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domingo, octubre 31, 2010

El asunto es cómo

Un poema que Anthony de Mello incluye en su libro: “La oración de la rana” , me produjo –al leerlo– sentimientos encontrados. Parte del mismo dice lo siguiente:

“...

En el juego de naipes que llamamos "vida"
cada cual juega lo mejor que sabe
las cartas que le han tocado.


Quienes insisten en querer jugar
no las cartas que le han tocado,
sino las que creen que deberían haberles tocado,
... son los que pierden el juego.


No se nos pregunta si queremos jugar.
No es ésa la opción. Tenemos que jugar.
La opción es: cómo”


Los que lo hayan leído completo podrían decir que así –con la estrofa introductoria faltante– está fuera de contexto. Puede ser, no lo voy a negar; pero es que esta parte del poema –por más trunco y fuera de contexto que lo haya yo dejado– tiene amplias posibilidades de servirle a todos, a los que crean en lo que cree Anthony de Mello, y a los que no también. Por eso es que, sin aclarar ni confundir más, sigo con la pieza así como está.

En la primera lectura me sonó a exhortación a la pasividad, a algo así como a decir: “esto es lo que hay, y por lo tanto aquí nos quedamos”; me dio la sensación de que me proponía una conducta falta de aspiraciones.

Definitivamente no es eso lo que me enseñaron, ni lo que por una u otra razón practiqué toda mi vida. Por el contrario: buscar, esforzarse, aprender, crecer, desarrollar, y otros por el estilo, son verbos que siempre llenaron mis días. Lo que no tengo, salgo a buscarlo; lo que no me sale, me esfuerzo para poder lograrlo; lo que no sé, trato de aprenderlo; crezco, me desarrollo, me hago más de lo que soy; recomiendo esto constantemente, promuevo esto, enseño esto al que me quiera escuchar; y busco, en otros que hacen lo mismo, ejemplos de cómo hacerlo yo más y mejor.

Desde este punto de vista diría que no juego sólo con las cartas que me han tocado, me busco otras.

Pero claro, no es eso en realidad a lo que se refiere don Anthony. Es indudable que el autor nos invita a “aceptar”, pero no de cualquier manera, no con los brazos caídos, no abandonando la voluntad; y allí está el truco: en el cómo jugar las cartas, porque la capacidad de aprender, la voluntad de esforzarse, ese tipo de “cartas”, nos las han repartido a todos.

Hipotéticamente hablando cualquiera podría decir: “yo no tengo la carta de tal o cual idioma, así que no viajo”. Pero con seguridad –de mirar las que sí le tocaron– tendrá la de hacer el esfuerzo de aprender dicha lengua; el asunto es entonces si esa –la de ponerse a aprender– habrá de querer jugarla o no, y cómo.

El poema no se refiere a despreciar dones y capacidades que tenemos de ser mejores, se refiere seguramente a esas miradas que damos al jardín del vecino, que siempre se ve más verde que el nuestro –aunque no sepamos lo que gasta en fertilizante, el tiempo de arduo trabajo que le dedica, etcétera.

Una vez me dijeron –cuando mi hijo era muy chico– que había que tener cuidado con las comparaciones entre pequeños, porque uno tiende a ver al que juega bien al fútbol y a compararlo con su hijo, y luego a cotejarlo también con el que estudia mucho, y con el que es ordenado, y con la que baila ballet clásico o toca la flauta como de conservatorio desde antes de caminar, y con el que anda en bicicleta con los ojos cerrados y aparte canta el himno en ocho idiomas… claro, que todos son uno o una distintos, ninguno hace todo –como sí pretendemos muchas veces para los nuestros. El que estudia no juega, o la que toca la flauta es desordenada, o el que canta el himno en ocho idiomas hace travesuras en catorce.

Comparamos y nos comparamos con los demás, y nos frustramos por no tener –aparentemente– lo que los demás nos muestran; sin ver lo que sí tenemos, las cartas que sí nos tocaron. Anthony de Mello no nos recomienda quedarnos sentados sin intentar mejorar, lo que nos advierte es que lleva a perder el vivir mirando las manos ajenas mientras se “desprecia” la propia.

Está muy claro que hay que jugar, que nadie nos pregunta, y que muchas veces nos tocarán cartas que tal vez no consideremos las mejores –o las que hubiésemos deseado. Pero no hay porqué resignarse; porque por malas que sean las cartas, siempre queda el asunto de cómo jugarlas.

