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domingo, abril 04, 2010

Igualando luces y oscuridades

Hay un día del año más largo que los demás… Bueno, en realidad no, todos los días miden lo mismo, 23 horas, 59 minutos y casi 60 segundos, pero se dice que uno es más largo porque durante dicha jornada el tiempo de luz es máximo y el de oscuridad mínimo. Por supuesto, también hay un día más breve –siguiendo la lógica del tiempo iluminado–, con luces cortas y oscuridades largas. Esto, todo el mundo lo tiene claro.

Lo que me sorprendió a mí una vez, a pesar de que es impresionantemente obvio, es que hay dos días por año en que el tiempo de luz y el de oscuridad son exactamente iguales. Claro, naturalmente, para que haya un día más largo y otro más corto, las luces y las oscuridades tienen que acortarse y alargarse de forma tal que en algún punto, en dos concretamente, inevitablemente habrán de ser iguales.

Los dos días “simétricos” se denominan, equinoccio de primavera y de otoño. De hecho la palabra equinoccio viene del latín, y quiere decir justamente eso: días y noches iguales.

¿Por qué será que estos días, en que luces y oscuridades son iguales, tienen menos “marketing” que el más largo y el más corto? Es más, ¿por qué no llaman más la atención si en realidad son los únicos dos días así entre los 365?, siendo que todos los demás –363, o 364 en los años bisiestos– son “desiguales”. Estos “equi” deberían aparecer como más llamativos, son “el caso raro”.

Pero esto no es lo que me llamó más la atención, sino que aparte estos dos días ocurren en todo el mundo al mismo tiempo . Hay dos jornadas durante el año en que para todos los que estamos en esta piedra dando vueltas alrededor del sol, las luces y las oscuridades son iguales. ¡Ja!

Sé que es obvio lo de los equinoccios. Que tal vez todos lo tenían presente y solamente yo nunca lo había considerado, o sí aunque lo tenía condenado al olvido. Pero la idea de que para todos…, todos…, los casi siete mil millones de personas que habitamos este mundo, dos días al año “luces y oscuridades” fuesen las mismas, me pareció muy poderosa.

Imagínese que esos dos días se nos ocurra hacer que el resto de las cosas también sean iguales. Que todos comamos lo mismo, que todos viajemos en los mismos medios de transporte, que todos tengamos la misma cantidad de esperanzas y posibilidades. Las mismas luces y las mismas oscuridades. ¡Ja!, de vuelta.

He escrito cosas utópicas, pero esta se sale de la gráfica, ¿no? Tal vez, pero no me importa, hoy tengo ganas de soñar.

¿Qué comeríamos ese día?, lo de los millones que mueren de hambre, o alguna especialidad de restaurante gourmet. ¿En qué viajaríamos?, en autos o a pie. ¿Miraríamos todos alguna película en un televisor de ya no se cuántas pulgadas?, o la nada a la que inmensas cantidades de humanos parecieran estar condenados. Serían dos días al año nada más… Sólo pensar en esto ya es un ejercicio interesante.

La mayor parte de los países occidentales, y una gran cantidad de los orientales occidentalizados, vivimos en sociedades con regímenes políticos inmensamente influidos por los preceptos de la Revolución Francesa: Libertad, Fraternidad, y la nunca bien ponderada Igualdad. Y son justamente estas sociedades, occidentales u occidentalizadas, las que han entronizado al individualismo casi como “valor” supremo.

Los seres humanos somos distintos por naturaleza, no soy de los que no aprecian la individualidad, la maravilla que cada uno de nosotros puede ser y hacerse gracias a su propio esfuerzo, a su voluntad y a su libertad; pero me gusta tenerla y “ejercerla” para tratar de ponerla al servicio del grupo en el que vivo. Somos animales sociales, no individualistas que como no podemos vivir aislados nos alimentamos parasitariamente de una sociedad que sólo nos importa en la medida en que mira y consume las últimas fotos que subimos a la más moderna “red social”.

El individualismo es el culto a la individualidad. Es la individualidad por la individualidad misma, es cerrarse en ella, no desarrollarla para compartirla. No nos confundamos. No es lo mismo.

La Igualdad de los franceses no era tampoco ignorar la individualidad. Se referían a la igualdad ante la ley. Pretendían instaurar un estado en el cual todos tuviesen los mismos derechos, porque venían de sociedades en las cuales algunos tenían más que otros. El movimiento revolucionario comenzó porque obviamente los que tenían menos un día se cansaron, aparte de terminar de darse cuenta de que eran muchos más en cantidad.

Y lo lograron. Hoy, por ejemplo, en estos países de los que venimos hablando todos tienen el mismo derecho a la educación y a la salud, ¿no es cierto? Lo que no gozan es del mismo acceso, y en esto tiene mucho que ver, si no me equivoco, el individualismo.

(Acotación, “al margen”: son muchísimos más los que no tienen acceso y seguramente ya se dieron cuenta, lo que no sé es cuándo terminarán de cansarse).

Yo creo que aparte del individualismo –o por su causa– hay mucho de ignorancia. Por eso, con fines educativos, vuelvo a mi utópica idea de proponer un par de días de equi-consumos sobre los equinoccios. O sea un par de días en que los que tienen más acceso consuman lo de los que tienen menos, y porque no viceversa. Para realmente compartir luces y oscuridades, para saber en serio lo que significa una y otra cosa.

“¡No se puede!” –me dirán–, “sería demasiado complejo… más bien imposible”. Bajemos un poco el grado de utopía. ¿Qué tal si un par de días al año al menos pensamos en esto?, dejamos de lado el individualismo y nos damos una vuelta por la Fraternidad de los franceses, porque si tal vez nos diéramos una mano un poco más generosa entre todos, a lo mejor las igualdades de acceso serían algo menos utópicas.

Estamos lejísimos, creo, de poder hacer algo como esto. Es casi más probable que a alguien se le ocurra prohibir los equinoccios, antes que promover un par de equi-consumos por año.

Por eso, empecemos a tomar conciencia en el plano individual, que es el que parece más nos gusta. Que “al menos” un par de veces por año nos de vergüenza que sólo el largo del día y el de la noche se puedan igualar, y ese par de días hablémosle a alguien de eso, por ejemplo a nuestros hijos si tenemos.

Tantos días instaurados por quién sabe quién celebramos en los que se mueven fortunas: el de los enamorados, el de las madres, el del estudiante, el del arquero… y gastamos, y compramos flores, y tarjetas, y chocolates, y nos disfrazamos en el día de brujas, y nos emborrachamos de cerveza para recordar a un santo. Alguien debería ganar unos pesos por instaurar un par de días de la igualdad.

El sistema solar, en lo que puede aportar, ya hizo dos días así: especiales, un par al año, diferentes de los demás; no hace falta mucho esfuerzo para fijar las fechas. Sólo propongo pensar en el asunto, educar sobre el tema, y juntar la misma cantidad de dinero que gastamos en pavadas alguno de los otros días “celebrables”, para ponerla a la causa de la igualdad de luces y reducción de oscuridades.

¡Ja!, por tercera vez… ¿No sería buen negocio?

La igualdad de los equinoccios y la de los franceses, y el gusto de pensar con poesías, me llevaron a la Marsellesa.

"¡A las armas, ciudadanos!
¡Formad vuestros batallones!
Marchemos, marchemos,
¡Que una sangre impura
empape nuestros surcos!"

Empecemos antes de que sea demasiado tarde, para que en vez de que millones tengan que cantar este estribillo, los que nos siguen puedan entonar con orgullo las últimas estrofas de ese himno.

"Nosotros tomaremos el camino
cuando nuestros mayores ya no estén,
allí encontraremos sus cenizas
y la huella de sus virtudes.
…
¡nosotros tendremos el sublime orgullo
de … seguirles!"




J. R. Lucks


Referencias

(1) Astrónomos y estudiosos de los movimientos celestiales, por favor abstenerse de mediciones muy exactas.



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domingo, marzo 14, 2010

Sandalias por la cabeza

Me contaron hace tiempo una historia que aseguraba que, tratando de alcanzar un tren que partía, a Mahatma Gandhi se le cayó una sandalia al andén desde el vagón en movimiento. Como no parecía posible recuperarla, antes de que fuese tarde, él se sacó la otra y la tiró con la primera. Cuando le preguntaron porqué lo había hecho contestó que una sola sandalia no servía, ni a él ni al que se encontrara la perdida, en cambio de esta forma el afortunado tendría el par completo.

Me hizo acordar a varios refranes que me gustan mucho, como:

“Haz el bien sin mirar a quién”

…o:

“Para hacer el bien no hay que pedir permiso”

Más allá de si sea cierta o no, es una buena historia. Por eso me puse a buscar para ver si encontraba su origen, o podía verificar su autenticidad. Haciendo esto hallé, entre otros, un artículo del escritor Paulo Coelho (1) , en donde él cuenta la historia citando a su vez como fuente de la misma a un tal C. Fadiman (2) .

La verdad es que no pude quedarme satisfecho con la veracidad de la anécdota, pero de todos modos me pareció muy interesante cómo, con un cuento tan corto, se puede mostrar la manera de transformar una tragedia (la pérdida de algo valioso para quién no tenía demasiado) y una frustración (el hallazgo de algo necesario pero “incompleto”), en un acto de desprendimiento (la entrega de la segunda) y en una alegría (el hallazgo del par completo).

¿Cuánto hubiese pagado alguien por quedarse con ese par de sandalias?

La pregunta no es caprichosa, porque buscando por el suceso de mi interés, me encontré con otras dos historias bastante más negras.

Una de ellas –relatada en diversas notas periodísticas de febrero, marzo y abril del 2009–, comenzaba con un reclamo del bisnieto de Gandhi intentando detener una subasta de, justamente, un par de sandalias, uno de anteojos y algunos utensilios donde su bisabuelo comía. La subasta no fue detenida, y el coleccionista americano de nombre James Otis, termina entonces vendiendo los ítems en 1.8 millones de dólares.

