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domingo, enero 10, 2010

La revolución de los buenos

Hay una frase que siempre me gustó mucho (debería según yo considerarse digna de ser “elevada” a la categoría de refrán), que dice algo como esto:

“Lo único que necesita el mal para triunfar, es que los hombres buenos no hagan nada para evitarlo”.

La frase se le asigna a un político y filósofo Irlandés de nombre Edmund Burke, que vivió en el siglo XVIII.

Algunas fuentes le atribuyen a este hombre la paternidad del conservadurismo moderno. Esto me resultó interesante, porque si hay un conservadurismo moderno quiere decir que, supongo vía una revolución, “destronó” al conservadurismo antiguo. Llamativo. Una vez que el revolucionario se instala en el poder quiere conservarlo, por eso se transforma en conservador, pero “moderno”. A veces pienso que si sólo pudiésemos evitar el sufrimiento que nuestros políticos nos causan, y nada más no riésemos de sus idioteces, no necesitaríamos programas cómicos.

Más allá de este paréntesis, hay algunas cosas que sí se le atribuyen con certeza a Burke con las cuales estoy muy de acuerdo, sea conservador o no. Por ejemplo:

“El hombre está calificado para gozar de libertades civiles en la misma proporción en que esté dispuesto a poner límites morales a sus propios apetitos, en proporción a lo que su amor por la justicia sea superior a su rapacidad, en proporción a lo que su sentido común y su capacidad de entendimiento estén por encima de su vanidad, en proporción a cuánto este dispuesto a escuchar el consejo de sabios y rectos en vez de las adulaciones de sus sirvientes”.

No se cuántos políticos pasan por esta prueba. No se cuantos de nosotros pasamos por esta prueba. Si esto no es justo y equilibrado, no se que es justicia ni equilibrio.

Otra frase de Burke que me gustó mucho, y cuyas consecuencias lamentablemente los humanos hemos visto comprobarse una y otra vez, dice:

“Cuando se produce una separación entre la libertad y la justicia, ninguna, en mi opinión, están a salvo”.

Interesante. Me pregunto, ¿alguno de nuestros gobernantes habrá leído estas frases tanto como parecen haber leído y releído a Maquiavelo?

Volviendo a la primera cita que fue la que dio origen a esta columna: ¿qué hay que hacer para que nos creamos lo que dice la frase? ¿Qué materia hay que agregar en las escuelas para que los chicos actúen como sugiere Burke, o quién sea verdaderamente el que puso esas palabras juntas?

Yo estoy convencido de que no hay más gente mala que buena; al contrario, malos en serio hay realmente pocos en proporción a los buenos, a los trabajadores, a los esforzados, a los fieles. ¿Por qué no aplican las reglas de la democracia y los buenos le ganan a los malos? ¿Qué revolución hay que hacer para que se pueda instaurar un nuevo conservadurismo en el que los buenos dominen?

No tengo ninguna respuesta, sólo preguntas. Me alegro de aún tenerlas, quiere decir que no perdí la esperanza. Pienso. Píenselo.

Algunas corrientes filosóficas definen al mal como falta de bien. No como algo en sí mismo, sino como un defecto, como un “hueco”. Suena, esta forma de pensar, también a injusticia: al no hacer el bien necesario, se está permitiendo o causando un mal.

Creo que algunos malditos han ido un poco más allá y le han dado entidad a una maldad que me parece no es sólo falta de bien, sino que es creación de necesidad de un bien que luego se niega o se escatima. Creo que hay una versión de mal que es destrucción, muchas veces sólo por diversión. Otros males tienen que ver con impedir: educación, salud, desarrollo. Desgraciadamente hay demasiadas variedades de mal.

Como me gustan los refranes busco en ellos, y siempre encuentro algo que me ayuda a salir de pensamientos como este. Por ejemplo:

“No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista”.

