Los que siguen las columnas que escribo (si es que esa presunción es algo más que petulancia de mi parte) habrán notado que dejé de hacerlo por unas semanas.
La vida cambia, las cosas evolucionan, los tiempos se dedican a unas cosas un día y luego ya no… y también muchas veces otros requieren de nosotros momentos que antes nos dedicábamos.
Lo cierto es que luego de unos años de constancia y regularidad me encontré a mí mismo –por diversas circunstancias– como encerrado, atrapado en una costumbre sobre la que al preguntarme ¿por qué?, no me pude contestar con claridad.
Es cierto que gran parte de mi tiempo está (definitiva o circunstancialmente) comprometido y dedicado a otros menesteres más allá de la escritura, pero no era eso sólo lo que me inhibía de sentarme a escribir.
Releyendo algunas de las citas que colecciono (por suerte eso aún sí puedo hacerlo), me encontré con unos párrafos de un libro de Jaime Barylko, titulado La dimensión del hombre (1) , que volví a sentir como martillazo en la frente cuando entraron por mis ojos. Dicen así:
“Cultura es creación; luego, cultura es conservación, tradición, dogmatización de lo creado, es decir, negación, en principio de la creación, de la libertad”.
¡Ja! ¿Qué tal? Ahí estaba yo, encerrado, conservado, dogmatizado… no sólo en el formato sino en la escritura de la supuesta creación que quería entregar cada semana. Ahí estaba yo: incómodo. Sigue Barylko:
“Es el juego de la libertad, que al crear va dando lugar a jaulas, a prisiones más o menos duraderas. Hasta que el tiempo –los hombres, las generaciones- las corroen con nuevos ataques de libertad, para crear nuevas jaulas y prisiones de ideas, sentimientos, valores, frases, conceptos, imágenes”.
Es un juego de nunca acabar. Me puse a pensar tanto mi situación como en la de nosotros como sociedad, creamos, inventamos, armamos… nos encerramos, nos aburrimos, nos enquistamos… rompemos, creamos… y así.
Por eso me decidí a cambiar. Escribir me gusta, leer y reflexionar también, compartir lo reflexionado (de esta manera) es también ya parte de mis gustos; pero basta de “esta” rutina.
Crearé una nueva rutina, sin rutina: cuando quiera, cuando pueda, cuando me salga, escribiré –a pesar de que para el medio que elegí la falta de continuidad sea un “grave delito”.
“Un blog hay que mantenerlo activo”, se dice. “En las redes sociales no podés dejar de estar constantemente publicando”, recomiendan los nuevos gurúes de la era digital. Pues… debe ser así, pero no me importa. No lo hago por desconocimiento, lo hago a sabiendas y sin temor a las “terribles” consecuencias.
Espero que el lector asiduo, si es que alguna vez lo hubo, no se sienta ofendido. Es cierto que estoy pensando más en mí que en él o ella; pero tampoco tendría mucho valor llenar pantallas con letras sin sentido sólo para mantener la frecuencia, para eso ya hay cientos de miles de millones tanto en Internet, como en la televisión, la radio, etcétera, etcétera.
Eso, justamente, es lo que no quiero; por eso me ayuda también el amigo Cortázar, quién, hablando de algo bastante parecido a lo que decía en sus citas don Jaime, escribía esto en su Rayuela (2):
“Si algo había elegido desde joven era no defenderse mediante la rápida y ansiosa acumulación de una «cultura», truco por excelencia de la clase media argentina para hurtar el cuerpo a la realidad nacional y a cualquier otra, y creerse a salvo del vacío que la rodeaba”.
No critico a los demás (aunque siempre parece eso), sólo trato de decir lo que pienso y creo. Me interesa difundir cultura, crear –en conjunto– cultura, pero no encerrarme, estandarizarme, masificarme, hacerme “soldadito” de la máquina de producir “contenido”. Prefiero el vacío a la basura. Prefiero dejar algunas semanas un vacío, en vez de llenar el ciberespacio de basura.
Es probable que cuando escriba no sea lo mío maravilloso, con lo cual seguramente se podrá decir: “si no quiere llenarnos de basura que no escriba más”… puede ser; pero si escribo también cuando no tengo ganas el que se tendría que decir eso sería yo mismo.
