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domingo, diciembre 05, 2010

Libertad y Vacío

Los que siguen las columnas que escribo (si es que esa presunción es algo más que petulancia de mi parte) habrán notado que dejé de hacerlo por unas semanas.

La vida cambia, las cosas evolucionan, los tiempos se dedican a unas cosas un día y luego ya no… y también muchas veces otros requieren de nosotros momentos que antes nos dedicábamos.

Lo cierto es que luego de unos años de constancia y regularidad me encontré a mí mismo –por diversas circunstancias– como encerrado, atrapado en una costumbre sobre la que al preguntarme ¿por qué?, no me pude contestar con claridad.

Es cierto que gran parte de mi tiempo está (definitiva o circunstancialmente) comprometido y dedicado a otros menesteres más allá de la escritura, pero no era eso sólo lo que me inhibía de sentarme a escribir.

Releyendo algunas de las citas que colecciono (por suerte eso aún sí puedo hacerlo), me encontré con unos párrafos de un libro de Jaime Barylko, titulado La dimensión del hombre (1) , que volví a sentir como martillazo en la frente cuando entraron por mis ojos. Dicen así:

“Cultura es creación; luego, cultura es conservación, tradición, dogmatización de lo creado, es decir, negación, en principio de la creación, de la libertad”.

¡Ja! ¿Qué tal? Ahí estaba yo, encerrado, conservado, dogmatizado… no sólo en el formato sino en la escritura de la supuesta creación que quería entregar cada semana. Ahí estaba yo: incómodo. Sigue Barylko:

“Es el juego de la libertad, que al crear va dando lugar a jaulas, a prisiones más o menos duraderas. Hasta que el tiempo –los hombres, las generaciones- las corroen con nuevos ataques de libertad, para crear nuevas jaulas y prisiones de ideas, sentimientos, valores, frases, conceptos, imágenes”.

Es un juego de nunca acabar. Me puse a pensar tanto mi situación como en la de nosotros como sociedad, creamos, inventamos, armamos… nos encerramos, nos aburrimos, nos enquistamos… rompemos, creamos… y así.

Por eso me decidí a cambiar. Escribir me gusta, leer y reflexionar también, compartir lo reflexionado (de esta manera) es también ya parte de mis gustos; pero basta de “esta” rutina.

Crearé una nueva rutina, sin rutina: cuando quiera, cuando pueda, cuando me salga, escribiré –a pesar de que para el medio que elegí la falta de continuidad sea un “grave delito”.

“Un blog hay que mantenerlo activo”, se dice. “En las redes sociales no podés dejar de estar constantemente publicando”, recomiendan los nuevos gurúes de la era digital. Pues… debe ser así, pero no me importa. No lo hago por desconocimiento, lo hago a sabiendas y sin temor a las “terribles” consecuencias.

Espero que el lector asiduo, si es que alguna vez lo hubo, no se sienta ofendido. Es cierto que estoy pensando más en mí que en él o ella; pero tampoco tendría mucho valor llenar pantallas con letras sin sentido sólo para mantener la frecuencia, para eso ya hay cientos de miles de millones tanto en Internet, como en la televisión, la radio, etcétera, etcétera.

Eso, justamente, es lo que no quiero; por eso me ayuda también el amigo Cortázar, quién, hablando de algo bastante parecido a lo que decía en sus citas don Jaime, escribía esto en su Rayuela (2):

“Si algo había elegido desde joven era no defenderse mediante la rápida y ansiosa acumulación de una «cultura», truco por excelencia de la clase media argentina para hurtar el cuerpo a la realidad nacional y a cualquier otra, y creerse a salvo del vacío que la rodeaba”.

No critico a los demás (aunque siempre parece eso), sólo trato de decir lo que pienso y creo. Me interesa difundir cultura, crear –en conjunto– cultura, pero no encerrarme, estandarizarme, masificarme, hacerme “soldadito” de la máquina de producir “contenido”. Prefiero el vacío a la basura. Prefiero dejar algunas semanas un vacío, en vez de llenar el ciberespacio de basura.

Es probable que cuando escriba no sea lo mío maravilloso, con lo cual seguramente se podrá decir: “si no quiere llenarnos de basura que no escriba más”… puede ser; pero si escribo también cuando no tengo ganas el que se tendría que decir eso sería yo mismo.

Así que bueno, hasta aquí llego, nos veremos cuando nos veamos, nos leeremos cuando nos escribamos. Crearemos una nueva cultura de intercambio, que tal vez algún día sea otra “jaula”, y ese día –al percatarnos del asunto– habrá que dedicarse a tratar de escapar.

Entre Barylko y Cortázar, más allá de lo que a mí me pasa, da para pensar y mucho. Libertad y vacío. Libertad para tomar las decisiones correctas frente al vacío. Libertad para moverse; para hacer; para crear. Vacío que permite usarse a uno mismo para llenarlo, sin tener que ceder nuestra libertad a “culturas” inventadas por otros para simplemente tenernos adormecidos y consumiendo.

Qué palabras más difíciles… Qué palabras más interesantes… Qué palabras que tanto se distorsionan para confundir, y quitar la libertad llenando vacíos con contenidos intencionados.

Qué suerte que siempre haya autores a mano con pensamientos escritos, para poder reflexionar…



J. R. Lucks


(1) La dimensión del hombre. Jaime Barylko. Editorial Sudamericana, 2005.
(2) Rayuela. Julio Cortazar. Editorial Punto de Lectura, 2007.

domingo, junio 06, 2010

Pensar el tiempo, porque no para

Bersuit Vergarabat –un grupo de rock argentino–, en un tema llamado “El tiempo no para”, canta entre otras cosas:

“Yo veo el futuro repetir el pasado
veo un museo de grandes novedades”.


