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domingo, octubre 04, 2009

Sarna con gusto pica también, pero…

Me encontré con un refrán –o ¿será que él me encontró a mí?– que me llamó la atención, y seguramente por lo que estaba viviendo me hizo pensar.

El susodicho me decía:

“Si te gusta el arco iris, tendrás que aceptar la lluvia”.

Interesante. Lo deseable tiene un costo asociado. No lo veo desde el lado pesimista de que todo lo bueno trae también algo malo, sino desde la óptica de que se requiere la espera –en la lluvia–, la paciencia, el “trabajo”, para poder disfrutar de algo agradable.

Yo fui criado en una cultura del esfuerzo. Para lograr algo en mi casa, en mi vida, en lo que fuese… había que trabajar, sembrar y esperar, prepararse y probarse, etcétera.

Es cierto que algunas cosas “le caen a uno de arriba”. Sin tener que hacer nada más que estar en el lugar correcto en el momento correcto. Claro que para eso se puede andar por la vida esperando que todo coincida mágicamente, o se puede buscar el lugar y el momento –con pasión, con trabajo, con preparación– y luego “esperar” que te caiga lo que te tiene que caer.

De allí esta frase muy famosa (algunos dicen que de Voltaire, otros que de Séneca) que reza:

“Suerte es cuando la preparación y la oportunidad se encuentran”

Interesante.

No tanto esta frase sino más bien el primer refrán, me hizo pensar en otro también muy conocido; con el cual, a partir de este del arco iris, dejé de estar tan de acuerdo:

“Sarna con gusto no pica”.

La sarna pica, con gusto o no. Lo que pasa es que cuando es con gusto la picazón no importa, o no tiene que importar.

La picazón de la sarna que gusta es la consecuencia de una decisión, que, si bien tomada debe ser menos dolorosa que el gusto, y aún mal tomada habría que soportarla porque es resultado de la propia voluntad. Pero que pica, pica.

Creer que sarna por ser con gusto no pica, podría entenderse como que las consecuencias de las decisiones que uno toma no van a existir, o que de existir se pueden ignorar; y esto, hoy en un mundo tan dedicado al placer y al disfrute (con cierta aversión por el esfuerzo sostenido y el compromiso, desde mi punto de vista), me parece peligroso como mensaje.

Si te gusta el arco iris “aguantate” la lluvia; es más claro, más contundente, no deja lugar a dudas. Casi me dan ganas de “torcerlo” y decir: Si te gustan los arco iris “hace llover”.

Es un tanto difícil hacer llover, al menos sin derrochar agua dejando la manguera abierta colgando de un árbol para ver los siete colores, pero que tal: Si querés un título, estudiá; si querés tal o cual cosa, ahorrá; si querés que te respeten, respetá; si querés un mundo mejor hace algo más que pedir a otros que lo hagan por vos.

Tal vez lo que planteo sea mucho querer. Pero si quiero grandes cosas –como un arco iris– tendré que aceptar la espera, tendré que tener confianza, pero por sobre todo tendré que hacer mi mejor esfuerzo para aportar en lo que pueda a esa “cosa grande”. Claro que “me pica”, pero vale la pena.


J. R. Lucks



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domingo, marzo 29, 2009

Avanti sempre avanti

Unos fragmentos de poesía que siempre me inspiraron, (tal vez muy relacionados a la entrada de la semana pasada), son las dos estrofas iniciales de sendas partes de los Siete Sonetos Medicinales (1). Las mismas dicen así:

Si te postran diez veces, te levantas
otras diez, otras cien, otras quinientas;
no han de ser tus caídas tan violentas
ni tampoco, por ley, han de ser tantas.
…
No te des por vencido, ni aún vencido,
no te sientas esclavo, ni aún esclavo;
trémulo de pavor, piénsate bravo,
y acomete feroz, ya mal herido.

Suenan ideales para momentos duros, para momentos de crisis profunda, cuando hay que tomar decisiones y la peor que se puede tomar es la de paralizarse, la de no volver a levantarse.

