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domingo, julio 25, 2010

Luchar y disfrutar, equilibrio que cuesta

No hace mucho yendo hacia el lugar donde trabajo –muy temprano por la mañana–, mientras avanzaba lentamente con el tráfico, por una “rendija” entre una serie de edificios un parque y algún lugar en el que no había nada, vi salir el sol sobre el río –una de las maravillas que pueden verse en la ciudad en la que vivo.

Era un sol rojo, inmenso, glorioso; como hacía mucho, pero mucho que no veía… y entonces me acordé, justamente, de cuánto hacía que no lo veía; de cuanto que no me “fabricaba” el tiempo para ver salir el sol; de cuanto que no me preocupaba siquiera por el hecho de no tener o hacer el momento para presenciar semejante maravilla, por la que –al menos todavía– nadie cobra.

Claro, lo que pasa es que uno está –yo estoy, ¿y usted?– muy ocupado. La vida es un trajín constante. Trabajar, hacer cosas, estudiar, mejorar, hacer trámites, evitar problemas, consumir –no hay que olvidarse de este mandato de la sociedad moderna–, y claro no hay tiempo.

“La vida es una lucha”, me encontré diciéndome a mí mismo. O será que la lucha es vivir la vida de forma tal que no la transformemos en una lucha. ¡Ja!, interesante juego de palabras que me hizo acordar de un refrán:

“No hay peor lucha que la que no se hace”.

Yo –admito que con una mezcla de orgullo y vergüenza– soy de los que cree que la vida es en muchos sentidos una lucha, un camino que hay que esforzarse en recorrer para llegar mejores personas donde sea que vayamos. Yo no soy de los que cree que la vida es sólo para disfrutar; ya que dis-frutar viene de aprovechar los frutos, o sea des-frutar (eso dicen los diccionarios de etimología), y si no se cultiva, si no se cuida la planta, no hay frutos, al menos no otros que los silvestres que eventualmente se acaban.

Pero claro, el asunto es el equilibrio, tan pero tan difícil de lograr. Es infinitamente más fácil estar desequilibrado que no estarlo, después de todo el equilibrio es sólo un punto de la escala, mientras que los desequilibrios son prácticamente infinitos. Por eso, más allá de las posturas personales, más allá de pensar que los frutos hay que cultivarlos para poder disfrutar de ellos, es cierto que hay algunos que están allí casi gratuitamente, y que por lo tanto no hace falta luchar para conseguirlos.

La vida es lucha en mucho; pero también es disfrute, sea del resultado del esfuerzo como también de lo que de alguna manera está simplemente allí, para que carguemos fuerza para seguir adelante.

Esta cita de un libro (1) que tampoco hace mucho leí, me causó en su momento la misma sensación que la que tuve el otro día viendo, de casualidad, la salida del sol sobre el río.

“-La vida es una lucha, no lo olvides.
Me respondió tristemente.
-Maestro, no me hables de lucha: ¿no has contemplado nunca el sol al amanecer sobre los campos y el Nilo? ¿Nunca has observado el crepúsculo? ¿Nunca has escuchado el ruido de los ruiseñores, ni el zureo de las palomas?... ¿Nunca has perseguido la santa alegría que se esconde en los más profundo de nuestras vidas?...”.


Equilibrio: éste es el mandato, al menos para mí; no pretender disfrutar de lo que no me esforcé por conseguir, pero no despreciar los disfrutes para los cuales mi esfuerzo no sólo no haga falta sino que además resultase intrascendente.

El amor de un ser querido, por ejemplo, para el que hay que esforzarse por obtener y mantener, pero que si es sincero es siempre más de lo que uno merece. O lo que nos ofrece la naturaleza –como ese sol de mi otro día–, a la que tenemos que cuidar con esmero y dedicación, pero que nos da infinitamente más de lo que nosotros podríamos haber logrado por nuestra cuenta.

Esta es para mí la lucha que no debo dejar de hacer, equilibrarme para disfrutar más, y tal vez luchar menos –o al menos tener a la lucha no tan presente, no tan protagonista. Tal vez la de otros sea la de “poder” pretender menos gratuitamente, y ser más capaces de hacer esfuerzos para merecer lo que desean disfrutar. No dejan de ser igual de valiosas ambas luchas, no dejan de ser igual de necesarias, no dejan de ser estas las faltas y desequilibrios que nos hacen humanos.

A luchar lo suficiente, a disfrutar lo que se presenta y lo que se consigue. Un equilibrio que al menos a mí me cuesta, pero que vale la pena. Que la vida no sea sólo una lucha, o sólo una pretensión de disfrute; que la vida sea ambas cosas.

Tal vez no se logre fácilmente un equilibrio razonable, pero como nos dice este otro refrán:

“Mientras haya vida habrá esperanza”.


J. R. Lucks



Referencias:

(1) Akhenaton El rey hereje. Naguib Mahfuz. Editorial: Edhasa Año: 2000




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domingo, julio 04, 2010

A no rendirse

El grandísimo Mario Benedetti nos dejó, entre muchas otras maravillas, un poema que con el nombre de “No te rindas” empieza así:

“No te rindas, aún estás a tiempo
de alcanzar y comenzar de nuevo,
aceptar tus sombras,
enterrar tus miedos,
liberar el lastre,
retomar el vuelo”.


Cada línea es una invitación a pensar, pero por sobretodo a pensarse.