Pensar el en tiempo es querer pensar en algo que está fuera de nuestro alcance; porque de hecho el tiempo lo está. No podemos manejarlo, sólo medirlo. Una distancia se puede recorrer, una altura se puede subir… el tiempo sólo se puede ver transcurrir. El pasado ya se fue, el futuro nunca sabemos si va a pasar (o si vamos a estar para verlo), y el presente es ese instante que cuando queremos decir: “ahora es”, acaba de transformarse en pasado.

Según la física moderna el tiempo y el espacio forman un entramado en el que nos movemos, y por lo tanto somos espacio y tiempo; lo que sucede es que a las dimensiones espaciales las podemos palpar, pero al que parece no parar no.

Inventamos relojes, decidimos llamar día al tiempo que transcurre entre que vemos al sol pasar dos veces –más o menos– por el mismo lugar, y año a lo mismo que al día pero en un ciclo más largo. Hasta nos animamos a decir que día y año tienen “inicio” y “fin”; y contamos cuantos pasan, y celebramos comienzos y finales de días, años y épocas, como si fuesen realmente algo más que una convención inventada por nosotros mismos.

Y el tiempo no para; ni se acelera ni se detiene. Aunque cuando jóvenes queramos acelerarlo para poder hacer lo que vemos hacer a otros más grandes, porque nos “quema” crecer para poder ser independientes, o para alcanzar aquello que nos gusta o causa deseo. Queremos que el tiempo pase para lograr lo que nos propusimos, y eso nos mueve, nos motiva… pero sin lograr acelerar nada. Cuando somos mayores queremos en cambio detenerlo, y ahora entre operaciones, estiramientos, tinturas y métodos varios, tratamos de engañarnos a nosotros y a los demás haciendo la pantomima de que podemos detener “algo” que no se detiene.

¿Será que el tiempo no para?… o será que el tiempo está parado y somos nosotros los que no nos detenemos…

¿Será que el futuro repite el pasado?, o seremos nosotros los que cometemos una y otra vez los mismos errores, o buscamos alegrías idénticas a las que ya conocimos porque no nos animamos a conocer otras.

Vivimos la vida mirando lo que hacen otros. Observando los errores que cometen, pero creyendo que nosotros lo haremos mejor; envidiando (sana o insanamente) sus aciertos, e intentando replicarlos. ¿Será entonces posible para la vida no ser otra cosa que un museo de grandes novedades? ¿Será que hay un solo argumento –o unos pocos– y que todos tratamos de protagonizarlo repitiendo sin cesar las mismas escenas?

Pensar en el tiempo es pensar en algo que está fuera de nuestro alcance, por eso para los fanáticos del pensar –como yo y seguramente como usted, que si llegó hasta acá sin aburrirse tanto como para dejar de leer debe compartir el fanatismo–, el tema del tiempo es tan maravilloso.

Si el tiempo no para, si el tiempo no se puede “controlar” más que con la ilusión de medirlo con convenciones inventadas que se podrían cambiar sólo con ponernos de acuerdo, entonces lo que podemos hacer con el tiempo es pensarlo. Pensar en qué pasó aunque no podamos cambiarlo, pensar en qué vamos a hacer aunque no sepamos si vamos a estar para hacerlo. Hacer en el presente lo que en el pasado pensábamos hacer en el futuro, que ahora es presente pero que cuando lo pensábamos no.

No es del todo éste el mensaje de la canción, pero sí es éste el mensaje de la canción. Si el tiempo no para paremos nosotros. Si no podemos manejar al tiempo manejémonos nosotros en el tiempo, eso si se puede. Que el tiempo no pare, que no podamos controlarlo, no quiere decir que no podamos decidir que hacer mientras el mismo pasa.

Si nosotros no decidimos alguien decide por nosotros. Y lo peor que nos pudiera pasar es haber llegado al futuro, mirando nuestro pasado, sólo para descubrir que lo único que hicimos fue dejar pasar el tiempo.


J. R. Lucks





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domingo, marzo 21, 2010

Puntos suspensivos y finales

Hace poco tiempo fui parte de una investigación relacionada con la pasión. La persona que llevaba adelante el estudio estaba interesada en saber que pensaban sus “estudiados” en términos de si una pasión podía cambiarse, o dejarse de lado.

Todo surgió porque a esta persona, amiga, le llamó la atención una frase que escuchó viendo la película “El secreto de sus ojos” –de la que ya puede decirse: ganadora del premio Oscar de la Academia de Hollywood. Dicha frase asegura:

"… hay una sola cosa que un hombre no puede cambiar: su pasión"

Y es por esa pasión que en la trama, al que no la cambia, lo terminan… (estos puntos suspensivos son por si no vieron la película).

En mi respuesta a la investigación contesté que en realidad mientras son pasiones no se dejan, nunca. Bueno, en realidad sí dejamos sentimientos que alguna vez creímos pasiones, pero nunca durante el apasionamiento. Lo que pasa es que cuando finalmente las abandonamos las miramos en retrospectiva y decimos: “en realidad no era una pasión”. Para que no duela tanto el haberlas dejado, las “degradamos”.

No se si sea así o no, pero tengo pasiones que no dejo, y si me pongo a buscar tuve pasiones que dejé, justo en el momento en que me di cuenta de que no lo eran. Muy conveniente ¿no?

