… continúa de la columna anterior…
La primera estrofa de “A partir de mañana”, de Alberto Cortez, me puso a pensar en muchas cosas; por ejemplo me puso a tratar de ubicar ese punto de inflexión en el que, según la letra, se comienza a volver del viaje de ida.
Sin necesidad de haber encontrado respuesta a la pregunta inicial, también me puso a “decidir” qué era para mí esto de vivir la vida y de morir la muerte… Pero, como el propio Cortez nos “habla” de algunos de esos temas en el resto de la letra, me puse a leer más versos y también a pensarlos.
La segunda estrofa, por ejemplo, pareciera estar destinada a poner un poco de claridad en el asunto de la vuelta del viaje. Dice así:
“A partir de mañana empezaré a vivir una vida más sana,
es decir, que mañana empezaré a rodar por mejores caminos;
el tabaco mejor y también por qué no, las mejores manzanas,
la mejor diversión y en la mesa mejor, el mejor de los vinos”.
Interesante. El a partir de mañana se describe como: vivir una vida más sana y rodar por mejores caminos. La cuestión me cautivó, por la ironía tal vez, o porque me gusta ver las cosas de esa forma. Y nuevamente las preguntas para pensar:
¿Es vivir bien la segunda mitad de la vida vivirla más sanamente?, ¿o sea que vivir bien la primera es excederse o maltratarse? ¿Por qué en la segunda parte de la vida –cuando se muere la segunda parte de la muerte– se ha de andar por mejores caminos?, ¿será porque la primera hay que vivirla andando por malos? ¿Será morir la segunda parte de la muerte alejarla, posponerla?, y por lo tanto vivir una vida más sana servirá para no atraer a la parca más de lo necesario… más de lo que se la haya seducido tal vez muriendo la primera parte de la muerte, cuando se vivía la primera mitad de la vida.
No es mi intención “criticar” la letra, al contrario, pensarla abiertamente; por eso cuestiono: ¿somos así como sugiero en las preguntas?, ¿vivimos sin cuidado y nos cuidamos para morirnos?
¿Es realmente vivir una vida más sana el mejor tabaco y los mejores vinos?, ¿diremos que son mejores cuando sean mejores para la salud, o mejores porque nos “pegan” más fuerte? ¿Son las mejores manzanas las mejores tentaciones?, y de ser así ¿son mejores las tentaciones que más tientan, o las que con menos esfuerzo se satisfacen?, ¿las que hacen más daño, las más caras, las más complejas o rebuscadas… o las más simples y básicas como la risa franca, el amor espontáneo y cosas por el estilo?
Maravillosa estrofa para reflexionar, para abrir la cabeza, para opinar y opinarse, para decidir cómo se quiere vivir y morir.
No pareciera tener nada que ver con mi planteo de dejar un poco de mirarse y vivirse a uno mismo, para empezar a vivir con otros; dedicando partes de nuestra vida a ellos, y dejándonos influir, modificar; muriendo tal vez un poco a nosotros para dejarnos “vivir” (en el buen sentido) por los otros, y obviamente viceversa.
¿Es así?, ¿no tiene nada que ver?, ¿o sí?... Juntando ideas: ¿es la mejor diversión y la mesa mejor la individual, o la compartida?; y si fuese la compartida, entonces, los mejores tabacos, vinos, manzanas y tentaciones, ¿no serán en vez de los más caros o los más fuertes los que se con-viven, los que se com-parten?
¿Será la primera mitad la vida la de conseguir y la segunda la de compartir lo conseguido? ¿Se podrán vivir las dos juntas?, o será la simultaneidad algo impracticable; y no porque dependa de un reloj o calendario, sino porque no se deja una parte y se comienza la otra hasta que cierto nivel de “madurez” permite tomar una decisión al respecto.
…continuará…
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lunes, enero 31, 2011
domingo, septiembre 12, 2010
Inocencia
Leyendo hace no mucho un libro de Anthony de Mello (sacerdote jesuita conocido por sus libros y conferencias sobre espiritualidad donde conjugaba las enseñanzas del budismo con otras de la doctrina judeo-cristiana), me encontré con este poema:
“¡Escucha! Oye el canto del pájaro,
el viento entre los árboles,
el estruendo del océano…;
mira un árbol, una hoja que cae o una flor.
como si fuera la primera vez.
Puede que, de pronto,
entres en contacto con la Realidad,
con ese paraíso del que
nos ha arrojado nuestro saber
por haber caído desde la infancia
…”.
Parece que, tanto sabemos, que creemos no tener nada más por aprender, por conocer. Tanto hemos visto, que damos por hecha la inexistencia de algo que pueda sorprendernos, maravillarnos… ¡Qué triste!, si esto realmente nos pasa.
El autor nos dice que nuestro saber nos ha arrojado del “paraíso”, y que fue porque caímos (supuestamente en el saber) desde la infancia.
Este saber pareciera, entonces, habernos hecho perder la inocencia de la niñez; ésa que hace ver todas las cosas con asombro, con un regocijo de primerizos que no tiene precio, que padres y abuelos disfrutan –y disfruto– casi sin entender, por el hecho de no haberlo experimentado en carne propia en largos años, probablemente demasiado largos.
Inocencia. Apenas pronuncié la palabra me di cuenta de que no sólo la usamos para describir ese estado de la niñez en el que “no saber” permite el asombro.
Uno de esos usos adicionales se vale el mismo significado, pero le da un tono peyorativo. Cuando por ejemplo nos referimos a alguien –adulto normalmente– diciendo: “…ese es un inocente, se cree todo”, estamos queriendo decir que es un sujeto pasible de abuso, que no está “avivado”, que es un tonto. Inclusive usamos la palabra para despreciar: “…a ese ni lo escuches, es un inocentón”, “…no ves la cara de inocente que tiene, lo que diga no vale la pena”.
Muchas palabras se usan así; representan por un lado algo bueno, pero también sirven para “insultar”. Me pregunto: ¿por qué algo bueno insulta?, ¿por qué se supone que sólo se puede ser inocente de niño; y si se lo es en la adultez se transforma uno en objeto de insulto o desprecio?, ¿es saber una obligación y perder por ende la inocencia una consecuencia inevitable?
Además la palabra se usa también –y en realidad mucho más frecuentemente– para nombrar al que no es culpable. O sea que –jugando con los significados– los niños no son culpables (¿de qué, de saber?), pero los adultos tenemos la “obligación” de serlo (ya que crecer y ser inocentón esta mal visto).
Inocente viene de nocivo. El i-nocente es pues el que no es nocivo, palabra que a su vez deriva de un término en latín que significa perjudicar. El inocente no perjudica. El que lo hace –el que sí perjudica a otro–, es culpable.
Está claro –para mí– que el saber en sí no tiene la culpa, sino el que para mal lo usa. Entonces: ¿por qué nos creemos que “inevitablemente” el que sabe abusará de ese saber? ¿Por qué Anthony de Mello nos tiene que pedir, casi como favor, el volver a la inocencia de la infancia?
Es que lamentablemente sí somos culpables. Lo somos de crearnos preconceptos, prejuicios. Lo somos de creer que por haber visto algo, o por haber creído entender alguna cosa, todo lo demás ha de ser igual. En eso, muchos, hemos perdido la inocencia y por lo tanto somos culpables, perjudiciales para otros pero particularmente para con nosotros mismos.
Saber es bueno, lo perjudicial y nocivo es no querer seguir aprendiendo; no permitirnos continuar mirando con asombro y con la curiosidad inocente de los niños, por el solo hecho de creer que con lo que sabemos ya no necesitamos saber más nada.
Que tal si intentamos recuperar la inocencia. La llave de la celda en la que nuestra culpabilidad nos encerró la tenemos nosotros, no hay otro carcelero que nuestra propia voluntad de volver a querer mirar las cosas como realmente son, nuevas; porque las que vimos ya pasaron, y el que las vió –nosotros en algún momento pasado– tampoco existe más. Somos nuevos a cada momento. El saber nos debe hacer nuevos pero no para cerrarnos, sino para volver a mirar –aún lo mismo– desde un peldaño más alto en la escalera del ser mejores.
Mirar las cosas nuevamente como si fuese la primera vez, un recurso que alguien me indicó una vez como requisito para ser poeta. ¿Cómo se hace si no para describir una rosa, o un amor, o lo que sea con la pasión de un poeta cuando compone, si lo descripto no es visto con el asombro de la inocencia?
Nosotros tenemos la llave de la celda en la que “penamos” por la culpabilidad de haber perdido la inocencia. No hay demasiado peligro en abrir esa celda –sólo el de que algún “culpable” nos tilde de inocentones–, y me parece que el potencial placer que nos puede brindar el recuperar la inocencia, bien vale la pena el riesgo.
J. R. Lucks
Referencias
(1) La oración de la rana. Anthony de Mello. Editorial Sal Térrea, 1988.
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“¡Escucha! Oye el canto del pájaro,
el viento entre los árboles,
el estruendo del océano…;
mira un árbol, una hoja que cae o una flor.
como si fuera la primera vez.
Puede que, de pronto,
entres en contacto con la Realidad,
con ese paraíso del que
nos ha arrojado nuestro saber
por haber caído desde la infancia
…”.
Parece que, tanto sabemos, que creemos no tener nada más por aprender, por conocer. Tanto hemos visto, que damos por hecha la inexistencia de algo que pueda sorprendernos, maravillarnos… ¡Qué triste!, si esto realmente nos pasa.
El autor nos dice que nuestro saber nos ha arrojado del “paraíso”, y que fue porque caímos (supuestamente en el saber) desde la infancia.
Este saber pareciera, entonces, habernos hecho perder la inocencia de la niñez; ésa que hace ver todas las cosas con asombro, con un regocijo de primerizos que no tiene precio, que padres y abuelos disfrutan –y disfruto– casi sin entender, por el hecho de no haberlo experimentado en carne propia en largos años, probablemente demasiado largos.
Inocencia. Apenas pronuncié la palabra me di cuenta de que no sólo la usamos para describir ese estado de la niñez en el que “no saber” permite el asombro.
Uno de esos usos adicionales se vale el mismo significado, pero le da un tono peyorativo. Cuando por ejemplo nos referimos a alguien –adulto normalmente– diciendo: “…ese es un inocente, se cree todo”, estamos queriendo decir que es un sujeto pasible de abuso, que no está “avivado”, que es un tonto. Inclusive usamos la palabra para despreciar: “…a ese ni lo escuches, es un inocentón”, “…no ves la cara de inocente que tiene, lo que diga no vale la pena”.
Muchas palabras se usan así; representan por un lado algo bueno, pero también sirven para “insultar”. Me pregunto: ¿por qué algo bueno insulta?, ¿por qué se supone que sólo se puede ser inocente de niño; y si se lo es en la adultez se transforma uno en objeto de insulto o desprecio?, ¿es saber una obligación y perder por ende la inocencia una consecuencia inevitable?
Además la palabra se usa también –y en realidad mucho más frecuentemente– para nombrar al que no es culpable. O sea que –jugando con los significados– los niños no son culpables (¿de qué, de saber?), pero los adultos tenemos la “obligación” de serlo (ya que crecer y ser inocentón esta mal visto).
Inocente viene de nocivo. El i-nocente es pues el que no es nocivo, palabra que a su vez deriva de un término en latín que significa perjudicar. El inocente no perjudica. El que lo hace –el que sí perjudica a otro–, es culpable.
Está claro –para mí– que el saber en sí no tiene la culpa, sino el que para mal lo usa. Entonces: ¿por qué nos creemos que “inevitablemente” el que sabe abusará de ese saber? ¿Por qué Anthony de Mello nos tiene que pedir, casi como favor, el volver a la inocencia de la infancia?
Es que lamentablemente sí somos culpables. Lo somos de crearnos preconceptos, prejuicios. Lo somos de creer que por haber visto algo, o por haber creído entender alguna cosa, todo lo demás ha de ser igual. En eso, muchos, hemos perdido la inocencia y por lo tanto somos culpables, perjudiciales para otros pero particularmente para con nosotros mismos.
Saber es bueno, lo perjudicial y nocivo es no querer seguir aprendiendo; no permitirnos continuar mirando con asombro y con la curiosidad inocente de los niños, por el solo hecho de creer que con lo que sabemos ya no necesitamos saber más nada.
Que tal si intentamos recuperar la inocencia. La llave de la celda en la que nuestra culpabilidad nos encerró la tenemos nosotros, no hay otro carcelero que nuestra propia voluntad de volver a querer mirar las cosas como realmente son, nuevas; porque las que vimos ya pasaron, y el que las vió –nosotros en algún momento pasado– tampoco existe más. Somos nuevos a cada momento. El saber nos debe hacer nuevos pero no para cerrarnos, sino para volver a mirar –aún lo mismo– desde un peldaño más alto en la escalera del ser mejores.
Mirar las cosas nuevamente como si fuese la primera vez, un recurso que alguien me indicó una vez como requisito para ser poeta. ¿Cómo se hace si no para describir una rosa, o un amor, o lo que sea con la pasión de un poeta cuando compone, si lo descripto no es visto con el asombro de la inocencia?
Nosotros tenemos la llave de la celda en la que “penamos” por la culpabilidad de haber perdido la inocencia. No hay demasiado peligro en abrir esa celda –sólo el de que algún “culpable” nos tilde de inocentones–, y me parece que el potencial placer que nos puede brindar el recuperar la inocencia, bien vale la pena el riesgo.
J. R. Lucks
Referencias
(1) La oración de la rana. Anthony de Mello. Editorial Sal Térrea, 1988.
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domingo, agosto 08, 2010
El valor del silencio
Vivimos en una sociedad sobre-comunicada ¿o no? Estamos constantemente recibiendo datos. Estamos expuestos –y nos exponemos por propia voluntad– a comentarios, a opiniones, a interpretaciones de las más variadas. Sabemos –o creemos saber– y pretendemos entender de muchas cosas, por eso buscamos y escuchamos a los que aparentan saber.
Por otro lado nos dicen infinidad de cosas, tratan de influir en nosotros, nos “venden”. Nos quieren in-formar –formar nuestro interior– por todos los medios posibles; y hoy, si hay algo que no falta, son medios.
A todo esto se suman las redes sociales, en donde todos somos receptores pero por sobre todo emisores. Es así como muchas páginas, blogs, perfiles, etcétera, tienen apenas unos pocos seguidores, fans o “amigos”, aunque eso no les impida a sus dueños decir, opinar, contar, mostrar. No sólo queremos escuchar, sino que queremos decir. Podría tal vez afirmarse, sin mucho temor a cometer una equivocación, que queremos hablar cada vez más, y escuchar cada vez menos.
En este contexto vino a mi mente un refrán de esos que por un lado creo es un poco controversial, aunque por otro expresa una grandísima verdad. Este refrán, o proverbio, es en realidad muy antiguo, se ha dicho y repetido en muchas épocas y culturas; ha sido tomado varias veces por grandes filósofos y escritores que a su vez le han puesto sus propias palabras, “adueñándose” así de versiones particulares del mismo. Una de las supuestamente originales aconseja:
“Cuando vayas a decir algo, procura que tus palabras sean más valiosas que el silencio que vas a perturbar”.
Según el refrán el silencio tiene valor. Me pregunto: ¿existe el silencio por sí, o es la falta de sonido? Extraño ¿no? Si no estuviésemos el silencio reinaría, o sea que aparentemente sí existe, no es como otras cosas que se definen por la falta de algo. Nosotros eliminamos el silencio: hablamos.
Hoy, además, donde las pantallas le “hablan” a nuestros ojos, éstos han ido reemplazado en mucho a los oídos, siendo así como las letras escritas –en vez de las pronunciadas– reemplazan también al silencio. En esta sociedad tan informatizada “escuchamos” con los ojos, y las imágenes se han podido difundir por las redes tanto o más que las palabras. Será por eso que también un refrán nos hace notar la cantidad de “dispositivos” que tenemos para ver, versus los que usamos para hablar:
“Tenemos dos ojos para ver mucho y una boca para hablar poco”.
Pero lo cierto es que hablar es bueno, decir está bien, por eso es que hay también refranes que tratan al silencio de mala manera, por ejemplo:
“A veces, el silencio es la peor mentira”.
U otros que le quitan al silencio valor, ya que callar implica ceder, dejar que otro tome la preponderancia; como cuando se dice:
“Quien calla otorga”.
Algunos otros le asignan al silencio el estatus de herramienta estratégica, que como toda herramienta puede usarse para bien o para mal. Con el siguiente refrán podemos percibir cómo el silencio se aconseja para imponerse, aunque tal vez de una manera que podría considerarse, en algunos casos, poco ética:
“Más hace el lobo callando que el perro ladrando”.
En otra línea de ideas, en cambio, también se asegura que guardar silencio es conveniente, por ejemplo cuando se recomienda callar porque:
“Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla”.
Como con muchas otras cosas todo en su justa medida es lo correcto, siendo que los problemas aparecen en las exageraciones, en los excesos. Por eso me quedo con todos estos refranes, pero particularmente con el primero y con este pensamiento que asegura:
“El silencio debiera ser la cualidad de aquellos a quienes faltan las demás”.
En esta sociedad sobre-comunicada, ansiosa por decir y por escuchar, es probable que sea difícil convencer y convencernos de evaluar nuestras cualidades para luego con aguda autocrítica preferir llamarnos a silencio; aunque no por eso debiésemos dejar de intentarlo. Lo que sí más fácilmente podemos hacer es al menos “callar” –no escuchando o mirando tanto– a mucho de lo que tal vez sin darnos cuenta nos exponemos en exceso.
Pensar, reflexionar, meditar, son verbos a los cuales creo deberíamos dar todos un poco más de uso; y para eso el silencio, que tiene más valor que muchos de los “ruidos” que pululan por ahí –como muy probablemente este que yo mismo produzco–, es útil y recomendable.
Si lo que vamos a decir no es más valioso que el silencio no deberíamos decirlo. De la misma manera si lo que vamos a escuchar tampoco lo es, no deberíamos perder el tiempo escuchándolo. Hagámonos silencios para pensar, y para cultivar esas otras cualidades que, eventualmente, valdrá la pena contar o mostrar en reemplazo del algún silencio.
J. R. Lucks
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Por otro lado nos dicen infinidad de cosas, tratan de influir en nosotros, nos “venden”. Nos quieren in-formar –formar nuestro interior– por todos los medios posibles; y hoy, si hay algo que no falta, son medios.
A todo esto se suman las redes sociales, en donde todos somos receptores pero por sobre todo emisores. Es así como muchas páginas, blogs, perfiles, etcétera, tienen apenas unos pocos seguidores, fans o “amigos”, aunque eso no les impida a sus dueños decir, opinar, contar, mostrar. No sólo queremos escuchar, sino que queremos decir. Podría tal vez afirmarse, sin mucho temor a cometer una equivocación, que queremos hablar cada vez más, y escuchar cada vez menos.
