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domingo, octubre 17, 2010

Verdades no evidentes

Hace un tiempo leí un cuentito que me resultó interesante. El susodicho tiene su lado “tierno”, así como además una notable cuota de crueldad. Dice lo siguiente:

“Un día mi madre salió, y mi padre quedó a mi cargo.

Yo tendría entre dos y tres años, y uno de mis juguetes favoritos era, por ese entonces, un juego de té que alguien me había regalado.

Mi papá estaba en el living mirando el noticiero de la noche, cuando le llevé una pequeña taza de té conteniendo en realidad no más que agua.

Después de varias tazas, y de muchas alabanzas por la riquísima bebida, mamá llegó a casa. Mi papá la hizo esperar en el living para que me viera traerle una nueva taza de té, porque a él le había parecido la cosa más tierna que había visto.

Mi mamá aguardó, me vio venir caminando por el pasillo con la taza de té para papá, y lo miró sin decir palabra mientras la tomaba.

Luego de que acabara de beberla, mi mamá, rompiendo todo el encanto y haciendo alarde de algo que en realidad sólo una madre podría saber, le dijo:

-¿No se te ocurrió que el único lugar en que la nena puede alcanzar agua es en el inodoro?"


Inmediatamente vinieron a mi mente algunos refranes, por ejemplo éste que ese padre habrá de tener en cuenta a partir de su experiencia:

“De los escarmentados nacen los avisados”.

Efectivamente, la experiencia hace que uno vea lo que mira con otros ojos; poniendo en este “ver” ya no sólo el sentido de la vista sino además otras capacidades, como la memoria, el razonamiento, etcétera. Para eso otro refrán aplica:

“La experiencia no se fía de la apariencia”.

No siempre las apariencias engañan, pero muchas veces sí; de allí que no todas las verdades son evidentes, ni todo lo que parece evidente es cierto.

¿Cuánta “agua de inodoro” tomamos hoy en día, en que lo “ofrecido” con aparente “ternura” es tanto? ¿Cuánta oferta que a los ojos resulta tentadora no es más que gato por liebre? ¿Cuánta experiencia hace falta para discernir correctamente?

Discernir es una palabra que me parece maravillosa. Pasar por un cernidor –por un “colador”–, que deje pasar lo que queremos que pase y retenga lo que queremos que quede. ¿Dónde se aprende a cernir las ofertas para retener las buenas y descartar las malas?, ¿sólo a los golpes, o se podrá pensar un poco aunque para el ansia de venta de muchos eso sea un pecado mortal?

No es cierto que como todo es “barato”, o “alcanzable”, o “accesible” en función de cuotas o financiaciones “sin interés” –aparente–, no resulta oneroso equivocarse y tomar agua de inodoro pensando que es té u otra bebida “potable”.

En fin. Ojalá que al menos en las ofertas que nos hacen hubiese algo de ternura, y no sólo intención de engañar. No se puede vivir paranoico pensando que toda agua es de inodoro, pero tampoco tan ingenuamente como para creer que todo lo que parece puro y transparente lo es, aunque sea barato –o justamente porque lo aparenta.

Algo de agua sucia habrá que estar preparados para tomar de vez en cuando; ya que aunque sea mala, sucia, o no cumpla con lo que creímos que iría a cumplir, no se puede vivir sin tomar. Para eso, y “estirándolo” para que sirva a efectos mayores, es muy cierto que:

“Nunca digas de esta agua no beberé”

… aunque sea de inodoro. Eso sí, no tan seguido, ¿no?


J. R. Lucks



domingo, abril 04, 2010

Igualando luces y oscuridades

Hay un día del año más largo que los demás… Bueno, en realidad no, todos los días miden lo mismo, 23 horas, 59 minutos y casi 60 segundos, pero se dice que uno es más largo porque durante dicha jornada el tiempo de luz es máximo y el de oscuridad mínimo. Por supuesto, también hay un día más breve –siguiendo la lógica del tiempo iluminado–, con luces cortas y oscuridades largas. Esto, todo el mundo lo tiene claro.

Lo que me sorprendió a mí una vez, a pesar de que es impresionantemente obvio, es que hay dos días por año en que el tiempo de luz y el de oscuridad son exactamente iguales. Claro, naturalmente, para que haya un día más largo y otro más corto, las luces y las oscuridades tienen que acortarse y alargarse de forma tal que en algún punto, en dos concretamente, inevitablemente habrán de ser iguales.

Los dos días “simétricos” se denominan, equinoccio de primavera y de otoño. De hecho la palabra equinoccio viene del latín, y quiere decir justamente eso: días y noches iguales.

¿Por qué será que estos días, en que luces y oscuridades son iguales, tienen menos “marketing” que el más largo y el más corto? Es más, ¿por qué no llaman más la atención si en realidad son los únicos dos días así entre los 365?, siendo que todos los demás –363, o 364 en los años bisiestos– son “desiguales”. Estos “equi” deberían aparecer como más llamativos, son “el caso raro”.

Pero esto no es lo que me llamó más la atención, sino que aparte estos dos días ocurren en todo el mundo al mismo tiempo . Hay dos jornadas durante el año en que para todos los que estamos en esta piedra dando vueltas alrededor del sol, las luces y las oscuridades son iguales. ¡Ja!

Sé que es obvio lo de los equinoccios. Que tal vez todos lo tenían presente y solamente yo nunca lo había considerado, o sí aunque lo tenía condenado al olvido. Pero la idea de que para todos…, todos…, los casi siete mil millones de personas que habitamos este mundo, dos días al año “luces y oscuridades” fuesen las mismas, me pareció muy poderosa.

Imagínese que esos dos días se nos ocurra hacer que el resto de las cosas también sean iguales. Que todos comamos lo mismo, que todos viajemos en los mismos medios de transporte, que todos tengamos la misma cantidad de esperanzas y posibilidades. Las mismas luces y las mismas oscuridades. ¡Ja!, de vuelta.

He escrito cosas utópicas, pero esta se sale de la gráfica, ¿no? Tal vez, pero no me importa, hoy tengo ganas de soñar.

¿Qué comeríamos ese día?, lo de los millones que mueren de hambre, o alguna especialidad de restaurante gourmet. ¿En qué viajaríamos?, en autos o a pie. ¿Miraríamos todos alguna película en un televisor de ya no se cuántas pulgadas?, o la nada a la que inmensas cantidades de humanos parecieran estar condenados. Serían dos días al año nada más… Sólo pensar en esto ya es un ejercicio interesante.

La mayor parte de los países occidentales, y una gran cantidad de los orientales occidentalizados, vivimos en sociedades con regímenes políticos inmensamente influidos por los preceptos de la Revolución Francesa: Libertad, Fraternidad, y la nunca bien ponderada Igualdad. Y son justamente estas sociedades, occidentales u occidentalizadas, las que han entronizado al individualismo casi como “valor” supremo.

Los seres humanos somos distintos por naturaleza, no soy de los que no aprecian la individualidad, la maravilla que cada uno de nosotros puede ser y hacerse gracias a su propio esfuerzo, a su voluntad y a su libertad; pero me gusta tenerla y “ejercerla” para tratar de ponerla al servicio del grupo en el que vivo. Somos animales sociales, no individualistas que como no podemos vivir aislados nos alimentamos parasitariamente de una sociedad que sólo nos importa en la medida en que mira y consume las últimas fotos que subimos a la más moderna “red social”.

El individualismo es el culto a la individualidad. Es la individualidad por la individualidad misma, es cerrarse en ella, no desarrollarla para compartirla. No nos confundamos. No es lo mismo.

La Igualdad de los franceses no era tampoco ignorar la individualidad. Se referían a la igualdad ante la ley. Pretendían instaurar un estado en el cual todos tuviesen los mismos derechos, porque venían de sociedades en las cuales algunos tenían más que otros. El movimiento revolucionario comenzó porque obviamente los que tenían menos un día se cansaron, aparte de terminar de darse cuenta de que eran muchos más en cantidad.

Y lo lograron. Hoy, por ejemplo, en estos países de los que venimos hablando todos tienen el mismo derecho a la educación y a la salud, ¿no es cierto? Lo que no gozan es del mismo acceso, y en esto tiene mucho que ver, si no me equivoco, el individualismo.

(Acotación, “al margen”: son muchísimos más los que no tienen acceso y seguramente ya se dieron cuenta, lo que no sé es cuándo terminarán de cansarse).

Yo creo que aparte del individualismo –o por su causa– hay mucho de ignorancia. Por eso, con fines educativos, vuelvo a mi utópica idea de proponer un par de días de equi-consumos sobre los equinoccios. O sea un par de días en que los que tienen más acceso consuman lo de los que tienen menos, y porque no viceversa. Para realmente compartir luces y oscuridades, para saber en serio lo que significa una y otra cosa.

“¡No se puede!” –me dirán–, “sería demasiado complejo… más bien imposible”. Bajemos un poco el grado de utopía. ¿Qué tal si un par de días al año al menos pensamos en esto?, dejamos de lado el individualismo y nos damos una vuelta por la Fraternidad de los franceses, porque si tal vez nos diéramos una mano un poco más generosa entre todos, a lo mejor las igualdades de acceso serían algo menos utópicas.

Estamos lejísimos, creo, de poder hacer algo como esto. Es casi más probable que a alguien se le ocurra prohibir los equinoccios, antes que promover un par de equi-consumos por año.

Por eso, empecemos a tomar conciencia en el plano individual, que es el que parece más nos gusta. Que “al menos” un par de veces por año nos de vergüenza que sólo el largo del día y el de la noche se puedan igualar, y ese par de días hablémosle a alguien de eso, por ejemplo a nuestros hijos si tenemos.

Tantos días instaurados por quién sabe quién celebramos en los que se mueven fortunas: el de los enamorados, el de las madres, el del estudiante, el del arquero… y gastamos, y compramos flores, y tarjetas, y chocolates, y nos disfrazamos en el día de brujas, y nos emborrachamos de cerveza para recordar a un santo. Alguien debería ganar unos pesos por instaurar un par de días de la igualdad.

El sistema solar, en lo que puede aportar, ya hizo dos días así: especiales, un par al año, diferentes de los demás; no hace falta mucho esfuerzo para fijar las fechas. Sólo propongo pensar en el asunto, educar sobre el tema, y juntar la misma cantidad de dinero que gastamos en pavadas alguno de los otros días “celebrables”, para ponerla a la causa de la igualdad de luces y reducción de oscuridades.

¡Ja!, por tercera vez… ¿No sería buen negocio?

La igualdad de los equinoccios y la de los franceses, y el gusto de pensar con poesías, me llevaron a la Marsellesa.

"¡A las armas, ciudadanos!
¡Formad vuestros batallones!
Marchemos, marchemos,
¡Que una sangre impura
empape nuestros surcos!"

Empecemos antes de que sea demasiado tarde, para que en vez de que millones tengan que cantar este estribillo, los que nos siguen puedan entonar con orgullo las últimas estrofas de ese himno.

"Nosotros tomaremos el camino
cuando nuestros mayores ya no estén,
allí encontraremos sus cenizas
y la huella de sus virtudes.
…
¡nosotros tendremos el sublime orgullo
de … seguirles!"