Está bien, la pasión es así, confunde, altera, turba, y tiene que ser así. Pasión viene del latín passio, que significa –entre algunas otras cosas que se relacionan con un segundo sentido–, perturbación, conmoción especialmente del alma. Alguno de los diccionarios de etimología que leí llega a decir que las pasiones son afecciones del compuesto humano. ¿Qué tal? Por eso cuando para de producir todo eso deja de ser pasión, uno se da cuenta y la cambia o la abandona.

Pero pensando un poco más en el asunto se me ocurrió que el problema principal, el que me perturbó nuevamente cuando terminé de acordarme de su existencia, es cuando una pasión me deja a mí.

Escarbando entre letras y poesías encontré una de Joaquín Sabina llamada “Puntos Suspensivos”, que hablando de un amor que termina, entre otras cosas, dice:

“…
lo atroz de la pasión es cuando pasa,
cuando, al punto final de los finales,
no le siguen dos puntos suspensivos”.

Claro, por eso los poetas son poetas, porque te pueden contestar de esta manera lo que a los que no lo somos nos lleva, con mucha suerte, un par de páginas.

Alguien no pone después de algún último punto otros dos, y los que hubiesen sido suspensivos se transforman, brutal y lapidariamente, en final. Y esto, no se si peor pero más perturbador es, cuando a esos dos puntos adicionales es el otro el que los niega.

Sabina tiene razón, y mi amiga creo que piensa lo mismo que él. Lo atroz de la pasión es cuando pasa, a pesar de mis cobardes intentos de explicar que si pasaron nunca fueron, sea quien sea el que niegue los puntos faltantes.

Tres puntos y una larga espera pueden doler, pero un punto final es final, y eso es atroz. En honor al calor que produjo mientras fue pasión, no debería ni yo ni nadie cambiarle el estatus y degradar un sentimiento que por más perturbador que sea, ha movido al mundo humano desde que se terminó de bajar del árbol.

Claro, habrá habido buenas y malas pasiones. Algunas que construyeron y otras que destruyeron, pero así somos, sacados del automatismo animal a una libertad que nos hace humanos… y pasionales.

En honor pues a las pasiones, a las que tengo, a las que dejé y me dejaron, todas siempre son pasiones. Aunque las dejadas nunca puedan o deban retomarse que bueno fue tenerlas, y de alguna manera, que atrocidad el haberlas dejado.

“…
lo atroz de la pasión es cuando pasa,
cuando, al punto final de los finales,
no le siguen dos puntos suspensivos”.




J. R. Lucks






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domingo, febrero 28, 2010

El saber no ocupa lugar, y da poder.

Leyendo un libro (1) sobre un personaje de serie televisiva, el Doctor Gregory House (2) , me encontré con este párrafo:

“En el diálogo platónico Apología, donde ser narra el juicio de Sócrates, escuchamos a este último pronunciar su célebre frase: ‘Una vida sin examen no vale la pena ser vivida’. Sócrates quería decirnos que prefería morir a renunciar a la forma en que vivía”.

El libro pretende explicar el comportamiento del excéntrico y socialmente incorrecto médico, desde la óptica de distintas corrientes de pensamiento, y apoyándose también en la psicología y el psicoanálisis. En ese afán es que encuentra en este episodio de la vida de Sócrates, una “razón” para la obsesión de House de conocer y entender las causas de todo lo que lo rodea.

Yo creo firmemente en la “curiosidad” como motor del desarrollo; aunque en relación a la frase de Sócrates coincido con algunas personas que sostienen que es demasiado fuerte, discriminatoria: “La vida merece ser vivida, punto”, argumentan. Y está bien. No parece razonable desmerecer las vidas de los que no desean o simplemente no pueden examinarse. Pero salvando las traducciones (tal vez distorsionantes), la literalidad y las asperezas de la frase en crudo, que lindo sería si todos nos examináramos un poco de vez en cuando, ¿no?

Hoy está de moda actuar por impulso, hacer lo que a uno le da la gana, ir con la corriente, dejarse estar, etcétera, etcétera, etcétera. Pensar –examinarse, pensarse–, no tanto, aunque esto no quiere decir que no examinemos o juzguemos a los demás, eso sí sigue parece seguir siendo “aceptable” para el hombre y la mujer modernos.

La frase de Sócrates, que en otra época era considerada un “buen” refrán, hoy, tanto por buenas razones –las antidiscriminatorias– como por otras no tan buenas –vagancia, dejadez, desidia, publicidad metida en nuestras cabezas hasta el hartazgo, hyper-multi-medios que nos alcanzan por todos lados con un mensaje intencionado–, se transformó en “mala palabra”.

Se me ocurren un par de refranes interesantes, que podrían poner a esta frase en un lugar desde donde se la pueda mirar con otros ojos. Que tal:

“El saber no ocupa lugar”

Aparte de no ocupar lugar, conocerse a uno mismo, pensar en sí, todavía es gratis. Con lo cual, gracias a estas dos características debe ser, junto con respirar, de las pocas cosas a las que todo ser humano tiene posibilidades de acceder, sin tener que pedirle nada a nadie. ¿Pensó en eso mientras respiraba?

El otro refrán, del par que se me ocurrió, es tal vez un poco más interesante como para sacar conclusiones:

“La información es poder”

Y me gusta pensar en poder no solamente como capacidad de gobernar a otros, sino en el sentido más puro del verbo: facultad o potencia de hacer algo. Si no sabemos no “podemos”, pero para saber hay que pensar, examinar, examinarse.