En este contexto vino a mi mente un refrán de esos que por un lado creo es un poco controversial, aunque por otro expresa una grandísima verdad. Este refrán, o proverbio, es en realidad muy antiguo, se ha dicho y repetido en muchas épocas y culturas; ha sido tomado varias veces por grandes filósofos y escritores que a su vez le han puesto sus propias palabras, “adueñándose” así de versiones particulares del mismo. Una de las supuestamente originales aconseja:
“Cuando vayas a decir algo, procura que tus palabras sean más valiosas que el silencio que vas a perturbar”.
Según el refrán el silencio tiene valor. Me pregunto: ¿existe el silencio por sí, o es la falta de sonido? Extraño ¿no? Si no estuviésemos el silencio reinaría, o sea que aparentemente sí existe, no es como otras cosas que se definen por la falta de algo. Nosotros eliminamos el silencio: hablamos.
Hoy, además, donde las pantallas le “hablan” a nuestros ojos, éstos han ido reemplazado en mucho a los oídos, siendo así como las letras escritas –en vez de las pronunciadas– reemplazan también al silencio. En esta sociedad tan informatizada “escuchamos” con los ojos, y las imágenes se han podido difundir por las redes tanto o más que las palabras. Será por eso que también un refrán nos hace notar la cantidad de “dispositivos” que tenemos para ver, versus los que usamos para hablar:
“Tenemos dos ojos para ver mucho y una boca para hablar poco”.
Pero lo cierto es que hablar es bueno, decir está bien, por eso es que hay también refranes que tratan al silencio de mala manera, por ejemplo:
“A veces, el silencio es la peor mentira”.
U otros que le quitan al silencio valor, ya que callar implica ceder, dejar que otro tome la preponderancia; como cuando se dice:
“Quien calla otorga”.
Algunos otros le asignan al silencio el estatus de herramienta estratégica, que como toda herramienta puede usarse para bien o para mal. Con el siguiente refrán podemos percibir cómo el silencio se aconseja para imponerse, aunque tal vez de una manera que podría considerarse, en algunos casos, poco ética:
“Más hace el lobo callando que el perro ladrando”.
En otra línea de ideas, en cambio, también se asegura que guardar silencio es conveniente, por ejemplo cuando se recomienda callar porque:
“Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla”.
Como con muchas otras cosas todo en su justa medida es lo correcto, siendo que los problemas aparecen en las exageraciones, en los excesos. Por eso me quedo con todos estos refranes, pero particularmente con el primero y con este pensamiento que asegura:
“El silencio debiera ser la cualidad de aquellos a quienes faltan las demás”.
En esta sociedad sobre-comunicada, ansiosa por decir y por escuchar, es probable que sea difícil convencer y convencernos de evaluar nuestras cualidades para luego con aguda autocrítica preferir llamarnos a silencio; aunque no por eso debiésemos dejar de intentarlo. Lo que sí más fácilmente podemos hacer es al menos “callar” –no escuchando o mirando tanto– a mucho de lo que tal vez sin darnos cuenta nos exponemos en exceso.
Pensar, reflexionar, meditar, son verbos a los cuales creo deberíamos dar todos un poco más de uso; y para eso el silencio, que tiene más valor que muchos de los “ruidos” que pululan por ahí –como muy probablemente este que yo mismo produzco–, es útil y recomendable.
Si lo que vamos a decir no es más valioso que el silencio no deberíamos decirlo. De la misma manera si lo que vamos a escuchar tampoco lo es, no deberíamos perder el tiempo escuchándolo. Hagámonos silencios para pensar, y para cultivar esas otras cualidades que, eventualmente, valdrá la pena contar o mostrar en reemplazo del algún silencio.
J. R. Lucks
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domingo, junio 27, 2010
Rescatar a la nobleza
Hace unos días no tenía nada mejor que hacer que ponerme a pensar –lo cuál por suerte me pasa muy seguido–, y fue así que vino a mi mente la palabra nobleza, su significado e historia.
Nobleza viene del latín nobilis, que se deriva a su vez del verbo noseo y del adjetivo notus, queriendo decir respectivamente «conocer» y «conocido». En su orígen noble era el que se distinguía por sus hechos virtuosos entre los demás hombres, y por lo tanto era deseable que su “notable” conducta se conociese, pudiendo así convertirse en un modelo a seguir.
Si bien esto significa, la cosa fue cambiando y noble terminó siendo aquel que heredaba títulos de algún antepasado, el cual –tal vez– había realmente merecido el “mote de”. Como muchos de estos herederos más que nobles –y por ende potenciales modelos para otros– terminaron convirtiéndose en parásitos –ejemplos de lo que no hacer–, la palabra, y de alguna forma la “institución”, cayeron en desgracia.
Se dejó de lado el concepto de noble para referirse al que con mérito y razón debía ser notado por los demás, comenzando a utilizarse el término famoso –lo cual en realidad no es lo mismo– para nombrar al que lograba hacerse conocido públicamente.
Fama también viene del latín pero quiere decir rumor, voz pública. El estatus de famoso se alcanza cuando la gente habla de uno; pero lo cierto es que para que se hable de uno no hace falta ser bueno, modelo de vida, o noble; también se habla de –y son famosos– los ladrones, los grandes asesinos, los tiranos y dictadores, los políticos corruptos, etcétera. Se puede ser famoso por lo bueno, y también –desgraciadamente cada vez más– por lo malo.
Entonces, y siendo que en muchos cuentos de hadas los nobles en sus bravos corceles rescatan princesas prisioneras o pueblos sometidos por villanos, ahora que el concepto de nobleza pareciera en gran medida haber quedado sólo asociado a algunas pocas familias herederas en vías de extinción –desde lo noble al menos–, es que se me ocurrió proponernos rescatar nosotros a la nobleza en el sentido original del término. Noble, notable, modelo, debería ser –nuevamente– el que por sus hechos virtuosos se distingue de entre los demás.
Hoy en día para muchos, notable –mezclando incorrectamente el concepto de fama con el de nobleza– es el que hace más ruido, el que escandaliza más en programas de chimentos, el que retorna de “lugares” a los cuales nunca debió haber llegado o de conductas que nunca debió haber tenido, el que más colágeno y siliconas se pone, etcétera. El verdadero sentido de la nobleza en cambio, de la que implica que alguien se haga digno de ser conocido y deba ser considerado notable y modelo a seguir, es mucho más profundo y afortunadamente dependiente de uno mismo que de los rating televisivos. Un antiguo proverbio nos lo define con gran claridad:
“La verdadera nobleza consiste en ser superior a nuestro yo previo”.
Pero no se refiere el refrán a que el próximo escándalo sea más escandaloso que el anterior, o que la próxima sobredosis sea mayor y más peligrosa que la próxima pasada. La nobleza se construye intentando ser superiores a nuestro yo previo, pero buscando mejorar constantemente en función de lo que es bueno para el hombre en sociedad, no para el hombre en soledad.
¿Cuáles son hoy los valores contra los que se debería medir la verdadera nobleza? ¿A qué le damos valor y a qué le deberíamos dar valor en la sociedad actual, como para asignar roles de modelo de vida y no de modelaje de pasarela?
¿Estamos en un pozo en ese sentido? ¿Tiramos la sociedad al mismo hoyo en el que echamos hace algunos años las cabezas de los pseudo nobles que la perdieron en la Revolución Francesa y otras por el estilo?
No creo… no quiero creerlo… Siempre hay tiempo de reaccionar, al menos eso. Muchos vienen detrás de nosotros en la línea del tiempo; tal vez formemos parte de generaciones que perdieron ciertos valores, pero es igual de verdadero que las nuevas pueden aprender diferente.
Empecemos a ser nobles resucitando valores –aunque más no sea en familia–, que nos permitan rescatar a la nobleza. Verdad, honor, compromiso, trabajo, consideración, respeto, solidaridad, coraje… algunas palabras para pensar, términos que alguna vez hicieron de alguien un noble.
La nobleza en el noble perdura, porque cuando uno es bueno así se queda; la fama es en cambio pasajera, porque un día se habla de uno y al otro día de otro. Aspiremos a la nobleza de espíritu, a la nobleza de corazón, y no nada más a la fama. Con sólo desearlo ya comenzamos a recorrer el camino, y cada paso pide otro, y otro más, porque –y en el buen sentido– es verdad también lo que este otro refrán asegura:
“Nobleza obliga”.
J. R. Lucks
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Nobleza viene del latín nobilis, que se deriva a su vez del verbo noseo y del adjetivo notus, queriendo decir respectivamente «conocer» y «conocido». En su orígen noble era el que se distinguía por sus hechos virtuosos entre los demás hombres, y por lo tanto era deseable que su “notable” conducta se conociese, pudiendo así convertirse en un modelo a seguir.
Si bien esto significa, la cosa fue cambiando y noble terminó siendo aquel que heredaba títulos de algún antepasado, el cual –tal vez– había realmente merecido el “mote de”. Como muchos de estos herederos más que nobles –y por ende potenciales modelos para otros– terminaron convirtiéndose en parásitos –ejemplos de lo que no hacer–, la palabra, y de alguna forma la “institución”, cayeron en desgracia.
Se dejó de lado el concepto de noble para referirse al que con mérito y razón debía ser notado por los demás, comenzando a utilizarse el término famoso –lo cual en realidad no es lo mismo– para nombrar al que lograba hacerse conocido públicamente.
Fama también viene del latín pero quiere decir rumor, voz pública. El estatus de famoso se alcanza cuando la gente habla de uno; pero lo cierto es que para que se hable de uno no hace falta ser bueno, modelo de vida, o noble; también se habla de –y son famosos– los ladrones, los grandes asesinos, los tiranos y dictadores, los políticos corruptos, etcétera. Se puede ser famoso por lo bueno, y también –desgraciadamente cada vez más– por lo malo.
Entonces, y siendo que en muchos cuentos de hadas los nobles en sus bravos corceles rescatan princesas prisioneras o pueblos sometidos por villanos, ahora que el concepto de nobleza pareciera en gran medida haber quedado sólo asociado a algunas pocas familias herederas en vías de extinción –desde lo noble al menos–, es que se me ocurrió proponernos rescatar nosotros a la nobleza en el sentido original del término. Noble, notable, modelo, debería ser –nuevamente– el que por sus hechos virtuosos se distingue de entre los demás.
Hoy en día para muchos, notable –mezclando incorrectamente el concepto de fama con el de nobleza– es el que hace más ruido, el que escandaliza más en programas de chimentos, el que retorna de “lugares” a los cuales nunca debió haber llegado o de conductas que nunca debió haber tenido, el que más colágeno y siliconas se pone, etcétera. El verdadero sentido de la nobleza en cambio, de la que implica que alguien se haga digno de ser conocido y deba ser considerado notable y modelo a seguir, es mucho más profundo y afortunadamente dependiente de uno mismo que de los rating televisivos. Un antiguo proverbio nos lo define con gran claridad:
“La verdadera nobleza consiste en ser superior a nuestro yo previo”.
Pero no se refiere el refrán a que el próximo escándalo sea más escandaloso que el anterior, o que la próxima sobredosis sea mayor y más peligrosa que la próxima pasada. La nobleza se construye intentando ser superiores a nuestro yo previo, pero buscando mejorar constantemente en función de lo que es bueno para el hombre en sociedad, no para el hombre en soledad.
¿Cuáles son hoy los valores contra los que se debería medir la verdadera nobleza? ¿A qué le damos valor y a qué le deberíamos dar valor en la sociedad actual, como para asignar roles de modelo de vida y no de modelaje de pasarela?
¿Estamos en un pozo en ese sentido? ¿Tiramos la sociedad al mismo hoyo en el que echamos hace algunos años las cabezas de los pseudo nobles que la perdieron en la Revolución Francesa y otras por el estilo?
No creo… no quiero creerlo… Siempre hay tiempo de reaccionar, al menos eso. Muchos vienen detrás de nosotros en la línea del tiempo; tal vez formemos parte de generaciones que perdieron ciertos valores, pero es igual de verdadero que las nuevas pueden aprender diferente.
Empecemos a ser nobles resucitando valores –aunque más no sea en familia–, que nos permitan rescatar a la nobleza. Verdad, honor, compromiso, trabajo, consideración, respeto, solidaridad, coraje… algunas palabras para pensar, términos que alguna vez hicieron de alguien un noble.
La nobleza en el noble perdura, porque cuando uno es bueno así se queda; la fama es en cambio pasajera, porque un día se habla de uno y al otro día de otro. Aspiremos a la nobleza de espíritu, a la nobleza de corazón, y no nada más a la fama. Con sólo desearlo ya comenzamos a recorrer el camino, y cada paso pide otro, y otro más, porque –y en el buen sentido– es verdad también lo que este otro refrán asegura:
“Nobleza obliga”.
J. R. Lucks
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domingo, junio 13, 2010
Que no los agarre la lluvia
No hace mucho escuche de un amigo esta historia, quién a su vez la escuchó de alguien que decía haberla escuchado por ahí. Dice así:
“Dos personas llegan a su lugar de trabajo completamente mojados. La recepcionista del lugar pregunta:
- ¿Qué les pasó?
Uno de ellos contesta:
- ¡Me agarró la lluvia!
El otro, casi al unísono con el primero, responde en cambio:
- No me acordé de traer el paraguas”.
Interesante ¿no? El mismo fenómeno natural a uno de ellos lo “agarró”, lo hizo víctima de algo “inevitable”. Este primero “sufrió” la lluvia, algo externo afectó su vida. El otro, en cambio, contesta revisando su conducta. Se hace protagonista de la “mojadura”. Sin dudas toma nota, y se da a sí mismo la posibilidad de tal vez aprender algo para la próxima.
¡Que gran diferencia! Vivir la vida como víctima, o como protagonista. Buscar terceros responsables de nuestras calamidades; o tratar de entender que hacer para evitarlas, esquivarlas, transformarlas en algo –de ser posible– aprovechable.
¿De qué lado estamos? ¿Del lado de aquél al que siempre lo agarra la lluvia, o del que se sabe con al menos cierta chance de prevenirlas?
Estas ideas me hacen acordar de un par de refranes que expresan básicamente lo mismo. Uno de ellos, tal vez el más conocido, aconseja:
“Mira la viga en tu ojo, antes que la paja en el ajeno”.
El otro asegura:
“El jorobado no ve su joroba, sino la ajena”.
Mucha gente se comporta así, “excéntricamente”, o sea buscando en el exterior causas malignas o terceros responsables… en vez de mirar cuál podría ser su capacidad o posibilidad de cambiar las cosas.
Es muy fácil ver defectos en otros, culpas en factores externos, victimizarse ante situaciones aparentemente incontrolables. Es en cambio más bien difícil mirarse críticamente en un espejo, reconocer faltas o desidias que nos llevan a quedar en posiciones de culpa o responsabilidad.
Pues la verdad es que prefiero ser culpable antes que víctima. Como culpable –o responsable– podré pedir perdón e intentar hacerlo mejor la próxima vez. Como víctima, en cambio, no se está más que esperando el golpe, el mal, el sufrimiento.
Hay otro refrán que, siento, tiene una buena relación con este tema. El mismo me gusta mucho y dice:
“El mundo es para los osados, no para los callados”.
Rebelarse contra uno mismo y sus incapacidades temporales es de osados. Asumir responsabilidad y protagonismo es de osados. Pretender hacer al mundo, en vez de sufrirlo, es de osados. Victimizarse es de callados. Me gusta creer que en grandísima medida el destino se hace –con la osadía de creer que se puede, al menos en parte–, y no que sólo se debe esperar por él, callado. Al que nada más espera es muy probable que le llegue cualquier cosa. El que trata de hacer, en cambio, incrementa mucho las posibilidades de lograr lo que quiere, en vez de cualquier cosa.
Pero si esto de hacer el destino resulta demasiado, si no hay ánimo de ser del todo osado, al menos debería tenerse en cuenta este otro refrán para evitar lluvias que mojen:
“Más vale prevenir que curar”.
Siempre se puede cambiar, sólo hay que pasar de víctima –de uno mismo– a protagonista de la propia vida; sin importar cuanto tiempo se haya dejado ir ya, porque también es muy cierto que:
“Más vale tarde que nunca”
J. R. Lucks
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“Dos personas llegan a su lugar de trabajo completamente mojados. La recepcionista del lugar pregunta:
- ¿Qué les pasó?
Uno de ellos contesta:
- ¡Me agarró la lluvia!
El otro, casi al unísono con el primero, responde en cambio:
- No me acordé de traer el paraguas”.
Interesante ¿no? El mismo fenómeno natural a uno de ellos lo “agarró”, lo hizo víctima de algo “inevitable”. Este primero “sufrió” la lluvia, algo externo afectó su vida. El otro, en cambio, contesta revisando su conducta. Se hace protagonista de la “mojadura”. Sin dudas toma nota, y se da a sí mismo la posibilidad de tal vez aprender algo para la próxima.
¡Que gran diferencia! Vivir la vida como víctima, o como protagonista. Buscar terceros responsables de nuestras calamidades; o tratar de entender que hacer para evitarlas, esquivarlas, transformarlas en algo –de ser posible– aprovechable.
¿De qué lado estamos? ¿Del lado de aquél al que siempre lo agarra la lluvia, o del que se sabe con al menos cierta chance de prevenirlas?
Estas ideas me hacen acordar de un par de refranes que expresan básicamente lo mismo. Uno de ellos, tal vez el más conocido, aconseja:
“Mira la viga en tu ojo, antes que la paja en el ajeno”.
El otro asegura:
“El jorobado no ve su joroba, sino la ajena”.
Mucha gente se comporta así, “excéntricamente”, o sea buscando en el exterior causas malignas o terceros responsables… en vez de mirar cuál podría ser su capacidad o posibilidad de cambiar las cosas.
Es muy fácil ver defectos en otros, culpas en factores externos, victimizarse ante situaciones aparentemente incontrolables. Es en cambio más bien difícil mirarse críticamente en un espejo, reconocer faltas o desidias que nos llevan a quedar en posiciones de culpa o responsabilidad.
Pues la verdad es que prefiero ser culpable antes que víctima. Como culpable –o responsable– podré pedir perdón e intentar hacerlo mejor la próxima vez. Como víctima, en cambio, no se está más que esperando el golpe, el mal, el sufrimiento.
Hay otro refrán que, siento, tiene una buena relación con este tema. El mismo me gusta mucho y dice:
“El mundo es para los osados, no para los callados”.
Rebelarse contra uno mismo y sus incapacidades temporales es de osados. Asumir responsabilidad y protagonismo es de osados. Pretender hacer al mundo, en vez de sufrirlo, es de osados. Victimizarse es de callados. Me gusta creer que en grandísima medida el destino se hace –con la osadía de creer que se puede, al menos en parte–, y no que sólo se debe esperar por él, callado. Al que nada más espera es muy probable que le llegue cualquier cosa. El que trata de hacer, en cambio, incrementa mucho las posibilidades de lograr lo que quiere, en vez de cualquier cosa.