Me quedé un largo rato leyendo los artículos, porque me parecían de novela grotesca. Incluso las biografías de los personajes. De hecho encontré esta descripción que Osvaldo Bayer hace, en una columna suya (3) , del magnate indio que gana la subasta con la supuesta intención de retornar los ítems a su país de origen:

“… el remate en Nueva York de las sandalias, los anteojitos y una taza con plato del Mahatma Gandhi, que fue comprado nada menos que por un multimillonario […] Esas humildes pertenencias del hombre de la paz y el voto de pobreza se vendieron por millones y millones de dólares. Y el que los compró es nada menos que el rey de la superficialidad. Se llama Vijay Mallya y le gusta llamarse el “rey del placer”. A él le pertenece el más grande negocio de licores, la productora de cerveza Kingfisher, una empresa aérea y el stud de coches de carrera de Fórmula 1 Force India. Posee el yate más grande de todos los millonarios, que se llama “Indian Empress”, donde le gusta fotografiarse con jóvenes bellas de todos los países” […].

De locos. Según las notas el magnate termina “discutiendo” con el gobierno indio, a causa de que algún funcionario salió a decir que el millonario había actuado en nombre del estado, cosa que el desmiente. Hay demandas cruzadas del gobierno contra el vendedor, y luego del vendedor contra la casa de subastas, ya que al ver tanto alboroto el amigo Otis aparentemente se arrepiente de la venta. Todo un escándalo en las antípodas de lo que Gandhi predicaba, incluso con manifestaciones en las calles de Nueva York pidiendo por la suspensión del asunto.

El vendedor de las reliquias, en una nota de prensa de fin de marzo del 2009, se “disculpa” con el pueblo indio y –luego de asegurar la donación del dinero de la venta a fundaciones pro paz– comunica su intención de hacer un mes de ayuno, para expiar la culpa por el sufrimiento que hizo pasar a los con-nacionales de Gandhi.

Un descaro inconmensurable. Pero esto no es lo único. Buscando sobre el bisnieto de Gandhi, Tushar, se me cruza otra serie de notas en las que se cuenta cómo el heredero “vende” la imagen de su bisabuelo –seis meses después del asunto de la subasta– a una compañía de artículos de escritura por algo más de 100.000 euros, para que ésta produzca una serie limitada de plumas de plata y oro.

Aparentemente las lapiceras, cuya venta fue suspendida en febrero de 2010 por otra demanda judicial relativa al uso de la imagen de Gandhi, son joyas de gran valor material, descriptas en artículos de prensa de la siguiente manera:

“…ha lanzado dos series limitadas de superlujo con la silueta de Gandhi en el plumín, su firma en el culote y la capucha, y que se vende junto a un libreto con las frases más célebres del ‘padre de la patria india’.
Las plumas han sido comercializadas en forma de dos series limitadas de 241 ejemplares cada una el número de kilómetros que recorrió a pie Gandhi durante su célebre marcha de 1930, para protestar contra los impuestos de los ingleses. […]
Las estilográficas están hechas a mano y son de plata maciza y oro blanco de dieciocho kilates, coronado por una piedra semipreciosa de color naranja intenso que simboliza el azafrán indio.
Cada ejemplar tiene un precio aproximado de 17.000 euros, una cifra tan elevada que ha provocado que mucha gente considere una frivolidad asociar tales objetos al nombre de alguien que defendió la pobreza y la austeridad como virtudes supremas.
En los estuches de las plumas se incluye un hilo de oro de ocho metros que, […], es una referencia al algodón que hilaba cada día Gandhi en su rueca. […].
Por cada pieza de la colección que se venda, […] donará a la Fundación Gandhi entre 140 y 750 euros”.

Me costó no olvidarme de porqué había empezado a buscar sobre las sandalias de Gandhi. ¿Sería Otis el que se las encontró en el andén? ¿Se quejaría Tushar de la subasta porque hubiese querido hacerla él?, claro que siempre para donar lo obtenido a alguna fundación.

“El dinero no compra la felicidad”

… pero sí compra sandalias, anteojos, lapiceras de oro y plata, y las integridades de las personas que, en nombre de alguien que predicaba el desprendimiento, hacen las barbaridades que acabo de contar.

Busqué un refrán que me ayudara a entender que era lo que había pasado, cómo se podía “justificar” esto –incluso asumiendo reales buenas intenciones de todos los participantes de las historias–, y el único que pude encontrar fue:

“El dinero corrompe al hombre”

Aún creyendo que todo lo producido por la subasta y la venta de plumas fuese a ayudar pobres que necesitaran sandalias (lo cual ni en mis días más ingenuos me suena factible), ¿hacía falta todo el show?, ¿no podía el recurso ir hacia el necesitado sin “ensuciarse” en el medio?

Sería interesante plantear este dilema a grupos de jóvenes, pidiéndoles que imaginen soluciones para lograr el efecto de la segunda sandalia multiplicado por los millones, sin tener que pasar por los escándalos. No sólo los prevendría (a algunos tal vez) de caer en estas ridiculeces, sino que además ayudaría al mundo que ellos han de vivir a contar con más ideas de cómo hacer el bien sin mirar a quién, evitando que el dinero los corrompa.

Gandhi no era violento, por eso “supongo” no les hubiese tirado las sandalias por la cabeza a estos personajes… ¿Qué cree usted?


J. R. Lucks


Referencias:

[1] http://colunas.g1.com.br/paulocoelho/2007/06/16/as-sandalias-de-gandhi/

[2] Clitfon Fadiman. Autor y personalidad de la radio y televisión estadounidense

[3] Fuente: Diario Página12, 14 de Marzo 2009 por Osvaldo Bayer, escritor argentino.





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domingo, marzo 07, 2010

Aprender a compartir

Hay un tema de Charly García, “Aprendizaje”, que siempre me hizo pensar en la trascendencia.

En esa poseía el personaje cuenta un poco su vida –algunos de los rechazos que sufrió algunas enseñanzas que no le resultaron aparentemente muy prácticas–, y manifiesta su deseo de aprender y de crecer. Las primeras tres estrofas dicen:

Aprendí a ser formal y cortez
cortándome el pelo una vez por mes,
y si me aplazó la formalidad
es que nunca me gusto la sociedad.

Viento del sur, oh lluvia de abril
quiero saber donde debo ir,
no quiero estar sin poder crecer
aprendiendo las lecciones para ser

Y tuve muchos maestros de que aprender,
solo conocían su ciencia y el deber.
Nadie se atrevió a decir una verdad,
siempre el miedo fue tonto.

Podría decirse que se trata de un joven que va por la vida con “ganas”, y que a media que avanza va experimentando diversas situaciones. Tal vez no debería llamar demasiado la atención que todo el asunto, hasta aquí, fuese sobre él. Es sobre su corte de pelo, sobre su gusto o no por la sociedad, sobre el rechazo que él sufre. Es sobre sus ganas de crecer y aprender a ser, y sus dudas hacia donde ir. Es sobre sus maestros, lo que le enseñaron a él, y lo que a él le pareció hipócrita. Es sobre lo que él piensa del miedo.

Las primeras tres estrofas lo dejan a uno –a mí al menos– con un gusto amargo en la boca. Parece que no le va bien al personaje del poema, que en realidad somos todos. Pero justo allí, donde pareciera que la situación se pone negra, aparece la cuarta estrofa, que canta:

“Y el tiempo traerá alguna mujer,
una casa pobre, años de aprender
como compartir un tiempo de paz,
nuestro hijo traerá todo lo demás,
el traerá nuevas respuestas para dar”.

Luz al fin. Yo le leo un cambio de foco que me gusta y entusiasma. Aparecen otros, ya no es sólo sobre él.

Aparece la palabra compartir como objetivo del aprender. Hasta ese momento, en donde el cantor parecía no llegar a ningún lado, era aprender a ser. Ahora, en donde si bien el tono pareciera tener un dejo de resignación, se abre un nuevo panorama, es aprender a compartir, a “partir” lo que sea, la vida, el tiempo, el ser, “con” otro.

Hasta que no sale de sí mismo y piensa en pareja y eventual descendencia, nada tiene sentido: hipocresía, temor, formalidad y cortesía que no satisfacen, rechazo, aprendizajes inútiles. Cuando sale de sí, trasciende.

Trascender viene del latín, y se forma con dos palabras: scandere, que quiere decir subir, escalar; y lo que le termina de dar el sentido, el prefijo tra, que equivale a decir otra parte, allende, o más allá. ¿Mas allá de qué?, bueno, pues mas allá de uno. “Subir” más allá de sí para encontrarse con el otro, con los otros. Es una palabra que implica cambio y también implica lo externo en cuanto al impacto, lo exógeno, lo que está más allá o en otro, hacia otro.

Tal vez la mezcla de tono, de alegría y esperanza con resignación que le escucho yo a la cuarta estrofa, no sea más que experiencia personal compartida con el personaje del poema. Buscamos respuestas en y para nosotros y todo nos dice que no, que miremos al otro. Pero nos resistimos, al menos por un tiempo. Por eso cuando finalmente aprendemos, cuando “cedemos” al otro que también cede a nosotros, hay cierta resignación que nos trae paz, porque es allí donde encontremos sentido y alegría.

No sé si siempre fue igual, como ahora, y el individualismo reinó con tanta fuerza sobre el planeta. Uno siempre tiende a creer que vive en la peor o la mejor de las épocas, y que por eso lo que le pasa es lo peor o lo mejor de la historia. El asunto es que no pareciéramos estar en una era de compartires muy exacerbados.

Tal vez haya que hacerle un poco de caso a Charly, al menos en esto. Pareja, pero no para usarla y después tirarla para conseguir otra. Pareja para compartir, para salir de uno en el otro y trascender, ser más.