Conocerse a uno mismo –otra frasecita que nos viene de los griegos– permite saber qué podemos, qué “debemos” (otro término que no está muy de moda cuando somos sujetos del deber, pero que sí nos gusta usar cuando nos referimos a lo que otros nos deben); pero fundamentalmente conocer y conocernos permite saber qué nos conviene, para no terminar haciendo lo que le convenga a cualquier otro que quiera influir en nosotros.

Es que para tener información no hace falta pensar, también podemos recibir la información de un tercero, que nos la da con gusto para que no tengamos que hacer ningún esfuerzo. Entonces tenemos el poder de la información que nos da ese otro, que tiene poder sobre nosotros por habernos metido en la cabeza la información que le convino. ¡Ah!... tal vez esto no sea tan bueno.

Después del párrafo citado anteriormente los autores aclaran lo que ellos entienden por una vida de examen o análisis:

“Una vida de análisis es aquella en la que se tiene deseos de entender las cosas, pues uno es curioso y busca la verdad. No aceptas las ideas así como así, por el solo hecho de que sean populares o provengan de alguna tradición y no te da miedo formular preguntas”.

El asunto no es discriminar a los que por alguna razón u otra no pueden examinar sus vidas. Tampoco lo es criticar a los que deciden no hacerlo; pero porqué no poder sugerirles y sugerirnos que un poco de espíritu crítico no le hace mal a nadie. Tantos deseos tenemos, que en estos tiempos libres de auto represión no dudamos en satisfacer, ¿Por qué dar lugar a tener ese deseo de entender las cosas, al que se refieren los autores?

En el mundo de consumo masivo en el que vivimos, sin reflexión, sin examen, un consumidor no es mucho más que una especie de rata de laboratorio respondiendo a los “estímulos” de los que la estudian. La única diferencia es que a la rata verdadera no le cobran cada vez que le dan algo para probar.

De ninguna manera sugiero que los impulsos sean algo malo per se, o que no haya que tenerlos en cuenta, después de todo son parte, tanto como la capacidad de pensar y pensarse, del ser hombre o mujer del que estamos hablando, el asunto es que combinados hacen al ser humano más humano y menos bestia.

No despreciemos las vidas de otros por no examinarse, pero no despreciemos tampoco las propias dejándonos tratar como ratas de laboratorio. No vaya a ser que terminemos como esa del cuento, que cómodamente instalada en su caja de vidrio, conversando con las otras ratas sujeto de estudio, alardeaba de cómo había logrado amaestrar al científico, siendo que cada vez que ella hacía determinada cosa él sabía que tenía que darle de comer.




J. R. Lucks


Referencias:

(1) La filosofía de House. William Irwin y Henry Jacoby. Editorial Selector 2009.

(2)

Un médico que resuelve casos muy complejos por su habilidad particular de diagnosticar. El personaje es muy poco sociable, y normalmente grosero y mentiroso tanto con sus amigos como con sus pacientes. En el hospital donde trabaja, si bien algunas de las personas con las que interactúa parecen apreciarlo, se lo soporta, básicamente, por su gran capacidad de resolver casos que otros médicos no consiguen descifrar.





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domingo, enero 03, 2010

Pensar para donde vamos

“Por correr el hombre
no puede pensar,
que ni él mismo sabe
para donde va”.


Esta es una estrofa de la poseía “Vuele bajo”, de Facundo Cabral, que da letra a la canción del mismo nombre.

Siempre la tomé como una buena advertencia, aunque esté expresada en forma de conclusión. Lo cierto e indiscutible es que si se quiere llegar a algún lugar, hay que saber primero cuál es ese lugar.

Lewis Carrol, en su “Alicia en el país de las maravillas”, hace decir esto a dos de sus personajes:

“Alicia: - ¿Qué camino debo seguir?
Maestro Gato: - ¿Para dónde quieres ir?
Alicia: - ¡No lo sé!
Maestro Gato: - ¡Entonces, cualquier camino sirve!”


Esta conversación siempre me causó confusión. Cualquier camino, (todo camino) lleva a algún lado (aunque más no sea al equivocado). Elegir un camino es elegir un destino también. Por lo tanto, si la pobre Alicia eligiese un camino, cualquiera, entonces ya sabría donde está yendo. Al elegir ya no sería cierto que no sabe donde quiere ir, estaría en viaje hacia donde ese camino la lleva. Aún en el caso de que tomase un camino al azar, sin saber donde termina, sabría que está yendo a ese lugar y no a otro.

Desde mi punto de vista –muy lejos de lo que recomienda el Maestro Gato– no hay camino para el que no sabe adonde ir. No concuerdo con que cualquier camino sirve; al contrario, creo que ninguno sirve hasta que uno no se decide. Primero hay que saber, y después ir.

La angustia que produce el no saber adonde ir es buena, ayuda a desear una respuesta, moviliza a buscar un destino. La posibilidad de elegir cualquier camino, creyendo que el que sea va a ser bueno, no debería nunca ser una solución viable, no debería calmar esa angustia.

Hay demasiada gente hoy dispuesta a decirnos adonde ir o qué camino tomar, sobre todo cuando no sabemos cuál elegir. Muchos de esos son los que nos hacen “correr”, y así nos mantienen sin poder pensar por nosotros mismos adonde vale la pena llegar.

