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domingo, agosto 01, 2010

Dicen, seguramente dicen algo

El escritor y filósofo Miguel de Unamuno nos dejó entre otras cosas, dentro de su inmensa obra, un poema cuyas primeras estrofas dicen:

“Traza la niña toscos garrapatos,
de escritura remedo,
me los presenta y dice
con un mohín de inteligente gesto:

‘¿Qué dice aquí, papá?’

Miro unas líneas que parecen versos.
‘¿Aquí?’
‘Si, aquí; lo he escrito yo; ¿qué dice?
porque yo no sé leerlo...’


‘¡Aquí no dice nada!’, le contesté al momento.

‘¿Nada?’, y se queda un rato pensativa
-o así me lo parece, por lo menos,…”


Tremendo momento, ¿no?, cuando uno, con toda la franqueza de que se es capaz, devela una realidad que coarta ilusión, que limita capacidad, que enseña y que educa pero causando –de alguna manera– dolor.

Seguramente muchos no encuentran en este poema lo que estoy sugiriendo; ya que no todos tienen porqué haber caído en el error del personaje al que Unamuno hace hablar en el verso –esa misma equivocación que evidentemente a mí me sigue doliendo haber cometido. Algunos habrán contestado “correctamente”; y otros no habrán tenido aún que enfrentar a un pequeño que, pretendiendo volar desde su imaginación, nos obligase desde su pregunta a repensar el universo dejando de lado la rígida “verdad” de los crecidos.

Yo sí cometí esos errores, siempre sufriéndolos apenas terminaba de cerrar la boca luego de “subestimar” una producción, una idea, una propuesta; y casi siempre, como Unamuno, me quedaba solo masticando dudas:

“Luego, reflexionando, me decía:
¿Hice bien revelándole el secreto?
No el suyo ni el de aquellas toscas líneas,
el mío, por supuesto”.


Ese secreto –del autor y mío–, que el niño en cuestión, a su edad, no puede llegar a comprender aún. Ese secreto de mi limitación, de mi pérdida de capacidad de crear y de creer que todo pequeño tiene, y que ningún grande debería haber dejado ir.

El autor no se detiene allí, se sigue preguntando, se sigue metiendo dentro de sí para cuestionarse con qué autoridad pudo haber contestado tan ligeramente, a semejante pregunta, con una “supuesta” verdad.

“¿Sé yo si alguna musa misteriosa,
un subterráneo genio,
un espíritu errante que a la espera
para encarnar está de humano cuerpo,
no le dictó esas líneas
de enigmáticos versos?


¿Sé yo si son la gráfica envoltura
de un idioma de siglos venideros?
¿Sé yo si dicen algo?...”


Y la respuesta es no. No sabe él, no sé yo, tal vez no sepa nadie... pero sí dicen algo esas líneas, dicen seguramente,… dicen mucho en realidad… la pregunta no es si dicen algo, sino qué dicen.

La propia limitación de no saber qué es lo que algo significa, no debe otorgar el derecho de restarle el valor comunicador a lo que ese niño, esa persona, ese valiosísimo ser con capacidad de crear, amar, dar, construir, está transmitiendo desde su imaginación, desde su corazón, desde su potencial de transformar un poco de tinta y un papel en un… en un lo que sea.

Puntos de vista, formas de analizar y entender las cosas, perspectivas diversas. Desde el idioma de siglos venideros esos “garrapatos” serán tal vez estrofas que algún personaje, al que le guste la literatura, comente algún día en una columna similar a esta. Desde nuestro punto de vista, nada más que líneas toscas.

¿Cómo se hace para poder ampliar el criterio lo suficiente? ¿Alcanza con darse cuenta de lo limitado y limitante que uno es, o hace falta una educación diferente que no sé quién y cómo podría dar y darnos?

Unamuno no sólo fue un intelectual, sino un hombre involucrado en la política de su época –seguramente del lado correcto para algunos y del incorrecto para otros–, comprometido con la educación y, evidentemente, con el progreso de la mente humana –tanto desde su potencial, como desde el reconocimiento de sus limitaciones.

En un encendido discurso, defendiendo sus posturas ideológicas, se dice que dijo:

“Vencer no es convencer, y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión”.

Hay una línea común entre el poema y esta cita, o al menos a mí me lo parece.
La discusión estéril en la que las palabras son sólo ruido; el mal llamado debate de algunas tribunas políticas a las que todos van con su posición tomada, sólo a cumplir con el tiempo del discurso sin ninguna intención de crear una realidad mejor y distinta a la postura propia; el no poder entender al otro; el no ser capaces de ver lo que los demás nos acercan desde su potencial, sino sólo desde nuestra limitada experiencia… esas malditas incapacidades… ¿no se habrán originado en negaciones a ver valor en lo que a priori no entendimos porque supuestamente a nosotros no nos decía nada? ¿Se puede realmente afirmar que algo no dice nada, sólo porque no lo entendemos? ¿Nos interesa convencer, o sólo vencer?

Con-vencer es vencer en conjunto, encontrar entre ambas partes una forma de ganar, de ser evidentemente más, de poder aceptar el valor de lo que a priori pueda parecernos “líneas toscas” o “garrapatos”.

El solo hecho de abrir la mente a posibilidades de este tipo me parece positivo; al menos a mí, que evidentemente me siento demasiado lejos de ser lo suficientemente abierto. ¿A cuántos habrá que convencer para se logre una mejora? ¿Qué “maquinaria” de promoción habrá que montar para darle vuelo a una iniciativa de cambio de este tipo? ¿Qué red social habrá que usar para poner de moda a la tolerancia creativa, en vez de a la permisividad para con la violencia de la cerrazón?

El odio –por el que no se entiende– no deja lugar a la compasión (a la pasión compartida), y por lo tanto nos hace querer vencer sin la más mínima intención de con-vencer –evitando de esta manera el “riesgo” de que en ese proceso también nosotros pudiésemos terminar convencidos de algo.

Qué tal si empezamos por mirar con otros ojos a los “garrapatos” inofensivos que nos traen hijos, primos, sobrinos, nietos, etcétera. Pero no subestimándolos con una falsa indulgencia, sino queriendo creer que dicen más de lo que podemos entender al menos por el momento. Dejémonos convencer por sus inofensivas ilusiones y fantasías ya que tal vez, sólo tal vez –y con eso es más que suficiente–, a partir de allí logremos algún día vivir un poco mejor.


J. R. Lucks



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domingo, julio 11, 2010

Prendamos las velas que hagan falta

Uno de esos refranes sencillos, que con pocas palabras simples dice mucho e invita a moverse, propone:

“No maldigas la oscuridad, enciende la vela”.

Bárbaro ¿no? ¡No te quejes, hacé algo!

En una conferencia que el gran filósofo y escritor José Ortega y Gasset diera en la Universidad de la Plata –en Argentina–, hace ya más de 60 años, de una manera soberbia le recomendó a ese pueblo (me recomendó) lo siguiente:

“¡Argentinos, a las cosas, a las cosas! Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismos. No presumen ustedes del brinco magnífico que dará este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva, de tener trabadas y paralizadas sus potencias espirituales, que son egregias, su curiosidad, su perspicacia, su claridad mental secuestradas por los complejos de lo personal”.

La verdad es que tanto el refrán como la cita del discurso de Ortega aplican a cualquiera.

Dejar de lado la mezquindad para hacer cosas grandes. Dejar la oscuridad para ver y ser visto. No buscar (culpas ajenas) donde no hay (más que responsabilidades propias).

Podríamos imaginar una serie de cuestiones hipotéticas (para no ofender ni ofenderme), y si alguna nos resultase demasiado cercana tal vez pudiéramos intentar hacer algo para evitarla. ¿Qué les parece esta lista?:

• Queremos vivir en un país justo, pero apenas podemos nos pasamos un semáforo en rojo o circulamos por las banquinas para ganar segundos en nuestro viaje.
• Queremos un país educado, pero no le pagamos bien a los maestros.
• Queremos que nuestro equipo nacional de fútbol juegue como tal, como equipo, pero somos individualistas al extremo y nos enorgullecemos de serlo.
• Queremos que los jubilados ganen mucho, pero no queremos pagar impuestos.
• Queremos que nos traten con respeto, pero nos encantan los programas de televisión en los cuales se hace “humor” abusando de la gente.
• Queremos que nos den, pero no damos nunca nada o damos sólo lo que nos sobra o molesta.

¿Cómo se cambia la mentalidad de todo un pueblo? ¿Cuánto tiempo se tarda? ¿Se puede?

Degradarla hasta llegar a extremos en que haya que contestar que sí a los “queremos” que acabo de enumerar, evidentemente se puede. ¿Será posible recorrer el camino inverso? O será que la única salida es la destrucción social hasta un punto en el que “haya que comenzar de nuevo”. En el que “mejorar” deje de ser algo deseable para transformarse en obligatorio.

En la historia de la humanidad tenemos varios ejemplos de civilizaciones que terminaron desapareciendo, o siendo “fagocitadas” por otras, por el simple hecho de haberse corrompido a extremos inimaginables, echándole las culpas a la oscuridad en vez buscar velas para prender. Algunas –no todas– renacieron, aunque tardaron siglos e incluso, otras, milenios.

Tal vez tenga sentido hacer caso y dejarnos de cuestiones previas personales, de suspicacias y narcisismos. Tal vez convenga resolverse de una vez, bravamente, a abrirnos el pecho a las cosas, a ocuparnos y preocuparnos de lo que sabemos está mal, directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva, en vez de tener trabadas y paralizadas nuestras potencias buscando que otros solucionen problemas que nosotros mismos creamos, siendo como somos y criando a nuestros hijos con palabras que no se condicen con nuestros actos.

¡Todos a las cosas!, de una vez. Pensemos individualmente que vela tenemos que encender, ya que cada uno sabrá a qué oscuridad le ha estado echando la culpa. Prendamos la luz y paremos esta carrera al vacío que estamos corriendo en la oscuridad más absoluta. Tal vez se pueda, y si no, al menos habrá valido la pena el esfuerzo.