Así que bueno, hasta aquí llego, nos veremos cuando nos veamos, nos leeremos cuando nos escribamos. Crearemos una nueva cultura de intercambio, que tal vez algún día sea otra “jaula”, y ese día –al percatarnos del asunto– habrá que dedicarse a tratar de escapar.
Entre Barylko y Cortázar, más allá de lo que a mí me pasa, da para pensar y mucho. Libertad y vacío. Libertad para tomar las decisiones correctas frente al vacío. Libertad para moverse; para hacer; para crear. Vacío que permite usarse a uno mismo para llenarlo, sin tener que ceder nuestra libertad a “culturas” inventadas por otros para simplemente tenernos adormecidos y consumiendo.
Qué palabras más difíciles… Qué palabras más interesantes… Qué palabras que tanto se distorsionan para confundir, y quitar la libertad llenando vacíos con contenidos intencionados.
Qué suerte que siempre haya autores a mano con pensamientos escritos, para poder reflexionar…
J. R. Lucks
(1) La dimensión del hombre. Jaime Barylko. Editorial Sudamericana, 2005.
(2) Rayuela. Julio Cortazar. Editorial Punto de Lectura, 2007.
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domingo, diciembre 05, 2010
domingo, octubre 03, 2010
Feliz cumpleaños
Esta semana (aunque en realidad no importe mucho cuál sea la semana, porque cuando usted lea lo que sigue muy probablemente “esta” semana ya haya pasado), cumplió años un amigo muy amigo, así que fui a verlo.
Este querido ser, quién en su momento tuvo mucho que ver con que yo sea lo que soy, es también un gran amante de los refranes y del poco nocivo vicio de tratar de pensar usándolos. Siendo así, luego de saludarlo, le pedí que me contara algunos de sus favoritos o de los que significaron algo para él, y que me sugiriera cosas para pensar.
-Verás –me dijo–, un refrán que usaba yo mucho de joven, lamentablemente, aconsejaba:
“Si no puedes convencerlos, confúndelos”.
-Fue una época de mi vida en la que pensaba que podía llevarme el mundo por delante, en la que creía que todo era una competencia; en la que estaba tan seguro de mí mismo que no me daba cuenta de cuanto contenido me faltaba.
-Otro, que sostenía en mucho al anterior y que no reflejaba más que mi visión “unilateral” (mi lateral) del mundo, aseguraba:
“El que ríe el último piensa más lento”.
-Era yo un experto en desestimar y despreciar puntos de vista ajenos, no por maldad, sino por ignorancia. Obviamente el tiempo pasa, uno va creciendo, y se va dando cuenta que el mundo y la realidad son mucho más “anchos” de lo que se pensaba.
-Crecí, y sinceramente te puedo decir que me deprimí un poco de pensar en cuánto había dejado pasar. Así fue que empecé a buscar la verdad en otros, y por lo tanto un proverbio que repetía yo muy seguido era.
“Lo importante no es saber, sino tener el teléfono del que sabe”.
-¡Ja!, o no los encontré, o ninguno sabía nada de lo que a mí me hacía falta.
Pensé entonces que “adormecerme” me ayudaría, y como sabrás usé algunos métodos que para eso prometían diversión aparte del adormecimiento. Tomé un poco… bueno, en realidad muchos pocos. En algún momento el médico me dijo que no tomara más, y yo le hice caso, no tomé más pero menos tampoco, seguía tomando lo mismo. Evidentemente no entendí bien. En esa época me acuerdo que mi refrán más en boca prevenía:
“Es bueno dejar la bebida, lo malo es no acordarse dónde”.
-¡Pasaron finalmente aquellos días!, ya que como todo lo que nos pasa, a la larga o a la corta, termina pasando. Ese fue el tiempo en el que comencé a auto-consolarme, por así decirlo, entonces me acuerdo que le decía a todo el que se animaba a escucharme:
“No soy un completo inútil... por lo menos sirvo de mal ejemplo”.
-Pero bueno, el tiempo corre. La verdad es que haciendo balances (de mi vida, no de los contables) conseguí mucho, particularmente algunas cuantas cosas buenas sobre todo cuando me puse a escuchar y tratar de comprender, ya que fue allí que los demás me comprendieron y me escucharon. Empecé a tratar en ese momento de practicar otro refrán que, sinceramente, me ayudó bastante. Todas las mañanas me repetía a mí mismo:
“Si buscas una mano dispuesta a ayudarte, la encontrarás al final de tu brazo”.