Pero si esto de hacer el destino resulta demasiado, si no hay ánimo de ser del todo osado, al menos debería tenerse en cuenta este otro refrán para evitar lluvias que mojen:
“Más vale prevenir que curar”.
Siempre se puede cambiar, sólo hay que pasar de víctima –de uno mismo– a protagonista de la propia vida; sin importar cuanto tiempo se haya dejado ir ya, porque también es muy cierto que:
“Más vale tarde que nunca”
J. R. Lucks
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domingo, mayo 30, 2010
Ni la una ni la otra, las dos
Uno de esos refranes que me hace pensar –como si fuera muy difícil lograrlo–, dice algo que da la impresión de ser simple; aunque según como se lo interprete pudiera llevar a conductas no de lo más recomendables. El susodicho aconseja:
“Donde fueres haz lo que vieres”
A priori parece una excelente sugerencia, con una base sólida de tolerancia y un fuerte requerimiento de adaptabilidad. Implica respeto por los demás, por su forma de vivir y de ser, por sus tradiciones y sus usos y costumbres.
No pareciera poder reprochársele nada. Qué mejor que aconsejar las virtudes que acabo de enumerar: tolerancia, respeto… Por desgracia no siempre lo tenemos presente, ¿no? ¿Cuántas veces queremos cambiar a los demás, no porque el cambio sea mejor para ellos sino porque lo puede ser para nosotros? ¿Cuántas veces para evitar el esfuerzo de adaptarnos a algo, que no necesariamente es malo o nos afecta demasiado, descalificamos conductas de otros, simplemente las ignoramos, o hasta incluso las impedimos?
Percibo, subyacente en el refrán, una pregunta fundamental que demanda saber: ¿quién nos garantiza la sabiduría y la ecuanimidad necesarias como para juzgar las conductas de otros con la intención de cambiarlas? El citado pareciera implicar que nadie, y por lo tanto exhorta a adaptarse.
Donde fueres haz lo que vieres destila consideración, paciencia… hay que incorporar y practicar lo bueno que tiene el proverbio. Pero que tal si decimos que también pudiera estar proponiendo conformismo, despreocupación, aguante, consentimiento, complicidad…
Una frase que siempre me impactó mucho, más allá de tener que correr el riesgo que nos plantea una de las preguntas que acabo de hacernos –¿Quién nos garantiza la sabiduría y la ecuanimidad necesarias como para juzgar las conductas de los otros?–, es de don Johann Wolfgang Goethe y dice:
“Trata a un hombre tal como es, y seguirá siendo lo que es; trátalo como puede y debe ser, y se convertirá en lo que puede y debe ser”.
Esta suena bien también, ¿no?... pero implica todo lo contrario de lo que enseña la frase anterior. Si se va a algún lado, o se encuentra a alguien, y no se lo mira con la idea de su potencial de mejora, no se lo podrá ayudar a desarrollarse. Al hacer lo que se ve, si lo que se ve no es lo mejor, ¿se estará hablando de tolerancia o de chatura, de respeto o de falta de coraje?
Hay una frase de un escritor español que vivió durante la primera mitad del siglo pasado, Pío Baroja, que resulta graciosa más allá de estar o no de acuerdo con todo lo que el amigo Pío pensaba. La frase describe al hombre de la siguiente manera:
“El hombre: un milímetro por encima del mono cuando no un centímetro por debajo del cerdo”.
Cuantas madres, padres, maestros, mentores, etcétera, nos han sacado de esta aparente condena pesimista de don Pío, por su “intolerancia” para con nuestra animalidad.
Qué difícil ser ecuánime, porque respetar al otro es básico pero también lo debe ser ayudarlo a mejorar, a desarrollar su potencial.
Hay que volver indefectiblemente a la pregunta que, creo, no tiene respuesta, o al menos no una fácil de encontrar: ¿Quién nos garantiza la sabiduría y la ecuanimidad necesarias como para juzgar las conductas de los otros?
La búsqueda de equilibrio, la paciencia, la prudencia y por sobre todo las mejores intenciones, tal vez ayuden a equivocarse lo menos posible entre estas dos verdades a las que hay que hacerle caso –aunque no garanticen la infalibilidad.
Por eso, sin respuestas ni recetas, sólo con ganas de pensar y de tratar de ser y de hacer lo mejor posible: Ni la una ni la otra, las dos.
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“Donde fueres haz lo que vieres”
A priori parece una excelente sugerencia, con una base sólida de tolerancia y un fuerte requerimiento de adaptabilidad. Implica respeto por los demás, por su forma de vivir y de ser, por sus tradiciones y sus usos y costumbres.
No pareciera poder reprochársele nada. Qué mejor que aconsejar las virtudes que acabo de enumerar: tolerancia, respeto… Por desgracia no siempre lo tenemos presente, ¿no? ¿Cuántas veces queremos cambiar a los demás, no porque el cambio sea mejor para ellos sino porque lo puede ser para nosotros? ¿Cuántas veces para evitar el esfuerzo de adaptarnos a algo, que no necesariamente es malo o nos afecta demasiado, descalificamos conductas de otros, simplemente las ignoramos, o hasta incluso las impedimos?
Percibo, subyacente en el refrán, una pregunta fundamental que demanda saber: ¿quién nos garantiza la sabiduría y la ecuanimidad necesarias como para juzgar las conductas de otros con la intención de cambiarlas? El citado pareciera implicar que nadie, y por lo tanto exhorta a adaptarse.
Donde fueres haz lo que vieres destila consideración, paciencia… hay que incorporar y practicar lo bueno que tiene el proverbio. Pero que tal si decimos que también pudiera estar proponiendo conformismo, despreocupación, aguante, consentimiento, complicidad…
Una frase que siempre me impactó mucho, más allá de tener que correr el riesgo que nos plantea una de las preguntas que acabo de hacernos –¿Quién nos garantiza la sabiduría y la ecuanimidad necesarias como para juzgar las conductas de los otros?–, es de don Johann Wolfgang Goethe y dice:
“Trata a un hombre tal como es, y seguirá siendo lo que es; trátalo como puede y debe ser, y se convertirá en lo que puede y debe ser”.
Esta suena bien también, ¿no?... pero implica todo lo contrario de lo que enseña la frase anterior. Si se va a algún lado, o se encuentra a alguien, y no se lo mira con la idea de su potencial de mejora, no se lo podrá ayudar a desarrollarse. Al hacer lo que se ve, si lo que se ve no es lo mejor, ¿se estará hablando de tolerancia o de chatura, de respeto o de falta de coraje?
Hay una frase de un escritor español que vivió durante la primera mitad del siglo pasado, Pío Baroja, que resulta graciosa más allá de estar o no de acuerdo con todo lo que el amigo Pío pensaba. La frase describe al hombre de la siguiente manera:
“El hombre: un milímetro por encima del mono cuando no un centímetro por debajo del cerdo”.
Cuantas madres, padres, maestros, mentores, etcétera, nos han sacado de esta aparente condena pesimista de don Pío, por su “intolerancia” para con nuestra animalidad.
Qué difícil ser ecuánime, porque respetar al otro es básico pero también lo debe ser ayudarlo a mejorar, a desarrollar su potencial.
Hay que volver indefectiblemente a la pregunta que, creo, no tiene respuesta, o al menos no una fácil de encontrar: ¿Quién nos garantiza la sabiduría y la ecuanimidad necesarias como para juzgar las conductas de los otros?
La búsqueda de equilibrio, la paciencia, la prudencia y por sobre todo las mejores intenciones, tal vez ayuden a equivocarse lo menos posible entre estas dos verdades a las que hay que hacerle caso –aunque no garanticen la infalibilidad.
Por eso, sin respuestas ni recetas, sólo con ganas de pensar y de tratar de ser y de hacer lo mejor posible: Ni la una ni la otra, las dos.
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domingo, mayo 09, 2010
Aún no es tarde para hablar el mismo idioma
Hay una poesía que da letra a un tema que escuché cantar muchas veces a Gloria Estefan; y que, si bien tiene un sentido particular, me pareció siempre muy bueno como para “estirarlo”, y así poder darle uso en muchas situaciones de cada una de nuestras vidas.
El tema incita a los latinoamericanos a verse como un conjunto de personas a las que une un idioma común, y no como una colección de países que no comparten más que el continente. Más allá de esto, que es obviamente muy deseable, el poema nos enfrenta a una realidad que es más general, y tiene que ver con no querer entendernos a pesar de hablar la misma lengua. El tema empieza de la siguiente manera:
“En la vida hay tantos senderos
por caminar,
qué ironía que al fin
nos llevan al mismo lugar,
a pesar de las diferencias
que solemos buscar.
Respiramos el mismo aire,
despertamos al mismo sol.
Nos alumbra la misma luna,
necesitamos sentir amor.
…"
Nos une mucho más de lo que nos separa, de eso no debería haber duda. Sin embargo nos centramos tanto en nuestra individualidad –haciéndonos así individualistas, adoradores de la individualidad–, que perdemos de vista la raíz común y el hecho de que en realidad “no somos” sin los demás.
Transformamos al otro en audiencia en vez de en complemento, sin darnos del todo cuenta que en realidad para él o ella no somos más que audiencia también. Emitimos sonidos que parecen similares –al hablarnos–, pero como nos preocupamos más por soltar lo nuestro que por recibir lo del otro, no nos comunicamos.
El poema se va directamente a este asunto del hablar, del comunicarse, del porqué producimos conflicto sin razón o no resolvemos los que debemos.
“Hay tanto tiempo que
hemos perdido por discutir,
por diferencias que entre nosotros
no deben existir.
…
Las palabras se hacen fronteras,
cuando no nacen de corazón,
hablemos el mismo idioma
y así las cosas irán mejor.
…
Hablemos el mismo idioma,
que hay tantas cosas porque luchar.
…
Hablemos el mismo idioma,
que nunca es tarde para empezar”.
Más allá de arreglar los problemas entre pueblos latinoamericanos, o europeos, o los que sea –para el caso da lo mismo–, ¿no aplica esto a nuestro entorno más cercano?, ¿no perdemos tiempo discutiendo por diferencias que no deben existir con nuestra pareja, o nuestros hijos o padres?, ¿no tenemos cosas por la que luchar a las cuales podríamos enfrentar mejor si no nos vemos como enemigos que no somos, o como audiencias que no deberíamos ser?
“Nunca es tarde para empezar” es la frase que me quiero quedar. Nunca es tarde para empezar a escuchar, a tratar de comprender, a buscar los puntos de acuerdo antes que enfatizar los de desacuerdo.
Nunca es tarde para darnos cuenta de que perdemos el tiempo intentando sobresalir en lugares en los que no hace falta, porque es mejor ser iguales. Si no sale en el continente, por ser demasiado grande, ¿qué tal en cada uno de nuestros países, o ciudades, o barrios, o al menos en nuestros hogares y en nuestras familias?...
En realidad creo que tal vez sí haya un momento en el que se va a hacer tarde, cuando lleguemos a ese mismo lugar –o tiempo– al que hace referencia la primera estrofa de la canción: al final de nuestra vida. ¿Queremos llegar sin haber entendido nada, sin haber realmente hablado con nadie, sin haber bajado nunca de un escenario en el cuál actuamos un individualismo estéril?
Como no estoy convencido realmente de que nunca sea tarde, para hacerme caso a mí mismo no me voy a enfocar en ese punto de “disidencia” con la letra de la canción. Voy a tratar de hablar el mismo idioma que el autor del poema porque de lo que sí estoy seguro es que si está leyendo esto, y está en algo de acuerdo, pues entonces al menos aún no es tarde, y con eso es suficiente para empezar.
J. R. Lucks
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El tema incita a los latinoamericanos a verse como un conjunto de personas a las que une un idioma común, y no como una colección de países que no comparten más que el continente. Más allá de esto, que es obviamente muy deseable, el poema nos enfrenta a una realidad que es más general, y tiene que ver con no querer entendernos a pesar de hablar la misma lengua. El tema empieza de la siguiente manera:
“En la vida hay tantos senderos
por caminar,
qué ironía que al fin
nos llevan al mismo lugar,
a pesar de las diferencias
que solemos buscar.
Respiramos el mismo aire,
despertamos al mismo sol.
Nos alumbra la misma luna,
necesitamos sentir amor.
…"
Nos une mucho más de lo que nos separa, de eso no debería haber duda. Sin embargo nos centramos tanto en nuestra individualidad –haciéndonos así individualistas, adoradores de la individualidad–, que perdemos de vista la raíz común y el hecho de que en realidad “no somos” sin los demás.
Transformamos al otro en audiencia en vez de en complemento, sin darnos del todo cuenta que en realidad para él o ella no somos más que audiencia también. Emitimos sonidos que parecen similares –al hablarnos–, pero como nos preocupamos más por soltar lo nuestro que por recibir lo del otro, no nos comunicamos.
El poema se va directamente a este asunto del hablar, del comunicarse, del porqué producimos conflicto sin razón o no resolvemos los que debemos.
“Hay tanto tiempo que
hemos perdido por discutir,
por diferencias que entre nosotros
no deben existir.
…
Las palabras se hacen fronteras,
cuando no nacen de corazón,
hablemos el mismo idioma
y así las cosas irán mejor.
…
Hablemos el mismo idioma,
que hay tantas cosas porque luchar.
…
Hablemos el mismo idioma,
que nunca es tarde para empezar”.
Más allá de arreglar los problemas entre pueblos latinoamericanos, o europeos, o los que sea –para el caso da lo mismo–, ¿no aplica esto a nuestro entorno más cercano?, ¿no perdemos tiempo discutiendo por diferencias que no deben existir con nuestra pareja, o nuestros hijos o padres?, ¿no tenemos cosas por la que luchar a las cuales podríamos enfrentar mejor si no nos vemos como enemigos que no somos, o como audiencias que no deberíamos ser?
“Nunca es tarde para empezar” es la frase que me quiero quedar. Nunca es tarde para empezar a escuchar, a tratar de comprender, a buscar los puntos de acuerdo antes que enfatizar los de desacuerdo.
Nunca es tarde para darnos cuenta de que perdemos el tiempo intentando sobresalir en lugares en los que no hace falta, porque es mejor ser iguales. Si no sale en el continente, por ser demasiado grande, ¿qué tal en cada uno de nuestros países, o ciudades, o barrios, o al menos en nuestros hogares y en nuestras familias?...
En realidad creo que tal vez sí haya un momento en el que se va a hacer tarde, cuando lleguemos a ese mismo lugar –o tiempo– al que hace referencia la primera estrofa de la canción: al final de nuestra vida. ¿Queremos llegar sin haber entendido nada, sin haber realmente hablado con nadie, sin haber bajado nunca de un escenario en el cuál actuamos un individualismo estéril?
Como no estoy convencido realmente de que nunca sea tarde, para hacerme caso a mí mismo no me voy a enfocar en ese punto de “disidencia” con la letra de la canción. Voy a tratar de hablar el mismo idioma que el autor del poema porque de lo que sí estoy seguro es que si está leyendo esto, y está en algo de acuerdo, pues entonces al menos aún no es tarde, y con eso es suficiente para empezar.
J. R. Lucks
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domingo, enero 17, 2010
Ya estamos cerca…
Estuve viendo hace poco una película llamada 2012, que cuenta otra versión del “fin del mundo como lo conocemos”.
Supuestamente el 21 de diciembre del año 2012, momento en que llega a su fin un calendario utilizado por el pueblo Maya, sucederán ciertas cuestiones en el conjunto de astros que rodea a la Tierra (alineamiento de planetas, explosiones solares, etcétera) que tendrán un efecto terrible en nuestro querido mundo, causando grandes cataclismos.
En esta versión del fin del mundo los humanos no tenemos la culpa. Sólo somos incapaces de evitarlo, o de darnos cuenta de lo que va a pasar con la suficiente anticipación como para no tener que estar corriendo a último momento.
Aparentemente sigue siendo más fácil saber que fue lo que pasó hace millones de años, con cosas como el Big Bang y el origen de la vida, que predecir el estado del clima y con mucha más razón el fin del mundo.
Estas cosas me hicieron pensar en que ya llegamos al fin de la primera década del siglo XXI (que termina al final del 2010). De hecho el 2012 ya forma parte de la segunda década. Mucha ciencia ficción había puesto fecha de caducidad a nuestro mundo por estos años. Así que o no falta demasiado para saber si nosotros mismos o algo externo que no podemos prever nos hará desaparecer, o si serán todos esos autores y profetas desmentidos.
Si nos va a pegar un meteorito gigante, o una explosión solar va a calentar el centro de la Tierra hasta que explotemos como una olla a presión, es probable que mucho no podamos hacer. Pero que tal si nosotros nos dejamos de romper el “barco” en el que vamos “navegando”.
Hace poco terminó una cumbre mundial para ponerse de acuerdo en qué hacer para evitar que se siga destruyendo el planeta, y nuestros maravillosos líderes no se pudieron poner de acuerdo. Es probable que sea porque como tienen en promedio un par de años más de mandato, y seguramente después se van a vivir a otra galaxia, ésta mucho no les importa.
Me puse a pensar cuanto gastaron para no ponerse de acuerdo, y cuantas vidas de niños desnutridos se hubiesen salvado si ese dinero se invertía en comida. O cuántos sueldos de maestros se hubiesen pagado para educar chicos que, al crecer, tal vez sí se preocupasen en serio por el calentamiento global (si es que para ese momento no es tarde).
Por eso estuve releyendo esa “Carta escrita en el 2070” (1) que circula por Internet , y me sonó mucho más real y concreta que lo que me sonaba cuando la leí por primera vez, no hace demasiado tiempo atrás. En ella alguien cuenta como vive dentro de 60 años y cómo, por falta de agua, la expectativa de vida vuelve a ser de cerca de 50 años al igual que unos cuántos siglos atrás. Se cuentan además algunas otras cosas también algo “aterradoras”, que desgraciadamente suenan cada vez más verosímiles. Es ciencia ficción, que comienza a transformarse en crónica periodística.
Lamentablemente me da la sensación de que estamos más cerca de eso que de la “predicción” que nos hace el autor de la saga de “Terminator”, que dice que para esta época, más o menos, vamos a haber creado computadoras tan inteligentes como para tomar el control y esclavizarnos.
No hay todavía autos voladores o viajes interestelares (apenas logramos mandar sondas a un par de planetas de nuestro propio sistema solar). Si bien nos gobiernan un montón de locos no hubo todavía una guerra nuclear, y no parece que en el futuro cercano las máquinas –o los primates amaestrados del “Planeta de los Simios”– nos vayan a esclavizar.
Parece que antes nos vamos a quedar sin agua, o vamos a tener que pagar para respirar, o vamos nosotros solitos a derretir el hielo de los polos y vamos a tener que vivir en “arcas”. ¿Patético no? Pero nuestros líderes no se ponen de acuerdo. Ellos probablemente no hagan nada. ¿Podremos hacer algo nosotros?
