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domingo, julio 11, 2010

Prendamos las velas que hagan falta

Uno de esos refranes sencillos, que con pocas palabras simples dice mucho e invita a moverse, propone:

“No maldigas la oscuridad, enciende la vela”.

Bárbaro ¿no? ¡No te quejes, hacé algo!

En una conferencia que el gran filósofo y escritor José Ortega y Gasset diera en la Universidad de la Plata –en Argentina–, hace ya más de 60 años, de una manera soberbia le recomendó a ese pueblo (me recomendó) lo siguiente:

“¡Argentinos, a las cosas, a las cosas! Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismos. No presumen ustedes del brinco magnífico que dará este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva, de tener trabadas y paralizadas sus potencias espirituales, que son egregias, su curiosidad, su perspicacia, su claridad mental secuestradas por los complejos de lo personal”.

La verdad es que tanto el refrán como la cita del discurso de Ortega aplican a cualquiera.

Dejar de lado la mezquindad para hacer cosas grandes. Dejar la oscuridad para ver y ser visto. No buscar (culpas ajenas) donde no hay (más que responsabilidades propias).

Podríamos imaginar una serie de cuestiones hipotéticas (para no ofender ni ofenderme), y si alguna nos resultase demasiado cercana tal vez pudiéramos intentar hacer algo para evitarla. ¿Qué les parece esta lista?:

• Queremos vivir en un país justo, pero apenas podemos nos pasamos un semáforo en rojo o circulamos por las banquinas para ganar segundos en nuestro viaje.
• Queremos un país educado, pero no le pagamos bien a los maestros.
• Queremos que nuestro equipo nacional de fútbol juegue como tal, como equipo, pero somos individualistas al extremo y nos enorgullecemos de serlo.
• Queremos que los jubilados ganen mucho, pero no queremos pagar impuestos.
• Queremos que nos traten con respeto, pero nos encantan los programas de televisión en los cuales se hace “humor” abusando de la gente.
• Queremos que nos den, pero no damos nunca nada o damos sólo lo que nos sobra o molesta.

¿Cómo se cambia la mentalidad de todo un pueblo? ¿Cuánto tiempo se tarda? ¿Se puede?

Degradarla hasta llegar a extremos en que haya que contestar que sí a los “queremos” que acabo de enumerar, evidentemente se puede. ¿Será posible recorrer el camino inverso? O será que la única salida es la destrucción social hasta un punto en el que “haya que comenzar de nuevo”. En el que “mejorar” deje de ser algo deseable para transformarse en obligatorio.

En la historia de la humanidad tenemos varios ejemplos de civilizaciones que terminaron desapareciendo, o siendo “fagocitadas” por otras, por el simple hecho de haberse corrompido a extremos inimaginables, echándole las culpas a la oscuridad en vez buscar velas para prender. Algunas –no todas– renacieron, aunque tardaron siglos e incluso, otras, milenios.

Tal vez tenga sentido hacer caso y dejarnos de cuestiones previas personales, de suspicacias y narcisismos. Tal vez convenga resolverse de una vez, bravamente, a abrirnos el pecho a las cosas, a ocuparnos y preocuparnos de lo que sabemos está mal, directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva, en vez de tener trabadas y paralizadas nuestras potencias buscando que otros solucionen problemas que nosotros mismos creamos, siendo como somos y criando a nuestros hijos con palabras que no se condicen con nuestros actos.

¡Todos a las cosas!, de una vez. Pensemos individualmente que vela tenemos que encender, ya que cada uno sabrá a qué oscuridad le ha estado echando la culpa. Prendamos la luz y paremos esta carrera al vacío que estamos corriendo en la oscuridad más absoluta. Tal vez se pueda, y si no, al menos habrá valido la pena el esfuerzo.




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domingo, diciembre 06, 2009

Sueño Galatéico… o pesadilla

Galatea fue siempre para mí un personaje interesantísimo de la mitología. Su nombre tiene que ver con la blancura, por comparación con la leche. De la palabra original en griego, gala –que significa leche–, derivan otras relacionadas, como por ejemplo galaxia (vía láctea).

El nombre se usa en al menos dos mitos. Uno en el que una pobre doncella con ese nombre termina, después del asesinato de su amado a manos del cíclope Polifemo, siendo la madre de Gálata y Celto, dioses de los pueblos de nombres homónimos.

El otro mito, que es el que me interesa compartir hoy, es el de Pigmalión, un rey de Chipre a quién como no le gustaba ninguna mujer, “fabrica” una (esculpiéndola en marfil) acabando enamorado de ella. Por obra de Venus (o Afrodita, dependiendo si siguen las “novelas” griegas o las romanas), diosa del amor, ésta termina cobrando vida.

A raíz de este mito luego se desarrollaron varias piezas literarias y teatrales, como la obra de 1916 de George Bernard Shaw, “Pigmalión”, sobre la cuál luego también se basó el musical “My Fair Lady” (Mi bella dama), de mitad del siglo XX. Pueden citarse otros ejemplos de piezas que han “usado” la idea, como los guiones de las películas “Mujer bonita”, o incluso “S1m0ne” (Simone). Tampoco tenemos que dejar de lado algunas adaptaciones un poco menos obvias (tal vez), como la que pudiera intuirse en la historia de Pinocho.

El poeta romano Ovidio, en “Las Metamorfosis”, cuenta una de las primeras versiones del mito. Aquí incluyo alguno de sus versos.

“… ofendido por los vicios
que numerosos a la mente femínea la naturaleza dio,
célibe de esposa vivía
y de una consorte de su lecho por largo tiempo carecía.

Entre tanto, níveo, con arte felizmente milagroso,
esculpió un marfil, y una forma le dio
con la que ninguna mujer nacer puede,
y de su obra concibió él amor…

…muchas veces las manos a su obra allega,
tanteando ellas si sea cuerpo o aquello marfil,
y todavía que marfil es no confiesa.

