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domingo, julio 11, 2010

Prendamos las velas que hagan falta

Uno de esos refranes sencillos, que con pocas palabras simples dice mucho e invita a moverse, propone:

“No maldigas la oscuridad, enciende la vela”.

Bárbaro ¿no? ¡No te quejes, hacé algo!

En una conferencia que el gran filósofo y escritor José Ortega y Gasset diera en la Universidad de la Plata –en Argentina–, hace ya más de 60 años, de una manera soberbia le recomendó a ese pueblo (me recomendó) lo siguiente:

“¡Argentinos, a las cosas, a las cosas! Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismos. No presumen ustedes del brinco magnífico que dará este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva, de tener trabadas y paralizadas sus potencias espirituales, que son egregias, su curiosidad, su perspicacia, su claridad mental secuestradas por los complejos de lo personal”.

La verdad es que tanto el refrán como la cita del discurso de Ortega aplican a cualquiera.

Dejar de lado la mezquindad para hacer cosas grandes. Dejar la oscuridad para ver y ser visto. No buscar (culpas ajenas) donde no hay (más que responsabilidades propias).

Podríamos imaginar una serie de cuestiones hipotéticas (para no ofender ni ofenderme), y si alguna nos resultase demasiado cercana tal vez pudiéramos intentar hacer algo para evitarla. ¿Qué les parece esta lista?:

• Queremos vivir en un país justo, pero apenas podemos nos pasamos un semáforo en rojo o circulamos por las banquinas para ganar segundos en nuestro viaje.
• Queremos un país educado, pero no le pagamos bien a los maestros.
• Queremos que nuestro equipo nacional de fútbol juegue como tal, como equipo, pero somos individualistas al extremo y nos enorgullecemos de serlo.
• Queremos que los jubilados ganen mucho, pero no queremos pagar impuestos.
• Queremos que nos traten con respeto, pero nos encantan los programas de televisión en los cuales se hace “humor” abusando de la gente.
• Queremos que nos den, pero no damos nunca nada o damos sólo lo que nos sobra o molesta.

¿Cómo se cambia la mentalidad de todo un pueblo? ¿Cuánto tiempo se tarda? ¿Se puede?

Degradarla hasta llegar a extremos en que haya que contestar que sí a los “queremos” que acabo de enumerar, evidentemente se puede. ¿Será posible recorrer el camino inverso? O será que la única salida es la destrucción social hasta un punto en el que “haya que comenzar de nuevo”. En el que “mejorar” deje de ser algo deseable para transformarse en obligatorio.

En la historia de la humanidad tenemos varios ejemplos de civilizaciones que terminaron desapareciendo, o siendo “fagocitadas” por otras, por el simple hecho de haberse corrompido a extremos inimaginables, echándole las culpas a la oscuridad en vez buscar velas para prender. Algunas –no todas– renacieron, aunque tardaron siglos e incluso, otras, milenios.

Tal vez tenga sentido hacer caso y dejarnos de cuestiones previas personales, de suspicacias y narcisismos. Tal vez convenga resolverse de una vez, bravamente, a abrirnos el pecho a las cosas, a ocuparnos y preocuparnos de lo que sabemos está mal, directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva, en vez de tener trabadas y paralizadas nuestras potencias buscando que otros solucionen problemas que nosotros mismos creamos, siendo como somos y criando a nuestros hijos con palabras que no se condicen con nuestros actos.

¡Todos a las cosas!, de una vez. Pensemos individualmente que vela tenemos que encender, ya que cada uno sabrá a qué oscuridad le ha estado echando la culpa. Prendamos la luz y paremos esta carrera al vacío que estamos corriendo en la oscuridad más absoluta. Tal vez se pueda, y si no, al menos habrá valido la pena el esfuerzo.




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domingo, febrero 21, 2010

Ignorancia y felicidad

Hay una frase que siempre me alteró mucho al escucharla, particularmente cuando se la recita como consejo. La susodicha sugiere:

“Ignorancia es felicidad”

La misma es más conocida en los países de habla inglesa, donde su versión original dice: ignorance is bliss.

Lo cierto es que esta frase forma parte de un poema de Thomas Gray, titulado: “Oda al Colegio Eton desde una perspectiva distante” (Ode on a Distant Prospect of Eton College), que fuera escrito en el año 1742.

El autor, ex alumno del colegio Eton (1), desde su adultez –lo que le da la perspectiva distante– “mira” a las nuevas camadas de jóvenes educandos preocupado por lo que les espera.

El poema comienza con alabanzas a los antiguos y maravillosos edificios, a los campos del colegio, incluso a los agradables momentos que se viven durante las tempranas épocas de la vida donde todo es proyecto, donde todo es fuerza, vigor, alegría. Momentos en los cuales los que parecen grandes esfuerzos o sufrimientos, en realidad, no son más que “juegos de niños” en comparación con lo que viene.

Gray, acto seguido, ofrece una lista de “lo que viene”. Su enumeración incluye cosas que como adultos esos jóvenes tendrán que sufrir, situaciones a las que han de exponerse. Él lista: pasiones personales como furia, vergüenza, temor, celos y envidia; conductas reprobables desde lo social, como ambiciones desmedidas, reacciones inadecuadas originadas en momentos de desesperación, infamia, falsedad, descortesía, remordimiento; concluyendo con referencias a las enfermedades y las “incomodidades” que la vida ira presentando a medida que se envejece.

Ante este pensamiento, ante la comparación entre la alegría de los jóvenes y su mirada de “lo que les sucederá”, la última estrofa del poema dice:

“A cada uno sus sufrimientos: todos son hombres,
igualmente condenados a gemir;
…
¡Pero, ah! ¿Por qué deberían conocer su destino?
Si el pesar nunca llega demasiado tarde,
y la felicidad se esfuma tan rápidamente.
Pensar en esto destruiría su paraíso.
Basta; donde la ignorancia es felicidad,
es una tontería querer saber”.


Terrible y lamentable… o irónico y movilizador. Creo que propone infinidad de cosas para pensar.

Por un lado pueden compararse las preocupaciones que en 1742 atormentaban al autor, lamentablemente dignas de seguirnos persiguiendo hoy mismo. Evidentemente no debe haber sido en uno de sus días más optimistas, cuando Thomas escribió esta oda en la cual –como supongo muchos de nosotros alguna vez– pareciera envidiar a esos jóvenes “ignorantes”.

Cuántas veces nos habremos encontrado como queriendo retornar a esa inocencia de nuestra niñez, de la cual con tanta desesperación queríamos salir cuando allí estábamos para poder hacer cosas de “adultos”.

Por otro lado está el tema de la ignorancia, que para el inglés original con el que se escribió el poema significa: falta de conocimiento, nada más, sin el sentido peyorativo con el que muchas veces se usa la palabra en castellano. La felicidad de la ignorancia, aún en su versión de falta de conocimiento: ¿es felicidad?, o es sólo una fantasía. ¿Será mejor dejar “feliz” a alguien y esperar a que la realidad le caiga como un piano encima de la cabeza?, o será mejor “interrumpir” su supuesta dicha en pos de prepararlo para que no tenga que sufrir sin herramientas para defenderse.

Pareciera que para Gray la lista de cosas que le pasarán a los niños al salir de Eton (o de cualquier juventud) es tan inevitable que no tiene sentido prevenir. ¿Será así?, ¿estamos y están nuestros hijos “condenados” –palabra que el autor utiliza en su poema?

Las pasiones a las que Gray se refiere están ya descriptas en las tragedias griegas, las inconductas sociales que menciona son tan antiguas como la sociedad misma, la enfermedad y el envejecimiento son inherentes a la condición de seres vivos. Tal vez el autor tenga razón y sea todo esto tan inevitable, que resulte mejor dejar a los niños, en su ignorancia, disfrutar de una felicidad que en realidad no saben que tienen puesto que no poseen punto de comparación.

Tal vez se pudiese tratar a un grupo de niños de tal forma de nunca avisarles que crecieron, y por lo tanto que los males de la adultez no les lleguen gracias a su ignorancia de la misma. ¿En qué isla cósmica estarían protegidos? ¿Dónde pudiese su ignorancia crecer virgen?

¿Será este poema el motor de las actuales tendencias de “estirar” la pubertad hasta los treinta o cuarenta años, tratando de esquivar responsabilidades y compromisos? ¿Tendrá que ver la influencia de Gray con sociedades que se comportan cada vez más como niños, centradas en sí mismas, con mucha más capacidad y voluntad de consumir que de producir? ¿Habremos decidido entre todos prolongar la felicidad de la juventud y la niñez haciéndonos cada vez más ignorantes de lo que pasa a nuestro alrededor? Cada uno puede evaluar como nos está yendo casi tres siglos después.

Prefiero la versión de: Irónico y movilizador que sugerí anteriormente. No le puedo preguntar –aún–, pero creo que Gray instaba, por el ridículo, a que la educación no sólo previniese sino que además intentara evitar esas malas conductas que enumera.

Crear sociedades justas. Educar seres humanos dignos de diferenciarse de los animales –y no justamente por el hecho de ser más salvajes que las bestias. Problema no resuelto. Preocupaciones que evidentemente desde siempre han existido, y que mientras no queramos ser felices por ignorancia deberían seguir atormentándonos (en el buen sentido de la palabra si es que lo tiene).

Creo realmente que se puede pensar mucho sobre esto.
Para mí, algo importante después de buscar el poema, leerlo, investigar sobre el asunto, etcétera, es que no debe tomarse la frase como consejo, sino como advertencia:

“Donde la ignorancia es felicidad, es una tontería querer saber”

Pienso esto porque las advertencias son justamente para evitar caer en las situaciones advertidas. No querer saber es la verdadera tontería, después de todo el ignorante no es feliz, porque ni sabe que lo es.


J. R. Lucks


(1) Eton College, fundado en 1440 por el rey Enrique VI de Inglaterra, tiene según su página WEB más de seis siglos educando jóvenes. www.etoncollege.com






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domingo, diciembre 27, 2009

Año nuevo…

Más allá del momento en que usted lea usted este comentario (ya que la magia de la letra escrita –impresa o electrónica– hace que pueda ser encontrada en cualquier momento), yo lo estoy escribiendo muy cerca del fin de un año.

Siendo el objetivo de estas columnas buscar en refranes ideas para reflexionar, qué mejor ejemplar para la época en la que escribo que:

“Año nuevo: vida nueva”

Siempre me resultó interesante esta “fantasía”, basada en que el “cambio” de año tiene “poder” para cambiar nuestra vida; particularmente si se está atravesando un mal momento, pues de estar pasándola bien seguramente querríamos que fuese: año nuevo, vida seguí como vas que vas bien.

El año deja de ser uno y empieza a ser el siguiente un día como cualquier otro; sólo que a ese día, el que inventó el calendario –alguien tan humano como usted o yo– lo puso en un lugar especial.