J. R. Lucks


Referencias

(1) Astrónomos y estudiosos de los movimientos celestiales, por favor abstenerse de mediciones muy exactas.



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domingo, marzo 28, 2010

Si no puede con ellos, aguante pero no se les una.

Hace un tiempo leí un libro que se llama El Acoso Moral (1). En él, la autora, una psiquiatra y terapeuta familiar de nombre Marie-France Hirigoyen, se ocupa del fenómeno del maltrato psicológico en la vida cotidiana. Un muy buen libro, definitivamente no para pasar el rato.

En alguna parte del escrito la autora nos muestra el fenómeno más desde un plano social que personal, y algunas de las cosas que dice, por ejemplo, son:

“Con el pretexto de la tolerancia, las sociedades occidentales renuncian poco a poco a sus propias prohibiciones. Pero, al aceptar demasiado, [...] permiten que se desarrollen en su seno los funcionamientos perversos. Numerosos dirigentes [...], que ocupan no obstante una posición de modelo para la juventud, no muestran ninguna preocupación moral a la hora de liquidar a un rival o de mantenerse en el poder. […] Otros se enriquecen gracias a una delincuencia astuta hecha de abusos de bienes sociales, de estafas o de fraudes fiscales. La corrupción se ha convertido en una moneda corriente. […], basta con que un grupo, una empresa o un gobierno cuenten con uno o con varios individuos perversos para que todo el sistema se vuelva perverso. Si esta perversión no se denuncia, se extiende subterráneamente mediante la intimidación, el miedo y la manipulación. Efectivamente, para atar psicológicamente a un individuo, basta con inducirlo a la mentira o a ciertos compromisos para convertirlo en cómplice del proceso perverso. […] Tanto en las familias como en las empresas y los Estados, los perversos narcisistas se las arreglan para atribuir a los demás los desastres que provocan, se presentan luego como salvadores y se hacen así con el poder. En lo sucesivo, para mantenerse en él, les basta con no tener escrúpulos”.

Nos presenta una realidad que conocemos, pero que no por eso deja de asustar, ¿no? Es de esperar que todavía sí. Y ¿por qué pasa esto? La autora sugiere:

“[…] la multiplicación actual de los actos de perversidad en las familias y en las empresas es un indicador del individualismo que domina en nuestra sociedad. En un sistema que funciona según la ley del más fuerte, o del más malicioso, los perversos son los amos. Cuando el éxito es el valor principal, la honradez parece una debilidad y la perversidad adopta un aire de picardía”.

¿Y entonces?, ¿tiene arreglo esto?, ¿querremos arreglarlo?...

Me vino instantáneamente a la mente un refrán de los que para mí está en la categoría de maldito; tal vez injustamente en algún caso particular, pero aplicado a esto de lo que estoy escribiendo maldito con seguridad. El maldito refrán dice así:

“Si no puedes con ellos, úneteles”

Claro, es tarde ya… son demasiados… ¡No!, en realidad no son demasiados, pero como dice Marie-France con pocos alcanza. Toda una manzana se pudre por un pequeño pedacito podrido que no se saca a tiempo. Por eso si no podemos sacar a los podridos, ¡pudrámonos con ellos!... ¿no?

El libro es muy interesante, y habla en realidad mucho más del fenómeno a nivel personal, familiar; donde sí se puede hacer algo para cambiar, para entender el dolor que se le causa a otro y tratar de evitarlo, o para comprender cómo un tercero pretende manipularnos y escapar así del acoso.

Una frase con la que la autora expresa lo malo que es el maltrato psicológico –particularmente en los niños–, lo dañino que es destruir a otro en su voluntad –sea en el plano individual o en el colectivo como se describe en las citas anteriores–, me pareció notable:

“La condena a la impotencia es la peor de las condenas”

¡Brutal! El “si no puedes con ellos”… no es más que la expresión amable de una condena a la impotencia.

¿Y qué hacemos?… Aparentemente estamos “condenados” a vivir en el mundo que describe Marie-France. Pero, ¿por qué creer que estamos también condenados a la impotencia, a la peor de las condenas?

Habría que “revolucionar” las cosas… pero para que la revolución ocurra –dicen los que saben– hay que tener conciencia de la indignidad en la que se vive. Nadie que se sienta “cómodo” inicia una revolución, pero tampoco el incómodo que no se da cuenta, que no percibe, que no tiene tiempo para pensar en su indignidad porque se la pasa colgado de la televisión, o la carrera por poseer, o del entrenamiento de turno que la sociedad de consumo –que no nos quiere revolucionarios– inventa o pone de moda para adormecer.

Por suerte, al igual que como Marie-France asegura: con pocos alcanza para pudrir, para incitar las revoluciones tampoco hacen falta muchos. Con que algunos logren llevar a las masas a ese estado de conocimiento de su propia indignidad que se necesita, el resto es casi automático. Nadie garantiza que lo que venga será mejor, pero ciertamente no es tampoco imposible el que lo sea.

Si quiere sentirse condenado a la peor de las condenas, únase a ellos, tal vez con el tiempo la pérdida de conciencia le permita realmente disfrutar de la corrupción y de la perversión.

Si no quiere sentirse condenado a la peor de las condenas no se una. Revolucione. Ayude en la tarea de alertar a las masas sobre la indignidad en la que vivimos. Eduquemos y eduquémonos, en algún momento va a producir efecto. En algún momento la masa va a terminar sintiendo que es demasiada la opresión de la moda, de la publicidad, del consumismo que lo consume a uno alimentando constantemente el afán de consumir.

Los procesos históricos son muchas veces demasiado largos como para ver resultados, pero son inexorables y algún día hay que empezar. Que cuando en algunas centurias se escriba la historia de cómo el mundo redujo sus niveles de corrupción e individualismo, de cómo se volvió a entender que la ley del más fuerte o malicioso no era la más adecuada, de cómo las masas se percataron de que el éxito no era el valor principal, la honradez era una virtud y la perversidad una conducta deleznable, se diga que dicho movimiento revolucionario comenzó a gestarse a principios del siglo XXI.


J. R. Lucks





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domingo, febrero 28, 2010

El saber no ocupa lugar, y da poder.

Leyendo un libro (1) sobre un personaje de serie televisiva, el Doctor Gregory House (2) , me encontré con este párrafo:

“En el diálogo platónico Apología, donde ser narra el juicio de Sócrates, escuchamos a este último pronunciar su célebre frase: ‘Una vida sin examen no vale la pena ser vivida’. Sócrates quería decirnos que prefería morir a renunciar a la forma en que vivía”.

El libro pretende explicar el comportamiento del excéntrico y socialmente incorrecto médico, desde la óptica de distintas corrientes de pensamiento, y apoyándose también en la psicología y el psicoanálisis. En ese afán es que encuentra en este episodio de la vida de Sócrates, una “razón” para la obsesión de House de conocer y entender las causas de todo lo que lo rodea.

Yo creo firmemente en la “curiosidad” como motor del desarrollo; aunque en relación a la frase de Sócrates coincido con algunas personas que sostienen que es demasiado fuerte, discriminatoria: “La vida merece ser vivida, punto”, argumentan. Y está bien. No parece razonable desmerecer las vidas de los que no desean o simplemente no pueden examinarse. Pero salvando las traducciones (tal vez distorsionantes), la literalidad y las asperezas de la frase en crudo, que lindo sería si todos nos examináramos un poco de vez en cuando, ¿no?

Hoy está de moda actuar por impulso, hacer lo que a uno le da la gana, ir con la corriente, dejarse estar, etcétera, etcétera, etcétera. Pensar –examinarse, pensarse–, no tanto, aunque esto no quiere decir que no examinemos o juzguemos a los demás, eso sí sigue parece seguir siendo “aceptable” para el hombre y la mujer modernos.

La frase de Sócrates, que en otra época era considerada un “buen” refrán, hoy, tanto por buenas razones –las antidiscriminatorias– como por otras no tan buenas –vagancia, dejadez, desidia, publicidad metida en nuestras cabezas hasta el hartazgo, hyper-multi-medios que nos alcanzan por todos lados con un mensaje intencionado–, se transformó en “mala palabra”.

Se me ocurren un par de refranes interesantes, que podrían poner a esta frase en un lugar desde donde se la pueda mirar con otros ojos. Que tal:

“El saber no ocupa lugar”

Aparte de no ocupar lugar, conocerse a uno mismo, pensar en sí, todavía es gratis. Con lo cual, gracias a estas dos características debe ser, junto con respirar, de las pocas cosas a las que todo ser humano tiene posibilidades de acceder, sin tener que pedirle nada a nadie. ¿Pensó en eso mientras respiraba?

El otro refrán, del par que se me ocurrió, es tal vez un poco más interesante como para sacar conclusiones:

“La información es poder”

Y me gusta pensar en poder no solamente como capacidad de gobernar a otros, sino en el sentido más puro del verbo: facultad o potencia de hacer algo. Si no sabemos no “podemos”, pero para saber hay que pensar, examinar, examinarse.

Conocerse a uno mismo –otra frasecita que nos viene de los griegos– permite saber qué podemos, qué “debemos” (otro término que no está muy de moda cuando somos sujetos del deber, pero que sí nos gusta usar cuando nos referimos a lo que otros nos deben); pero fundamentalmente conocer y conocernos permite saber qué nos conviene, para no terminar haciendo lo que le convenga a cualquier otro que quiera influir en nosotros.

Es que para tener información no hace falta pensar, también podemos recibir la información de un tercero, que nos la da con gusto para que no tengamos que hacer ningún esfuerzo. Entonces tenemos el poder de la información que nos da ese otro, que tiene poder sobre nosotros por habernos metido en la cabeza la información que le convino. ¡Ah!... tal vez esto no sea tan bueno.

Después del párrafo citado anteriormente los autores aclaran lo que ellos entienden por una vida de examen o análisis:

“Una vida de análisis es aquella en la que se tiene deseos de entender las cosas, pues uno es curioso y busca la verdad. No aceptas las ideas así como así, por el solo hecho de que sean populares o provengan de alguna tradición y no te da miedo formular preguntas”.

El asunto no es discriminar a los que por alguna razón u otra no pueden examinar sus vidas. Tampoco lo es criticar a los que deciden no hacerlo; pero porqué no poder sugerirles y sugerirnos que un poco de espíritu crítico no le hace mal a nadie. Tantos deseos tenemos, que en estos tiempos libres de auto represión no dudamos en satisfacer, ¿Por qué dar lugar a tener ese deseo de entender las cosas, al que se refieren los autores?

En el mundo de consumo masivo en el que vivimos, sin reflexión, sin examen, un consumidor no es mucho más que una especie de rata de laboratorio respondiendo a los “estímulos” de los que la estudian. La única diferencia es que a la rata verdadera no le cobran cada vez que le dan algo para probar.

De ninguna manera sugiero que los impulsos sean algo malo per se, o que no haya que tenerlos en cuenta, después de todo son parte, tanto como la capacidad de pensar y pensarse, del ser hombre o mujer del que estamos hablando, el asunto es que combinados hacen al ser humano más humano y menos bestia.

No despreciemos las vidas de otros por no examinarse, pero no despreciemos tampoco las propias dejándonos tratar como ratas de laboratorio. No vaya a ser que terminemos como esa del cuento, que cómodamente instalada en su caja de vidrio, conversando con las otras ratas sujeto de estudio, alardeaba de cómo había logrado amaestrar al científico, siendo que cada vez que ella hacía determinada cosa él sabía que tenía que darle de comer.