Un sueño de hijos tal vez. No hace falta ser madre o padre antes de estar listo, pero tener la idea al menos. La de saber que va a haber que educar a otro, y que esa va a ser la oportunidad de hacer las cosas “bien”, sin los temores, los rechazos y las hipocresías de las que nos quejamos.

¿Mucho pedir? ¿Demasiado utópico? Tal vez… pero solo tal vez, y eso es lo que deja lugar a una cuarta estrofa.


J. R. Lucks



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domingo, enero 24, 2010

La insoportable falta de compasión

Me vino a la mente hace unos días un viejo refrán que escuchaba en mi casa cuando era pequeño. El mismo asegura:

“Un grano no hace un granero, pero ayuda al compañero”.

Pretendía enseñarme que no era despreciable lo poco que yo pudiese hacer de bueno, ya que mi esfuerzo sumado al de otros que creyeran lo mismo lograría una gran diferencia. El truco es, justamente, que todos pensásemos así.

He llegado a creer que gran parte de los problemas que tenemos, como humanidad, tienen origen justamente en que no nos creemos esto. No sólo por no hacer ese “algo bueno” que sumado a lo de los demás acabaría, por ejemplo, con males como la desigualdad. Sino porque lo llevamos además al otro extremo, pensamos que si hacemos algo malo, si violamos alguna ley, si tomamos alguna ventaja indebida, etcétera, no se ha de notar porque todos los demás sí se comportarán como corresponde. Vivimos claramente equivocados.

Pero repensando el asunto desde el porqué no hacemos lo bueno que sí podemos, se me cruzaron estos párrafos de La insoportable levedad del ser (1) , y se me amplió un poco el rango de pensamiento.

“Todos los idiomas derivados del latín forman la palabra ‘compasión’ con el prefijo ‘com’ (2) y la palabra pas-sio que significaba originalmente ‘padecimiento’. Esta palabra se traduce a otros idiomas, por ejemplo al checo, al polaco, al alemán, al sueco, mediante un sustantivo compuesto de un prefijo del mismo significado, seguido de la palabra ‘sentimiento’; en checo: sou-cit; en polaco: wspólczucie; en alemán: Mit-gefühl; en sueco: med-kánsla.

En los idiomas derivados del latín, la palabra ‘compasión’ significa: no podemos mirar impertérritos el sufrimiento del otro; o: participamos de los sentimientos de aquel que sufre. En otra palabra, en la francesa pitié (en la inglesa pity, en la italiana pieta, etc.), que tiene aproximadamente el mismo significado, se nota incluso cierta indulgencia hacia aquel que sufre.

[…]

Este es el motivo por el cual la palabra ‘compasión’ o ‘piedad’ produce desconfianza; parece que se refiere a un sentimiento malo, secundario, que no tiene mucho en común con el amor. Querer a alguien por compasión significa no quererlo de verdad.

En los idiomas que no forman la palabra ‘compasión’ a partir de la raíz del ‘padecimiento’ (passio), sino del sustantivo ‘sentimiento’, estas palabras se utilizan aproximadamente en el mismo sentido, sin embargo es imposible afirmar que se refieran a un sentimiento secundario, malo. El secreto poder de su etimología ilumina la palabra con otra luz y le da un significado más amplio: tener compasión significa saber vivir con otro su desgracia, pero también sentir con él cualquier otro sentimiento: alegría, angustia, felicidad, dolor. Esta compasión (en el sentido de jvspó/czucie, Mitgefübl, madkansld) significa también la máxima capacidad de imaginación sensible, el arte de la telepatía sensible; es en la jerarquía de los sentimientos el sentimiento más elevado”.

Para mí el poder de las palabras es trascendental. Y Kundera pareciera proveer, al menos a mí, una explicación de porqué nuestra compasión es tantas veces pasiva. Miramos el padecimiento de otros. En el mejor de los casos nos entristecemos por el dolor ajeno, pero no nos moviliza lo suficiente.

Es increíble, porque en una “mala” etimología, com-pasión pudiera entenderse como con-pasión. O sea “con” toda la fuerza de la pasión (en el sentido que hoy le damos al término).

Nos apasionamos por un deporte, justificando muchas veces desmanes por la pasión que determinados ejemplares de la raza humana profesan por ciertos equipos o agrupaciones. Por la pasión (utilizada como sinónimo de apetito) sexual, por ejemplo, hacemos cosas inimaginables. Y se podría seguir dando ejemplos.

Con esa pasión, no nos importa cuánto hagan los demás. La pasión nos ciega y hacemos lo que tenemos que hacer, lo que queremos hacer, lo que la pasión nos dicta. No somos pasivos. Somos activos.

Sería interesante empezar en las escuelas a enseñar un nuevo significado de la palabra con-pasión, aunque la regla ortográfica quede pisoteada, y enseñarles a los chicos que cuando se ve una injusticia, su esfuerzo, su con-pasión, es capaz de hacer la diferencia. Hasta me parece que debería reescribir el refrán con el que empecé:

“Con-pasión, un grano no hará un granero, pero ayudara al compañero”.

El significado en los idiomas de los pueblos a los cuales los latinos en algún tiempo llamamos bárbaros, me gusta más. Con pasión, con sentimiento. Compartir no sólo pasivamente el dolor del otro, compartir (partir, romper, en conjunto) el sufrimiento para hacerlo desaparecer. Con sentimiento, sentir también las alegrías de los demás en vez de envidiarlas, en vez de querer opacarlas.

Animémonos a educar a nuestros hijos en la compasión a la “bárbara”, con-pasión. Si todos ponemos hoy un granito, ellos tendrán un granero.


Referencias:

(1) La insoportable levedad del ser. Milan Kundera. Editorial Tusquets, 2008.
(2) En conjunto, en compañía.


J. R. Lucks




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domingo, enero 10, 2010

La revolución de los buenos

Hay una frase que siempre me gustó mucho (debería según yo considerarse digna de ser “elevada” a la categoría de refrán), que dice algo como esto:

“Lo único que necesita el mal para triunfar, es que los hombres buenos no hagan nada para evitarlo”.

La frase se le asigna a un político y filósofo Irlandés de nombre Edmund Burke, que vivió en el siglo XVIII.

Algunas fuentes le atribuyen a este hombre la paternidad del conservadurismo moderno. Esto me resultó interesante, porque si hay un conservadurismo moderno quiere decir que, supongo vía una revolución, “destronó” al conservadurismo antiguo. Llamativo. Una vez que el revolucionario se instala en el poder quiere conservarlo, por eso se transforma en conservador, pero “moderno”. A veces pienso que si sólo pudiésemos evitar el sufrimiento que nuestros políticos nos causan, y nada más no riésemos de sus idioteces, no necesitaríamos programas cómicos.

Más allá de este paréntesis, hay algunas cosas que sí se le atribuyen con certeza a Burke con las cuales estoy muy de acuerdo, sea conservador o no. Por ejemplo:

“El hombre está calificado para gozar de libertades civiles en la misma proporción en que esté dispuesto a poner límites morales a sus propios apetitos, en proporción a lo que su amor por la justicia sea superior a su rapacidad, en proporción a lo que su sentido común y su capacidad de entendimiento estén por encima de su vanidad, en proporción a cuánto este dispuesto a escuchar el consejo de sabios y rectos en vez de las adulaciones de sus sirvientes”.

No se cuántos políticos pasan por esta prueba. No se cuantos de nosotros pasamos por esta prueba. Si esto no es justo y equilibrado, no se que es justicia ni equilibrio.

Otra frase de Burke que me gustó mucho, y cuyas consecuencias lamentablemente los humanos hemos visto comprobarse una y otra vez, dice:

“Cuando se produce una separación entre la libertad y la justicia, ninguna, en mi opinión, están a salvo”.

Interesante. Me pregunto, ¿alguno de nuestros gobernantes habrá leído estas frases tanto como parecen haber leído y releído a Maquiavelo?

Volviendo a la primera cita que fue la que dio origen a esta columna: ¿qué hay que hacer para que nos creamos lo que dice la frase? ¿Qué materia hay que agregar en las escuelas para que los chicos actúen como sugiere Burke, o quién sea verdaderamente el que puso esas palabras juntas?

Yo estoy convencido de que no hay más gente mala que buena; al contrario, malos en serio hay realmente pocos en proporción a los buenos, a los trabajadores, a los esforzados, a los fieles. ¿Por qué no aplican las reglas de la democracia y los buenos le ganan a los malos? ¿Qué revolución hay que hacer para que se pueda instaurar un nuevo conservadurismo en el que los buenos dominen?

No tengo ninguna respuesta, sólo preguntas. Me alegro de aún tenerlas, quiere decir que no perdí la esperanza. Pienso. Píenselo.

Algunas corrientes filosóficas definen al mal como falta de bien. No como algo en sí mismo, sino como un defecto, como un “hueco”. Suena, esta forma de pensar, también a injusticia: al no hacer el bien necesario, se está permitiendo o causando un mal.

Creo que algunos malditos han ido un poco más allá y le han dado entidad a una maldad que me parece no es sólo falta de bien, sino que es creación de necesidad de un bien que luego se niega o se escatima. Creo que hay una versión de mal que es destrucción, muchas veces sólo por diversión. Otros males tienen que ver con impedir: educación, salud, desarrollo. Desgraciadamente hay demasiadas variedades de mal.

Como me gustan los refranes busco en ellos, y siempre encuentro algo que me ayuda a salir de pensamientos como este. Por ejemplo:

“No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista”.