Los labios le besa, y que se le devuelve cree
y le habla y la sostiene
y está persuadido de que sus dedos se asientan
en esos miembros por ellos tocados,…

…tras cumplir él su ofrenda, ante las aras
se detuvo y tímidamente: “Si, dioses, dar todo podéis,
que sea la esposa mía, deseo” –sin atreverse a “la virgen
de marfil” decir– Pigmalión, “semejante”, dijo, “a la de marfil.”…

…Cuando volvió, los remedos busca él de su niña
y echándose en su diván le besó los labios:
que estaba templada le pareció;
le allega la boca de nuevo, con sus manos también los pechos le toca.
Tocado se ablanda el marfil y depuesto su rigor
en él se asientan sus dedos y cede,…”

Esto fue escrito por allá por los años en los que Cristo nacía, con lo cual, la “carga” machista de que el escultor estaba motivado a crear su propia mujer debido a “los numerosos vicios de la mente femenina”, es algo de lo que no me hago cargo (se pelean con Ovidio por favor, conmigo no). Yo solamente transcribo, no es eso lo que al menos a mí me pone a escribir.

Lo que me resulta interesante para esta invitación a la reflexión es el tema implícito de que uno se enamora de su obra, porque en definitiva la propia obra “es” uno. Lo que además sugiere que uno, en soledad, puede “crear” la perfección desde “su” punto de vista. Interesante, aunque tal vez (más bien seguramente) peligroso.

Pero el punto al que quiero llegar es que hay un par de damas a las que tal vez sí deberíamos poder “fabricar”, no necesariamente al gusto de cada uno, pero sí como pueblo, como nación.

Se me ocurrió pensar qué pasaría si como Pigmaliones nos dedicamos a “crear” a la señora República y a su amiga inseparable Justicia, ya que el arte las ha representado como mujeres desde casi siempre (al menos el occidental).

Qué le pondríamos como virtudes, si pudiésemos esculpirlas y luego por mérito a nuestras oraciones darles vida. Tal vez les daríamos equidad, sentido de justicia, bondad, inteligencia, integridad, visión de futuro para que siempre pensasen en las generaciones que vienen. ¿Qué más? Magnanimidad, generosidad, paciencia, vocación de servicio…

Acompáñeme pensando un minuto: ¿qué más le pondría a esas dos obras galatéicas?, para luego poder enamorarnos perdidamente de ellas, y por lo tanto respetarlas, no violarlas nunca, cuidarlas y nutrirlas todos los días, alimentarlas y dar todo por ellas, hasta que la muerte nos separe y no por obligación, sino por amor.

El mito original, como muchos de ellos, permitió luego hacer algunas otras derivaciones de lo que enseña. Una de estas derivaciones se terminó denominando: “Efecto Pigmalión”, estudiado básicamente por psicólogos, sociólogos y educadores.

Básicamente significa que, en mucho, el condicionamiento que ponemos en el trato o la educación de alguien termina reflejándose en el resultado. Tanto positiva como negativamente, si creemos que algo ha de suceder generamos una fuerza importante para que la cosa ocurra. Se puede pensar en la famosa expresión: es una profecía auto cumplida.

Si tratamos a alguien como ladrón, es probable que termine robando. Si educamos a alguien con amor y pensando que ha de lograr grandes cosas, es probable que para ese lado termine disparando. El efecto Pigmalión hace que la conducta del educador o formador influya sobre la autoestima del sujeto, y éste termine comportándose de la manera en la que se lo percibe o se lo induce. En definitiva, la “obra” es un reflejo del artista, que hace de ella “su” obra, “su” reflejo.

Aquí es donde me vuelvo a preguntar por las dos damas. La República y la Justicia, pero ahora me pregunto por las que tenemos, ¿no son las que nosotros esculpimos hasta ahora?, las que se han formado con el efecto Pigmalión que le imponemos. ¿No es así? Es interesante la “fantasía” de crearlas de nuevo en base a lo que consideramos bueno, pero: ¿y las que tenemos ahora quién las crea día a día?

La “pesadilla” galatéica que vivimos (si es que usted lector así también lo considera) es resultado de nuestra forma de ver, de vivir, de sentir, de formar a la República y a la Justicia, ¿o si empezamos de cero nuevamente las vamos a hacer bien? ¿Podremos de una vez empezar a darnos cuenta que lo que vemos en la calle no es más que una imagen reflejada de lo que somos?

Es probable que rehacer la República y la Justicia lleve algún tiempo. No vamos a poder empezar de cero. Las fantasías de los mitos son interesantes como material de estudio pero no dejan de ser fantasías. Si queremos que algún descendiente nuestro pueda algún día hablar nuevamente de sueño y no de pesadilla, tenemos que empezar hoy. La Justicia y la República van a ser tan nobles, tan solidarias, tan ecuánimes, tan lo que les parezca bueno y deseable como nosotros lo seamos.

Siempre habrá basura en la sociedad, pero no me cabe duda de que son y serán siempre minoría. No los dejemos tomar el cincel, ganémosle por abrumadora mayoría, expongamos su mugre y no los dejemos ser ellos los que fabrican y forman Repúblicas y Justicias.


J. R. Lucks




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domingo, agosto 23, 2009

Palabras de moda II

Se me cruzó una frase, un refrán, un supuesto proverbio que dice:

“Las cosas más importantes de la vida no son cosas”.

Interesante. ¿Si no son cosas que son? Se me ocurrió una lista de “cosas que no son cosas”, y que por no serlo deberían ser importantes:

1. Personas
2. Sentimientos

Definitivamente estas no son cosas, y son importantes. Pero por estas “no cosas” es difícil cobrar, y en el mundo de consumo que vivimos esto es falta mortal. Así que me puse a pensar otras que otras “cosas que no son cosas” sí se pueden vender:

1. Música
2. El efecto que causan las drogas
3. Sexo
4. Actividades excitantes
5. Deportes
6. … y la verdad que muchas más.

Algunas de ésta última lista son buenas, otras malas, pero ninguna es una cosas en sí. Aunque algunas necesiten de cosas para poder consumirlas o “disfrutarlas”.