Lo llamativo es que casi todos los caminos que nos recomiendan terminan en un centro comercial, en una suscripción a algún servicio que supuestamente nos ha de resultar maravilloso, o en algo similar sostenido por nuestras “módicas” donaciones o aportes.

La tan repetida frase: “pruébelo, y si no le gusta le devolvemos su dinero”, es un “bajador de angustia” como el tomar cualquier camino sin saber adonde ir. Se nos presenta como una opción sin riesgo. Se hace implícito que al no saber adonde ir, no importa donde lleguemos. Es la ilusión de que no podemos fallar: “nunca llegaremos a un lugar equivocado o indeseable si no podemos definir cuál es el deseable o el correcto”. Para muchos, entonces, mantenernos en la ignorancia en términos de qué queremos, es mejor que darnos el tiempo de decidir. Por eso nos hacen correr.

Me pregunto, ¿por qué nos dejamos llevar?, ¿por qué casi todos los programas de noticias son de opinión y no sólo reportes de los acontecimientos, así el que los escucha puede valorarlos por si mismo?, ¿por qué las opiniones y los puntos de vista formados parecen ser más valiosos que las preguntas?

Parafraseando al Maestro Gato: ¿cualquier respuesta será buena cuando no se sabe la pregunta?… ¡No! Saber cuál es la pregunta correcta es, la mayoría de las veces, más importante que la respuesta.

El mundo de hoy nos quiere dar respuesta (solución, producto, servicio, opinión formada) a muchas cosas, que como nos la pasamos corriendo, no sabemos si son las que nos van a llevar donde queremos ir. Por favor, no tome esto como una opinión necesariamente válida, pero hágame caso en algo: ¡pregúntese cuál es su versión de las cosas!

La canción de Cabral no me gusta del todo, porque él, al menos en esa letra, termina recomendando esto:

“No crezca mi niño,
no crezca jamás,
los grandes al mundo,
le hacen mucho mal.


[…]

Siga siendo niño,
y en paz dormirá,
sin guerras,
ni máquinas de calcular”.


Me da mucha pena ser en parte responsable de un mundo en el que haya que recomendarle a un niño no crecer, aunque más no sea metafóricamente.

El Maestro Facundo les pide a los niños que no dejen de serlo. Sabemos por experiencia que los pequeños preguntan, se preguntan, no paran de preguntar, en general no se conforman con la primera respuesta. Estoy de acuerdo con él en mantener esta curiosidad e interés por saber, pero me apena tener que pedirles a los niños que no crezcan por no poder confiar en nuestra habilidad para mantenernos curiosos.

El estribillo de la canción dice:

“Vuele bajo,
porque abajo,
está la verdad.
Esto es algo,
que los hombres,
no aprenden jamás".


No es por pelearme con Cabral, pero revelémonos contra esta última afirmación. ¡Aprendamos!
Estamos rodeados de ejemplos de cómo no hacer las cosas. ¡Aprendamos! No hagamos un mundo en el que a nuestros hijos haya que recomendarles quedarse chiquitos.

Decidamos si queremos seguir yendo a un “lugar” en el que los niños no deban crecer, o a otro en el cual estos puedan ser niños y los adultos capaces de ayudarlos a desarrollarse, contenerlos mientras crecen, amarlos y nutrirlos en vez de tener que “podarlos”. ¡Hoy decidamos!, porque si seguimos sin saber adonde ir le vamos a terminar haciendo caso al Maestro Gato, vamos a tomar cualquier camino, y la metafórica profecía de Cabral se va a hacer incuestionable.

Muchos de los niños de hoy, por el solo hecho de ser niños –como Alicia–, seguramente tampoco saben donde les conviene ir. No creo que recomendarles tomar cualquier camino, o dejarlos encontrar cualquier respuesta en una red social en Internet, en una publicidad, o en un video juego, sea lo mejor.

Que tal si paramos de correr, si decidimos adonde queremos ir y llevemos allí a los niños allí mientras crecen, para que ellos no tengan que recomendarles a los suyos, ni siquiera metafóricamente, que lo mejor es dejar de crecer.


J. R. Lucks




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domingo, diciembre 27, 2009

Año nuevo…

Más allá del momento en que usted lea usted este comentario (ya que la magia de la letra escrita –impresa o electrónica– hace que pueda ser encontrada en cualquier momento), yo lo estoy escribiendo muy cerca del fin de un año.

Siendo el objetivo de estas columnas buscar en refranes ideas para reflexionar, qué mejor ejemplar para la época en la que escribo que:

“Año nuevo: vida nueva”

Siempre me resultó interesante esta “fantasía”, basada en que el “cambio” de año tiene “poder” para cambiar nuestra vida; particularmente si se está atravesando un mal momento, pues de estar pasándola bien seguramente querríamos que fuese: año nuevo, vida seguí como vas que vas bien.

El año deja de ser uno y empieza a ser el siguiente un día como cualquier otro; sólo que a ese día, el que inventó el calendario –alguien tan humano como usted o yo– lo puso en un lugar especial.

El día de año nuevo es aquel en el cual el Sol (más o menos) “vuelve” a estar en un determinado lugar del cielo (según nuestra visión, ya que en realidad el Sol no se mueve) porque la Tierra terminó de darle la vuelta, pero nada más. O sea, el día de año nuevo es como cualquier otra jornada, porque esto que acabo de describir pasa todos los días; la diferencia es que los lugares en donde el sol “vuelve” a estar son diferentes.