Enseguida me vino esto a la cabeza (también circula en diversas formas por Internet):
“Si lo abrió ¡Ciérrelo!
Si lo encendió ¡Apáguelo!
Si lo enchufó ¡Desenchúfelo!
Si lo ensució ¡Límpielo!
Si está usando algo ¡Cuídelo!
Si es gratis, no lo desperdicie.
Si algo le sirve, trátelo con cariño”.
Ahora ponga las palabras planeta, agua, medioambiente, fauna y flora, ecosistema, energía, aire, árboles, etcétera al final o al principio de cada oración, y eso le va a responder si podemos hacer algo. Una última frase de esta serie de consejos que creo puede servir dice:
“Si no puede hacer lo que quiere, trate de querer lo que hace”.
Puede sonar muy ingenua la poesía que me vino a la mente cuando me puse a pensar si podemos hacer algo desde cada uno de nosotros. Justamente por eso, porque tiene esa carga de idealismo y sencillez, es tal vez que tanto se usa en actos de fin de año de colegios y escuelas, donde los niños tienen que escucharla y creérsela. Ojalá nosotros nos creamos también, un poco, esta letra de Diego Torres:
“…
Saber que se puede, querer que se pueda
quitarse los miedos sacarlos afuera
…
tentar al futuro con el corazón.
…
Es mejor perderse que nunca embarcar
mejor tentarse a dejar de intentar
…
Sé que lo imposible se puede lograr
que la tristeza algún día se irá
y así será la vida cambia y cambiará”.
No confío en los políticos y en sus cumbres, hagamos algo ahora, porque cuando quede poca agua, estoy casi seguro de que ellos se la van a tomar primero.
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Supuestamente el 21 de diciembre del año 2012, momento en que llega a su fin un calendario utilizado por el pueblo Maya, sucederán ciertas cuestiones en el conjunto de astros que rodea a la Tierra (alineamiento de planetas, explosiones solares, etcétera) que tendrán un efecto terrible en nuestro querido mundo, causando grandes cataclismos.
En esta versión del fin del mundo los humanos no tenemos la culpa. Sólo somos incapaces de evitarlo, o de darnos cuenta de lo que va a pasar con la suficiente anticipación como para no tener que estar corriendo a último momento.
Aparentemente sigue siendo más fácil saber que fue lo que pasó hace millones de años, con cosas como el Big Bang y el origen de la vida, que predecir el estado del clima y con mucha más razón el fin del mundo.
Estas cosas me hicieron pensar en que ya llegamos al fin de la primera década del siglo XXI (que termina al final del 2010). De hecho el 2012 ya forma parte de la segunda década. Mucha ciencia ficción había puesto fecha de caducidad a nuestro mundo por estos años. Así que o no falta demasiado para saber si nosotros mismos o algo externo que no podemos prever nos hará desaparecer, o si serán todos esos autores y profetas desmentidos.
Si nos va a pegar un meteorito gigante, o una explosión solar va a calentar el centro de la Tierra hasta que explotemos como una olla a presión, es probable que mucho no podamos hacer. Pero que tal si nosotros nos dejamos de romper el “barco” en el que vamos “navegando”.
Hace poco terminó una cumbre mundial para ponerse de acuerdo en qué hacer para evitar que se siga destruyendo el planeta, y nuestros maravillosos líderes no se pudieron poner de acuerdo. Es probable que sea porque como tienen en promedio un par de años más de mandato, y seguramente después se van a vivir a otra galaxia, ésta mucho no les importa.
Me puse a pensar cuanto gastaron para no ponerse de acuerdo, y cuantas vidas de niños desnutridos se hubiesen salvado si ese dinero se invertía en comida. O cuántos sueldos de maestros se hubiesen pagado para educar chicos que, al crecer, tal vez sí se preocupasen en serio por el calentamiento global (si es que para ese momento no es tarde).
Por eso estuve releyendo esa “Carta escrita en el 2070” (1) que circula por Internet , y me sonó mucho más real y concreta que lo que me sonaba cuando la leí por primera vez, no hace demasiado tiempo atrás. En ella alguien cuenta como vive dentro de 60 años y cómo, por falta de agua, la expectativa de vida vuelve a ser de cerca de 50 años al igual que unos cuántos siglos atrás. Se cuentan además algunas otras cosas también algo “aterradoras”, que desgraciadamente suenan cada vez más verosímiles. Es ciencia ficción, que comienza a transformarse en crónica periodística.
Lamentablemente me da la sensación de que estamos más cerca de eso que de la “predicción” que nos hace el autor de la saga de “Terminator”, que dice que para esta época, más o menos, vamos a haber creado computadoras tan inteligentes como para tomar el control y esclavizarnos.
No hay todavía autos voladores o viajes interestelares (apenas logramos mandar sondas a un par de planetas de nuestro propio sistema solar). Si bien nos gobiernan un montón de locos no hubo todavía una guerra nuclear, y no parece que en el futuro cercano las máquinas –o los primates amaestrados del “Planeta de los Simios”– nos vayan a esclavizar.
Parece que antes nos vamos a quedar sin agua, o vamos a tener que pagar para respirar, o vamos nosotros solitos a derretir el hielo de los polos y vamos a tener que vivir en “arcas”. ¿Patético no? Pero nuestros líderes no se ponen de acuerdo. Ellos probablemente no hagan nada. ¿Podremos hacer algo nosotros?
Enseguida me vino esto a la cabeza (también circula en diversas formas por Internet):
“Si lo abrió ¡Ciérrelo!
Si lo encendió ¡Apáguelo!
Si lo enchufó ¡Desenchúfelo!
Si lo ensució ¡Límpielo!
Si está usando algo ¡Cuídelo!
Si es gratis, no lo desperdicie.
Si algo le sirve, trátelo con cariño”.
Ahora ponga las palabras planeta, agua, medioambiente, fauna y flora, ecosistema, energía, aire, árboles, etcétera al final o al principio de cada oración, y eso le va a responder si podemos hacer algo. Una última frase de esta serie de consejos que creo puede servir dice:
“Si no puede hacer lo que quiere, trate de querer lo que hace”.
Puede sonar muy ingenua la poesía que me vino a la mente cuando me puse a pensar si podemos hacer algo desde cada uno de nosotros. Justamente por eso, porque tiene esa carga de idealismo y sencillez, es tal vez que tanto se usa en actos de fin de año de colegios y escuelas, donde los niños tienen que escucharla y creérsela. Ojalá nosotros nos creamos también, un poco, esta letra de Diego Torres:
“…
Saber que se puede, querer que se pueda
quitarse los miedos sacarlos afuera
…
tentar al futuro con el corazón.
…
Es mejor perderse que nunca embarcar
mejor tentarse a dejar de intentar
…
Sé que lo imposible se puede lograr
que la tristeza algún día se irá
y así será la vida cambia y cambiará”.
J. R. Lucks
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domingo, diciembre 20, 2009
Podemos arreglarlo
Hay un tema de The Beatles, compuesto por Paul McCartney y John Lennon en un aparentemente “raro” ejemplo de colaboración entre ellos, que tiene por título “We can work it out”, o sea el mismo título con el que se ha bautizado esta columna.
Parece que McCartney, en las estrofas de su autoría, le decía a una novia que se alejaba de él para seguir su carrera teatral, que podían arreglarlo si ella viese las cosas como él lo hacía. El poema que da letra a la canción, con algunas frases de Paul y otras de John, dice algo así:
“Trata de verlo a mi manera.
¿Tengo que seguir hablando hasta que no pueda más?
Mientras lo ves a tu manera,
corremos el riesgo de darnos cuenta que nuestro amor pronto se perderá.
Piensa lo que dices.
Puedes estar equivocada y aún así pensar que tienes razón.
…
La vida es muy corta, y no hay tiempo
para discutir y pelear mi amigo.
Yo siempre pensé que es un crimen,
por eso te vuelvo a decir.
Trata de verlo a mi manera…
…”
La escuché miles de veces, la leí, la pensé, la repensé, y no puedo sacarme de la cabeza el pedido que percibo como excluyente: “trata de verlo a MI manera”.
No es mi intención criticar la letra, ya que al hacerlo sin contar la historia completa la estaría sacando de contexto. Tendría que haber vivido la situación para saber si lo que voy a decir aplica a Paul y a su novia o no, por lo tanto no es para con ellos.
Lo cierto es que la mayor parte de la gente que escucha la canción tampoco vivió la historia, y por lo tanto sólo le llegan las palabras; siendo así, lo que no me termina de convencer, como para que sea tomado literalmente, es el pedido de ver las cosas desde un punto de vista –el del que pide– a cambio del otro, en lugar del otro.
Somos expertos en decirles a los demás cómo por ver las cosas como las ven es que se equivocan. Tal vez no lo seamos tanto en meditar si nuestro punto de vista no será el errado.
Yo veo las cosas desde mi punto de vista, desde allí es que decido, pienso, juzgo. Usted ve desde su punto de vista, y desde ese lugar hace lo mismo que yo. No está mal, así es. En algunas cosas coincidimos y en otras no.
En las faltas de coincidencia nos podemos pedir “mirarlo” desde otro punto de vista, pero mirar es una cosa y ver es otra. No sé si puede realmente ver desde un punto de vista ajeno. De cualquier forma, lo que no deberíamos es pedir reemplazar una visión o una mirada por la otra, eso es asumir que el otro está completamente equivocado y que la propia visión es la verdad absoluta.
Soy de los que está “brutalmente” de acuerdo en tratar de ponerse en el lugar de la persona con la que se interactúa, sobre todo si estamos en desacuerdo; pero no para “dejar” de ser yo y transformarme en esa otra persona, sino para hacer el esfuerzo de intentar pensar como el otro, para tratar de percibir las diferencias, no necesariamente para tener que perderme en una mirada o en un pensamiento ajeno.
Harta la gente que cree tener razón y considera, por lo tanto, que el único problema es que los demás aún no vieron las cosas desde su punto de vista. Puedo decir esto, desgraciadamente, porque en gran medida yo soy así. Lucho para morigerar los efectos de mi tozudez y falta de perspectiva, y percibo inmediatamente en otros esos mismos defectos que a mí me cuesta tanto dominar (proyección, según mis amigas psicoanalistas).
Por eso me planteo muy seguido: que tal pensar en crecimientos, en mejoras de los puntos de vista. Que tal si uniendo los dos puntos de vista, como en geometría, trazamos una línea que sea más que dos puntos individuales. No digo que sea fácil, acabo de confesar que a mí me cuesta, pero eso no me desanima a seguir intentando.
Vivo en una ciudad moderna (tal vez) y conflictiva (eso sin duda). Cortes de calles, inseguridad, protestas, violencia verbal en los medios... Todos puntos de vista individuales que quieren ser tenidos en cuenta sin hacer nada por los demás. Mayorías que ganan y gobiernan como si nadie más existiese, y minorías que paran la ciudad o traban cualquier iniciativa porque su punto de vista no es tenido en cuenta. Ninguno busca un punto intermedio, ninguno dibuja “líneas” entre los puntos de vista. Tiranos unos y los otros, en eso sí coinciden. Se habla de consensos, siempre y cuando se haga lo que cada uno quiere (imposible). Se habla de propuestas superadoras (retórica pura que sólo pretende cambiar una opinión por otra, generalmente incompatible).
Aunque si lo pienso dos veces me doy cuenta de que no es mi país y mi ciudad solamente, es un poco el mundo así también, con los subsidios agrícolas que distorsionan mercados, y el calentamiento global que parece importar sólo en las conferencias, y las deudas externas, y el desarrollo de los países que no se desarrollan, y la ayuda humanitaria que no llega, y la que sí llega pero después de la guerra estúpida creada por el mismo que lleva la ayuda, etcétera. Allí también hay sólo puntos de vista y no líneas, allí también hay retórica barata y poca geometría de unificación. ¿Podremos arreglarlo?
Reflexionando sobre esto se me ocurrió que no sólo valdría la pena pensar en la geometría bidimensional. Que tal si pensamos en el espacio, si le damos "volumen" a nuestro pensamiento. Que tal si incorporamos los puntos de vista de los que vienen a vivir el mundo que les estamos destruyendo: nuestros hijos y nietos. Que tal si cuando decidimos ya no sólo lo hacemos egoístamente pensando en nuestro punto de vista; si además agregamos otros de “prójimos”, cercanos y lejanos, y trazamos líneas; y además, como si esto fuese poco, incorporamos los de los que van a venir y entonces dibujamos planos, figuras…
¡Utopías!… utopías mías… ¿o no?... ¿podremos arreglarlo?
Sí podemos, pero antes tendríamos que decidirnos. Eso sí, por favor, no lo vean desde mi punto de vista solamente. Compartamos puntos de vista, empecemos a trazar líneas.
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Parece que McCartney, en las estrofas de su autoría, le decía a una novia que se alejaba de él para seguir su carrera teatral, que podían arreglarlo si ella viese las cosas como él lo hacía. El poema que da letra a la canción, con algunas frases de Paul y otras de John, dice algo así:
“Trata de verlo a mi manera.
¿Tengo que seguir hablando hasta que no pueda más?
Mientras lo ves a tu manera,
corremos el riesgo de darnos cuenta que nuestro amor pronto se perderá.
Podemos arreglarlo.
Podemos arreglarlo.
Podemos arreglarlo.
Piensa lo que dices.
Puedes estar equivocada y aún así pensar que tienes razón.
…
La vida es muy corta, y no hay tiempo
para discutir y pelear mi amigo.
Yo siempre pensé que es un crimen,
por eso te vuelvo a decir.
Trata de verlo a mi manera…
…”
La escuché miles de veces, la leí, la pensé, la repensé, y no puedo sacarme de la cabeza el pedido que percibo como excluyente: “trata de verlo a MI manera”.
No es mi intención criticar la letra, ya que al hacerlo sin contar la historia completa la estaría sacando de contexto. Tendría que haber vivido la situación para saber si lo que voy a decir aplica a Paul y a su novia o no, por lo tanto no es para con ellos.
Lo cierto es que la mayor parte de la gente que escucha la canción tampoco vivió la historia, y por lo tanto sólo le llegan las palabras; siendo así, lo que no me termina de convencer, como para que sea tomado literalmente, es el pedido de ver las cosas desde un punto de vista –el del que pide– a cambio del otro, en lugar del otro.
Somos expertos en decirles a los demás cómo por ver las cosas como las ven es que se equivocan. Tal vez no lo seamos tanto en meditar si nuestro punto de vista no será el errado.
Yo veo las cosas desde mi punto de vista, desde allí es que decido, pienso, juzgo. Usted ve desde su punto de vista, y desde ese lugar hace lo mismo que yo. No está mal, así es. En algunas cosas coincidimos y en otras no.
En las faltas de coincidencia nos podemos pedir “mirarlo” desde otro punto de vista, pero mirar es una cosa y ver es otra. No sé si puede realmente ver desde un punto de vista ajeno. De cualquier forma, lo que no deberíamos es pedir reemplazar una visión o una mirada por la otra, eso es asumir que el otro está completamente equivocado y que la propia visión es la verdad absoluta.
Soy de los que está “brutalmente” de acuerdo en tratar de ponerse en el lugar de la persona con la que se interactúa, sobre todo si estamos en desacuerdo; pero no para “dejar” de ser yo y transformarme en esa otra persona, sino para hacer el esfuerzo de intentar pensar como el otro, para tratar de percibir las diferencias, no necesariamente para tener que perderme en una mirada o en un pensamiento ajeno.
Mi punto de vista debería poder enriquecerse con la mirada del otro, y viceversa, no necesariamente intercambiarse. No debería ser un: “lo tuyo o lo mío”. ¡Basta de maniqueísmo! ¡Basta de exclusión!
Harta la gente que cree tener razón y considera, por lo tanto, que el único problema es que los demás aún no vieron las cosas desde su punto de vista. Puedo decir esto, desgraciadamente, porque en gran medida yo soy así. Lucho para morigerar los efectos de mi tozudez y falta de perspectiva, y percibo inmediatamente en otros esos mismos defectos que a mí me cuesta tanto dominar (proyección, según mis amigas psicoanalistas).
Por eso me planteo muy seguido: que tal pensar en crecimientos, en mejoras de los puntos de vista. Que tal si uniendo los dos puntos de vista, como en geometría, trazamos una línea que sea más que dos puntos individuales. No digo que sea fácil, acabo de confesar que a mí me cuesta, pero eso no me desanima a seguir intentando.
Que tal si cada uno mantiene su punto de vista pero comparte la visión del otro en esta línea que se acaba de formar, y se busca una solución que sea más y mejor de lo que las soluciones individuales pudiesen haber sido. Basta de MI punto de vista o TU punto de vista. Que la línea represente NUESTRO (nuevo, recién nacido, sinérgico) punto de vista, que la línea una puntos de vista.
Vivo en una ciudad moderna (tal vez) y conflictiva (eso sin duda). Cortes de calles, inseguridad, protestas, violencia verbal en los medios... Todos puntos de vista individuales que quieren ser tenidos en cuenta sin hacer nada por los demás. Mayorías que ganan y gobiernan como si nadie más existiese, y minorías que paran la ciudad o traban cualquier iniciativa porque su punto de vista no es tenido en cuenta. Ninguno busca un punto intermedio, ninguno dibuja “líneas” entre los puntos de vista. Tiranos unos y los otros, en eso sí coinciden. Se habla de consensos, siempre y cuando se haga lo que cada uno quiere (imposible). Se habla de propuestas superadoras (retórica pura que sólo pretende cambiar una opinión por otra, generalmente incompatible).
Aunque si lo pienso dos veces me doy cuenta de que no es mi país y mi ciudad solamente, es un poco el mundo así también, con los subsidios agrícolas que distorsionan mercados, y el calentamiento global que parece importar sólo en las conferencias, y las deudas externas, y el desarrollo de los países que no se desarrollan, y la ayuda humanitaria que no llega, y la que sí llega pero después de la guerra estúpida creada por el mismo que lleva la ayuda, etcétera. Allí también hay sólo puntos de vista y no líneas, allí también hay retórica barata y poca geometría de unificación. ¿Podremos arreglarlo?
Reflexionando sobre esto se me ocurrió que no sólo valdría la pena pensar en la geometría bidimensional. Que tal si pensamos en el espacio, si le damos "volumen" a nuestro pensamiento. Que tal si incorporamos los puntos de vista de los que vienen a vivir el mundo que les estamos destruyendo: nuestros hijos y nietos. Que tal si cuando decidimos ya no sólo lo hacemos egoístamente pensando en nuestro punto de vista; si además agregamos otros de “prójimos”, cercanos y lejanos, y trazamos líneas; y además, como si esto fuese poco, incorporamos los de los que van a venir y entonces dibujamos planos, figuras…
¡Utopías!… utopías mías… ¿o no?... ¿podremos arreglarlo?
