domingo, diciembre 13, 2009

Hacer y hacerse

Volví a escuchar, hace unos días, una frase proveniente de la filosofía de Jean Paul Sartre que asegura lo siguiente:

“Un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”.

Siempre me pareció ésta una idea poderosísima. Más que una idea, en realidad, una cantidad de ideas empaquetadas en una frase tan compacta y armoniosa, que podría incluso ser slogan de una marca de zapatillas, de alguna bebida espirituosa, o de alguna empresa de telefonía móvil.
Permítaseme practicarle una disección.

La segunda parte siempre me incomodó: “…lo que hicieron de él”, o ella. O sea: nos hacen. Estamos “hechos” por otros. Es en gran medida cierto: nos educan; nos condicionan; nos enseñan; nos exponen a ciertas cosas y a otras no, y a partir de allí somos de una manera y no de otra.

Sé que es así, pero se produce en mí una rebelión; no me gusta, me parece demasiado pasivo. Aunque creo, por desgracia, que es innegable que pueda considerarse a demasiados de nosotros como no mucho más que receptáculos en los que padres, maestros, amigos, cultura, televisión, diarios, etcétera, vacían sus “contenidos”; algunos de ellos haciéndolo con amor, otros como si llenaran un pozo ciego (negro, séptico).

“Dime con quien andas y te diré quien eres”.

Por algo este refrán es refrán. “Eres” con quién andas. Aquellos con los que andas te hacer “ser” lo que eres. Me parece un poco exagerado, aunque con mucho de verdad.

Pero, en mi opinión, no para todos es tan así como le leo a Sarte. Es cierto que las influencias externas son fundamentales en la formación, pero algunas de las mías las elegí yo. No estoy “condenado” a ser pasivo (si algún psicoanalista está leyendo esto seguro saca conclusiones interesantes). A mí Nietzsche no me vino a buscar, tampoco Sarte mismo, o Lao Tse y así cientos más. No me los enseñaron en mi casa o en la escuela, simplemente me los fui encontrando o buscando, los fui incorporando, completos o no, creyéndoles todo, parte o nada.

Algo de lo que soy no es lo que hicieron de mí, sino lo que yo hice de mí. No me resigno a ser sólo lo que hago con lo que alguien más hizo de mí. No sólo eso, pretendo ser más que lo que logro hacer, con lo que hicieron e hice de mí. Quiero tener el poder de saber que si hay algo que aún no puedo hacer, no estoy atrapado, sino que me puedo hacer a mí mismo capaz haciéndome más de lo que soy. No quiero límites a lo que soy, ni tampoco autorías totalmente ajenas.

Defendiendo la frase Sartreana me diría: te hacés más porque alguien hizo de vos una persona con intereses y voluntad de crecer. Puede ser. Pero la misma genética no deja hermanos idénticos, ni siquiera la misma crianza o educación. Puede ser que seamos meras consecuencias de algo externo a nosotros, pero no me lo creo. Prefiero no creérmelo. Prefiero creer que mi voluntad de ser me hace ser más de lo que hicieron de otros de mí.

Siguiendo con la disección, la primera parte de la frase del amigo Jean no es menos “polémica”: “Soy lo que hago…”. Reduciéndola podría decir: hago casas, soy albañil; hago asientos contables, soy contador. No me convence, soy más de lo que hago. Hago lo que puedo, lo que me sale, pero soy más que eso. Lo que hago es historia, está hecho; sin embargo parte de lo que soy es potencial, proyectos, ilusiones, ideales, es futuro, es capacidad por desarrollar, es algo que todavía no hice.

Sé que es injusto de mi parte “pelearme” con Sarte sin dejarlo defenderse. Está claro que coincido en que hacer es importante. La intención se manifiesta verdaderamente sólo en la acción. Para muchas filosofías no “existe” lo que no se percibe, lo que no tiene una manifestación sensible; para ellas, podría exagerarse: si no hago no soy. No estoy de acuerdo en un ciento por ciento, pero entiendo el sentido básico de esta idea y me parece razonable.

Un refrán interesante en este orden de ideas nos enumera:

“Hay tres clase de hombres: los que hacen, los que ven hacer, y los que se preguntan porqué les han hecho lo que les hicieron”.

Evidentemente quiero ser de los primeros. Ser espectador no fue nunca mi rol preferido, y el de víctima siempre me pareció patético. Pero el hacer es sólo una parte del ser. Hacer es muchas veces equivocarse, y no se es un error. Defendiendo, nuevamente, la literalidad de la frase de Sarte me diría a mí mismo: “es que si te equivocas no es que seas un error, es que tu error demuestra que no eres perfecto, demuestra que eres humano”. Si claro.

Como se habrá dado cuenta el lector estoy pensando en el papel en el que escribo. No tengo conclusiones, sólo pensamientos… después de todo esto no es más que una invitación a pensar; esto no es ni pretende ser una clase magistral.