Casi en cualquier juego de naipes es lo mismo, no hace falta tener la mejor mano para ganar, sólo hace falta saber jugarla. Y lo interesante es que el juego de la vida se parece mucho a esos en los cuales no hay necesariamente que ganarle a los demás, sino simplemente ir mejorando contra uno mismo.

Alguien nos convenció –probablemente desde un televisor–, que en la vida se gana si se tiene la tele más grande, o el auto más moderno, o la mayor cantidad de ropa sin usar porque hay que comprar tanta que no alcanza el tiempo para estrenarla… pero lo cierto es que no es tan así. Al final de la vida nadie le da un premio al que se muere habiendo comprado más cosas que los demás.

Ser mejor cada día, jugando bien todas las cartas que nos tocaron para que nuestra mano sea más poderosa, más brillante, más rica –para nosotros y para los que nos rodean–, tal vez tampoco lleve premio tipo copa o medalla; pero sí llevará el reconocimiento de esos que estén a nuestro lado, y la propia satisfacción personal –que es maravillosa no sólo porque no paga impuestos, sino porque además nunca nadie nos la puede sacar.

Obviamente me gusta el poema (que es mucho más profundo que mi primer y mi segundo análisis del mismo, y me deja con ganas de seguir y de seguir…), y no me llama a la desidia, o a la pasividad desesperanzada de un “destino” que no se puede alterar.

Aceptar nos pide Anthony de alguna forma, y allí –en la forma– es donde radica en gran parte el cómo. Aceptar no es abandonar o resignarse, aceptar es transformar –en grandísima medida transformarse– y ver la realidad desde “otro” lugar, para luego encarar el juego con estrategias más adecuadas.

El asunto de cómo jugar esta vida no está sino en el cómo se usan las cartas que nos tocaron –las habilidades, los dones, las capacidades incluida la de aceptar. Y ese cómo es justamente de trabajo, y no de desidia; de actividad transformadora y de construcción esperanzada de destinos mejores, para nosotros o para los que nos siguen. Ese cómo no es de mirar a otros sino de mirarse a uno mismo y hacer, incluso de hacerse y re hacerse –en muchos casos– aceptando para poder seguir haciendo.

¡A jugar!, que el asunto es cómo, y eso sólo depende de nosotros.



J. R. Lucks


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domingo, septiembre 19, 2010

Ya va a pasar

Hay un conjunto de refranes “esperanzadores” que por mucho tiempo me ha llamado la atención. Por ejemplo:

“Siempre que llovió paró”

¿Y qué pasa si mi casa se inundó, y perdí todo lo que tenía antes de que parase de llover? ¿O si mi campo se transformó en una laguna, y todo mi ganado se ahogó o mi cosecha se arruinó antes de que volviese a salir el sol?…

Por si con el ejemplo anterior no alcanza, que tal este otro proverbio que da hasta fechas “ciertas” de terminación de las calamidades:

“No hay mal que dure cien años”

¿Y si yo sólo vivo noventa y nueve años más?, ¿qué pasa entonces?, ¿qué hago?
¡Ja!, duro para empezar a pensar, ¿no? Pero es así. Es inevitablemente así. Estos refranes son para intentar consolarse, no para resolver. El asunto –en mi opinión– no es cuándo va a parar la “malaria”, sino qué hago con ella mientras la tengo encima. ¿Cómo me comporto?, ¿cómo la tomo?

En la misma línea de los anteriores –o tal vez a la inversa aunque sirve de todos modos a idéntico propósito–, qué tal este:

“Todo lo que sube, baja”

¿Cómo, sin perder la esperanza de que lo que subió ha de bajar, logra uno pasar el momento lo mejor posible? (sin connotaciones sexuales ya que sino sería exactamente al revés).

¿Qué se puede aprender en el medio de la inundación o del mal?, ¿hay algo para “aprovechar”, para “madurar”?...

Ya sé que no es fácil –¿debería tal vez usar la palabra posible en vez de fácil?–, pero al menos de esta manera se propone uno a sí mismo algo útil en qué pensar, mientras se espera que pasen los cien años o pare de llover.