Aceptar las propias sombras; las faltas de claridad que nos hacen tomar malas decisiones, pero que son nuestras y hay que asumir para poder “fabricar” la valentía de pedir y escuchar consejo, ayuda, soporte, complemento. “Usar” las sombras para “hacernos” más, incorporando las luces de otros para aclararnos y ver.

Enterrar los miedos. Dejar de lado lo que nos bloquea el hacer; a cambio de correr ciertos riesgos que en caso de fracaso dolerán, pero que son la única forma de obtener un logro que la abstinencia impedirá con seguridad.

Liberar el lastre, los prejuicios, los condicionamientos –muchas veces autoimpuestos sin necesidad o lógica. Lastres propios, paredes entre las que nos encerramos y que tienen mucho que ver con los miedos y las sombras.

Retomar el vuelo… pero ¿por qué? Bueno, don Mario en la segunda estrofa nos propone una idea:

“No te rindas que la vida es eso,
continuar el viaje,
perseguir tus sueños,
destrabar el tiempo,
correr los escombros,
...”


La vida es viaje, no arribo. Tal vez suene mal, pero el arribo es la muerte; por lo tanto la única forma de vivir es viajar, ir, caminar… Aun sin morir el sentir que se ha llegado –y creer por lo tanto que no existe un donde ir o que ya no se puede avanzar– es en alguna medida una forma de muerte, de asesinato de posibilidades a las que tenemos derecho y también –de alguna forma– estamos obligados.

Siguen algunos versos sueltos, que a pesar de haberlos sacado de distintas estrofas no pierden del todo el ritmo:

“… hay vida en tus sueños...
… la vida es tuya y tuyo también el deseo…
… no hay heridas que no cure el tiempo…
… Vivir la vida y aceptar el reto,
recuperar la risa, …
… celebrar la vida…
… cada día es un comienzo nuevo…”


Algunos viajan, siguen sus sueños, se sienten dueños de su vida y de sus deseos. Los mismos, seguramente, se curan las heridas con el tiempo, aceptan los retos y, por sobre todo, celebran la vida porque cada día es un comienzo nuevo. Esos, como Mario Benedetti, siguen viviendo aun después de haber dejado de viajar, aun cuando una muerte biológica nos los haya arrebatado.

Viajemos la vida, recuperemos la risa –sobretodo los que la hayamos perdido por ahí. La risa, aun de nosotros mismos en situaciones que nos exceden –en vez del enojo, la bronca, la desesperanza–, es en mucho el combustible que necesitamos para continuar viajando.

Una vez, en una situación compleja de mi vida en la que no podía dejar de discutir agriamente y con mucha frecuencia con gente muy querida, alguien me dijo:

–Pero si vieras esta situación en una película, ¿no te reirías? –Y la verdad es que imaginé una escena en la que dos personas, a pesar de amarse mutuamente, no dejaban de discutir por cosas menos importantes que las que las unían, y no pude evitar la contestación afirmativa.

Nada se soluciona mágicamente, pero lo cierto es que en la siguiente situación tensa con esa gente querida pensé en lo que mi amigo me había dicho, me sonreí internamente y me afloje; ese día la discusión no fue tan agria, y al día siguiente volver a empezar el viaje fue mucho menos difícil.

“… Vivir la vida y aceptar el reto,
recuperar la risa, …
Celebrar la vida…
… cada día es un comienzo nuevo…”




J. R. Lucks



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domingo, mayo 16, 2010

Sin límites

En un canal de televisión de mi país volvió a empezar, unos días antes de escribir esta columna, uno de esos concursos en los que varias parejas compiten bailando para ganar algo. Más allá de cuánto me guste o disguste el programa, o que tanto el concurso se use para un fin noble o no, me vino inmediatamente a la cabeza una frase de uno de los bailarines más importantes de todos los tiempos, Mikhail Baryshnikov. Se dice que el dijo alguna vez:

“No intento bailar mejor que nadie. Sólo trato de bailar mejor que yo mismo”.

Siempre me pareció muy poderosa la sentencia. A algunos (particularmente a los que no vieron bailar a don Mikhail) les suena como “blanda”, como proveniente de alguien que no tiene el fuego “sagrado” de la competencia en su corazón. A mí, por el contrario me parece maravillosa porque elimina las orillas. Bailar mejor que otro es un límite concreto, cuando se logra no hay más que hacer. Bailar mejor que uno mismo no tiene tope, se puede mejorar todos los días de la vida y aún así al siguiente habrá un objetivo nuevo, fresco.

No es un refrán –aún– pero debería serlo, así que aquí lo propongo a los lectores:

“No intentes ser mejor que nadie. Sólo trata de ser mejor que tú mismo”.

Lejos está este “recién nacido” refrán del espíritu aparente de los concursos que me llevaron a pensar y escribir esto, llenos de escándalos, peleas, celos, etcétera, etcétera. Lástima y lastima... Pero con cambiar de canal alcanza, por eso cambio –o apago– y me pongo a mirar, buscar, leer otra cosa.

Así fue que leyendo un libro sobre negociación (1), cuyo autor –un conocido mío– me obsequió, encontré esto:

“La excelencia no es ser el número uno en algo, sino ocupar algún lugar digno en todo”.

Somos como somos, pero podemos tratar de desarrollar aquellas cosas que quisiéramos para nosotros. Es magnífico aceptarnos tal cual somos, valorarnos y querernos, pero también es importante pensar que podemos ser mejores todavía y que hay determinados aspectos de nuestra persona o conocimientos nuevos que quisiéramos mejorar e incorporar. Esta decisión es la que quiebra la opción entre ser o no ser conformistas. No debemos serlo, porque el mundo en el que vivimos es dinámico, por lo tanto o nos movemos, adaptamos y crecemos con él o nos quedamos fuera del tiempo real”.