Lo que sí me gusta de la frase, definitivamente, es que pone la responsabilidad en uno, en lo que uno hace con lo que es (sea que otros nos hayan hecho o que hayamos participado de la obra). Hablando en refranes se podría decir:

“A lo hecho, pecho”.

Creo ser más que lo que hago, creo ser más que lo que los demás hacen de mí, creo que Sarte sintetizó muy bien un montón de ideas en esta frase (aunque no esté de acuerdo con varias de las cosas que piensa y enseña), y estoy seguro de que me gustaría muchísimo poder tomarme (haber podido tomarme) un café con él y discutir sobre estos asuntos.

Es lamentable pensar que haya humanos que no hacen nada. Otros que no participen de la obra de hacerse a sí mismos, o que se dejan hacer por publicidades o modas. Cualquiera de los dos tipos, de los que lamentablemente creo hay cada día más, responden tal vez a este otro refrán:

“Hay muchos tontos que nacen, pero son más los que se hacen”.

No leo el “hacen” como sinónimo de fingir, sino de fabricarse a sí mismos. Se hacen tontos no haciendo nada, o se dejan hacer tontos por alguien que solamente los hace vivir para comprar la última oferta, o seguir la última tendencia de la fugaz moda.

Puede estar o no de acuerdo conmigo, pero si “aguantó” este comentario hasta aquí, con seguridad, es porque usted es lo suficientemente humano como para no dejarse hacer solamente por otros, o para nada más sentarse a ver qué es lo que hacen los demás. Salud por eso.

Espero realmente que la “rebeldía” que muestran las nuevas generaciones, mucho más autodeterminadas de lo que fuimos yo y la mía, los lleve a hacer y hacerse por sí.

En el “pasado” nos dejábamos influir más por la autoridad, por los modelos sociales, por las grandes o pequeñas religiones, y es así que en gran parte nos hicieron lo que somos. Los jóvenes de hoy se rebelan a todo eso. Espero realmente que los que quieran hacerlos ahora, en pantallas gigantes y a todo color, no logren atraparlos para siempre.

Si aplican su rebeldía (que ¿quién les hizo?, le preguntaría yo a Sarte entre café y café) a ser lo que quieren, muy probablemente su futuro sea mejor que nuestro presente. Salud por eso también.


J. R. Lucks





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domingo, diciembre 06, 2009

Sueño Galatéico… o pesadilla

Galatea fue siempre para mí un personaje interesantísimo de la mitología. Su nombre tiene que ver con la blancura, por comparación con la leche. De la palabra original en griego, gala –que significa leche–, derivan otras relacionadas, como por ejemplo galaxia (vía láctea).

El nombre se usa en al menos dos mitos. Uno en el que una pobre doncella con ese nombre termina, después del asesinato de su amado a manos del cíclope Polifemo, siendo la madre de Gálata y Celto, dioses de los pueblos de nombres homónimos.

El otro mito, que es el que me interesa compartir hoy, es el de Pigmalión, un rey de Chipre a quién como no le gustaba ninguna mujer, “fabrica” una (esculpiéndola en marfil) acabando enamorado de ella. Por obra de Venus (o Afrodita, dependiendo si siguen las “novelas” griegas o las romanas), diosa del amor, ésta termina cobrando vida.

A raíz de este mito luego se desarrollaron varias piezas literarias y teatrales, como la obra de 1916 de George Bernard Shaw, “Pigmalión”, sobre la cuál luego también se basó el musical “My Fair Lady” (Mi bella dama), de mitad del siglo XX. Pueden citarse otros ejemplos de piezas que han “usado” la idea, como los guiones de las películas “Mujer bonita”, o incluso “S1m0ne” (Simone). Tampoco tenemos que dejar de lado algunas adaptaciones un poco menos obvias (tal vez), como la que pudiera intuirse en la historia de Pinocho.

El poeta romano Ovidio, en “Las Metamorfosis”, cuenta una de las primeras versiones del mito. Aquí incluyo alguno de sus versos.

“… ofendido por los vicios
que numerosos a la mente femínea la naturaleza dio,
célibe de esposa vivía
y de una consorte de su lecho por largo tiempo carecía.

Entre tanto, níveo, con arte felizmente milagroso,
esculpió un marfil, y una forma le dio
con la que ninguna mujer nacer puede,
y de su obra concibió él amor…

…muchas veces las manos a su obra allega,
tanteando ellas si sea cuerpo o aquello marfil,
y todavía que marfil es no confiesa.

