay peor tilde
Como maestra la mejor es la lectura
Como condición la primera es ser humilde
Como empezar a escribir no hay aventura
Como abismarse al interior no hay mas abismo
Como escalera la mejor es la escritura…”


J. R. Lucks




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domingo, septiembre 19, 2010

Ya va a pasar

Hay un conjunto de refranes “esperanzadores” que por mucho tiempo me ha llamado la atención. Por ejemplo:

“Siempre que llovió paró”

¿Y qué pasa si mi casa se inundó, y perdí todo lo que tenía antes de que parase de llover? ¿O si mi campo se transformó en una laguna, y todo mi ganado se ahogó o mi cosecha se arruinó antes de que volviese a salir el sol?…

Por si con el ejemplo anterior no alcanza, que tal este otro proverbio que da hasta fechas “ciertas” de terminación de las calamidades:

“No hay mal que dure cien años”

¿Y si yo sólo vivo noventa y nueve años más?, ¿qué pasa entonces?, ¿qué hago?
¡Ja!, duro para empezar a pensar, ¿no? Pero es así. Es inevitablemente así. Estos refranes son para intentar consolarse, no para resolver. El asunto –en mi opinión– no es cuándo va a parar la “malaria”, sino qué hago con ella mientras la tengo encima. ¿Cómo me comporto?, ¿cómo la tomo?

En la misma línea de los anteriores –o tal vez a la inversa aunque sirve de todos modos a idéntico propósito–, qué tal este:

“Todo lo que sube, baja”

¿Cómo, sin perder la esperanza de que lo que subió ha de bajar, logra uno pasar el momento lo mejor posible? (sin connotaciones sexuales ya que sino sería exactamente al revés).

¿Qué se puede aprender en el medio de la inundación o del mal?, ¿hay algo para “aprovechar”, para “madurar”?...

Ya sé que no es fácil –¿debería tal vez usar la palabra posible en vez de fácil?–, pero al menos de esta manera se propone uno a sí mismo algo útil en qué pensar, mientras se espera que pasen los cien años o pare de llover.

Así es que: ¿qué hago con “esto”?, me resulta mejor pregunta que: ¿cuándo se terminará?
¿Para qué se puede “usar” lo que me está pasando?, ¿cómo se “aprovecha” esta dificultad para crecer, para ser mejor, más duro –o más blando–, más seguro de mí –o más abierto a las coyunturas, más flexible?

Yo pasé por alguna situaciones de este tipo durante mi vida, y sólo cuando me relajé, y me puse a pensar de esta forma, las cosas cambiaron o se “suavizaron” lo suficiente como para poder tolerarlas y así encontrarme con capacidades que no creía poseer, o posibilidades que nunca imaginé probables.

Ésta –como presuntamente todas las otras– es una de esas cuestiones en las que la experiencia ajena no le sirve a nadie, con lo cual no pretendo convencer al lector de que las cosas son así como digo. Pero: ¿por qué no darle una chance a esta idea?, ¿qué se podría perder, además de lo ya perdido o en proceso de?

La doctora Elisabeth Kübler Ross, psiquiatra suizo-estadounidense, una de las mayores expertas mundiales en la muerte –definitivamente una mala experiencia–, enunció hace ya varios años un ciclo de estados de ánimo por los que según ella se transita el camino hacia ese particular momento de la vida. Ella dice que los estadíos por los que se pasa son: negación (“¡esto no me puede estar pasando a mí!”), negociación (“bueno, ¡hago algo!, dejo de fumar, me cuido…”), ira (¡maldita sea!), depresión (no hace falta aclarar demasiado), y aceptación.

Más allá de si se aplica o no a la muerte –muy probablemente sí pero no puedo atestiguarlo porque aún no fallecí–, me parece bastante parecido a lo que nos sucede cuando nos enfrentamos a algo que consideramos negativo, a algo para lo cual los refranes nos prometen futuros mejores.

Podremos negarlo, tratar de negociarlo, enojarnos o deprimirnos, pero lo cierto es que la aceptación (cambio de actitud hacia el evento tratando de encontrar cómo sacar del mismo algo positivo, o al menos transitarlo en paz) es la única fase en la que, de existir alguna posibilidad, podríamos hallar la forma de crecer, de incorporar capacidades, de madurar, de aprender para que en el futuro las cosas sean mejores, etcétera.

Seguramente es demasiado pedir el actuar consistentemente de esta forma, lo que podría no serlo es al menos intentar pensar en el asunto; después de todo esta columna sólo intenta eso, dejar temas para pensar. Si ni siquiera eso se puede, pues bueno, nos quedan los refranes.