El día de año nuevo es aquel en el cual el Sol (más o menos) “vuelve” a estar en un determinado lugar del cielo (según nuestra visión, ya que en realidad el Sol no se mueve) porque la Tierra terminó de darle la vuelta, pero nada más. O sea, el día de año nuevo es como cualquier otra jornada, porque esto que acabo de describir pasa todos los días; la diferencia es que los lugares en donde el sol “vuelve” a estar son diferentes.

Cada día puede ser fin de año, si así lo queremos. De hecho cada día es fin de un año que empezó 365 días antes (para los que seguimos el calendario Gregoriano) sin importar que día de que mes sea. Cada día puede ser inicio de una nueva vida, si hacemos algo para que así sea. Sin embargo, el 31 de diciembre –para algunos de los miles de millones de habitantes de este planeta, no para todos– tiene una magia especial, motiva, le da a uno fuerzas “diferentes” para tomar impulso.

Se puede cambiar de vida el 28 de septiembre, o el 16 de marzo, pero esos días, excepto para los que nacieron en ellos, no son sino “otros” días en el calendario. El 31 de diciembre produce algo especial, y vale la pena aprovecharlo. Nuestra vida sólo va a cambiar si hacemos algo para que cambie, pero tomar impulso cuando las condiciones son mejores (aunque estas no sean más que imaginarias) es algo muy recomendable.

Hay un autor, llamado Ernie Zelinski, que en sus varios libros escribe sobre las actitudes que permiten pensar en una nueva vida. Esta primera cita (1), de uno de sus trabajos más conocidos, me parece apropiada para pensarla en un cambio de año:

“La vida es un juego. Las personas felices son los jugadores. Los que no lo están son normalmente los espectadores. ¿Cuál quiere usted ser?”

Nos pasa eso a veces ¿cierto?, nos quejamos desde la tribuna sin bajar al campo de juego. Vemos la vida como espectadores de una obra en la que hacemos a los demás protagonistas, nos quejamos de lo que hacen –o “nos” hacen– pero no bajamos nunca a poner nuestra transpiración y nuestras calorías en el lugar correcto.

Sería interesante tomar coraje y, para esta vida nueva que con la que deseamos iniciar el año, hacer algo diferente, actuar o “jugar” en vez de tanto mirar.
En otra de sus obras (2) , el mismo autor, escribe esto que también me pareció muy digno de ser tenido en cuenta, él dice:

“El éxito repentino sólo ocurre en los cuentos de hadas, en las novelas basura y en las películas malas”.

La perseverancia es otra cosa a tener en cuenta si uno quiere cambiar la vida, sobre todo en estos tiempos que vivimos en que todo es tan fugaz.

De tanto ver boxeadores o deportistas de película que se entrenan en cinco minutos, o cosas por el estilo, me parece que muchos nos desanimamos por no poder lograr lo que deseamos en un santiamén.

El esfuerzo sostenido, el trabajo constante, la capacidad de mantener relaciones o trabajos en el tiempo, no son cosas que estén de moda en la actualidad, pero el mundo llegó hasta acá básicamente por eso, ¿no? ¿No valdría la pena repensar un poco las cosas? ¿No será que muchas veces no logramos lo que nos proponemos porque no intentamos lo suficiente? ¿No será que muchos fracasos son lo que son por no esperar a que las cosas maduren, o se calmen, o se estabilicen? ¿No será que nuestra vida no cambia porque no nos damos el tiempo de cambiarla?

La educación, la clave y la llave de un mundo mejor, requiere de tiempo, paciencia, compromiso. No sigamos destruyendo nuestro futuro y el de nuestros hijos por no ocuparnos lo suficiente. Nuestra vida probablemente no sea un cuento de hadas, que tal si no la transformamos en una novela basura o en una película mala por no darle atención a lo más importante que podemos dejarle a los niños.

Una última frase de este autor, de otro de sus escritos (3) , nos incita a pensar y pensarnos de vuelta diciéndonos:

“Imagine que está en control de su vida. Ahora, la pregunta es: ¿Por qué tiene que imaginarlo?”

Una respuesta posible es porque se prefiere imaginar en vez de asumir la responsabilidad. El resultado de esta postura es seguramente catastrófico. Nadie niega que pasen cosas incontrolables en nuestra vida. Lo que también es cierto es que el qué hacemos con ellas es prerrogativa nuestra.

Año nuevo vida nueva, pero no mágicamente. Año nuevo vida nueva tomando control de la misma, bajando de la tribuna para ser protagonista, con la certeza de que los esfuerzos que hagamos, eventualmente –con esmero y paciencia–, darán resultados.

Si está leyendo esto a fin de año, bien; buen momento para pensar y decidir hacer algo, porque la deseada vida nueva no va a aparecer mágicamente saliendo de la botella con la que vaya a brindar.

Si no, si está leyendo esto el 3 de junio, o el 25 de octubre, o en cualquier otro día del año, no se preocupe, para alguna religión o secta, en algún calendario de la antigüedad olvidado pero no por eso inválido, para alguna otra raza que mora en alguno de los cientos de millones de mundos posibles, hoy, justamente hoy, es año nuevo, así que aproveche y “hágase” una vida nueva si realmente lo desea.



J. R. Lucks



Referencias

(1) El éxito de los perezosos. Ernie Zelinski. Ediciones B, 2003.

(2) 101 Cosas que ya sabes, pero siempre olvidas. Ernie Zelinski. Planeta, 2007.

(3) El arte de mejorar nuestra calidad de vida. Ernie Zelinski. Amat Editorial, 2003.




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domingo, diciembre 13, 2009

Hacer y hacerse

Volví a escuchar, hace unos días, una frase proveniente de la filosofía de Jean Paul Sartre que asegura lo siguiente:

“Un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”.

Siempre me pareció ésta una idea poderosísima. Más que una idea, en realidad, una cantidad de ideas empaquetadas en una frase tan compacta y armoniosa, que podría incluso ser slogan de una marca de zapatillas, de alguna bebida espirituosa, o de alguna empresa de telefonía móvil.
Permítaseme practicarle una disección.

La segunda parte siempre me incomodó: “…lo que hicieron de él”, o ella. O sea: nos hacen. Estamos “hechos” por otros. Es en gran medida cierto: nos educan; nos condicionan; nos enseñan; nos exponen a ciertas cosas y a otras no, y a partir de allí somos de una manera y no de otra.

Sé que es así, pero se produce en mí una rebelión; no me gusta, me parece demasiado pasivo. Aunque creo, por desgracia, que es innegable que pueda considerarse a demasiados de nosotros como no mucho más que receptáculos en los que padres, maestros, amigos, cultura, televisión, diarios, etcétera, vacían sus “contenidos”; algunos de ellos haciéndolo con amor, otros como si llenaran un pozo ciego (negro, séptico).

“Dime con quien andas y te diré quien eres”.

Por algo este refrán es refrán. “Eres” con quién andas. Aquellos con los que andas te hacer “ser” lo que eres. Me parece un poco exagerado, aunque con mucho de verdad.

Pero, en mi opinión, no para todos es tan así como le leo a Sarte. Es cierto que las influencias externas son fundamentales en la formación, pero algunas de las mías las elegí yo. No estoy “condenado” a ser pasivo (si algún psicoanalista está leyendo esto seguro saca conclusiones interesantes). A mí Nietzsche no me vino a buscar, tampoco Sarte mismo, o Lao Tse y así cientos más. No me los enseñaron en mi casa o en la escuela, simplemente me los fui encontrando o buscando, los fui incorporando, completos o no, creyéndoles todo, parte o nada.

Algo de lo que soy no es lo que hicieron de mí, sino lo que yo hice de mí. No me resigno a ser sólo lo que hago con lo que alguien más hizo de mí. No sólo eso, pretendo ser más que lo que logro hacer, con lo que hicieron e hice de mí. Quiero tener el poder de saber que si hay algo que aún no puedo hacer, no estoy atrapado, sino que me puedo hacer a mí mismo capaz haciéndome más de lo que soy. No quiero límites a lo que soy, ni tampoco autorías totalmente ajenas.

Defendiendo la frase Sartreana me diría: te hacés más porque alguien hizo de vos una persona con intereses y voluntad de crecer. Puede ser. Pero la misma genética no deja hermanos idénticos, ni siquiera la misma crianza o educación. Puede ser que seamos meras consecuencias de algo externo a nosotros, pero no me lo creo. Prefiero no creérmelo. Prefiero creer que mi voluntad de ser me hace ser más de lo que hicieron de otros de mí.

Siguiendo con la disección, la primera parte de la frase del amigo Jean no es menos “polémica”: “Soy lo que hago…”. Reduciéndola podría decir: hago casas, soy albañil; hago asientos contables, soy contador. No me convence, soy más de lo que hago. Hago lo que puedo, lo que me sale, pero soy más que eso. Lo que hago es historia, está hecho; sin embargo parte de lo que soy es potencial, proyectos, ilusiones, ideales, es futuro, es capacidad por desarrollar, es algo que todavía no hice.

Sé que es injusto de mi parte “pelearme” con Sarte sin dejarlo defenderse. Está claro que coincido en que hacer es importante. La intención se manifiesta verdaderamente sólo en la acción. Para muchas filosofías no “existe” lo que no se percibe, lo que no tiene una manifestación sensible; para ellas, podría exagerarse: si no hago no soy. No estoy de acuerdo en un ciento por ciento, pero entiendo el sentido básico de esta idea y me parece razonable.

Un refrán interesante en este orden de ideas nos enumera:

“Hay tres clase de hombres: los que hacen, los que ven hacer, y los que se preguntan porqué les han hecho lo que les hicieron”.

Evidentemente quiero ser de los primeros. Ser espectador no fue nunca mi rol preferido, y el de víctima siempre me pareció patético. Pero el hacer es sólo una parte del ser. Hacer es muchas veces equivocarse, y no se es un error. Defendiendo, nuevamente, la literalidad de la frase de Sarte me diría a mí mismo: “es que si te equivocas no es que seas un error, es que tu error demuestra que no eres perfecto, demuestra que eres humano”. Si claro.

Como se habrá dado cuenta el lector estoy pensando en el papel en el que escribo. No tengo conclusiones, sólo pensamientos… después de todo esto no es más que una invitación a pensar; esto no es ni pretende ser una clase magistral.

Lo que sí me gusta de la frase, definitivamente, es que pone la responsabilidad en uno, en lo que uno hace con lo que es (sea que otros nos hayan hecho o que hayamos participado de la obra). Hablando en refranes se podría decir:

“A lo hecho, pecho”.

Creo ser más que lo que hago, creo ser más que lo que los demás hacen de mí, creo que Sarte sintetizó muy bien un montón de ideas en esta frase (aunque no esté de acuerdo con varias de las cosas que piensa y enseña), y estoy seguro de que me gustaría muchísimo poder tomarme (haber podido tomarme) un café con él y discutir sobre estos asuntos.