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domingo, julio 04, 2010

A no rendirse

El grandísimo Mario Benedetti nos dejó, entre muchas otras maravillas, un poema que con el nombre de “No te rindas” empieza así:

“No te rindas, aún estás a tiempo
de alcanzar y comenzar de nuevo,
aceptar tus sombras,
enterrar tus miedos,
liberar el lastre,
retomar el vuelo”.


Cada línea es una invitación a pensar, pero por sobretodo a pensarse.

Aceptar las propias sombras; las faltas de claridad que nos hacen tomar malas decisiones, pero que son nuestras y hay que asumir para poder “fabricar” la valentía de pedir y escuchar consejo, ayuda, soporte, complemento. “Usar” las sombras para “hacernos” más, incorporando las luces de otros para aclararnos y ver.

Enterrar los miedos. Dejar de lado lo que nos bloquea el hacer; a cambio de correr ciertos riesgos que en caso de fracaso dolerán, pero que son la única forma de obtener un logro que la abstinencia impedirá con seguridad.

Liberar el lastre, los prejuicios, los condicionamientos –muchas veces autoimpuestos sin necesidad o lógica. Lastres propios, paredes entre las que nos encerramos y que tienen mucho que ver con los miedos y las sombras.

Retomar el vuelo… pero ¿por qué? Bueno, don Mario en la segunda estrofa nos propone una idea:

“No te rindas que la vida es eso,
continuar el viaje,
perseguir tus sueños,
destrabar el tiempo,
correr los escombros,
...”


La vida es viaje, no arribo. Tal vez suene mal, pero el arribo es la muerte; por lo tanto la única forma de vivir es viajar, ir, caminar… Aun sin morir el sentir que se ha llegado –y creer por lo tanto que no existe un donde ir o que ya no se puede avanzar– es en alguna medida una forma de muerte, de asesinato de posibilidades a las que tenemos derecho y también –de alguna forma– estamos obligados.

Siguen algunos versos sueltos, que a pesar de haberlos sacado de distintas estrofas no pierden del todo el ritmo:

“… hay vida en tus sueños...
… la vida es tuya y tuyo también el deseo…
… no hay heridas que no cure el tiempo…
… Vivir la vida y aceptar el reto,
recuperar la risa, …
… celebrar la vida…
… cada día es un comienzo nuevo…”


Algunos viajan, siguen sus sueños, se sienten dueños de su vida y de sus deseos. Los mismos, seguramente, se curan las heridas con el tiempo, aceptan los retos y, por sobre todo, celebran la vida porque cada día es un comienzo nuevo. Esos, como Mario Benedetti, siguen viviendo aun después de haber dejado de viajar, aun cuando una muerte biológica nos los haya arrebatado.

Viajemos la vida, recuperemos la risa –sobretodo los que la hayamos perdido por ahí. La risa, aun de nosotros mismos en situaciones que nos exceden –en vez del enojo, la bronca, la desesperanza–, es en mucho el combustible que necesitamos para continuar viajando.

Una vez, en una situación compleja de mi vida en la que no podía dejar de discutir agriamente y con mucha frecuencia con gente muy querida, alguien me dijo:

–Pero si vieras esta situación en una película, ¿no te reirías? –Y la verdad es que imaginé una escena en la que dos personas, a pesar de amarse mutuamente, no dejaban de discutir por cosas menos importantes que las que las unían, y no pude evitar la contestación afirmativa.

Nada se soluciona mágicamente, pero lo cierto es que en la siguiente situación tensa con esa gente querida pensé en lo que mi amigo me había dicho, me sonreí internamente y me afloje; ese día la discusión no fue tan agria, y al día siguiente volver a empezar el viaje fue mucho menos difícil.

“… Vivir la vida y aceptar el reto,
recuperar la risa, …
Celebrar la vida…
… cada día es un comienzo nuevo…”




J. R. Lucks



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domingo, mayo 23, 2010

Aprender a vivir de nuevo

Una poetisa rusa de nombre Anna Ajmátova, perseguida política (no importa a los fines de este artículo quién la perseguía, todas las persecuciones son malas, las políticas, las religiosas, las que sea), llegó a escribir en el prólogo de uno de sus versos:

“…. fue la época en que sólo los muertos podían sonreír, felices de descansar al fin”

“Confundir” la muerte con descanso, más allá de ser un excelente recurso poético, no es algo poco “común”. Como no llegamos a poder comprender acabadamente lo que la muerte significa no nos llegamos a creer muertos del todo después de muertos, y es por eso que nos vemos “descansando”, o “extrañados”, o “justificados”, etcétera. Fácilmente caemos en la tentación de pensar que las cosas que nos pasan o queremos que nos pasen en vida –descansar, ser extrañados o queridos, etcétera– las vamos a poder “experimentar” desde un más allá que mantiene lazos con el más acá.

Ese poema, de nombre “Réquiem”, consta de varias partes ya que fue escrito a lo largo de un período de tiempo –oscuro, muy oscuro– que Anna vivió. Con su obra la poetisa va contando la historia, y uno de los trozos del trabajo, que se llama “La Sentencia”, dice así:

“Y cayó la palabra de piedra
sobre mi pecho todavía vivo.
No importa. Estaba preparada.
De alguna manera me las apañaré.


Hoy tengo que hacer muchas cosas:
hay que matar la memoria,
hay que petrificar el alma,
hay que aprender de nuevo a vivir”.


La sentencia, el punto final… o hasta el punto y aparte. Un nuevo comienzo. Duro, desgarrante, terrible... pero por otro lado, aprovechable, motivante, liberador.

Esta mujer, que no la pasó para nada bien, en una de sus horas más oscuras y a pesar de tener que “petrificar su alma” escribe: “hay que aprender de nuevo a vivir”.

Seguramente una vida distinta, sin algo querido, con cicatrices de heridas grandes y dolorosas, pero vivir. Si no dejamos que la sentencia nos transforme en cínicos y rencorosos, el aprender a vivir de nuevo puede resultar hasta un ejemplo para otros, un modelo, una guía.

Es casi siempre el hombre el que pone a otro hombre en la situación de Anna. Somos la especie con mayor poder de autodestrucción (sino la única). Pero ninguna otra como nosotros puede aprender a vivir; y menos, aprender de nuevo a vivir.

Por no ser entes autómatas y condicionados a repetir rutinas de alimentarnos y reproducirnos nada más somos capaces de aberraciones increíbles, pero también de las más grandes maravillas en términos de hacer y hacernos el verdadero bien.

¿Somos Anna o sus perseguidores? ¿Sentenciamos o nos liberamos con una sentencia para poder aprender de nuevo a vivir?

Nuestra poetisa terminó sus días fuera de la oscuridad que la hizo escribir “Réquiem”, recibiendo premios a su trayectoria y siendo reconocida con doctorados honoris causa. Evidentemente aprendió de nuevo a vivir, seguramente sin olvidar cicatrices y dolores pero con mucho que decir y diciéndolo, no sólo con poemas sino con su vida y su alma –seguramente no del todo petrificada.

Que nadie a nuestro lado deba decir que somos, aunque más no sea en parte, responsables de una época en la que: “sólo los muertos podían sonreír, felices de descansar al fin”. Si hace falta aprendamos a vivir de nuevo.


J. R. Lucks


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domingo, mayo 16, 2010

Sin límites

En un canal de televisión de mi país volvió a empezar, unos días antes de escribir esta columna, uno de esos concursos en los que varias parejas compiten bailando para ganar algo. Más allá de cuánto me guste o disguste el programa, o que tanto el concurso se use para un fin noble o no, me vino inmediatamente a la cabeza una frase de uno de los bailarines más importantes de todos los tiempos, Mikhail Baryshnikov. Se dice que el dijo alguna vez:

“No intento bailar mejor que nadie. Sólo trato de bailar mejor que yo mismo”.

Siempre me pareció muy poderosa la sentencia. A algunos (particularmente a los que no vieron bailar a don Mikhail) les suena como “blanda”, como proveniente de alguien que no tiene el fuego “sagrado” de la competencia en su corazón. A mí, por el contrario me parece maravillosa porque elimina las orillas. Bailar mejor que otro es un límite concreto, cuando se logra no hay más que hacer. Bailar mejor que uno mismo no tiene tope, se puede mejorar todos los días de la vida y aún así al siguiente habrá un objetivo nuevo, fresco.

No es un refrán –aún– pero debería serlo, así que aquí lo propongo a los lectores:

“No intentes ser mejor que nadie. Sólo trata de ser mejor que tú mismo”.

Lejos está este “recién nacido” refrán del espíritu aparente de los concursos que me llevaron a pensar y escribir esto, llenos de escándalos, peleas, celos, etcétera, etcétera. Lástima y lastima... Pero con cambiar de canal alcanza, por eso cambio –o apago– y me pongo a mirar, buscar, leer otra cosa.

Así fue que leyendo un libro sobre negociación (1), cuyo autor –un conocido mío– me obsequió, encontré esto:

“La excelencia no es ser el número uno en algo, sino ocupar algún lugar digno en todo”.

Somos como somos, pero podemos tratar de desarrollar aquellas cosas que quisiéramos para nosotros. Es magnífico aceptarnos tal cual somos, valorarnos y querernos, pero también es importante pensar que podemos ser mejores todavía y que hay determinados aspectos de nuestra persona o conocimientos nuevos que quisiéramos mejorar e incorporar. Esta decisión es la que quiebra la opción entre ser o no ser conformistas. No debemos serlo, porque el mundo en el que vivimos es dinámico, por lo tanto o nos movemos, adaptamos y crecemos con él o nos quedamos fuera del tiempo real”.


Me pareció una cita muy apropiada para acompañar a la frase de Baryshnikov. Ser número uno versus ser mejor cada día hasta ser lo mejor que podamos ser, sin límite de tiempo; porque hasta el número uno puede mejorar con respecto a sí, si mira para adelante en vez de mirar a los que dejó en el camino.