J. R. Lucks


Referencias:

(1) La filosofía de House. William Irwin y Henry Jacoby. Editorial Selector 2009.

(2)

Un médico que resuelve casos muy complejos por su habilidad particular de diagnosticar. El personaje es muy poco sociable, y normalmente grosero y mentiroso tanto con sus amigos como con sus pacientes. En el hospital donde trabaja, si bien algunas de las personas con las que interactúa parecen apreciarlo, se lo soporta, básicamente, por su gran capacidad de resolver casos que otros médicos no consiguen descifrar.





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domingo, febrero 14, 2010

Charlar con el viento

Cuesta hoy en día mirar la televisión, escuchar la radio, o leer un periódico sin espantarse, ¿cierto? Crímenes, accidentes, exaltación de lo degradante, múltiples crisis de lo que deje al televidente, oyente o lector, enganchado la mayor cantidad de tiempo posible.

Soy de los que cree que la cosa no está peor que siempre, el asunto es que ahora hay más canales, más radios, y un poco menos de pudor. Las bestias exaltadas, los adictos, los criminales siempre existieron, pero antes no se los “publicitaba” tanto. Guerras hubo siempre, pero sólo ahora las transmiten en directo. Todos los veranos hizo calor, pero ahora –con tanto medio de comunicación necesitado de audiencia– lo hacen noticia al titular: “explota la ciudad”, “el país es un horno”, etcétera. El amarillismo y la exageración se extendieron hasta la temperatura y la humedad.

Causa vértigo salir a la calle, porque todo lo que pasa en la tele “nos puede pasar”, ¿no es así? Incluso, ese desastre natural en un pueblo del medio de aquel lugar que no conocemos, del que nunca nos hubiésemos enterado antes pero que por ahora es noticia hasta que otro desastre o crimen o pelea de artistas lo destrone, se puede repetir en nuestra ciudad, ¿o no?, ¿no produce eso la globalización?

La realidad que los medios nos tiran por la cabeza produce dolor, lastima, agrede constantemente, por eso pareciera que vivir se ha convertido en un gran peligro.
Cuando terminé de pensar en eso, justo en el medio de un brote paranoico que me impedía incluso mirar para el costado, escuché un tema de un grupo de rock de nombre La Renga, que dice cosas así:

“Hoy me detuve en tu mirada que raja el velo del dolor
y supe que hay mucho más que percibir
en este mundo que todo lo muele y desgarra.
…
El águila muerte siempre vuelve y afina su aguda vista
hoy cualquiera puede morir sin saber cómo fue vivir.
Yo sólo espero, sin dormirme en mis sueños,
estar tan lejos, lejos de esa ignorancia”.

Claro, el asunto no es intentar un escape de los aludes o inundaciones globalizadas, o pretender esconderme de los crímenes que las fuerzas de seguridad no pueden controlar –o dejar de apañar. Lo que el “Chizzo” Nápoli, el autor del tema, teme, es a lo único que en realidad hay que tenerle miedo, a “morir sin saber cómo fue vivir”. Yo, como él, también espero estar muy lejos de esa ignorancia.

Qué buena forma de decir lo que deberíamos decirnos todos los días bien temprano. No es que sea yo fanático de La Renga, o de su tipo de música, pero una letra como esta debería escucharse más seguido. Que mágico es poder decir tanto con tan pocas palabras.

Habrá que discutir luego qué es vivir. Pero claro, ahí empezarán los entuertos. ¡Vivir es consumir!, me dirá el gerente de marketing y ventas del mundo globalizado. Disfrutar consumiendo. Comprando para consumir. Consumir, consumir, consumir, eso genera fuentes de trabajo, que a su vez hacen que el nivel de vida de la gente suba, para que puedan consumir, más, y más. Vivir es consumir.

No. No me cierra. Viene a mi mente la imagen de uno de esos pequeños animalitos de laboratorio (hamsters, ratas, cobayos), corriendo sin parar en una rueda sin fin sólo para provecho del científico que lo estudia o la diversión de su hijo, que consumen hasta la vida del bicho al que no dejan parar de correr.

Cada uno tendrá su pasión, la mía es reflexionar, leer, escribir. Tal vez la de alguno sea consumir, lo cuál no voy a criticar, pero ¿eso es vivir?, ¿reflexionar, leer, consumir? No creo. Reflexiono para vivir mejor. Leo para aprender y poder vivir más cosas. Consumo lo que necesito para vivir. Esto no es lo mismo que vivir para consumir, o vivir para escribir o leer.

No creo tener “la” respuesta. Que cada uno busque la suya, después de todo estas columnas no pretenden proveer respuestas, sólo son invitaciones a pensar. De lo que estoy seguro es que conectados a la televisión, o paralizados debajo de un diario amarillista, creyendo vivir de prestado en las vidas y los escándalos de otros, seguro nos morimos sin saber realmente cómo fue vivir.

Como me gustó el planteo del asunto que me acercó el “Chizzo”, dejo que él proponga algo que me parece bastante cercano a lo que podría ser una buena respuesta, aunque no tenga porqué ser la suya:

“Hoy que no hay tiempo que perder,
que todo anda a reloj,
que se destruye sin razón,
y la vida muere en un discurso,
y alguien se encarga de encerrarte,
y otro prepara el fin del mundo,
y tan lejana queda la esencia,
que sólo el hecho de encontrarte para mí
le da sentido, le da sentido a mi vida".

La pareja, el o la compañera, la base de la familia, la construcción de la sociedad desde su unidad más básica, la educación posterior de esa familia… Tal vez esté yo “estirando” un poco más de lo debido las palabras del poeta. No sé. Así leo yo la frase: “sólo el hecho de encontrarte para mí, le da sentido a mi vida”.

“Sólo eso, sólo eso
despierta en mí el viento que todo empuja
Sólo eso, sólo eso
qué más puedo esperar, sólo eso”.

Como dije no tengo respuestas, ni creo que usted quisiera que yo se las diese. Pero algo debe despertar en mí y en usted un viento que nos empuje para estar lejos de la ignorancia de morir sin saber como fue vivir. Y lo que sí dudo mucho es que lo encontremos en los amarillentos titulares que exaltan crímenes, desastres y desmanes.

Alguien hay (y si no, habrá ya que salir a encontrarlo) que nos haga olvidar de toda la porquería que nos exageran, y le de sentido a nuestras vidas como para querer que el mundo empiece de vuelta, que la humanidad se vuelva a fundar en un amor y en el fruto de ese amor. Ese, o esa, debe ser, con seguridad, un viento lo suficientemente fuerte. Dedíquele un rato a pensarlo, es muy probable que vivir tenga algo –mucho– que ver con eso. De ser así tal vez convenga apagar la tele o dejar el diario, y ponerse a conversar.


J. R. Lucks




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domingo, septiembre 06, 2009

Formas o fondos

Llega la época del año en que nos empezamos a preocupar un poco más por las formas. El calor, y el proceso de ir sacándose las capas de ropa que el invierno obliga a utilizar, sacan del “fondo” algunas cosas que preferimos no mostrar.

En realidad las formas han tomado el control de la escena desde hace tiempo. La estética, lo externo, lo –en definitiva– superficial, se ha vuelto primordial y dominante.

La pregunta de Eric Fromm de mitad del siglo pasado ¿Tener o Ser?, se ha contestado indefectiblemente por el lado del tener. La ha contestado la sociedad de consumo, tanto los que producen y venden, como los que compran. La forma, la deseada, se ha convertido en un "bien", y se puede tener, se puede comprar.

Estoy exagerando, obviamente, debe quedar aún gente más preocupada por ser algo que por parecerlo. Pero si se exagera en lo importante que es un traje, o una crema facial, etcétera, ¿por qué no puedo yo exagerar para llevar agua para el otro molino?

Tener la forma, parecer, es más fácil, es más buscado, es hasta más dinámico, porque hoy se puede tener una forma y mañana otra, y así uno no se aburre. Siendo, en el otro extremo, es más difícil de cambiar.

Hay un viejo refrán que dice:

“Lo que importa no es la forma, sino el fondo”.

Jugando un poco con las palabras, hoy, a pesar de mi desacuerdo violento con lo que voy a escribir a continuación, estaría más de moda decir: “En el fondo, lo que importa es la forma”.

Pareciera que nos olvidamos de otros refranes interesantes que la sabiduría popular terminó transformando en consejos valiosos, como:

“La experiencia no se fía de la apariencia”. “No todo lo que brilla es oro”, ó “Las apariencias engañan”.

Hoy las fajas reductoras que dan forma de flaco al gordo, las prendas íntimas levantan lo caído y juntan lo separado, las camas solares dan colores caribeños al que no sale de su habitación más que para ir a cambiarse de color en una cama solar, etcétera, son el norte de muchas brújulas.

No es que me parezca mal, o crea que esto no debe ser permitido, pero: y en el fondo, ¿qué hacemos para no tener que parecer lo que aparentemente quisiéramos ser?

¿Quién publicita hoy un verdadero cambio, en vez de solamente un maquillaje?, ¿quién o cuánto se habla de una “inversión” en transformarse en lo que uno quiere aparentar? ¿Qué tal preguntarse por lo que debe uno ser? Por qué confiar sólo en avisos televisivos o en las tendencias de la moda para contestar esa pregunta.

Volviendo a los refranes, me gusta más este:

“Tal el hombre debe ser, como quiera parecer”.

No es que los otros citados anteriormente sean malos (excepto el que propuse como de moda); pero es que el primero sólo es enunciativo, y los últimos tres sólo previenen de lo que otros quieren hacernos creer. Éste último incita a la acción personal. Éste último es una llamada a levantarme y hacer algo concreto.

Si quiero ser flaco haré ejercicio, y si quiero lucir como caribeño me mudaré a Cuba. Aparte de eso, debo ser solidario, no sólo parecerlo colaborando con alguien de vez en cuando. Debo prepararme intelectualmente para lograr cosas, no sólo leer alguna revista de actualidad para poder opinar sin saber de qué estoy hablando, etcétera.

No pretendo decir que la forma sea irrelevante, la forma, muchas veces, hace. No es lo mismo saludar a un hijo con un grito que hacerlo con cariño, esa forma, esa, sí hace. La otra forma, la forma de la que estoy hablando, esconde. Usamos la forma (la cirugía estética, la ropa de pseudo marca, el lugar que frecuentamos para mostrarnos, etcétera) para comunicar algo que no siempre somos.

No somos lo que quisiéramos mostrar y por lo tanto, al sentir que no somos lo que deseamos, pareciéramos tener únicamente la opción engañar, la de usar las formas para esconder la realidad.

Los seres humanos podemos ser lo que queramos ser, y dentro de ese “querer” hay que combinar no sólo el gusto sino también la obligación, el querer lo que se debe, lo que nuestra situación de seres humanos nos pide. El hombre tiene esa capacidad y ese deber.

Ocupados todo el día en aparentar, en esconder, no nos queda tanto tiempo para ser. Tenemos tanto que terminamos siendo muy poco.