Me pareció una cita muy apropiada para acompañar a la frase de Baryshnikov. Ser número uno versus ser mejor cada día hasta ser lo mejor que podamos ser, sin límite de tiempo; porque hasta el número uno puede mejorar con respecto a sí, si mira para adelante en vez de mirar a los que dejó en el camino.

Ocupar un lugar digno del potencial que tenemos dice el autor es la excelencia. Llegar a ese lugar dignamente y seguir en la búsqueda de nuevos horizontes. Aceptarnos y querernos pero para usar esa aceptación como plataforma de confianza, no como sarcófago.

¿Y cuándo disfrutamos de haber llegado? Tal vez nunca; pero no debería importar, porque hay que aprender a disfrutar el ir. Llegar no es destino, es consecuencia.

Hoy, que vivimos en una sociedad a la que no le gustan los límites, qué mejor que no ponerlos en algo que sí vale la pena, o sea el afán de ser mejores. Tantos límites útiles desdeñamos e ignoramos todos los días; porqué no buscar la infinitud de posibilidades en el dignamente intentar ocupar un lugar cada día mejor, pero no contado desde la cuenta bancaria o desde el televisor y el auto que tenemos, sino desde la colección de virtudes o capacidades que practicamos y adquirimos.

Ojalá el refrán propuesto “pegue” y se haga popular. Tal vez se podría acompañar de algunas frases introductorias, como:

“Te gusta vivir sin límites”, “Querés vivir tu vida sin que nadie te diga hasta donde llegar”, “Sos de los que no se siente cómodo encerrado entre contornos marcados por otros”,… entonces.

“No intentes ser mejor que nadie. Sólo trata de ser mejor que tú mismo”.

J. R. Lucks



Referencias:

(1) Negociando con la vida. Alberto Guida. Grupo Abierto Comunicaciones, 2008.



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domingo, diciembre 13, 2009

Hacer y hacerse

Volví a escuchar, hace unos días, una frase proveniente de la filosofía de Jean Paul Sartre que asegura lo siguiente:

“Un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”.

Siempre me pareció ésta una idea poderosísima. Más que una idea, en realidad, una cantidad de ideas empaquetadas en una frase tan compacta y armoniosa, que podría incluso ser slogan de una marca de zapatillas, de alguna bebida espirituosa, o de alguna empresa de telefonía móvil.
Permítaseme practicarle una disección.

La segunda parte siempre me incomodó: “…lo que hicieron de él”, o ella. O sea: nos hacen. Estamos “hechos” por otros. Es en gran medida cierto: nos educan; nos condicionan; nos enseñan; nos exponen a ciertas cosas y a otras no, y a partir de allí somos de una manera y no de otra.

Sé que es así, pero se produce en mí una rebelión; no me gusta, me parece demasiado pasivo. Aunque creo, por desgracia, que es innegable que pueda considerarse a demasiados de nosotros como no mucho más que receptáculos en los que padres, maestros, amigos, cultura, televisión, diarios, etcétera, vacían sus “contenidos”; algunos de ellos haciéndolo con amor, otros como si llenaran un pozo ciego (negro, séptico).

“Dime con quien andas y te diré quien eres”.

Por algo este refrán es refrán. “Eres” con quién andas. Aquellos con los que andas te hacer “ser” lo que eres. Me parece un poco exagerado, aunque con mucho de verdad.

Pero, en mi opinión, no para todos es tan así como le leo a Sarte. Es cierto que las influencias externas son fundamentales en la formación, pero algunas de las mías las elegí yo. No estoy “condenado” a ser pasivo (si algún psicoanalista está leyendo esto seguro saca conclusiones interesantes). A mí Nietzsche no me vino a buscar, tampoco Sarte mismo, o Lao Tse y así cientos más. No me los enseñaron en mi casa o en la escuela, simplemente me los fui encontrando o buscando, los fui incorporando, completos o no, creyéndoles todo, parte o nada.

Algo de lo que soy no es lo que hicieron de mí, sino lo que yo hice de mí. No me resigno a ser sólo lo que hago con lo que alguien más hizo de mí. No sólo eso, pretendo ser más que lo que logro hacer, con lo que hicieron e hice de mí. Quiero tener el poder de saber que si hay algo que aún no puedo hacer, no estoy atrapado, sino que me puedo hacer a mí mismo capaz haciéndome más de lo que soy. No quiero límites a lo que soy, ni tampoco autorías totalmente ajenas.

Defendiendo la frase Sartreana me diría: te hacés más porque alguien hizo de vos una persona con intereses y voluntad de crecer. Puede ser. Pero la misma genética no deja hermanos idénticos, ni siquiera la misma crianza o educación. Puede ser que seamos meras consecuencias de algo externo a nosotros, pero no me lo creo. Prefiero no creérmelo. Prefiero creer que mi voluntad de ser me hace ser más de lo que hicieron de otros de mí.

Siguiendo con la disección, la primera parte de la frase del amigo Jean no es menos “polémica”: “Soy lo que hago…”. Reduciéndola podría decir: hago casas, soy albañil; hago asientos contables, soy contador. No me convence, soy más de lo que hago. Hago lo que puedo, lo que me sale, pero soy más que eso. Lo que hago es historia, está hecho; sin embargo parte de lo que soy es potencial, proyectos, ilusiones, ideales, es futuro, es capacidad por desarrollar, es algo que todavía no hice.