Ocupar un lugar digno del potencial que tenemos dice el autor es la excelencia. Llegar a ese lugar dignamente y seguir en la búsqueda de nuevos horizontes. Aceptarnos y querernos pero para usar esa aceptación como plataforma de confianza, no como sarcófago.

¿Y cuándo disfrutamos de haber llegado? Tal vez nunca; pero no debería importar, porque hay que aprender a disfrutar el ir. Llegar no es destino, es consecuencia.

Hoy, que vivimos en una sociedad a la que no le gustan los límites, qué mejor que no ponerlos en algo que sí vale la pena, o sea el afán de ser mejores. Tantos límites útiles desdeñamos e ignoramos todos los días; porqué no buscar la infinitud de posibilidades en el dignamente intentar ocupar un lugar cada día mejor, pero no contado desde la cuenta bancaria o desde el televisor y el auto que tenemos, sino desde la colección de virtudes o capacidades que practicamos y adquirimos.

Ojalá el refrán propuesto “pegue” y se haga popular. Tal vez se podría acompañar de algunas frases introductorias, como:

“Te gusta vivir sin límites”, “Querés vivir tu vida sin que nadie te diga hasta donde llegar”, “Sos de los que no se siente cómodo encerrado entre contornos marcados por otros”,… entonces.

“No intentes ser mejor que nadie. Sólo trata de ser mejor que tú mismo”.

J. R. Lucks



Referencias:

(1) Negociando con la vida. Alberto Guida. Grupo Abierto Comunicaciones, 2008.



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domingo, mayo 09, 2010

Aún no es tarde para hablar el mismo idioma

Hay una poesía que da letra a un tema que escuché cantar muchas veces a Gloria Estefan; y que, si bien tiene un sentido particular, me pareció siempre muy bueno como para “estirarlo”, y así poder darle uso en muchas situaciones de cada una de nuestras vidas.

El tema incita a los latinoamericanos a verse como un conjunto de personas a las que une un idioma común, y no como una colección de países que no comparten más que el continente. Más allá de esto, que es obviamente muy deseable, el poema nos enfrenta a una realidad que es más general, y tiene que ver con no querer entendernos a pesar de hablar la misma lengua. El tema empieza de la siguiente manera:

“En la vida hay tantos senderos
por caminar,
qué ironía que al fin
nos llevan al mismo lugar,
a pesar de las diferencias
que solemos buscar.
Respiramos el mismo aire,
despertamos al mismo sol.
Nos alumbra la misma luna,
necesitamos sentir amor.
…"


Nos une mucho más de lo que nos separa, de eso no debería haber duda. Sin embargo nos centramos tanto en nuestra individualidad –haciéndonos así individualistas, adoradores de la individualidad–, que perdemos de vista la raíz común y el hecho de que en realidad “no somos” sin los demás.

Transformamos al otro en audiencia en vez de en complemento, sin darnos del todo cuenta que en realidad para él o ella no somos más que audiencia también. Emitimos sonidos que parecen similares –al hablarnos–, pero como nos preocupamos más por soltar lo nuestro que por recibir lo del otro, no nos comunicamos.

El poema se va directamente a este asunto del hablar, del comunicarse, del porqué producimos conflicto sin razón o no resolvemos los que debemos.

“Hay tanto tiempo que
hemos perdido por discutir,
por diferencias que entre nosotros
no deben existir.
…
Las palabras se hacen fronteras,
cuando no nacen de corazón,
hablemos el mismo idioma
y así las cosas irán mejor.
…
Hablemos el mismo idioma,
que hay tantas cosas porque luchar.
…
Hablemos el mismo idioma,
que nunca es tarde para empezar”.


Más allá de arreglar los problemas entre pueblos latinoamericanos, o europeos, o los que sea –para el caso da lo mismo–, ¿no aplica esto a nuestro entorno más cercano?, ¿no perdemos tiempo discutiendo por diferencias que no deben existir con nuestra pareja, o nuestros hijos o padres?, ¿no tenemos cosas por la que luchar a las cuales podríamos enfrentar mejor si no nos vemos como enemigos que no somos, o como audiencias que no deberíamos ser?

“Nunca es tarde para empezar” es la frase que me quiero quedar. Nunca es tarde para empezar a escuchar, a tratar de comprender, a buscar los puntos de acuerdo antes que enfatizar los de desacuerdo.

Nunca es tarde para darnos cuenta de que perdemos el tiempo intentando sobresalir en lugares en los que no hace falta, porque es mejor ser iguales. Si no sale en el continente, por ser demasiado grande, ¿qué tal en cada uno de nuestros países, o ciudades, o barrios, o al menos en nuestros hogares y en nuestras familias?...

En realidad creo que tal vez sí haya un momento en el que se va a hacer tarde, cuando lleguemos a ese mismo lugar –o tiempo– al que hace referencia la primera estrofa de la canción: al final de nuestra vida. ¿Queremos llegar sin haber entendido nada, sin haber realmente hablado con nadie, sin haber bajado nunca de un escenario en el cuál actuamos un individualismo estéril?

Como no estoy convencido realmente de que nunca sea tarde, para hacerme caso a mí mismo no me voy a enfocar en ese punto de “disidencia” con la letra de la canción. Voy a tratar de hablar el mismo idioma que el autor del poema porque de lo que sí estoy seguro es que si está leyendo esto, y está en algo de acuerdo, pues entonces al menos aún no es tarde, y con eso es suficiente para empezar.


J. R. Lucks




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domingo, mayo 02, 2010

No seamos ataúdes andantes

Hay algunos pseudo-refranes irónicos, o frases “graciosas” que terminan rodando tanto que se semi-inmortalizan, y que no por “poco serias” dejan de dar buenos consejos o postular grandes y nobles verdades. Uno de estos aconseja:

“En procesión fúnebre cualquier lugar es bueno, menos dentro del ataúd”

La muerte, gran tema. Sobre todo cuando nos enfrentamos a la idea de nuestra propia muerte.

Vivimos gran parte de la vida ignorando la muerte, creyendo que es para otros, no para nosotros. Aunque si pensamos un poco en el asunto es probable que venga a nuestra memoria algún momento en el que la deseamos.

Una pequeña cita de un libro llamado La insoportable levedad del ser (1), de Milan Kundera, nos da un ejemplo de sentimientos que muy probablemente alguna vez en la vida hayamos experimentado.

“La desesperanza que se había apoderado del país penetraba por las almas hasta los cuerpos y los destrozaba. Algunos huían desesperadamente del favor del régimen que quería obsequiarles honores y obligarles así a aparecer junto a los nuevos gobernantes. Así murió, huyendo del amor del partido, el poeta Frantisek Hrubin. El ministro de Cultura, ante el cual se escondía desesperadamente, lo alcanzó cuando ya estaba en el ataúd. Pronunció ante él un discurso sobre el amor del poeta a… Quizá pretendiera despertar a Hrubin con aquel escándalo. Pero el mundo era tan feo que nadie tenía ganas de levantarse de entre los muertos”.

Los puntos suspensivos, que colocan un manto de pudor sobre el nombre del país o régimen objeto del supuesto amor del poeta, están simplemente colocados para no poner el énfasis en el quién sino en el qué. Para que más allá de a quién el poeta le escapaba pongamos atención en la desesperanza que sentía. Para no perder de vista la contundencia de la última frase que la situación –cualquiera fuese– le arrancó al autor del libro.

¿Se sintieron así alguna vez? ¿Sufrieron esa desesperanza que hacía de la muerte una seductora tentación? Tal vez… ojalá que no. ¿Tenemos conciencia de cuántos se sienten así en el mundo en el que vivimos? ¿Son más o menos que nosotros? ¿Cuánto hacemos nosotros para que ellos se sientan así –o cuánto dejamos de hacer para evitarlo?

Situaciones como la descripta son críticas, graves. Se desea perder la conciencia, no saber más, no tener que enfrentar por más tiempo una realidad que destroza, que lastima. Se sale de estas situaciones o no. Se las soporta o se les escapa con valor o cobardía, sea cual sea la que lleva a vivir o a morir; cada uno de los que tuvo que enfrentarlas sabrá.

Pero pienso, ¿no vivimos así un montón de otras situaciones sin enfrentar tanta presión? ¿No intentamos perder la conciencia cotidianamente con cosas no tan contundentes como una soga o un revolver pero que causan un efecto similar? Me refiero al alcohol, a las drogas, a perdernos en situaciones o relaciones pasatistas que nos “sacan” del mundo al que no queremos enfrentar.
No es un fenómeno moderno aunque ahora tenga más difusión. La humanidad se emborrachó, se drogó y se dedicó a evadirse de la realidad desde hace miles de años. ¿Será el querer no ser parte de nuestro ser?

No tengo ninguna respuesta, sólo preguntas. Sólo ganas de pensar en esto y tal vez conversarlo… todo lo contrario a evadirme del tema, de esconderlo detrás de una bala o de una botella de cualquier bebida alcohólica.

Ojalá nunca sintamos lo que parecen haber tenido que afrontar Kundera y su poeta. Ojalá que la desesperanza nunca nos cubra como para no querer levantarnos de entre los muertos. Ojalá entendamos que hacer el mundo tan feo como para que eso pase es algo que está en nuestras manos y no en las de otros. Ojalá que no decidamos vivir nuestra vida evadiéndola, matándonos de a poco perdiendo la conciencia con “ayudas” que nos duermen de a minutos.

Suicidarse de a poco, matarse sólo ante ciertos temas que no nos gustan no tiene ninguna posibilidad de no ser cobardía.

Vivamos la vida haciéndole caso al refrán: cualquier lugar es mejor que el ataúd. No seamos pues ataúdes andantes, muertos matándonos de a pedacitos o de a ratos por haber hecho el mundo tan feo que no queramos verlo… tal vez así logremos además hacerlo menos desesperante para otros que tienen menos opciones.


J. R. Lucks


Referencias:

(1) La insoportable levedad del ser. Milan Kundera. Tusquets, 1993.