Sí podemos, pero antes tendríamos que decidirnos. Eso sí, por favor, no lo vean desde mi punto de vista solamente. Compartamos puntos de vista, empecemos a trazar líneas.
J. R. Lucks
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domingo, octubre 18, 2009
Si no está roto…
Existe un refrán en ingles que aconseja:
“If it ain’t broke it, don’t fix it”
Lo cual significa: si algo no está roto, no intente arreglarlo. Si algo funciona, déjelo “tranquilo”. Incluso tiene un “refrán sinónimo” que también traducido del inglés dice algo así como:
“No discutas con el éxito”
Siempre me pareció un consejo interesante, aunque nunca le hice demasiado caso. Por alguna razón yo siempre me metí con cosas que andaban aunque más no sea para ver cómo andaban. Así rompí unas cuantas, terminé dejando otras en el mismo estado en el que las encontré antes de tocarlas, y eventualmente llegué a lograr que alguna anduviese mejor.
Lo cierto es que hace unos días terminé de perder por este refrán todo el respeto que podía llegar a tenerle, aunque acepto que en algunos casos podría considerarse razonable.
Estuve por diversas razones asistiendo como invitado a unas sesiones de trabajo sobre innovación y creatividad, y obviamente, más allá del impacto que me pudo causar el trabajo en sí, mi mente relacionó el refrán con la innovación e inmediatamente produjo un cortocircuito.
Si se hace caso al refrán no habría innovación, al menos no tanta.
No importa si no esta roto, siempre se puede mejorar. No es relevante que esté funcionando, seguramente hay una mejor forma de lograr la misma cosa, o una forma más económica, o más ecológica, o menos ruidosa, o…
Comer carne cruda, o solamente verduras, “funcionaba” hasta que alguien aplicó el fuego a la cocción. ¿O no? Andar a caballo o en carreta no estaba “roto” como medio de transporte, antes de que alguien inventara el automóvil. Cruzar el Atlántico en barco “andaba bien”, justo hasta antes de que se inventara el aeroplano.
Hay otra frase que apoya esta idea y dice algo así como:
“Si seguís haciendo lo mismo de siempre vas a seguir obteniendo siempre los mismos resultados”.
De aquí es que este tipo de ideas se aplica mucho al mundo de los negocios. Si quiero ganar un nuevo mercado, o atraer a más consumidores, por más que lo que esté haciendo funcione o que mi estrategia no esté “rota”, no voy a mejorar, no voy a crecer, no voy a ser nunca más de lo que soy si no hago algo distinto, si sigo con lo mismo voy a seguir obteniendo los mismos resultados.
Hay un libro que trata sobre esto y se llama justamente: Si no está roto, rómpalo (1) , en el cual los autores justamente recomiendan cambiar las cosas, mirar más allá, pensar en futuros mejores.
Y leyendo algo de esto me vino a la mente otro autor que no tiene nada que ver con los negocios, pero que toma igualmente el tema, José Ingenieros, que escribió maravillosas cosas tratando de convencernos de que quedarse estancado en lo que “anda” no es lo hace avanzar a la humanidad. Por ejemplo cuando, en El Hombre mediocre (2) nos dice:
“La evolución humana es un esfuerzo continuo del hombre para adaptarse a la naturaleza, que evoluciona a su vez. Para ello necesita conocer la realidad ambiente y prever el sentido de las propias adaptaciones: los caminos de su perfección. Sus etapas refléjanse en la mente humana como ideales. Un hombre, un grupo o una raza son idealistas porque circunstancias propicias determinan su imaginación a concebir perfeccionamientos posibles”.
Ideales. Evolución. No sé si hace falta romper lo que no está roto, pero sí hace falta pensar en mejores funcionamientos.
Yo leí por primera vez El Hombre Mediocre muy cerca de los momentos en que también leí: La rebelión de las masas (3) y El Lobo estepario (4) , y me pareció que los tres libros decían lo mismo. Tres autores muy diferentes, provenientes de diversas épocas y culturas, cada uno escribiéndole a las propias y diciéndoles más o menos lo mismo. Daría para un ensayo completo (tal vez algún día lo escriba) comparar esas tres maravillas de la literatura, así que dejo en manos del lector la inquietud de comprobar si lo que estoy diciendo tiene sentido o no.
Lo interesante, para mí, es cómo una frase o refrán tan corto puede producir tantas relaciones, tantas ideas, tantas broncas de que cosas que “andan” estén condenadas a nunca mejorar justamente porque andan…
Esto último me hizo pensar en algo más, y es el cuento de la rana a la cual al ponerla en agua hirviendo salta, obviamente, fuera del recipiente; mientras que a otra, a la que el agua se le va calentando de a poco, se la termina cocinando sin que la misma llegue nunca a notar la diferencia en la temperatura.
La temperatura del agua que se iba calentando de a poco “andaba” para la rana, nunca sintió que tenía que hacer un cambio ya que su ambiente “funcionaba”, aunque la realidad era que se iba arruinando lentamente. ¿No nos pasará a nosotros lo mismo?, ¿no estaremos pensando que hay cosas que “andan” cuando en realidad nuestra vida, nuestra humanidad se va deteriorando poco a poco?, y por no hacer nada, por hacer caso al ahora “maldito” refrán con el que empecé la columna, nos estamos dejando lentamente “cocinar”.
Me quedo con Ingenieros:
“Seres desiguales no pueden pensar de igual manera. Siempre habrá evidente contraste entre el servilismo y la dignidad, la torpeza y el genio, la hipocresía y la virtud. La imaginación dará a unos el impulso original hacia lo perfecto; la imitación organizará en otros los hábitos colectivos. Siempre habrá, por fuerza, idealistas y mediocres.
El perfeccionamiento humano se efectúa con ritmo diverso en las sociedades y en los individuos. Los más poseen una experiencia sumisa al pasado: rutinas, prejuicios, domesticidades. Pocos elegidos varían, avanzando sobre el porvenir…”
Usted sabrá de qué lado quiere ponerse.
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“If it ain’t broke it, don’t fix it”
Lo cual significa: si algo no está roto, no intente arreglarlo. Si algo funciona, déjelo “tranquilo”. Incluso tiene un “refrán sinónimo” que también traducido del inglés dice algo así como:
“No discutas con el éxito”
Siempre me pareció un consejo interesante, aunque nunca le hice demasiado caso. Por alguna razón yo siempre me metí con cosas que andaban aunque más no sea para ver cómo andaban. Así rompí unas cuantas, terminé dejando otras en el mismo estado en el que las encontré antes de tocarlas, y eventualmente llegué a lograr que alguna anduviese mejor.
Lo cierto es que hace unos días terminé de perder por este refrán todo el respeto que podía llegar a tenerle, aunque acepto que en algunos casos podría considerarse razonable.
Estuve por diversas razones asistiendo como invitado a unas sesiones de trabajo sobre innovación y creatividad, y obviamente, más allá del impacto que me pudo causar el trabajo en sí, mi mente relacionó el refrán con la innovación e inmediatamente produjo un cortocircuito.
Si se hace caso al refrán no habría innovación, al menos no tanta.
No importa si no esta roto, siempre se puede mejorar. No es relevante que esté funcionando, seguramente hay una mejor forma de lograr la misma cosa, o una forma más económica, o más ecológica, o menos ruidosa, o…
Comer carne cruda, o solamente verduras, “funcionaba” hasta que alguien aplicó el fuego a la cocción. ¿O no? Andar a caballo o en carreta no estaba “roto” como medio de transporte, antes de que alguien inventara el automóvil. Cruzar el Atlántico en barco “andaba bien”, justo hasta antes de que se inventara el aeroplano.
Hay otra frase que apoya esta idea y dice algo así como:
“Si seguís haciendo lo mismo de siempre vas a seguir obteniendo siempre los mismos resultados”.
De aquí es que este tipo de ideas se aplica mucho al mundo de los negocios. Si quiero ganar un nuevo mercado, o atraer a más consumidores, por más que lo que esté haciendo funcione o que mi estrategia no esté “rota”, no voy a mejorar, no voy a crecer, no voy a ser nunca más de lo que soy si no hago algo distinto, si sigo con lo mismo voy a seguir obteniendo los mismos resultados.
Hay un libro que trata sobre esto y se llama justamente: Si no está roto, rómpalo (1) , en el cual los autores justamente recomiendan cambiar las cosas, mirar más allá, pensar en futuros mejores.
Y leyendo algo de esto me vino a la mente otro autor que no tiene nada que ver con los negocios, pero que toma igualmente el tema, José Ingenieros, que escribió maravillosas cosas tratando de convencernos de que quedarse estancado en lo que “anda” no es lo hace avanzar a la humanidad. Por ejemplo cuando, en El Hombre mediocre (2) nos dice:
“La evolución humana es un esfuerzo continuo del hombre para adaptarse a la naturaleza, que evoluciona a su vez. Para ello necesita conocer la realidad ambiente y prever el sentido de las propias adaptaciones: los caminos de su perfección. Sus etapas refléjanse en la mente humana como ideales. Un hombre, un grupo o una raza son idealistas porque circunstancias propicias determinan su imaginación a concebir perfeccionamientos posibles”.
Ideales. Evolución. No sé si hace falta romper lo que no está roto, pero sí hace falta pensar en mejores funcionamientos.
Yo leí por primera vez El Hombre Mediocre muy cerca de los momentos en que también leí: La rebelión de las masas (3) y El Lobo estepario (4) , y me pareció que los tres libros decían lo mismo. Tres autores muy diferentes, provenientes de diversas épocas y culturas, cada uno escribiéndole a las propias y diciéndoles más o menos lo mismo. Daría para un ensayo completo (tal vez algún día lo escriba) comparar esas tres maravillas de la literatura, así que dejo en manos del lector la inquietud de comprobar si lo que estoy diciendo tiene sentido o no.
Lo interesante, para mí, es cómo una frase o refrán tan corto puede producir tantas relaciones, tantas ideas, tantas broncas de que cosas que “andan” estén condenadas a nunca mejorar justamente porque andan…
Esto último me hizo pensar en algo más, y es el cuento de la rana a la cual al ponerla en agua hirviendo salta, obviamente, fuera del recipiente; mientras que a otra, a la que el agua se le va calentando de a poco, se la termina cocinando sin que la misma llegue nunca a notar la diferencia en la temperatura.
La temperatura del agua que se iba calentando de a poco “andaba” para la rana, nunca sintió que tenía que hacer un cambio ya que su ambiente “funcionaba”, aunque la realidad era que se iba arruinando lentamente. ¿No nos pasará a nosotros lo mismo?, ¿no estaremos pensando que hay cosas que “andan” cuando en realidad nuestra vida, nuestra humanidad se va deteriorando poco a poco?, y por no hacer nada, por hacer caso al ahora “maldito” refrán con el que empecé la columna, nos estamos dejando lentamente “cocinar”.
Me quedo con Ingenieros:
“Seres desiguales no pueden pensar de igual manera. Siempre habrá evidente contraste entre el servilismo y la dignidad, la torpeza y el genio, la hipocresía y la virtud. La imaginación dará a unos el impulso original hacia lo perfecto; la imitación organizará en otros los hábitos colectivos. Siempre habrá, por fuerza, idealistas y mediocres.
El perfeccionamiento humano se efectúa con ritmo diverso en las sociedades y en los individuos. Los más poseen una experiencia sumisa al pasado: rutinas, prejuicios, domesticidades. Pocos elegidos varían, avanzando sobre el porvenir…”
Usted sabrá de qué lado quiere ponerse.
J. R. Lucks
[1] Si no está roto, rómpalo. R. J. Kriegel y Louis Patler. Warner Books, 1992.
[2] El Hombre mediocre. José Ingenieros. Longseller, 2005.
[3] La rebelión de las masas. José Ortega y Gasset. Alianza, 1999.
[4] El Lobo estepario.Hermann Hesse. Alianza, 1998.
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domingo, octubre 04, 2009
Sarna con gusto pica también, pero…
Me encontré con un refrán –o ¿será que él me encontró a mí?– que me llamó la atención, y seguramente por lo que estaba viviendo me hizo pensar.
El susodicho me decía:
“Si te gusta el arco iris, tendrás que aceptar la lluvia”.
Interesante. Lo deseable tiene un costo asociado. No lo veo desde el lado pesimista de que todo lo bueno trae también algo malo, sino desde la óptica de que se requiere la espera –en la lluvia–, la paciencia, el “trabajo”, para poder disfrutar de algo agradable.
Yo fui criado en una cultura del esfuerzo. Para lograr algo en mi casa, en mi vida, en lo que fuese… había que trabajar, sembrar y esperar, prepararse y probarse, etcétera.
Es cierto que algunas cosas “le caen a uno de arriba”. Sin tener que hacer nada más que estar en el lugar correcto en el momento correcto. Claro que para eso se puede andar por la vida esperando que todo coincida mágicamente, o se puede buscar el lugar y el momento –con pasión, con trabajo, con preparación– y luego “esperar” que te caiga lo que te tiene que caer.
De allí esta frase muy famosa (algunos dicen que de Voltaire, otros que de Séneca) que reza:
“Suerte es cuando la preparación y la oportunidad se encuentran”
Interesante.
No tanto esta frase sino más bien el primer refrán, me hizo pensar en otro también muy conocido; con el cual, a partir de este del arco iris, dejé de estar tan de acuerdo:
“Sarna con gusto no pica”.
La sarna pica, con gusto o no. Lo que pasa es que cuando es con gusto la picazón no importa, o no tiene que importar.
La picazón de la sarna que gusta es la consecuencia de una decisión, que, si bien tomada debe ser menos dolorosa que el gusto, y aún mal tomada habría que soportarla porque es resultado de la propia voluntad. Pero que pica, pica.
Creer que sarna por ser con gusto no pica, podría entenderse como que las consecuencias de las decisiones que uno toma no van a existir, o que de existir se pueden ignorar; y esto, hoy en un mundo tan dedicado al placer y al disfrute (con cierta aversión por el esfuerzo sostenido y el compromiso, desde mi punto de vista), me parece peligroso como mensaje.
Si te gusta el arco iris “aguantate” la lluvia; es más claro, más contundente, no deja lugar a dudas. Casi me dan ganas de “torcerlo” y decir: Si te gustan los arco iris “hace llover”.
Es un tanto difícil hacer llover, al menos sin derrochar agua dejando la manguera abierta colgando de un árbol para ver los siete colores, pero que tal: Si querés un título, estudiá; si querés tal o cual cosa, ahorrá; si querés que te respeten, respetá; si querés un mundo mejor hace algo más que pedir a otros que lo hagan por vos.
Tal vez lo que planteo sea mucho querer. Pero si quiero grandes cosas –como un arco iris– tendré que aceptar la espera, tendré que tener confianza, pero por sobre todo tendré que hacer mi mejor esfuerzo para aportar en lo que pueda a esa “cosa grande”. Claro que “me pica”, pero vale la pena.
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El susodicho me decía:
“Si te gusta el arco iris, tendrás que aceptar la lluvia”.
Interesante. Lo deseable tiene un costo asociado. No lo veo desde el lado pesimista de que todo lo bueno trae también algo malo, sino desde la óptica de que se requiere la espera –en la lluvia–, la paciencia, el “trabajo”, para poder disfrutar de algo agradable.
Yo fui criado en una cultura del esfuerzo. Para lograr algo en mi casa, en mi vida, en lo que fuese… había que trabajar, sembrar y esperar, prepararse y probarse, etcétera.
Es cierto que algunas cosas “le caen a uno de arriba”. Sin tener que hacer nada más que estar en el lugar correcto en el momento correcto. Claro que para eso se puede andar por la vida esperando que todo coincida mágicamente, o se puede buscar el lugar y el momento –con pasión, con trabajo, con preparación– y luego “esperar” que te caiga lo que te tiene que caer.
De allí esta frase muy famosa (algunos dicen que de Voltaire, otros que de Séneca) que reza:
“Suerte es cuando la preparación y la oportunidad se encuentran”
Interesante.
No tanto esta frase sino más bien el primer refrán, me hizo pensar en otro también muy conocido; con el cual, a partir de este del arco iris, dejé de estar tan de acuerdo:
“Sarna con gusto no pica”.
La sarna pica, con gusto o no. Lo que pasa es que cuando es con gusto la picazón no importa, o no tiene que importar.
La picazón de la sarna que gusta es la consecuencia de una decisión, que, si bien tomada debe ser menos dolorosa que el gusto, y aún mal tomada habría que soportarla porque es resultado de la propia voluntad. Pero que pica, pica.
Creer que sarna por ser con gusto no pica, podría entenderse como que las consecuencias de las decisiones que uno toma no van a existir, o que de existir se pueden ignorar; y esto, hoy en un mundo tan dedicado al placer y al disfrute (con cierta aversión por el esfuerzo sostenido y el compromiso, desde mi punto de vista), me parece peligroso como mensaje.
Si te gusta el arco iris “aguantate” la lluvia; es más claro, más contundente, no deja lugar a dudas. Casi me dan ganas de “torcerlo” y decir: Si te gustan los arco iris “hace llover”.
Es un tanto difícil hacer llover, al menos sin derrochar agua dejando la manguera abierta colgando de un árbol para ver los siete colores, pero que tal: Si querés un título, estudiá; si querés tal o cual cosa, ahorrá; si querés que te respeten, respetá; si querés un mundo mejor hace algo más que pedir a otros que lo hagan por vos.
Tal vez lo que planteo sea mucho querer. Pero si quiero grandes cosas –como un arco iris– tendré que aceptar la espera, tendré que tener confianza, pero por sobre todo tendré que hacer mi mejor esfuerzo para aportar en lo que pueda a esa “cosa grande”. Claro que “me pica”, pero vale la pena.
J. R. Lucks
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domingo, septiembre 20, 2009
Proyectos de porvenir, hoy, no mañana
Uno de los refranes tal vez más conocidos es:
“No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”
Tan común y conocido es, que ya me referí a él en “Palabras de moda I”, una columna publicada hace unas semanas. Lo que sucede es que estas pequeñas piezas de literatura, los refranes, encierran mucho más de lo que parece, y por lo tanto puede reflexionarse sobre ellos (al menos un extremista de la reflexión como yo) en varios aspectos.
En aquella columna lo utilicé para pensar en relación a qué es lo inmediato –palabra de moda–, qué realmente debería preocuparnos; qué consideramos inmediato, y qué debería ser priorizado como inmediato.
Pero el mismo dicho puede pensarse de otra forma también, de hecho a la inversa: No hagas hoy lo que puedes dejar para mañana. Y esto, que en español se denomina procrastinar (diferir, aplazar), está notablemente de moda también.
Hoy es momento, mañana es proyecto, es porvenir. Hoy es “aquí y ahora”, mañana… quién sabe.