Sé que es injusto de mi parte “pelearme” con Sarte sin dejarlo defenderse. Está claro que coincido en que hacer es importante. La intención se manifiesta verdaderamente sólo en la acción. Para muchas filosofías no “existe” lo que no se percibe, lo que no tiene una manifestación sensible; para ellas, podría exagerarse: si no hago no soy. No estoy de acuerdo en un ciento por ciento, pero entiendo el sentido básico de esta idea y me parece razonable.

Un refrán interesante en este orden de ideas nos enumera:

“Hay tres clase de hombres: los que hacen, los que ven hacer, y los que se preguntan porqué les han hecho lo que les hicieron”.

Evidentemente quiero ser de los primeros. Ser espectador no fue nunca mi rol preferido, y el de víctima siempre me pareció patético. Pero el hacer es sólo una parte del ser. Hacer es muchas veces equivocarse, y no se es un error. Defendiendo, nuevamente, la literalidad de la frase de Sarte me diría a mí mismo: “es que si te equivocas no es que seas un error, es que tu error demuestra que no eres perfecto, demuestra que eres humano”. Si claro.

Como se habrá dado cuenta el lector estoy pensando en el papel en el que escribo. No tengo conclusiones, sólo pensamientos… después de todo esto no es más que una invitación a pensar; esto no es ni pretende ser una clase magistral.

Lo que sí me gusta de la frase, definitivamente, es que pone la responsabilidad en uno, en lo que uno hace con lo que es (sea que otros nos hayan hecho o que hayamos participado de la obra). Hablando en refranes se podría decir:

“A lo hecho, pecho”.

Creo ser más que lo que hago, creo ser más que lo que los demás hacen de mí, creo que Sarte sintetizó muy bien un montón de ideas en esta frase (aunque no esté de acuerdo con varias de las cosas que piensa y enseña), y estoy seguro de que me gustaría muchísimo poder tomarme (haber podido tomarme) un café con él y discutir sobre estos asuntos.

Es lamentable pensar que haya humanos que no hacen nada. Otros que no participen de la obra de hacerse a sí mismos, o que se dejan hacer por publicidades o modas. Cualquiera de los dos tipos, de los que lamentablemente creo hay cada día más, responden tal vez a este otro refrán:

“Hay muchos tontos que nacen, pero son más los que se hacen”.

No leo el “hacen” como sinónimo de fingir, sino de fabricarse a sí mismos. Se hacen tontos no haciendo nada, o se dejan hacer tontos por alguien que solamente los hace vivir para comprar la última oferta, o seguir la última tendencia de la fugaz moda.

Puede estar o no de acuerdo conmigo, pero si “aguantó” este comentario hasta aquí, con seguridad, es porque usted es lo suficientemente humano como para no dejarse hacer solamente por otros, o para nada más sentarse a ver qué es lo que hacen los demás. Salud por eso.

Espero realmente que la “rebeldía” que muestran las nuevas generaciones, mucho más autodeterminadas de lo que fuimos yo y la mía, los lleve a hacer y hacerse por sí.

En el “pasado” nos dejábamos influir más por la autoridad, por los modelos sociales, por las grandes o pequeñas religiones, y es así que en gran parte nos hicieron lo que somos. Los jóvenes de hoy se rebelan a todo eso. Espero realmente que los que quieran hacerlos ahora, en pantallas gigantes y a todo color, no logren atraparlos para siempre.

Si aplican su rebeldía (que ¿quién les hizo?, le preguntaría yo a Sarte entre café y café) a ser lo que quieren, muy probablemente su futuro sea mejor que nuestro presente. Salud por eso también.


J. R. Lucks





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domingo, agosto 30, 2009

Ironías puede ser, sarcasmos no.

Escuchando una canción que se llama “Irónico”, interpretada por una cantautora canadiense de nombre Alanis Morissette, me puse a pensar –inevitablemente– en este tema.

Algunas de las estrofas del poema que dan letra a la canción dicen así:

“Un hombre cumple noventa y ocho años,
gana la lotería y muere al día siguiente.
Hay una mosca negra en tu copa de vino blanco.
Llega el perdón para el sentenciado a muerte, dos minutos demasiado tarde.
¿No es irónico?, ¿no te parece irónico?


Es como que llueva el día de tu boda.
Es cuando alguien se ofrece a llevarte apenas terminás de pagar el boleto.
Es como ese buen consejo, que decidiste no tomar.
¿Quién hubiera sabido?
…


Es un embotellamiento cuando ya estas llegando tarde.
Es un cartel de no fumar en tu descanso para salir a fumar.
Es como diez mil cucharas cuando lo único que necesitas es un cuchillo.
Es conocer al hombre de mis sueños,
y acto seguido conocer a su bella esposa.
¿No es irónico?, ¿no te parece irónico?
Un poco demasiado irónico…”


Nos habremos visto más de una vez en situaciones así. Nos habremos sentido muchas veces sujetos de una burla no organizada por nadie, una simplemente espontánea. “Ironías de la vida”.

Pues para la Real Academia Española eso es la ironía, una burla “fina y disimulada”, un “tono burlón con lo que algo se dice”. Etimológicamente significa disimulo, interrogación fingiendo ignorancia.

Y normalmente lo que nos pasa es que reaccionamos con furia a esta burla “de la vida”, maldecimos y nos rebelamos porque no aparece causa visible. Nos enojamos e insultamos aunque no veamos al receptor del insulto; por eso muchas veces nos queda dentro esta mala energía, y la descargamos transfiriendo nuestro mal humor al primer ser querido que se nos cruza.