-Ya sé que suena a autosuficiente, pero la idea no es vivir en un submarino, sino hacer lo que hay que hacer para que lo que tenga que pasar termine pasando, o al menos comience a ocurrir. Hacerse cargo.
-Que recorrido –le dije.
-Y con un poco de temor, porque el tono de la historia me había parecido poco feliz, le pregunté: ¿y te arrepentís de algo, harías algo distinto si pudieses?
-Ni loco –me soltó sin pensar ni medio segundo–, ¿cómo hubiera aprendido de mis errores si no me hubiese equivocado?, ¿cómo hubiera disfrutado de mis aciertos sin tener un contrapunto? Mi vida fue muy buena, como toda vida que se vive con ganas, ¿no es así?
-Supongo –le dije…
-¡Claro pibe! Pensá los refranes que te dejé. Todos pasamos por ellos en algún momento, de una u otra forma, en la secuencia en que te los conté o en la que sea. Todos en algún momento estamos encerrados en un yo que se cree omnipotente; todos en otra fase salimos a buscar afuera lo que creemos no tener adentro; no hay nadie que durante algún tiempo no pretenda adormecerse a sí mismo con algo, y mirá que hoy hay oferta para eso; y yo espero que todos, llegado el tiempo, nos demos cuenta de que hasta que no ponemos nuestra propia casa en orden y nos hacemos cargo de nosotros mismos, las cosas no se encaminan.
-Yo estoy contento –siguió después de una pausa. -Hace tiempo que dejé de lado las caretas, que me di cuenta de que el costo de mentirme a mí mismo era mucho mayor que el de dejar que los demás supiesen la verdad; y fue allí que comencé a tener relaciones verdaderas, gratificantes, útiles.
-Y si tuvieses que elegir ahora un refrán que te describa –pregunté ahora con más ánimo– ¿cuál sería?
-No sé si un refrán o más bien una frase que tal vez debería serlo, y que se le atribuye a Henry Ford, el de los autos ¿te acordás? Parece que él decía:
“Tanto si pensás que podés, como si pensás que no, vas a tener razón”
-Pensalo pibe, que por más que los dos estemos ya lejos de que los demás nos llamen así, entre nosotros podemos seguir haciéndolo; ¡ah!, y gracias por la visita.
Me fui pensando, claro, como no irme pensando. Me contó su vida en seis refranes, y una cita de: “el de los autos”. ¡Qué personaje!, pensé… y después me corregí a mí mismo, que persona… una más, nada más ni nada menos.
Y me fui, definitivamente, pensando: ¿en qué refrán estoy yo estacionado?; ¿cuáles pasé?; ¿de cuáles aprendí algo?; ¿habré desaprovechado alguno?; ¿cuáles me faltan aún?, pero no para evitarlos sino para vivirlos alertado, y como mi amigo poder aprender de mis errores y disfrutar de los contrapuntos.
Feliz cumpleaños amigo… ¡y yo que le iba a regalar un refrán!…
J. R. Lucks
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Este querido ser, quién en su momento tuvo mucho que ver con que yo sea lo que soy, es también un gran amante de los refranes y del poco nocivo vicio de tratar de pensar usándolos. Siendo así, luego de saludarlo, le pedí que me contara algunos de sus favoritos o de los que significaron algo para él, y que me sugiriera cosas para pensar.
-Verás –me dijo–, un refrán que usaba yo mucho de joven, lamentablemente, aconsejaba:
“Si no puedes convencerlos, confúndelos”.
-Fue una época de mi vida en la que pensaba que podía llevarme el mundo por delante, en la que creía que todo era una competencia; en la que estaba tan seguro de mí mismo que no me daba cuenta de cuanto contenido me faltaba.
-Otro, que sostenía en mucho al anterior y que no reflejaba más que mi visión “unilateral” (mi lateral) del mundo, aseguraba:
“El que ríe el último piensa más lento”.
-Era yo un experto en desestimar y despreciar puntos de vista ajenos, no por maldad, sino por ignorancia. Obviamente el tiempo pasa, uno va creciendo, y se va dando cuenta que el mundo y la realidad son mucho más “anchos” de lo que se pensaba.
-Crecí, y sinceramente te puedo decir que me deprimí un poco de pensar en cuánto había dejado pasar. Así fue que empecé a buscar la verdad en otros, y por lo tanto un proverbio que repetía yo muy seguido era.