Es lamentable pensar que haya humanos que no hacen nada. Otros que no participen de la obra de hacerse a sí mismos, o que se dejan hacer por publicidades o modas. Cualquiera de los dos tipos, de los que lamentablemente creo hay cada día más, responden tal vez a este otro refrán:

“Hay muchos tontos que nacen, pero son más los que se hacen”.

No leo el “hacen” como sinónimo de fingir, sino de fabricarse a sí mismos. Se hacen tontos no haciendo nada, o se dejan hacer tontos por alguien que solamente los hace vivir para comprar la última oferta, o seguir la última tendencia de la fugaz moda.

Puede estar o no de acuerdo conmigo, pero si “aguantó” este comentario hasta aquí, con seguridad, es porque usted es lo suficientemente humano como para no dejarse hacer solamente por otros, o para nada más sentarse a ver qué es lo que hacen los demás. Salud por eso.

Espero realmente que la “rebeldía” que muestran las nuevas generaciones, mucho más autodeterminadas de lo que fuimos yo y la mía, los lleve a hacer y hacerse por sí.

En el “pasado” nos dejábamos influir más por la autoridad, por los modelos sociales, por las grandes o pequeñas religiones, y es así que en gran parte nos hicieron lo que somos. Los jóvenes de hoy se rebelan a todo eso. Espero realmente que los que quieran hacerlos ahora, en pantallas gigantes y a todo color, no logren atraparlos para siempre.

Si aplican su rebeldía (que ¿quién les hizo?, le preguntaría yo a Sarte entre café y café) a ser lo que quieren, muy probablemente su futuro sea mejor que nuestro presente. Salud por eso también.


J. R. Lucks





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domingo, septiembre 27, 2009

Ser hipócrita es una decisión, mala

Pensando en el tema de la integridad me encontré con una canción escrita por John Lennon para su álbum Imagine, que entre otras cosas dice:

“Tú puedes lustrar tus zapatos y usar un traje.
Tú puedes peinarte y lucir simpático.
Tú puedes esconder tu cara tras una sonrisa,
pero una cosa que no puedes esconder
es cuando estás “lisiado” en tu interior.

Tú puedes usar una máscara y pintar tu cara.
Tú puede llamarte a ti mismo la raza humana.
Tú puedes usar cuello y corbata,
pero una cosa que no puedes esconder
es cuando estás “lisiado” en tu interior.
…
Tu puedes ir a la iglesia y cantar un himno.
Tú puedes juzgarme por el color de mi piel.
Tú puedes vivir una mentira hasta que mueras,
pero una cosa que no puedes esconder
es cuando estás “lisiado” en tu interior.

…”

Crippled inside se llama este tema de Lennon, del cuál él mismo llegó aparentemente a decir que se trataba de un tema anti-religioso, anti-nacionalista, anti-convencional y anti-capitalista. Demsiados “anti” ¿no?

Tal vez estuviese “enojado” cuando la escribió. Tal vez decepcionado. Tal vez cínico –en la definición original con la que se denominaba a los filósofos griegos que predicaban, con su forma de vivir, en contra de los convencionalismos hipócritas, según ellos, de la sociedad en la que vivían–; tal vez con ganas de cambiar cosas desde uno de los lugares de donde él podía, desde su poesía.

Crippled significa lisiado, algo o alguien que tiene una falta, o un daño. Se usa muchas veces en forma peyorativa, no es una palabra políticamente correcta. Igual que corrupto: el que está roto, dañado, con un faltante.

Ni Lennon ni yo hablamos de faltas de pies o manos. El crippled inside (lisiado en el interior) de Lennon, o el corrupto al que me refiero, es el que no tiene valores sociales, o mejor dicho, el que decide no ser honesto, o sincero, o solidario, pero sabiendo y teniendo la capacidad de serlo. Es el que se mutila a sí mismo esa potencia, esa posibilidad que es a su vez un deber.

Hipócrita es el que desempeña un papel, según la etimología griega. El que vive bajo su “actuación” una verdad diferente de la que muestra. El que es algo diferente debajo (hypo es en griego debajo) de la capa superficial.

La canción de Lennon habla de los hipócritas, de los que esconden bajo un cuello y una corbata, o de un himno en la iglesia, a otra persona que no es coherente en sus acciones con la imagen que muestra. La canción de Lennon habla de los que viven una mentira hasta morir, y que además mienten con su vida a los que con-viven con él o ella.

Escarbando en la palabra la cosa se pone peor, o se entiende aún más al amigo John. Crippled viene del verbo creep que quiere decir moverse lentamente para no ser notado. Palabras y frases verbales derivadas de este verbo se usan para indicar algo que causa repulsión, o algo que se comporta en forma servil y obsecuente. Cualquier semejanza con lo que puede causar o significar la hipocresía, no es pura casualidad.

¿Qué tiene que ver esto con la integridad? Todo según creo. Íntegro es el o lo que está entero. Pero en referencia al ser humano es aquél que no sólo tiene todo lo que tiene que tener (valores, principios, ecuanimidad, sentido de justicia, sentido de pertenencia a su comunidad), sino que aparte se comporta como dice y como debe. Es el que no es hipócrita, es el que no se mutila solidaridad por avaricia, o el que no se inhibe de ser honesto por conseguir una ventaja personal, es el que no miente para esconder una verdad que lo incomoda.

Si tuviera que resumir lo que les falta, por decisión propia, a los no íntegros, a los corruptos, a los crippled inside de Lennon, tal vez lo mejor sería ir a otra canción del mismo autor: All you need is love (todo lo que necesitas es amor).

“Amor, amor, amor,…
No hay nada que puedas hacer que no pueda ser hecho.
Nada que puedas cantar que no pueda ser cantado.
…
Es fácil.
…
Ninguno que puedas salvar que no pueda ser salvado.
Todo lo que necesitas es amor, todo lo que necesitas es amor.
…”

Cuando escribió esta poesía estaba menos enojado, o más esperanzado. Lo cierto es que tanto la integridad como la no hipocresía son tan deseables como para no perder la esperanza; como para que no importe ser tildado de utópico en su búsqueda, su prédica y su práctica.

La hipocresía y la integridad son temas de decisión. Nadie es hipócrita por ignorante, todo lo contrario, hay que saber lo que se hace para decidir mentir u ocultar. El corrupto no está desinformado de lo que está bien o mal, decide no ser íntegro como persona y actuar en contra de su comunidad. No son inevitables estas dos mutilaciones voluntarias del ser humano. La persona que no tiene una pierna no puede “crecer” otra en su lugar. El hipócrita puede dejar de mentir, el corrupto puede convertirse en íntegro. Tal vez todo lo que necesiten es amor.

¿Se podrá eliminar la hipocresía del mundo cantando canciones?, ¿se podrá inculcar la integridad desde un libro o desde un blog? No se, pero tampoco sabe el hombre si hay vida fuera de la tierra y sigue mandando señales para ver si alguien contesta; o si tiene alguna utilidad visitar el planeta Marte y sin embargo gasta fortunas –que podrían sacar de la miseria a millones de personas– en darse el gusto.

Lo que seguro se puede hacer es educar para que nuestros hijos tengan un mundo más íntegro y sin hipocresía. ¿Cómo se hace eso? Muy fácil, no hay que saber hablar o escribir, y menos cantar como Lennon; lo único que hay que hacer es dejar ahora, ¡ya!, de ser hipócritas y corruptos. Hay que comenzar, ¡ahora!, a ser personas íntegras. Los chicos sólo tendrán que copiar lo que ven de sus mayores. Todo lo que se necesita es amor y la voluntad de tomar la decisión. Todo lo que ellos necesitan es amor, integro, sin hipocresía.


J. R. Lucks

domingo, julio 19, 2009

Amistad divino tesoro

Amistad, divino tesoro; parafraseando a Rubén Darío en la primera línea de su poema “Canción de otoño en primavera”, que ya que lo menciono dice así:

"Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer".


El poema de Darío cuenta lo difícil que es encontrar el amor, y cómo se nos va la vida en ello… pero el poeta no abandona, de hecho el último verso nos dice cómo su sed de amor no tiene fin, y que aun en su vejez se acerca a los rosales del jardín.

Y es así, es difícil encontrar el verdadero amor, tanto como encontrar la verdadera amistad, porque la amistad no es más que una variante de amor.

Está el amor que le tenemos a nuestra pareja, que será amor erótico, el que profesamos por nuestros hijos, amor filial, el que tenemos por nuestros hermanos o familiares, el que llamamos fraternal. Y el amor de la amistad.

No hay amistad, desde mi óptica de la cuestión, sin amor. Puede haber compañerismo, puede haber conveniencia, puede haber afinidad, puede haber interés u otro montón de cosas más, pero sin amor no hay amistad.

Y como amar es difícil, tener verdaderos amigos también lo es. El amor filial o fraternal se construye desde lo habitual de la relación, el amor erótico tiene un componente de locura que se relaciona a lo que lo hormonal nos turba algo en un inicio. El de amigos, en cambio, es construcción totalmente voluntaria y consciente, no hay lazos de sangre ni hormonas. Es más difícil.

Por eso es que tenemos miles de refranes para las diversas categorías de los “supuestos” amigos que se nos aparecen por allí. Que tal éste por ejemplo:

“Con amigos de ese tipo, para qué quiero enemigos”.

De los peores, los que no sólo no nos aman sino que probablemente nos odian, nos envidian, nos aborrecen. Sólo están esperando el momento para lastimar, para abusar.

Hay otros también, lo que se describen por este refrán:

“Amistad por interés, no dura pues no lo es”.

Estos pueden ser un poco menos peligrosos, pero igualmente malos. No son amigos, no aman, sólo buscan provecho. Nos hacen perder el tiempo.

Están también los que parecen, pero que tarde o temprano desaparecen. Tal vez no estén por interés, pero seguro no se interesan a la hora que la amistad pone a prueba su amor. Un refrán que los describe nos aconseja:

“Amigo que no da pan y cuchillo que no corta, aunque se pierda no importa”.

Hay días de la amistad. Días para pensar en la amistad. Días para celebrar la verdadera amistad. Con tanta variedad de pseudo amigos, ¿cómo saber quién realmente puede contarse en esa categoría? Un refrán, otra vez, me sirve, al menos a mí, para poder reflexionar sobre con quién contar y con quién no.

“Amigo no es el que pregunta como estás, sino el que se preocupa por la respuesta”.

Se puede contar con el que se interesa por lo que le contás. Fácil, ¿no?

Se dice que día de la madre, o del padre, no es uno sólo sino todos. Pues con los amigos debería ser igual. Hay un día marcado en el cuál el “mercado” espera que compremos regalos, golosinas, tarjetas, etcétera. Todos los años ese día me produce una importante necesidad de contar; contar con quién realmente puedo contar; contar a los que de veras les puedo contar y se van a interesar.