Un sabio amigo me dijo una vez:

“Cuando la vida se ríe de vos, lo mejor que podes hacer es reírte vos de la vida”.

Ante mi desconcierto, mi amigo me explicó que enojarme con una ironía de estas de las que estamos hablando era gastar energía inútilmente. O evitaba la situación, o la cambiaba; o si no, la aceptaba, y la mejor manera de aceptarla era reírme de ella.

Su lógica se basaba en que si estuviese viendo una película en la cuál se desarrollase una situación así –sea una italiana de Fellini o una de Mel Brooks o Woody Allen–, lo normal sería reírse, pasarla bien. Si la ironía es graciosa cuando le sucede a otro, por qué no cuando le pasa a uno mismo.

Si no se puede cambiar o evitar, entonces reírse; al menos sólo uno de los males. Así cuando uno llega a su casa, y se enfrenta a ese ser querido, en vez de descargar con él o ella un enojo reprimido se comparte algo gracioso.

Era un buen consejo, pero como tercera opción. Primero evitar o cambiar. Evidentemente había más “sabiduría” en el consejo que el cómo encarar lo inevitable. Antes de reírme tenía que seleccionar lo pasible de ser evitado –aunque más no sea en el futuro–, y lo que vía una acción concreta podría ser cambiado.

Esto me volvió a la mente pensando en ironías, pero en algunas que ni en película ni en la vida real deberían causar risa, como que en países con muchos recursos haya gente muriendo de hambre; o que se gasten fortunas en guerras o jugadores de fútbol pero millones de niños no tengan garantizada la educación o tres comidas decentes por día.

Estas no dejan de ser burlas, aunque no sean finas ni disimuladas, por mucho esfuerzo que algunos hagan por esconderlas o disfrazarlas. Estas se podrían categorizar más bien como sarcasmos: “Burla sangrienta, ironía mordaz y cruel con que se ofende o maltrata…”. Injusticias.

Seguramente estas deberían ser cambiables o evitables, y no sólo risibles. Aunque más no sea a largo plazo, aunque más no sea desde el pequeño lugar y aporte individual que cada uno puede hacer.

Enojarse y despotricar, pero sin accionar, es inútil. Reírse de este tipo particular de “ironía injusta sobre la cuál, aunque no se vea el responsable visible, sí se puede hacer algo”, sería sólo ayudar a disimularla.

¿Cuántos libros se podrían comprar con lo que se paga por una estrella del fútbol? ¿Cuántos platos de comida se pagarían con lo que valen dos o tres misiles?, o mejor, ¿a cuánta gente se le podría dar trabajo con lo que se gasta en cualquiera de estas cosas? Esas son preguntas que no se si tienen respuesta; la que probablemente sí tenga es qué hacer con el que tiene hambre o está sin trabajo y aparte “me queda cerca”. Si son tantos los sin trabajo y los con hambre, alguno debe estar cerca.

¿No será demasiado irónico preocuparse por los males del mundo y no por el hambre, el trabajo o la educación del que me cruzo todos los días?

Cambiar la injusticia, o evitar que se vuelva a repetir, es la única forma de vivir estas ironías o sarcasmos. Aunque ese cambiar o evitar sea consecuencia de algo que iniciamos aun sin saber cuando vaya a tener efecto. Aunque sepamos desde ahora que nunca veremos el cambio a ocurrir… o quién sabe, tal vez, como en la canción que despertó esta reflexión, si me pongo a hacer lo que pueda para luchar contra estas ironías, cuando cumpla noventa y ocho años me de cuenta de que algo cambió y sienta que gané la lotería, pudiendo al día siguiente morir tranquilo, sin necesitar que nadie me desee paz en el descanso, por estar convencido de habérmela ganado.



J. R. Lucks





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domingo, junio 14, 2009

Elecciones duraderas

Hay un proverbio escocés que dice:

“No te cases por dinero, se puede conseguir un préstamo más barato”.

Otro, aparentemente egipcio, enseña:

“Antes de poner en duda el buen juicio de tu mujer, fíjate con quien se ha casado ella”.

Yo llevo muchos más años de casado que los que tuve de vida sin estarlo, con lo cual es evidente que no estoy en contra de la institución del matrimonio, sea con templos, leyes, o sin nada de eso, una simple elección de vida, de pasar la vida con otro.

El asunto principal es ese: pasar la vida con otro. Por eso se llaman esposas y esposos, porque… no creo que haga falta explicarlo mucho, no va por el lado de prácticas sexuales sadomasoquistas, va por el lado de cierre, de atadura, de unión que no se debe (aunque se pueda) romper fácilmente.

¿Por qué debe ser de largo plazo esta elección?, porque el matrimonio, o la pareja estable, es la base de la familia. Podría preguntarse: ¿por qué es importante la familia?, en la actualidad sobretodo.

Es que una de las cosas que definitivamente comenzó a separar al hombre de los animales fue la paternidad reconocida. La maternidad reconocida es más fácil, sobretodo después de un embarazo de nueve meses. Pero cuando los seres andan en hordas, o manadas, o grupos, padre puede ser cualquiera de cualquiera. El hecho de que el padre pudiera reconocerse implicó que las elecciones mutuas de parejas tuvieran que mantenerse y respetarse, entre los elegidos y por los demás. Así nació la familia, así se comenzó a construir la sociedad como la conocemos.