Hace tiempo me preocupa –me aterra en realidad– cuánto mañana dejamos de lado por el hoy.
Lo que muchas veces nos pasa, con este refrán invertido, es que se deja para mañana el proyecto, el porvenir, porque obviamente eso es mañana. El porvenir está por venir, no llegó, el proyecto (etimológicamente) es lo que se echa hacia delante.
Usamos el “no dejes para mañana” para algunas cosas como el disfrute, el consumo, el placer, los anehelos, y dejamos para mañana el proyecto, el trabajo, el esfuerzo.
Uno de los proyectos que normalmente se deja de lado es el de felicidad, que no es sólo disfrutar; que como proyecto que es requiere de inversiones para poder obtener un resultado. El disfrute es momentáneo, pasajero. La felicidad es proyecto, es aspiracional, es camino.
La felicidad no es sólo un conjunto de momentos disfrutables, es más que eso; de hecho, muchas veces un momento de “disfrute” rompe un proyecto de felicidad. Un exceso en una fiesta, una diversión que se va de límite, termina muchas veces estrellada en una pared o en un poste, destruyendo un proyecto de familia, de felicidad compartida, termina con víctimas inocentes.
Otra de los proyectos que dejamos para mañana es el ahorro, que es por-venir de fortuna para luego poder consumir lo construido, lo acumulado. El consumo es momento; construir lo que ha de consumirse es proyecto. El crédito permite el consumo sin ahorro, pero el crédito hay después que pagarlo, ¿cuál es entonces la gran diferencia?
Si hoy no planto un manzano, para algún día poder tener un momento en el que comer una manzana, si sólo como manzanas y no planto manzanos –ni yo ni nadie–, estoy privándome a mi mismo de momentos de mañana, que cuando lleguen serán presentes, serán “hoy”.
El mañana no existe, uno lo hace. Y, ¿cuándo se construye el mañana?: hoy. El hoy fue construido ayer. ¿Qué hice ayer para tener en el presente un mejor hoy? ¿Puedo disfrutar el presente, o tengo que sufrirlo por no haber echo ayer nada para que hoy fuese mejor?
A mí me gusta jugar con las palabras. Presente, pasado y futuro son palabras con las que se puede jugar, aunque no se deba. El futuro no es algo para jugárselo, el hoy de mañana es demasiado valioso como para echarlo a la suerte.
No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. No dejes para mañana el mañana. Hoy es el día de construir el mañana. Mañana es tarde.
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“No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”
Tan común y conocido es, que ya me referí a él en “Palabras de moda I”, una columna publicada hace unas semanas. Lo que sucede es que estas pequeñas piezas de literatura, los refranes, encierran mucho más de lo que parece, y por lo tanto puede reflexionarse sobre ellos (al menos un extremista de la reflexión como yo) en varios aspectos.
En aquella columna lo utilicé para pensar en relación a qué es lo inmediato –palabra de moda–, qué realmente debería preocuparnos; qué consideramos inmediato, y qué debería ser priorizado como inmediato.
Pero el mismo dicho puede pensarse de otra forma también, de hecho a la inversa: No hagas hoy lo que puedes dejar para mañana. Y esto, que en español se denomina procrastinar (diferir, aplazar), está notablemente de moda también.
Hoy es momento, mañana es proyecto, es porvenir. Hoy es “aquí y ahora”, mañana… quién sabe.
Hace tiempo me preocupa –me aterra en realidad– cuánto mañana dejamos de lado por el hoy.
Lo que muchas veces nos pasa, con este refrán invertido, es que se deja para mañana el proyecto, el porvenir, porque obviamente eso es mañana. El porvenir está por venir, no llegó, el proyecto (etimológicamente) es lo que se echa hacia delante.
Usamos el “no dejes para mañana” para algunas cosas como el disfrute, el consumo, el placer, los anehelos, y dejamos para mañana el proyecto, el trabajo, el esfuerzo.
Uno de los proyectos que normalmente se deja de lado es el de felicidad, que no es sólo disfrutar; que como proyecto que es requiere de inversiones para poder obtener un resultado. El disfrute es momentáneo, pasajero. La felicidad es proyecto, es aspiracional, es camino.
La felicidad no es sólo un conjunto de momentos disfrutables, es más que eso; de hecho, muchas veces un momento de “disfrute” rompe un proyecto de felicidad. Un exceso en una fiesta, una diversión que se va de límite, termina muchas veces estrellada en una pared o en un poste, destruyendo un proyecto de familia, de felicidad compartida, termina con víctimas inocentes.
Otra de los proyectos que dejamos para mañana es el ahorro, que es por-venir de fortuna para luego poder consumir lo construido, lo acumulado. El consumo es momento; construir lo que ha de consumirse es proyecto. El crédito permite el consumo sin ahorro, pero el crédito hay después que pagarlo, ¿cuál es entonces la gran diferencia?
Si hoy no planto un manzano, para algún día poder tener un momento en el que comer una manzana, si sólo como manzanas y no planto manzanos –ni yo ni nadie–, estoy privándome a mi mismo de momentos de mañana, que cuando lleguen serán presentes, serán “hoy”.
El mañana no existe, uno lo hace. Y, ¿cuándo se construye el mañana?: hoy. El hoy fue construido ayer. ¿Qué hice ayer para tener en el presente un mejor hoy? ¿Puedo disfrutar el presente, o tengo que sufrirlo por no haber echo ayer nada para que hoy fuese mejor?
A mí me gusta jugar con las palabras. Presente, pasado y futuro son palabras con las que se puede jugar, aunque no se deba. El futuro no es algo para jugárselo, el hoy de mañana es demasiado valioso como para echarlo a la suerte.
No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. No dejes para mañana el mañana. Hoy es el día de construir el mañana. Mañana es tarde.
J. R. Lucks
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domingo, agosto 16, 2009
Hagámoslo algo personal.
Corrupto es lo contrario de íntegro, y me resulta interesante la cuestión. Íntegro es lo que está completo; de hecho, es la mejor definición de integridad que encontré. A la persona íntegra no le falta nada de lo que le tenga que faltar, tiene todo: tiene valores, tiene principios, tiene lo que tiene que tener y actúa en función de eso. Es íntegro en su pensar y actuar. Íntegro es un derivado de entero.
Si corrupto es lo contrario de íntegro es evidentemente porque al corrupto le falta algo, le falta honestidad, le faltan principios; o dice una cosa pero hace otra, por lo tanto no es íntegro, es defectuoso en su hacer comparado a su decir. El corrupto tiene un pedazo que está perdido, que no está. Etimológicamente la palabra deriva del verbo romper. Algo corrupto es algo roto, algo a lo que le falta un trozo, una característica, una condición.
Lo que me despertó a la reflexión es que normalmente no se descubre a los corruptos por su condición de defectuosos, -déjeme jugar con las palabras-, o sea por su defecto, por su falta… sino por lo que le sobra, por lo que tiene de más.
Tiende a suceder que los corruptos tienen casas de más, o automóviles de más, o viajan de más, o gastan de más…
¿Tan “ubicados” estamos en lo material que es más sencillo descubrir a un corrupto por lo que le sobra de este tipo de cosas? Nos resulta más fácil hacer las cuentas de cuántas casas y autos debería tener, que poder descubrir las faltas.
Es que la falta, el defecto, es de cosas no materiales: principios, honestidad, coherencia entre dichos y hechos, compromiso con su profesión, con sus empleados o sus electores, etcétera. ¿Será que estas cosas inmateriales son más fáciles de esconder, o será que no las tenemos tan presentes como los televisores y los viajes al exterior y por eso no nos resulta tan obvia su ausencia?
Hay un poema que le da letra a una canción de Joan Manuel Serrat. Aquí algunos de esos versos:
“Probablemente en su pueblo se les recordará
como cachorros de buenas personas
que hurtaban flores para regalar a su mamá
y daban de comer a las palomas.
Probablemente que todo eso debe ser verdad
aunque es más turbio cómo y de qué manera
llegaron esos individuos a ser lo que son
ni a quién sirven cuando alzan las banderas.
Hombres de paja que usan la colonia y el honor
para ocultar oscuras intenciones,
tienen doble vida, son sicarios del mal.
Entre esos tipos y yo hay algo personal.
Rodeados de protocolo, comitiva y seguridad
viajan de incógnito en autos blindados
a sembrar calumnias, a mentir con naturalidad,
a colgar en las escuelas su retrato.
…
Y como quien en la cosa nada tiene que perder,
pulsan la alarma y rompen las promesas,
y en nombre de quien no tienen el gusto de conocer
nos ponen la pistola en la cabeza.
…
No conocen ni a su padre cuando pierden el control
ni recuerdan que en el mundo hay niños
nos niegan a todos el pan y la sal.
Entre esos tipos y yo hay algo personal.
…”
Íntegro es el que está completo. Corrupto es al que le falta algo, pero también al que le sobran cosas. La canción de Serrat habla de los más malos, de los que nadie quiere.
¿Qué tal si hacemos algo personal el asunto de la integridad?, ¿qué tal si nos hacemos un inventario propio de lo que nos falta… o hasta de lo que nos sobra? ¿Será que en algo también nos corrompemos sin llegar del todo a lo que Serrat nos describe?
Una manzana podrida, aunque más no sea en un pequeño trozo, es corrupta. Y todos sabemos lo que pasa cuando esa pequeña corrupción no se corta rápidamente…
Hagamos de esto de la integridad algo personal. Juzguémonos a nosotros mismos antes de empezar a mirar para otro lado. Tal vez encontremos faltas reparables antes de empezar a encontrar que nos parecemos demasiado a los personajes del poema. Antes de empezar a romper promesas, por ejemplo, a nuestros hijos, a nuestros seres queridos; antes de ni recordar que en el mundo hay niños, antes de empezar a negarle a alguien el pan, antes de empezar a sembrar calumnias o a mentir con naturalidad.
Que bueno sería que pudiésemos hacer de la integridad algo personal. Asegurarnos de que hacemos lo que decimos, y de que podemos decir lo todo lo que hacemos. Hagamos, por favor, de la integridad, algo personal.
J. R Lucks
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Si corrupto es lo contrario de íntegro es evidentemente porque al corrupto le falta algo, le falta honestidad, le faltan principios; o dice una cosa pero hace otra, por lo tanto no es íntegro, es defectuoso en su hacer comparado a su decir. El corrupto tiene un pedazo que está perdido, que no está. Etimológicamente la palabra deriva del verbo romper. Algo corrupto es algo roto, algo a lo que le falta un trozo, una característica, una condición.
Lo que me despertó a la reflexión es que normalmente no se descubre a los corruptos por su condición de defectuosos, -déjeme jugar con las palabras-, o sea por su defecto, por su falta… sino por lo que le sobra, por lo que tiene de más.
Tiende a suceder que los corruptos tienen casas de más, o automóviles de más, o viajan de más, o gastan de más…
¿Tan “ubicados” estamos en lo material que es más sencillo descubrir a un corrupto por lo que le sobra de este tipo de cosas? Nos resulta más fácil hacer las cuentas de cuántas casas y autos debería tener, que poder descubrir las faltas.
Es que la falta, el defecto, es de cosas no materiales: principios, honestidad, coherencia entre dichos y hechos, compromiso con su profesión, con sus empleados o sus electores, etcétera. ¿Será que estas cosas inmateriales son más fáciles de esconder, o será que no las tenemos tan presentes como los televisores y los viajes al exterior y por eso no nos resulta tan obvia su ausencia?
Hay un poema que le da letra a una canción de Joan Manuel Serrat. Aquí algunos de esos versos:
“Probablemente en su pueblo se les recordará
como cachorros de buenas personas
que hurtaban flores para regalar a su mamá
y daban de comer a las palomas.
Probablemente que todo eso debe ser verdad
aunque es más turbio cómo y de qué manera
llegaron esos individuos a ser lo que son
ni a quién sirven cuando alzan las banderas.
Hombres de paja que usan la colonia y el honor
para ocultar oscuras intenciones,
tienen doble vida, son sicarios del mal.
Entre esos tipos y yo hay algo personal.
Rodeados de protocolo, comitiva y seguridad
viajan de incógnito en autos blindados
a sembrar calumnias, a mentir con naturalidad,
a colgar en las escuelas su retrato.
…
Y como quien en la cosa nada tiene que perder,
pulsan la alarma y rompen las promesas,
y en nombre de quien no tienen el gusto de conocer
nos ponen la pistola en la cabeza.
…
No conocen ni a su padre cuando pierden el control
ni recuerdan que en el mundo hay niños
nos niegan a todos el pan y la sal.
Entre esos tipos y yo hay algo personal.
…”
Íntegro es el que está completo. Corrupto es al que le falta algo, pero también al que le sobran cosas. La canción de Serrat habla de los más malos, de los que nadie quiere.
¿Qué tal si hacemos algo personal el asunto de la integridad?, ¿qué tal si nos hacemos un inventario propio de lo que nos falta… o hasta de lo que nos sobra? ¿Será que en algo también nos corrompemos sin llegar del todo a lo que Serrat nos describe?
Una manzana podrida, aunque más no sea en un pequeño trozo, es corrupta. Y todos sabemos lo que pasa cuando esa pequeña corrupción no se corta rápidamente…
Hagamos de esto de la integridad algo personal. Juzguémonos a nosotros mismos antes de empezar a mirar para otro lado. Tal vez encontremos faltas reparables antes de empezar a encontrar que nos parecemos demasiado a los personajes del poema. Antes de empezar a romper promesas, por ejemplo, a nuestros hijos, a nuestros seres queridos; antes de ni recordar que en el mundo hay niños, antes de empezar a negarle a alguien el pan, antes de empezar a sembrar calumnias o a mentir con naturalidad.
Que bueno sería que pudiésemos hacer de la integridad algo personal. Asegurarnos de que hacemos lo que decimos, y de que podemos decir lo todo lo que hacemos. Hagamos, por favor, de la integridad, algo personal.
J. R Lucks
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domingo, agosto 02, 2009
Consensos posibles
Está de moda por estos días en mi país la palabra consenso. Consenso viene de sentir, que significa percibir con los sentidos, pero también darse cuenta, pensar, opinar. Por otra parte, el prefijo con significa en unión, en colaboración (co-laborar, de hecho, es trabajar junto con otros).
Me movió a pensar en esto de los consensos un poema que releí de Sor Juana Inés de la Cruz, llamado: “Finjamos que soy Feliz”. Un fragmento del mismo dice así:
“…
Todo el mundo es opiniones
de pareceres tan varios,
que lo que el uno que es negro
el otro prueba que es blanco.
A unos sirve de atractivo
lo que otro concibe enfado;
y lo que éste por alivio,
aquél tiene por trabajo.
El que está triste, censura
al alegre de liviano;
y el que esta alegre se burla
de ver al triste penando.
Los dos filósofos griegos
bien esta verdad probaron:
pues lo que en el uno risa,
causaba en el otro llanto.
…”
Y eso que Sor Juana estaba en un convento en el que, probablemente, no hubiese mucho lugar para el disenso, o sea para sentir, pensar u opinar diferente.
¿Será factible el consenso?, ¿podremos opinar igual?, ¿hará falta que opinemos, sintamos o pensemos igual?
Muchos de los que se llenan la boca con el consenso son en realidad intolerantes que lo único que quieren es que se haga lo que ellos dicen, o sea que el otro haga lo que a ellos se les ocurre. Obviamente hablo de mis amigos los políticos. En general los que piden consenso son los que no están en el poder… hasta que llegan a el, una vez allí, ya no les parece tan seductor el escuchar al otro.
Pareciera que el consenso, de poder existir, es la solución sub-óptima, porque si Sor Juana tiene razón –lo cuál es muy probable– partimos de puntos de vista diferentes; o tiene razón uno o el otro. Para lograr un consenso, un punto medio, ambas partes deberán dejar de pensar algo de lo que piensan, ignorar parte de sus opiniones.
Esta es la versión de consenso que muchos tienen, lamentablemente, y por eso es difícil llegar allí.
A mí me gusta pensar de otra forma, el consenso no es dejar parte de lo que pienso u opino de lado para no tener que matarme contra el otro. El consenso puede ser creativo, educativo. Mi punto de vista es parcial, igual que el del otro, el consenso se logra cuando ambos nos “educamos” en lo que aún no pensamos, en lo que aún no hemos sentido u opinado. Cuando con más información, ambas partes, miramos nuevamente la realidad, el consenso comienza a ser más razonable, más posible.
Son Juana tiene razón, pensamos distinto, sentimos distinto, pero en mi opinión es muchas veces por ignorancia, por no saber lo que el otro piensa y por no poder ver desde el punto de vista del otro.
Para definir con-senso, usé una palabra que me gusta más: co-laboración. Trabajar junto con otros es más fácil que pensar y sentir lo mismo. ¿Qué tal si buscamos cosas en las cuales se pueda co-laborar?, aun si no hay consenso en el cómo. Soy un convencido de que si todos trabajamos en lo mismo, aunque opinemos diferente en algunas cosas, vamos a lograr más que si tratamos de llevarle la contra a Sor Juana.
El consenso es bueno, es crecer, es encontrar una verdad más allá de la propia verdad, no es perder un pedazo de opinión. Trabajemos para eso, pongámonos de una vez, y en serio, a “co-laburar”.
J. R. Lucks
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Me movió a pensar en esto de los consensos un poema que releí de Sor Juana Inés de la Cruz, llamado: “Finjamos que soy Feliz”. Un fragmento del mismo dice así:
“…
Todo el mundo es opiniones
de pareceres tan varios,
que lo que el uno que es negro
el otro prueba que es blanco.
A unos sirve de atractivo
lo que otro concibe enfado;
y lo que éste por alivio,
aquél tiene por trabajo.
El que está triste, censura
al alegre de liviano;
y el que esta alegre se burla
de ver al triste penando.
Los dos filósofos griegos
bien esta verdad probaron:
pues lo que en el uno risa,
causaba en el otro llanto.
…”
Y eso que Sor Juana estaba en un convento en el que, probablemente, no hubiese mucho lugar para el disenso, o sea para sentir, pensar u opinar diferente.
¿Será factible el consenso?, ¿podremos opinar igual?, ¿hará falta que opinemos, sintamos o pensemos igual?
Muchos de los que se llenan la boca con el consenso son en realidad intolerantes que lo único que quieren es que se haga lo que ellos dicen, o sea que el otro haga lo que a ellos se les ocurre. Obviamente hablo de mis amigos los políticos. En general los que piden consenso son los que no están en el poder… hasta que llegan a el, una vez allí, ya no les parece tan seductor el escuchar al otro.
Pareciera que el consenso, de poder existir, es la solución sub-óptima, porque si Sor Juana tiene razón –lo cuál es muy probable– partimos de puntos de vista diferentes; o tiene razón uno o el otro. Para lograr un consenso, un punto medio, ambas partes deberán dejar de pensar algo de lo que piensan, ignorar parte de sus opiniones.