Así es que: ¿qué hago con “esto”?, me resulta mejor pregunta que: ¿cuándo se terminará?
¿Para qué se puede “usar” lo que me está pasando?, ¿cómo se “aprovecha” esta dificultad para crecer, para ser mejor, más duro –o más blando–, más seguro de mí –o más abierto a las coyunturas, más flexible?

Yo pasé por alguna situaciones de este tipo durante mi vida, y sólo cuando me relajé, y me puse a pensar de esta forma, las cosas cambiaron o se “suavizaron” lo suficiente como para poder tolerarlas y así encontrarme con capacidades que no creía poseer, o posibilidades que nunca imaginé probables.

Ésta –como presuntamente todas las otras– es una de esas cuestiones en las que la experiencia ajena no le sirve a nadie, con lo cual no pretendo convencer al lector de que las cosas son así como digo. Pero: ¿por qué no darle una chance a esta idea?, ¿qué se podría perder, además de lo ya perdido o en proceso de?

La doctora Elisabeth Kübler Ross, psiquiatra suizo-estadounidense, una de las mayores expertas mundiales en la muerte –definitivamente una mala experiencia–, enunció hace ya varios años un ciclo de estados de ánimo por los que según ella se transita el camino hacia ese particular momento de la vida. Ella dice que los estadíos por los que se pasa son: negación (“¡esto no me puede estar pasando a mí!”), negociación (“bueno, ¡hago algo!, dejo de fumar, me cuido…”), ira (¡maldita sea!), depresión (no hace falta aclarar demasiado), y aceptación.

Más allá de si se aplica o no a la muerte –muy probablemente sí pero no puedo atestiguarlo porque aún no fallecí–, me parece bastante parecido a lo que nos sucede cuando nos enfrentamos a algo que consideramos negativo, a algo para lo cual los refranes nos prometen futuros mejores.

Podremos negarlo, tratar de negociarlo, enojarnos o deprimirnos, pero lo cierto es que la aceptación (cambio de actitud hacia el evento tratando de encontrar cómo sacar del mismo algo positivo, o al menos transitarlo en paz) es la única fase en la que, de existir alguna posibilidad, podríamos hallar la forma de crecer, de incorporar capacidades, de madurar, de aprender para que en el futuro las cosas sean mejores, etcétera.

Seguramente es demasiado pedir el actuar consistentemente de esta forma, lo que podría no serlo es al menos intentar pensar en el asunto; después de todo esta columna sólo intenta eso, dejar temas para pensar. Si ni siquiera eso se puede, pues bueno, nos quedan los refranes.



J. R. Lucks





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domingo, junio 13, 2010

Que no los agarre la lluvia

No hace mucho escuche de un amigo esta historia, quién a su vez la escuchó de alguien que decía haberla escuchado por ahí. Dice así:

“Dos personas llegan a su lugar de trabajo completamente mojados. La recepcionista del lugar pregunta:
- ¿Qué les pasó?
Uno de ellos contesta:
- ¡Me agarró la lluvia!
El otro, casi al unísono con el primero, responde en cambio:
- No me acordé de traer el paraguas”.


Interesante ¿no? El mismo fenómeno natural a uno de ellos lo “agarró”, lo hizo víctima de algo “inevitable”. Este primero “sufrió” la lluvia, algo externo afectó su vida. El otro, en cambio, contesta revisando su conducta. Se hace protagonista de la “mojadura”. Sin dudas toma nota, y se da a sí mismo la posibilidad de tal vez aprender algo para la próxima.

¡Que gran diferencia! Vivir la vida como víctima, o como protagonista. Buscar terceros responsables de nuestras calamidades; o tratar de entender que hacer para evitarlas, esquivarlas, transformarlas en algo –de ser posible– aprovechable.

¿De qué lado estamos? ¿Del lado de aquél al que siempre lo agarra la lluvia, o del que se sabe con al menos cierta chance de prevenirlas?

Estas ideas me hacen acordar de un par de refranes que expresan básicamente lo mismo. Uno de ellos, tal vez el más conocido, aconseja:

“Mira la viga en tu ojo, antes que la paja en el ajeno”.

El otro asegura:

“El jorobado no ve su joroba, sino la ajena”.

Mucha gente se comporta así, “excéntricamente”, o sea buscando en el exterior causas malignas o terceros responsables… en vez de mirar cuál podría ser su capacidad o posibilidad de cambiar las cosas.