Cada día puede ser fin de año, si así lo queremos. De hecho cada día es fin de un año que empezó 365 días antes (para los que seguimos el calendario Gregoriano) sin importar que día de que mes sea. Cada día puede ser inicio de una nueva vida, si hacemos algo para que así sea. Sin embargo, el 31 de diciembre –para algunos de los miles de millones de habitantes de este planeta, no para todos– tiene una magia especial, motiva, le da a uno fuerzas “diferentes” para tomar impulso.

Se puede cambiar de vida el 28 de septiembre, o el 16 de marzo, pero esos días, excepto para los que nacieron en ellos, no son sino “otros” días en el calendario. El 31 de diciembre produce algo especial, y vale la pena aprovecharlo. Nuestra vida sólo va a cambiar si hacemos algo para que cambie, pero tomar impulso cuando las condiciones son mejores (aunque estas no sean más que imaginarias) es algo muy recomendable.

Hay un autor, llamado Ernie Zelinski, que en sus varios libros escribe sobre las actitudes que permiten pensar en una nueva vida. Esta primera cita (1), de uno de sus trabajos más conocidos, me parece apropiada para pensarla en un cambio de año:

“La vida es un juego. Las personas felices son los jugadores. Los que no lo están son normalmente los espectadores. ¿Cuál quiere usted ser?”

Nos pasa eso a veces ¿cierto?, nos quejamos desde la tribuna sin bajar al campo de juego. Vemos la vida como espectadores de una obra en la que hacemos a los demás protagonistas, nos quejamos de lo que hacen –o “nos” hacen– pero no bajamos nunca a poner nuestra transpiración y nuestras calorías en el lugar correcto.

Sería interesante tomar coraje y, para esta vida nueva que con la que deseamos iniciar el año, hacer algo diferente, actuar o “jugar” en vez de tanto mirar.
En otra de sus obras (2) , el mismo autor, escribe esto que también me pareció muy digno de ser tenido en cuenta, él dice:

“El éxito repentino sólo ocurre en los cuentos de hadas, en las novelas basura y en las películas malas”.

La perseverancia es otra cosa a tener en cuenta si uno quiere cambiar la vida, sobre todo en estos tiempos que vivimos en que todo es tan fugaz.

De tanto ver boxeadores o deportistas de película que se entrenan en cinco minutos, o cosas por el estilo, me parece que muchos nos desanimamos por no poder lograr lo que deseamos en un santiamén.

El esfuerzo sostenido, el trabajo constante, la capacidad de mantener relaciones o trabajos en el tiempo, no son cosas que estén de moda en la actualidad, pero el mundo llegó hasta acá básicamente por eso, ¿no? ¿No valdría la pena repensar un poco las cosas? ¿No será que muchas veces no logramos lo que nos proponemos porque no intentamos lo suficiente? ¿No será que muchos fracasos son lo que son por no esperar a que las cosas maduren, o se calmen, o se estabilicen? ¿No será que nuestra vida no cambia porque no nos damos el tiempo de cambiarla?

La educación, la clave y la llave de un mundo mejor, requiere de tiempo, paciencia, compromiso. No sigamos destruyendo nuestro futuro y el de nuestros hijos por no ocuparnos lo suficiente. Nuestra vida probablemente no sea un cuento de hadas, que tal si no la transformamos en una novela basura o en una película mala por no darle atención a lo más importante que podemos dejarle a los niños.

Una última frase de este autor, de otro de sus escritos (3) , nos incita a pensar y pensarnos de vuelta diciéndonos:

“Imagine que está en control de su vida. Ahora, la pregunta es: ¿Por qué tiene que imaginarlo?”

Una respuesta posible es porque se prefiere imaginar en vez de asumir la responsabilidad. El resultado de esta postura es seguramente catastrófico. Nadie niega que pasen cosas incontrolables en nuestra vida. Lo que también es cierto es que el qué hacemos con ellas es prerrogativa nuestra.

Año nuevo vida nueva, pero no mágicamente. Año nuevo vida nueva tomando control de la misma, bajando de la tribuna para ser protagonista, con la certeza de que los esfuerzos que hagamos, eventualmente –con esmero y paciencia–, darán resultados.

Si está leyendo esto a fin de año, bien; buen momento para pensar y decidir hacer algo, porque la deseada vida nueva no va a aparecer mágicamente saliendo de la botella con la que vaya a brindar.

Si no, si está leyendo esto el 3 de junio, o el 25 de octubre, o en cualquier otro día del año, no se preocupe, para alguna religión o secta, en algún calendario de la antigüedad olvidado pero no por eso inválido, para alguna otra raza que mora en alguno de los cientos de millones de mundos posibles, hoy, justamente hoy, es año nuevo, así que aproveche y “hágase” una vida nueva si realmente lo desea.



J. R. Lucks



Referencias

(1) El éxito de los perezosos. Ernie Zelinski. Ediciones B, 2003.

(2) 101 Cosas que ya sabes, pero siempre olvidas. Ernie Zelinski. Planeta, 2007.

(3) El arte de mejorar nuestra calidad de vida. Ernie Zelinski. Amat Editorial, 2003.




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domingo, noviembre 29, 2009

Vida y muerte

Asistí recientemente a una conferencia sobre la muerte y el sentido de la vida. De hecho, ese era el título de la misma.

El conferencista inició muy rápidamente haciéndonos ver que lo único cierto en la vida, es la muerte. Esto es algo bastante obvio, y ha sido dicho y planteado por filósofos, predicadores, científicos, plomeros, recolectores de residuos y hasta por jugadores de fútbol y sus novias.