Si no podemos sacarnos la forma de la cabeza, usemos la palabra entonces para formarnos, para trans-formarnos. Para en el fondo, ser lo que queremos que los demás crean que somos. No falla.



J. R. Lucks



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domingo, julio 05, 2009

Equilibristas

La Doctora Amelia Imbriano, psicoanalista, publicó hace un tiempo, en la página Web de la fundación que dirige (1), un artículo titulado: “¿De qué sufren los adolescentes hoy?”. A esta pregunta ella se responde:

“Una posible respuesta: del exceso. Y, no solo del exceso cometido por ellos, sino del exceso del discurso –me refiero al modo en que lo económico-político-social incide a través de su estilo de llegada a cada uno– […]

Con la globalización de la gestión mercantilista, se ha generado una sociedad tendiente a la adición y a la adicción, en donde lo que se consume debe llegar hasta el exceso de la máxima satisfacción, y no regresar. […]

Todo se articula en demasía, por abundancia o por falta, es decir: si hay, hay mucho y si falta, falta mucho.

Se sufre del ‘hay mucho’: demasiado trabajo, demasiado estudio, demasiados juguetes, demasiado alcohol, demasiada tecnología, demasiada competencia, demasiada violencia, etc.

Se sufre del ‘falta mucho’ (hay nada): hambre, desocupación, indigencia, analfabetismo, inseguridad, anomia, falta de tiempo, etc.

En el mundo actual, si bien se habla de ‘libertad’, se ha globalizado el consumismo como un modo de esclavitud moderno. El actor está obligado por el sistema a ‘consumir’. ¿Su modo de sufrimiento será justamente el de ‘ser consumido’?”

Estamos, definitivamente, fuera de equilibrio. O mucho, o poco; o demasiado o exiguo… y lo peor es que nos hace sufrir.

No pareciéramos lograr tener mucho de lo bueno: amor, alegría, ganas de ayudar a los otros, voluntad de mejorar…; o escasez de lo que molesta: inseguridad, angustia, problemas económicos o ecológicos… sino excesos de lo malo y carencias de lo deseable.

Equilibrio, ni más ni menos (ni de más ni de menos), viene de una antigua palabra latina: aequus, que significa plano, liso, uniforme. La familia de palabras incluye algunas como: igualitario, equidad, equiparar; pero también, por la negativa, o por la falta de aequus: iniquidad, desigualdad, equívoco.

La palabra equilibrio en sí (aequilibrium) surge de unir aequus con libra, que es en latín medida de peso, libra de peso, balanza. Así llegamos al concepto de justo. La justicia, el símbolo del equilibrio, la balanza, lo mismo de cada lado, lo plano, lo liso, el justo medio, lo adecuado, ni más ni menos (ni de más ni de menos), lo correcto, lo sin exceso, lo sin defecto… ¿lo sin sufrimiento?

¿Por qué salimos del equilibrio?

¿Será una posible razón el que pareciéramos siempre querer lo mejor, lo último? ¿Qué tal si “sólo” quisiéramos lo necesario, lo adecuado, lo que haga falta y no más? ¿Qué tal querer “sólo” lo que corresponda, lo que alcance, lo justo? ¿Será que “sólo” querer eso nos “devolvería” un poco al equilibrio?

¿Será que algunas veces no quejamos de “faltas” de cosas que realmente no son justas, no son necesarias o equilibrantes? ¿Será que tal vez nos desequilibramos por exigir cosas que no son del todo equitativas o equiparantes?

¿Nos sacan del equilibrio?, ¿nos dejamos sacar del equilibrio?, o ¿nos sacamos nosotros mismos?

No nos gustan los límites, por eso los excesos o las insuficiencias… nos pasamos, nos extralimitamos, y como decía un filósofo estoico llamado Epícteto:

“Luego de rebasar la medida no hay límite”

Cuando no hay límite no hay punto de referencia. Lo “más” o lo “menos” se transforman en la única posibilidad cuando no hay centro, cuando no hay equilibrio.

El Martín Fierro, poema épico que nos legara José Hernandez, canta entre sus versos:

“Dios formó lindas las flores,
delicadas como son;
le dió toda perfeción
y cuanto él era capaz,
pero al hombre le dió más
cuando le dio el corazón.


Le dió claridá a la luz,
juerza en su carrera al viento,
le dió vida y movimiento
dende la águila al gusano;
pero más le dio al cristiano
al darle el entendimiento.

Y aunque a las aves les dió,
con otras cosas que inoro,
esos piquitos como oro
y un plumaje como tabla
le dió al hombre mas tesoro
al darle una lengua que habla.

[…]

Pero tantos bienes juntos
al darle, malicio yo
que en sus adentros pensó
que el hombre los precisaba
que los bienes igualaba
con las penas que le dio”.

No hace falta que acordemos si el dios del que habla Hernández es un Dios o es la evolución de Darwin. Lo que creo que queda claro es que tenemos corazón, entendimiento, habla y muchas otras cosas más, que nos hacen más.

Las penas, los sufrimientos, los excesos, las faltas, en definitiva los desequilibrios, infinidad de veces nos los causamos nosotros mismos, no nos los produce nadie externo, nos los auto infligimos. ¿Por qué no usar el entendimiento, el corazón y todo el resto de las maravillas que nos hacen humanos, para evitar las “penas” del desequilibrio?

Los hombres somos libres, eso significa que no estamos condenados al equilibrio de los instintos como los animales. Nosotros tenemos el “derecho” de vivir, nuestra vida, desequilibrados, en exceso o en defecto. Los resultados parecieran estar a la vista.

Elijamos el equilibrio o el desequilibrio, pero sepamos que es nuestra elección. Hagámosla nuestra elección. No terminemos como los animales viviendo en “automático”, pero una vida impuesta por desequilibrantes que ganan dinero con nuestro sufrimiento al hacernos creer que sin límites es mejor.

Excesos o carencias, sufrimientos y penas… o corazón, entendimiento y habla, para buscar un equilibrio.



J. R. Lucks


(1) http://www.praxisfreudiana.com.ar/





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domingo, junio 21, 2009

El árbol es un problema en el mundo del revés

Una empresa productora de automóviles tiene un gran cartel publicitario (evidentemente de su propiedad o al menos alquilado por mucho tiempo) en una de las autopistas de mi ciudad. Es un cartel inmenso en el cual, obviamente, se colocan avisos de sus productos.

El cartel está sobre un puente, y con el tiempo, debajo del mismo, han ido creciendo unos árboles. Las ramas de estos “molestos engendros de la naturaleza” han comenzado (hará unos seis meses) a tapar el cartel.

La empresa de automóviles, en un “evidente acto de grandeza”, ha colocado una leyenda en el mismo que dice:

“El problema que causan estos árboles es un problema que no queremos solucionar”.

Supongo que es suficientemente claro el mensaje: la empresa aprovecha para mostrar su lado ecológico, y comunica que decide (supongo que desde una magnanimidad que cree muy noble) no cortar los árboles a pesar de que tapan su precioso cartel.

¿No es ridículo? ¿Son los árboles los que causan el problema? ¿No será el cartel lo que en realidad molesta, distrae a los que conducen por la autopista y tapa la vista de un hermoso pedazo de cielo? ¿Se puede justificar tanta soberbia como para pensar que un árbol es un problema?

¡Pobre empresa!, un árbol se interpone en su camino. El árbol va a seguir creciendo, yo voy a ver por cuanto tiempo la propaganda ecológica sigue siendo funcional a la compañía que decide utilizar el cartel de esa forma.

Este asunto me hizo pensar en una poema llamado “El reino del revés”, de María Elena Walsh, que puede sonar muy ingenuo, muy infantil, o ser en realidad muy anarquista, muy revolucionario. Sus primeras estrofas dicen así:

“Me dijeron que en el reino del revés
nada el pájaro y vuela el pez,
que los gatos no hacen miau y dicen yes
porque estudian mucho inglés.

Vamos a ver cómo es el reino del revés,
vamos a ver cómo es el reino del revés.

Me dijeron que en el reino del revés
nadie baila con los pies,
que un ladrón es vigilante y otro es juez
y que dos más dos son tres. […]”

Tal vez se podría agregar una estrofa que dijese:

Me dijeron que en el reino del revés
creció un árbol otra vez,
que tapó un lindo cartel de bella tez
a cortarlo con fluidez.

¿Somos tan pero tan ingenuos? ¿Qué hace falta para despertarnos de esta pesadilla en la que dejamos que un ladrón sea vigilante y otro juez, o en la cuál un árbol es un problema, o dónde dos más dos son tres cuando hay que pagar un impuesto pero dos más dos tienen que ser cinco a la hora de recibir un subsidio?

¿Trabajamos para vivir o vivimos para trabajar? ¿Comemos para alimentarnos, o sólo ingerimos cosas sin sustancia pero con colorantes y saborizantes que maravillen a nuestras papilas gustativas? ¿Amamos, o creemos que haciendo mucho el amor es suficiente?

El mundo del revés sólo existe en los carteles publicitarios, en los programas que hacen supuestamente famoso a alguien por bailar, cantar, o desvestirse durante algunas semanas en la televisión, o en las mentes fantasiosas o nefastas de algunos que quieren enriquecerse sin trabajar, ser amados sin amar, o ser respetados sin haberse esforzado nunca en la vida por ganar ese respeto. No dejemos que salga de allí.

Los carteles, los programas de televisión sin contenido, los fantasiosos y los nefastos nos van a afectar indefectiblemente, pero no tienen porqué contagiarnos. Lo básico sigue estando vigente: el trabajo es bueno, el verdadero amor es desinteresado, el esfuerzo del hombre por mejorar lo mejora realmente, los árboles no son un problema y los carteles publicitarios muchas veces, sí.

Los animales viven regidos por reglas “automáticas” impuestas por Dios (si creen en ese concepto), por la naturaleza o por algún mecanismo de preservación propio. Los hombres hacemos reglas, las escribimos y las validamos pasándolas por un congreso (algunas incluso en contra de nuestra preservación). Seguramente no es trascendental impedir que esta empresa corte un poco las ramas del árbol para que su cartel se siga viendo, lo que sí me parece debe ser defendido es el “derecho” del árbol a no ser considerado un “problema”.

El mundo del revés que vivimos, en muchos aspectos, lo es porque las reglas que nos inventamos los hombres para vivir ponen las cosas al revés. Estemos alerta, no vaya a ser que pronto salga una ley que diga que todos debemos andar por la calle agachados, porque somos un “problema” que impide ver los carteles bajitos.


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domingo, mayo 31, 2009

Ánimo, paciencia y un poco de ilusión

Hay una frase que algunos le atribuyen a Jean Paul Sartre, filósofo francés, que si no califica como refrán, debería. Dice:

“Felicidad no es hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace”.

Esto de la felicidad es todo un tema. Difícil. Hay gente tratando de definirla desde tiempo inmemorial, y como otras palabras especiales, amor por ejemplo, cuesta tanto que uno termina usando recursos como los de Sartre.

Se ha definido a la felicidad como placer. Por ejemplo otro pensador francés, Jean-Jacques Rousseau, decía:

“Felicidad es una buena cuenta bancaria, un buen cocinero y una buena digestión.”