Esos, a los que les interesa lo que tengo para contar, tal vez sepan incluso mejor que yo que son mis amigos. A esos les digo: ¡Salud! ¡Feliz día mis amigos!


J. R. Lucks



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domingo, junio 21, 2009

El árbol es un problema en el mundo del revés

Una empresa productora de automóviles tiene un gran cartel publicitario (evidentemente de su propiedad o al menos alquilado por mucho tiempo) en una de las autopistas de mi ciudad. Es un cartel inmenso en el cual, obviamente, se colocan avisos de sus productos.

El cartel está sobre un puente, y con el tiempo, debajo del mismo, han ido creciendo unos árboles. Las ramas de estos “molestos engendros de la naturaleza” han comenzado (hará unos seis meses) a tapar el cartel.

La empresa de automóviles, en un “evidente acto de grandeza”, ha colocado una leyenda en el mismo que dice:

“El problema que causan estos árboles es un problema que no queremos solucionar”.

Supongo que es suficientemente claro el mensaje: la empresa aprovecha para mostrar su lado ecológico, y comunica que decide (supongo que desde una magnanimidad que cree muy noble) no cortar los árboles a pesar de que tapan su precioso cartel.

¿No es ridículo? ¿Son los árboles los que causan el problema? ¿No será el cartel lo que en realidad molesta, distrae a los que conducen por la autopista y tapa la vista de un hermoso pedazo de cielo? ¿Se puede justificar tanta soberbia como para pensar que un árbol es un problema?

¡Pobre empresa!, un árbol se interpone en su camino. El árbol va a seguir creciendo, yo voy a ver por cuanto tiempo la propaganda ecológica sigue siendo funcional a la compañía que decide utilizar el cartel de esa forma.

Este asunto me hizo pensar en una poema llamado “El reino del revés”, de María Elena Walsh, que puede sonar muy ingenuo, muy infantil, o ser en realidad muy anarquista, muy revolucionario. Sus primeras estrofas dicen así:

“Me dijeron que en el reino del revés
nada el pájaro y vuela el pez,
que los gatos no hacen miau y dicen yes
porque estudian mucho inglés.

Vamos a ver cómo es el reino del revés,
vamos a ver cómo es el reino del revés.

Me dijeron que en el reino del revés
nadie baila con los pies,
que un ladrón es vigilante y otro es juez
y que dos más dos son tres. […]”

Tal vez se podría agregar una estrofa que dijese:

Me dijeron que en el reino del revés
creció un árbol otra vez,
que tapó un lindo cartel de bella tez
a cortarlo con fluidez.

¿Somos tan pero tan ingenuos? ¿Qué hace falta para despertarnos de esta pesadilla en la que dejamos que un ladrón sea vigilante y otro juez, o en la cuál un árbol es un problema, o dónde dos más dos son tres cuando hay que pagar un impuesto pero dos más dos tienen que ser cinco a la hora de recibir un subsidio?

¿Trabajamos para vivir o vivimos para trabajar? ¿Comemos para alimentarnos, o sólo ingerimos cosas sin sustancia pero con colorantes y saborizantes que maravillen a nuestras papilas gustativas? ¿Amamos, o creemos que haciendo mucho el amor es suficiente?

El mundo del revés sólo existe en los carteles publicitarios, en los programas que hacen supuestamente famoso a alguien por bailar, cantar, o desvestirse durante algunas semanas en la televisión, o en las mentes fantasiosas o nefastas de algunos que quieren enriquecerse sin trabajar, ser amados sin amar, o ser respetados sin haberse esforzado nunca en la vida por ganar ese respeto. No dejemos que salga de allí.

Los carteles, los programas de televisión sin contenido, los fantasiosos y los nefastos nos van a afectar indefectiblemente, pero no tienen porqué contagiarnos. Lo básico sigue estando vigente: el trabajo es bueno, el verdadero amor es desinteresado, el esfuerzo del hombre por mejorar lo mejora realmente, los árboles no son un problema y los carteles publicitarios muchas veces, sí.

Los animales viven regidos por reglas “automáticas” impuestas por Dios (si creen en ese concepto), por la naturaleza o por algún mecanismo de preservación propio. Los hombres hacemos reglas, las escribimos y las validamos pasándolas por un congreso (algunas incluso en contra de nuestra preservación). Seguramente no es trascendental impedir que esta empresa corte un poco las ramas del árbol para que su cartel se siga viendo, lo que sí me parece debe ser defendido es el “derecho” del árbol a no ser considerado un “problema”.

El mundo del revés que vivimos, en muchos aspectos, lo es porque las reglas que nos inventamos los hombres para vivir ponen las cosas al revés. Estemos alerta, no vaya a ser que pronto salga una ley que diga que todos debemos andar por la calle agachados, porque somos un “problema” que impide ver los carteles bajitos.


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domingo, mayo 17, 2009

Malditas mentiras repetidas

No sé si califica como refrán, pero mucha gente lo repite como si fuese. Creo que para algunos hasta suena gracioso. Es lo que pasa con muchos refranes, los repetimos, y los repetimos, y los repetimos… y los terminamos aceptando. Terminamos asumiendo que si todo el mundo los dice debe ser porque son extractos de sabiduría de algún filósofo importante, les terminamos perdiendo el miedo, o el respeto, los incorporamos. En muchos casos, desgraciadamente, los usamos, sobre todo cuando nos convienen.

Hay uno que me preocupa particularmente, y dice:

“Una mentira repetida mil veces, se convierte en una realidad”.

Y suena a que puede ser así, sobre todo ahora que la televisión y los medios parecieran usar este pedazo de supuesta sabiduría como regla de oro. Ni hablar de mis queridos amigos los políticos, muchos de los cuales se la pasan de campaña en campaña, y son maestros en repetición de mentiras.

Esta frase fue acuñada, según varias fuentes (algunas confiables otras no tanto) por Joseph Goebbels, ministro encargado de la propaganda del gobierno de Adolf Hitler en la Alemania Nazi.

Según esas mismas fuentes, otros de sus pensamientos puestos en palabras pregonaban:

“Más vale una mentira que no pueda ser desmentida que una verdad inverosímil”.

Esta también se usa como principio básico de la publicidad y la política, y también:

“Miente, miente, miente que algo quedará, mientras más grande sea una mentira más gente la creerá.

Poética, ¿no?

Pero ya no es lo mismo. Si lo dijo Goebbels ya no debería sonar tan simpático, al menos a mi no. Ahora, me pregunto, ¿por qué de de todas formas, en sus tres versiones hoy estos consejos se usan y se usan y se usan?

¿Será que quedan más nazis de los que creemos?, o será que lo que decía y practicaba Goebbels no es más que algo que la gente cree y practica desde siempre.

Dónde quedaron refranes o frases más infantiles pero decentes, como:

“Las mentiras tienen patas cortas”
... o enseñanzas como las del cuento de Pinocho; o el pastorcito, al que el lobo se come porque de tanto mentir ya nadie le cree, y cuando el animal realmente lo ataca nadie acude a auxiliarlo.

Yo quisiera instaurar una nueva frase, que obviamente para que nos la creamos, para que la adoptemos, para que pensemos que es un trozo de sabiduría ancestral, habrá que repetirla, y repetirla, y repetirla… miles y miles de veces. Dice así:

“Una mentira repetida mil veces… es una maldita mentira repetida mil veces y nada más”.

Necesito ayuda. Necesito repetidores. Porque todos sabemos que lo que dice esta última frase es verdad. Digámoslo con el ejemplo. Digámoslo no creyéndonos los que nos dicen los medios y los políticos, que sabemos que mienten, y exageran, y ocultan. Si no nos damos cuenta cuando nos lo dicen, al menos digámoslo cuando finalmente las cortas patas de la mentira se cansan y ésta se cae, total en el caso de los políticos eso pasa casi instantáneamente, y en el de los medios más o menos igual.

Goebbles no fue un filósofo, no creo que lo que él haya dicho pueda considerarse sabiduría universal. Háganme caso:

“Una mentira repetida mil veces… es una maldita mentira repetida mil veces y nada más”.

Repítalo. Repítaselo.



J. R. Lucks



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domingo, abril 19, 2009

Perder y encontrar

Encontré este refrán hace un tiempo y me puso a pensar. Dice así:

“No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes, pero tampoco sabes lo que te has estado perdiendo hasta que lo encuentras”.

Cuanta razón en la primera parte. Así somos lamentablemente, en muchos casos aprendemos a apreciar lo que tenemos cuando dejamos de tenerlo.

¿Por qué es esto? Yo creo que tiene que ver con que en realidad no hay nada ni bueno ni malo. O más bien, todo tiene algo bueno y algo malo a la vez.

Por ejemplo, es muy bueno ser ordenado, pero también es cierto que muchas veces los ordenados no son espontáneos, o son predecibles y por lo tanto aburridos en algún aspecto, son rutinarios (porque todo está siempre en su lugar o se hace a la misma hora).

Virtud y defecto son muchas veces -casi todas las veces- dos caras de la misma moneda.

Cuando tenemos algo, damos lo bueno de ese algo por garantizado, y nos molesta lo malo. Al perderlo, lo que extrañamos es sólo lo bueno, que ahora nos falta; olvidamos lo malo, porque cuando no está no nos molesta.

No es un problema de ingratitud, es un problema de memoria. Apreciamos las cosas cuando se pierden porque al estar perdidas no nos acordamos de lo molestas que eran las contracaras de las virtudes que disfrutábamos sin darnos cuenta.

¿Entonces?, cuando algo está perdido, ¿es sólo cuestión de recordar que no debería ser tan apreciado ya que también tenía defectos? Puede ser una solución para sufrir menos. Pero lo más lógico sería poder encontrar en los defectos de lo que tenemos la contracara de la virtud que representan, antes de perderlo.

Esto me hace recordar otra frase famosa:

“Cuidado con lo que se pide, porque te lo pueden otorgar”

Si se pide un ordenado se está pidiendo también un probable aburrido, predecible, falto de espontaneidad. No es un problema de ingratitud, ni de memoria, es un problema de lógica, de coherencia, de razón. No se puede ser ordenado con algunas cosas y no con otras, como no se puede ser espontáneo para las salidas, pero metódico para pagar las cuentas o llevar el balance de la chequera. Simple y sencillamente hay que tener cuidado con lo que se pide o se busca.

Pero fue la segunda parte del refrán la que más me impactó, el hecho de no saber lo que uno se está perdiendo hasta encontrarlo.

Tiendo yo a ser un fanático del control, y frases como estas me ponen nervioso porque implican que no lo tengo. Si no sé lo que me pierdo hasta encontrarlo, ¿cómo saber lo que hay que buscar?, ¿cómo saber que hay que buscar algo? Preocupante, al menos para mí.