Los labios le besa, y que se le devuelve cree
y le habla y la sostiene
y está persuadido de que sus dedos se asientan
en esos miembros por ellos tocados,…

…tras cumplir él su ofrenda, ante las aras
se detuvo y tímidamente: “Si, dioses, dar todo podéis,
que sea la esposa mía, deseo” –sin atreverse a “la virgen
de marfil” decir– Pigmalión, “semejante”, dijo, “a la de marfil.”…

…Cuando volvió, los remedos busca él de su niña
y echándose en su diván le besó los labios:
que estaba templada le pareció;
le allega la boca de nuevo, con sus manos también los pechos le toca.
Tocado se ablanda el marfil y depuesto su rigor
en él se asientan sus dedos y cede,…”

Esto fue escrito por allá por los años en los que Cristo nacía, con lo cual, la “carga” machista de que el escultor estaba motivado a crear su propia mujer debido a “los numerosos vicios de la mente femenina”, es algo de lo que no me hago cargo (se pelean con Ovidio por favor, conmigo no). Yo solamente transcribo, no es eso lo que al menos a mí me pone a escribir.

Lo que me resulta interesante para esta invitación a la reflexión es el tema implícito de que uno se enamora de su obra, porque en definitiva la propia obra “es” uno. Lo que además sugiere que uno, en soledad, puede “crear” la perfección desde “su” punto de vista. Interesante, aunque tal vez (más bien seguramente) peligroso.

Pero el punto al que quiero llegar es que hay un par de damas a las que tal vez sí deberíamos poder “fabricar”, no necesariamente al gusto de cada uno, pero sí como pueblo, como nación.

Se me ocurrió pensar qué pasaría si como Pigmaliones nos dedicamos a “crear” a la señora República y a su amiga inseparable Justicia, ya que el arte las ha representado como mujeres desde casi siempre (al menos el occidental).

Qué le pondríamos como virtudes, si pudiésemos esculpirlas y luego por mérito a nuestras oraciones darles vida. Tal vez les daríamos equidad, sentido de justicia, bondad, inteligencia, integridad, visión de futuro para que siempre pensasen en las generaciones que vienen. ¿Qué más? Magnanimidad, generosidad, paciencia, vocación de servicio…

Acompáñeme pensando un minuto: ¿qué más le pondría a esas dos obras galatéicas?, para luego poder enamorarnos perdidamente de ellas, y por lo tanto respetarlas, no violarlas nunca, cuidarlas y nutrirlas todos los días, alimentarlas y dar todo por ellas, hasta que la muerte nos separe y no por obligación, sino por amor.

El mito original, como muchos de ellos, permitió luego hacer algunas otras derivaciones de lo que enseña. Una de estas derivaciones se terminó denominando: “Efecto Pigmalión”, estudiado básicamente por psicólogos, sociólogos y educadores.

Básicamente significa que, en mucho, el condicionamiento que ponemos en el trato o la educación de alguien termina reflejándose en el resultado. Tanto positiva como negativamente, si creemos que algo ha de suceder generamos una fuerza importante para que la cosa ocurra. Se puede pensar en la famosa expresión: es una profecía auto cumplida.

Si tratamos a alguien como ladrón, es probable que termine robando. Si educamos a alguien con amor y pensando que ha de lograr grandes cosas, es probable que para ese lado termine disparando. El efecto Pigmalión hace que la conducta del educador o formador influya sobre la autoestima del sujeto, y éste termine comportándose de la manera en la que se lo percibe o se lo induce. En definitiva, la “obra” es un reflejo del artista, que hace de ella “su” obra, “su” reflejo.

Aquí es donde me vuelvo a preguntar por las dos damas. La República y la Justicia, pero ahora me pregunto por las que tenemos, ¿no son las que nosotros esculpimos hasta ahora?, las que se han formado con el efecto Pigmalión que le imponemos. ¿No es así? Es interesante la “fantasía” de crearlas de nuevo en base a lo que consideramos bueno, pero: ¿y las que tenemos ahora quién las crea día a día?

La “pesadilla” galatéica que vivimos (si es que usted lector así también lo considera) es resultado de nuestra forma de ver, de vivir, de sentir, de formar a la República y a la Justicia, ¿o si empezamos de cero nuevamente las vamos a hacer bien? ¿Podremos de una vez empezar a darnos cuenta que lo que vemos en la calle no es más que una imagen reflejada de lo que somos?

Es probable que rehacer la República y la Justicia lleve algún tiempo. No vamos a poder empezar de cero. Las fantasías de los mitos son interesantes como material de estudio pero no dejan de ser fantasías. Si queremos que algún descendiente nuestro pueda algún día hablar nuevamente de sueño y no de pesadilla, tenemos que empezar hoy. La Justicia y la República van a ser tan nobles, tan solidarias, tan ecuánimes, tan lo que les parezca bueno y deseable como nosotros lo seamos.

Siempre habrá basura en la sociedad, pero no me cabe duda de que son y serán siempre minoría. No los dejemos tomar el cincel, ganémosle por abrumadora mayoría, expongamos su mugre y no los dejemos ser ellos los que fabrican y forman Repúblicas y Justicias.


J. R. Lucks




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