La frase que más me gusta en términos de poner esta verdad al alcance del oído forma parte del guión de la película “El club de la pelea”, en donde el esquizofrénico protagonista, a lo largo de la trama, repite un par de veces:

“En una línea de tiempo lo suficientemente larga, el índice de supervivencia para todo el mundo se reduce a cero”.

Acto seguido, el encargado de brindar la charla nos “convenció” de que si lo único que hacemos es ir hacia la muerte, entonces la vida “apesta”; porque indefectiblemente e irremediablemente todo lo que hagamos termina, desaparece, lo hagamos por nosotros o por otros que también seguirán la misma suerte.

Y allí fue donde se abrió lo que para mí fue un juego interesante. El conferencista nos hizo notar el peso del condicional en la frase. “Si lo único que hacemos es ir hacia la muerte...”. Claro, si el foco de la vida está en la muerte, la vida apesta. Si vivimos la vida sólo yendo hacia la muerte, si le damos a la muerte el rol central de nuestra vida, si valoramos más el irremediable destino que el camino a recorrer… entonces la vida apesta. Si en cambio vivimos la vida no sólo yendo hacia la muerte, entonces, tal vez, le podamos dar sentido.

Ha de ser por eso que siempre me gustó un refrán, un poco cínico, que dice:

“Cualquier lugar es bueno en un cortejo fúnebre, excepto en el ataúd”.

O una frase que repetía mi padre, quién, a pesar de los consejos dermatológicos, disfrutaba muchísimo de tomar sol:

“Déjenme al sol, que para estar a la sombra ya voy a tener tiempo”.

El foco de la vida no puede ser la muerte, aunque sea lo único cierto. Claro que tampoco podemos obviarla, ¿qué hacer entonces?

El hombre, cuando reflexiona, tiende a preguntarse, en general, tres cosas:
• ¿De dónde venimos? (¿fuimos creados, somos la evolución de una ameba, o la nefasta consecuencia de una explosión en el espacio?).
• ¿Hacia adónde vamos? (¿hay algo después de la muerte, nos reencarnamos y volvemos a jugar?).
• Y también: ¿qué se supone hay que hacer entre un extremo y otro?

La ciencia y las religiones se han encargado, en gran medida, de tratar de contestar el de dónde venimos y el hacia donde vamos, pero el verdadero asunto es para mí el qué hacemos mientras estamos acá, porque las otras dos preguntas, nos las puedan contestar o no, no dependen de nosotros.

En un libro llamado Regreso a sí mismo, el autor, Bob Mandel, nos dice:

“Su derecho a ser usted es diferente a los demás derechos. No se trata de un derecho que le ha otorgado un gobierno, un país o una autoridad externa, sino que viene con el "paquete", es decir, usted. La vida es un viaje que empieza con usted y termina con usted, y en el medio hay un territorio desconocido esperando ser explorado”.

Este derecho, si bien no deja de serlo ya que cada uno puede hacer lo que quiera con él, para mí siempre fue más una “maravillosa” obligación (en el buen sentido de la palabra): tenemos el derecho de hacer con nuestra vida lo que queramos, por lo tanto hay que hacer algo bueno.

Se han intentado a lo largo de la historia de la humanidad cientos de miles de soluciones a este dilema.

Se ha “negado” la muerte. “Vivamos como si no fuésemos a morir”, parecen decir algunos: “nada importa, hagamos lo que queramos, ignoremos la muerte”. Perdemos la vida, sea por el trabajar como si fuésemos a llevarnos cosas materiales a la tumba, o por el desperdiciarla en cosas sin sentido ni para el que las hace ni para los demás.

Por otro lado, hoy en día, muchas corporaciones se han encargado de responder a la pregunta de qué hacemos con la vida (en mucho negando la muerte), y la respuesta es: consuman. Se podría decir “a consumir que se acaba el mundo”, pero no queda bien para un comercial. No me convencen, me suena raro que darle sentido a la vida sea consumirla consumiendo, y nada más.

Un refrán que aplica a esta visión del asunto podría ser:

“De esta vida sacaras lo que disfrutes, nada más”.

Sé que mucha gente piensa así, tal vez usted lector. Mis disculpas, pero no coincido con este punto de vista. De esta vida no sacaremos nada. No estoy en contra de disfrutar, pero no creo que sea lo único. Exagerar este refrán –lo cual desgraciadamente no es poco común– nos deja en un mundo en gran medida egoísta, que termina viendo a todo, incluso a las demás personas, como un “objeto” de disfrute.

Se ha también “negado” la vida. “Matémonos: ya que vamos a morir, al menos decidamos cuándo”. Siempre ha habido suicidas, de todo tipo, sobre todo en la actualidad en la que la gente, mucha gente, decide matarse en cuotas con adicciones que saben mortales, pero que como van matando de a poco son mucho más socialmente aceptadas que una soga al cuello o un tiro en la sien.

Tan negados a la vida están algunos, incluso muchas veces haciendo las mismas cosas que los que están negados a la muerte –sólo que con otra actitud–, que mueren en vida. Por buscar un refrán que les pueda aplicar citaría:

“Una vida inútil es una muerte prematura”.

Inutilizan su vida, dándole más importancia a la muerte que la que tiene que tener. Es cierto que vamos a morir. Suena bien el consejo de que hay que vivir cada día como si fuese el último, pero no es cierto; no es una probabilidad de 50 y 50 la de morir y la de vivir. En nuestra vida nos morimos sólo un día, son muchos más los que vivimos.