Sabiendo que los malos son menos, tendiendo en cuenta este refrán (al que le creo), y confiando en que el día que los buenos hagan algo el mal dejará de triunfar, me quedo un poco más tranquilo. La revolución de los buenos ya va a llegar. Las revoluciones suceden cuando nos damos cuenta de que no queremos que nuestro cuerpo siga resistiendo, allí es donde nos revelamos. Lástima que haya que esperar tanto, por eso:

“No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy” y “No pidas que otro haga lo que tu puedes hacer”.

Después de todo:

“Para hacer el bien no hay que pedir permiso”.


J. R. Lucks







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domingo, noviembre 15, 2009

Jamón y huevos, gobernados y gobernantes.

Hay un refrán, o tal vez no tanto como eso aún sino más bien una frase que según creo debería “refranizarse”, que dice:

“Ham and eggs...a day's work for a chicken, a lifetime commitment for a pig”.

Esto se traduce como: Jamón y huevos… un día de trabajo para la gallina, un compromiso de vida para el chancho.

Jamón y huevos es un típico desayuno en algunos países, particularmente Estados Unidos donde se usa mucho esta frase. La gallina pone un huevo y se desentiende. El cerdo, en cambio, para poner el jamón pone su pierna, pero para poner la pierna tuvo que poner su vida. Su vida se le va al amigo porcino en desarrollar la pierna, y, a su vez, su vida se le va cuando se la sacan para hacer el jamón.

Es como que la gallina pasa, pero el cerdo se queda. La gallina se involucra sólo un momento, el chancho compromete su vida.

Esto me hizo acordar a una frase que me llegó mucho cuando la dijo el que la dijo. La misma sentenciaba:

“Los gobernantes pasan, los obispos nos quedamos”.

Se lo escuché al Obispo de San Isidro, una de las diócesis de la Provincia de Buenos Aires en Argentina, Monseñor Jorge Casaretto. La ocasión fue en una de las tantas peleas que el gobierno nacional inició con la iglesia, debido a una declaración del Obispo que “molestaba” al gobierno.

Más allá de la iglesia que representaba el Obispo, me pareció terriblemente cierto. El gobierno de hecho pasó. Pasan porque son elegidos para pasar. Los obispos en realidad también pasan, pero más lento, mucho más lento. Los que más nos quedamos somos nosotros, los ciudadanos, los habitantes, los feligreses, aunque en el fondo, también pasamos.

Todos pasamos, pero algunos nos comprometemos más que otros, o estamos más comprometidos –aunque más no sea porque no nos queda otra alternativa–, o nos comprometen más los que pasan más rápido y hacen cosas que después entre los que nos quedamos tenemos que pagar o que arreglar.

Los gobernantes pasan, nosotros nos quedamos. Nos quedamos arreglando desastres, pagando deudas –externas e internas, sociales y económicas, deudas a la moral y a la justicia, etcétera–, tratando de re-educar conductas sociales que los gobiernos que pasaron exacerbaron o sepultaron por sus intereses de turno.

Claro, es un problema, le damos el poder a tipos –y tipas, no hay que discriminar aun para esto–, que en su gran mayoría se comportan como las gallinas del desayuno sustancioso, ponen huevos mientras nos hacen a nosotros poner el jamón.

Cuatro años, ocho tal vez, contra los setenta y cinco u ochenta de muchos que no llegan a vivir con sus jubilaciones, no porque no las hayan pagado, sino porque alguna “gallina” se las fue robando de a poco para pagar quién sabe que campaña, o para conseguir quién sabe que voto.

Los gobernantes pasan, nosotros nos quedamos. Vivimos en un sistema representativo, “el pueblo gobierna a través de sus representantes”, dice nuestra querida constitución. No podemos hacer consultas populares vinculantes o plebiscitos para todas las decisiones importantes, y aún así dudaría de que las “gallinas” a cargo hagan las preguntas correctas.

¿Será que las gallinas pueden representar a los chanchos? ¿Será que nos tenemos que preocupar más cuando elegimos a quienes nos representan?... porque ellos pasan, nosotros nos quedamos.

Los ridículos tiranos que pretenden reelecciones indefinidas quieren quedarse, pero no son la solución. ¿Cómo hacemos “quedar” a los que nos representan sin caer en la tiranía?

Deberían comprometerse a vivir como el que peor ha de vivir después de que ellos pasan. Deberíamos agarrarlos a todos y meterlos en el congreso, a todos los de todos los partidos, y decirles:

–¿Quieren gobernar?, bien, gobiernen, tienen cuatro años, u ocho si les hace falta, pero cuando eso se termine todos van a vivir por el resto de sus vidas como el que menos tenga de los habitantes que ustedes hayan gobernado, con ese salario, con esa atención médica, con ese acceso a la educación y a los diversos recursos... Después de gobernar se quedan.

¿Aceptarían?...

Hoy me levanté más utópico que lo de costumbre, tal vez con algún brote de anarquismo romántico. Pero es que yo me quedo…, usted se queda, así que dejemos de pensar que las “gallinas” van a arreglar algo, ellas tienen otros objetivos, otras vidas, ellas ponen un huevo –muchas veces nos estrellan uno podrido en la frente– y se van. Nosotros nos quedamos.

¿Cuáles son las cosas importantes con las que nos quedamos? ¿Desde qué ámbito podemos hacer algo para que eso no quede sólo en manos de “gallinas”? ¿Podemos hacer algo más, algo mejor? ¿Podemos poner “chanchos” en el gobierno, aunque más no sea el municipal? Yo creo que sí, pero primero tenemos que entender que los gobernantes pasan, los gobernados nos quedamos.

Lo de ellos, aunque no deba ser así, en el mejor de los casos es un trabajo, lo nuestro es un compromiso de vida, debe ser un compromiso de vida. Comprometámonos, porque, de todos modos, las “gallinas” nos comprometen.




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domingo, octubre 25, 2009

Dylan y Los 007

Por allá por la década del 60 del siglo pasado, Bob Dylan se –y nos– hacía una cantidad de preguntas en una canción que se hizo muy famosa. En la letra de esa canción se encuentran expresadas algunas dudas como estas:

"¿Cuántos caminos el hombre debe recorren antes de que lo llamamos hombre?
…
¿Cuántas veces deben volar las balas de cañón antes de que las prohibamos para siempre?
…
¿Cuántas veces el hombre debe mirar hacia arriba antes de poder ver el cielo?
¿Cuántas orejas debe tener un hombre antes de poder escuchar a la gente llorar?
¿Cuántas muertes deberán ocurrir antes de que el hombre se de cuenta de que demasiadas personas han muerto ya?
…
¿Cuántos años debe existir cierta gente antes de que se le permita ser libre?
¿Cuántas veces puede un hombre voltear su cabeza pretendiendo no haber vis
to?
…"

Muchas preguntas. Buenas preguntas. Preguntas que lastiman porque siguen sin ser respondidas.

Para Dylan las respuestas: flotan en el viento. “The answer my friend, is blowing in the wind”.

Una banda venezolana, también de esa década, “adaptaba” algunos temas famosos y luego los interpretaba con la misma música. El grupo que “tomó prestada” esta canción se llama Los 007, y con la música original cantaba:

“Nada le importa a la gente de mí
nada le importa de mí.
…
Hay quienes gastan dinero en placer
y hay quien no puede comer.
…
El mundo gira y todo sigue igual
como cuando yo no nací
y aun que verdades yo pueda decir
a quién le puede importar
…”

Acá no había preguntas. Parece que a pesar de haber tomado la música fielmente, la “bajada” de la letra desde Estados Unidos a Latinoamérica (esta canción también la cantaba más al sur el famoso Sandro) le puso un toque pesimista a las preguntas de Dylan. ¿O sería que lo que el viento le contestaba a Dylan hacía que las preguntas fuesen en realidad irónicas?

El estribillo de la canción de Los 007 sentenciaba:

“Basta de hablar
por que es igual
dejen el viento soplar”.

Resignación. No era lo que Dylan decía. Aparentemente en una entrevista que le hicieron sobre la canción, insinuándole que sus preguntas tenían una respuesta poco feliz, el contestó:

“…la mejor forma de responder a las preguntas de la canción, es exponerlas”.

Lo que le soplaba en el viento a Dylan no sería maravilloso, pero él sugería seguir exponiendo las preguntas, tal vez hasta que alguien las quisiera escuchar. La otra canción, la que a millones que no sabían inglés les habrá sonado igual, llamaba a la resignación… ¿qué diferencia notable, no?

Una de las preguntas de la canción original de Dylan pretendía saber:

“¿Cuántos años puede existir una montaña antes de ser tragada por el mar?”

Supongo que algún estudioso de las montañas o de los mares podría responder a eso, pero seguramente la respuesta sería algo así como miles de años. Que la erosión destruya sistemáticamente la montaña, y el viento la lleve al mar, debe ser un proceso lento.

¿O sería que Dylan, hace 50 años, previendo el desastre ecológico en el que el hombre metió al planeta, estaba avizorando inundaciones terribles que harían al mar comerse a las montañas en poco tiempo? Este plazo corto sería bueno para responder a las otras preguntas, lo negativo es que nadie quedaría para ver a las balas de cañón prohibidas, o a la gente entendiendo que ya murieron o lloraron demasiados seres humanos.

¿Tan “irónica” será la letra? ¿Nos podremos contestar finalmente las preguntas cuando sea tan tarde que ya hayamos arruinado todo? Espero que no.

Definitivamente no me quiero resignar. Tal vez haya algunas preguntas, como la de la prohibición de las balas o la de la montaña, que solo no pueda responder; pero hay algunas que son preguntas personales, que no tengo que esperar a nadie para contestar ni tampoco buscar la respuesta en el soplido del viento.

Yo me puedo contestar cuanto tiempo voy a tardar para escuchar llorar al que tengo al lado, yo me puedo contestar cuanto tiempo hace falta para que me sensibilice lo suficiente como para ver que no estoy solo en este mundo.