Vale la aclaración de que me quedo con estas estrofas, y tal vez con alguna más. El resto de los sonetos no necesariamente son de las cosas que yo practicaría, pero en el disenso también hay verdad, ¿Por qué no citar a alguien con quién no necesariamente se está en un todo de acuerdo? El lector, al menos a eso aspiro yo, debe sacar sus propias conclusiones.

Volviendo a la reflexión, hay personas que toman fuerzas de la adversidad. Incluso pareciera que, estas, necesitan muchas veces de un golpe para reaccionar. Pasa, repetidamente, que la tranquilidad adormece, que la falta de un fuego quemando las plantas de los pies hace relajar demasiado.

Nadie quiere, concientemente, pasar por momentos adversos. Nadie pide que le caigan encima calamidades. Pero si a uno le llegan, si no se pueden esquivar, mejor aplicar los versos antes citados que simplemente dejarse atropellar.

Los cantos a la esperanza surgen desde el dolor, no desde el placer. La fe, la vocación de cambiar algo, el espíritu de mejora, la voluntad de evolucionar –o hasta de revolucionar–, surgen de momentos de zozobra y no de tiempos de paz. El avance, casi siempre, sólo nace de, o muy cerca a, la desesperación. No sugiero pedir o buscar la calamidad, pero sí aprovecharla.

El humano debe estar constantemente en movimiento. Es como los tiburones que si dejan de moverse se asfixian. El humano no se ahoga por falta de aire, pero sí se estanca como sociedad, y se pierde en si mismo.

La historia nos ha dado crisis y momentos de zozobra. Por supuesto uno siempre piensa que los peores son los que tiene que vivir. Pero basta una ligera mirada hacia al pasado para pensar en las grandes guerras mundiales, y cómo se sentirían los que tuvieron que vivirlas; o en las invasiones bárbaras a los imperios griego y romano, y la sensación de fin de mundo que habrán vivido aquellos habitantes del Mediterráneo.

Marguerite Yourcenar, justamente muy poco después de la Segunda Guerra Mundial, le “hace” decir al emperador romano Adriano, en su novela histórica Memorias de Adriano, algo que me pareció maravilloso cuando lo leí, y que en referencia a las supuestas invasiones bárbaras que algún día llegarían deja una esperanza:

El porvenir del mundo no me inquieta; ya no me esfuerzo por calcular angustiado la mayor o menor duración de la paz romana; dejo hacer a los dioses. No es que confíe más en su justicia que no es la nuestra, ni tengo más fe en la cordura del hombre; la verdad es justamente lo contrario. La vida es atroz y lo sabemos. Pero precisamente porque espero poco de la condición humana, los períodos de felicidad, los progresos parciales, los esfuerzos de reanudación y de continuidad me parecen otros tantos prodigios que casi compensan la inmensa acumulación de males, fracasos, incuria y error. Vendrán las catástrofes y las ruinas; el desorden triunfará, pero también de tiempo en tiempo, el orden. La paz reinará otra vez entre dos períodos de guerra; las palabras libertad, humanidad y justicia recobrarán aquí y allá el sentido que hemos tratado de darles. No todos nuestros libros perecerán; nuestras estatuas mutiladas serán rehechas, y otras cúpulas y frontones nacerán de nuestros frontones y cúpulas; algunos hombres pensarán, trabajarán y sentirán como nosotros; me atrevo a contar con esos continuadores nacidos a intervalos regulares a lo largo de los siglos, con esa intermitente inmortalidad. Si los bárbaros terminan por apoderarse del imperio del mundo, se verán obligados a adoptar algunos de nuestros métodos y terminarán por parecerse a nosotros.

La autora hace hablar a un emperador agonizante, y por eso el mensaje de esperanza va mezclado de tanta amargura y sensación de fin. Pero me pareció adecuado porque eso es justamente lo que sentimos cuando el mundo cae sobre nuestras espaldas.

Adriano nos garantiza que la situación eventualmente se arregla. Los disruptores, los bárbaros, se van a terminar pareciendo a nosotros, dice. ¡Qué maravilloso! La semilla del nuevo orden ya está plantada en el disruptor del orden anterior, inevitablemente.