“Lo importante no es saber, sino tener el teléfono del que sabe”.
-¡Ja!, o no los encontré, o ninguno sabía nada de lo que a mí me hacía falta.
Pensé entonces que “adormecerme” me ayudaría, y como sabrás usé algunos métodos que para eso prometían diversión aparte del adormecimiento. Tomé un poco… bueno, en realidad muchos pocos. En algún momento el médico me dijo que no tomara más, y yo le hice caso, no tomé más pero menos tampoco, seguía tomando lo mismo. Evidentemente no entendí bien. En esa época me acuerdo que mi refrán más en boca prevenía:
“Es bueno dejar la bebida, lo malo es no acordarse dónde”.
-¡Pasaron finalmente aquellos días!, ya que como todo lo que nos pasa, a la larga o a la corta, termina pasando. Ese fue el tiempo en el que comencé a auto-consolarme, por así decirlo, entonces me acuerdo que le decía a todo el que se animaba a escucharme:
“No soy un completo inútil... por lo menos sirvo de mal ejemplo”.
-Pero bueno, el tiempo corre. La verdad es que haciendo balances (de mi vida, no de los contables) conseguí mucho, particularmente algunas cuantas cosas buenas sobre todo cuando me puse a escuchar y tratar de comprender, ya que fue allí que los demás me comprendieron y me escucharon. Empecé a tratar en ese momento de practicar otro refrán que, sinceramente, me ayudó bastante. Todas las mañanas me repetía a mí mismo:
“Si buscas una mano dispuesta a ayudarte, la encontrarás al final de tu brazo”.
-Ya sé que suena a autosuficiente, pero la idea no es vivir en un submarino, sino hacer lo que hay que hacer para que lo que tenga que pasar termine pasando, o al menos comience a ocurrir. Hacerse cargo.
-Que recorrido –le dije.
-Y con un poco de temor, porque el tono de la historia me había parecido poco feliz, le pregunté: ¿y te arrepentís de algo, harías algo distinto si pudieses?
-Ni loco –me soltó sin pensar ni medio segundo–, ¿cómo hubiera aprendido de mis errores si no me hubiese equivocado?, ¿cómo hubiera disfrutado de mis aciertos sin tener un contrapunto? Mi vida fue muy buena, como toda vida que se vive con ganas, ¿no es así?
-Supongo –le dije…
-¡Claro pibe! Pensá los refranes que te dejé. Todos pasamos por ellos en algún momento, de una u otra forma, en la secuencia en que te los conté o en la que sea. Todos en algún momento estamos encerrados en un yo que se cree omnipotente; todos en otra fase salimos a buscar afuera lo que creemos no tener adentro; no hay nadie que durante algún tiempo no pretenda adormecerse a sí mismo con algo, y mirá que hoy hay oferta para eso; y yo espero que todos, llegado el tiempo, nos demos cuenta de que hasta que no ponemos nuestra propia casa en orden y nos hacemos cargo de nosotros mismos, las cosas no se encaminan.
-Yo estoy contento –siguió después de una pausa. -Hace tiempo que dejé de lado las caretas, que me di cuenta de que el costo de mentirme a mí mismo era mucho mayor que el de dejar que los demás supiesen la verdad; y fue allí que comencé a tener relaciones verdaderas, gratificantes, útiles.
-Y si tuvieses que elegir ahora un refrán que te describa –pregunté ahora con más ánimo– ¿cuál sería?
-No sé si un refrán o más bien una frase que tal vez debería serlo, y que se le atribuye a Henry Ford, el de los autos ¿te acordás? Parece que él decía:
“Tanto si pensás que podés, como si pensás que no, vas a tener razón”
-Pensalo pibe, que por más que los dos estemos ya lejos de que los demás nos llamen así, entre nosotros podemos seguir haciéndolo; ¡ah!, y gracias por la visita.
Me fui pensando, claro, como no irme pensando. Me contó su vida en seis refranes, y una cita de: “el de los autos”. ¡Qué personaje!, pensé… y después me corregí a mí mismo, que persona… una más, nada más ni nada menos.