Yo me puedo contestar cuanto tiempo más voy a dar vuelta la cabeza ante la injusticia, ante la corrupción, ante el hambre; y no estoy hablando del hambre en África –que es muy importante pero no puedo resolver–, estoy hablando del hambre del que tengo enfrente, o incluso del hambre de afecto de mi hijo, o de mi tía mayor a la que ignoro desde hace años y la cuál me necesita.

Esas preguntas me las puedo contestar yo solo, y usted también. No hace falta resignarnos, exponer las preguntas no es la única salida; podemos contestarnos algunas nosotros solos enfrente del espejo; eso sí, si la respuesta no nos agrada la culpa es nuestra, no miremos alrededor, no echemos la culpa al “mundo” que gira desde que nosotros nacimos.

Hay una parte del mundo a la que nosotros hacemos girar, en esa, al menos, si sólo dejamos al viento soplar, es porque no somos lo suficientemente… (Llene cada uno, con su conciencia y su espejo, los puntos suspensivos).



J. R. Lucks



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domingo, agosto 09, 2009

Palabras de moda I

Hay una palabra, entre otras, que parece gustarle mucho al mundo de hoy. Me refiero a la inmediatez.

Queremos las cosas ya. Inmediatamente. La información, los placeres, los gustos. Lo disfrutable lo es más si es ya, ahora, en este momento, en este instante… como si no hubiese mañana, como si no fuese a haber futuro.

El refrán por excelencia para soportar este afán de inmediatez, esta desesperación por lo rápido, por lo urgente, es tal vez uno de los más conocidos:

“No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”.

En realidad se ha refinado un poco; así es que nos recomiendan:

“No dejes para mañana lo que puedas comprar, hoy. Créditos al instante”

O podría ser:

“No dejes para mañana las vacaciones en este lugar paradisíaco. Con los cambios en el clima es probable que se desertifique prontamente.”

Hasta tal vez:

“No dejes para mañana lo que puedas consumir hoy. Mañana tal vez ya no esté de moda y no pueda vendértelo”

Seguramente estoy exagerando, pero siguiendo la misma línea de pensamiento prefiero no dejar para mañana lo que puedo exagerar hoy. Tal vez mañana, muy probablemente si seguimos como vamos, ya no sea una exageración.

Inmediato quiere decir que sucede sin tardanza, enseguida; pero también cercano, contiguo, próximo… prójimo. Es interesante porque el prefijo in, que en muchas palabras significa negación (in-moral por ejemplo), aquí significa “en”, o “dentro”. O sea inmediato es: en lo mediato, en el medio, en el momento en el que estamos, en el lugar en el que estamos.

Inmediato es urgente. Como el refrán sugiere: hoy, no mañana. El problema, para los que lo vemos, es a qué le damos urgencia. Como casi siempre la culpa no es del martillo sino del que lo empuña.

Que tal si en lo inmediato nos preocupamos por atender lo verdaderamente inmediato, o sea lo próximo, lo cercano, lo que nos requiere, los que nos grita por favor que lo atendamos. Que tal esta lista de cosas próximas que son inmediatas:

• Hijos que necesitan límites.
• Vecinos con necesidades.
• Niños con hambre.
• Gente sin trabajo a la cuál pudiésemos ayudar.
• Corrupciones que denunciar.
• Parientes que necesitan una mano; o ni tanto, tal vez una oreja; o inclusive menos, una sonrisa.

¿Por qué dejar eso para mañana? ¿Por qué al ser inmediatistas lo somos sólo para algunas cosas? ¿Por qué no ponemos en serio de moda la palabra inmediato y nos dedicamos con urgencia a resolver temas que una vez resueltos, en lo inmediato, dejen de hipotecar el futuro en el que parecemos no creer pero que es tan indefectible como la muerte? ¿Qué tal educar en lo inmediato, para que no tengamos que sufrir la cercanía, la inmediatez, de la pobreza de los que no saben y por eso no pueden? ¿Qué tal construir en lo inmediato medios para que tengamos un país mejor, y no tengamos que sufrir la proximidad, la inmediatez, de la inseguridad que nosotros mismos producimos?

Tal vez me haya equivocado, como tantas otras veces, y lo que esté de moda no sea la inmediatez. Tal vez lo que está de moda es la in-madurez, la falta de ese crecimiento que nos hace discernir qué es lo que hay que hacer hoy y no dejar para mañana, porque si lo dejamos hoy el mañana va a ser una porquería.

Como siempre soy optimista, tal vez no en los resultados inmediatos, pero sí en un mañana en el cual inmediatamente me tengo que poner a trabajar: con mis actitudes, con mis hechos y no sólo con mis palabras, con la educación que les doy a mis hijos… con lo que definitivamente no debo dejar para mañana.



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jueves, agosto 14, 2008

14-08-08. Los idiotas, unplugged

Ser idiota y no poder participar de la actividad pública, no sólo de la gubernamental, sino tampoco querer aportar a lo comunitario, no es algo deseable; pero ser idiota y tener un puesto público es mucho peor. ¿Cuántos idiotas, incapaces de lo público, tendremos como funcionarios?, ¿a cuántos habremos votado sin saber que lo eran, o, peor, aún sabiéndolo?

Tampoco es bueno el ser idiota por no querer contribuir a la sociedad aunque más no sea desde lo básico, desde lo que tiene que ver con los que comparten con nosotros el mismo techo, o la misma oficina, pero mucho peor es ir en contra de la misma, destruyéndola, corrompiéndola, ensuciándola. ¿Será que a veces no sólo no contribuimos con nada, sino que además destruimos lo que hay a nuestro alrededor?, ¿seremos tan idiotas?

Como dije en la columna anterior, idiota viene deriva del griego idiōtēs, y significa falto de capacidad –no desde la instrucción para hacerlo sino desde la voluntad para ello– para los asuntos que tienen que ver con la comunidad, originalmente con la polis griega, que era donde se usaba ese término.

No se empleaba necesariamente como un insulto, sino que era un término descriptivo de la situación de una persona. Obviamente, para un buen ciudadano de una polis griega, ser un idiōtēs no era ningún mérito, pero como digo, la palabra no se usaba necesariamente en forma peyorativa.

En nuestras lenguas modernas este significado original termina derivando en: persona normal y corriente, persona sin educación o ignorante. También se ha definido idiota como lego, que en una de sus acepciones quiere decir: falto de instrucción en una materia determinada; con sinónimos como: ignorante, profano, desconocedor, inculto, iletrado, analfabeto; y antónimos como: enterado, ducho, versado.

La tercera acepción del diccionario de la Real Academia Española (RAE) dice de idiota: tonto, corto de entendimiento. Y la cuarta: que carece de toda instrucción. Idiota también quiere decir según la RAE: engreído sin fundamento para ello.

Por último, nos queda el significado que tiene que ver con la salud mental. Idiota es el que padece de idiocia, que es un trastorno caracterizado por una deficiencia muy profunda de las facultades mentales, congénita o adquirida en las primeras edades de la vida.

En gran parte de los casos la idiocia es una enfermedad de nacimiento, sea por causas hereditarias o por trastornos durante la gestación. Los otros casos son provocados por accidentes cerebrales: golpes, ausencia de oxígeno en el cerebro, lobotomía. Se la considera incurable y sus efectos son difícilmente reversibles, es el retardo mental más agudo.

Los síntomas de los afectados suelen ser la inmovilidad, adolecen incontinencia de los esfínteres, babean, suelen ser mudos o sólo emiten sonidos sin sentido, son en general asociales y no tiene noción del mundo exterior.

No es esta la definición de idiota que estoy usando, aunque el término se utilizó para describir una afección que de alguna forma, lamentablemente para los que la padecen, describe la conducta o el estado de alguien que no puede ser útil a otros, como también, más desde lo social que desde lo físico, describe a los idiōtēs griegos.

Tanto en esta columna como en la anterior, cuando uso la palabra idiota, no lo hago tampoco en forma peyorativa. Me refiero al que por estar tan ensimismado, por mirarse sólo o mayormente a sí, no es capaz de contribuir a la sociedad en la que vive. Me refiero al que no es capaz de aportar a la comunidad porque no quiere, porque decide no hacerlo.

No estoy hablando de los que no pueden contribuir por no haber tenido la instrucción, o por estar privados por exclusión. Esta gente, que lamentablemente es cada día más en el mundo en el que vivimos, es justamente la que reclama de nosotros que no seamos idiotas, y tienen razón en hacerlo. Su exclusión, sus eventuales incapacidades y sus privaciones no son elegidas por ellos. Seguramente en algunos casos pueda haber algo de responsabilidad propia, pero lo cierto es que en la mayoría de los casos están en callejones sin salida para ellos. No tienen otras opciones. Los que estamos fuera de esos callejones somos los que, si no fuésemos tan idiotas, deberíamos ayudarlos a salir.

El idiota moderno al que me refiero, no al que padece idiocia sino el que decide serlo, es un ser que no se dedica a lo público porque no desea aportar nada al otro. Sólo se dedica a lo privado, a su satisfacción personal ya que no le interesa aportar a un fin superior a él o ella, al crecimiento de la comunidad, del grupo, del pueblo, de la ciudad. Su mundo empieza y termina en sí mismo, en sus necesidades, básicas obviamente, ya que las que tienen que ver con la comunidad, que también son necesidades propias aunque no las reconozca, tienen que ser satisfechas por otro que sí tenga capacidades o voluntades desarrolladas para tal fin. El idiota que cree que sólo puede o debe satisfacerse a sí mismo, moriría si no hubiese otras personas, no idiotas, aplicándose a lo que él no se dedica. Pero es que el idiota por decisión está tan ensimismado que probablemente ni sepa que esto es así.