Hoy, con tanta inseminación, y alquiler de vientres, y probetas, y madres o padres que deciden serlo sin pareja estable, este concepto de familia está comenzando a desdibujarse. No critico la situación en sí, siempre hubo familias en las que el padre o la madre no estaban (sea por fallecimiento u otra circunstancia), o familias con hijos que no eran biológicamente concebidos por la pareja al frente de las mismas, eso no las hace menos familias.

El asunto no es que los que se eligen mutuamente sean los procreadores, el asunto es la estabilidad de tener roles cubiertos por dos personas que asuman los de padre y madre, y que los sostengan la mayor cantidad de tiempo posible.

Lo que sugieren los refranes (o proverbios que es su sinónimo) es que hay que ser cuidadoso en la elección. Claro, porque es para toda la vida, o al menos por un período seriamente largo en el que realmente se hagan todos los esfuerzos para mantener la base de esa familia.

No es tampoco que esté en contra del divorcio o de la separación, si es que se hicieron los esfuerzos necesarios para tratar de evitarlos. De lo que sí creo poder decir que estoy en contra es de la liviandad con la que muchas veces elegimos pareja, como si fuese un auto o un televisor de plasma que a los dos o tres años podemos cambiar, o que podemos devolver en garantía si no nos gusta como funciona.

La familia se basa en cierta estabilidad de sus componentes, la sociedad (como la conocemos hasta la actualidad) se basa en la familia. Nos diferenciamos de los animales, al menos en parte, porque la educación de nuestras crías requiere de un ambiente más estable que el de los lobos o los pajaritos, y eso es bueno. Sin embargo, nosotros mismos así educados, creamos un mundo de consumo y de recambio rápido de bienes que causan supuesta satisfacción, y “exportamos” ese modelo al de familia. Cambiamos pareja como cambiamos de par se zapatos.

Los míos, los tuyos y los nuestros, que es algo loable que se logra para dar estabilidad a hijos de varios matrimonios que por desgracia no se habían podido sostener, cada vez más se transforma en deporte, o en algo a lo cual nadie le tiene miedo porque le parece hasta divertido.

No llego a saber si está bien o mal, no sé si tengo razón o no. Este es un tema de reflexión pura para mí, sin respuesta. Yo sé lo que hago y lo que no, pero nada más, no puedo tener sobre esto, al menos aún, un juicio de valor. Sólo el tiempo dirá si una sociedad como la que parece que estamos construyendo será mejor o peor que la que tenemos o tuvimos.

Elecciones. Elegir y sostener las consecuencias de lo que elegimos. Elegir viene de raíces latinas relacionadas a palabras que significan tomar, arrancar, sacar. El que elige toma, saca algo para sí. El que elige causa un cambio, se causa un cambio, el que elige debe saber lo que implica ese tomar.

En pareja se elige y se es elegido. Se toma algo y se es tomado. El proverbio egipcio es de una gran sabiduría: no debería criticar el juicio de mi elector si soy yo el elegido. Las razones de la elección deben ser meditadas antes de elegir, porque hay opciones, nos sugieren los escoceses.

Hay elecciones que no son tan triviales como las de un auto o las de un televisor. Nos podemos equivocar comprando un par de zapatos, total cada vez son más económicos, y si no nos gustan podemos comprar otros. Esto es cierto y, tal vez, hasta bueno cuando se habla de cosas de consumo. Definitivamente no aplica lo mismo cuando nos referimos a personas con las que fundaremos familia. No es que pretenda infalibilidad o testarudez ridícula, pero al menos intención de que la cosa vaya a durar. Estas elecciones no son para consumir, son para construir. No confundamos estos dos verbos, tienen muchas letras en común pero son casi antónimos.

¿Evolucionamos o involucionamos cambiando el concepto de familia? No creo que yo pueda llegar conocer la respuesta a esta pregunta. Mientras tanto voy a seguir aceptando las consecuencias de las elecciones que hice, luchando por ellas, disfrutando de los beneficios que tienen, llorando sus partes negativas, gozando de sus bondades. Puedo hacerlo porque me apoyo en la familia que ayudé a construir con esas elecciones, con mis elecciones. Ojalá usted lector pueda decir lo mismo de sus propias elecciones, aunque hayan sido diferentes a las mías.


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domingo, mayo 03, 2009

Sus manos nunca estuvieron vacías

El 1° de Mayo se conmemora el día del trabajo en casi todo el mundo, excepto en algunos pocos países.

Uno de los que no lo hace ese día es, justamente, aquél en el cuál un 1° de Mayo, pero de 1886, se masacraron hombres, mujeres y niños durante enfrentamientos entre “fuerzas del orden”, y personas que protestaban reclamando mejores condiciones de trabajo y una jornada laboral de ocho horas. Irónico, ¿no?

El día del trabajo se celebra no trabajando. Como el día del estudiante se conmemora no estudiando. Irónico también, ¿no?

Incluso en algún país, tal vez el propio, el acto del día del trabajo se realiza el 30 de abril para no “arruinarle” a la gente el feriado del 1°. Así no sólo no tiene que trabajar sino que tampoco tiene que molestarse en asistir al acto, que para muchos es en realidad un trabajo. No se trabaja el 1°, y tampoco el día anterior porque el acto se realiza en horario laborable, nunca luego de la jornada de trabajo. Irónico, por duplicado, ¿no?

Pero dicen que el trabajo es bueno. No sé, tal vez sí, aunque en este mundo moderno por lo bueno se cobra, no se paga… entonces, si el trabajo es bueno, ¿por qué pagan por hacerlo en vez de cobrar? Trabajo deriva de una palabra latina que significa tortura; y laborar, de donde sacamos el porteño laburo, significa fatiga, esfuerzo, también en latín. Debe ser por eso que pagan y no cobran por dejarnos trabajar. Habría que buscar mejores palabras para nombrarlo. ¡Demasiada ironía!