Hay un canto de esperanza y de garantía combinados en esta cita. El mundo se “acomoda”, o al menos hasta ahora, después de innumerables catástrofes y vicisitudes, siempre se acomodó. La pregunta es si todos los que vivieron durante esas situaciones quedaron igual, mejor, o peor de lo estaban antes de que las mismas ocurrieran.

Seguramente habrá que analizar varios factores para contestar la pregunta que cierra el párrafo anterior, pero muy probablemente la mayoría de los que sobrevivieron o incluso hasta mejoraron su posición, fueron seguidores o practicantes de lo que aconsejan las estrofas citadas al inicio.

Fuerza, coraje, ánimo.



J. R. Lucks



Referencias:
(1) Siete Sonetos Medicinales. Pedro Bonifacio Palacios (1854 - 1917), fue un poeta argentino conocido también por el seudónimo de Almafuerte.
(2) Memorias de Adriano es una novela de la escritora belga Marguerite Yourcenar, que describe parte de la vida emperador romano Adriano, particularmente lo que sentía en momentos cercanos a su muerte. El libro fue publicado en Francia en 1951.



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domingo, marzo 22, 2009

Energía eólica

Escuché una frase interesante hace unos días, que tal vez no se pueda calificar aún como refrán por no ser de uso común. La frase es:

“Cuando viene la tormenta unos levantan murallas de protección, otros molinos de viento”.

Obviamente me gustó mucho apenas la escuché. Siempre fui de pensar de esta forma, y de hecho creo que si muchos pensásemos y actuásemos así, viviríamos en un mundo mejor.

Esta frase no revela en realidad ninguna verdad oculta. Hay otros refranes, tal vez más conocidos y más antiguos, que dejan el mismo consejo, por ejemplo:

“A mal tiempo buena cara”.

Incluso hay filósofos o pensadores que se dedicaron a comentar sobre este tema, por ejemplo Maquiavelo, que en El Príncipe (1) dice:

“La fortuna me parece comparable a un río fatal que cuando se embravece inunda llanuras, echa a tierra árboles y edificios, arranca terreno de un paraje para llevarlo a otro. Todos huyen a la vista de él y todos ceden a su furia, sin poder resistirle. Y, no obstante, por muy formidable que su pujanza sea, los hombres, cuando el tiempo está en calma, pueden tomar precauciones contra semejante río construyendo diques y esclusas, para que al crecer de nuevo se vea forzado a correr por un canal, o por lo menos, para que no resulte su fogosidad tan anárquica y tan dañosa”.

Se refiere a la suerte cuando dice la fortuna, y lo que pretende enseñar es que no estamos librados a ella. Sugiere que, si bien no podemos evitarla, sí nos es posible intentar encauzarla, y eventualmente utilizar, aún, la mala fortuna en forma beneficiosa.

Cuando estamos metidos en una gran crisis, cuando nos enfrentamos a una terrible encrucijada, es probable que sea difícil pensar con frialdad. Es seguramente más adecuado extender la red de seguridad antes de subir a caminar por la soga, que hacerlo mientras vamos cayendo luego de haber resbalado.

Es probable que no todo pueda preverse. Es tal vez seguro que algún río, o alguna tormenta, nos vayan a llevar indefectiblemente por delante. Pero la previsión que nos recomienda Maquiavelo, o la actitud que nos sugiere la frase con la que inicié la columna, seguramente nos han de dejar mejor parados ante las crisis, o, al menos, con mayores posibilidades de salir adelante.

Hay pensamientos, ideas, que hace tiempo que dejaron de ser originales. Seguramente esta es una de esas. Pero también es cierto que por más que sean ya sabidas, algunas nos las tenemos que repetir constantemente porque no siempre nos son naturales.

La frase con la que empecé me pareció una forma original, al menos a mí, de escuchar algo que ya sabia. Ojala que con el tiempo no sólo, de tanto repetirla se transforme en refrán, sino que además de tanto practicarla toda la energía termine viniendo de molinos de viento.



J. R. Lucks



Referencias:
1 El Príncipe. Nicolás Maquiavelo. Editorial El Ateneo, 2002.


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