El modelo económico social en el que vivimos tiene desgraciadamente mucho que ver en esto. Al menos yo pienso así. No es que crea en una conspiración global de los mercados, pero sí creo que es un efecto secundario de la forma en que nuestras economías se comportan. El daño a la ecología es algo similar. El agujero de ozono no se hizo porque cientos de miles de personas conspiraron para perforarlo usando desodorantes en aerosol, y el calentamiento global no se produjo porque un grupo de enfermos terroristas decidieron emitir gases contaminantes, ocurrió porque la sociedad no se fijó, al menos hasta ahora, en los efectos secundarios de una industrialización que llevó las cosas un poco más allá de lo que el planeta aguantaba.

El individualismo que idiotiza, en el sentido que los griegos le daban, tiene que ver con esto también. Un gran autor en mi opinión, Eric Fromm (1), decía esto hace algunos años:

“El capitalismo moderno necesita hombres que cooperen mansamente y en gran número; que quieran consumir cada vez más; y cuyos gustos estén estandarizados y puedan modificarse y anticiparse fácilmente. Necesita hombres que se sientan libres e independientes, no sometidos a ninguna autoridad principio o conducta moral, a los que se pueda guiar sin recurrir a la fuerza […].


¿Cuál es el resultado? El hombre moderno está enajenado de sí mismo de sus semejantes y de la naturaleza”.

¿Cómo es que nos pasa esto?, ¿cómo nos vamos enajenando y cerrando sobre nuestro sí?, ¿cómo nos va idiotizando este mundo en el que vivimos?, ¿cómo nos vamos enterrando en una soledad que termina por abrumarnos, y que nos hace salir a buscar relaciones casuales, o a transformar a otras personas en objetos “consumibles” para sentir que no estamos solos? Fromm propone algunas ideas:

“Nuestra civilización ofrece muchos paliativos que ayudan a la gente a ignorar conscientemente esa soledad: en primer término la rutina del trabajo burocratizado y mecánico, que ayuda a la gente a no tomar conciencia de sus deseos de sus deseos humanos mas fundamentales, del anhelo de trascendencia y unidad.


En la medida en que la rutina sola no basta para lograr ese fin, el hombre se sobrepone a su desesperación inconsciente por medio la rutina de la diversión, la consumición pasiva de sonidos y visiones que ofrece la industria del entretenimiento; y además, por medio de la satisfacción de comprar siempre cosas nuevas y cambiarlas inmediatamente por otras


La felicidad del hombre moderno consiste en “divertirse”. Divertirse significa la satisfacción de consumir y asimilar artículos, espectáculos, comida, bebidas, cigarrillos, gente, conferencias, libros, películas, todo se consume, se traga. El mundo es un gran objeto de nuestro apetito”.

Fromm escribió esto que usted acaba de leer en 1959. Hace casi cincuenta años él ya estaba preocupado por esto. ¿Qué diría si viviese aún hoy? ¿Hacia dónde iremos si seguimos así?

Nietzsche, un filósofo que terminó su vida exaltando el egoísmo, escribió unos años antes de morir de locura lo siguiente:

“Tal vez toda la humanidad no sea más que una fase de la evolución de una especie determinada de animales de duración limitada; de suerte que el hombre haya provenido del mono y vuelva otra vez al mono, aunque hoy no haya nadie que tenga interés en este maravilloso desenlace de la comedia.


[…] así también, merced a la ruina eventual de la civilización terrestre en su conjunto, pueda producirse una deformación mucho mayor y, y por último, un embrutecimiento del hombre hasta que lo restituya a su naturaleza simiesca. Precisamente porque podemos abarcar con la mirada esta perspectiva, estamos quizá en situación de prevenir semejante desenlace”.

Estas palabras las escribió en un libro de transición en su forma de pensar: Humano demasiado Humano (2). Éste es el libro en el que comienza, fuertemente, a criticar a la moral, a la religión, y al hombre que según el se estanca en estas tradiciones, mayormente comunitarias, y no ve por sí mismo.

Es probable que mi querido amigo Friedrich, con el que no coincido en muchas cosas, se enojase conmigo si me lee usando sus palabras para defender la sociabilización en vez del egoísmo, pero el mundo pareciera haberle hecho bastante caso y no se perciben muchas mejoras.

Por eso, tal vez, si seguimos como vamos, terminemos involucionando a una naturaleza más animal, menos humana, como forma de la naturaleza de preservarnos a pesar de nosotros mismos. Después de todo, los animales son más comunitarios y, definitivamente, más ecológicos que nosotros. Sólo espero, como dice Nietzsche, que por poder abarcar esta perspectiva con la mirada, estemos a tiempo de prevenirla.

Somos sociables por naturaleza, tanto como que el mundo no debería autodestruirse, o la capa de ozono agujerearse por sí sola. Creo que el individualismo a ultranza que nos idiotiza y los desastres ecológicos son efectos secundarios eventualmente reversibles. La conciencia ecológica comenzó a aparecer y con suerte podremos compensar los efectos nocivos que causamos en el planeta. Tal vez, con un poco de suerte y mucho de conciencia, podamos salir de la idiotez que nos rodea y dejar de privarnos de lo público para poder vivir menos solos en una sociedad mejor.

Fíjense en esta última cita (3) como se combina un poco el tema de convivir con el del mundo en el que nos toca hacerlo:

“Hace más de dos siglos, en 1784, Kant observó que el planeta que habitamos es esférico, y consideró con detenimiento las consecuencias de ese hecho banal: como todos estamos y nos movemos sobre la superficie de esa esfera, señaló Kant, no tenemos otro lugar donde ir y estamos por lo tanto obligados a vivir para siempre en proximidad y compañía de otros. Mantener distancia entre uno y los otros, y aún más ampliarla, es a la larga imposible […] Y esa es la manera como la naturaleza nos ordena aceptar la hospitalidad (recíproca) como precepto supremo, precepto que debemos abrazar y obedecer como modo de dar fin a la larga cadena de ensayos y errores, a las catástrofes causadas por los errores y a la devastación que las catástrofes van dejando a su paso”.

Si no nos convencen las razones sentimentales o de carácter sociológico, que nos convenza la geografía. No se puede decir otra cosa más que: por favor, no seamos idiotas.





J. R. Lucks


Referencias


(1) El arte de amar. Erich Fromm
(2) Humano demasiado Humano. Friedrich Nietzsche
(3) Amor líquido. Zygmunt Barman






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jueves, agosto 07, 2008

07-08-08. Los idiotas

Idiota deriva del griego idiōtēs, y significa: persona que carece de capacidad profesional y por lo tanto no es técnico en una profesión. Se trataba de un ciudadano privado o particular. Podría decirse, en cierta forma, egoísta, ya que sólo veía su ego, o sea por su yo. Era entonces el que no se ocupaba de los asuntos públicos, no era útil a la polis, o sea a la comunidad.

Como el que vive apartado suele adquirir pocos conocimientos, idiota pasó a significar rústico, ignorante, aunque más por decisión que por deficiencia, negado a lo público. Era el hombre que vivía apartado de los negocios, o sea, de la negación de ocio, era el hombre que no se ocupaba.

A su vez este término viene, de idios, que quiere decir: privado, propio, referido a uno mismo. Fíjense que privado, lo privado, que hoy tanto se exalta, significa: falto de. El que esta privado de algo, es que no tiene ese algo.

No deja de sorprenderme como nos confundimos a veces. El hombre que más busca su privacidad, es el que más se priva; y ¿de qué se priva?, justamente de lo público.

Irónicamente, los excluidos, son hoy los más privados. Los que por no tener acceso, sea a la salud, a la educación, a la alimentación correcta, en fin, a lo que sea, terminan siendo los más privados, los que tienen más privaciones.

Por un lado tenemos a infinidad de gente con abundantes recursos materiales buscando la privacidad, privarse de, para terminar compartiendo, hasta cierto punto, lo mismo que tienen los que no tienen nada, privaciones. Unos por ser excluidos, y otros por decisión, ambos terminan privados. Me pregunto: ¿cuánto las privaciones que unos sufren no tendrán que ver con la búsqueda de privacidad de los otros?

Vamos a ver que nos dice la literatura. Hay un libro que me gustó mucho que se llama: Si Aristóteles dirigiera General Motors (1). Es uno de estos libros en los cuales autores típicamente de temas de negocios, toman principios e ideas básicas y tradicionales de la filosofía griega y las aplican al mundo de hoy, al mundo moderno, al frenesí en el que vivimos. Uno de los párrafos dice así:

“Aristóteles se planteó en La política la naturaleza básica de la vida humana en comunidad. ¿Por qué viven juntos los humanos? ¿Qué ocurre cuando los seres humanos se organizan y estructuran sus actividades con otros seres humanos, en vez de intentar volar solos por la vida? A Aristóteles le interesaba, sobre todo, comprender el funcionamiento de las polis, las ciudades-estado de la Grecia de su tiempo; pero a un nivel más general, quería comprender algo universal. Después de pensar mucho tiempo en la polis, llegó a la conclusión siguiente: ‘La ciudad […] es una asociación para el bienestar’”.

La ciudad, una asociación para el bienestar. O sea, la comunidad, debe ser un lugar en el que asociados, a otros obviamente, busquemos el bienestar. Donde juntos, públicamente, busquemos estar bien. Y me puso a pensar esto, no hay que ser idiota, no es en lo privado, y obviamente no es en las privaciones, en donde se encuentra el bienestar, al menos para Aristóteles y para el autor del libro que estoy citando que se llama Tom Morris, sino en la ciudad, en la polis, en la comunidad.

Seguramente hoy se inclina uno a decir que la ciudad es un desastre: tráfico, cortes de calle, miles de líos y agresividades…en definitiva hoy la ciudad parece teatro de conflicto. Veamos que dice Morris basado en lo que ya se pensó hace más de dos mil años:

“La armonía social no sólo es un estado de ausencia de conflictos, sino una consonancia positiva y vibrante y una fortaleza interpersonal, una relación en la que los individuos puedan lograr el desarrollo de sus dones más elevados y disfrutar de la plenitud de la vida en común”.