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domingo, abril 25, 2010

Hagamos experiencia que valga la pena

Vamos creciendo y a los golpes la vida nos va enseñando cosas. Nos vamos “cayendo” y de vez en cuando, muy de vez en cuando, aprovechamos la caída. Vamos aprendiendo de a poco, vamos “ganando” experiencia que muchas veces nos indica qué no hacer, cómo no hacer, porqué no hacer... Vamos perdiendo la inocencia, la frescura impetuosa de la juventud.

Para “coronar” esta visión negativa del desarrollo de la vida hay una especie de proverbio que dice:

“Un pesimista es un optimista con experiencia”.

Pareciera que esa experiencia es mejor no tener que adquirirla. Por eso es que algunos autores y corrientes de pensamiento recomiendan no perder (más bien recuperar) la visión de niño que todos alguna vez tuvimos, cuando no había forma de que tuviésemos experiencia, como si pudiésemos borrar nuestra memoria.

Otra versión –diría que más cruel– postula que la experiencia sólo llega después de lo necesario. Los que la sostienen aseguran que cuando nos equivocamos, cuando nos va mal, cuando erramos, ya es tarde porque el daño está hecho. Una versión representativa de esta línea de ideas es la que hizo popular el boxeador argentino Oscar Bonavena, cuando con sorna decía.

“La experiencia es como un peine que la vida te da cuando te quedaste pelado”.

Como si la vida, sádicamente, disfrutara de nuestras equivocaciones que no ha luego de permitirnos enmendar.

¿Será que es mejor quedarse chiquito? O vivir como si uno fuese chiquito, sin pensar demasiado y dejándose llevar por lo que otros dicen o hacen, ya que de esa forma habrá siempre a quién echarle la culpa.

Pesimismo. Irresponsabilidad. Inexorable sensación de que vamos a perder y sólo en el mejor de los casos nos vamos a dar cuenta tarde, para así poder coronar con amargura el sufrimiento.

Por suerte hay otras visiones del asunto. Particularmente una que rueda por allí y que se atribuye a un escritor y novelista inglés de nombre Aldous Huxley, autor, entre otros trabajos, de Un mundo feliz (1); una visión futurista del mundo pensada en 1932, que se parece demasiado a la sociedad en la que vivimos. Él dice de la experiencia:

“Experiencia no es lo que te pasa; sino lo que tú haces con lo que te pasa”.

Y esta es de las que me gusta, porque me devuelve el control. La experiencia no es algo fortuito que me pasa, no es lo que la vida me depara, no es algo que ocurre… el algo que yo hago ocurrir.

El libro de Huxley no es necesariamente optimista en cuanto a cómo nos habríamos de desarrollar como sociedad; pero evidentemente era su forma de “protestar” contra la experiencia que le parecía a él iríamos a ganar si seguíamos como íbamos.

Pues lamentablemente algo de razón tuvo. Me parece por desgracia que su visión no estaba tan errada. Están pasándonos cosas que “tal vez” no sean buenas como: despersonalización creciente de las relaciones humanas, consumismo al punto de consumirnos consumiendo, idiotización con drogas de todo tipo, y más… Pero por suerte la cuestión no es lo que nos pasa, sino lo que hacemos con eso.

La pregunta es, para los que creen como yo que algunas de las cosas que nos están pasando como sociedad (a nivel mundial) no son buenas: ¿Qué vamos a hacer con eso?

Y está bien pensar las cosas así: no es lo que ocurre, es lo que hacemos ocurrir. No es el por qué nos pasa algo (que tal vez podamos averiguar o no) es el para qué. Qué vamos a hacer con lo que nos pasó. Para qué vamos a usar una caída, un golpe o un error. ¿Para deprimirnos?, ¿para transformar el optimismo en pesimismo? ¿Para comportarnos como niños dependientes de las ideas de otros?... o para algo útil.

La humanidad ha construido y dejado desvanecer ya muchas veces grandes imperios, sociedades y formas de vida superiores que por dejadez y desidia se corrompieron hasta su desaparición. Si se las estudia un poco se encuentran siempre factores comunes que no son muy diversos a los que hoy nos afectan, y que Huxley proyectó hace casi ochenta años. Me parece que vale la pena pensarlo en términos de qué vamos a hacer con “esto”, para que sea buena experiencia y no sólo causa de pesimismos o regresiones infantiles.

Un gran escritor argentino, Roberto Arlt, nos da una pista de por donde empezar a “hacer” para tal vez, sólo tal vez, no volver a caer nuevamente con la misma piedra.

“Si estoy de buen humor, compro un diario y me entero de lo que pasa en el mundo, y siempre me convenzo de que es inútil que progrese la ciencia de los hombres si continúan manteniendo duro y agrio su corazón como era el corazón de los seres humanos hace mil años”.

Para que la experiencia no nos haga peder el optimismo, y podamos usarla antes de quedarnos pelados, me parece que vale la pena pensarlo e intentar al menos hacer algo.



J. R. Lucks


Referencias:

(1) Un Mundo feliz. Aldous Huxley. Ed. Geminis 2003


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domingo, abril 04, 2010

Igualando luces y oscuridades

Hay un día del año más largo que los demás… Bueno, en realidad no, todos los días miden lo mismo, 23 horas, 59 minutos y casi 60 segundos, pero se dice que uno es más largo porque durante dicha jornada el tiempo de luz es máximo y el de oscuridad mínimo. Por supuesto, también hay un día más breve –siguiendo la lógica del tiempo iluminado–, con luces cortas y oscuridades largas. Esto, todo el mundo lo tiene claro.

Lo que me sorprendió a mí una vez, a pesar de que es impresionantemente obvio, es que hay dos días por año en que el tiempo de luz y el de oscuridad son exactamente iguales. Claro, naturalmente, para que haya un día más largo y otro más corto, las luces y las oscuridades tienen que acortarse y alargarse de forma tal que en algún punto, en dos concretamente, inevitablemente habrán de ser iguales.

Los dos días “simétricos” se denominan, equinoccio de primavera y de otoño. De hecho la palabra equinoccio viene del latín, y quiere decir justamente eso: días y noches iguales.

¿Por qué será que estos días, en que luces y oscuridades son iguales, tienen menos “marketing” que el más largo y el más corto? Es más, ¿por qué no llaman más la atención si en realidad son los únicos dos días así entre los 365?, siendo que todos los demás –363, o 364 en los años bisiestos– son “desiguales”. Estos “equi” deberían aparecer como más llamativos, son “el caso raro”.

Pero esto no es lo que me llamó más la atención, sino que aparte estos dos días ocurren en todo el mundo al mismo tiempo . Hay dos jornadas durante el año en que para todos los que estamos en esta piedra dando vueltas alrededor del sol, las luces y las oscuridades son iguales. ¡Ja!

Sé que es obvio lo de los equinoccios. Que tal vez todos lo tenían presente y solamente yo nunca lo había considerado, o sí aunque lo tenía condenado al olvido. Pero la idea de que para todos…, todos…, los casi siete mil millones de personas que habitamos este mundo, dos días al año “luces y oscuridades” fuesen las mismas, me pareció muy poderosa.

Imagínese que esos dos días se nos ocurra hacer que el resto de las cosas también sean iguales. Que todos comamos lo mismo, que todos viajemos en los mismos medios de transporte, que todos tengamos la misma cantidad de esperanzas y posibilidades. Las mismas luces y las mismas oscuridades. ¡Ja!, de vuelta.

He escrito cosas utópicas, pero esta se sale de la gráfica, ¿no? Tal vez, pero no me importa, hoy tengo ganas de soñar.

¿Qué comeríamos ese día?, lo de los millones que mueren de hambre, o alguna especialidad de restaurante gourmet. ¿En qué viajaríamos?, en autos o a pie. ¿Miraríamos todos alguna película en un televisor de ya no se cuántas pulgadas?, o la nada a la que inmensas cantidades de humanos parecieran estar condenados. Serían dos días al año nada más… Sólo pensar en esto ya es un ejercicio interesante.

La mayor parte de los países occidentales, y una gran cantidad de los orientales occidentalizados, vivimos en sociedades con regímenes políticos inmensamente influidos por los preceptos de la Revolución Francesa: Libertad, Fraternidad, y la nunca bien ponderada Igualdad. Y son justamente estas sociedades, occidentales u occidentalizadas, las que han entronizado al individualismo casi como “valor” supremo.

Los seres humanos somos distintos por naturaleza, no soy de los que no aprecian la individualidad, la maravilla que cada uno de nosotros puede ser y hacerse gracias a su propio esfuerzo, a su voluntad y a su libertad; pero me gusta tenerla y “ejercerla” para tratar de ponerla al servicio del grupo en el que vivo. Somos animales sociales, no individualistas que como no podemos vivir aislados nos alimentamos parasitariamente de una sociedad que sólo nos importa en la medida en que mira y consume las últimas fotos que subimos a la más moderna “red social”.

El individualismo es el culto a la individualidad. Es la individualidad por la individualidad misma, es cerrarse en ella, no desarrollarla para compartirla. No nos confundamos. No es lo mismo.

La Igualdad de los franceses no era tampoco ignorar la individualidad. Se referían a la igualdad ante la ley. Pretendían instaurar un estado en el cual todos tuviesen los mismos derechos, porque venían de sociedades en las cuales algunos tenían más que otros. El movimiento revolucionario comenzó porque obviamente los que tenían menos un día se cansaron, aparte de terminar de darse cuenta de que eran muchos más en cantidad.

Y lo lograron. Hoy, por ejemplo, en estos países de los que venimos hablando todos tienen el mismo derecho a la educación y a la salud, ¿no es cierto? Lo que no gozan es del mismo acceso, y en esto tiene mucho que ver, si no me equivoco, el individualismo.

(Acotación, “al margen”: son muchísimos más los que no tienen acceso y seguramente ya se dieron cuenta, lo que no sé es cuándo terminarán de cansarse).