Yo sabía otra cosa en cuanto a este asunto, y tiene que ver con la felicidad que produce la ignorancia. Si no sé lo bueno que es algo, no sufro por no tenerlo. Fácil, podría decirse que hasta económico. No sé, no sufro. Así vivimos muchos, desgraciadamente, en un montón de aspectos. Así nos hacen vivir, en algunos casos, gobernantes y guías de la comunidad cívica o religiosa. Así educamos hijos por demasiadas generaciones.

La ignorancia es fuente de felicidad. Si sabemos que algo es bueno tenemos que conseguirlo, eso requiere un esfuerzo, y eso no es ser feliz en esta moderna época en la que nos toca vivir. A pesar de esto, nuestra bienamada sociedad de consumo está constantemente mostrándonos de lo que nos perdemos al no tener el último modelo de auto, o el par de zapatillas perfecto, o el televisor para el cual hay que agrandar la sala de estar porque es demasiado inmenso. Nos promete felicidad para cuando tengamos lo que nos quiere vender, pero apenas compramos nos hace infelices de vuelta por alertarnos de que hay algo nuevo que nos estamos perdiendo, o por el esfuerzo que tenemos que hacer por conseguirlo.

No, no es así, la ignorancia no es fuente de felicidad. Es verdad que en muchos casos el no saber nos mantiene en un estado de felicidad, o al menos de ilusión de felicidad. Es probable que ser ignorante de qué tan bueno sea caminar o correr con el último modelo de zapatillas sea una felicidad que podemos darnos el lujo de tener, a pesar de que este pensamiento sea sacrílego para la religión del consumo masivo. Pero sacando esto, la felicidad que produce la ignorancia no es la que debemos perseguir.

Es cierto que cuando sé que estudiando voy a llegar a cierto nivel en el que voy a disfrutar de lo que aprendí, hasta llegar allí voy a tener que esforzarme, y por lo tanto no voy a gozar de la tranquilidad y paz de la felicidad ignorante. Pero el refrán tiene razón, no sé de lo que me pierdo hasta que no llego, y para llegar hay que ir.

Entonces mi pregunta anterior era relevante: ¿dónde ir?, si no sé de lo que me estoy perdiendo. La respuesta es: a todos los lugares posibles. Hay dos o tres mil años de historia previa en cuanto a lugares donde hombres y mujeres han ido en busca de felicidades que tal vez encontraron o tal vez no. El saber, el esforzarse, el buscar la verdad, el conocer, el entender, son cosas que seguramente son buenas, y que nos perdemos si no intentamos.

La felicidad se alcanza en la inconciencia, no en la ignorancia. Aprendo que algo es bueno y no lo tengo, entonces sufro por no tenerlo. Pero me esfuerzo, trabajo para conseguirlo. El proceso es duro, no soy del todo feliz tratando de conseguir lo que busco porque es trabajoso, complejo, arduo. Finalmente lo logro, lo disfruto, lo doy por hecho, lo incorporo a mi vida, lo transformo en algo inconsciente, lo practico o lo uso inconscientemente. Nuevamente soy feliz. Pero un inconsciente feliz, no un ignorante que cree ser feliz.

Y volvimos así a la primera parte del refrán, en este estado de inconsciencia, sólo nos damos cuenta de lo que tenemos cuando lo perdemos. ¿Paradójico?

Cada uno debe decidir donde quiere estar. En la ignorancia, en la inconsciencia, en la ingratitud, en la coherencia de entender que lo bueno siempre tiene algo malo y por lo tanto es probable que la felicidad no deba buscarse ni en el ignorante inicio del camino, ni en el inconsciente final del mismo, sino en el esfuerzo y en la búsqueda por mejorar que representa el moverse constantemente. Tal vez la felicidad deba buscarse sólo en el vivir, en el ir, no en el haber llegado, ni en el antes de empezar.



J. R. Lucks



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miércoles, mayo 07, 2008

08-05-08. La coherencia, unplugged II

Continúa del unplugged anterior


¿Cuál es esa “oscuridad” poco glamorosa donde tal vez la satisfacción marginal no sea decreciente? Será que en nuestro interior, que en nuestras familias, que en nuestro trabajo, que en nuestro estudio, que con nuestros amigos cercanos podemos encontrar la satisfacción que un par de zapatillas o una salida al cine ya no nos pueden dar. Será que volver a viejas conductas como las de reflexionar, las de leer, las de conversar en familia de temas que no salgan en los noticieros, las de compartir y las de comprometerse con una pareja, nos pueden llenar lo que el último reproductor de mp3 no llena porque apenas lo compramos ya salió el que lo supera. ¿Suena incoherente?, puede ser. Seguro que suena incoherente si se lo planteamos a alguien que necesita vender “acción que nos suba la adrenalina”. Pero créanme que no es ridículo.

El problema con las conductas que acabo de mencionar, es que como nadie las ilumina, se ven oscuras, y la oscuridad siempre da miedo. Uno no sabe que es lo que va a encontrar. Tal vez encuentre una relación con su padre o su madre que no se consigue en ninguna cadena comercial. Tal vez encuentre un compromiso con alguien que valga la pena, pero que no vea con buenos ojos un cambio de pareja cada semana. Tal vez descubra una pasión por cierto tema, o por leer, o por un deporte que lo distraiga luego para ver el último programa de televisión, o le haga perder el gusto por bajar de Internet cuanta película nueva se ponga disponible. Cosas terribles pueden encontrarse en esa oscuridad interior y familiar. Cosas que pueden alejarlo a uno del mercado de consumo masivo hyper acelerado. Cosas que lo pueden a uno hacer pasar por ridículo con los que viven de tendencia en tendencia, como Don Juan saltaba de conquista en conquista. Cosas que nos pueden llevar a ser incoherentes con la imagen de última moda, que alguna tienda de ropa esté pretendiendo imponer.

Yo lo veo, incluso, como un desafío personal. Para caerle bien a los demás sólo hay, en general, que vestirse a la moda del día, escuchar la música que todos escuchan y hablar de los temas que nos dicen que hay que hablar. Para caernos bien, en serio, a nosotros mismos, el esfuerzo es mayor. Para caernos bien a nosotros mismos hay que ser exitosos verdaderamente, no sólo famosos. Para caernos bien no alcanza con que la ropa sea la de moda, tenemos que sentiros bien con ella. Tal vez por eso sea más fácil buscar en la luz que otros nos prenden, que en nuestra oscura interioridad.

Hoy existen campañas masivas de publicidad que nos proponen ser diferentes, aunque la forma de serlo sea comprar un producto que es igual para todos. Hasta se han desarrollado tendencias minimalistas, o sea que el no tener, el tener cosas simples o pocas cosas, también se ha transformado en negocio. Desde sus “coherencias”, no participar es “ridículo”.

Tanto nos han –y nos hemos– cebado con el consumo indiscriminado y acelerado de bienes con satisfacción marginal decreciente, que nos hemos educado para eso. Hacemos lo mismo ya con sensaciones, con sentimientos, con afectos, con relaciones. Buscamos más y más y no sentimos el avance, porque cada nueva relación, cada nuevo sentimiento, cada nueva sensación, viene de lugares en los cuales no está lo que buscamos. La excitación que produce la nueva droga no se compara con la que causa el logro personal. Ésta última es infinitamente mejor y más duradera que la otra, lo que pasa es que la última droga se compra en el baño de un bar, y el logro personal no. Lo cierto es que a ese baño vamos a tener que volver cada vez más seguido, mientras que por el otro camino esto no pasa. El logro personal satisface notablemente y perdura en el tiempo, pero requiere esfuerzo, requiere dedicación, requiere decisión y constancia… palabras éstas que no están necesariamente de moda, palabras que alguien podría considerar obsoletas, casi ridículas.

El crecimiento personal viene de dentro de nosotros y se proyecta hacia los demás, pero requiere tiempo, tiempo que hoy no tenemos mientras vamos de vidriera en vidriera. Hay veces que me pregunto ¿por qué hay programas de televisión en los cuales los conductores sólo pueden mantener el ritmo del mismo si gritan constantemente? Y es porque parece ser la única forma de mantener la atención del público. Tan estimulados estamos a la no introversión, que no hay forma de pasar un momento evaluando nuestra propia conducta. Desde el aparato ultramoderno recién comprado en cómodas cuotas, el locutor nos grita para que no caigamos en la tentación de pensar y reflexionar, o en la de intentar una conversación con el que tenemos al lado si nuestra propia oscuridad produce demasiado vértigo.

Es probable que la economía de mercado siga rozagante –tal vez hasta sea bueno que así sea–. Incluso no me parece ilógico pensar que en algún momento cercano en el tiempo, el par de zapatillas que acaba de cumplir un mes en nuestra propiedad se autodestruya transformándose en el folleto de las próximas que tenemos que comprar. El problema es, y va a seguir siendo, del que piensa que allí va a encontrar satisfacción verdadera, auto conocimiento, crecimiento, madurez, cierto grado de plenitud. Yo soy un hombre optimista. La juventud siempre se ha revelado contra las tendencias de su tiempo. Es lógico, la juventud quiere crear su propio medioambiente. Confío en que la juventud no se va a dejar llevar. Que se va a animar a buscar fuera del reflector la llave de su maduración. La clave que abre la puerta de un camino de crecimiento y autorrealización que no viene como accesorio de un equipo de música.

Alejandro Dolina, en lo que yo considero un fantástico tratado (1) de “filosofía porteña”, se refiere a algo parecido a lo que comento. Describe éste fenómeno desde lo que significa hoy viajar para conocer un mundo, en el que trasladarse se hace cada vez más seguro, más sencillo y más barato. Él termina su reflexión sobre el asunto con un par de frases que me parecieron pertinentes. Dice:

“No esta mal contemplar las catedrales góticas, los canales de Venecia o la gran muralla. Si está mal creer que esas contemplaciones darán sentido a la vida.
Para encontrarse a uno mismo no es necesario caminar mucho. Se los digo yo, que me he rastreado por todas partes y me encontré en el patio de mi casa, cuando ya era demasiado tarde”.

Si no creen que Dolina (2) sea un pensador digno de sus entendimientos, entonces vean lo que Séneca (3), filósofo de la antigua Roma, le aconsejaba en una carta (4) a uno de sus discípulos:

“¿Por qué te maravillas de que tus viajes al extranjero de nada te aprovechan, cuando es a ti mimo a quien llevas de un lugar para otro? Te agobia la misma causa que te impulsó a salir. ¿En qué puede aliviarte la novedad de las tierras? A nada útil conduce ese ajetreo. ¿Quieres saber porqué esa huida no te reconforta? Huyes contigo mismo. Tienes que descargar el peso del alma; hasta entonces ningún paraje te agradará”.

No es el dónde viajemos, o el qué compremos. No es cuál espectáculo o recital presenciemos. Es a quién llevamos. Si no nos preocupamos de ese quién, sea en el patio de casa o en la oscuridad de nuestras interioridades, capacidades, deseos y voluntades, no nos aliviará la novedad de las tierras, o la fidelidad del equipo de música, o la tracción y el peso de las nuevas zapatillas.