No es en lo privado que evitaremos los conflictos que muchas veces, por desesperación de ser escuchados, se generan a través de los que sufren privaciones. No seamos idiotas, un piso veinte, o un barrio cerrado, por muy privado que sea, no nos aleja lo suficiente, no nos evita los conflictos, no nos priva.

Hay que buscar la armonía social a través de lo inter-personal, no persiguiendo lo privado, no ejerciendo de la idiotez que nos aleja de lo público. Lo inter-personal, lo que es entre personas, la vida en común, debería llevarnos más rápido a la armonía social que lo privado, que el privarnos o privar a otros.

No hace falta arreglar al mundo todo de una sola vez, que tal si empezamos por el prójimo, que no quiere decir otra cosa que próximo. ¿Por que no empezar por el que tenemos más cerca?

Propongo, como en los programas de ejercicios, empezar con cinco minutos por día de cambiar algo privado, algo idiota, por algo inter-personal, algo entre personas, algo comunitario con el próximo: hijos, esposa, pareja, tío, madre, padre, compañero de oficina,… nada demasiado heroico. A ver si no logramos con eso un poco más de armonía y un poco más de bienestar, que con las privaciones a las que nos sometemos porque nos dicen que está de moda.


J. R. Lucks



Referencias:

(1) Si Aristóteles dirigiera General Motors. Tom Morris. Editorial Planeta, 2005.


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jueves, junio 26, 2008

26-06-08. El líder

Les quiero hablar del liderazgo. De los líderes. Porque últimamente se han generado algunos, otros creen serlo, en fin, hubo últimamente mucho vedetismo entre líderes, pseudo líderes, proyectos de líderes, en fin, pan y circo pero con líderes en vez de con actrices y bailarinas rellenadas con siliconas.

Líder viene del inglés, lead, que significa guiar. El líder es el que te lleva hacia algún lado. Y es interesante ese asunto de guiar a otros, de ser el primero, el que lleva y al que los demás siguen, por eso es como que siempre estuvo de moda ser líder. Es agradable, es bueno.

El asunto es que el mundo ha evolucionado un poco, y no es lo mismo ser líder de una manada de homo sapiens en busca de un mamut para hacerlo a la parrilla, que tratar de ser líder hoy en día, con gente muy informada, o al menos muy llena de información, con gente incluida y gente excluida, con un mundo en el que cada uno cada día más se mira el ombligo, en fin, en donde “el adonde ir” para que ese líder nos guíe, es un poco más complejo que en la antigüedad.

Hay un viejo dicho, que según escuché una vez repetía muy seguido el General Patton (1), y que asemeja el liderazgo a la acción de querer mover una soga estirada sobre el piso. El punto es que si uno quiere mover esta soga no puede pararse detrás de ella y empujarla, porque lo único que va a lograr es que se amontone en una pila y no que avanzace. Para mover la soga estirada hay que pararse delante de ella, tomarla con firmeza y avanzar. Siempre me resultó muy interesante esta analogía porque es muy clara. Lo que también esta analogía me hizo entender, es la que algunos creen la única posición posible para el líder.

El líder es, según esta teoría, alguien que de espaldas a lo liderado, avanza hacia un objetivo sin mirar atrás. No puede mirar atrás porque corre el riesgo de tropezar. Tiene que estar de espaldas a lo liderado o a lo guiado porque tiene que tener la vista puesta en el objetivo, que obviamente ha a estar delante de él.

Seguramente esta postura de liderazgo hace falta en algunas ocasiones, tal vez en las guerras de Patton fuera la más adecuada. El punto es si parte de las novelas y peleas de conventillo que hemos visto últimamente entre alguno de nuestros pseudo líderes, no serán porque han tomado sólo ésta postura de líderes, en vez de las decenas de otras ideas un poco más modernas y avanzadas que hay sobre el tema.

¿Será que no sólo cada uno está mirando para su lado, sino que aparte están de espaldas a su gente y guiándolas a lugares a los cuales tal vez ellos no quieran ir? ¿Sabrán estos auto-convencidos de sus liderazgos donde ellos mismos han de llegar? ¿Sabrán dónde tiene sentido ir?, o nos estarán guiando a lugares ridículos de donde luego, y como siempre, tendremos que volvernos solos, a pie, sin guía, y con una tonelada de decepciones sobre la espalda.

Para cerrar entonces me gustaría compartir unas ideas publicadas por Marco Denevi (2) allá por 1982 (3):

“Frente a un problema concreto, la reacción mental del hombre inteligente es dinámica: buscará el camino de la solución, a menudo a través de exploraciones, de asedios desde distintos flancos, de razonamientos abandonados en un punto y recomenzados en otro, hasta encontrar la salida. En latín, salida se dice exitus, que los ingleses tradujeron por exit. La inteligencia conduce al éxito. […]

Con alguna frecuencia la realidad nos pone, de momento, mentalmente paralíticos. Es cuando decimos que estamos estupefactos, lo cual significa "estar hechos unos estúpidos". La inteligencia, si la tenemos, vendrá a rescatarnos de esa pasajera estupidez […]

Cuanto más complejo sea el problema, más exigirá del inteligente paciencia y esfuerzo, más lo someterá al silencioso y tedioso análisis crítico, y al constante repaso de los conocimientos”.

Yo espero que nuestros líderes dejen un poco de lado la vehemente definición de liderazgo que parecía tanto gustarle a Patton. No estamos en guerra todavía, no hace falta que los guíen hacia una.

Ojalá le hagan caso a Denevi y nos guíen sí, pero a una salida, a un exitus exitoso del atolladero al cual nos han guiado hasta ahora (4). Para eso van a tener que dejar de mirar para sus “incompatibles adelantes”, se van a tener que sentar y usar la inteligencia, la paciencia, el esfuerzo y el análisis crítico. Ojalá aparte de vehemencia tengan al menos alguna de estas habilidades. Por nuestra parte, no somos la hebra de una soga, nos merecemos líderes más completos que los que solo saben tirar de una cuerda. Por eso, no nos dejemos tirar por cualquiera hacia un “adelante” aparentemente egoísta y seguramente incierto.



J. R. Lucks


Referencias

(1) George Smith Patton, Jr. (11 de noviembre de 1885 – 21 de diciembre de 1945), general del Ejército de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. La historia ha dejado la imagen de un brillante pero solitario líder militar salpicado por insubordinaciones, transgresiones y periodos de cierta inestabilidad emocional. Patton trataba de infundir en sus soldados el respeto de su figura por el temor y buscaba la ser idolatrado en forma permanente. Odiaba al soldado cobarde y se mostraba muy complaciente con aquellos que se destacaban en acción.

(2) Marco Denevi nació en Buenos Aires en 1922. Su primera y siempre recordada novela, Rosaura a las diez, obtuvo el Premio Kraft en 1955, iniciándolo en el camino de la literatura. Desde 1980 practicó el periodismo político, actividad que, según él, le ha proporcionado las mayores felicidades en su oficio de escritor. Murió en la Ciudad de Buenos Aires el 12 de diciembre de 1998.

(3) La viveza, entre la inteligencia y la estupidez. Por Marco Denevi, para La Nación, 1982.

(4) En referencia al conflicto entre los productores rurales y el gobierno por las retenciones móviles sobre el precio de la soja de exportación, que al día de la publicación original de la columna llevaba ya más de cien días con cortes de rutas y gran tensión en la población.



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jueves, noviembre 22, 2007

22-11-07. Comida gratis en el infierno

Hoy, como la semana pasada, les traje un cuento del infierno, por este asunto de que después de la crisis, según el presidente, allí estábamos. Como la cosa mejoró, pero todavía no nos declararon salidos, sospecho que en la asunción de su reemplazante se hará el feliz anuncio.

Yo, como dije la semana pasada, creo que el concepto del infierno es un poco más complicado que lo que puede mecharse en un discurso, así que por eso traigo estos cuentos que creo sirven para entender un poco más el asunto, y que los que dan discursos digan lo que quieran.
El de esta semana (a) dice así:

Me contaron que en una bifurcación del camino que empieza con una luz blanca, ese que supuestamente recorren los que tienen experiencias más allá de la muerte, hay un cartel que dice: “Infierno, no lo piense dos veces, comida gratis”.
Suena un poco raro, pero uno de esos personajes que fue y volvió me contó, que antes de mandarlo de vuelta, lo dejaron ver. Efectivamente tomó hacia el lado del infierno, y apenas estaba por entrar, sus dos brazos se convirtieron en cucharas de palo, de dos metros de largo.
–Sin más remedio que avanzar –me contó este caballero– entré y vi el espectáculo más horrendo de mi vida. Efectivamente había comida disponible, maravillosa, y muy apetitosa por todos lados. Pero la gente… ¡Sólo vi hombres y mujeres desesperados! Famélicos, demacrados, llorando y gritando. Desgarrándose de hambre ya que con sus cucharas de mangos de dos metros, no conseguían llevar a la boca ni uno de los manjares que constantemente estaban trayéndoles. La comida caía de sus cucharas al piso. La gente la pisaba arruinándola inmediatamente, ya que en su desesperación, corría de un lado para el otro haciendo malabarismos para poder comer. Un espectáculo patético. Dolor y desesperación.
–Y qué hiciste –me animé a interrumpir.
–Como yo sólo estaba de visita pude salir. Allí entendí porqué ya no hacían más falta los latigazos, el fuego y las torturas. Pensé enseguida que el inventor de ese castigo era realmente el mal personificado. Justo en ese momento escucho una voz que me dice:
–No saques conclusiones apresuradas, ve ahora y mira que pasa del otro lado.
–Como no pensé que algo peor pudiese pasar, fui por el camino hacia el otro lado.
–¿Y qué viste?, ¿cómo era la contracara del infierno? –pregunté ansioso como un colegial.
–Exactamente igual.
–¿Qué? –grité, más intrigado que antes.
–Al entrar, mis brazos nuevamente se convirtieron en cucharas de mangos muy largos y rígidos, igualmente había manjares por todos lados, pero nadie corría. Nadie gritaba. Todos estaban sentados muy placidamente, dándose de comer unos a otros.