Es muy fácil ver defectos en otros, culpas en factores externos, victimizarse ante situaciones aparentemente incontrolables. Es en cambio más bien difícil mirarse críticamente en un espejo, reconocer faltas o desidias que nos llevan a quedar en posiciones de culpa o responsabilidad.

Pues la verdad es que prefiero ser culpable antes que víctima. Como culpable –o responsable– podré pedir perdón e intentar hacerlo mejor la próxima vez. Como víctima, en cambio, no se está más que esperando el golpe, el mal, el sufrimiento.

Hay otro refrán que, siento, tiene una buena relación con este tema. El mismo me gusta mucho y dice:

“El mundo es para los osados, no para los callados”.

Rebelarse contra uno mismo y sus incapacidades temporales es de osados. Asumir responsabilidad y protagonismo es de osados. Pretender hacer al mundo, en vez de sufrirlo, es de osados. Victimizarse es de callados. Me gusta creer que en grandísima medida el destino se hace –con la osadía de creer que se puede, al menos en parte–, y no que sólo se debe esperar por él, callado. Al que nada más espera es muy probable que le llegue cualquier cosa. El que trata de hacer, en cambio, incrementa mucho las posibilidades de lograr lo que quiere, en vez de cualquier cosa.

Pero si esto de hacer el destino resulta demasiado, si no hay ánimo de ser del todo osado, al menos debería tenerse en cuenta este otro refrán para evitar lluvias que mojen:

“Más vale prevenir que curar”.

Siempre se puede cambiar, sólo hay que pasar de víctima –de uno mismo– a protagonista de la propia vida; sin importar cuanto tiempo se haya dejado ir ya, porque también es muy cierto que:

“Más vale tarde que nunca”


J. R. Lucks



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jueves, noviembre 22, 2007

22-11-07. Comida gratis en el infierno

Hoy, como la semana pasada, les traje un cuento del infierno, por este asunto de que después de la crisis, según el presidente, allí estábamos. Como la cosa mejoró, pero todavía no nos declararon salidos, sospecho que en la asunción de su reemplazante se hará el feliz anuncio.

Yo, como dije la semana pasada, creo que el concepto del infierno es un poco más complicado que lo que puede mecharse en un discurso, así que por eso traigo estos cuentos que creo sirven para entender un poco más el asunto, y que los que dan discursos digan lo que quieran.
El de esta semana (a) dice así:

Me contaron que en una bifurcación del camino que empieza con una luz blanca, ese que supuestamente recorren los que tienen experiencias más allá de la muerte, hay un cartel que dice: “Infierno, no lo piense dos veces, comida gratis”.
Suena un poco raro, pero uno de esos personajes que fue y volvió me contó, que antes de mandarlo de vuelta, lo dejaron ver. Efectivamente tomó hacia el lado del infierno, y apenas estaba por entrar, sus dos brazos se convirtieron en cucharas de palo, de dos metros de largo.
–Sin más remedio que avanzar –me contó este caballero– entré y vi el espectáculo más horrendo de mi vida. Efectivamente había comida disponible, maravillosa, y muy apetitosa por todos lados. Pero la gente… ¡Sólo vi hombres y mujeres desesperados! Famélicos, demacrados, llorando y gritando. Desgarrándose de hambre ya que con sus cucharas de mangos de dos metros, no conseguían llevar a la boca ni uno de los manjares que constantemente estaban trayéndoles. La comida caía de sus cucharas al piso. La gente la pisaba arruinándola inmediatamente, ya que en su desesperación, corría de un lado para el otro haciendo malabarismos para poder comer. Un espectáculo patético. Dolor y desesperación.
–Y qué hiciste –me animé a interrumpir.
–Como yo sólo estaba de visita pude salir. Allí entendí porqué ya no hacían más falta los latigazos, el fuego y las torturas. Pensé enseguida que el inventor de ese castigo era realmente el mal personificado. Justo en ese momento escucho una voz que me dice:
–No saques conclusiones apresuradas, ve ahora y mira que pasa del otro lado.
–Como no pensé que algo peor pudiese pasar, fui por el camino hacia el otro lado.
–¿Y qué viste?, ¿cómo era la contracara del infierno? –pregunté ansioso como un colegial.
–Exactamente igual.
–¿Qué? –grité, más intrigado que antes.
–Al entrar, mis brazos nuevamente se convirtieron en cucharas de mangos muy largos y rígidos, igualmente había manjares por todos lados, pero nadie corría. Nadie gritaba. Todos estaban sentados muy placidamente, dándose de comer unos a otros.