Sabiendo que los malos son menos, tendiendo en cuenta este refrán (al que le creo), y confiando en que el día que los buenos hagan algo el mal dejará de triunfar, me quedo un poco más tranquilo. La revolución de los buenos ya va a llegar. Las revoluciones suceden cuando nos damos cuenta de que no queremos que nuestro cuerpo siga resistiendo, allí es donde nos revelamos. Lástima que haya que esperar tanto, por eso:

“No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy” y “No pidas que otro haga lo que tu puedes hacer”.

Después de todo:

“Para hacer el bien no hay que pedir permiso”.


J. R. Lucks







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jueves, octubre 04, 2007

04-10-07. Si queremos ser Pumas, podemos

Hoy, para no ser menos que el resto de la humanidad de origen argentino, les voy a hablar de los Pumas (1), sí, porque somos así. La mayoría de nosotros no sabemos nada de rugby, pero un seleccionado gana cuatro partidos y nos transformamos todos en fanáticos y entendidos, les damos espacio en los medios a pesar de que tal vez cuando lo necesitaron no se los dimos, en fin somos exitistas. No creo que sea una característica argentina solamente, debe haber otros países en los cuales su gente sea así. Pero en esos países que hablen otros. Yo estoy acá así que hablo de nuestro exitismo. Como todos estoy contento y les deseo lo mejor a los Pumas. Por eso prefiero decir esto hoy, sin esperar a ver si siguen ganando o no, porque me parece que lo que podemos aprender de esto no depende de que sigan ganando. Todo lo que la gente dice de ellos hoy es verdad, sigan ganando o no. Por eso no tiene sentido esperar para aprender.

Les voy a leer algunas de las palabras que vi o escuche en comentarios, tanto de la gente común que comenta en blogs de los diarios, como de reporteros que hablan en la televisión o escriben en los distintos medios gráficos. Fíjense en esta lista de palabras o expresiones: preaparición, respeto, temple, honestidad deportiva –u honestidad de cualquier tipo en el fondo–, “cuando se quiere se puede” –o sea constancia–, caballerosidad, humildad, garra, coraje, espíritu colectivo; y podía seguir pero en realidad con esto alcanza.

Dos temas relacionados con esta lista. Uno: es increíble la sed que tenemos de vernos representados por alguien que cumpla con esta lista. Estamos evidentemente tan huérfanos de que se asocie lo argentino a esto, que en cuanto olfateamos algo o alguien que lo tiene, despierta en nosotros el exitismo más salvaje. Buena señal, nos atrae una lista de virtudes en vez de una lista de defectos. Ahora, que triste que tengamos tanta sed de estas cualidades, es evidente que no estamos saciados de ellas, o dicho de otro modo: no las encontramos en el día a día. Nos vemos en espejos que no reflejan esto, y cuando encontramos uno que si nos devuelve lo que queremos ver, lo adoramos. Triste realmente.

Dos, o por otro lado, en esta lista no hay nada que no se pueda hacer desde la familia, o desde el trabajo, o desde la silla en la que estemos sentados. Para ser respetuoso, caballero, honesto, etcétera; no hace falta ser Puma, no hace falta estar en un mundial y golpearse la cabeza durante ochenta minutos contra un contrario que mide dos metros y pesa ciento cincuenta kilos.

Esta sed de virtudes que tenemos no es externa a nosotros, en gran medida es interna. No somos así. O tal vez sí seamos así, pero nos da vergüenza ejercer. No contribuimos tal vez lo suficiente a vivir en un medio en que esos valores los tengamos tan presentes, que no nos llamen la atención el verlos en un equipo de lo que sea. Estos muchachos se preparan, y hacen lo que hacen con ganas, respetando a los que tiene en frente. ¿No es imitable su ejemplo en vez de sólo loable? Y si hubiesen perdido porque sus rivales fuesen superiores, ¿su preparación y sus ganas no serían loables de la misma manera? Más allá de la alegría: ¿por qué no aprendemos algo de esto?, ¿por qué no nos proponemos incorporar alguna de las virtudes que nos agradan en estos Pumas, y que seguramente otros Pumas, o Dogos (2) o Murciélagos (3), o cualquier equipo de potrero del deporte que sea, también tuvieron?, aunque no nos hayamos enterado porque a los medios no les pareció tan noticiable.