Hay un poema que da letra a una canción que canta Alberto Cortez. Se llama “El abuelo un día”. Algunas de sus estrofas recitan lo siguiente:

“El abuelo un día
subió a la carreta
de subir la vida.
Empuñó el arado,
abonó la tierra
y el tiempo corría.
Y luchó sereno
por plantar el árbol
que tanto quería.
Y el abuelo un día
lloró bajo el árbol
que al fin florecía,
lloró de alegría
cuando vio sus manos,
que un poco más viejas
no estaban vacías”.


Este llanto no me parece irónico. Cada vez que leo o escucho este poema me emociono. Será porque tuve abuelos (y padre, madre, suegros y tíos) que trabajaron toda su vida que me inculcaron que el trabajo es la única forma de lograr cosas.

Trabajo en el sentido amplio de la palabra, esfuerzo (pero gozoso, no torturante), dedicación, amor por lo que se hace. No es que esté mal vivir de renta, pero eso no quiere decir que no haya que trabajar. No importa de qué tengamos la suerte de vivir, no importa cuál sea el empleo que tenemos (que no tiene que ver con el trabajo del poema de Cortez), el trabajo es lo que nos hace ser.

El buen trabajo, el trabajo que hace bien, el que emociona hasta las lágrimas cuando uno ve que finalmente las manos dejan de estar vacías: ese es el que hay que celebrar. Ese no se conmemora con dos días de feriado o ignorando masacres. Ese trabajo se conmemora trabajando, todos los días, gozando y enseñando a nuestros hijos a gozar de algo que vale la pena, a pesar de llamarlo tortura y sufrimiento, porque te llena las manos, porque te llena la vida.

Salud al abuelo del poema de Cortez. Salud al buen trabajo, al que llena manos, al que se celebra trabajando.



J. R. Lucks





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domingo, marzo 29, 2009

Avanti sempre avanti

Unos fragmentos de poesía que siempre me inspiraron, (tal vez muy relacionados a la entrada de la semana pasada), son las dos estrofas iniciales de sendas partes de los Siete Sonetos Medicinales (1). Las mismas dicen así:

Si te postran diez veces, te levantas
otras diez, otras cien, otras quinientas;
no han de ser tus caídas tan violentas
ni tampoco, por ley, han de ser tantas.
…
No te des por vencido, ni aún vencido,
no te sientas esclavo, ni aún esclavo;
trémulo de pavor, piénsate bravo,
y acomete feroz, ya mal herido.

Suenan ideales para momentos duros, para momentos de crisis profunda, cuando hay que tomar decisiones y la peor que se puede tomar es la de paralizarse, la de no volver a levantarse.

Vale la aclaración de que me quedo con estas estrofas, y tal vez con alguna más. El resto de los sonetos no necesariamente son de las cosas que yo practicaría, pero en el disenso también hay verdad, ¿Por qué no citar a alguien con quién no necesariamente se está en un todo de acuerdo? El lector, al menos a eso aspiro yo, debe sacar sus propias conclusiones.

Volviendo a la reflexión, hay personas que toman fuerzas de la adversidad. Incluso pareciera que, estas, necesitan muchas veces de un golpe para reaccionar. Pasa, repetidamente, que la tranquilidad adormece, que la falta de un fuego quemando las plantas de los pies hace relajar demasiado.

Nadie quiere, concientemente, pasar por momentos adversos. Nadie pide que le caigan encima calamidades. Pero si a uno le llegan, si no se pueden esquivar, mejor aplicar los versos antes citados que simplemente dejarse atropellar.

Los cantos a la esperanza surgen desde el dolor, no desde el placer. La fe, la vocación de cambiar algo, el espíritu de mejora, la voluntad de evolucionar –o hasta de revolucionar–, surgen de momentos de zozobra y no de tiempos de paz. El avance, casi siempre, sólo nace de, o muy cerca a, la desesperación. No sugiero pedir o buscar la calamidad, pero sí aprovecharla.

El humano debe estar constantemente en movimiento. Es como los tiburones que si dejan de moverse se asfixian. El humano no se ahoga por falta de aire, pero sí se estanca como sociedad, y se pierde en si mismo.

La historia nos ha dado crisis y momentos de zozobra. Por supuesto uno siempre piensa que los peores son los que tiene que vivir. Pero basta una ligera mirada hacia al pasado para pensar en las grandes guerras mundiales, y cómo se sentirían los que tuvieron que vivirlas; o en las invasiones bárbaras a los imperios griego y romano, y la sensación de fin de mundo que habrán vivido aquellos habitantes del Mediterráneo.