¿Qué tal?, ¿eh? Otra vez un cuento que pone las cosas de nuestro lado. No del lado de un funcionario estatal que llega o se va. El que conté la semana pasada tenía que ver con cómo reaccionábamos ante las diversas situaciones. Las puertas del infierno se abrían o cerraban en función de nuestras reacciones, no eran las situaciones en sí las infernales. Esta semana también está ese elemento de nuestra reacción, pero se agrega el tema de la solidaridad. En los dos lados la situación es la misma, hay brazos rígidos y mucha comida. El pensar no sólo en uno mismo, en la propia hambre sino también en la ajena, es lo que diferencia a los dos lugres. Aún los que en el cuento están en el infierno, podrían salir del mismo en el momento en que se hablen con otro y se pongan de acuerdo en finalizar sus mutuas torturas. Ni siquiera tendrían que moverse físicamente al otro lugar.

Tal vez el infierno en el que nos metimos, y del que supongo que nos declararán salidos, tenga algo que ver con esto también. No sólo con la impericia y la incapacidad de un grupo de hombres y mujeres que supuestamente gobernaron durante un tiempo, sino con que más de las veces sólo miramos por nosotros y nada más. Tal vez aunque esos hombres y mujeres que han de gobernarnos alguna vez vayan a ser capaces y decentes, igual nos terminaríamos metiendo en un infierno si sólo seguimos mirando nuestros propios ombligos.

En fin. Ojalá que en los discursos nos saquen del infierno. Ojalá que la situación económica nos saque del infierno a todos, no sólo a la mayoría, porque el asunto de la pobreza y de la indigencia no es como la democracia, termina cuando todos salieron, no sólo cuando la mayoría tiene para comer o educarse. Pero por sobre todo, ojalá que entendamos que el verdadero infierno lo decidimos nosotros con nuestras actitudes. En ese nos metemos y nos sacamos solamente nosotros, los discursos y las demagogias no nos van a ayudar.


J. R. Lucks


Bibliografía:

(a) El cuento adaptado para esta columna se tomó de una versión del mismo llamado: “El bien y el mal”, publicado en: Acertijos Unicistas. Autor Peter Belohlavek. Editorial Blue Eagle Group, 2005.




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jueves, junio 07, 2007

08-06-07. Aptitudes y actitudes. De tal palo tal astilla

Hoy tengo dos cuentos, que abordan el tema de las actitudes y las aptitudes. Ambos tocan la temática de maneras diferentes pero creo que complementarias. El primero (a) dice así:

“Mi hijo nació hace pocos días, llegó a este mundo sin problemas por suerte... Pero yo tenía que viajar, ¡Justo esa semana tenía tantos compromisos!
Mi hijo aprendió a comer cuando menos lo esperaba, comenzó a hablar cuando yo no estaba... Cómo crece rápido mi hijo. ¡Cómo pasa el tiempo!
Mi hijo, a medida que crecía me decía: -¡Papá, algún día seré como vos! ¿Cuándo volvés a casa, papá?
-No lo sé, hijo, hoy tengo una cena de negocios, pero tal vez el fin de semana jugaremos juntos; ya lo verás.
Mi hijo cumplió diez años hace pocos días y me dijo: -¡Gracias por la pelota, papá! ¿Querés jugar conmigo?
-Hoy no puedo, hijito; tengo muchísimo que hacer. Pronto, te lo prometo.
-Está bien, papá, otro día será.
Se fue sonriendo. Siempre fue muy comprensivo. Se fue a jugar solo diciendo: -Algún día seré como vos papá.
Mi hijo regresó de la universidad el otro día, todo un hombre. -Hijo, estoy orgulloso de ti, -le dije- siéntate y hablemos un poco.
-Hoy no, papá, tengo que ir a ver a mi novia y salir a festejar con amigos. Por favor prestame el auto, así hago más rápido, ya que tengo que salir por la noche a una entrevista de trabajo, mañana mismo, en otra ciudad.
Ya me jubilé y mi hijo vive en esa otra ciudad. Hoy lo llamé: -¡Hola hijo, quiero verte!
-Me encantaría, padre, pero es que no tengo tiempo; vos sabés, mi trabajo, mis hijos. ¡Pero gracias por llamar, fue muy bueno oír tu voz!
Al colgar el teléfono me di cuenta, de que mi hijo, había logrado, definitivamente, ser como yo”.