Y me fui, definitivamente, pensando: ¿en qué refrán estoy yo estacionado?; ¿cuáles pasé?; ¿de cuáles aprendí algo?; ¿habré desaprovechado alguno?; ¿cuáles me faltan aún?, pero no para evitarlos sino para vivirlos alertado, y como mi amigo poder aprender de mis errores y disfrutar de los contrapuntos.
Feliz cumpleaños amigo… ¡y yo que le iba a regalar un refrán!…
J. R. Lucks
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domingo, julio 18, 2010
No todo cambia
La grandísima cantante Mercedes Sosa interpretaba entre muchas otras cosas un maravilloso poema del también cantante, músico y compositor chileno Julio Numhauser, quién tuvo que exiliarse en Suecia como consecuencia de la dictadura que en ese país imperó por varios años.
Es un poema muy adecuado para la época en la que vivimos, en la que parece todo estar en movimiento, nada quedarse quieto. Sus primeras estrofas dicen así:
“Cambia lo superficial
cambia también lo profundo
cambia el modo de pensar
cambia todo en este mundo.
Cambia el clima con los años
cambia el pastor su rebaño
y así como todo cambia
que yo cambie no es extraño”.
Y claro, todo cambia y cambiamos nosotros también. No sólo cambia lo superficial, como la ropa que nos ponemos, o las costumbres en el comer; cambia también lo profundo, como los valores, el modo de pensar, el modo de educar.
El clima no sé si cambia o será que lo cambiamos, pero el pastor sí cambia su rebaño, los políticos cambian a los países, los terroristas y los tiranos cambian la faz de la tierra con sus brutalidades, las nuevas generaciones cambian las formas de comunicarse, de hablarse, de mirarse, de todo.
Y está bien, todo cambia, nada se queda como está, todo fluye. Ya lo planteó Heráclito, filósofo griego, en el 500 antes de Cristo:
“Nunca te bañarás dos veces en el mismo río”
…o algo por el estilo, ya que él creía que el mundo estaba en un constante devenir, en un constante fluir fundamentado en una estructura de contrarios. Lo único constante es el cambio y la dialéctica que lo produce, pudiera inferirse de lo que esta corriente filosófica planteaba (simplificando las cosas muy groseramente).
Por eso, como dice el autor y cantó tantas veces doña Mercedes: “así como todo cambia, que yo cambie no es extraño”.
Dejamos de pensar lo que pensábamos, nos hacemos viejos (o maduramos) y aceptamos lo que antes no aceptábamos, dejamos de hacer lo que antes decíamos no poder dejar de hacer… en fin, cambiamos. ¿Mejoramos?, ¿empeoramos?, seguramente una mezcla de ambas cosas.
Pero hay algo que no cambia, al menos no en su esencia. El autor, que escribe este tema en el exilio, agrega al final de su larga lista de cosas que cambian una estrofa que dice:
“Pero no cambia mi amor
por más lejos que me encuentre
ni el recuerdo ni el dolor
de mi pueblo, de mi gente”.
Claro, eso no cambia. El amor no cambia. Los sentimientos no cambian. Cambiamos nosotros, pero los sentimientos no. Tal vez cambiamos el objeto o al sujeto de nuestro amor, pero la forma de amar, el amor en sí, no cambia.
Una vez me hicieron notar, y lo incorporé como mío en el instante en que lo escuché, que a lo largo de la historia de la humanidad el hombre se ha desarrollado y ha evolucionado mucho –su pensamiento, sus métodos para desplazarse, su manera de trabajar, de hacer, de… –, pero que en todo ese tiempo no ha cambiado sus formas de sentir.
El amor que se sentía hace miles de años es igual que el de ahora, aunque las formas de encontrar y “hacer” el amor hayan cambiado. El maldito odio que a tanta gente ha matado, es el mismo maldito odio del que los libros más antiguos dan testimonio. La envidia es igual, la compasión también.
Los sentimientos no cambian. No sé si esto nos dé alguna seguridad, pero me gustaría pensar que sí. Con tanto avance que a veces, en mucho, nos hace retroceder; con tanta mejora tecnológica que no sabemos ahora como controlar para que no haga explotar al mundo sea de calor o de frío; saber que después de miles de años aún no pudimos destruir el amor es una especie de garantía, de que nuestro poder depredador no puede llegar tan lejos.
Lástima que, por el contrario, no hayamos querido desaparecer al odio; pero bueno eso debería poder hacerse, el día que nos decidamos, con amor.