Esta es la versión de consenso que muchos tienen, lamentablemente, y por eso es difícil llegar allí.
A mí me gusta pensar de otra forma, el consenso no es dejar parte de lo que pienso u opino de lado para no tener que matarme contra el otro. El consenso puede ser creativo, educativo. Mi punto de vista es parcial, igual que el del otro, el consenso se logra cuando ambos nos “educamos” en lo que aún no pensamos, en lo que aún no hemos sentido u opinado. Cuando con más información, ambas partes, miramos nuevamente la realidad, el consenso comienza a ser más razonable, más posible.
Son Juana tiene razón, pensamos distinto, sentimos distinto, pero en mi opinión es muchas veces por ignorancia, por no saber lo que el otro piensa y por no poder ver desde el punto de vista del otro.
Para definir con-senso, usé una palabra que me gusta más: co-laboración. Trabajar junto con otros es más fácil que pensar y sentir lo mismo. ¿Qué tal si buscamos cosas en las cuales se pueda co-laborar?, aun si no hay consenso en el cómo. Soy un convencido de que si todos trabajamos en lo mismo, aunque opinemos diferente en algunas cosas, vamos a lograr más que si tratamos de llevarle la contra a Sor Juana.
El consenso es bueno, es crecer, es encontrar una verdad más allá de la propia verdad, no es perder un pedazo de opinión. Trabajemos para eso, pongámonos de una vez, y en serio, a “co-laburar”.
J. R. Lucks
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domingo, junio 28, 2009
Sombras cortas de mediodía
Para el nunca bien ponderado diccionario de la Real Academia Española el significado de preocupación es: acción y efecto de pre-ocupar. Y la primer definición de preocupar es: ocupar algo antes o anticipadamente.
La pre-ocupación, literalmente, sería ocuparse de algo antes de que ocurra, lo cual es bastante difícil, porque si algo aún no ocurre no puede uno ocuparse de eso. A lo sumo podrá preverlo, prevenirlo, evitarlo, etcétera, pero no ocuparse. De allí la segunda y tercera definición del diccionario, que tienen que ver con la intranquilidad, el temor, la angustia o la inquietud que causan algo que va a ocurrir.
Siento que en nuestro idioma, por ser la misma palabra la que se usa para expresar éste último estado de ánimo como así la real acción de ocupación previa, de prevención, nos confundimos a veces, y creemos que por estar angustiados o temerosos vamos a lograr que algo malo no ocurra.
Leyendo un libro de Anselm Grüm, llamado Recuperar la propia alegría, me encontré con esto:
“El término griego para expresar la preocupación es merimna, que deriva de ‘dividir’. La preocupación divide el ánimo del hombre y la causa pesadumbre e inquietud. El término alemán para expresar la preocupación, Sorge, significa, por su misma raíz, ‘pesadumbre’, ‘aflicción’, ‘enfermedad’, ‘inquietud’, ‘angustia’, ‘pensamiento atormentador’. Designa, por tanto, lo contrario de la alegría: se refiere a una persona que se atormenta a sí mima con cavilaciones, que enferma de pura inquietud. Y señala a una persona que no es capaz de disfrutar, que siempre está llena de inquietudes, que no se encuentra allá donde está en cada momento, sino que se preocupa con una incesante angustia por su futuro”.
En inglés se traduce preocupación como care, o sea “cuidado”; trouble, “problema”; o concern, que significa en su acepción relevante estado de inquietud que envuelve interés por algo, incertidumbre y aprehensión a la vez.
Como puede verse, para griegos, alemanes y americanos no hay confusión. La preocupación desde este punto de vista es mala, destructiva, negativa.
Si preocupación es pre-ocuparse (literalmente), o sea ocuparse ahora de algo para que no pase, o un hacer ahora para que algo que queremos ocurra, entonces la preocupación es buena. Aplicarían refranes como:
“Hombre prevenido, vale por dos”, “Jornada emprendida, medio concluida”, o “Más vale prevenir que llorar”.
La mayor parte de las veces, en cambio, la preocupación es inactiva, es la otra, es la de la charla de café (a la que somos tan adeptos) sin posibilidad de resolver nada. Nos preocupamos por el calentamiento global, por el bienestar de las generaciones futuras, por el hambre de la humanidad o por la corrupción sin hacer nada al respecto.
Siempre es más fácil preocuparse por el hambre del mundo que ocuparse de que coma algún pobre del barrio. O preocuparse por la corrupción en vez de ocupar un puesto público sin ser corrupto. Nos preocupamos de lo que es imposible de resolver, y no nos ocupamos de cada uno de los casos que conforman ese problema global, que sí están mucho más a nuestro alcance.
Además, esta preocupación, llevada a lo concreto de cada uno de nosotros, a nuestras familias, a nuestras vidas, arruina. En el libro antes citado Grüm describe los efectos de esta preocupación así:
“Hay personas que, a fuerza de preocupación, son incapaces de disfrutar. No pueden disfrutar de un día soleado de vacaciones porque tienen multitud de preocupaciones. Se inquietan pensando si por la noche caerá una tormenta o si a le día siguiente habrá chaparrones. No son capaces de disfrutar de una buena comida porque están constantemente preocupadas por si el sueldo les va a llegar a fin de mes. No son capaces de disfrutar de una conversación porque están preocupadas pensando si causarán una buena impresión. La preocupación divide el corazón llano y no le deja estar allá conde pueda alegrarse y disfrutar”.
No es cuestión de ser un inconsciente tampoco. Es tan estúpido preocuparse por algo que no está en nuestra capacidad resolver, como angustiarse o turbarse por algo que sí podemos controlar y no controlamos, o vivir totalmente des-pre-ocupados ya que la vida es corta. Como siempre, la seria reflexión sobre las cosas a las que nos enfrentamos y el equilibrio en la acción, parecen ser los ingredientes necesarios de la receta para hacer las cosas bien.
Hay un proverbio, aparentemente sueco, que dice:
“La preocupación suele hacer que las cosas pequeñas proyecten grandes sombras”.
Me resultó interesante, para poder relacionar la preocupación literal con la otra. Es al amanecer y al atardecer cuando se proyectan grandes sombras de cosas pequeñas, cuando el sol, la luz, es poca y fluye en un ángulo que no es el más adecuado para ver bien. Amanecer y atardecer es justo cuando uno se pre-ocupa. Al amanecer de lo que va a pasar durante el día, al atardecer de lo que pasará al día siguiente.
Al mediodía, en cambio, cuando el sol está en lo alto, las sombras son cortas. Las cosas toman dimensión mas cierta y real porque hay más y mejor luz. Es normalmente en ese momento en que uno esta “ocupado”, haciendo las cosas que cuando sólo eran preocupaciones proyectaban grandes sombras. A la luz, mientras uno se ocupa de las cosas, estas no generan esas mismas sombras.
Una de las formas, efectivas, que yo encontré para pre-ocuparme y así no tener que preocuparme, es saber. Leer, buscar, conocer, entender, pensar, analizar. Son todos verbos que hoy están un poco en desuso, o al menos pasados de moda. Hoy estamos en el tiempo del Just do it (sólo hazlo).
Tal vez haya que no sólo hacerlo. Tal vez convenga pensarlo un poco antes, tal vez haya que usar el amanecer y el atardecer para leer y pensar un poco, y esperar a que la luz del mediodía (y de nuestro entendimiento informado) acorte las sombras (las angustias y turbaciones) para ocuparnos en serio, y poder vivir con un poco más de alegría.
J. R. Lucks
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La pre-ocupación, literalmente, sería ocuparse de algo antes de que ocurra, lo cual es bastante difícil, porque si algo aún no ocurre no puede uno ocuparse de eso. A lo sumo podrá preverlo, prevenirlo, evitarlo, etcétera, pero no ocuparse. De allí la segunda y tercera definición del diccionario, que tienen que ver con la intranquilidad, el temor, la angustia o la inquietud que causan algo que va a ocurrir.
Siento que en nuestro idioma, por ser la misma palabra la que se usa para expresar éste último estado de ánimo como así la real acción de ocupación previa, de prevención, nos confundimos a veces, y creemos que por estar angustiados o temerosos vamos a lograr que algo malo no ocurra.
Leyendo un libro de Anselm Grüm, llamado Recuperar la propia alegría, me encontré con esto:
“El término griego para expresar la preocupación es merimna, que deriva de ‘dividir’. La preocupación divide el ánimo del hombre y la causa pesadumbre e inquietud. El término alemán para expresar la preocupación, Sorge, significa, por su misma raíz, ‘pesadumbre’, ‘aflicción’, ‘enfermedad’, ‘inquietud’, ‘angustia’, ‘pensamiento atormentador’. Designa, por tanto, lo contrario de la alegría: se refiere a una persona que se atormenta a sí mima con cavilaciones, que enferma de pura inquietud. Y señala a una persona que no es capaz de disfrutar, que siempre está llena de inquietudes, que no se encuentra allá donde está en cada momento, sino que se preocupa con una incesante angustia por su futuro”.
En inglés se traduce preocupación como care, o sea “cuidado”; trouble, “problema”; o concern, que significa en su acepción relevante estado de inquietud que envuelve interés por algo, incertidumbre y aprehensión a la vez.
Como puede verse, para griegos, alemanes y americanos no hay confusión. La preocupación desde este punto de vista es mala, destructiva, negativa.
Si preocupación es pre-ocuparse (literalmente), o sea ocuparse ahora de algo para que no pase, o un hacer ahora para que algo que queremos ocurra, entonces la preocupación es buena. Aplicarían refranes como:
“Hombre prevenido, vale por dos”, “Jornada emprendida, medio concluida”, o “Más vale prevenir que llorar”.
La mayor parte de las veces, en cambio, la preocupación es inactiva, es la otra, es la de la charla de café (a la que somos tan adeptos) sin posibilidad de resolver nada. Nos preocupamos por el calentamiento global, por el bienestar de las generaciones futuras, por el hambre de la humanidad o por la corrupción sin hacer nada al respecto.
Siempre es más fácil preocuparse por el hambre del mundo que ocuparse de que coma algún pobre del barrio. O preocuparse por la corrupción en vez de ocupar un puesto público sin ser corrupto. Nos preocupamos de lo que es imposible de resolver, y no nos ocupamos de cada uno de los casos que conforman ese problema global, que sí están mucho más a nuestro alcance.
Además, esta preocupación, llevada a lo concreto de cada uno de nosotros, a nuestras familias, a nuestras vidas, arruina. En el libro antes citado Grüm describe los efectos de esta preocupación así:
“Hay personas que, a fuerza de preocupación, son incapaces de disfrutar. No pueden disfrutar de un día soleado de vacaciones porque tienen multitud de preocupaciones. Se inquietan pensando si por la noche caerá una tormenta o si a le día siguiente habrá chaparrones. No son capaces de disfrutar de una buena comida porque están constantemente preocupadas por si el sueldo les va a llegar a fin de mes. No son capaces de disfrutar de una conversación porque están preocupadas pensando si causarán una buena impresión. La preocupación divide el corazón llano y no le deja estar allá conde pueda alegrarse y disfrutar”.
No es cuestión de ser un inconsciente tampoco. Es tan estúpido preocuparse por algo que no está en nuestra capacidad resolver, como angustiarse o turbarse por algo que sí podemos controlar y no controlamos, o vivir totalmente des-pre-ocupados ya que la vida es corta. Como siempre, la seria reflexión sobre las cosas a las que nos enfrentamos y el equilibrio en la acción, parecen ser los ingredientes necesarios de la receta para hacer las cosas bien.
Hay un proverbio, aparentemente sueco, que dice:
“La preocupación suele hacer que las cosas pequeñas proyecten grandes sombras”.
Me resultó interesante, para poder relacionar la preocupación literal con la otra. Es al amanecer y al atardecer cuando se proyectan grandes sombras de cosas pequeñas, cuando el sol, la luz, es poca y fluye en un ángulo que no es el más adecuado para ver bien. Amanecer y atardecer es justo cuando uno se pre-ocupa. Al amanecer de lo que va a pasar durante el día, al atardecer de lo que pasará al día siguiente.
Al mediodía, en cambio, cuando el sol está en lo alto, las sombras son cortas. Las cosas toman dimensión mas cierta y real porque hay más y mejor luz. Es normalmente en ese momento en que uno esta “ocupado”, haciendo las cosas que cuando sólo eran preocupaciones proyectaban grandes sombras. A la luz, mientras uno se ocupa de las cosas, estas no generan esas mismas sombras.
Una de las formas, efectivas, que yo encontré para pre-ocuparme y así no tener que preocuparme, es saber. Leer, buscar, conocer, entender, pensar, analizar. Son todos verbos que hoy están un poco en desuso, o al menos pasados de moda. Hoy estamos en el tiempo del Just do it (sólo hazlo).
Tal vez haya que no sólo hacerlo. Tal vez convenga pensarlo un poco antes, tal vez haya que usar el amanecer y el atardecer para leer y pensar un poco, y esperar a que la luz del mediodía (y de nuestro entendimiento informado) acorte las sombras (las angustias y turbaciones) para ocuparnos en serio, y poder vivir con un poco más de alegría.
J. R. Lucks
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domingo, mayo 17, 2009
Malditas mentiras repetidas
No sé si califica como refrán, pero mucha gente lo repite como si fuese. Creo que para algunos hasta suena gracioso. Es lo que pasa con muchos refranes, los repetimos, y los repetimos, y los repetimos… y los terminamos aceptando. Terminamos asumiendo que si todo el mundo los dice debe ser porque son extractos de sabiduría de algún filósofo importante, les terminamos perdiendo el miedo, o el respeto, los incorporamos. En muchos casos, desgraciadamente, los usamos, sobre todo cuando nos convienen.
Hay uno que me preocupa particularmente, y dice:
“Una mentira repetida mil veces, se convierte en una realidad”.
Y suena a que puede ser así, sobre todo ahora que la televisión y los medios parecieran usar este pedazo de supuesta sabiduría como regla de oro. Ni hablar de mis queridos amigos los políticos, muchos de los cuales se la pasan de campaña en campaña, y son maestros en repetición de mentiras.
Esta frase fue acuñada, según varias fuentes (algunas confiables otras no tanto) por Joseph Goebbels, ministro encargado de la propaganda del gobierno de Adolf Hitler en la Alemania Nazi.
Según esas mismas fuentes, otros de sus pensamientos puestos en palabras pregonaban:
“Más vale una mentira que no pueda ser desmentida que una verdad inverosímil”.
Esta también se usa como principio básico de la publicidad y la política, y también:
“Miente, miente, miente que algo quedará, mientras más grande sea una mentira más gente la creerá.
Poética, ¿no?
Pero ya no es lo mismo. Si lo dijo Goebbels ya no debería sonar tan simpático, al menos a mi no. Ahora, me pregunto, ¿por qué de de todas formas, en sus tres versiones hoy estos consejos se usan y se usan y se usan?
¿Será que quedan más nazis de los que creemos?, o será que lo que decía y practicaba Goebbels no es más que algo que la gente cree y practica desde siempre.
Dónde quedaron refranes o frases más infantiles pero decentes, como:
“Las mentiras tienen patas cortas”
... o enseñanzas como las del cuento de Pinocho; o el pastorcito, al que el lobo se come porque de tanto mentir ya nadie le cree, y cuando el animal realmente lo ataca nadie acude a auxiliarlo.
Yo quisiera instaurar una nueva frase, que obviamente para que nos la creamos, para que la adoptemos, para que pensemos que es un trozo de sabiduría ancestral, habrá que repetirla, y repetirla, y repetirla… miles y miles de veces. Dice así:
“Una mentira repetida mil veces… es una maldita mentira repetida mil veces y nada más”.
Necesito ayuda. Necesito repetidores. Porque todos sabemos que lo que dice esta última frase es verdad. Digámoslo con el ejemplo. Digámoslo no creyéndonos los que nos dicen los medios y los políticos, que sabemos que mienten, y exageran, y ocultan. Si no nos damos cuenta cuando nos lo dicen, al menos digámoslo cuando finalmente las cortas patas de la mentira se cansan y ésta se cae, total en el caso de los políticos eso pasa casi instantáneamente, y en el de los medios más o menos igual.
Goebbles no fue un filósofo, no creo que lo que él haya dicho pueda considerarse sabiduría universal. Háganme caso:
“Una mentira repetida mil veces… es una maldita mentira repetida mil veces y nada más”.
Repítalo. Repítaselo.
J. R. Lucks
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Hay uno que me preocupa particularmente, y dice:
“Una mentira repetida mil veces, se convierte en una realidad”.
Y suena a que puede ser así, sobre todo ahora que la televisión y los medios parecieran usar este pedazo de supuesta sabiduría como regla de oro. Ni hablar de mis queridos amigos los políticos, muchos de los cuales se la pasan de campaña en campaña, y son maestros en repetición de mentiras.
Esta frase fue acuñada, según varias fuentes (algunas confiables otras no tanto) por Joseph Goebbels, ministro encargado de la propaganda del gobierno de Adolf Hitler en la Alemania Nazi.
Según esas mismas fuentes, otros de sus pensamientos puestos en palabras pregonaban:
“Más vale una mentira que no pueda ser desmentida que una verdad inverosímil”.
Esta también se usa como principio básico de la publicidad y la política, y también:
“Miente, miente, miente que algo quedará, mientras más grande sea una mentira más gente la creerá.
Poética, ¿no?
Pero ya no es lo mismo. Si lo dijo Goebbels ya no debería sonar tan simpático, al menos a mi no. Ahora, me pregunto, ¿por qué de de todas formas, en sus tres versiones hoy estos consejos se usan y se usan y se usan?
¿Será que quedan más nazis de los que creemos?, o será que lo que decía y practicaba Goebbels no es más que algo que la gente cree y practica desde siempre.
Dónde quedaron refranes o frases más infantiles pero decentes, como:
“Las mentiras tienen patas cortas”
... o enseñanzas como las del cuento de Pinocho; o el pastorcito, al que el lobo se come porque de tanto mentir ya nadie le cree, y cuando el animal realmente lo ataca nadie acude a auxiliarlo.
Yo quisiera instaurar una nueva frase, que obviamente para que nos la creamos, para que la adoptemos, para que pensemos que es un trozo de sabiduría ancestral, habrá que repetirla, y repetirla, y repetirla… miles y miles de veces. Dice así:
“Una mentira repetida mil veces… es una maldita mentira repetida mil veces y nada más”.
Necesito ayuda. Necesito repetidores. Porque todos sabemos que lo que dice esta última frase es verdad. Digámoslo con el ejemplo. Digámoslo no creyéndonos los que nos dicen los medios y los políticos, que sabemos que mienten, y exageran, y ocultan. Si no nos damos cuenta cuando nos lo dicen, al menos digámoslo cuando finalmente las cortas patas de la mentira se cansan y ésta se cae, total en el caso de los políticos eso pasa casi instantáneamente, y en el de los medios más o menos igual.