Yo creo que aparte del individualismo –o por su causa– hay mucho de ignorancia. Por eso, con fines educativos, vuelvo a mi utópica idea de proponer un par de días de equi-consumos sobre los equinoccios. O sea un par de días en que los que tienen más acceso consuman lo de los que tienen menos, y porque no viceversa. Para realmente compartir luces y oscuridades, para saber en serio lo que significa una y otra cosa.

“¡No se puede!” –me dirán–, “sería demasiado complejo… más bien imposible”. Bajemos un poco el grado de utopía. ¿Qué tal si un par de días al año al menos pensamos en esto?, dejamos de lado el individualismo y nos damos una vuelta por la Fraternidad de los franceses, porque si tal vez nos diéramos una mano un poco más generosa entre todos, a lo mejor las igualdades de acceso serían algo menos utópicas.

Estamos lejísimos, creo, de poder hacer algo como esto. Es casi más probable que a alguien se le ocurra prohibir los equinoccios, antes que promover un par de equi-consumos por año.

Por eso, empecemos a tomar conciencia en el plano individual, que es el que parece más nos gusta. Que “al menos” un par de veces por año nos de vergüenza que sólo el largo del día y el de la noche se puedan igualar, y ese par de días hablémosle a alguien de eso, por ejemplo a nuestros hijos si tenemos.

Tantos días instaurados por quién sabe quién celebramos en los que se mueven fortunas: el de los enamorados, el de las madres, el del estudiante, el del arquero… y gastamos, y compramos flores, y tarjetas, y chocolates, y nos disfrazamos en el día de brujas, y nos emborrachamos de cerveza para recordar a un santo. Alguien debería ganar unos pesos por instaurar un par de días de la igualdad.

El sistema solar, en lo que puede aportar, ya hizo dos días así: especiales, un par al año, diferentes de los demás; no hace falta mucho esfuerzo para fijar las fechas. Sólo propongo pensar en el asunto, educar sobre el tema, y juntar la misma cantidad de dinero que gastamos en pavadas alguno de los otros días “celebrables”, para ponerla a la causa de la igualdad de luces y reducción de oscuridades.

¡Ja!, por tercera vez… ¿No sería buen negocio?

La igualdad de los equinoccios y la de los franceses, y el gusto de pensar con poesías, me llevaron a la Marsellesa.

"¡A las armas, ciudadanos!
¡Formad vuestros batallones!
Marchemos, marchemos,
¡Que una sangre impura
empape nuestros surcos!"

Empecemos antes de que sea demasiado tarde, para que en vez de que millones tengan que cantar este estribillo, los que nos siguen puedan entonar con orgullo las últimas estrofas de ese himno.

"Nosotros tomaremos el camino
cuando nuestros mayores ya no estén,
allí encontraremos sus cenizas
y la huella de sus virtudes.
…
¡nosotros tendremos el sublime orgullo
de … seguirles!"




J. R. Lucks


Referencias

(1) Astrónomos y estudiosos de los movimientos celestiales, por favor abstenerse de mediciones muy exactas.



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domingo, marzo 28, 2010

Si no puede con ellos, aguante pero no se les una.

Hace un tiempo leí un libro que se llama El Acoso Moral (1). En él, la autora, una psiquiatra y terapeuta familiar de nombre Marie-France Hirigoyen, se ocupa del fenómeno del maltrato psicológico en la vida cotidiana. Un muy buen libro, definitivamente no para pasar el rato.

En alguna parte del escrito la autora nos muestra el fenómeno más desde un plano social que personal, y algunas de las cosas que dice, por ejemplo, son:

“Con el pretexto de la tolerancia, las sociedades occidentales renuncian poco a poco a sus propias prohibiciones. Pero, al aceptar demasiado, [...] permiten que se desarrollen en su seno los funcionamientos perversos. Numerosos dirigentes [...], que ocupan no obstante una posición de modelo para la juventud, no muestran ninguna preocupación moral a la hora de liquidar a un rival o de mantenerse en el poder. […] Otros se enriquecen gracias a una delincuencia astuta hecha de abusos de bienes sociales, de estafas o de fraudes fiscales. La corrupción se ha convertido en una moneda corriente. […], basta con que un grupo, una empresa o un gobierno cuenten con uno o con varios individuos perversos para que todo el sistema se vuelva perverso. Si esta perversión no se denuncia, se extiende subterráneamente mediante la intimidación, el miedo y la manipulación. Efectivamente, para atar psicológicamente a un individuo, basta con inducirlo a la mentira o a ciertos compromisos para convertirlo en cómplice del proceso perverso. […] Tanto en las familias como en las empresas y los Estados, los perversos narcisistas se las arreglan para atribuir a los demás los desastres que provocan, se presentan luego como salvadores y se hacen así con el poder. En lo sucesivo, para mantenerse en él, les basta con no tener escrúpulos”.

Nos presenta una realidad que conocemos, pero que no por eso deja de asustar, ¿no? Es de esperar que todavía sí. Y ¿por qué pasa esto? La autora sugiere:

“[…] la multiplicación actual de los actos de perversidad en las familias y en las empresas es un indicador del individualismo que domina en nuestra sociedad. En un sistema que funciona según la ley del más fuerte, o del más malicioso, los perversos son los amos. Cuando el éxito es el valor principal, la honradez parece una debilidad y la perversidad adopta un aire de picardía”.

¿Y entonces?, ¿tiene arreglo esto?, ¿querremos arreglarlo?...

Me vino instantáneamente a la mente un refrán de los que para mí está en la categoría de maldito; tal vez injustamente en algún caso particular, pero aplicado a esto de lo que estoy escribiendo maldito con seguridad. El maldito refrán dice así:

“Si no puedes con ellos, úneteles”

Claro, es tarde ya… son demasiados… ¡No!, en realidad no son demasiados, pero como dice Marie-France con pocos alcanza. Toda una manzana se pudre por un pequeño pedacito podrido que no se saca a tiempo. Por eso si no podemos sacar a los podridos, ¡pudrámonos con ellos!... ¿no?

El libro es muy interesante, y habla en realidad mucho más del fenómeno a nivel personal, familiar; donde sí se puede hacer algo para cambiar, para entender el dolor que se le causa a otro y tratar de evitarlo, o para comprender cómo un tercero pretende manipularnos y escapar así del acoso.

Una frase con la que la autora expresa lo malo que es el maltrato psicológico –particularmente en los niños–, lo dañino que es destruir a otro en su voluntad –sea en el plano individual o en el colectivo como se describe en las citas anteriores–, me pareció notable:

“La condena a la impotencia es la peor de las condenas”

¡Brutal! El “si no puedes con ellos”… no es más que la expresión amable de una condena a la impotencia.

¿Y qué hacemos?… Aparentemente estamos “condenados” a vivir en el mundo que describe Marie-France. Pero, ¿por qué creer que estamos también condenados a la impotencia, a la peor de las condenas?

Habría que “revolucionar” las cosas… pero para que la revolución ocurra –dicen los que saben– hay que tener conciencia de la indignidad en la que se vive. Nadie que se sienta “cómodo” inicia una revolución, pero tampoco el incómodo que no se da cuenta, que no percibe, que no tiene tiempo para pensar en su indignidad porque se la pasa colgado de la televisión, o la carrera por poseer, o del entrenamiento de turno que la sociedad de consumo –que no nos quiere revolucionarios– inventa o pone de moda para adormecer.

Por suerte, al igual que como Marie-France asegura: con pocos alcanza para pudrir, para incitar las revoluciones tampoco hacen falta muchos. Con que algunos logren llevar a las masas a ese estado de conocimiento de su propia indignidad que se necesita, el resto es casi automático. Nadie garantiza que lo que venga será mejor, pero ciertamente no es tampoco imposible el que lo sea.

Si quiere sentirse condenado a la peor de las condenas, únase a ellos, tal vez con el tiempo la pérdida de conciencia le permita realmente disfrutar de la corrupción y de la perversión.

Si no quiere sentirse condenado a la peor de las condenas no se una. Revolucione. Ayude en la tarea de alertar a las masas sobre la indignidad en la que vivimos. Eduquemos y eduquémonos, en algún momento va a producir efecto. En algún momento la masa va a terminar sintiendo que es demasiada la opresión de la moda, de la publicidad, del consumismo que lo consume a uno alimentando constantemente el afán de consumir.

Los procesos históricos son muchas veces demasiado largos como para ver resultados, pero son inexorables y algún día hay que empezar. Que cuando en algunas centurias se escriba la historia de cómo el mundo redujo sus niveles de corrupción e individualismo, de cómo se volvió a entender que la ley del más fuerte o malicioso no era la más adecuada, de cómo las masas se percataron de que el éxito no era el valor principal, la honradez era una virtud y la perversidad una conducta deleznable, se diga que dicho movimiento revolucionario comenzó a gestarse a principios del siglo XXI.


J. R. Lucks





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domingo, febrero 14, 2010

Charlar con el viento

Cuesta hoy en día mirar la televisión, escuchar la radio, o leer un periódico sin espantarse, ¿cierto? Crímenes, accidentes, exaltación de lo degradante, múltiples crisis de lo que deje al televidente, oyente o lector, enganchado la mayor cantidad de tiempo posible.

Soy de los que cree que la cosa no está peor que siempre, el asunto es que ahora hay más canales, más radios, y un poco menos de pudor. Las bestias exaltadas, los adictos, los criminales siempre existieron, pero antes no se los “publicitaba” tanto. Guerras hubo siempre, pero sólo ahora las transmiten en directo. Todos los veranos hizo calor, pero ahora –con tanto medio de comunicación necesitado de audiencia– lo hacen noticia al titular: “explota la ciudad”, “el país es un horno”, etcétera. El amarillismo y la exageración se extendieron hasta la temperatura y la humedad.

Causa vértigo salir a la calle, porque todo lo que pasa en la tele “nos puede pasar”, ¿no es así? Incluso, ese desastre natural en un pueblo del medio de aquel lugar que no conocemos, del que nunca nos hubiésemos enterado antes pero que por ahora es noticia hasta que otro desastre o crimen o pelea de artistas lo destrone, se puede repetir en nuestra ciudad, ¿o no?, ¿no produce eso la globalización?