J. R. Lucks





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domingo, septiembre 12, 2010

Inocencia

Leyendo hace no mucho un libro de Anthony de Mello (sacerdote jesuita conocido por sus libros y conferencias sobre espiritualidad donde conjugaba las enseñanzas del budismo con otras de la doctrina judeo-cristiana), me encontré con este poema:

“¡Escucha! Oye el canto del pájaro,
el viento entre los árboles,
el estruendo del océano…;
mira un árbol, una hoja que cae o una flor.
como si fuera la primera vez.

Puede que, de pronto,
entres en contacto con la Realidad,
con ese paraíso del que
nos ha arrojado nuestro saber
por haber caído desde la infancia
…”.


Parece que, tanto sabemos, que creemos no tener nada más por aprender, por conocer. Tanto hemos visto, que damos por hecha la inexistencia de algo que pueda sorprendernos, maravillarnos… ¡Qué triste!, si esto realmente nos pasa.

El autor nos dice que nuestro saber nos ha arrojado del “paraíso”, y que fue porque caímos (supuestamente en el saber) desde la infancia.

Este saber pareciera, entonces, habernos hecho perder la inocencia de la niñez; ésa que hace ver todas las cosas con asombro, con un regocijo de primerizos que no tiene precio, que padres y abuelos disfrutan –y disfruto– casi sin entender, por el hecho de no haberlo experimentado en carne propia en largos años, probablemente demasiado largos.

Inocencia. Apenas pronuncié la palabra me di cuenta de que no sólo la usamos para describir ese estado de la niñez en el que “no saber” permite el asombro.

Uno de esos usos adicionales se vale el mismo significado, pero le da un tono peyorativo. Cuando por ejemplo nos referimos a alguien –adulto normalmente– diciendo: “…ese es un inocente, se cree todo”, estamos queriendo decir que es un sujeto pasible de abuso, que no está “avivado”, que es un tonto. Inclusive usamos la palabra para despreciar: “…a ese ni lo escuches, es un inocentón”, “…no ves la cara de inocente que tiene, lo que diga no vale la pena”.

Muchas palabras se usan así; representan por un lado algo bueno, pero también sirven para “insultar”. Me pregunto: ¿por qué algo bueno insulta?, ¿por qué se supone que sólo se puede ser inocente de niño; y si se lo es en la adultez se transforma uno en objeto de insulto o desprecio?, ¿es saber una obligación y perder por ende la inocencia una consecuencia inevitable?

Además la palabra se usa también –y en realidad mucho más frecuentemente– para nombrar al que no es culpable. O sea que –jugando con los significados– los niños no son culpables (¿de qué, de saber?), pero los adultos tenemos la “obligación” de serlo (ya que crecer y ser inocentón esta mal visto).

Inocente viene de nocivo. El i-nocente es pues el que no es nocivo, palabra que a su vez deriva de un término en latín que significa perjudicar. El inocente no perjudica. El que lo hace –el que sí perjudica a otro–, es culpable.

Está claro –para mí– que el saber en sí no tiene la culpa, sino el que para mal lo usa. Entonces: ¿por qué nos creemos que “inevitablemente” el que sabe abusará de ese saber? ¿Por qué Anthony de Mello nos tiene que pedir, casi como favor, el volver a la inocencia de la infancia?

Es que lamentablemente sí somos culpables. Lo somos de crearnos preconceptos, prejuicios. Lo somos de creer que por haber visto algo, o por haber creído entender alguna cosa, todo lo demás ha de ser igual. En eso, muchos, hemos perdido la inocencia y por lo tanto somos culpables, perjudiciales para otros pero particularmente para con nosotros mismos.

Saber es bueno, lo perjudicial y nocivo es no querer seguir aprendiendo; no permitirnos continuar mirando con asombro y con la curiosidad inocente de los niños, por el solo hecho de creer que con lo que sabemos ya no necesitamos saber más nada.

Que tal si intentamos recuperar la inocencia. La llave de la celda en la que nuestra culpabilidad nos encerró la tenemos nosotros, no hay otro carcelero que nuestra propia voluntad de volver a querer mirar las cosas como realmente son, nuevas; porque las que vimos ya pasaron, y el que las vió –nosotros en algún momento pasado– tampoco existe más. Somos nuevos a cada momento. El saber nos debe hacer nuevos pero no para cerrarnos, sino para volver a mirar –aún lo mismo– desde un peldaño más alto en la escalera del ser mejores.

Mirar las cosas nuevamente como si fuese la primera vez, un recurso que alguien me indicó una vez como requisito para ser poeta. ¿Cómo se hace si no para describir una rosa, o un amor, o lo que sea con la pasión de un poeta cuando compone, si lo descripto no es visto con el asombro de la inocencia?

Nosotros tenemos la llave de la celda en la que “penamos” por la culpabilidad de haber perdido la inocencia. No hay demasiado peligro en abrir esa celda –sólo el de que algún “culpable” nos tilde de inocentones–, y me parece que el potencial placer que nos puede brindar el recuperar la inocencia, bien vale la pena el riesgo.