Entonces me vino a la mente algo relacionado con estas palabras que se ponen de moda, y la palabra a la que me refiero es: sensación.

El sentir, al menos en el hombre, tiene dos vertientes:

1. Los hombres (los animales también) sienten por sus sentidos. El tacto, el olfato, el oído, el gusto y la vista. Por estos cinco maravillosos regalos de Dios, o de la naturaleza, el hombre siente: sensaciones.

2. Los hombres (tal vez los animales también) tienen además sentimientos. Algunos buenos: amor, compasión, fraternidad, amistad. Algunos malos si no se los canaliza correctamente: el odio (que no es malo si por ejemplo odiamos las injusticias y hacemos algo para evitarlas) o la envidia (que tampoco es mala si luego de la comparación que nos la causa nos esforzamos, sin molestar a nadie, para alcanzar ese estado de bienestar que la produjo).

¿Entonces? El mundo de consumo se enamoró de las sensaciones. Por todas y cada una se puede fabricar alguna cosa vendible, sea la cosa un televisor que transmite un evento deportivo, o un equipo de audio con el que escuchar música, o un hotel en el cual tener sexo casual, o…, lo que sea por lo que vía una sensación se pueda cobrar algo, alquilar algo, hacer que alguien pague por algo.

No creo que sean malas las sensaciones, al contrario, la sensación de frescura que se siente en un campo sobre el que acaba de llover es una de las que más me gusta, y es gratis… bueno, ya alguien la puso en un aerosol para que pueda sentirla en mi departamento de ciudad, donde no hay pasto ni en la plaza. Pero eso no quita lo bueno de la sensación.

Seriamente no estoy en contra de las sensaciones, pero sí estoy a favor de los sentimientos. Esos, me los puedan cobrar o no, le dan motor a mis acciones pero en lo que es importante, en la relación con otras personas, y no solo para sentirlas vía el tacto, sino para vivir con ellas, para con-vivir.

Tanto nos dedicamos a las sensaciones (porque nos hacen dedicar), que me parece que muchas veces dejamos de lado los sentimientos.

La familia, la unidad mínima de la sociedad que nos trajo hasta acá como especie animal “privilegiada”, no se basa en sensaciones, se basa en sentimientos. Claro que los cinco sentidos pueden maravillarse en un ambiente familiar, pero no alcanza con eso. Tal vez en algún momento las sensaciones de vivir con las mismas personas mucho tiempo no sean las mejores, o al menos no tan exóticas como las que se nos proponen desde alguna publicidad o tendencia de consumo. Ahí son los sentimientos los que deben estar, para que la familia se mantenga y las sensaciones agradables vuelvan.

El refrán no dice que las cosas no sean importantes. Solo sugiere que no son lo más importante. Yo lo re expresaría:

Los “sentires” mas importantes no son las sensaciones, son los sentimientos.

Tengamos todas las sensaciones que queramos, deleitémonos con toda la variedad de ofertas de gustos y sabores que se nos ofrece para que no se nos ocurra dejar de consumir, pero tengamos claro que más importantes que esas sensaciones, son nuestros sentimientos.

Las sensaciones tienen límite. Hay sólo una cantidad de gustos de helado que probar antes de que nos cansemos de comer helado. Los sentimientos son inagotables, el amor, la amistad, producen y se reproducen todos los días si los cultivamos.

El hombre ha inventado mucho, casi todo referido a las cosas, o a lo sensible vía sensaciones. El amor que sentimos ahora no debe ser muy diferente del que sentían los romanos o los griegos en el siglo primero, aunque ellos no tuvieran a mano un helado de frutos del bosque con crema celeste al oporto bañada con salsa de cilantro tibio.

No caigamos en el error de vivir sólo de sensaciones, o de poner en peligro sentimientos por algunas sensaciones que son siempre pasajeras. Podemos perder los sentidos por accidente o negligencia, o al menos la sensibilidad que nos permite captar diversas sensaciones.

Perder la sensibilidad en cuanto a los sentimientos, en cambio, es algo que “decidimos”. Nos pueden cortar una mano o podemos perder el olfato de tanto inhalar porquerías, pero nadie o nada externo nos puede hacer dejar de amar, o de sentir compasión. No hay accidente que nos corte la capacidad de sentir sentimientos, “decidimos” dejar de sentirlos, o de darles la importancia que tienen.

Cuando se trata de sentimientos, decidamos bien, son más importantes que las sensaciones aunque no haya comerciales que los publiciten.



J. R. Lucks




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domingo, abril 26, 2009

Un tonto rey imaginario, o no

Hay una letra de Sui Generis, entre tantas otras, que me impactó violentamente cuando la escuché. Aún hoy, cuando la sigo escuchando, tratando de entender, figurándomela, me impresiona, me afecta, me mueve.

El tema en cuestión se llama “Tribulaciones, lamentos y ocaso de un tonto rey imaginario, o no”, y comienza así:

Yo era el rey de este lugar,
vivía en la cima del colina,
desde el palacio se veía el mar,
y en el jardín la corte reía,
teníamos sol, vino a granel,
y así pasábamos los días.
Tomando el té,
riéndonos al fin…

Agradable, interesante, deseable. Es un tema escrito a principios de los 70. Hace ya más de treinta y cinco años. Seguramente una época menos agitada que la que vivimos hoy… o tal vez no. No al menos en el país en el que se escribía esta canción.

En esa época el palacio era tal vez un departamento de múltiples ambientes en una gran avenida. Hoy es el balcón del piso superior de la casa en el club de campo. ¿Quién sabe? Pero más allá de cuál era o es hoy esa colina que pone al relator en perspectiva de ver desde lejos, algo pasaba en ese reino:

Yo era el rey de este lugar,
aunque muy bien no lo conocía,
y habían dicho detrás del mar,
el pueblo entero pedía comida.

Hoy tal vez no es ni el piso de lujo del edificio, ni la casa en las afueras… tal vez es el auricular que nos ponemos para escuchar música y no sentir a nadie más; o tal vez es el programa de chismes para no escuchar el de política; o es el de bailes y patinajes para no ver el de investigación; o es algo suave para evitar la dureza de la realidad.