Volvamos a lo básico, y no estoy hablando de volver a la moda de una época en la que se usó ropa sencilla, –aclaro esto por las dudas ya que todo se utilizó alguna vez como slogan publicitario–. Estoy hablando justamente del patio de casa, de conversar con la familia, de establecer relaciones relativamente estables. Estoy hablando de darle real importancia al estudio o al trabajo que tenemos entre manos, porque son excelentes formas de aprender y de crecer. Estoy refiriéndome a mirarnos por dentro, y perseguir esa estrella con nuestro nombre y apellido que es la única que puede ponernos luz verdadera; para de esta manera no tener que buscar en los reflectores que terceros interesados nos enciendan.

Que la rebeldía y la inteligencia de esta juventud que tenemos hoy juegue el juego del consumo masivo, pero sólo para que los precios de las cosas sigan bajando. Que les haga creer a los publicitarios que sus campañas son excelentes, y que sigan así aumentando los volúmenes para que aumente la ocupación y todo el mundo tenga trabajo digno. Pero no caigamos en la ridiculez de buscar la llave de nuestro crecimiento, de nuestra búsqueda de satisfacción, y de nuestra necesidad de pertenencia, en donde no está, ni estuvo, ni nunca estará. Nuestro interior, nuestra familia, nuestros reales amigos, pueden ser menos glamorosos que un reflector de “consumiendo por un sueño”, pero la satisfacción marginal que causa cada logro en esos frentes es mucho más nutritiva.



J. R. Lucks


Referencias:

(1) Crónicas del Ángel Gris. Alejandro Dolina. Grupo Editorial Planeta / Booket, 2003.

(2) Alejandro Dolina: (Baigorrita, Partido de General Viamonte, Provincia de Buenos Aires, 20 de mayo 1945) es un escritor, músico y conductor de radio y de televisión argentino. Realizó estudios de Derecho, Música, Letras e Historia.

(3) Séneca: Lucio Anneo Séneca, también conocido como el joven (4 a.C. - 65 d.C.). Nació en Corduba, en la provincia romana de la Bética (actualmente Córdoba, en España). Hijo del orador Marco Anneo Séneca, fue un filósofo romano conocido por sus obras de carácter moralista.

(4) Cartas Filosóficas, de Platón a Derrida. José González Ríos. Editorial Quadrata, año 2005.



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jueves, mayo 01, 2008

01-05-08. La coherencia, unplugged I

Si bien usamos muchas veces las palabras ridículo e incoherente cómo sinónimos, claramente no lo son. Ser coherente es seguir una actitud lógica con una posición anterior. Ridículo es lo que mueve a la risa. Desde este punto de vista alguien puede ser coherente y ridículo a la vez, por ejemplo, si se continúa aferrado a posiciones anteriores que ya no hacen sentido, por haber evolucionado la sociedad o la conducta de las personas.

El asunto, muchas veces, es que los que definen el “contra que compararse” se nos imponen, y nos hacen aparecer ridículos por no seguir una moda o una tendencia impuesta por algún interés particular. Es interesante como juegan estas palabras. Coherencias o incoherencias que producen risa. Lógicas que indican conductas coherentes, o incoherentes, muchas veces inducidas por fuentes ilógicas, lo cual es ridículo.

El grotesco, lo extravagante, que sí son sinónimos de ridículo, son muchas veces una excelente fuente de educación. Se usan normalmente para mostrar lo que no tiene sentido tratando de producir una sonrisa, y por lo tanto es pedagógico y agradable a la vez.

Hay un cuento que siempre me pareció, no solo gracioso, sino, sumamente educativo. Dice así:

“Muy tarde, por la noche, José se encuentra dando vueltas alrededor de una farola mirando hacia abajo. En ese momento pasa por allí un vecino.
– ¿Qué estás haciendo José, has perdido alguna cosa?– le pregunta.
– Sí, estoy buscando mi llave.
El vecino se queda con él para ayudarlo a buscar. Después de un rato, pasa una vecina.
– ¿Qué están haciendo? – les pregunta.
– Estamos buscando la llave de José.
Ella también quiere ayudarlos y se pone a buscar.
Luego, otro vecino se une a ellos. Juntos buscan y buscan y buscan. Habiendo buscado durante un largo rato acaban por cansarse. Uno de los vecinos pregunta:
– José, hemos buscado tu llave durante mucho tiempo, ¿estás seguro de haberla perdido en este lugar?
– ¡No!, dice José.
– ¿Dónde la perdiste, pues?
– Allí, en mi casa.
– ¡Entonces!, ¿por qué la estamos buscando aquí?
– Pues porque aquí hay más luz y mi casa está muy oscura”.

Ridícula la actitud de José, ¿cierto? Buscar algo donde no está, sólo porque allí hay más luz. Porque ese lugar, en donde no hay chance de encontrar lo que se busca, es más agradable. José encuentra bajo la luz, mejores condiciones para la búsqueda, aunque desde el inicio sepa que esta no llegará a buen puerto.

Esto me lleva a pensar en una situación que me preocupa desde hace tiempo. En términos económicos podría enunciarse como: la progresiva reducción de la capacidad de satisfacción marginal de los bienes, que pareciéramos cada vez desear más.

Incesantemente buscamos, y buscamos, más, y más cosas que nos prometan satisfacción: el más recientemente lanzado par de zapatillas que nos permitirá correr más rápido o hacer más goles; el más liviano y mejor diseñado aparato de música portátil que nos anuncian como “lo último”.

No me molesta parecer la edad que tengo –bastante– por eso puedo testificar que antes uno tenía que ahorrar mucho tiempo para poder comprar algo, y luego ese algo se usaba y se disfrutaba por otra muy buena cantidad de tiempo. Hoy todo está más accesible, lo cual es bueno, pero la satisfacción que causa ese todo es cada vez más efímera. El primer par de zapatillas, creo que a todos, nos dio más satisfacción que decimonoveno. A esto llamo la satisfacción marginal decreciente, a la que agrega el nuevo bien adquirido, y que definitivamente pareciera haber ido reduciéndose con el correr del tiempo.

Lo que nos excita a seguir en la búsqueda, es ver si lo que viene será realmente lo que nos colme. Esto nos trasforma en algo así como Don Juanes, buscando siempre una conquista adicional porque ya la captura no nos satisface, necesitamos estar constantemente cazando, pues se nos encarnó una necesidad de búsqueda que no satisface ninguna pieza.

¿A qué se debe esto?, ¿por qué las zapatillas modernas –que de hecho son mucho mejores que las antiguas– parecieran producir menos satisfacción que las de antes? Es parte del modelo económico social en el que vivimos. Si el nuevo producto nos satisface por un tiempo prolongado, no salimos a comprar el nuevo, y eso es hoy pecado mortal.

El producto no es malo, pero la campaña de publicidad del reemplazo es maravillosa, una notable y fascinante tentación. Sería una “ridiculez” no hacer caso. No estaríamos siendo “coherentes” con la moda, con las tendencias, con nuestra capacidad de gasto…

¿Será así? O será que como José estamos buscando en donde hay luz lo que se nos perdió por otro lado. Es más cómodo buscar en la luz, el problema, es si el reflector lo prendió alguien que nos quiere ayudar a encontrar lo que buscamos, o simplemente nos quiere “vender” algo. ¿Buscamos en el lugar correcto? Esta satisfacción marginal decreciente, ¿se debe a que los bienes que adquirimos no tienen capacidad suficiente de satisfacer? o ¿será que estamos tratando de apagar un incendio con combustible? ¿De quién tomamos la pauta en cuanto a dónde es ridículo buscar satisfacción y dónde no?... ¿de las revistas de moda?... ¿de los programas de baile o de patinaje?... ¿de los titulares de los diarios?

Los mayores tuvimos la chance de vivir en un mundo en el cual había que esperar por un beso. Hoy un “piquito” entre niños de jardín de infantes es celebrado por todo el mundo. Los tiempos cambian. ¿Mejor o peor?... ninguna de las dos cosas: diferente. Pero es indudable de que la aceleración de los tiempos, la quema de etapas, el acceso precoz a prácticamente lo que sea, marcan parte del fenómeno del que estaba hablando unos párrafos antes.

Los niños y los jóvenes de hoy se crian en un mundo acelerado, han nacido con el capitalismo y su modelo triunfante de altos volúmenes de producción. No es malo que el comercio se incremente. No es necesariamente malo que compremos un par de zapatillas cada dos meses. De eso depende el trabajo de mucha gente, y esto, en algunas sociedades y en algunos casos, contribuye al bienestar. Lo que está mal es buscar allí, en esa luz, lo que no ha de encontrase. Un joven que necesita afirmarse en su personalidad, que necesita sentirse aceptado por sus amigos, que quiere comerse el tiempo para poder hacer y vivir todo lo que lo tienta, corre hoy un gran peligro de estar buscando en la zona iluminada lo que sólo puede hallarse fuera del haz del reflector.

La autorrealización, el amor, la completud que da un trabajo bien hecho, el logro de un objetivo complejo, la admiración de un hijo, la admiración hacia el logro de un hijo… eso no se encuentra en la vidriera de una tienda. La satisfacción marginal de estas últimas cosas que acabo de enumerar sigue estando intacta. Nadie nos las puede “vender”, por eso conseguirlas sigue costando lo mismo que cuando yo era joven. La satisfacción de lograr ser una mujer o un hombre de bien, en la definición de cada uno, vale más que cien pares de zapatillas. Lo que pasa es que nadie la publicita, nadie le prende la luz a cosas como las que acabo de enumerar. Nos convencen de que es “incoherente” y “ridículo” no estar a la moda, o no comer lo que se impuso como tendencia. Pero: ¿quién nos recuerda que es incoherente y ridículo no compartir con la familia?... ¿o cumplir con nuestras promesas?... ¿o lograr lo que nos propusimos desde lo profesional?

¿Por qué para pasar un fin de semana “coherente” hay que recorrer tiendas en un shopping center, y comer fast food, y luego ir a ver una película?, ¿por qué quedarse en casa y compartir algo con los más cercanos es ridículo? El shopping, el cine y la hamburguesería están dispuestos a recibirnos, no nos van a presentar ningún problema. La interacción humana en cambio puede ser un poco más trabajosa y compleja. Lo cierto es que la satisfacción marginal de la primera salida es efímera, y la que se consigue luego del esfuerzo de la segunda dura mucho más.

José buscaba la llave bajo el farol porque allí es más fácil buscar, tal vez él ni siquiera quería encontrarla; inclusive en su búsqueda terminó acompañado, de haber encontrado la llave en la oscuridad estaría solo en su casa. Pero no deja de ser ridículo. No busquemos nosotros nuestras llaves donde sabemos que no están.