Goebbles no fue un filósofo, no creo que lo que él haya dicho pueda considerarse sabiduría universal. Háganme caso:
“Una mentira repetida mil veces… es una maldita mentira repetida mil veces y nada más”.
Repítalo. Repítaselo.
J. R. Lucks
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domingo, abril 26, 2009
Un tonto rey imaginario, o no
Hay una letra de Sui Generis, entre tantas otras, que me impactó violentamente cuando la escuché. Aún hoy, cuando la sigo escuchando, tratando de entender, figurándomela, me impresiona, me afecta, me mueve.
El tema en cuestión se llama “Tribulaciones, lamentos y ocaso de un tonto rey imaginario, o no”, y comienza así:
Yo era el rey de este lugar,
vivía en la cima del colina,
desde el palacio se veía el mar,
y en el jardín la corte reía,
teníamos sol, vino a granel,
y así pasábamos los días.
Tomando el té,
riéndonos al fin…
Agradable, interesante, deseable. Es un tema escrito a principios de los 70. Hace ya más de treinta y cinco años. Seguramente una época menos agitada que la que vivimos hoy… o tal vez no. No al menos en el país en el que se escribía esta canción.
En esa época el palacio era tal vez un departamento de múltiples ambientes en una gran avenida. Hoy es el balcón del piso superior de la casa en el club de campo. ¿Quién sabe? Pero más allá de cuál era o es hoy esa colina que pone al relator en perspectiva de ver desde lejos, algo pasaba en ese reino:
Yo era el rey de este lugar,
aunque muy bien no lo conocía,
y habían dicho detrás del mar,
el pueblo entero pedía comida.
Hoy tal vez no es ni el piso de lujo del edificio, ni la casa en las afueras… tal vez es el auricular que nos ponemos para escuchar música y no sentir a nadie más; o tal vez es el programa de chismes para no escuchar el de política; o es el de bailes y patinajes para no ver el de investigación; o es algo suave para evitar la dureza de la realidad.
No sé cuantos en los 70 no sabían que había un pueblo que pedía comida (real o figurativamente), pero me da la sensación de que hoy somos más. Pueblos que piden alimentos, educación, salud, los mismos derechos que el resto, viajar como personas y no como bestias… piden, y piden.
El problema del rey no era que le pedían. Eso lo tenía resuelto: no prestaba atención.
No los oí.
Que vil razón,
les molestaba su
barriga.
El problema del rey fue la forma en que le terminaron pidiendo:
Yo era el rey,
de este lugar,
hasta que un día,
llegaron ellos.
Gente brutal,
sin corazón,
que destruyó,
el mundo nuestro.
Revolución.
Revolución.
No pidieron escribiendo con letra cursiva en un papel carta de colores pastel. O tal vez sí empezaron así, pero nadie recibió la misiva, y si la recibió no la leyó. En la poesía que da letra al tema, hubo revolución, arrebato, muerte, sangre, violencia, usurpación, despojo…
Tendremos que seguir escuchando temas como este por mucho tiempo más sin entender lo que nos quieren decir. Ahora que estamos en una época de revivir pasados, que tantos grupos salen de los geriátricos para volver a dar su último recital (no lo critico, me parece fantástico), ¿por qué no los escuchamos?, en vez de sólo oírlos y saltar como desaforados esperando una mágica reconversión nostálgica de nuestra edad.
Hace más de tres décadas ya alguien nos decía que no seríamos más que un tonto rey imaginario si pretendíamos seguir viviendo en una burbuja de fantasía. ¿O es que todos creímos que se le hablaba a otro?
Hoy, treinta y pico de años después, nos asombramos de que nos pasen algunas cosas de las que le pasaron al rey de la canción.
¿Dejaremos que dentro de treinta les pasen cosas peores a nuestros hijos? ¿Nos terminará ocurriendo lo que al tonto rey imaginario?:
Yo era el rey,
de este lugar.
Tenía cien capas,
de seda fina,
y estoy desnudo,
si quieren verme,
bailando a través
de las colinas.
Me dirán que nadie, por sí solo, puede cambiar una realidad como esta. Me dirán que es muy fácil escribir y nada más… y es probablemente cierto (aunque no pueden saber si escribo y nada más); pero me parece que hoy estamos tan metidos en nuestros palacios que, si ni siquiera nos decimos esto a nosotros mismos, es mejor ir vendiendo las capas antes de que nos las arrebaten.
Hay vidas, tal vez, ridículas, pero que incluyen excepcionales momentos de lucidez. Dejemos de celebrar la ridiculez y rindamos honor, con acciones concretas, a esas lúcidas y maravillosas pinceladas de sabiduría que nos dejan algunos poetas.}
J. R. Lucks
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El tema en cuestión se llama “Tribulaciones, lamentos y ocaso de un tonto rey imaginario, o no”, y comienza así:
Yo era el rey de este lugar,
vivía en la cima del colina,
desde el palacio se veía el mar,
y en el jardín la corte reía,
teníamos sol, vino a granel,
y así pasábamos los días.
Tomando el té,
riéndonos al fin…
Agradable, interesante, deseable. Es un tema escrito a principios de los 70. Hace ya más de treinta y cinco años. Seguramente una época menos agitada que la que vivimos hoy… o tal vez no. No al menos en el país en el que se escribía esta canción.
En esa época el palacio era tal vez un departamento de múltiples ambientes en una gran avenida. Hoy es el balcón del piso superior de la casa en el club de campo. ¿Quién sabe? Pero más allá de cuál era o es hoy esa colina que pone al relator en perspectiva de ver desde lejos, algo pasaba en ese reino:
Yo era el rey de este lugar,
aunque muy bien no lo conocía,
y habían dicho detrás del mar,
el pueblo entero pedía comida.
Hoy tal vez no es ni el piso de lujo del edificio, ni la casa en las afueras… tal vez es el auricular que nos ponemos para escuchar música y no sentir a nadie más; o tal vez es el programa de chismes para no escuchar el de política; o es el de bailes y patinajes para no ver el de investigación; o es algo suave para evitar la dureza de la realidad.
No sé cuantos en los 70 no sabían que había un pueblo que pedía comida (real o figurativamente), pero me da la sensación de que hoy somos más. Pueblos que piden alimentos, educación, salud, los mismos derechos que el resto, viajar como personas y no como bestias… piden, y piden.
El problema del rey no era que le pedían. Eso lo tenía resuelto: no prestaba atención.
No los oí.
Que vil razón,
les molestaba su
barriga.
El problema del rey fue la forma en que le terminaron pidiendo:
Yo era el rey,
de este lugar,
hasta que un día,
llegaron ellos.
Gente brutal,
sin corazón,
que destruyó,
el mundo nuestro.
Revolución.
Revolución.
No pidieron escribiendo con letra cursiva en un papel carta de colores pastel. O tal vez sí empezaron así, pero nadie recibió la misiva, y si la recibió no la leyó. En la poesía que da letra al tema, hubo revolución, arrebato, muerte, sangre, violencia, usurpación, despojo…
Tendremos que seguir escuchando temas como este por mucho tiempo más sin entender lo que nos quieren decir. Ahora que estamos en una época de revivir pasados, que tantos grupos salen de los geriátricos para volver a dar su último recital (no lo critico, me parece fantástico), ¿por qué no los escuchamos?, en vez de sólo oírlos y saltar como desaforados esperando una mágica reconversión nostálgica de nuestra edad.
Hace más de tres décadas ya alguien nos decía que no seríamos más que un tonto rey imaginario si pretendíamos seguir viviendo en una burbuja de fantasía. ¿O es que todos creímos que se le hablaba a otro?
Hoy, treinta y pico de años después, nos asombramos de que nos pasen algunas cosas de las que le pasaron al rey de la canción.
¿Dejaremos que dentro de treinta les pasen cosas peores a nuestros hijos? ¿Nos terminará ocurriendo lo que al tonto rey imaginario?:
Yo era el rey,
de este lugar.
Tenía cien capas,
de seda fina,
y estoy desnudo,
si quieren verme,
bailando a través
de las colinas.
Me dirán que nadie, por sí solo, puede cambiar una realidad como esta. Me dirán que es muy fácil escribir y nada más… y es probablemente cierto (aunque no pueden saber si escribo y nada más); pero me parece que hoy estamos tan metidos en nuestros palacios que, si ni siquiera nos decimos esto a nosotros mismos, es mejor ir vendiendo las capas antes de que nos las arrebaten.
Hay vidas, tal vez, ridículas, pero que incluyen excepcionales momentos de lucidez. Dejemos de celebrar la ridiculez y rindamos honor, con acciones concretas, a esas lúcidas y maravillosas pinceladas de sabiduría que nos dejan algunos poetas.}
J. R. Lucks
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domingo, abril 05, 2009
La experiencia ajena si sirve
Hay refranes que suenan bien. Es más, algunos de ellos son tan probados que nadie duda de su veracidad. Aún así, algunos de estos son totalmente inútiles, o inaplicables como consejo. Uno de estos es:
“La experiencia ajena no le sirve a nadie”.
Todos sabemos que esto es cierto. Pero lo decimos desde nuestra propia experiencia, ya que si la ajena no le sirve a nadie, no podemos fundamentarlo en experiencias de otros. Entonces, por ser un conocimiento adquirido por experiencia propia, no tiene sentido compartirlo, ya que nuestra experiencia no va a servirle a nadie más.
He repetido esta frase muchas veces en mi vida, y cada vez que termino de decirla me pregunto: ¿para qué?, si el que la acaba de escuchar tiene en mi propia boca la justificación para no hacerme caso.
Es una frase para justificar un fracaso, no para evitarlo: “Yo le dije, pero como la experiencia ajena no le sirva a nadie…”.
O para desanimar a alguien: “No insistas en querer explicarle, la experiencia ajena no le sirve a nadie”.
Pero no es verdad. Lo que no le sirve a nadie es justificarse o dejar de intentar. Bajar los brazos, y usar refranes para descargarse de culpa, es lo inútil.
Yo sé que suena a lucha contra molinos de viento o a juego de palabras, pero por qué no seguir probando. Si la experiencia de no haber tenido éxito en convencer a otros no sirve –en eso se basa la supuesta verdad del refrán– por qué tomarlo como inhibidor de seguir intentando, si no sirve… pues no sirve.
Seguramente es difícil. Seguramente requiere de mucha inteligencia emocional. Es muy probable que las probabilidades de lograr algún éxito sean ínfimas, pero eso no desanimó nunca a científicos que descubrieron cosas como la penicilina, o el filamento incandescente, o la fusión nuclear.
Los científicos tienen una visión distinta de este tema. La experiencia ajena sí les sirve, la toman como base para seguir por otros caminos cuando los anteriores demostraron ser inútiles. No hay muchos investigadores que vayan a probar el mismo compuesto que dio resultados negativos en una prueba anterior, al menos no en las mismas condiciones.
Un libro que me resultó notablemente interesante se llama: Eureka. Descubrimientos científicos que cambiaron el mundo (1). Este libro, como su título lo indica, relata historias de científicos y descubrimientos que han ido alterando la vida de todos nosotros desde las cavernas hasta el Internet inalámbrico. El autor dice entre otras cosas lo siguiente:
“‘La fortuna favorece la mente preparada’, dijo el químico francés Louis Pasteur, y el científico francés Bernard Fontenelle observó: ‘estos golpes de suerte son sólo para los que juegan bien’. Pero puede preguntar el lector, ¿Qué tipo de preparación exactamente? Para empezar, una mente preparada es una mente curiosa, abierta […]
Todos estos científicos tienen en común la capacidad de obtener inspiración de muchas fuetes diversas, y aparentemente no relacionadas.
En otras palabras todos estos hombres son grandes sintetizadores. ‘La activación repentina de una conexión efectiva entre dos conceptos o ideas, que antes no estaban relacionados, no es un caso simple de intuición’, señalaba el psicólogo D. O. Hebb.
En tanto que exploradores, la mayoría de los científicos cuyo perfil aparece en este libro fueron muy adaptables. Si sucedía que la ruta que tomaron inicialmente estaba bloqueada, en lugar de abandonar buscaban otra.
No sirve de nada que una oportunidad le salte a uno a la cara si uno no la ve como lo que es, o no sabe como sacarle partido. Esto es algo que sólo puede hacer una mente preparada.
Sin la capacidad de comprender el problema es difícil encontrar una solución”.
Creo que es una buena colección de citas. La experiencia es experiencia, ¿a quién le importa que sea ajena? Fuentes diversas no relacionadas como fuente de inspiración, perfiles adaptables, rutas cerradas que sólo incitan a seguir otras, avidez por conocer y saber, no mezquindad en el aprender según de dónde venga el conocimiento.
La experiencia ajena si sirve, a la mente preparada, al que tiene tantas ganas de conocer, al que acepta todo con tal de llegar a la solución correcta. La sabiduría que otros construyeron es el escalón que permite llegar más alto, ¿por qué desecharlo?
Creo que la respuesta a la pregunta que acabo de hacer tiene que ver con nuestro ego. Si no entendemos el problema no vamos a encontrar la solución, como sugiere el autor del libro que estoy citando. El problema con la experiencia ajena no es que no sirva, es que no la tenemos en cuenta porque es ajena. Para poder resolver el problema de uso de la experiencia ajena, hay primero que encontrar una solución a al verdadero problema de autosuficiencia y engreimiento.
Los seres humanos somos únicos, no necesitamos encerrarnos en nosotros mismos para reforzar esa idea. Abrirse a la experiencia ajena es crecer más rápido. Los científicos, motivados seguramente por su necesidad de saber más y más, son capaces de utilizar la experiencia ajena. ¿Será esta una experiencia que podamos tomar en cuenta?... a pesar de ser de otros…
J. R. Lucks
Referencias:
(1) Eureka. Descubrimientos Científicos Que Cambiaron El Mundo. Leslie Alan Horvitz, Ediciones Paidós Ibérica, 2003.
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“La experiencia ajena no le sirve a nadie”.
Todos sabemos que esto es cierto. Pero lo decimos desde nuestra propia experiencia, ya que si la ajena no le sirve a nadie, no podemos fundamentarlo en experiencias de otros. Entonces, por ser un conocimiento adquirido por experiencia propia, no tiene sentido compartirlo, ya que nuestra experiencia no va a servirle a nadie más.
He repetido esta frase muchas veces en mi vida, y cada vez que termino de decirla me pregunto: ¿para qué?, si el que la acaba de escuchar tiene en mi propia boca la justificación para no hacerme caso.
Es una frase para justificar un fracaso, no para evitarlo: “Yo le dije, pero como la experiencia ajena no le sirva a nadie…”.
O para desanimar a alguien: “No insistas en querer explicarle, la experiencia ajena no le sirve a nadie”.
Pero no es verdad. Lo que no le sirve a nadie es justificarse o dejar de intentar. Bajar los brazos, y usar refranes para descargarse de culpa, es lo inútil.
Yo sé que suena a lucha contra molinos de viento o a juego de palabras, pero por qué no seguir probando. Si la experiencia de no haber tenido éxito en convencer a otros no sirve –en eso se basa la supuesta verdad del refrán– por qué tomarlo como inhibidor de seguir intentando, si no sirve… pues no sirve.
Seguramente es difícil. Seguramente requiere de mucha inteligencia emocional. Es muy probable que las probabilidades de lograr algún éxito sean ínfimas, pero eso no desanimó nunca a científicos que descubrieron cosas como la penicilina, o el filamento incandescente, o la fusión nuclear.
Los científicos tienen una visión distinta de este tema. La experiencia ajena sí les sirve, la toman como base para seguir por otros caminos cuando los anteriores demostraron ser inútiles. No hay muchos investigadores que vayan a probar el mismo compuesto que dio resultados negativos en una prueba anterior, al menos no en las mismas condiciones.
Un libro que me resultó notablemente interesante se llama: Eureka. Descubrimientos científicos que cambiaron el mundo (1). Este libro, como su título lo indica, relata historias de científicos y descubrimientos que han ido alterando la vida de todos nosotros desde las cavernas hasta el Internet inalámbrico. El autor dice entre otras cosas lo siguiente:
“‘La fortuna favorece la mente preparada’, dijo el químico francés Louis Pasteur, y el científico francés Bernard Fontenelle observó: ‘estos golpes de suerte son sólo para los que juegan bien’. Pero puede preguntar el lector, ¿Qué tipo de preparación exactamente? Para empezar, una mente preparada es una mente curiosa, abierta […]
Todos estos científicos tienen en común la capacidad de obtener inspiración de muchas fuetes diversas, y aparentemente no relacionadas.
En otras palabras todos estos hombres son grandes sintetizadores. ‘La activación repentina de una conexión efectiva entre dos conceptos o ideas, que antes no estaban relacionados, no es un caso simple de intuición’, señalaba el psicólogo D. O. Hebb.
En tanto que exploradores, la mayoría de los científicos cuyo perfil aparece en este libro fueron muy adaptables. Si sucedía que la ruta que tomaron inicialmente estaba bloqueada, en lugar de abandonar buscaban otra.
No sirve de nada que una oportunidad le salte a uno a la cara si uno no la ve como lo que es, o no sabe como sacarle partido. Esto es algo que sólo puede hacer una mente preparada.
Sin la capacidad de comprender el problema es difícil encontrar una solución”.
Creo que es una buena colección de citas. La experiencia es experiencia, ¿a quién le importa que sea ajena? Fuentes diversas no relacionadas como fuente de inspiración, perfiles adaptables, rutas cerradas que sólo incitan a seguir otras, avidez por conocer y saber, no mezquindad en el aprender según de dónde venga el conocimiento.
La experiencia ajena si sirve, a la mente preparada, al que tiene tantas ganas de conocer, al que acepta todo con tal de llegar a la solución correcta. La sabiduría que otros construyeron es el escalón que permite llegar más alto, ¿por qué desecharlo?
Creo que la respuesta a la pregunta que acabo de hacer tiene que ver con nuestro ego. Si no entendemos el problema no vamos a encontrar la solución, como sugiere el autor del libro que estoy citando. El problema con la experiencia ajena no es que no sirva, es que no la tenemos en cuenta porque es ajena. Para poder resolver el problema de uso de la experiencia ajena, hay primero que encontrar una solución a al verdadero problema de autosuficiencia y engreimiento.
Los seres humanos somos únicos, no necesitamos encerrarnos en nosotros mismos para reforzar esa idea. Abrirse a la experiencia ajena es crecer más rápido. Los científicos, motivados seguramente por su necesidad de saber más y más, son capaces de utilizar la experiencia ajena. ¿Será esta una experiencia que podamos tomar en cuenta?... a pesar de ser de otros…
J. R. Lucks
Referencias:
(1) Eureka. Descubrimientos Científicos Que Cambiaron El Mundo. Leslie Alan Horvitz, Ediciones Paidós Ibérica, 2003.
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