No sé cuantos en los 70 no sabían que había un pueblo que pedía comida (real o figurativamente), pero me da la sensación de que hoy somos más. Pueblos que piden alimentos, educación, salud, los mismos derechos que el resto, viajar como personas y no como bestias… piden, y piden.

El problema del rey no era que le pedían. Eso lo tenía resuelto: no prestaba atención.

No los oí.
Que vil razón,
les molestaba su
barriga.

El problema del rey fue la forma en que le terminaron pidiendo:

Yo era el rey,
de este lugar,
hasta que un día,
llegaron ellos.
Gente brutal,
sin corazón,
que destruyó,
el mundo nuestro.
Revolución.
Revolución.

No pidieron escribiendo con letra cursiva en un papel carta de colores pastel. O tal vez sí empezaron así, pero nadie recibió la misiva, y si la recibió no la leyó. En la poesía que da letra al tema, hubo revolución, arrebato, muerte, sangre, violencia, usurpación, despojo…

Tendremos que seguir escuchando temas como este por mucho tiempo más sin entender lo que nos quieren decir. Ahora que estamos en una época de revivir pasados, que tantos grupos salen de los geriátricos para volver a dar su último recital (no lo critico, me parece fantástico), ¿por qué no los escuchamos?, en vez de sólo oírlos y saltar como desaforados esperando una mágica reconversión nostálgica de nuestra edad.

Hace más de tres décadas ya alguien nos decía que no seríamos más que un tonto rey imaginario si pretendíamos seguir viviendo en una burbuja de fantasía. ¿O es que todos creímos que se le hablaba a otro?
Hoy, treinta y pico de años después, nos asombramos de que nos pasen algunas cosas de las que le pasaron al rey de la canción.

¿Dejaremos que dentro de treinta les pasen cosas peores a nuestros hijos? ¿Nos terminará ocurriendo lo que al tonto rey imaginario?:

Yo era el rey,
de este lugar.
Tenía cien capas,
de seda fina,
y estoy desnudo,
si quieren verme,
bailando a través
de las colinas.

Me dirán que nadie, por sí solo, puede cambiar una realidad como esta. Me dirán que es muy fácil escribir y nada más… y es probablemente cierto (aunque no pueden saber si escribo y nada más); pero me parece que hoy estamos tan metidos en nuestros palacios que, si ni siquiera nos decimos esto a nosotros mismos, es mejor ir vendiendo las capas antes de que nos las arrebaten.

Hay vidas, tal vez, ridículas, pero que incluyen excepcionales momentos de lucidez. Dejemos de celebrar la ridiculez y rindamos honor, con acciones concretas, a esas lúcidas y maravillosas pinceladas de sabiduría que nos dejan algunos poetas.}



J. R. Lucks


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jueves, noviembre 01, 2007

01-11-07. Les deseo lo suficiente

Ya pasaron las elecciones, ya festejaron, ya buscaron culpables, ya pasó. Y ahora viene la parte en serio. Esta es una carrera en la que es más importante lo que pasa después de la carrera que durante. En general, en las otras competencias, hay que preocuparse mucho por lo que pasa durante la carrera, y esto es lo que te hace ganar, después, a festejar y listo. En esta carrera en cambio, si bien pasa algo parecido porque si te equivocás durante la competencia perdés, lo más importante viene después, porque si te equivocás después de haber ganado, hacés perder a todo un país completo.

Así que más allá de quién haya ganado qué, porque uno se fija mucho en el que ganó a presidente pero lo cierto es que también hubo senadores, diputados, intendentes y concejales, un montón de gente se va a dedicar a gobernar de una forma u otra, y va a tener impacto sobre un montón de otra gente tanto si hace bien lo que tiene que hacer, como si hace mal.

Por lo tanto hoy traje algo que tiene que ver con los buenos augurios o deseos (a). La democracia es el gobierno en el que la mayoría decide quién gobierna, con lo cual el resultado siempre es el correcto. Siempre hay una mayoría que elige, y el resultado es el correcto porque la mayoría lo escogió. Así que seamos parte de la mayoría o de la minoría, tenemos que estar contentos y desearle a los que ganaron lo mejor. Este cuento tiene una forma interesante de augurar cosas buenas, y dice así:

“Estando en un aeropuerto escuché a un padre e hija en sus últimos momentos juntos. Se anunciaba la salida del vuelo de ella y junto a la puerta la escuché decir:

-Papi, nuestra vida juntos ha sido más que suficiente. Tu amor es todo lo que siempre necesité. Te deseo lo suficiente, a ti también.

Se besaron de despedida y ella partió. Él caminó hacia la ventana donde yo estaba sentado. Ahí parado yo podía ver que quería y necesitaba llorar. Intente no ser un intruso en su privacidad, pero él me preguntó:

-¿Alguna vez dijo adiós sabiendo que será para siempre?
-Sí, lo he hecho. Perdone por preguntar, pero: ¿porqué es este un adiós para siempre? -Le pregunté.
-Soy viejo y ella vive muy lejos, tengo desafíos por delante, y la realidad es que probablemente no volvamos a vernos -dijo.
-Cuando decía adiós le escuche decir: ‘te deseo lo suficiente’. ¿Pudiera preguntarle que significa?
Empezó a sonreír. -Ese es un deseo que ha pasado de generación en generación. Mis padres lo decían a cualquiera.

Hizo una pausa por un momento, y volteando hacia arriba como tratando de recordar en detalle, sonrió una vez mas.

-Cuando nosotros decimos ‘te deseo lo suficiente’, estamos deseándole a la otra persona que tenga una vida llena de suficientes cosas buenas que los sostengan –continuó, y luego, volteando hacia mí, compartió conmigo lo siguiente como recitándolo de memoria:
-Te deseo el suficiente sol para mantener tu actitud brillante. Te deseo la suficiente lluvia para apreciar más el sol. Te deseo la suficiente felicidad para mantener tu espíritu vivo. Te deseo el suficiente dolor para que los pequeños placeres de la vida aparezcan más grandes. Te deseo la suficiente ganancia para satisfacer tus deseos. Te deseo la suficiente pérdida para apreciar todo lo que posees. Te deseo el suficiente amor para que nunca sepas lo que significa necesitarlo".