Esto dejaría infelices a millones, así que no es muy política la cosa. Hacer pasar a la felicidad sólo por el bolsillo y por el estómago no parece muy razonable.

Otros la han equiparado a la paz personal, por ejemplo Cicerón, orador y político romano, aparentemente decía:

“Una vida feliz consiste en tener tranquilidad de espíritu”

Buena definición para un político, después de escucharlo en vez de un problema uno se queda con dos, ya que para entender habría que definir tranquilidad, que es bastante más difícil de lo que parece, y espíritu. Pero bueno, al menos nos sacó del bolsillo y del aparato digestivo.

Por eso me inclino más por las versiones que tratan de definir a la felicidad como algo que produce satisfacción en el hacer (de hecho Rosseau y Cicerón quedan incluidos en estas), por ejemplo una de un “trabajador”, que evidentemente disfrutaba su trabajo y por eso supuestamente decía:

“Solo estoy bien conmigo mismo cuando tengo un cincel en la mano”.

Éste trabajador era Miguel Ángel, artista italiano renacentista. Todos sabemos que no lo dejaban estar siempre con el cincel en la mano, con lo cuál el pobre sólo era feliz de vez en cuando. Pero al menos esta última línea de pensamiento nos devuelve a Sastre: felicidad no es hacer lo que quiero, sino querer lo que hago. Si Miguel Ángel hubiera querido lo que hacía hubiese sido tan feliz pintando la Capilla Sixtina como esculpiendo el David o el Moisés.

Ahora, ¿será posible querer lo que uno hace? Porque entonces la felicidad estaría al alcance de todos. Cada uno de nosotros hacemos cosas, aunque sean cosas estúpidas, el asunto sería quererlas todas. Tal vez sea esto una utopía. Tal vez la felicidad en términos generales sea una utopía, aun en este simple intento de definición de Sartre.

Por eso, tratando de entender hasta dónde lo de utópico tiene sentido, me pareció interesante, aparte de hacerlo como humilde homenaje póstumo, agregar esta cita de Mario Benedetti. En un libro de él llamado Vivir adrede, me encontré, “felizmente”, con esto:

“Todos queremos lo que no se puede, somos fanáticos de lo prohibido. Algunos lo llaman utopía, pero la utopía es más seductora. No tiene puertas cerradas como lo imposible. No nos desprecia como lo prohibido. La utopía tiene la gracia de los mitos, la maravilla de las quimeras. Si tenemos ánimo, paciencia y un poco de ilusión, podemos navegar en la barcaza de la utopía, pero no en el acorazado de lo imposible”.

Todos queremos ser felices… aunque no sepamos bien de que se trata… aunque la felicidad parezca un blanco móvil: cuando conseguimos lo que queremos (sea el bolsillo lleno, una buena comida, paz espiritual o el cincel), entonces queremos otra cosa, si no me creen lean a Lacan.

Tal vez la felicidad sea una utopía, por eso, la felicidad tiene la gracia de los mitos y la maravilla de las quimeras. Lo bueno –haciéndole caso a don Mario que seguramente alcanzó la felicidad muchas veces escribiéndonos– es que no es imposible, y no tenemos porqué pesarla como algo prohibido. Sólo nos hará falta ánimo, paciencia y un poco de ilusión.

Si Sartre tiene razón y la felicidad es querer lo que se hace, tal vez sea más fácil de lograr que el obtener lo que se quiere, sobre todo porque aparentemente uno no llega a saber nunca, a ciencia cierta y en forma definitiva, lo que quiere.

Ánimo, paciencia y un poco de ilusión. Tratar de querer lo que hacemos. No es imposible y definitivamente no está prohibido… además, y como si esto fuera poco, es gratis.



J. R. Lucks


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domingo, marzo 08, 2009

Millones de moscas no pueden estar equivocadas... pero yo no soy mosca

Millones de moscas no pueden estar equivocadas… ¡Coma caca!

Así dice este refrán, que se usa indiscriminadamente. No es que no interprete la ironía del que lo refranizó, es que se ha terminado “dando vuelta”, y para muchos, con tal de “pertenecer”, comer caca empieza a ser aceptable.

A mí me resulta cómico, y seguramente a muchos más también, por eso uno baja la guardia, lo escucha, y como que no se siente mal al dejárselo repetir.

Si Colón se lo hubiese creído, nunca hubiese descubierto América pensando que había llegado a las Indias. Y si Copérnico y Galileo no se hubiesen ofendido al escucharlo, seguiríamos pensando que el Sol da vueltas alrededor de la Tierra.

A mí siempre me irritó esta pequeña síntesis de sabiduría humana moderna, pero eso es porque yo siempre fui un anarquista. No desde el plano político, sólo por romántico.

Que todo el mundo piense algo, o haga algo, no quiere decir que esté bien, sólo quiere decir que es popular.

Las mayorías no tienen razón sólo por ser mayorías.

Las mayorías deben ser respetadas, sobre todo en las democracias, por ser mayorías, pero nada más que por eso. El sólo hecho de ser mayorías, cuando las constituciones así lo dicen, le dan el derecho a probar sus hipótesis, no les asignan razón. Las mayorías tienen tanta posibilidad de equivocarse como las minorías.

Pero es que el refrán que nos ocupa, y que nos da para la reflexión, no es famoso por ser el preferido de los demagogos, solamente. El asunto de las moscas es, por sobre todo, el fondo de filosofía preferido de los personajes del marketing corporativo de nuestras empresas de hoy.

“Únase a la masa de consumidores”, “si su vecino lo tiene, usted debe tenerlo también”, “no se quede afuera, pague, y entre”, “sea único y especial, compre usted también su…”, y así sucesivamente.

Ortega y Gasset decía en La Rebelión de las Masas (1):

“Como se dice en Norteamérica: ser diferente es indecente. La masa arrolla todo lo diferente, egregio, individual, calificado y selecto. Quien no sea como todo el mundo, quien no piense como todo el mundo, corre el riesgo de ser eliminado”.

Hoy, se aspira a ser masa.

¡Pertenecer!: nos gritan desde los comerciales.

¿Está mal?...

No.

No sé.

Sí sé, pero mi opinión vale solo para mí. Sino iría en contra de lo que pretendo predicar.

Cada uno decida lo que crea conveniente. Pero si siente que lo que le están dando de comer tiene un sabor que no es el que usted esperaba, no siga comiendo sólo porque millones de moscas lo comen.



J. R. Lucks




Referencias:
(1) La Rebelión de las Masas. Ortega y Gasset. Editorial Alianza, 1999.
http://literatura.itematika.com/descargar/libro/190/la-rebelion-de-las-masas.html




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jueves, noviembre 20, 2008

20-11-08. El demiurgo, unplugged

Al pobre demiurgo de Platón (1) lo fueron matando de a poco. Voy a mencionar sólo algunos de los filósofos que jugaron con la idea, como para poder entender un poco la evolución de este tema.

Uno de los “famosos” que algo tiene que ver con este asunto es Hegel (2). Con Hegel, el proceso del pensar se convierte en demiurgo. El filósofo alemán dice entre otras cosas:

“Todo lo racional es real, y todo lo real es racional”.

Cualquier semejanza con otra frase que hiciera conocida el ex presidente Juan Domingo Perón (3):

“La única verdad es la realidad”

no es pura coincidencia.

Hegel era un filósofo idealista, al igual que Platón. Pero en Platón, si bien podía ser alcanzado razonando, es como que ese mundo perfecto de las ideas estaba “fuera” del razonante, por eso el hombre debía alcanzarlo.  En Hegel pareciera que lo real es fruto del razonamiento. Por lo tanto fruto del que razona, o de alguien que razonó. Esto no se le ocurre a Hegel, ya Descartes (4) había empezado esta "moda" con su:

"Pienso luego existo"

Con estos filósofos el demiurgo comienza a mudarse dentro del razonante.

Una cosa es que el razonamiento nos acerque a lo ideal, y otra muy distinta es que lo racional sea real, porque lo racional es producto del que razona, el que razona es el hombre, y por lo tanto la realidad sería subjetiva. Si bien pudiésemos pensar que hay sólo una lógica verdadera, y por lo tanto un solo razonamiento válido, lo cierto es que en la práctica esto no ocurre. Hegel subjetiviza; si bien no define la realidad sólo como lo que percibimos –subjetividad total–, sino como lo pensamos, eso no la hace menos subjetiva.

Otro “famoso”, pero que reacciona contra esta idea de Hegel es Marx (5). Carlos Marx no es idealista, es materialista. Para él lo que existe es lo material y el humano lo percibe, eventualmente, después, lo pensará. Lo material, para Marx, está allí “antes” de ser pensado. No habla de demiurgos o de entes metafísicos –más allá de lo que la ciencia física pudiese explicar–, de dioses o creadores. Marx le dice a Hegel en su libro El Capital (6):

“Para Hegel, el demiurgo de la realidad es el proceso de pensar, al que convierte en un sujeto autónomo bajo el concepto de la ‘idea’, siendo la realidad tan sólo su apariencia externa. En mi caso es al revés, la idea no es otra cosa que la realidad material, transformada y traducida dentro de la cabeza humana.”

Marx explica al hombre como un ser de carne y hueso, producido por la historia económica. Casi podría decirse que el demiurgo pasa a ser esta historia. La realidad es consecuencia de sí misma en la historia. Cuando Marx habla de “realidad” hace referencia al contexto social e histórico, asegura que el hombre “es” sus relaciones sociales.

Aparece un poco más tarde mi gran amigo –con el cual no coincido casi en nada, pero al que no puedo dejar de leer y citar– Friedrich Nietzsche (7) . Nietzsche proclama que dios ha muerto, y ha muerto porque el hombre lo ha matado. El hombre no necesita creer en demiurgos creadores según Friedrich. El hombre debe crear –más bien el superhombre de Así hablaba Zaratustra–, no creer.

Un tiempo antes, Schopenauer (8) había afirmado que el hombre es voluntad de vivir. O sea que el hombre es, mientras y porque quiere vivir. Nietzsche ataca esta idea afirmando que el hombre es voluntad de poder, y que esta voluntad de poder va aun más allá, incluso en contra si hace falta, de la voluntad de vivir. Si alguien está dispuesto a arriesgar su vida por algo que quiere, claramente esta voluntad de poder es más fundamental que la de vivir.

En Nietzsche el concepto de voluntad de poder tiene que ver con obtener y aumentar lo obtenido. En su pensamiento si obtenemos algo y no buscamos aumentarlo, alguien nos terminará quitando lo que obtuvimos.

¿Cómo se conjuga todo esto con la idea del demiurgo de Platón? Al haber el hombre matado a dios, ya no hay un ente externo que crea la realidad. Cada hombre tiene que crear su propia realidad, e imponerla en función de su voluntad de poder. La forma de conquistar y aumentar es ser demiurgo de su propia realidad, e imponerla.

Nietzsche declara que el hombre es –o debe ser demiurgo–, lo que el hombre toma lo transforma en su realidad, y su voluntad de poder lo hace imponer su realidad a sus sometidos. Nietzsche dice:

“No hay hechos, hay interpretaciones”.

Hegel y Marx habían acercado el poder creador al hombre, sea en el pensamiento o en la historia social como demiurgo de sí misma, Nietzsche lo pone definitivamente en manos de los que tienen mayor voluntad de poder.