¿Que tal?, la actitud del padre se había transformado en la aptitud del hijo, en su forma de ser. Muchas veces nos pasa esto. Las aptitudes son adquiridas. Uno aprende, y: ¿de qué aprende? Aprende de libros, aprende en universidades, aprende de discursos… pero por sobre todo aprende de actitudes de sus padres. “Si mi padre tira el cigarrillo prendido por la ventana del auto en la autopista, debe estar bien. Cuando sea grande no sólo voy a fumar, sino que también voy a manejar con una sola mano como él, y voy a tirar la ceniza y la colilla por la ventana, así no se ensucia el cenicero. El cenicero después de todo es para poner las monedas, como lo usa papá”.

Será que no nos damos cuenta de esto, tan sencillo y lógico. Nuestras actitudes se transforman en las aptitudes de nuestros hijos, las buenas, pero por sobre todo las malas. En fin. Yo quiero ser un eterno optimista, y creo que estamos a tiempo. Siempre estamos a tiempo de cambiar nuestras actitudes de hoy para que las aptitudes de nuestros hijos sean mejores que las nuestras.

El otro cuento (b) enfoca la cosa desde una óptica distinta, y tiene que ver con el hecho de que muchas veces estudiamos y nos preparamos mucho pero no nos predisponemos correctamente para encarar la vida. La lucksización de este cuento dice lo siguiente:

“Había una vez un pintor que no lograba que sus cuadros y retratos le gustasen. El sabía, más allá de lo que los críticos de arte le confirmaban, que en el mejor de los casos lo que él producía era mediocre, deslucido. Por mucho que se esforzaba no lograba transmitir en sus trabajos lo que pretendía retratar.
No era una persona de no hacer el esfuerzo, así que fue a todas las esuelas que encontró, tomó todos los cursos, probó diferentes técnicas para ver si era más apto a una que a otra… y nada. Mediocre parecía ser el máximo al que podía aspirar.
Un día, muy turbado por no poder sacar el jugo de toda la instrucción que había recibido, entra sin darse cuenta en un templo Zen. Un viejo maestro lo ve, y se le acerca para preguntarle que era lo que lo tenía así de abatido.
Nuestro pintor mediocre le cuenta su historia y su preocupación. El maestro parece no prestar atención a los detalles y sin embargo comienza a hacer una gran cantidad de preguntas sobre la vida del pintor, sobre sus costumbres, sobre su familia y amigos, acerca de la relación de nuestro protagonista con la naturaleza y con la vida en sí.
Luego de contestar a muchas de estas preguntas y ante un repentino silencio del maestro, nuestro frustrado amigo pregunta que debe hacer, si debe seguir aprendiendo y perfeccionándose para acceder a su objetivo.
El maestro, que a todo esto había cerrado sus ojos y parecía estar en estado de meditación, se torna hacia él, pone una mano en su hombro y le dice:
-Amigo mío, no es seguir llenándote de aptitudes lo que hará de ti un gran pintor. Las técnicas pueden aprenderse en cualquier lado y en cualquier momento. Todo lo contrario. Vacíate primero. En el arte, y en mucho la vida, depende de la contemplación y de la reflexión. Vacíate de preconceptos y preocupaciones. Contempla la montaña, déjala entrar en ti. Luego, una vez que la montaña en ti sea más grande que el deseo de alabanzas por tu pintura, lograrás plasmarla cuatas veces quieras con lo que ya aprendiste”.

¿Les gustó? La filosofía Zen tiene mucho de esto, de contemplación, de vaciarse de uno mismo para dejarse llenar de lo que nos rodea, Esta es la forma de alcanzar la iluminación, o esa sabiduría que está allí y que muchas veces no vemos por estar solamente mirándonos el ombligo. Adquirir aptitudes es importante. Pero nuestras actitudes ante la vida, ante lo que queremos aprender, ante lo que tenemos que producir, son muchas, sino todas las veces, definitivamente más importantes.