Siguiendo entonces en la línea de esta forma tan particular de desear buenas cosas, a todos los que ganaron en estas elecciones, y nos van a gobernar de una u otra forma, les deseo:

* La suficiente honradez como para que nos traten como les gustaría a ellos que los tratasen.
* La suficiente inteligencia como para tomar las decisiones correctas por el pueblo, y para el pueblo, que es desde ahora la única prioridad de su vida pública.
* La suficiente ecuanimidad como para no desviarse ni un milímetro, ni un segundo, de la senda que marca la ley y la justicia.
* La suficiente grandeza como para saber reconocer errores, saber disculparse, escuchar a los demás y corregir lo que deba ser corregido.
* La suficiente capacidad como para gobernar construyendo un país viable para todas las generaciones que vienen, y no sólo para la próxima elección.
* La suficiente sensibilidad como para saber priorizar los temas de gobierno, y construir los medios necesarios para que cada uno pueda conseguir para sí mismo y su familia, con su propio trabajo, lo suficiente.

Ojalá que esta gente que acaba ganar la carrera para algún puesto público, tenga lo suficiente de lo que hay que tener, sea hombre o mujer, como para hacer bien su trabajo.


J. R. Lucks



Bibliografía

(a) El cuento adaptado para este capítulo puede encontrarse, bajo el título: “Te deseo lo suficiente”, en la siguiente dirección web:
http://www.deaccioncatolica.com.ar/




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jueves, septiembre 27, 2007

27-09-07. Aspiro a ser candidato

Se acuerdan que les había prometido traerles algunos discursos políticos de hace tiempo, como para ver en qué cambiaron los de antaño con relación a las sartas de pavadas que tenemos que escuchar hoy. Y creo haber encontrado uno realmente diferente.(a) Se los voy a leer y después discutimos de cuando es esta joyita de la oratoria. Dice así:

Señores, aspiro a ser candidato, porque pretendo robar en grande y a acomodarme mejor. Mi finalidad no es salvar al país de la ruina en la que lo han hundido las anteriores administraciones de compinches sinvergüenzas; no señores, no es ese mi elemental propósito, sino que, íntima y ardorosamente, deseo contribuir al saqueo con que se vacían las arcas del Estado, aspiración noble que, ustedes tienen que comprender, es la más intensa y efectiva que guarda el corazón de todo hombre que se presenta a candidato. Robar no es fácil, señores. Para robar se necesitan determinadas condiciones que creo no tienen mis rivales. Ante todo, se necesita ser un cínico perfecto, y yo lo soy, […]. En segundo término, se necesita ser un traidor, y yo también lo soy, […]. Saber venderse oportunamente, no desvergonzadamente, sino "evolutivamente". […] sobre todo necesario en estos tiempos en que vender el país al mejor postor, es un trabajo arduo e ímprobo, porque tengo entendido, caballeros, que […] la posición del país, no encuentra postor ni por un plato de lentejas, créanlo..., […]. Cierto es que quiero robar, pero ¿quién no quiere robar? Díganme ustedes quién es el desfachatado que en estos momentos de confusión no quiere robar. Si ese hombre honrado existe, yo me dejo crucificar. Mis camaradas también quieren robar, es cierto, pero no saben robar. Venderán al país por una bicoca, y eso es injusto. Yo venderé a mi patria, pero bien vendida. Ustedes saben que las arcas del Estado […] no tienen un mal cobre para satisfacer la deuda externa; pues bien, yo remataré al país en cien mensualidades, […], y no sólo traficaré al Estado, sino que me acomodaré con comerciantes, con falsificadores de alimentos, con concesionarios; adquiriré armas inofensivas para el Estado, […], impuestos a las moscas y a los perros, ladrillos y adoquines... ¡Lo que no robaré yo, señores! […] Piénsenlo aunque sea un minuto, señores ciudadanos. Piénsenlo. Yo he robado. Soy un ladrón, y si ustedes no creen en mi palabra, vayan al Departamento de Policía y consulten mi prontuario […]. He sido detenido en averiguación de antecedentes como treinta veces; por portación de armas […] otras tantas, luego me regeneré y desempeñé la tarea de rematador falso, corredor de juego, matón, extorsionista, encubridor, agente de investigaciones, […]; fui luego agente judicial, presidente de comité parroquial, convencional, […] tuve comercio y quebré, fui acusado de incendio intencional de otro bolichito que tuve... Señores, si no me creen, vayan al Departamento... verán ustedes que yo soy el único entre todos esos hipócritas […], absolutamente el único que puede rematar la última pulgada de tierra argentina... Incluso, me propongo vender el Congreso e instalar una casa de departamentos en el Palacio de Justicia, porque si yo ando en libertad es que no hay justicia, señores.

El autor de este texto fue Roberto Arlt, un escritor argentino que nació en 1900 y falleció en 1942. Aparte de novelas, escribía para periódicos, y desde 1928 y hasta 1935 publicó diariamente una columna en el diario El Mundo bajo el nombre de Aguafuertes, ésta en particular es del año 1933.

No me van a decir que no es fantástico. Yo lo leía y me pareció notable la similitud con lo que uno observa casi todos los días. Nada ha cambiado, pero nada de nada. De 1933 hasta acá, y seguramente que de antes tampoco. Ni siquiera parecieran ser más creativos ahora, porque si ven la enumeración de cosas que pretendía hacer este personaje hace setenta y cinco años, no le falta ninguna, están todas.