Todo cambia y nosotros cambiamos y lo cambiamos; a pesar de eso, a pesar de nosotros, seguimos amando… Sigamos entonces amando, como siempre; que “eso” no cambie… a ver si “eso” finalmente nos cambia y, dejando un poco de lado el yo por el nosotros, logramos vivir un poco mejor.
J. R. Lucks
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Es un poema muy adecuado para la época en la que vivimos, en la que parece todo estar en movimiento, nada quedarse quieto. Sus primeras estrofas dicen así:
“Cambia lo superficial
cambia también lo profundo
cambia el modo de pensar
cambia todo en este mundo.
Cambia el clima con los años
cambia el pastor su rebaño
y así como todo cambia
que yo cambie no es extraño”.
Y claro, todo cambia y cambiamos nosotros también. No sólo cambia lo superficial, como la ropa que nos ponemos, o las costumbres en el comer; cambia también lo profundo, como los valores, el modo de pensar, el modo de educar.
El clima no sé si cambia o será que lo cambiamos, pero el pastor sí cambia su rebaño, los políticos cambian a los países, los terroristas y los tiranos cambian la faz de la tierra con sus brutalidades, las nuevas generaciones cambian las formas de comunicarse, de hablarse, de mirarse, de todo.
Y está bien, todo cambia, nada se queda como está, todo fluye. Ya lo planteó Heráclito, filósofo griego, en el 500 antes de Cristo:
“Nunca te bañarás dos veces en el mismo río”
…o algo por el estilo, ya que él creía que el mundo estaba en un constante devenir, en un constante fluir fundamentado en una estructura de contrarios. Lo único constante es el cambio y la dialéctica que lo produce, pudiera inferirse de lo que esta corriente filosófica planteaba (simplificando las cosas muy groseramente).
Por eso, como dice el autor y cantó tantas veces doña Mercedes: “así como todo cambia, que yo cambie no es extraño”.
Dejamos de pensar lo que pensábamos, nos hacemos viejos (o maduramos) y aceptamos lo que antes no aceptábamos, dejamos de hacer lo que antes decíamos no poder dejar de hacer… en fin, cambiamos. ¿Mejoramos?, ¿empeoramos?, seguramente una mezcla de ambas cosas.
Pero hay algo que no cambia, al menos no en su esencia. El autor, que escribe este tema en el exilio, agrega al final de su larga lista de cosas que cambian una estrofa que dice:
“Pero no cambia mi amor
por más lejos que me encuentre
ni el recuerdo ni el dolor
de mi pueblo, de mi gente”.
Claro, eso no cambia. El amor no cambia. Los sentimientos no cambian. Cambiamos nosotros, pero los sentimientos no. Tal vez cambiamos el objeto o al sujeto de nuestro amor, pero la forma de amar, el amor en sí, no cambia.
Una vez me hicieron notar, y lo incorporé como mío en el instante en que lo escuché, que a lo largo de la historia de la humanidad el hombre se ha desarrollado y ha evolucionado mucho –su pensamiento, sus métodos para desplazarse, su manera de trabajar, de hacer, de… –, pero que en todo ese tiempo no ha cambiado sus formas de sentir.
El amor que se sentía hace miles de años es igual que el de ahora, aunque las formas de encontrar y “hacer” el amor hayan cambiado. El maldito odio que a tanta gente ha matado, es el mismo maldito odio del que los libros más antiguos dan testimonio. La envidia es igual, la compasión también.
Los sentimientos no cambian. No sé si esto nos dé alguna seguridad, pero me gustaría pensar que sí. Con tanto avance que a veces, en mucho, nos hace retroceder; con tanta mejora tecnológica que no sabemos ahora como controlar para que no haga explotar al mundo sea de calor o de frío; saber que después de miles de años aún no pudimos destruir el amor es una especie de garantía, de que nuestro poder depredador no puede llegar tan lejos.
Lástima que, por el contrario, no hayamos querido desaparecer al odio; pero bueno eso debería poder hacerse, el día que nos decidamos, con amor.
Todo cambia y nosotros cambiamos y lo cambiamos; a pesar de eso, a pesar de nosotros, seguimos amando… Sigamos entonces amando, como siempre; que “eso” no cambie… a ver si “eso” finalmente nos cambia y, dejando un poco de lado el yo por el nosotros, logramos vivir un poco mejor.
J. R. Lucks
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