La realidad que los medios nos tiran por la cabeza produce dolor, lastima, agrede constantemente, por eso pareciera que vivir se ha convertido en un gran peligro.
Cuando terminé de pensar en eso, justo en el medio de un brote paranoico que me impedía incluso mirar para el costado, escuché un tema de un grupo de rock de nombre La Renga, que dice cosas así:

“Hoy me detuve en tu mirada que raja el velo del dolor
y supe que hay mucho más que percibir
en este mundo que todo lo muele y desgarra.
…
El águila muerte siempre vuelve y afina su aguda vista
hoy cualquiera puede morir sin saber cómo fue vivir.
Yo sólo espero, sin dormirme en mis sueños,
estar tan lejos, lejos de esa ignorancia”.

Claro, el asunto no es intentar un escape de los aludes o inundaciones globalizadas, o pretender esconderme de los crímenes que las fuerzas de seguridad no pueden controlar –o dejar de apañar. Lo que el “Chizzo” Nápoli, el autor del tema, teme, es a lo único que en realidad hay que tenerle miedo, a “morir sin saber cómo fue vivir”. Yo, como él, también espero estar muy lejos de esa ignorancia.

Qué buena forma de decir lo que deberíamos decirnos todos los días bien temprano. No es que sea yo fanático de La Renga, o de su tipo de música, pero una letra como esta debería escucharse más seguido. Que mágico es poder decir tanto con tan pocas palabras.

Habrá que discutir luego qué es vivir. Pero claro, ahí empezarán los entuertos. ¡Vivir es consumir!, me dirá el gerente de marketing y ventas del mundo globalizado. Disfrutar consumiendo. Comprando para consumir. Consumir, consumir, consumir, eso genera fuentes de trabajo, que a su vez hacen que el nivel de vida de la gente suba, para que puedan consumir, más, y más. Vivir es consumir.

No. No me cierra. Viene a mi mente la imagen de uno de esos pequeños animalitos de laboratorio (hamsters, ratas, cobayos), corriendo sin parar en una rueda sin fin sólo para provecho del científico que lo estudia o la diversión de su hijo, que consumen hasta la vida del bicho al que no dejan parar de correr.

Cada uno tendrá su pasión, la mía es reflexionar, leer, escribir. Tal vez la de alguno sea consumir, lo cuál no voy a criticar, pero ¿eso es vivir?, ¿reflexionar, leer, consumir? No creo. Reflexiono para vivir mejor. Leo para aprender y poder vivir más cosas. Consumo lo que necesito para vivir. Esto no es lo mismo que vivir para consumir, o vivir para escribir o leer.

No creo tener “la” respuesta. Que cada uno busque la suya, después de todo estas columnas no pretenden proveer respuestas, sólo son invitaciones a pensar. De lo que estoy seguro es que conectados a la televisión, o paralizados debajo de un diario amarillista, creyendo vivir de prestado en las vidas y los escándalos de otros, seguro nos morimos sin saber realmente cómo fue vivir.

Como me gustó el planteo del asunto que me acercó el “Chizzo”, dejo que él proponga algo que me parece bastante cercano a lo que podría ser una buena respuesta, aunque no tenga porqué ser la suya:

“Hoy que no hay tiempo que perder,
que todo anda a reloj,
que se destruye sin razón,
y la vida muere en un discurso,
y alguien se encarga de encerrarte,
y otro prepara el fin del mundo,
y tan lejana queda la esencia,
que sólo el hecho de encontrarte para mí
le da sentido, le da sentido a mi vida".

La pareja, el o la compañera, la base de la familia, la construcción de la sociedad desde su unidad más básica, la educación posterior de esa familia… Tal vez esté yo “estirando” un poco más de lo debido las palabras del poeta. No sé. Así leo yo la frase: “sólo el hecho de encontrarte para mí, le da sentido a mi vida”.

“Sólo eso, sólo eso
despierta en mí el viento que todo empuja
Sólo eso, sólo eso
qué más puedo esperar, sólo eso”.

Como dije no tengo respuestas, ni creo que usted quisiera que yo se las diese. Pero algo debe despertar en mí y en usted un viento que nos empuje para estar lejos de la ignorancia de morir sin saber como fue vivir. Y lo que sí dudo mucho es que lo encontremos en los amarillentos titulares que exaltan crímenes, desastres y desmanes.

Alguien hay (y si no, habrá ya que salir a encontrarlo) que nos haga olvidar de toda la porquería que nos exageran, y le de sentido a nuestras vidas como para querer que el mundo empiece de vuelta, que la humanidad se vuelva a fundar en un amor y en el fruto de ese amor. Ese, o esa, debe ser, con seguridad, un viento lo suficientemente fuerte. Dedíquele un rato a pensarlo, es muy probable que vivir tenga algo –mucho– que ver con eso. De ser así tal vez convenga apagar la tele o dejar el diario, y ponerse a conversar.


J. R. Lucks




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domingo, enero 10, 2010

La revolución de los buenos

Hay una frase que siempre me gustó mucho (debería según yo considerarse digna de ser “elevada” a la categoría de refrán), que dice algo como esto:

“Lo único que necesita el mal para triunfar, es que los hombres buenos no hagan nada para evitarlo”.

La frase se le asigna a un político y filósofo Irlandés de nombre Edmund Burke, que vivió en el siglo XVIII.

Algunas fuentes le atribuyen a este hombre la paternidad del conservadurismo moderno. Esto me resultó interesante, porque si hay un conservadurismo moderno quiere decir que, supongo vía una revolución, “destronó” al conservadurismo antiguo. Llamativo. Una vez que el revolucionario se instala en el poder quiere conservarlo, por eso se transforma en conservador, pero “moderno”. A veces pienso que si sólo pudiésemos evitar el sufrimiento que nuestros políticos nos causan, y nada más no riésemos de sus idioteces, no necesitaríamos programas cómicos.

Más allá de este paréntesis, hay algunas cosas que sí se le atribuyen con certeza a Burke con las cuales estoy muy de acuerdo, sea conservador o no. Por ejemplo:

“El hombre está calificado para gozar de libertades civiles en la misma proporción en que esté dispuesto a poner límites morales a sus propios apetitos, en proporción a lo que su amor por la justicia sea superior a su rapacidad, en proporción a lo que su sentido común y su capacidad de entendimiento estén por encima de su vanidad, en proporción a cuánto este dispuesto a escuchar el consejo de sabios y rectos en vez de las adulaciones de sus sirvientes”.

No se cuántos políticos pasan por esta prueba. No se cuantos de nosotros pasamos por esta prueba. Si esto no es justo y equilibrado, no se que es justicia ni equilibrio.

Otra frase de Burke que me gustó mucho, y cuyas consecuencias lamentablemente los humanos hemos visto comprobarse una y otra vez, dice:

“Cuando se produce una separación entre la libertad y la justicia, ninguna, en mi opinión, están a salvo”.

Interesante. Me pregunto, ¿alguno de nuestros gobernantes habrá leído estas frases tanto como parecen haber leído y releído a Maquiavelo?

Volviendo a la primera cita que fue la que dio origen a esta columna: ¿qué hay que hacer para que nos creamos lo que dice la frase? ¿Qué materia hay que agregar en las escuelas para que los chicos actúen como sugiere Burke, o quién sea verdaderamente el que puso esas palabras juntas?

Yo estoy convencido de que no hay más gente mala que buena; al contrario, malos en serio hay realmente pocos en proporción a los buenos, a los trabajadores, a los esforzados, a los fieles. ¿Por qué no aplican las reglas de la democracia y los buenos le ganan a los malos? ¿Qué revolución hay que hacer para que se pueda instaurar un nuevo conservadurismo en el que los buenos dominen?

No tengo ninguna respuesta, sólo preguntas. Me alegro de aún tenerlas, quiere decir que no perdí la esperanza. Pienso. Píenselo.

Algunas corrientes filosóficas definen al mal como falta de bien. No como algo en sí mismo, sino como un defecto, como un “hueco”. Suena, esta forma de pensar, también a injusticia: al no hacer el bien necesario, se está permitiendo o causando un mal.

Creo que algunos malditos han ido un poco más allá y le han dado entidad a una maldad que me parece no es sólo falta de bien, sino que es creación de necesidad de un bien que luego se niega o se escatima. Creo que hay una versión de mal que es destrucción, muchas veces sólo por diversión. Otros males tienen que ver con impedir: educación, salud, desarrollo. Desgraciadamente hay demasiadas variedades de mal.

Como me gustan los refranes busco en ellos, y siempre encuentro algo que me ayuda a salir de pensamientos como este. Por ejemplo:

“No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista”.

Sabiendo que los malos son menos, tendiendo en cuenta este refrán (al que le creo), y confiando en que el día que los buenos hagan algo el mal dejará de triunfar, me quedo un poco más tranquilo. La revolución de los buenos ya va a llegar. Las revoluciones suceden cuando nos damos cuenta de que no queremos que nuestro cuerpo siga resistiendo, allí es donde nos revelamos. Lástima que haya que esperar tanto, por eso:

“No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy” y “No pidas que otro haga lo que tu puedes hacer”.

Después de todo:

“Para hacer el bien no hay que pedir permiso”.


J. R. Lucks







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domingo, enero 03, 2010

Pensar para donde vamos

“Por correr el hombre
no puede pensar,
que ni él mismo sabe
para donde va”.


Esta es una estrofa de la poseía “Vuele bajo”, de Facundo Cabral, que da letra a la canción del mismo nombre.

Siempre la tomé como una buena advertencia, aunque esté expresada en forma de conclusión. Lo cierto e indiscutible es que si se quiere llegar a algún lugar, hay que saber primero cuál es ese lugar.