Para Nietzsche el hombre “común” queda un poco desamparado al no tener una realidad impuesta por un creador externo –de lo cual se da cuenta después de haber “matado” a dios–, por lo tanto lo reemplaza por los estados. Los demiurgos de Nietzsche son los estados, o mejor dicho las personas que los forman. Su idea de voluntad de poder llevada a líderes de estado le hace a él, y posteriormente a gobernantes que lo toman como filósofo primordial en sus ideologías, mucho sentido.
Las interpretaciones que para el hombre común serán realidad, son las de los que imponen su voluntad de poder. El resto no existe, (en realidad sí existe, pero si nadie lo ve es como si no existiese), al menos hasta que explota en una revolución, en un atentado terrorista, en un corte de ruta, o en cosas por el estilo.

Este es en gran medida el mundo en el que vivimos hoy. Luego de estos filósofos todas las corrientes que hablan de lo subjetivo como primordial florecen y se desarrollan. Los estados totalitarios declarados de la primera mitad del siglo XX son consecuencia de este pensamiento, y los estados totalitarios no declarados de la actualidad también.

Hay otros dos jugadores de la dinámica social y económica, que Marx enunciaba, que también tomaron estas ideas. Las empresas que venden cosas para crecer y ganar dinero, y los medios de comunicación que venden publicidad a estas empresas.

Más allá de los individuos y de la aplicación de todas estas teorías filosóficas a lo personal, el efecto causado por este concepto puesto en empresas que hacen publicidad de sus productos, en medios de comunicación que pretenden mayores audiencias para vender publicidad más cara a las empresas que venden productos, y en estados que buscan votos, es impresionante.

¿Cómo imponen la realidad las empresas, o mejor dicho la interpretación que quieren que creamos? Que tal pensar en la moda por ejemplo. ¿Es la moda lo que la gente quiere o le conviene usar?, o es lo contrario de lo que fue moda hace solo un instante para poder volver a vender zapatos, carteras, pantalones, camisas, etcétera, etcétera. La realidad de lo que se va a usar es, tal vez, la voluntad de poder de los que venden, hecha nuestra interpretación por alguien que creó esa realidad para su conveniencia.

¿Cómo imponen la realidad los medios? Que tal un trascendido a confirmar en la radio por la mañana, que en el noticiero del mediodía se amplia con reportajes a los supuestos involucrados. Por la tarde, con la polémica ya generada sobre las declaraciones, se publican un par de encuestas de opinión. En el noticiero de la tarde ya toma cuerpo y hay una noticia, que luego en el programa de opinión de la noche debaten y discuten líderes de opinión. Al día siguiente se publican en los periódicos de la mañana las repercusiones, y se prometen investigaciones a ser transmitidas en el noticiero vespertino. Que tal cuando todos los medios nombrados son del mismo grupo económico.

La realidad creada por los políticos es bastante más burda. No hay un solo discurso que hable de los aspectos positivos y negativos de una medida. Los positivos son argumentados por los oficialistas, y los negativos por los opositores. Pareciera que todos son, y nos terminan haciendo, tuertos. Verdades parciales, que son tan nocivas como las mentiras burdas, son interpretaciones impuestas como realidad por discursos y pseudo debates parlamentarios.

Pareciéramos vivir en el mundo que Nietzsche imaginó, aunque él lo que quería era evitarlo. Se cambió a su eterno enemigo, las iglesias –que según él nos imponían un demiurgo que no existía–, por otros que sí existen; y no solo eso sino que estos modernos aparte se reproducen. Nada de superhombres creadores nitzscheanos, sólo rebaños a los cuales las realidades les son impuestas para cobrarles algo a cambio de la “última moda” o de la “última noticia”; o sacarles algún voto a cambio del “último subsidio” o la “última prebenda”.

Dirán que soy un poco negativo. Puede ser. Prefiero creer que no es así, prefiero creer que entendiendo de que cada vez estamos más encerrados en una caverna –en la cual ahora ya no se proyectan sombras sino imágenes en plasmas de 42 pulgadas– puedo darme cuenta de que detrás de mío hay decenas de demiurgos que no merecen serlo. Puedo darme cuenta de que no estoy encadenado, y de que mi opinión de la realidad no tiene porqué depender de la proyección de una interpretación de otro, sino de la mía.

Nietzsche tenía razón en muchas cosas (aunque yo no esté de acuerdo). Ahora, si en su época, en la cuál no había ni plasmas ni aires acondicionados que nos mantienen adentro las cuevas, él decía que la gente prefería la realidad digerida por otro en vez de buscar sus propias ideas, ¿qué podemos esperar hoy con 180 canales en los televisores?

Para Nietzsche –y créanme que los actores sociales que mencioné antes confían en él como si fuese dios y no hubiese muerto–, la verdad la impone el poder. Podría volver a recordar la frase de Perón:

“La única verdad es la realidad”.

¿Se entiende?, la única verdad es la realidad; la verdad la impone el poder; por lo tanto: la realidad la impone el poder.

Fíjense que interesante. El filósofo sostiene que dios mató al hombre porque este dios, este demiurgo de la realidad, le pedía al hombre, cambio de esa realidad, demasiado –fe, sacrificios, compasión, cumplimiento de reglas, etcétera–, por eso el hombre se cansa y, dejando de creer, lo mata. El problema, es que como crear la propia realidad es un trabajo importante, el hombre cambia a este demiurgo por otros, los estados; aunque también puede ser la ciencia, la nacionalidad, incluso hoy una compañía que me dice que su gaseosa me hace “diferente”, u otra que proclama que sus zapatillas deportivas son lo único por lo que vale la pena vivir.

Me pregunto: ¿cumplir un par de mandamientos o ir a un templo de vez en cuando, no era más “barato” de lo que me piden a cambio de sus realidades estos nuevos demiurgos?. Cada uno sabrá la respuesta a esa pregunta, pero por lo que más quieran –dios o un par de zapatillas–: hágansela

Si fuimos capaces de matar a dios: dejar de tener fe en un multimedios disfrazado tras varias marcas y en sus “pastores” distribuidos en los distintos horarios, o dejar de rendir culto a una tarjeta de crédito, o de entregar el cuerpo –el alma no les importa– a una ideología política, debería ser bastante más sencillo.

Si no quieren resucitar a dios no lo resuciten, pero si dios no merece ser demiurgo, los que tenemos hoy menos.

Después de todo Nietzsche tenía razón, estoy tratando de imponer mi voluntad de poder, lo que yo considero que es verdad… No me deje “someterlo”. Hágale caso a Platón y salga de la caverna razonando. Deje de ver imágenes proyectadas por otros, incluidas las mías.





J. R. Lucks



Referencias:
(1) Platón: (circa. 427 a. C. /428 a. C. – 347 a. C.) fue un filósofo griego, alumno de Sócrates y maestro de Aristóteles, de familia nobilísima y de la más alta aristocracia.
(2) Georg Wilhelm Friedrich Hegel: (27 de agosto de 1770 – 14 de noviembre de 1831), filósofo alemán.
(3) Juan Domingo Perón: (8 de octubre de 1895 – 1 de julio de 1974) fue un político y militar argentino, creador del movimiento peronista.
(4) René Descartes (31 de marzo, 1596 – 11 de febrero, 1650) fue un filósofo, matemático y científico francés.
(5) Karl Marx: (5 de mayo de 1818 – 14 de marzo de 1883) fue un filósofo, historiador, sociólogo, economista, escritor y pensador socialista alemán.
(6) El Capital: Kart Marx. Editorial Siglo XXI, 2002.
(7) Friedrich Nietzsche: (15 de octubre de 1844 – 25 de agosto de 1900) filósofo, poeta y filólogo clásico alemán, fue uno de los pensadores modernos más influyentes del siglo XIX.
(8) Arthur Schopenhauer (22 de febrero de 1788 – 21 de septiembre de 1860) fue un filósofo alemán.


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jueves, octubre 23, 2008

23-10-08. El capitalismo, unplugged

El Muro de Berlín cayó en la noche del 9 al 10 de noviembre de 1989. En estas semanas de octubre de 2008, casi veinte años después, estamos presenciando la caída de muchísimas de las bolsas de comercio de todos los países capitalistas del mundo. Vemos “desaparecer” del mercado cientos de miles de millones de dólares, o euros, en supuesto valor de empresas que siguen fabricando y vendiendo lo mismo que antes, pero que ahora para los inversionistas valen mucho menos que hace unas semanas.

La caída del muro de Berlín se consideró el principio del fin de los sistemas comunistas. Desde ese entonces el mundo sólo sería capitalista. La crisis económica mundial que acaba de empezar puede llegar a ser el principio del fin de un sistema capitalista que “se la creyó demasiado”, dando nacimiento a uno un poco menos acelerado, y seguramente, al menos por un tiempo, más regulado.

Cuando me referí a las crisis, en otra columna hace unos meses, dije que el término significaba momento de decisión. Definitivamente este momento que vivimos es para decidir.

En el plano personal habrá que ver que hace uno para preservar lo que pudo juntar y ahorrar como fruto de su trabajo. Ahí no hay ni comunismos ni capitalismos que cuenten. Desde un punto de vista más “sociológico”, deberíamos decidir en qué mundo queremos vivir, si en uno en el que el capitalismo nos lleve a subastar virginidades por internet –como en el ejemplo de la señorita de la columna pasada–; en uno en el que de un día para otro la mayor parte de los activos valgan un décimo de lo que creíamos que valían; o en uno en el que todos trabajemos, podamos ahorrar, podamos tener un buen pasar y planificar para el futuro.

Capitalismo o comunismo, los excesos son malos en ambos lados. Este capitalismo desbocado que hemos vivido últimamente, en el que consumir pareciera haberse transformado en el fin de la existencia del ser humano sobre la tierra, nos ha traído a esta época “oscura” que estamos iniciando. La historia de la humanidad nos ha dado cientos de ejemplos de cómo los excesos terminan en barbarie. Les pasó a los griegos, a los romanos, a todos los grandes imperios. Esperemos no caer tanto, esperemos no llegar a que desaparezca la cultura que conocemos, o tengamos que visitar las ruinas del mundo que construimos. Aún si evitamos esto, es seguro que para muchos, el no poder mantener el nivel de consumo a crédito que tenían antes de esta crisis, va a ser tan doloroso como fue para algún griego o romano la invasión de los imperios en los que vivían. Que nos baste con eso.

Una periodista llamada Ximena Casas inició una nota sobre tendencias de consumo publicada en el diario El Cronista Comercial del 1° de Septiembre de 2008 de la siguiente manera:

“Para las empresas, es clave detectar una nueva tendencia en las costumbres, expectativas y gustos de sus consumidores y transformarla en el producto adecuado antes que su competencia. Por ejemplo, el crecimiento del número de personas que viven solas provocó la aparición de productos en porciones más chicas. Y el aumento de los artículos premium es una respuesta al deseo de la gente de diferenciarse”.

Este párrafo solo me llevó a pensar varias cosas. Primero: ¿de qué pretende la gente diferenciarse comprando productos? No sabe esta gente que cada ser humano es, de por sí, único. ¿Qué producto –que seguramente no se fabrica exclusivamente para un consumidor– puede diferenciar a alguien más que su intelecto, que sus sentimientos, que su capacidad creativa, en fin, que su personalidad?