¿Qué tal?, ¿eh? Otra vez un cuento que pone las cosas de nuestro lado. No del lado de un funcionario estatal que llega o se va. El que conté la semana pasada tenía que ver con cómo reaccionábamos ante las diversas situaciones. Las puertas del infierno se abrían o cerraban en función de nuestras reacciones, no eran las situaciones en sí las infernales. Esta semana también está ese elemento de nuestra reacción, pero se agrega el tema de la solidaridad. En los dos lados la situación es la misma, hay brazos rígidos y mucha comida. El pensar no sólo en uno mismo, en la propia hambre sino también en la ajena, es lo que diferencia a los dos lugres. Aún los que en el cuento están en el infierno, podrían salir del mismo en el momento en que se hablen con otro y se pongan de acuerdo en finalizar sus mutuas torturas. Ni siquiera tendrían que moverse físicamente al otro lugar.

Tal vez el infierno en el que nos metimos, y del que supongo que nos declararán salidos, tenga algo que ver con esto también. No sólo con la impericia y la incapacidad de un grupo de hombres y mujeres que supuestamente gobernaron durante un tiempo, sino con que más de las veces sólo miramos por nosotros y nada más. Tal vez aunque esos hombres y mujeres que han de gobernarnos alguna vez vayan a ser capaces y decentes, igual nos terminaríamos metiendo en un infierno si sólo seguimos mirando nuestros propios ombligos.

En fin. Ojalá que en los discursos nos saquen del infierno. Ojalá que la situación económica nos saque del infierno a todos, no sólo a la mayoría, porque el asunto de la pobreza y de la indigencia no es como la democracia, termina cuando todos salieron, no sólo cuando la mayoría tiene para comer o educarse. Pero por sobre todo, ojalá que entendamos que el verdadero infierno lo decidimos nosotros con nuestras actitudes. En ese nos metemos y nos sacamos solamente nosotros, los discursos y las demagogias no nos van a ayudar.


J. R. Lucks


Bibliografía:

(a) El cuento adaptado para esta columna se tomó de una versión del mismo llamado: “El bien y el mal”, publicado en: Acertijos Unicistas. Autor Peter Belohlavek. Editorial Blue Eagle Group, 2005.




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jueves, septiembre 06, 2007

06-09-07. Fábulas modernizadas y los espejos cegadores

Hoy quiero traer un clásico doble. Un tema clásico, que es la cuestión de los valores, algo que el hombre como especie trata desde que es hombre. Para graficarlo, una fábula de La Fontaine (a), que es también un autor clásico en cuanto a este forma de literatura. La fábula que quiero recordar hoy es la de la cigarra y la hormiga. Hay básicamente dos versiones que se pueden reconocer como “originales”. En ambas la base es la misma, la cigarra no trabaja durante el verano, y cuando llega el inverno no tiene para comer. La hormiga en cambio, que sí trabaja, tiene reservas cuando llega el frío. La existencia de versiones se produce ya que hay diversos finales de la fábula. En uno, más adaptado a los niños, se exalta la solidaridad. Aparece en ésta una hormiga que deja entrar a la cigarra, comparte con ella, y por supuesto, logra que la invitada se transforme en un ser previsor. En la otra versión, un poco más dura, la hormiga deja que la cigarra muera de hambre y frío. A partir de estas dos básicas, luego se han derivado varias. Por ejemplo hay una condicionada, en la cual la hormiga en realidad es hormigo. Si bien en la misma el trabajador también deja entrar a la cigarra, a cambio de comida y abrigo la hace jugar todo el invierno a que él es Bill Clinton y ella Mónica Lewinsky (1). Pero hoy les traje una versión moderna (b) en la cual, de alguna forma, se refleja un poco este tema del cambio de valores. La lucksización de la versión moderna, entonces, dice así:

Había una vez una hormiga y una cigarra que eran muy amigas... Durante todo el otoño la hormiga trabajó sin parar almacenando comida para el invierno. No aprovechó el sol, la brisa suave del final de la tarde, ni la charla con amigos tomando una cervecita después de trabajar.
Mientras, la cigarra sólo andaba cantando con los amigos en los bares de la ciudad. Sin desperdiciar un minuto cantó durante todo el otoño, bailó, aprovechó el sol, y disfrutó muchísimo sin preocuparse por el mal tiempo que estaba por venir.
Apenas llegó el frío, la hormiga, exhausta de tanto trabajar, se metió en su pobre guarida repleta de comida hasta el techo.
Apenas se acomoda en el sillón, alguien toca el timbre de su casita. Al abrir la puerta, recibe una gran sorpresa, al ver a su amiga la cigarra dentro de un coche último modelo, y con un costoso abrigo de pieles. Desde la calle, la cigarra le dice:
–¡Hola amiga! voy a pasar el invierno en Paris. Nos vemos en el verano. –La hormiga intrigada responde:
–¡Guau!,… bueno... ¡excelente!… Pero ¿qué ocurrió? ¿Dónde conseguiste la plata para ir a Paris, y para comprar esa Ferrari,… y el abrigo? –La Cigarra, excitadísima y con tono de estrella consagrada, responde:
–Imaginate, yo estaba cantando en un bar la semana pasada, y a un productor le gustó mi voz... Firmé un contrato para hacer algunas presentaciones en Paris, y ya me voy. A propósito, ¿necesitas algo de allá?
–¡Si!, –dijo la hormiga– si te encontrás con La Fontaine, decile de mi parte que se puede ir… ¡A LA FÁBULA MADRE QUE ÉL ESCRIBIÓ!

Este tema de buscar la fama, el éxito rutilante e instantáneo, es increíble. No es que esté en desacuerdo con el triunfo merecido de los cantantes, actores o bailarines, me parece fabuloso que lo logren; pero como todo se acelera, una cultura basada en el trabajo y en el ahorro, es considerada prácticamente una cultura de fracaso al compararla con la fama súbita. El que no triunfa de la noche a la mañana, aunque más no sea por cinco minutos, tiende a ser considerado un mediocre o un fracasado. Parecieran más importantes las apariencias de esos cinco minutos, que la solidez de las cosas que nos deberían llevar a merecerlas. Incluso en este tema de la fama asociada al canto o al baile, una vida de conservatorio, es menos buscada que un reality show acelerante.

Para pensar y mucho. Trabajo y orgullo “privado”, o reality show y fama. Y no pregunto esto a los que llegan al reality, sino a cada uno de nosotros en función de nuestros deseos y de cómo vivimos la vida: ¿trabajando? o esperando el toque de la varita mágica. ¿Cuándo construir una familia y una reputación, aunque sólo la conozcan los cinco gatos locos que saben quiénes somos, dejó de ser preferible a dos semanas de espacio en los programas de chimentos? Cuando la fama es objetivo en vez de consecuencia, es cuándo los valores se transforman. Al menos eso creo yo. Para cerrar quiero dejar un cuento cortito (c), que tal vez nos de una pista o un punto de partida para reflexionar. Tiene que ver con la plata, con algo a lo que muchas veces le damos más valor del que realmente tiene, y que tal vez nos distorsiona un poco la visión de las cosas, dice así:

Un discípulo le pregunta a su maestro qué piensa del dinero. El maestro, sin pensarlo demasiado, invita a su joven seguidor a mirar por la ventana.
–Qué ves? –pregunta. El joven responde prontamente.
–Veo a un pobre y enfermo mendigo que pide limosna y piedad. A una anciana arrastrando una pesada bolsa con comestibles, a la que nada mal le vendría una ayuda. A un hombre ciego intentando cruzar la calle, a quién todos parecieran ignorar. Y a un niño corriendo con libros en la mano, pobre, debe estar por llegar tarde a su escuela.
–Bien,… ahora mírate en este espejo, y dime que ves.
–Bueno… –duda el discípulo– sin duda me veo a mí mismo maestro. Pero, ¿qué tiene que ver eso con mi pregunta sobre el dinero?
–Pues medita en lo siguiente: el espejo y la ventana están hechas del mismo vidrio. Sin embargo, una finísima capa de plata, hace que el hombre sólo se vea a sí mismo.

No sé donde dejamos los valores, cuándo los cambiamos, o si los que tenemos son mejores o peores que los que proponía La Fontaine en el siglo XVII. Tal vez haya que hacerle caso a la cigarra moderna, y no a la hormiga. Pero lo que sí me parece indiscutible, es que si sólo nos miramos en espejos, no vamos a ver a más nadie que a nosotros. Y lo peor, es que si sólo miramos a través de capas de plata, y seguimos sin ver a los demás, vamos a terminar chocándonos unos contra otros.



J. R. Lucks


Bibliografía

(a) Fábulas completas de La Fontaine. Edicomunicación, año 1997.
(b) La versión de donde se adaptó esta fábula fue publicada en la siguiente dirección web:
http://blogs.epi.es/eladarve/2005/12/03/la-cigarra-postmoderna/
(c) La versión original de donde se adaptó este cuento se publicó en Cuentos educativos para jóvenes, de Mateo Bautista. Editorial San Pablo, año 2007.


Notas de contexto

(1) Bill Clinton, ex presidente de los Estados Unidos de América, se había visto envuelto en un escándalo mientras aún ejercía la presidencia. Esto se debió a una denuncia de Mónica Lewinsky, ex becaria en la Casa Blanca, quien alegaba haberle practicado sexo oral al señor Clinton, en el propio despacho presidencial.






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