Lewis Carrol, en su “Alicia en el país de las maravillas”, hace decir esto a dos de sus personajes:

“Alicia: - ¿Qué camino debo seguir?
Maestro Gato: - ¿Para dónde quieres ir?
Alicia: - ¡No lo sé!
Maestro Gato: - ¡Entonces, cualquier camino sirve!”


Esta conversación siempre me causó confusión. Cualquier camino, (todo camino) lleva a algún lado (aunque más no sea al equivocado). Elegir un camino es elegir un destino también. Por lo tanto, si la pobre Alicia eligiese un camino, cualquiera, entonces ya sabría donde está yendo. Al elegir ya no sería cierto que no sabe donde quiere ir, estaría en viaje hacia donde ese camino la lleva. Aún en el caso de que tomase un camino al azar, sin saber donde termina, sabría que está yendo a ese lugar y no a otro.

Desde mi punto de vista –muy lejos de lo que recomienda el Maestro Gato– no hay camino para el que no sabe adonde ir. No concuerdo con que cualquier camino sirve; al contrario, creo que ninguno sirve hasta que uno no se decide. Primero hay que saber, y después ir.

La angustia que produce el no saber adonde ir es buena, ayuda a desear una respuesta, moviliza a buscar un destino. La posibilidad de elegir cualquier camino, creyendo que el que sea va a ser bueno, no debería nunca ser una solución viable, no debería calmar esa angustia.

Hay demasiada gente hoy dispuesta a decirnos adonde ir o qué camino tomar, sobre todo cuando no sabemos cuál elegir. Muchos de esos son los que nos hacen “correr”, y así nos mantienen sin poder pensar por nosotros mismos adonde vale la pena llegar.

Lo llamativo es que casi todos los caminos que nos recomiendan terminan en un centro comercial, en una suscripción a algún servicio que supuestamente nos ha de resultar maravilloso, o en algo similar sostenido por nuestras “módicas” donaciones o aportes.

La tan repetida frase: “pruébelo, y si no le gusta le devolvemos su dinero”, es un “bajador de angustia” como el tomar cualquier camino sin saber adonde ir. Se nos presenta como una opción sin riesgo. Se hace implícito que al no saber adonde ir, no importa donde lleguemos. Es la ilusión de que no podemos fallar: “nunca llegaremos a un lugar equivocado o indeseable si no podemos definir cuál es el deseable o el correcto”. Para muchos, entonces, mantenernos en la ignorancia en términos de qué queremos, es mejor que darnos el tiempo de decidir. Por eso nos hacen correr.

Me pregunto, ¿por qué nos dejamos llevar?, ¿por qué casi todos los programas de noticias son de opinión y no sólo reportes de los acontecimientos, así el que los escucha puede valorarlos por si mismo?, ¿por qué las opiniones y los puntos de vista formados parecen ser más valiosos que las preguntas?

Parafraseando al Maestro Gato: ¿cualquier respuesta será buena cuando no se sabe la pregunta?… ¡No! Saber cuál es la pregunta correcta es, la mayoría de las veces, más importante que la respuesta.

El mundo de hoy nos quiere dar respuesta (solución, producto, servicio, opinión formada) a muchas cosas, que como nos la pasamos corriendo, no sabemos si son las que nos van a llevar donde queremos ir. Por favor, no tome esto como una opinión necesariamente válida, pero hágame caso en algo: ¡pregúntese cuál es su versión de las cosas!

La canción de Cabral no me gusta del todo, porque él, al menos en esa letra, termina recomendando esto:

“No crezca mi niño,
no crezca jamás,
los grandes al mundo,
le hacen mucho mal.


[…]

Siga siendo niño,
y en paz dormirá,
sin guerras,
ni máquinas de calcular”.


Me da mucha pena ser en parte responsable de un mundo en el que haya que recomendarle a un niño no crecer, aunque más no sea metafóricamente.

El Maestro Facundo les pide a los niños que no dejen de serlo. Sabemos por experiencia que los pequeños preguntan, se preguntan, no paran de preguntar, en general no se conforman con la primera respuesta. Estoy de acuerdo con él en mantener esta curiosidad e interés por saber, pero me apena tener que pedirles a los niños que no crezcan por no poder confiar en nuestra habilidad para mantenernos curiosos.

El estribillo de la canción dice:

“Vuele bajo,
porque abajo,
está la verdad.
Esto es algo,
que los hombres,
no aprenden jamás".


No es por pelearme con Cabral, pero revelémonos contra esta última afirmación. ¡Aprendamos!
Estamos rodeados de ejemplos de cómo no hacer las cosas. ¡Aprendamos! No hagamos un mundo en el que a nuestros hijos haya que recomendarles quedarse chiquitos.

Decidamos si queremos seguir yendo a un “lugar” en el que los niños no deban crecer, o a otro en el cual estos puedan ser niños y los adultos capaces de ayudarlos a desarrollarse, contenerlos mientras crecen, amarlos y nutrirlos en vez de tener que “podarlos”. ¡Hoy decidamos!, porque si seguimos sin saber adonde ir le vamos a terminar haciendo caso al Maestro Gato, vamos a tomar cualquier camino, y la metafórica profecía de Cabral se va a hacer incuestionable.

Muchos de los niños de hoy, por el solo hecho de ser niños –como Alicia–, seguramente tampoco saben donde les conviene ir. No creo que recomendarles tomar cualquier camino, o dejarlos encontrar cualquier respuesta en una red social en Internet, en una publicidad, o en un video juego, sea lo mejor.

Que tal si paramos de correr, si decidimos adonde queremos ir y llevemos allí a los niños allí mientras crecen, para que ellos no tengan que recomendarles a los suyos, ni siquiera metafóricamente, que lo mejor es dejar de crecer.


J. R. Lucks




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domingo, diciembre 13, 2009

Hacer y hacerse

Volví a escuchar, hace unos días, una frase proveniente de la filosofía de Jean Paul Sartre que asegura lo siguiente:

“Un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”.

Siempre me pareció ésta una idea poderosísima. Más que una idea, en realidad, una cantidad de ideas empaquetadas en una frase tan compacta y armoniosa, que podría incluso ser slogan de una marca de zapatillas, de alguna bebida espirituosa, o de alguna empresa de telefonía móvil.
Permítaseme practicarle una disección.

La segunda parte siempre me incomodó: “…lo que hicieron de él”, o ella. O sea: nos hacen. Estamos “hechos” por otros. Es en gran medida cierto: nos educan; nos condicionan; nos enseñan; nos exponen a ciertas cosas y a otras no, y a partir de allí somos de una manera y no de otra.

Sé que es así, pero se produce en mí una rebelión; no me gusta, me parece demasiado pasivo. Aunque creo, por desgracia, que es innegable que pueda considerarse a demasiados de nosotros como no mucho más que receptáculos en los que padres, maestros, amigos, cultura, televisión, diarios, etcétera, vacían sus “contenidos”; algunos de ellos haciéndolo con amor, otros como si llenaran un pozo ciego (negro, séptico).

“Dime con quien andas y te diré quien eres”.

Por algo este refrán es refrán. “Eres” con quién andas. Aquellos con los que andas te hacer “ser” lo que eres. Me parece un poco exagerado, aunque con mucho de verdad.

Pero, en mi opinión, no para todos es tan así como le leo a Sarte. Es cierto que las influencias externas son fundamentales en la formación, pero algunas de las mías las elegí yo. No estoy “condenado” a ser pasivo (si algún psicoanalista está leyendo esto seguro saca conclusiones interesantes). A mí Nietzsche no me vino a buscar, tampoco Sarte mismo, o Lao Tse y así cientos más. No me los enseñaron en mi casa o en la escuela, simplemente me los fui encontrando o buscando, los fui incorporando, completos o no, creyéndoles todo, parte o nada.

Algo de lo que soy no es lo que hicieron de mí, sino lo que yo hice de mí. No me resigno a ser sólo lo que hago con lo que alguien más hizo de mí. No sólo eso, pretendo ser más que lo que logro hacer, con lo que hicieron e hice de mí. Quiero tener el poder de saber que si hay algo que aún no puedo hacer, no estoy atrapado, sino que me puedo hacer a mí mismo capaz haciéndome más de lo que soy. No quiero límites a lo que soy, ni tampoco autorías totalmente ajenas.

Defendiendo la frase Sartreana me diría: te hacés más porque alguien hizo de vos una persona con intereses y voluntad de crecer. Puede ser. Pero la misma genética no deja hermanos idénticos, ni siquiera la misma crianza o educación. Puede ser que seamos meras consecuencias de algo externo a nosotros, pero no me lo creo. Prefiero no creérmelo. Prefiero creer que mi voluntad de ser me hace ser más de lo que hicieron de otros de mí.

Siguiendo con la disección, la primera parte de la frase del amigo Jean no es menos “polémica”: “Soy lo que hago…”. Reduciéndola podría decir: hago casas, soy albañil; hago asientos contables, soy contador. No me convence, soy más de lo que hago. Hago lo que puedo, lo que me sale, pero soy más que eso. Lo que hago es historia, está hecho; sin embargo parte de lo que soy es potencial, proyectos, ilusiones, ideales, es futuro, es capacidad por desarrollar, es algo que todavía no hice.

Sé que es injusto de mi parte “pelearme” con Sarte sin dejarlo defenderse. Está claro que coincido en que hacer es importante. La intención se manifiesta verdaderamente sólo en la acción. Para muchas filosofías no “existe” lo que no se percibe, lo que no tiene una manifestación sensible; para ellas, podría exagerarse: si no hago no soy. No estoy de acuerdo en un ciento por ciento, pero entiendo el sentido básico de esta idea y me parece razonable.

Un refrán interesante en este orden de ideas nos enumera:

“Hay tres clase de hombres: los que hacen, los que ven hacer, y los que se preguntan porqué les han hecho lo que les hicieron”.