Es que nos han convencido de que nada de esto que acabo de enumerar es importante; o al menos no más importante que un perfume, que un desodorante, que un auto o que una camisa. La mentira en la tentación de la manzana de Eva es realmente ingenua. ¿Cierto?

Pero la primera parte del párrafo es fundamental, las empresas necesitan transformar en productos cualquier cosa que tengamos como expectativa o gusto, porque todo el sistema se sostiene siempre y cuando ellos me puedan vender algo, y yo quiera o acepte comprarlo. ¿Qué pasa si no tengo nuevos gustos o expectativas? Alguien se encargará de creármelas, alguien se encargará de cambiar el modelo de lo que tengo, la norma de transmisión, el sistema operativo o lo que sea, y, con o sin expectativas o gustos diferentes, terminaré teniendo algo que comprar.

Este capitalismo ultramoderno que vivimos se basa en un consumismo cada vez mayor y más rápido. Eso hace “inflar” los precios de las cosas. Se inflan burbujas de precio y de crédito –el ahorro se transformó en dinosaurio camino a ser fósil–, y tarde o temprano toda burbuja explota.

Sergio Sinay, escritor, periodista, especialista y consultor en vínculos humanos publicó una columna llamada: “El consumidor consumido”, en el diario La Nación del 27 de junio de 2006. La misma comenzaba de la siguiente forma:

“Occidente ha pasado del capitalismo de producción al capitalismo de consumo y, también, de la cultura del trabajo a la cultura del maquillaje. En el capitalismo de producción, como lo indica su nombre, el énfasis estaba puesto en el desarrollo de las fuerzas y los medios productivos, en la creación y fabricación de bienes. Había mucho trabajo puesto en esos productos y el orgullo del productor, ya fuere empresario u operario, nacía en la calidad y durabilidad del bien. En cierto modo, el capitalismo de producción era también de permanencia, de arraigo”.

Es auto explicativo, ¿cierto?, no suena para nada mal, trabajo, orgullo, arraigo, permanencia, durabilidad, calidad,… pero sigue:

“El capitalismo de consumo se sustenta en la creación constante y creciente de deseos para proponer su satisfacción, antes que en la producción de bienes. Se trata de crear un deseo, hacerlo pasar por necesidad y ofrecerse a aplacarlo. Lo importante ya no es lo que se fabrica, sino lo que se promete. Donde antes había bienes concretos, ahora hay intangibles. Si antes el productor ocupaba el centro de la escena, ahora la clave es el consumidor. De hecho, el desarrollo tecnológico, más otras características de la era globalizada, han hecho que cada vez más productores de carne y hueso (operarios, obreros, técnicos) hayan sido y sean reemplazados por máquinas, mientras los mercados crecen. En la fase anterior, la palabra durabilidad era medular: el bien debía durar”.

Hoy que algo dure es aburrido. El capitalismo de hoy es de volumen, no de calidad, la gente cambia las cosas antes de que se gasten, antes de que se rompan; porque antes de que todo eso pase alguien cambió la moda; además, la nueva unidad es “tan barata”, que porqué no cambiarla.

Andar en bicicleta depende de la velocidad. Si uno va muy despacio se cae. Hay que avanzar con una cierta aceleración. De esa velocidad para arriba no hay problema, excepto que “nos hacemos más livianos”, y a mucha velocidad, una pequeña piedrita en el camino puede resultar fatal.

El capitalismo no debe ser malo. Tal vez no sea ideal pero, al menos hasta ahora, resultó ser de todos los probados el sistema más razonable. Ojalá que el mundo se de cuenta de que el capitalismo es como una bicicleta –de hecho es una bicicleta–, si vamos lento nos caemos pero si vamos demasiado rápido, tarde o temprano también, y los golpes son peores.

Eso sí, como no se si el “mundo” va a leer esta columna o no, el asunto de la bicicleta lo deberíamos tomar a título personal. Nuestros capitalismos personales también son bicicletas. Las ruedas de esa bicicleta son nuestras tarjetas de crédito, y la velocidad la ponemos nosotros dejándonos convencer de que realmente tenemos gustos y expectativas nuevas, o de que el último modelo de teléfono móvil, de televisor de pantalla plana, de perfume o de auto, es “realmente” indispensable para nuestra condición de seres humanos, o nos “diferencia”.

Las crisis son momentos de decisión. Vivimos –y vamos a vivir por un tiempo–una crisis de tamaño impresionante y de orden mundial. Tomemos alguna decisión. No vamos a arreglar al mundo individualmente, pero no nos dejemos convencer por los que necesitan vender algo que la solución para el problema es la misma que lo causó: comprar demasiado, consumir demasiado.

Dejo para cerrar dos frases, una de Dolina (1), con quién también me proveí para la columna anterior. Me pareció una excelente reflexión para un momento de decisión, para una crisis:

“El Universo quiere hablarnos. Los astros se esfuerzan por dejar un recado en la puerta del alma. No entenderlo es nuestro destino. No prestarle atención es pecado. Pero lo peor es comprenderlo mal”.

La otra es de Stephen Covey (2):

“Entre el estímulo y la respuesta está nuestro mayor poder, la libertad de elegir”.

En la frase de Covey tal vez se podría haber puesto que entre el estímulo y la respuesta “debería estar” el poder de elegir, en vez de “está”, pero él es un optimista. Escuchemos, comprendamos y ejercitemos nuestra libertad de elegir. De nosotros depende que esta libertad de elegir, nuestra, esté donde tiene que estar.



J. R. Lucks



Referencias:
(1) Crónicas del Ángel Gris. Alejandro Dolina. Editorial Planeta, 2003.
(2) Los 7 hábitos de las personas altamente efectivas. Stephen Covey. Simon & Shuster, 1989.


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jueves, octubre 16, 2008

16-10-08. El capitalismo

Los otros días, en el diario, leí sobre una señorita que había puesto en venta su virginidad en un sitio de subastas por Internet. Según la nota, dicha señorita de 22 años que quiere estudiar para se experta en terapia matrimonial, tomó esta decisión para poder costearse los estudios.

Obviamente apenas se dio a conocer la noticia fue invitada a todos los programas de televisión que se les ocurra, y con esto logró una gran publicidad. Esto que relato sucedió en Estados Unidos, pero podría haber pasado en cualquier otro lado también. Aparentemente ella sostenía que vivimos en una sociedad capitalista, y por lo tanto le parecía muy natural el hecho de poder “capitalizar” su virginidad. Más allá de si es totalmente cierto, o un invento de alguien para ganar publicidad, es creíble.

Me pareció interesantísimo. Lo cierto, es que la virginidad siempre fue vendible de una forma u otra. Siempre tuvo valor porque es un bien relativamente escaso, y como sugiere la señorita que remata la suya, esa es una regla básica del capitalismo. Como últimamente, más allá de la que se encuentra en los discos para computadora, la virginidad se ha vuelto aún más escasa, es que en este caso se decía que en la subasta se llegarían a ofrecer cifras siderales, cientos de miles de dólares al menos, incluso tal vez mucho más; y si bien la chica no era fea, tampoco era la mujer más linda del mundo.

Es impresionante lo que la publicidad y la escasez logran en términos de precio de los bienes o servicios. Evidentemente hay también una demanda creciente e insatisfecha para ítems como la virginidad, lo cual pareciera ser una nueva tendencia, porque últimamente se perdía la virginidad antes que los últimos dientes de leche, pero bueno, las modas cambian.

En tren de subastar bienes escasos, no me imagino lo que se podrían llegar a pagar por cosas como estadistas, santos –de cualquier religión–, enamorados de la verdad y la justicia, próceres capaces de sacrificarse por una causa justa, etcétera.

A pesar de estar ahora un poco vapuleado, vivimos, como dice la vendedora de virginidades, en un sistema capitalista. Capital viene de raíces etimológicas que lo relacionan con la cabeza, capite en latín. De esa raíz viene capitel, que es la cabeza de una columna por ejemplo. Se relaciona también con algo importante o sobresaliente, fíjense que la capital de un estado es el distrito más importante desde el punto de vista gubernamental. La pena capital, es la pena máxima. Se llaman pecados capitales los que supuestamente son origen de los otros, y así muchos ejemplos.

En términos económicos el capital también es conocido como principal –como se dice más bien en ingles– es el origen, el punto de inicio, desde donde se producen lo intereses. Lo capital entonces es lo central, lo principal, lo que manda, la cabeza.

Esta señorita ha logrado ya capitalizar su virginidad, la transformó en algo principal, central, el asunto es que cuando alguien se la consuma, que quiere decir extinguir, ya no va a tenerla nunca más. Así es con todo, cuando consumimos, cuando las cosas se consumen, desaparecen. Más rápido o más lento, pero al capitalizar consumimos y al consumir extinguimos. Esta señorita se quedará con algo de dinero, el que le consuma la virginidad tal vez con un buen recuerdo, pero lo capital, lo que supuestamente tenía valor, desaparece.

Ni critico ni alabo este asunto, es lo que es, cada uno que piense lo que quiera y haga con su virginidad lo que pueda. A mi me lleva a pensar que de una u otra forma somos insaciables, consumimos y destruimos capital a nuestro paso, al punto de que ya podemos empezar a subastar virginidades por Internet. En alguna película de ciencia ficción nos compararon con microorganismos, tipo virus o bacterias, que se reproducen a gran velocidad por todos lados y extinguen toda vida que se les cruza, no me parece demasiado exagerada la comparación.

Lo interesante es que tenemos siempre la posibilidad de cambiar, de usar la cabeza, la cápita, para otras cosas que no tengan tanto que ver con consumir, con extinguir, sino con producir, con generar.
No soy un fanático del consumo desmedido en que nos han o nos hemos metido. Creo que eso queda claro. Subastar virginidades por Internet para capitalizarlas no es tanto un problema en sí mismo, sino un síntoma de una sociedad que pareciera no tener límite en cuanto a qué comprar, o a qué ponerle precio.
Les dejo una reflexión de don Alejandro Dolina (1), filósofo contemporáneo entre muchas otras cosas, que alguna vez contó el siguiente diálogo entre un supuesto Satanás y un hombre:

“Satanás: ¿Qué pides a cambio de tu alma?
Hombre: Exijo riquezas, posesiones, honores, distinciones… Y también juventud, poder, fuerza, salud… Exijo sabiduría, genio, prudencia… Y también renombre, fama, gloria, y buena suerte… Y amores, placeres, sensaciones… ¿Me darás todo eso?
Satanás: No te daré nada
Hombre: Entonces no tendrás mi alma.
Satanás: Tu alma ya es mía”.

Podremos disentir en si Satanás, o incluso el alma, existe o no, pero creo que la conversación imaginaria deja el tema bastante claro. Consumir y nada más, termina consumiendo, consumiéndonos. Pensemos un poco si de tanto querer y de tanto consumir no nos estaremos, de a poco, ganando el desprecio hasta de los satanases.





J. R. Lucks




Referencias:
(1) Crónicas del Ángel Gris. Alejandro Dolina. Editorial Planeta, 2003.