Aprender sin la actitud correcta es malgastar el tiempo del discípulo y del maestro. Tenemos que entrenarnos. Tenemos que invertir tiempo en aprender. Pero por sobre todo tenemos que poner ganas, para aprender bien. Con ganas y esfuerzo todo se consigue. Con esfuerzo solo no llegamos más que a mediocres. Sólo con ganas no pasamos de soñadores. Ganas “y” esfuerzo. Actitudes “y” aptitudes. Pero, definitivamente, actitudes, y de las buenas, primero.




J. R. Lucks


Bibliografía

a Otra versión de este cuento puede encontrarse en la siguiente dirección web:
http://www.deaccioncatolica.com.ar/reflesem/refle105.htm

b El cuento: “Un pintor mediocre”, que se utilizó para esta adaptación puede encontrarse en: Cuentos ZEN, Guido Tavani. Editorial Quadrata, año 2007.





jueves, abril 19, 2007

19-04-07. La risa y las balas que causan alergia.

Hoy les quiero hablar de la risa.

Los otros días, un amigo que me crucé, un poco de casualidad y otro poco por andar buscándolo, me encontró un poco enojado, como sacado de mis cabales, aparte un poco des…., y me dijo “vos lo que tenés que hacer es reírte de vos mismo”. Lo escuché con atención, intentando encontrar el fondo de lo que me decía, y a pesar de que en ese momento no pude, igualmente me cambió el ánimo. Me dio por un lado lo que sentí como una luz de esperanza en ese momento de caída. Pero por sobre todo algo para trabajar: entender que significaba esto de reírse de uno mismo. Está claro que mi amigo no me recomendaba ser cruel con mi propia situación y reírme o gozar con mi dolor de alguna forma masoquista. Me invitaba a dos cosas que creo haber entendido, después de haber buscado y rebuscado, entender.

Por un lado me recomendaba una de las medicinas más baratas, shh que no nos oigan los laboratorios. Anduve un poco por la web entendiendo algo de la risa, y no es novedad, pero la risa se ha transformado en una forma de terapia, de hecho se la llama risoterapia. En una página científica (a) que explica los efectos de la risoterapia dice que la risa aporta múltiples beneficios:


“... rejuvenece, elimina el estrés, las tensiones, la ansiedad, la depresión, el colesterol; adelgaza, ayuda a combatir los dolores, el insomnio, los problemas cardiovasculares, respiratorios y en general de cualquier enfermedad. Dicen los expertos que hasta 400 músculos se ponen en actividad en un ataque de risa. Los pulmones mueven el doble del volúmen de aire, lo que mejora la oxigenación de la sangre y los tejidos. Los abdominales se contraen con sacudidas que terminan por brindarles un excelente masaje a los órganos internos. Las piernas y los brazos se relajan, y se estiran los huesos de la columna, lugar donde se acumulan tensiones”.

No se como todavía el gobierno no cobra impuestos por esto. Pero eso no es todo: la risa además estimula las endorfinas, que son unas hormonas que tienen un efecto muy importante en el refuerzo del sistema inmune, por lo tanto, mientras estamos de buen humor, estamos mejor protegidos contra cualquier enfermedad o virus. Pero mi amigo no me recomendaba reírme solamente, sino reírme de mi mismo. Había algo más. Así que me puse a buscar en los cuentos algo que me iluminara, que me diese una pista de cómo hacer esto pero bien, o sea creciendo en el proceso, curándome no hiriéndome más.

Encontré un par de cosas. Primero un cuento muy chiquito que dice así:

A un señor, como cualquiera de nosotros, se le habían casado hacía muy poco sus dos hijos. Una mujer y un varón. Un conocido se lo encuentra por la calle y le pregunta como van los matrimonios. El padre de los recién casados contesta:
- Sinceramente más o menos. Con María muy bien, se encontró un caballero encantado que la trata como a una reina. Le ha regalado un coche, le compra todas las joyas que quiere y le ha contratado un montón de sirvientes. Incluso le lleva el desayuno a la cama y le permite levantarse a la hora que quiera. ¡Un verdadero encanto de hombre!"
- En cambio José ha tenido tan mala suerte… a su mujer el pobre le ha regalado un coche, la ha cubierto de joyas y ha puesto a su servicio no se cuantos criados... ¡Y ella se queda en la cama hasta el mediodía! ¡Ni siquiera se levanta para prepararle el desayuno!"