En fin, no se, creo que se puede aprender. No digo todo esto para deprimirme y regodearme en mis incapacidades, sino para mirar para adelante y ponerme a tratar de ser como lo que me gusta ver en otros. Así que les traje un cuento (a) que espero que nos ayude a tratar de mejorar, a pesar de que tal vez no todos tengamos todas estas cualidades que tanto nos llaman la atención. Aquí va:


Dicen que en la carpintería hubo una asamblea extraordinaria. Se celebraba para arreglar diferencias, pues había un gran malestar.
El asunto empezó muy mal ya que no se podían poner de acuerdo ni para nombrar al presidente de la sesión.
La sierra se ofreció para el servicio pero fue abucheada de inmediato:
–¡Fuera!, sólo sirves para serruchar las ideas de los demás.
Luego de mucho batifondo se pusieron de acuerdo en que las tenazas presidieran, no sin antes anotar en actas el descontento de varios que sostenían que las susodichas sólo apretaban y cortaban toda iniciativa.
–¡Orden en la sala!, tiene la palabra el compañero clavo –sentenciaron las recién elegidas.
–Yo propongo que el martillo sea expulsado. Hace demasiado ruido, se la pasa todo el día golpeando –dijo el que tenía finalmente la palabra.
–Acepto mi culpa –dijo el martillo– pero pido entonces que también sea expulsado el tornillo que para que sirva de algo hay que darle muchas vueltas
–Es como se dice, pero entonces que tal la lija. Es muy áspera en su trato y siempre crea fricciones –se defendió el último imputado.
–Entonces que me dicen del metro –acotó la lija– se la pasa siempre midiendo a los demás como si él fuera perfecto.
Cuando los ánimos se estaban caldeando entró el carpintero. Las herramientas se callaron, y en manos del artesano, luego de unas horas de trabajo, la tosca madera que él había traído se había convertido en un fino mueble.
Al retirarse el hombre la sierra tomó la palabra:
–Compañeros, es más que claro que todos tenemos defectos, pero el carpintero trabaja con nuestras cualidades. Eso es lo que nos hace útiles y valiosos. Propongo que no nos focalizemos en nuestros puntos negativos sino en los positivos.
La asamblea decretó entonces que el martillo era fuerte, que el clavo unía, que la lija eliminaba asperezas, etcétera, etcétera.
Entendieron que trabajar en equipo requiere de aceptación mutua, y de buscar en el otro sus cualidades en vez de sus defectos.


Nosotros no tenemos un carpintero. Si son estos Pumas, u otro equipo, el que nos tiene que enseñar que a pesar de las diferencias se puede, bienvenidos sean. Miremos la lista de virtudes no para alabarla sino para practicarla, y busquemos en los demás sus virtudes en vez de sus defectos. Si en los Pumas todos fuesen forwards o todos pateadores no serían lo que son.

Aprendamos de los Pumas si es que no podemos aprender del Congreso, o de la junta parroquial, o de las empresas en las que trabajamos, o aún de nuestras familias, pero aprendamos, para que cuando seamos parte de esos “equipos” los hagamos funcionar como a los Pumas, y el país pueda festejar algo más que ochenta minutos de algún juego colectivo.

J. R. Lucks

Bibliografía

(a) El original utilizado para adaptar este cuento se llama: “Trabajo en equipo”, y fue publicado en el libro Cuentos educativos para jóvenes; autor: Mateo Bautista. Editorial San Pablo, 2007.

Notas de contexto:

(1) Seleccionado argentino de Rugby que en ese momento estaba disputando el mundial de la especialidad con muy buenos resultados.
(2) Equipo argentino que en el mes de septiembre se había coronado Campeón Mundial de Fútbol, en una competencia organizada para equipos de jugadores gay.
(3) Equipo argentino bicampeón mundial de fútbol de salón para jugadores ciegos o con discapacidades visuales.




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