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jueves, agosto 14, 2008

14-08-08. Los idiotas, unplugged

Ser idiota y no poder participar de la actividad pública, no sólo de la gubernamental, sino tampoco querer aportar a lo comunitario, no es algo deseable; pero ser idiota y tener un puesto público es mucho peor. ¿Cuántos idiotas, incapaces de lo público, tendremos como funcionarios?, ¿a cuántos habremos votado sin saber que lo eran, o, peor, aún sabiéndolo?

Tampoco es bueno el ser idiota por no querer contribuir a la sociedad aunque más no sea desde lo básico, desde lo que tiene que ver con los que comparten con nosotros el mismo techo, o la misma oficina, pero mucho peor es ir en contra de la misma, destruyéndola, corrompiéndola, ensuciándola. ¿Será que a veces no sólo no contribuimos con nada, sino que además destruimos lo que hay a nuestro alrededor?, ¿seremos tan idiotas?

Como dije en la columna anterior, idiota viene deriva del griego idiōtēs, y significa falto de capacidad –no desde la instrucción para hacerlo sino desde la voluntad para ello– para los asuntos que tienen que ver con la comunidad, originalmente con la polis griega, que era donde se usaba ese término.

No se empleaba necesariamente como un insulto, sino que era un término descriptivo de la situación de una persona. Obviamente, para un buen ciudadano de una polis griega, ser un idiōtēs no era ningún mérito, pero como digo, la palabra no se usaba necesariamente en forma peyorativa.

En nuestras lenguas modernas este significado original termina derivando en: persona normal y corriente, persona sin educación o ignorante. También se ha definido idiota como lego, que en una de sus acepciones quiere decir: falto de instrucción en una materia determinada; con sinónimos como: ignorante, profano, desconocedor, inculto, iletrado, analfabeto; y antónimos como: enterado, ducho, versado.

La tercera acepción del diccionario de la Real Academia Española (RAE) dice de idiota: tonto, corto de entendimiento. Y la cuarta: que carece de toda instrucción. Idiota también quiere decir según la RAE: engreído sin fundamento para ello.

Por último, nos queda el significado que tiene que ver con la salud mental. Idiota es el que padece de idiocia, que es un trastorno caracterizado por una deficiencia muy profunda de las facultades mentales, congénita o adquirida en las primeras edades de la vida.

En gran parte de los casos la idiocia es una enfermedad de nacimiento, sea por causas hereditarias o por trastornos durante la gestación. Los otros casos son provocados por accidentes cerebrales: golpes, ausencia de oxígeno en el cerebro, lobotomía. Se la considera incurable y sus efectos son difícilmente reversibles, es el retardo mental más agudo.

Los síntomas de los afectados suelen ser la inmovilidad, adolecen incontinencia de los esfínteres, babean, suelen ser mudos o sólo emiten sonidos sin sentido, son en general asociales y no tiene noción del mundo exterior.

No es esta la definición de idiota que estoy usando, aunque el término se utilizó para describir una afección que de alguna forma, lamentablemente para los que la padecen, describe la conducta o el estado de alguien que no puede ser útil a otros, como también, más desde lo social que desde lo físico, describe a los idiōtēs griegos.

Tanto en esta columna como en la anterior, cuando uso la palabra idiota, no lo hago tampoco en forma peyorativa. Me refiero al que por estar tan ensimismado, por mirarse sólo o mayormente a sí, no es capaz de contribuir a la sociedad en la que vive. Me refiero al que no es capaz de aportar a la comunidad porque no quiere, porque decide no hacerlo.

No estoy hablando de los que no pueden contribuir por no haber tenido la instrucción, o por estar privados por exclusión. Esta gente, que lamentablemente es cada día más en el mundo en el que vivimos, es justamente la que reclama de nosotros que no seamos idiotas, y tienen razón en hacerlo. Su exclusión, sus eventuales incapacidades y sus privaciones no son elegidas por ellos. Seguramente en algunos casos pueda haber algo de responsabilidad propia, pero lo cierto es que en la mayoría de los casos están en callejones sin salida para ellos. No tienen otras opciones. Los que estamos fuera de esos callejones somos los que, si no fuésemos tan idiotas, deberíamos ayudarlos a salir.

El idiota moderno al que me refiero, no al que padece idiocia sino el que decide serlo, es un ser que no se dedica a lo público porque no desea aportar nada al otro. Sólo se dedica a lo privado, a su satisfacción personal ya que no le interesa aportar a un fin superior a él o ella, al crecimiento de la comunidad, del grupo, del pueblo, de la ciudad. Su mundo empieza y termina en sí mismo, en sus necesidades, básicas obviamente, ya que las que tienen que ver con la comunidad, que también son necesidades propias aunque no las reconozca, tienen que ser satisfechas por otro que sí tenga capacidades o voluntades desarrolladas para tal fin. El idiota que cree que sólo puede o debe satisfacerse a sí mismo, moriría si no hubiese otras personas, no idiotas, aplicándose a lo que él no se dedica. Pero es que el idiota por decisión está tan ensimismado que probablemente ni sepa que esto es así.

El modelo económico social en el que vivimos tiene desgraciadamente mucho que ver en esto. Al menos yo pienso así. No es que crea en una conspiración global de los mercados, pero sí creo que es un efecto secundario de la forma en que nuestras economías se comportan. El daño a la ecología es algo similar. El agujero de ozono no se hizo porque cientos de miles de personas conspiraron para perforarlo usando desodorantes en aerosol, y el calentamiento global no se produjo porque un grupo de enfermos terroristas decidieron emitir gases contaminantes, ocurrió porque la sociedad no se fijó, al menos hasta ahora, en los efectos secundarios de una industrialización que llevó las cosas un poco más allá de lo que el planeta aguantaba.

El individualismo que idiotiza, en el sentido que los griegos le daban, tiene que ver con esto también. Un gran autor en mi opinión, Eric Fromm (1), decía esto hace algunos años:

“El capitalismo moderno necesita hombres que cooperen mansamente y en gran número; que quieran consumir cada vez más; y cuyos gustos estén estandarizados y puedan modificarse y anticiparse fácilmente. Necesita hombres que se sientan libres e independientes, no sometidos a ninguna autoridad principio o conducta moral, a los que se pueda guiar sin recurrir a la fuerza […].


¿Cuál es el resultado? El hombre moderno está enajenado de sí mismo de sus semejantes y de la naturaleza”.

¿Cómo es que nos pasa esto?, ¿cómo nos vamos enajenando y cerrando sobre nuestro sí?, ¿cómo nos va idiotizando este mundo en el que vivimos?, ¿cómo nos vamos enterrando en una soledad que termina por abrumarnos, y que nos hace salir a buscar relaciones casuales, o a transformar a otras personas en objetos “consumibles” para sentir que no estamos solos? Fromm propone algunas ideas:

“Nuestra civilización ofrece muchos paliativos que ayudan a la gente a ignorar conscientemente esa soledad: en primer término la rutina del trabajo burocratizado y mecánico, que ayuda a la gente a no tomar conciencia de sus deseos de sus deseos humanos mas fundamentales, del anhelo de trascendencia y unidad.


En la medida en que la rutina sola no basta para lograr ese fin, el hombre se sobrepone a su desesperación inconsciente por medio la rutina de la diversión, la consumición pasiva de sonidos y visiones que ofrece la industria del entretenimiento; y además, por medio de la satisfacción de comprar siempre cosas nuevas y cambiarlas inmediatamente por otras


La felicidad del hombre moderno consiste en “divertirse”. Divertirse significa la satisfacción de consumir y asimilar artículos, espectáculos, comida, bebidas, cigarrillos, gente, conferencias, libros, películas, todo se consume, se traga. El mundo es un gran objeto de nuestro apetito”.

Fromm escribió esto que usted acaba de leer en 1959. Hace casi cincuenta años él ya estaba preocupado por esto. ¿Qué diría si viviese aún hoy? ¿Hacia dónde iremos si seguimos así?

Nietzsche, un filósofo que terminó su vida exaltando el egoísmo, escribió unos años antes de morir de locura lo siguiente:

“Tal vez toda la humanidad no sea más que una fase de la evolución de una especie determinada de animales de duración limitada; de suerte que el hombre haya provenido del mono y vuelva otra vez al mono, aunque hoy no haya nadie que tenga interés en este maravilloso desenlace de la comedia.


[…] así también, merced a la ruina eventual de la civilización terrestre en su conjunto, pueda producirse una deformación mucho mayor y, y por último, un embrutecimiento del hombre hasta que lo restituya a su naturaleza simiesca. Precisamente porque podemos abarcar con la mirada esta perspectiva, estamos quizá en situación de prevenir semejante desenlace”.

Estas palabras las escribió en un libro de transición en su forma de pensar: Humano demasiado Humano (2). Éste es el libro en el que comienza, fuertemente, a criticar a la moral, a la religión, y al hombre que según el se estanca en estas tradiciones, mayormente comunitarias, y no ve por sí mismo.

Es probable que mi querido amigo Friedrich, con el que no coincido en muchas cosas, se enojase conmigo si me lee usando sus palabras para defender la sociabilización en vez del egoísmo, pero el mundo pareciera haberle hecho bastante caso y no se perciben muchas mejoras.

Por eso, tal vez, si seguimos como vamos, terminemos involucionando a una naturaleza más animal, menos humana, como forma de la naturaleza de preservarnos a pesar de nosotros mismos. Después de todo, los animales son más comunitarios y, definitivamente, más ecológicos que nosotros. Sólo espero, como dice Nietzsche, que por poder abarcar esta perspectiva con la mirada, estemos a tiempo de prevenirla.

Somos sociables por naturaleza, tanto como que el mundo no debería autodestruirse, o la capa de ozono agujerearse por sí sola. Creo que el individualismo a ultranza que nos idiotiza y los desastres ecológicos son efectos secundarios eventualmente reversibles. La conciencia ecológica comenzó a aparecer y con suerte podremos compensar los efectos nocivos que causamos en el planeta. Tal vez, con un poco de suerte y mucho de conciencia, podamos salir de la idiotez que nos rodea y dejar de privarnos de lo público para poder vivir menos solos en una sociedad mejor.

Fíjense en esta última cita (3) como se combina un poco el tema de convivir con el del mundo en el que nos toca hacerlo:

“Hace más de dos siglos, en 1784, Kant observó que el planeta que habitamos es esférico, y consideró con detenimiento las consecuencias de ese hecho banal: como todos estamos y nos movemos sobre la superficie de esa esfera, señaló Kant, no tenemos otro lugar donde ir y estamos por lo tanto obligados a vivir para siempre en proximidad y compañía de otros. Mantener distancia entre uno y los otros, y aún más ampliarla, es a la larga imposible […] Y esa es la manera como la naturaleza nos ordena aceptar la hospitalidad (recíproca) como precepto supremo, precepto que debemos abrazar y obedecer como modo de dar fin a la larga cadena de ensayos y errores, a las catástrofes causadas por los errores y a la devastación que las catástrofes van dejando a su paso”.

Si no nos convencen las razones sentimentales o de carácter sociológico, que nos convenza la geografía. No se puede decir otra cosa más que: por favor, no seamos idiotas.





J. R. Lucks


Referencias


(1) El arte de amar. Erich Fromm
(2) Humano demasiado Humano. Friedrich Nietzsche
(3) Amor líquido. Zygmunt Barman






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