Marguerite Yourcenar, justamente muy poco después de la Segunda Guerra Mundial, le “hace” decir al emperador romano Adriano, en su novela histórica Memorias de Adriano, algo que me pareció maravilloso cuando lo leí, y que en referencia a las supuestas invasiones bárbaras que algún día llegarían deja una esperanza:

El porvenir del mundo no me inquieta; ya no me esfuerzo por calcular angustiado la mayor o menor duración de la paz romana; dejo hacer a los dioses. No es que confíe más en su justicia que no es la nuestra, ni tengo más fe en la cordura del hombre; la verdad es justamente lo contrario. La vida es atroz y lo sabemos. Pero precisamente porque espero poco de la condición humana, los períodos de felicidad, los progresos parciales, los esfuerzos de reanudación y de continuidad me parecen otros tantos prodigios que casi compensan la inmensa acumulación de males, fracasos, incuria y error. Vendrán las catástrofes y las ruinas; el desorden triunfará, pero también de tiempo en tiempo, el orden. La paz reinará otra vez entre dos períodos de guerra; las palabras libertad, humanidad y justicia recobrarán aquí y allá el sentido que hemos tratado de darles. No todos nuestros libros perecerán; nuestras estatuas mutiladas serán rehechas, y otras cúpulas y frontones nacerán de nuestros frontones y cúpulas; algunos hombres pensarán, trabajarán y sentirán como nosotros; me atrevo a contar con esos continuadores nacidos a intervalos regulares a lo largo de los siglos, con esa intermitente inmortalidad. Si los bárbaros terminan por apoderarse del imperio del mundo, se verán obligados a adoptar algunos de nuestros métodos y terminarán por parecerse a nosotros.

La autora hace hablar a un emperador agonizante, y por eso el mensaje de esperanza va mezclado de tanta amargura y sensación de fin. Pero me pareció adecuado porque eso es justamente lo que sentimos cuando el mundo cae sobre nuestras espaldas.

Adriano nos garantiza que la situación eventualmente se arregla. Los disruptores, los bárbaros, se van a terminar pareciendo a nosotros, dice. ¡Qué maravilloso! La semilla del nuevo orden ya está plantada en el disruptor del orden anterior, inevitablemente.

Hay un canto de esperanza y de garantía combinados en esta cita. El mundo se “acomoda”, o al menos hasta ahora, después de innumerables catástrofes y vicisitudes, siempre se acomodó. La pregunta es si todos los que vivieron durante esas situaciones quedaron igual, mejor, o peor de lo estaban antes de que las mismas ocurrieran.

Seguramente habrá que analizar varios factores para contestar la pregunta que cierra el párrafo anterior, pero muy probablemente la mayoría de los que sobrevivieron o incluso hasta mejoraron su posición, fueron seguidores o practicantes de lo que aconsejan las estrofas citadas al inicio.

Fuerza, coraje, ánimo.



J. R. Lucks



Referencias:
(1) Siete Sonetos Medicinales. Pedro Bonifacio Palacios (1854 - 1917), fue un poeta argentino conocido también por el seudónimo de Almafuerte.
(2) Memorias de Adriano es una novela de la escritora belga Marguerite Yourcenar, que describe parte de la vida emperador romano Adriano, particularmente lo que sentía en momentos cercanos a su muerte. El libro fue publicado en Francia en 1951.



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domingo, marzo 22, 2009

Energía eólica

Escuché una frase interesante hace unos días, que tal vez no se pueda calificar aún como refrán por no ser de uso común. La frase es:

“Cuando viene la tormenta unos levantan murallas de protección, otros molinos de viento”.

Obviamente me gustó mucho apenas la escuché. Siempre fui de pensar de esta forma, y de hecho creo que si muchos pensásemos y actuásemos así, viviríamos en un mundo mejor.

Esta frase no revela en realidad ninguna verdad oculta. Hay otros refranes, tal vez más conocidos y más antiguos, que dejan el mismo consejo, por ejemplo:

“A mal tiempo buena cara”.

Incluso hay filósofos o pensadores que se dedicaron a comentar sobre este tema, por ejemplo Maquiavelo, que en El Príncipe (1) dice:

“La fortuna me parece comparable a un río fatal que cuando se embravece inunda llanuras, echa a tierra árboles y edificios, arranca terreno de un paraje para llevarlo a otro. Todos huyen a la vista de él y todos ceden a su furia, sin poder resistirle. Y, no obstante, por muy formidable que su pujanza sea, los hombres, cuando el tiempo está en calma, pueden tomar precauciones contra semejante río construyendo diques y esclusas, para que al crecer de nuevo se vea forzado a correr por un canal, o por lo menos, para que no resulte su fogosidad tan anárquica y tan dañosa”.

Se refiere a la suerte cuando dice la fortuna, y lo que pretende enseñar es que no estamos librados a ella. Sugiere que, si bien no podemos evitarla, sí nos es posible intentar encauzarla, y eventualmente utilizar, aún, la mala fortuna en forma beneficiosa.

Cuando estamos metidos en una gran crisis, cuando nos enfrentamos a una terrible encrucijada, es probable que sea difícil pensar con frialdad. Es seguramente más adecuado extender la red de seguridad antes de subir a caminar por la soga, que hacerlo mientras vamos cayendo luego de haber resbalado.

Es probable que no todo pueda preverse. Es tal vez seguro que algún río, o alguna tormenta, nos vayan a llevar indefectiblemente por delante. Pero la previsión que nos recomienda Maquiavelo, o la actitud que nos sugiere la frase con la que inicié la columna, seguramente nos han de dejar mejor parados ante las crisis, o, al menos, con mayores posibilidades de salir adelante.

Hay pensamientos, ideas, que hace tiempo que dejaron de ser originales. Seguramente esta es una de esas. Pero también es cierto que por más que sean ya sabidas, algunas nos las tenemos que repetir constantemente porque no siempre nos son naturales.

La frase con la que empecé me pareció una forma original, al menos a mí, de escuchar algo que ya sabia. Ojala que con el tiempo no sólo, de tanto repetirla se transforme en refrán, sino que además de tanto practicarla toda la energía termine viniendo de molinos de viento.



J. R. Lucks



Referencias:
1 El Príncipe. Nicolás Maquiavelo. Editorial El Ateneo, 2002.


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