J. R. Lucks



Referencias

(1) La oración de la rana. Anthony de Mello. Editorial Sal Térrea, 1988.



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domingo, septiembre 05, 2010

Aprender a apreciar

Me puse a pensar hace unos días cómo es que aprendemos a apreciar las cosas. ¿Cómo es que sabemos que algo es bueno?, ¿cómo llegamos a la conclusión de que alguna cosa es deseable, que vale la pena el esfuerzo de obtenerla o conseguirla?

Lo primero que vino a mi mente es que con sólo prender la televisión, la radio o la computadora, se pueden encontrar cientos de miles (¿estaré exagerando?) de empresas, personas y personajes públicos, dibujos animados y hasta animales que hablan (literalmente, no vaya a pensar que me refiero a seres humanos a los que se pudiese considerarse animales), que nos lo dicen.

“Compre esto y solucionará todos sus problemas”. “Método maravilloso para…”. “Sea feliz, utilice nuestro producto ocho veces por día y siéntase una estrella”, etcétera.

En una conferencia escuché, hace poco, que recibimos algo así como entre tres y cuatro avisos por minuto; lo que da la impactante cifra de dos millones al año (y eso que dormimos cerca de un tercio del día). Conclusión del disertante: “Esto es demasiado”.

Es probable que sea una exageración. La verdad es que estuve más de media hora escribiendo esto y en ese tiempo no recibí ningún aviso… ¿será porque estuve haciéndolo en vez de mirar la televisión, escuchar la radio o navegar por Internet con mi computadora?

El punto es que la credibilidad de los anuncios ha bajado: sea porque no siempre son sinceros, o porque como son tantos y nos insisten tanto, terminamos desconfiando.

De cualquier forma me fui a esas pequeñas piezas de literatura que para mí representan los refranes, a ver si encontraba algo que –sin querer venderme nada– me diera una pista. Así fue que me topé con este:

“No se sabe lo que es descanso, si no se conoce el trabajo”.

Claro, enseguida vino a mi mente esta forma de aprender a apreciar algo bueno: privarse de ello por un tiempo.

El que siempre descansa se cansa de no hacer nada, ¿no? Sólo el que trabaja, y se cansa, conoce el placer que significa quedarse un rato sólo mirando el horizonte (y no la televisión, porque en ese ínterin le van a vender algo para lo cual no tiene dinero, pero como se lo hacen desear tiene que volver a trabajar para comprarlo).

Muchos dirán que no suena a buen método –sobre todo en la actualidad, en la que “privarse de algo” está entre la lista de pecados mortales contra la teología del consumo total y constante. Pero que sirve, sirve.

En la misma línea de pensamiento, escarbando entre mi colección de refranes, dichos y proverbios, encontré este otro que también asegura:

“No hay mejor condimento que un poco de hambre”.

Versión digamos que “gourmet” del probablemente mucho más conocido y repetido:

“Para el hambre no hay pan duro”.


Hambre, para apreciar el sabor sencillo pero increíble de un buen plato de comida. Trabajo, para poder disfrutar en serio de un rato de descanso. ¿Demasiado descabellado?

Hace mucho, alguien que es tan parte de mi vida que sin ella respirar sería una tortura, me enseñó a tomar café sin azúcar para poder apreciar en serio el sabor del mismo. Claro que la primera taza fue un problema; pero la segunda menos, y la tercera pasó sin tanto drama hasta llegar el punto en el que para apreciar un café bien hecho, la falta de azúcar se transformó en un requisito.

No sé si “la falta de” sea algo del todo recomendable para aprender a realmente apreciar, al menos en la mayoría de las situaciones; de lo que sí estoy seguro es de que el extrañar, el añorar, el desear equilibradamente, son buenos antecedentes para un reconfortante disfrute.

Se dice que el ignorante es feliz (aplicado en el sentido de que si no sé de chocolate, y no sé lo rico que es, no sufro por no tenerlo). ¿Será que para poder disfrutar de las cosas habrá que no sólo no ser ignorante (y feliz por defecto) sino que además habrá que no excedernos en su consumo? ¿Será que tener tanto de todo hace que lo que tengamos no nos satisfaga, que no lo apreciemos, porque dejamos de saber lo que era no tenerlo?

¿Cómo se le enseña a un niño a disfrutar algo de esta forma sin ser cruel? ¿Cómo nos insertamos en un mundo de insatisfacción casi constante por tener demasiado, “predicando” que la falta eventual de algo es lo que realmente produce la posibilidad de disfrutar el tenerlo?

Preguntas para reflexionar. Cosas para pensar y masticar mientras no me tomo un mal café al paso, esperando que al llegar adonde voy alguien me tenga uno sin azúcar, que, después de no demasiado esfuerzo, logré realmente apreciar.


J. R. Lucks





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