Se entiende no. Puntos de vista. Lo que para la hija era maravilloso hacía de su nuera una mala mujer. Y lo que pensé fue eso. Para reírme de mi mismo, sólo alcanza con cambiar el punto de vista. Me imaginaba por ejemplo cuando estoy en el tráfico, enojado, desesperado… y me dije a mi mismo: que pasa si veo a un tipo así pero en una película, en uno de esos grotescos exagerados. Seguro que me río, me causa gracia, y si la situación me causa gracia porque no reírme de la misma situación cuando me pasa a mí. Me pareció que era una buena idea para empezar a trabajar esto de reírme de mí mismo. Si disfrutamos con cosas absurdas que les pasan a los demás, porque no intentarlo sobre las que nos pasan o las que producimos nosotros: como peleas con seres queridos por tonterías, o estados de nerviosismo por llegar tarde a lugares en los que no nos esperan y cosas así. Esto ni siquiera implica ponerse en el lugar del otro, sólo ponernos en espectadores de nosotros mismos. No me pareció tan imposible. Y si eso me hace reír, que hace bien, y aparte me ayuda a relajarme y a poder alejar una amargura por reírme de mis actitudes tontas, ¿porqué no intentarlo al menos?

En fin, me pareció interesante y lo quise compartir. Pero estaba enganchado, así que seguí buscando cuentos y encontré otro (b) que me pareció fantástico, porque va un pasito más allá. Es de alguien que no sólo se ríe de sí mismo, sino que por su actitud cambia el humor de los que lo rodean y hace que algo que seguramente iba a ser malo se transforme en bueno. La versión lucksizada dice así:

José es un tipo que siempre está de buen humor. Siempre le busca el lado positivo a las cosas, y la verdad, es que de tanto buscar siempre se las encuentra.
Cuando alguien le pregunta como hace, el responde:
- Cada mañana me despierto y me digo a mi mismo: hoy tenés dos opciones: podés escoger estar de buen humor o de mal humor. Y siempre elijo estar de buen humor. Cada vez que me sucede algo malo, puedo escoger entre ser una víctima o aprender de ello, y escojo aprender de ello. Todo en la vida es acerca de elecciones. Vos elegís cómo reaccionas ante cada situación, vos elegís cómo la gente afectará tu estado de ánimo.
Un día a José lo asaltaron. Mientras buscaba en sus bolsillos para entregar su billetera, nervioso por la situación la dejó caer al piso. Los asaltantes se asustaron y le dispararon. Por suerte fue encontrado relativamente pronto y llevado de emergencia a una clínica. Después de ocho horas de cirugía y semanas de terapia intensiva, mi amigo fue dado de alta, aún con fragmentos de bala en su cuerpo. Me encontré con él seis meses después del accidente, y cuando le pregunté como estaba, me respondió como era habitual: de muy buen humor.
Le pregunté que pasó por su mente en el momento en que lo llevaban al quirófano. Contestó:
- Los médicos estuvieron muy bien. No dejaban de decirme que iba a mejorar. Pero cuando me llevaron al quirófano, y vi las expresiones en las caras de los médicos y enfermeras, realmente me asusté.
Podía leer en sus ojos que en verdad era muy grave. Supe entonces que tenía que hacer algo con su actitud.
- ¿Qué hiciste?, pregunté.
- Bueno, uno de los médicos me preguntó si era alérgico a algo y respirando profundo grité: Si, a las balas
- Mientras reían, les dije: estoy eligiendo vivir, opérenme como si estuviera vivo, no muerto.
Mi amigo vivió porque los médicos eran muy buenos, pero sobre todo por su asombrosa actitud.


¿Gustó? Reírse. Reírse de uno mismo. Y por sobre todo actitud positiva. Ojalá nos animemos, porque la fórmula no falla y por ahora es gratis.




J. R. Lucks





Bibliografía

(a) Material obtenido en la siguiente dirección web:
http://www.familia.cl/ciencia/risoterapia/risoterapia2.htm

(b) Otra versión de esta historia puede hallarse en la siguiente dirección web:
http://www.geomundos.com/salud/espiritualidad/la-historia-de-pepe_doc_9505.html