Evidentemente quiero ser de los primeros. Ser espectador no fue nunca mi rol preferido, y el de víctima siempre me pareció patético. Pero el hacer es sólo una parte del ser. Hacer es muchas veces equivocarse, y no se es un error. Defendiendo, nuevamente, la literalidad de la frase de Sarte me diría a mí mismo: “es que si te equivocas no es que seas un error, es que tu error demuestra que no eres perfecto, demuestra que eres humano”. Si claro.

Como se habrá dado cuenta el lector estoy pensando en el papel en el que escribo. No tengo conclusiones, sólo pensamientos… después de todo esto no es más que una invitación a pensar; esto no es ni pretende ser una clase magistral.

Lo que sí me gusta de la frase, definitivamente, es que pone la responsabilidad en uno, en lo que uno hace con lo que es (sea que otros nos hayan hecho o que hayamos participado de la obra). Hablando en refranes se podría decir:

“A lo hecho, pecho”.

Creo ser más que lo que hago, creo ser más que lo que los demás hacen de mí, creo que Sarte sintetizó muy bien un montón de ideas en esta frase (aunque no esté de acuerdo con varias de las cosas que piensa y enseña), y estoy seguro de que me gustaría muchísimo poder tomarme (haber podido tomarme) un café con él y discutir sobre estos asuntos.

Es lamentable pensar que haya humanos que no hacen nada. Otros que no participen de la obra de hacerse a sí mismos, o que se dejan hacer por publicidades o modas. Cualquiera de los dos tipos, de los que lamentablemente creo hay cada día más, responden tal vez a este otro refrán:

“Hay muchos tontos que nacen, pero son más los que se hacen”.

No leo el “hacen” como sinónimo de fingir, sino de fabricarse a sí mismos. Se hacen tontos no haciendo nada, o se dejan hacer tontos por alguien que solamente los hace vivir para comprar la última oferta, o seguir la última tendencia de la fugaz moda.

Puede estar o no de acuerdo conmigo, pero si “aguantó” este comentario hasta aquí, con seguridad, es porque usted es lo suficientemente humano como para no dejarse hacer solamente por otros, o para nada más sentarse a ver qué es lo que hacen los demás. Salud por eso.

Espero realmente que la “rebeldía” que muestran las nuevas generaciones, mucho más autodeterminadas de lo que fuimos yo y la mía, los lleve a hacer y hacerse por sí.

En el “pasado” nos dejábamos influir más por la autoridad, por los modelos sociales, por las grandes o pequeñas religiones, y es así que en gran parte nos hicieron lo que somos. Los jóvenes de hoy se rebelan a todo eso. Espero realmente que los que quieran hacerlos ahora, en pantallas gigantes y a todo color, no logren atraparlos para siempre.

Si aplican su rebeldía (que ¿quién les hizo?, le preguntaría yo a Sarte entre café y café) a ser lo que quieren, muy probablemente su futuro sea mejor que nuestro presente. Salud por eso también.


J. R. Lucks





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domingo, diciembre 06, 2009

Sueño Galatéico… o pesadilla

Galatea fue siempre para mí un personaje interesantísimo de la mitología. Su nombre tiene que ver con la blancura, por comparación con la leche. De la palabra original en griego, gala –que significa leche–, derivan otras relacionadas, como por ejemplo galaxia (vía láctea).

El nombre se usa en al menos dos mitos. Uno en el que una pobre doncella con ese nombre termina, después del asesinato de su amado a manos del cíclope Polifemo, siendo la madre de Gálata y Celto, dioses de los pueblos de nombres homónimos.

El otro mito, que es el que me interesa compartir hoy, es el de Pigmalión, un rey de Chipre a quién como no le gustaba ninguna mujer, “fabrica” una (esculpiéndola en marfil) acabando enamorado de ella. Por obra de Venus (o Afrodita, dependiendo si siguen las “novelas” griegas o las romanas), diosa del amor, ésta termina cobrando vida.

A raíz de este mito luego se desarrollaron varias piezas literarias y teatrales, como la obra de 1916 de George Bernard Shaw, “Pigmalión”, sobre la cuál luego también se basó el musical “My Fair Lady” (Mi bella dama), de mitad del siglo XX. Pueden citarse otros ejemplos de piezas que han “usado” la idea, como los guiones de las películas “Mujer bonita”, o incluso “S1m0ne” (Simone). Tampoco tenemos que dejar de lado algunas adaptaciones un poco menos obvias (tal vez), como la que pudiera intuirse en la historia de Pinocho.

El poeta romano Ovidio, en “Las Metamorfosis”, cuenta una de las primeras versiones del mito. Aquí incluyo alguno de sus versos.

“… ofendido por los vicios
que numerosos a la mente femínea la naturaleza dio,
célibe de esposa vivía
y de una consorte de su lecho por largo tiempo carecía.

Entre tanto, níveo, con arte felizmente milagroso,
esculpió un marfil, y una forma le dio
con la que ninguna mujer nacer puede,
y de su obra concibió él amor…

…muchas veces las manos a su obra allega,
tanteando ellas si sea cuerpo o aquello marfil,
y todavía que marfil es no confiesa.

Los labios le besa, y que se le devuelve cree
y le habla y la sostiene
y está persuadido de que sus dedos se asientan
en esos miembros por ellos tocados,…

…tras cumplir él su ofrenda, ante las aras
se detuvo y tímidamente: “Si, dioses, dar todo podéis,
que sea la esposa mía, deseo” –sin atreverse a “la virgen
de marfil” decir– Pigmalión, “semejante”, dijo, “a la de marfil.”…

…Cuando volvió, los remedos busca él de su niña
y echándose en su diván le besó los labios:
que estaba templada le pareció;
le allega la boca de nuevo, con sus manos también los pechos le toca.
Tocado se ablanda el marfil y depuesto su rigor
en él se asientan sus dedos y cede,…”

Esto fue escrito por allá por los años en los que Cristo nacía, con lo cual, la “carga” machista de que el escultor estaba motivado a crear su propia mujer debido a “los numerosos vicios de la mente femenina”, es algo de lo que no me hago cargo (se pelean con Ovidio por favor, conmigo no). Yo solamente transcribo, no es eso lo que al menos a mí me pone a escribir.

Lo que me resulta interesante para esta invitación a la reflexión es el tema implícito de que uno se enamora de su obra, porque en definitiva la propia obra “es” uno. Lo que además sugiere que uno, en soledad, puede “crear” la perfección desde “su” punto de vista. Interesante, aunque tal vez (más bien seguramente) peligroso.

Pero el punto al que quiero llegar es que hay un par de damas a las que tal vez sí deberíamos poder “fabricar”, no necesariamente al gusto de cada uno, pero sí como pueblo, como nación.

Se me ocurrió pensar qué pasaría si como Pigmaliones nos dedicamos a “crear” a la señora República y a su amiga inseparable Justicia, ya que el arte las ha representado como mujeres desde casi siempre (al menos el occidental).

Qué le pondríamos como virtudes, si pudiésemos esculpirlas y luego por mérito a nuestras oraciones darles vida. Tal vez les daríamos equidad, sentido de justicia, bondad, inteligencia, integridad, visión de futuro para que siempre pensasen en las generaciones que vienen. ¿Qué más? Magnanimidad, generosidad, paciencia, vocación de servicio…

Acompáñeme pensando un minuto: ¿qué más le pondría a esas dos obras galatéicas?, para luego poder enamorarnos perdidamente de ellas, y por lo tanto respetarlas, no violarlas nunca, cuidarlas y nutrirlas todos los días, alimentarlas y dar todo por ellas, hasta que la muerte nos separe y no por obligación, sino por amor.

El mito original, como muchos de ellos, permitió luego hacer algunas otras derivaciones de lo que enseña. Una de estas derivaciones se terminó denominando: “Efecto Pigmalión”, estudiado básicamente por psicólogos, sociólogos y educadores.

Básicamente significa que, en mucho, el condicionamiento que ponemos en el trato o la educación de alguien termina reflejándose en el resultado. Tanto positiva como negativamente, si creemos que algo ha de suceder generamos una fuerza importante para que la cosa ocurra. Se puede pensar en la famosa expresión: es una profecía auto cumplida.

Si tratamos a alguien como ladrón, es probable que termine robando. Si educamos a alguien con amor y pensando que ha de lograr grandes cosas, es probable que para ese lado termine disparando. El efecto Pigmalión hace que la conducta del educador o formador influya sobre la autoestima del sujeto, y éste termine comportándose de la manera en la que se lo percibe o se lo induce. En definitiva, la “obra” es un reflejo del artista, que hace de ella “su” obra, “su” reflejo.

Aquí es donde me vuelvo a preguntar por las dos damas. La República y la Justicia, pero ahora me pregunto por las que tenemos, ¿no son las que nosotros esculpimos hasta ahora?, las que se han formado con el efecto Pigmalión que le imponemos. ¿No es así? Es interesante la “fantasía” de crearlas de nuevo en base a lo que consideramos bueno, pero: ¿y las que tenemos ahora quién las crea día a día?

La “pesadilla” galatéica que vivimos (si es que usted lector así también lo considera) es resultado de nuestra forma de ver, de vivir, de sentir, de formar a la República y a la Justicia, ¿o si empezamos de cero nuevamente las vamos a hacer bien? ¿Podremos de una vez empezar a darnos cuenta que lo que vemos en la calle no es más que una imagen reflejada de lo que somos?

Es probable que rehacer la República y la Justicia lleve algún tiempo. No vamos a poder empezar de cero. Las fantasías de los mitos son interesantes como material de estudio pero no dejan de ser fantasías. Si queremos que algún descendiente nuestro pueda algún día hablar nuevamente de sueño y no de pesadilla, tenemos que empezar hoy. La Justicia y la República van a ser tan nobles, tan solidarias, tan ecuánimes, tan lo que les parezca bueno y deseable como nosotros lo seamos.

Siempre habrá basura en la sociedad, pero no me cabe duda de que son y serán siempre minoría. No los dejemos tomar el cincel, ganémosle por abrumadora mayoría, expongamos su mugre y no los dejemos ser ellos los que fabrican y forman Repúblicas y Justicias.


J. R. Lucks




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