Continúara la semana que viene en otro unplugged


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jueves, abril 24, 2008

24-04-08. La coherencia

La vez pasada hablamos de la mujer, y citamos a Sor Juana Inés de la Cruz con un verso en el cuál ella ponía de manifiesto la incoherencia de un pedido que no tenía sentido. Eso me puso a pensar en esa palabra, incoherencia. Una de las primeras cosas que me vino a la mente es que muchas veces la usamos como sinónimo de ridículo. Decimos que algo incoherente es algo ridículo.

Ridículo viene del latín, y tiene raíz en el verbo ridere que significa reír, de hecho ridículo es lo que causa risa. Comencé entonces a buscar en la literatura ejemplos de esto, y encontré, en un libro maravilloso, las Crónicas del Ángel Gris (1) del maestro Alejandro Dolina, un segmento que me pareció sublime. En una de las secciones del libro, dedicada a lo que él llama la Sociedad de los Trabajos Difíciles, se refiere a un supuesto atleta en estos términos:

“Era un atleta mediocre pero tenaz. Durante mucho tiempo trató inútilmente de mejorar su marca en los 100 metros llanos. A pesar de todos sus esfuerzos, jamás tardó menos de 14 segundos en hacer el trayecto. No contento con su fracaso, resolvió intentar la hazaña por el camino más largo.
La velocidad –decía– permite anular el espacio y el tiempo, que son sus ingredientes. Más gracioso sería dominar la distancia y la tardanza sin correr: hacer el tiempo más pausado y el espacio más estrecho.
El atleta experimentó con relojes, […], sobornó a los cronometristas y postuló la implantación del metro Francese, una medida cuya longitud debió ser de unos sesenta centímetros”.


Mueve a risa, ¿no? Entonces es ridículo, cómo no podía cambiar la realidad de su marca, de más de cuatro segundos por arriba del record mundial, intentó cambiar la unidad de medida. Me suena a algo que pasó alguna vez en un país cercano –o demasiado cercano tal vez– con los índices de precios, pero no recuerdo bien ahora cual era ese país de fantasía.

En fin, el intento de Francese –así se llamaba el atleta imaginario de Dolina– no parece del todo incoherente. Si velocidad es distancia sobre tiempo, y la velocidad no se puede aumentar, lo lógico sería trabajar con las otras dos variables. Y aquí sobrevino la duda: algo “supuestamente” coherente, ¿puede ser ridículo también?

Inmediatamente me puse a escarbar en la palabra coherente, para ver que quería decir. Coherente viene también de una raíz latina, haerere, que significa estar unido. De esa misma raíz vienen otras palabras como por ejemplo: adherido. Coherente entonces es lo que tiene relación, lo que tiene conexión, lo que se corresponde, como en el caso de la lógica aplicada por este atleta mediocre a la fórmula de la velocidad. Siendo así, ciertas relaciones, ciertas conexiones, ciertas correspondencias, bien pueden producir risa.

Por ejemplo: coherencias que a esta altura son ridículas, o sea que causan gracia, podría ser tal vez el hecho de seguir aferrados a modelos económicos, o aplicar medidas, que demostraron ser ineficientes varias veces y en todo el mundo.

Además, esto de la coherencia y su relación con lo de adherido, me hizo pensar que también a veces lo coherente podría implicar el “quedar pegado”, y tal vez tener que subir al escenario en el cual he de dar un discurso con figuras que muchas veces son ridículas –nos mueven a la risa–, sólo porque ellos nos dieron su apoyo alguna vez, o levantaron manifestaciones con la misma violencia con la que antes ellos mismos las hacían. Ese apoyo, que tal vez ni siquiera pedimos, nos deja pegados, nos obliga a ser “coherentes”, aunque la forma en que esos personajes adheridos se comportan nos produzcan más ganas de llorar que de reírnos.

Por esto justamente, por las actitudes que nos dan muchas veces ganas de llorar en vez de ganas de reír, se me ocurrió además, que no sólo lo coherente puede ser ridículo, sino que no siempre lo incoherente es gracioso, o sea no siempre lo incoherente causa risa siendo ridículo, hay incoherencias que lo hacen a uno llorar, por ejemplo pretender que alguien invierta en un proyecto de infraestructura a largo plazo como energía, cuando los precios de lo que va a producir están congelados desde hace cinco años, aunque los costos no lo estén. Y las ganas de llorar, son porque todo el mundo opina, todo el mundo habla pavadas, nadie hace nada, y seguimos con escuelas sin calefacción, falta de luz en los hospitales, etcétera, etcétera. Así que me enredé.

Tendré mucho cuidado ahora al usar ridículo como sinónimo de incoherente, ya que hay coherencias que mueven a la risa también, y a esta altura son ridículas. Y también hay incoherencias que mueven al llanto más que a la risa, así que desde hoy voy a agregar a mi vocabulario la palabra llantículo, lo que mueve al llanto. Como para poder decir: “tus coherencias, o tus incoherencias, me dan ganas de llorar, son llantículas”.

Ojalá que nos dejemos alguna vez de jugar con fuego, con índices de precios, con supuestas “propiedades” de paseos públicos o de rutas, y nos pongamos a trabajar para que nuestros hijos puedan reírse, pero no de ridiculeces, de coherencias lamentables, o de incoherencias llantículas.



J. R. Lucks

Referencias:

(1) Crónicas del Ángel Gris. Alejandro Dolina. Grupo Editorial Planeta / Booket, 2003.




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jueves, abril 10, 2008

10-04-08. La mujer

La palabra de hoy es mujer. Palabra complicada, ¿no? No se mal entienda, no quise decir que las mujeres son complicadas, sino que la palabra mujer es difícil de rastrear etimológicamente.

¿Queda claro? Por las dudas: yo soy pro mujer, de hecho soy de los que coincide con ellas cuando dicen que todos los hombres son una porquería, por eso yo prefiero a las mujeres. Se entiende, ¿no?

Pero bueno, una de las acepciones que encontré y más me gustó es la que dice que el termino mujer, o mulher –como se dice en portugués y con un sonido mas cercano al de su origen–, viene de mollis, que en latín significa blandura. Y aquí empiezan parte de los problemas. Algunos dicen que es una acepción prejuiciosa y que desmerece a la mujer porque la asocia con falta de firmeza, con falta de carácter. Pero en el diccionario de latín que yo consulto, mollis significa: sin dureza, sin asperezas, plácido, suave. Aparte de esto blandura, en el diccionario de la Real Academia Española, no sólo denota: cualidad de blando, sino que entre otras acepciones también quiere decir: regalo, deleite, delicadeza, dulzura y afabilidad en el trato. Así que yo prefiero quedarme con estos significados, ya que así tienden a ser las mujeres suaves, plácidas, sin asperezas, lo cual no significa de que no puedan ser lo contrario si hace falta, que no puedan ser duras cuando se necesita, y allí es donde esta lo bueno, tienen las dos capacidades y eso no las desmerece.

En fin podría hablar años de las mujeres, pero por hoy les quiero dejar algunas estrofas de un poema de una gran mujer, Sor Juana Inés de la Cruz (1), se llama: Hombres necios que acusáis, y dice así:

“Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión,
de lo mismo que culpáis.

[...]

Opinión ninguna gana,
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata
y si os admite, es liviana.

Siempre tan necios andáis,
que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel,
y a la otra por fácil culpáis.

Pues como ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata ofende
y la que es fácil enfada.

[...]

¿Pues para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.

Interesante ¿no?, recuerden que era una monja, una intelectual en realidad, y en la época que ella vivió, hace casi ya cuatrocientos años, una de las muy pocas formas en la que una mujer podía estudiar y dedicarse a la literatura sin ser mal vista era estar encerrada en un convento.

Y qué cierto esto que dice Sor Juana. Cuantas veces pedimos una cosa, y cuando nos la dan entonces no la queremos. Sor Juana ilustra esta cuestión que tenemos los hombres de pretender que las mujeres sean de fácil “acceso”, siempre y cuando no sean nuestras hermanas, madres, abuelas, y eventualmente esposas. Es como si exigiésemos que existan dos clases de mujeres. Mi amigo Freud (2) con este asunto se hizo una fiesta, y de hecho escribió grandes cantidades de cosas al respecto.

Hoy el mundo ha evolucionado, –o tal vez involucionado, no estoy seguro– con respecto a este tema, y la liberación sexual ha producido grandes cambios en cuanto a que es ser “fácil” y qué no, e incluso quién abusa de quién en la relación sexual casual, si es que hubiera abuso alguno. Sin embargo esta incoherencia de pedir una cosa y la contraria a la vez, sigue muchas veces presente. Los hombres quieren mujeres liberadas pero hogareñas, las mujeres quieren hombres sensibles pero que no se la pase llorando por una uña partida. Queremos que la policía tenga mano dura, pero que no nos haga la boleta por andar sin el cinturón de seguridad, o gobiernos que nos den subsidios pero que no nos cobre impuestos. En fin lo que planteaba Sor Juana no aplica sólo a la mujer, o a lo que el varón exige de la mujer.

¿Por qué no pensar un poco en esto? Tal vez lo que nos pide esta poetisa nos sirva para vivir un poco mejor la vida. Esta coherencia que muchas veces no tenemos, que nos hace pedir algo pero no tener la templanza de aceptar las consecuencias. Creo que de pensar en esto debemos concluir que pedir es fácil, lo difícil es pedir bien. Aprender a pedir sería entonces el arte a desarrollar, para que cuando nos dan lo que pedimos, no terminemos peor de cómo estábamos antes de recibir.



J. R. Lucks



Referencias:

(1) Sor Juana Inés de la Cruz: (San Miguel Nepantla, 12 de noviembre de 1651 – Ciudad de México, 17 de abril de 1695) fue una religiosa católica, poeta y dramaturga novo hispana. Por la importancia de su obra, recibió los sobrenombres de El Fénix de América y La décima Musa. Aprendió náhuatl con sus vecinos. Descubrió la biblioteca de su abuelo y así se aficionó a los libros. Aprendió todo cuanto era conocido en su época, es decir, leyó a los clásicos griegos y romanos, y la teología del momento. Aprendió latín en veinte lecciones, escuchando las clases que eran impartidas a su hermana, a escondidas. Poco antes de su muerte, Sor Juana fue obligada por su confesor a deshacerse de su biblioteca y su colección de instrumentos musicales y científicos. Recuérdese que en su tiempo la Santa Inquisición estaba activa. Muere por una epidemia el 17 de abril de 1695 a los cuarenta y tres años.

(2) Sigmund Freud (Freiberg, 6 de mayo de 1856 - Londres, 23 de septiembre de 1939), fue un médico, neurólogo y librepensador austríaco, y el creador del psicoanálisis.