La desfachatez con la que lo presenta es notable. Dos elementos rescato. Uno el tema de que evidentemente, el personaje, de corazón se presenta como apto. No esconde nada, al contrario, exalta. Si vamos a hacer algo vamos a decirlo, parece implicar, y por otro lado si vamos a hacer algo vamos a prepararnos para el asunto. No vale ser improvisado. El tipo presenta sus credenciales porque cree en ellas. Habría que votarlo por sincero, porque por lo menos eso es. La mayoría de los otros no sólo hacen lo enumerado, sino que aparte mienten, o sea que este candidato a candidato al menos es sincero. Sabiendo esto uno se podrá preparar en vez de que te agarren desprevenido, y no sólo te roben los que gobiernan, sino también los vivos, que se enteran un par de días antes del desfalco, y hacen negocio con los giles.

El otro elemento es su propuesta de dejarse crucificar si le traen a alguien honesto, a alguien que no pretenda robar. Está convencido de que es así, de que todo el mundo es igual. ¿Será que tiene razón?, ¿será que no hay forma de conseguir a alguien que no pretenda robar? No digo que todo el mundo sea igual, lo que pregunto es si se podrá conseguir un candidato que no quiera robar, o al que no lo hagan robar, o que pueda controlar que el resto del gobierno no robe. Porque en definitiva es casi lo mismo. No roba el dueño del circo pero salen a robar, con o sin instrucciones, los monos y los payasos, que en definitiva, como no son más que monos y payasos, roban peor. Al menos el dueño del circo debería ser un poco más educado, y por lo tanto robar con más elegancia, que las hordas que lo secundan.

Como verán hoy no estoy muy positivo. Así que antes de irme y dejarlos así, al menos le voy a contar un cuento gracioso, que tiene que ver con esto de que si no se tiene la información correcta de lo que va a pasar, se han de tomar malas decisiones.

Un asesino serial, depravado y sicótico, se escapa de prisión y entra en la casa de una joven pareja. Ata al marido a una silla y a la esposa a la cama. Se acerca a ella y pone su cabeza muy cerca del cuello de la asustada mujer. Ella se retuerce negándose a lo que él le pide e intentando alejarse, pero no puede. El marido se desespera y le grita:
- ¡Se fuerte querida!, ¡hacé lo que te dice!, nuestras vidas está en juego.
Ella se calma, le dice algo también al oído, y el asesino sale de la habitación como para buscar algo. El marido, con algo de remordimiento, le susurra:
-Gracias por tu sacrificio querida, seguramente accediendo a lo que te ha pedido nos irá mejor. ¡Yo te amo!
A lo que ella le contesta.
-Tenés razón, estaba en duda pero cuando hablaste resolviste mi problema y accedí a lo que me pedía. Fue a buscar el pan de manteca a la heladera ya que le dije donde está la cocina. Yo también te amo. ¡Ah!..., no soy yo la que le gusta, sino vos.


Moraleja clarísima: conociendo las intenciones del asaltante uno termina tomando mejores decisiones. Así que si encontramos algún candidato como los de Arlt, no seamos tontos y votémoslo, que es preferible ladrón sincero, que ladrón candidato mentiroso.


J. R. Lucks


Bilbiografía


(a) “Aspiro a ser diputado” por Roberto Arlt, Aguafuertes porteñas. Editorial Losada, 1958, 4ta edición 1994. Una copia del texto original puede hallarse en la siguiente dirección de Internet:
http://www.elarcadigital.com.ar/62/notas/aguafuertes.asp

Una versión digital del libro Aguafuertes Porteñas puede encontrarse en la siguiente dirección web:
http://perylit.files.wordpress.com/2006/12/aguafuertes-portenas.doc




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jueves, marzo 22, 2007

22-03-07. Las albóndigas y lo que está detrás de los porcentajes.

Con este asunto del INDEC (1), y de transformarlo en la distracción del momento (2), hoy les voy a hablar de estadísticas. Lo primero que quiero decir, es que acaba de salir una estadística que dice que el 50% de las estadísticas pueden ser usadas para demostrar lo contrario de lo que prueban, y que el otro 50% también.

Yo no se si saben, pero hay una regla estadística básica que dice que el resultado de una encuesta sólo es correcto si prueba lo que uno quería probar. En caso contrario siempre queda la posibilidad de rehacer la encuesta.

Así que hoy traje un cuentito que claramente muestra como es que las estadísticas nos engañan. Ya me la he agarrado varias veces contra las estadísticas, y lo cierto es que ellas no tienen la culpa, la culpa la tiene el que las usa. Pero aparte, y acá es que tal vez esté el mensaje de la columna de hoy si es que hay alguno, muchas veces, más allá de la posible mala intención del que tuerce los números o no, nosotros somos un poco cómplices de que las estadísticas sean un mal, ya vamos a ver.

El relato en cuestión es un cuento de Nasrudín. Antes de empezar a contar déjenme presentarles a Nasrudín para quién no lo conoce, ya que seguramente va a ser un asiduo visitante a la columna. Este personaje es utilizado por un autor llamado Idries Shah, hindú de nacimiento y que vivió entre 1924 y 1996. Idries Shah profesaba y escribía sobre la doctrina sufí. Esta doctrina, según el Diccionario de la Real Academia Española, es profesada por ciertos mahometanos, principalmente en Persia. Otros diccionarios la indican como parte de las enseñanzas más cercanas al corazón del Islam. Este autor pone en situaciones a veces cómicas, a veces más dramáticas, enseñanzas y consejos que de alguna forma muestran parte de la idiosincrasia o de la filosofía de los pueblos de esa parte de Asia, que va entre Medio Oriente y la India. La versión lucksizada del cuento en cuestión dice así:


El Mulá Nasrudín es denunciado y llevado ante el tribunal por mezclar carne de caballo dentro de sus albóndigas de pollo.
Tremenda acusación. Obviamente restaurante cerrado, todos los clientes del Mulá muy enojados, un desastre.
La cuestión es que llega el día del juicio y el Mulá, que de tonto no tenía un pelo, se prepara para su defensa. Ningún abogado había querido representarlo, ya que el restaurante del Mulá estaba cerca de los tribunales, y todos los abogados solían comer las famosas albóndigas de Nasrudín. Imagínense pues el ambiente de la sala cuando el acusado entra a la misma.
Alegatos de los acusadores, cientos de testigos, inflamados argumentos, en fin, lo imaginable.
Cuando llega su turno al Mulá, este se acerca al estrado, muy tranquilo, abre un libro y cita: “Albóndigas: preparado de carne picada, que debe contener como mínimo 90% de carne del animal, del cual se usa su nombra para nominar a la misma”.
Cuando el juez, asombrado, pregunta de qué se trata esa cita, el Mulá muestra el libro en cuestión. Nasrudín estaba leyendo: El Código Público de Alimentación y Sanidad para Restaurantes, del país en cuestión.
En base a esto él declara que en su restaurante se seguía al pie de la letra esta regulación. Si bien era cierto que se usaba carne de caballo, el código no lo prohibía siempre y cuando fuese dentro de los límites establecidos. Carne de pollo 90%, carne de caballo 10%. El juez, a quién las albóndigas también le habían traído alguna vez algo de acidez, no tiene otro remedio que dejar el juicio en suspenso, a razón de aplicar sobre el restaurante de Nasrudín algún tipo de revisión de porcentajes. Por lo pronto lo deja libre, no sin antes amenazarlo con todo tipo de inspecciones y controles.
Saliendo de la sala de audiencias, entre caras de pocos amigos, el Mulá se encuentra con un amigo, uno de los pocos que le habían quedado. Este amigo, que no sale aún de su perplejidad, le lleva hacia un costado y le pregunta si realmente el seguía la proporción indicada, porque la verdad es que últimamente las dichosas albóndigas tenían demasiado gusto a caballo.
El Mulá, que realmente se sentía inocente contesta: “Por supuesto, 90% de pollo y 10% de caballo. Cada nueve pollos pongo un caballo”.


Muchas veces los porcentajes, las estadísticas, los números engañan. Nos la pasamos discutiendo si el índice de precios fue de 0.5% o de 1.5%. Si la canasta básica subió 1.8% o 3.2 %. O si el desempleo bajó contra el trimestre pasado desestacionalizado o contra el año pasado sin desestacionalizar. La verdad, es que acá es donde nos quedamos enredados sin sentido. Es como el problema de Ezeiza: el asunto no es el radar y los puntitos que aparecen y desaparecen, lo importante son los aviones.

Se termina perdiendo la noción de lo real cuando uno habla tanto de la representación de lo real. Como en el caso de los radares, detrás de cada punto en el radar hay un avión con decenas o cientos de personas, y detrás de cada punto porcentual hay gente, concreta. Para cada una de esas personas, el problema del desempleo, o el problema de la suba de la canasta básica es el 100% de su problema, no el 1.5% u otro número con muchos decimales.

Todo mejora, los números dicen cosas buenas, pero no nos olvidemos de la gente, de lo importante. No nos enredemos con los números y pongámonos a hacer algo en el mundo real. Hay montones de organizaciones, grupos de personas, instituciones que hacen cosas concretas. En vez de discutir tanto los números y las tendencias, ¿no sería mejor hacer algo por un comedor infantil?, o si uno es empresario, ¿no sería mejor crear algún puestito de trabajo?, en blanco preferentemente. En fin, seguramente eso está ocurriendo, porque si no los porcentajes no mejorarían.

Siempre se puede tapar el sol con un índice, y si no me creen salgan a la calle un día de sol, pongan su dedo índice entre el sol y sus ojos, y acérquenlo o aléjenlo hasta que el sol quede tapado. Logren o no taparlo con el índice, o a lo sumo el pulgar, el sol sigue allí. Pero bueno, me pareció interesante esto de no confundirnos con los números y quedarnos con lo real, no va a ser cosa de que estemos comiendo albóndigas con 10% de carne de caballo, y para peor, seamos nosotros mismos los que ponemos un caballo cada diez pollos.






J. R. Lucks





Notas de contexto


(1) INDEC, Instituto Nacional de Estadísticas y Censos.

(2) Por esos meses el INDEC estaba en todos los titulares, ya que varios de sus funcionarios, que cuestionaban las formas en las cuales el gobierno nacional supuestamente influía los resultados de los índices de precios, habían sido destituidos. Se ponía en duda la transparencia de un instituto de estadísticas que no debía sufrir presiones de ningún tipo para la realización de su trabajo.

jueves, marzo 15, 2007

15-03-07. La olla embarazada y los consumidores.

Hoy les traje un cuento que leí una vez en un libro que se llama Recuentos para Demián (a), del amigo Jorge Bucay en el principio de su carrera literaria, cuando todavía no era tan mediático.

Él indica que la versión libre incluida en su escrito, se basa en un relato de A. H. D. Halka. Éste es un autor que entre otras cosas escribe, o recopila, cuentos, en general originados en Medio Oriente. El cuento en el libro de Bucay se llama La olla embarazada, y la versión lucksizada dice así:


Había una vez un vecino Pedigüeño que le pide a su vecino Prestador una olla. El Prestador accede, y entrega la única olla que tenía recomendándole mucho al Pedigüeño que se la cuidase. Pasan los días y el Pedigüeño no devuelve la mentada ollita, así que el Prestador, no sin un poco de vergüenza, va a la casa del Pedigüeño a reclamar por su propiedad. Cuando llega, el Pedigüeño lo recibe calurosamente y se deshace en disculpas.
- No sabés que pasó, -se ataja el Pedigüeño- ¡la olla que me prestaste estaba embarazada!
- ¿Cómo que embarazada? -pregunta sorprendido el Prestador.
- Sí, efectivamente, embarazada. Tardé en devolvértela porque el parto fue un poco difícil y la pobre ollita quedó muy dolorida. Aquí la tienes, ya recuperada, y al jarrito de aluminio que acaba de nacer. Te recomiendo que no lo dejes en lugares con corriente de aire porque aún es joven y delicado.