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jueves, noviembre 29, 2007

29-11-07. No será importante pero es noticia

Llega fin de año y se me cruzan algunos cables, aparte con esto de que sube la temperatura y baja la temperatura y todo este vaivén climático, no se porqué pero me pongo raro. Así que hoy traje un tema de esos para pensar y quedarse pensando, probablemente sin solución, pero de esos en los que si no pensamos, seguro no se arreglan más. Es un cuento que encontré en una página web (a) española, así que verán que lo que cuenta no es privativo de nuestro querido país, sino un mal mundial. Dice así:

Yo tengo un sueño muy ligero, por lo tanto, la noche pasada, noté que había alguien andando sigilosamente por el jardín de mi casa. Me levanté en silencio y me quedé siguiendo los leves ruidos que venían de afuera, hasta ver una silueta pasando por la ventana del baño.
Como mi casa es muy segura, con rejas en las ventanas y puertas de seguridad, no me preocupé demasiado, pero estaba claro que no iba a dejar al ladrón allí rondando tranquilamente.
Llamé bajito a la policía, informé la situación y di mi dirección. Me preguntaron si el ladrón estaba armado o si ya estaba dentro de la casa.
Aclaré que no, y me dijeron que no había ninguna patrulla cerca para ayudar, pero que iban a mandar a alguien tan pronto como fuera posible.
Un minuto después llamé nuevamente y dije con voz calma:
-Hola, hace un rato llamé porque había alguien en mi jardín. No hay necesidad de que se apuren. Ya he matado al ladrón con un tiro de la escopeta que tengo guardada para estas situaciones. ¡El tiro lo ha destrozado! Ha sido una lástima.
Pasados menos de tres minutos, había en mi calle cinco patrulleros, un helicóptero, una unidad de rescate, un equipo de noticias, y una abogada de derechos humanos que no se perderían esto por nada del mundo.
Ellos agarraron al ladrón in fraganti, quien estaba mirando todo con cara de asombrado. Tal vez él estuviese pensando que era la casa del jefe de la policía.
En medio del tumulto, un inspector se aproximó y me dijo:

- Creí que dijo que había matado al ladrón.
A lo que yo le contesté:
- Creí que me dijeron que no había nadie disponible.

Este cuento me movió a pensar: ¿qué es importante y qué es noticia? Pareciera que lo que es noticia es importante, pero no siempre es así. La apertura de una escuela rural en medio de la nada; o el arreglo de un comedor infantil en una zona pobre; o que alguien de extracción humilde termine, con mucho esfuerzo de toda la familia, una carrera universitaria incentivando así a otros a estudiar; son cosas importantes, pero no son noticia. Son menos noticia que la pelea de dos vedettes, o que el tratamiento contra las drogas o el alcohol de alguna celebridad. El impacto que tiene, en cualquier futuro posible, un chico mejor alimentado y educado, es muchísimo mayor que el desenlace de un romance televisivo o de quién gane algún concurso de baile. Y es que está todo distorsionado.

El otro día estaba viendo una película, se llama Gracias por fumar. Es la historia del vocero de una asociación que defiende a la industria del tabaco. En una escena, el protagonista debate con alguien que está en contra del hábito de fumar, en el mismo programa hay un chico joven con cáncer supuestamente asociado al cigarrillo. El personaje que defiende a las tabacaleras descalifica a su contrincante argumentando que las compañías de cigarrillos no quieren que el chico muera. Asegura que si muere dejará de ser cliente. Acto seguido se refiere a su contrincante, el que ataca a las tabacaleras, diciendo que en realidad es él quien prefiere al joven muerto, ya que de esa forma obtendrá más presupuesto. Increíble, me pareció brutalmente retorcido, pero lo cierto es que muy probablemente sea verdad. Es casi seguro que ninguno de los dos se estuviese interesando realmente por la salud del chico, sino por sus presupuestos y por sus empresas. Pero lo importante es el chico, ¿cierto? Lo importante es la contaminación, ¿no?, ¿o los egos de los involucrados?, lo importante es la gente que no come, ¿cierto?, ¿o los índices de pobreza, reales o dibujados? Entonces pareciese que lo importante es distinto de lo que es noticia. Últimamente las noticias aparecen cuando lo importante no pasó. La noticia es que el chico de la película esté enfermo, no que se cure, que sería lo importante. Si se cura no hay programa de televisión, no hay presupuesto.

Es increíble. Llega fin de año y me confundo, no sé que es importante y que es noticia. Es noticia que asuma un nuevo presidente constitucional. Pero qué es lo importante del asunto: ¿el ancho y la tela de la banda presidencial?, ¿cuántos golpes tiene la empuñadura del bastón?, ¿si se corrieron todos los demás actos de asunción para no competir en protagonismo? Será eso lo importante, o eso será noticia. ¿Quién cambió las prioridades?, los que escriben y hablan en los medios, o los que los leen y escuchan. La verdad, no se. ¿Quién puede volver a hacer que lo importante sea más prioritario que lo que no lo es? ¿Quién puede hacer que atendamos las cosas antes de sean noticias, y mientras son importantes? No se. Aunque “sospecho” de que tal vez seamos nosotros mismos.

J. R. Lucks




Bibliografía

(a) El cuento adaptado para esta columna se publicó bajo el título: ¡Alguien merodea por mi casa!. La versión original puede hallarse en la siguiente dirección web:
http://www.emprendedoras.com/article1297.html




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jueves, octubre 25, 2007

25-10-07. ¡Qué mal tipo que resultó ser el otro!

Como ya estamos encima de las elecciones, hoy traje algo que creo que puede ser útil para todos. Porque después de las elecciones todo el mundo busca culpables: “¿Pero cómo ganó este?”. “¿Pero quién votó a aquel?”. “Perdimos por esa alianza que hiciste”. “El pueblo no sabe lo que elige”, y cosas por el estilo. Así que les traje algo en la línea de los discursos históricos, porque al culpable ya se lo encontró hace bastante, y por lo tanto les quiero ahorrar el trabajo de buscarlo.

El que quiero compartir hoy más que un discurso, es un monólogo, de hace unos quince años. O sea que tiene algo de actualidad. Pero la verdad, quince años, sobre todo en este mundo tan acelerado en el que vivimos hoy, es mucho tiempo. Como las otras veces lo que voy a leer tiene muy poca lucksización, sólo está recortado porque el original era muy largo, así se aprecia fielmente lo actual del pensamiento de hace casi dos décadas. Dice así:

La culpa de todo la tiene el Ministro de Economía dijo uno.
¡No señor!, dijo el ministro de Economía mientras buscaba un mango debajo del zócalo. La culpa de todo la tienen los evasores.
¡Mentiras!, dijeron los evasores mientras cobraban el 50 por ciento en negro y el otro 50 por ciento también en negro. La culpa de todo la tienen los que nos quieren matar con tanto impuesto.
¡Falso!, dijeron los de la AFIP mientras preparaban un nuevo impuesto al estornudo. La culpa de todo la tiene la patria contratista; ellos se llevaron toda la guita.
¡Pero, por favor...!, dijo un empresario de la patria contratista mientras cobraba peaje a la entrada de las escuelas públicas. La culpa de todo la tienen los […] corruptos que no tienen moral.
¡Se equivoca!, dijo un corrupto mientras vendía a cien dólares un libro que se llamaba "Haga su propio curro", pero que en realidad sólo contenía páginas en blanco. La culpa de todo la tiene la burocracia que hace aumentar el gasto público.
¡No es cierto!, dijo un empleado público mientas con una mano se rascaba la otra. La culpa de todo la tienen los políticos que prometen una cosa para nosotros, y hacen otra para ellos.
¡Eso es pura maldad! dijo un diputado mientras preguntaba dónde quedaba el edificio del Congreso. La culpa de todo la tienen los […] curas que siempre se meten en lo que no les importa.
¡Blasfemia! dijo un obispo mientras fabricaba ojos de agujas como para que pasaran diez camellos al trote. La culpa de todo la tienen los científicos que creen en el Big Bang y no en Dios.
¡Error! dijo un científico mientras diseñaba una bomba capaz de matar más gente, en menos tiempo, con menos ruido, y mucho más barata. La culpa de todo la […] tiene la Justicia que permite que los delincuentes entren por una puerta y salgan por la otra.
¡Desacato! dijo un juez mientras cosía pacientemente un expediente de más de quinientas fojas que luego, a la noche, volvería a descoser. La culpa de todo la tienen los […] jóvenes […].
¡Ustedes están del coco! dijo un joven mientras pedía explicaciones de por qué para ingresar a la facultad había que saber leer y escribir. La culpa de todo la tienen los […] periodistas porque junto con la noticia aprovechan para contrabandear ideas y negocios propios.
¡Censura! dijo un periodista mientras, con los dedos cruzados, rezaba por la violación y el asesinato nuestro de cada día. La culpa de todo la tiene […] Magoya.
¡Ridículo!, dijo Magoya acostumbrado a estas situaciones. La culpa de todo la tiene Montoto.
¡Cobardes!, dijo Montoto, que de esto también sabía un montón. La culpa de todo la tiene la gente como vos […]
¡Paren la mano! dije yo mientras me protegía detrás de un buzón. Yo sé quién tiene la culpa de todo. La culpa de todo la tiene: el otro.
¡El otro siempre tiene la culpa!
¡Eso, eso! exclamaron todos a coro. El señor tiene razón: la culpa de todo la tiene el otro.
Dicho lo cual, después de gritar un rato, romper algunas vidrieras y/o pagar alguna solicitada, y/o concurrir a algún programa de opinión en televisión, nos marchamos a nuestras casas por ser ya la hora de cenar, y porque el culpable ya había sido descubierto. Mientras nos íbamos no podíamos dejar de pensar: ¡Qué mal tipo que resultó ser el otro...!

Este es un monólogo de 1991 de Tato Bores, escrito por Santiago Varela, que fue su libretista en los últimos años.

Y seguimos igual, quince años después. La culpa la tiene el venezolano de la valija, o las operaciones de prensa, o la oposición por oponerse, o los pobres por no ser ricos. En el fondo la culpa la sigue teniendo el otro, y cuando llegamos a esa conclusión nos vamos a casa a comer, porque ya es hora, maldiciendo al otro. Yo a veces pienso que deberían volver los españoles, pero no los de ahora, los que llegaron en 1492. Deberían regalarnos nuevamente a todos espejitos de colores. La única diferencia es que les pediría que en el marco de cada uno de los espejitos escribiesen: el otro. Así cuando nos mirásemos en estos espejitos, tendríamos una mejor imagen de quién estamos hablando cuando le echamos toda la culpa al otro.


J. R. Lucks


Bibliografía

Monólogo publicado en Página 12 en 1991, y que posteriormente formó parte del libro: El debut y otros cuentos, Editorial De La Flor, 1994. Una versión completa del monólogo puede encontrarse en:
http://www.paginadigital.com.ar/articulos/2004/2004quint/teatro/tato-bores-11205.asp




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