El Prestador no salía de su asombro. Saludó a su vecino y comenzó a caminar hacia su casa no sin pensar que el Pedigüeño estaba completamente loco. De cualquier manera, ahora tenía una olla y un jarrito, así que esa locura no le había resultado nada perjudicial.
A la semana el Pedigüeño vuelve a la casa del Prestador, esta vez solicitando un compás y una escuadra, para hacer un trabajo de geometría en el que decía estar enfrascado. El Prestador duda recordando la locura de su vecino, pero termina por acceder recordando que la vez anterior no le había ido nada mal.

La situación termina por repetirse. Demora en la devolución y reclamo. Cuando el Prestador pide sus cosas el Pedigüeño le cuenta:
- ¡Otra vez!, ¡increíble! Dejé al compás y a la escuadra solos la otra noche, y evidentemente eran pareja, porque el compás embarazó a la escuadra.
- ¡Sí!, seguramente -exclama irónicamente el Prestador.
El pedigüeño, agitado y entrando en su casa para buscar los utensilios, devuelve al Prestador su compás, su escuadra, una goma de tinta y una de lápiz.
- Esta vez el parto dio mellizos. Parto múltiple.
El Prestador estuvo a punto de no tomar las gomas y retirarse sólo con sus cosas. Pero no. Tomó todo lo que se le entregaba y se marchó a su casa. Sonriendo.

No pasaron muchos días antes de que el Pedigüeño volviese a la casa del Prestador. Pero esta vez el pedido toma otro cariz. El Prestador tenía sobre su mesa una preciosa fuente de plata de gran valor. Un lindo adorno. El Pedigüeño cuenta a su vecino que esa noche ofrecería en su casa una cena de gala. Un evento muy importante que podría representarle un gran aumento de sueldo. Por ese motivo, para impresionar a sus convidados, le pedía por favor que le prestase la fuente de plata. Con ella decoraría su mesa y dejaría a todos sus invitados boquiabiertos. El Prestador en principio se niega. Demasiado valiosa era esa fuente para prestarla. Pero ante la insistencia del Pedigüeño termina cediendo.
- Este loco me va a volver a salir con la historia del embarazo y tal vez me haga de algunos cubiertos de plata, o de alguna copa de cristal -se dice el Prestador a sí mismo mientras entrega la valiosa fuente.

Nuevamente la misma rutina. Esta vez el Pedigüeño no deja pasar muchos días. Se acerca a la casa de su vecino y enérgicamente golpea la puerta. El Pedigüeño sale a la puerta con su cara desencajada. Parecía que había estado llorando. Con tono compungido comienza a relatar:
- No sabés que pasó
- ¡Me imagino!, la fuente estaba embarazada -interrumpe el Prestador.
- Sí,… efectivamente,… pero esta vez no son buenas las noticias… La fuente desgraciadamente falleció en el parto,… y como pidió ser incinerada, aquí tienes esta bolsita con sus cenizas.


Coherencia, coherencia. Si creyó las dos primeras, cuando se beneficiaba, la historia de la fuente debería ser también aceptable, ¿no? Por eso yo quiero relacionarla con el Día del Consumidor, que es justamente hoy.

Mi planteo es el siguiente: si para el Día de la Madre los hijos tenemos que regalar algo; si para el Día de los enamorados hay que comprar y regalar algo… ¿será que para el Día del Consumidor los negocios donde compramos nos vana regalar algo a nosotros? Coherencia. Si nos hacen regalar en el día de los otros, que nuestro día nos regalen ellos, ¿qué les parece?

Tal vez pido demasiado, pero si no es un regalo, podría ser algún otro tipo de atención. Yo acá traje una lista de ideas. Que tal si por ejemplo para nuestro día nos hacen una de esas ofertas de dos por uno, pero reales, o sea bajando el precio a la mitad de verdad, no subiéndolo al doble antes de hacer el dos por uno.

O que tal si en nuestro día nos cobran márgenes razonables en vez de cualquier cosa. Vieron que hay ítems que son baratísimos de producir pero se cobran lo que el consumidor está dispuesto a pagar, por ejemplo un disco compacto, hacerlo cuesta un centavo pero te lo cobran treinta pesos. O un té en un restaurante, el saquito sale no más de dos centavos y calentar el agua no puede ser tan caro como para que te cobren tres o cuatro pesos, ¿no les parece?

O que tal si en el Día del Consumidor las publicidades dicen la verdad, como por ejemplo en los comerciales para adelgazar. Sólo por hoy. Que alguien salga y que explique que las modelos que actúan en el comercial jamás fueron gordas. Que aclaren que usan esas chicas, o esos muchachos, simplemente para incentivarnos a comprar, aunque no haya ninguna posibilidad de que alguna vez nos veamos como ellos. O los de los comerciales de abdominales, que aclaren que la gente que sale en las propagandas tiene esos abdominales porque a lo único que se dedican es a criar músculos. Que expliquen que con cinco minutos por día, sólo tal vez en ocho vidas un ser humano normal lograría el mismo resultado. Si todos los días nos venden y nos exageran un poco, que nuestro día nos regalen y nos digan la verdad, nada más.

Una opción más sencilla y más al alcance de todos. Que tal si te tratan bien cuando entras a comprar a un local. Que te traten como una persona en vez de considerarte una molestia. Que no te desprecien ni te traten hipócritamente. Que no te vendan, que te ayuden a comprar. Que te digan: “no, mire, eso la verdad es una porquería. Compre este otro que es más barato y de mejor calidad”. O en un restaurante que el mozo te aclare: “no, mire, esto mejor no lo pida hoy porque tiene como seis semanas en el freezer”. O que el chef salga de la cocina y te diga: “no, mire, este plato no lo pida porque es carísimo, y como el dueño me hizo bajar los costos, el escalope tiene sólo quince gramos de carne, el resto es pasto y salsa.

Soñar no cuesta nada. Felicidades a los consmidores en su día. Ojalá que alguno se encuentre a un comerciante coherente, y si le hace comprar para regalar a otro en su día, hoy le regale algo a usted ya que hoy, es el suyo.





J. R. Lucks




Bibliografía

(a) Recuentos para Demián. Jorge Bucay. Editorial Nuevo Extremo, año 1999.