Entiendo el consejo y trato de vivir mi vida haciendo lo que tengo que hacer cada día como si esa noche me fuese a morir, pero sin exagerar, porque estadísticamente es muy probable que al día siguiente me levante. El chiste, el desafío, la cuestión, es encontrar un equilibrio.

El asunto entonces es qué hacer con la vida, sin negar la muerte ni la vida misma.

La vida no es sólo una suma de deberes –como nos pretendieron enseñar alguna vez–, ni tampoco un lugar en donde el único objetivo es disfrutar y consumir –como parece estar ahora de moda–. Ni una versión ni la otra satisfacen, venimos como raza probando los dos extremos desde hace miles de años, y seguimos sin encontrar la solución.

No sé si la muerte tiene sentido, lo que sí se es que la vida –por sí sola– no lo tiene. El sentido a la vida se lo tiene que dar cada uno, y la solución de cada uno es única y particular, es un equilibrio propio.

Como la invitación a la reflexión la estamos buscando en refranes, me pareció razonable este:

“Hay tres cosas que el ser humano necesita en su vida: alguien a quien amar, algo que hacer y una esperanza para el futuro”

Tiene que ver con el consejo de tener un hijo (para lo cuál hay que amar), escribir un libro (tal vez un blog, o filmarse, o cualquiera de las mil opciones que hay hoy, pero aplicarse a algo concreto y útil para uno y para los que nos rodean) y plantar un árbol (esperanza de recuperar algo del medioambiente que tan alegremente hemos destruido, sembrar para que alguien más adelante vea los frutos o aproveche de la sombra).

Equilibrio. Deber y placer a la vez, viviendo la vida como si fuese cada día el último sólo para amar, trabajar y sembrar para el futuro lo justo y necesario.

No hay respuestas mágicas, no era mi pretensión ofrecerlas. Sólo, y como siempre, abrir un espacio para pensar, para reflexionar, para dedicarle unos minutos al menos al tema más importante de nuestras vidas: nuestra vida.

Nos perdemos muchas veces en el hacer o en el disfrutar –o nos dejamos aconsejar por comerciales y propagandas–, y nos olvidamos de pensar en qué es lo que tiene sentido hacer y disfrutar.

No perdamos la vida, puede ser lo único que tengamos; y de no ser así, es todavía más importante vivirla como se debe… luego de haber pensado y decidido por nosotros mismos, cómo creemos que debemos vivirla.



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sábado, junio 06, 2009

Vida de perros

Uno de los temas probablemente más conocidos de Alberto Cortez tiene por letra una poesía que dice entre otras cosas:

“Era callejero por derecho propio.
Su filosofía de la libertad
fue ganar la suya sin atar a otros,
y sobre los otros no pasar jamás.


Aunque fue de todos nunca tuvo dueño
que condicionara su razón de ser.
Libre como el viento era nuestro perro,
nuestro y de la calle que lo vio nacer.


Era un callejero con el sol a cuestas,
fiel a su destino y a su parecer,
sin tener horario para hacer la siesta
ni rendirle cuentas al amanecer.
[…]”


Más allá de cualquier comentario sobre lo buena o lo mala que puede ser una vida de perros, creo que el mensaje más fuerte del poema tiene que ver con la falta de sometimiento que este ser vivía su vida, sin siquiera tener horarios para la rotación de la tierra al no rendirle cuentas ni al amanecer.

No tener dueño que a uno lo condicione. Mejor dicho no buscarse uno, ya que desde que se abolió la esclavitud los dueños que nos someten nos los buscamos: sea para que nos paguen un sueldo, sea porque por moda o presión social nos hacemos adictos a algo que nos esclaviza, sea que hasta por amor nos dejamos manipular por alguien que sólo por hacerlo nos demuestra que no corresponde nuestro sentimiento.

Vivir sin dueños, sin reglas. ¿Se puede vivir sin reglas? No estoy hablando de las básicas, hasta los perros respetan entre ellos ciertas reglas que permiten la preservación de la especie.

Entre los antiguos griegos (que pensaron o inventaron casi todo excepto el dulce de leche, el colectivo y la birome) esto ya era algo tenido en cuenta. Por allá por el siglo IV antes de Cristo se inició una corriente filosófica que se denominó cínica.

Hay al menos dos explicaciones para este apelativo, pero ambas tienen algo de sentido. La primera sostiene que algunos de sus adherentes se juntaban en un templo dedicado a Hércules llamado Cinosarges, en referencia a los perros (del griego kyon). A su vez hay dos ideas de porqué a este templo se le denominaba así. Una era que Hércules (bastardo, hijo de Zeus el jefe de los dioses griegos y una mortal) había sido “echado como un perro” por Hera, la esposa de su padre, y de allí la relación. La otra versión dice que este templo o gimnasio se llamaba así porque entre sus hazañas Hércules había matado a Cerbero, el perro de tres cabezas que cuidaba la puerta del Hades (inframundo de los griegos).

La otra explicación de porqué se llamó cínicos a estos antiguos griegos se relaciona con que dichos filósofos vivían un poco como los perros: sueltos. Se recostaban en lugares públicos, tenían relaciones sexuales o hacían sus necesidades donde les venía la gana, no trabajaban, vivían de lo que conseguían por allí, probablemente en forma muy similar a la del perro de Cortez.

El cinismo, nombre de esta corriente filosófica, se reía y burlaba principalmente de lo estructurado de la sociedad griega de la época, muy preocupada por lo estético (aún sin siliconas ni botox), dedicados a mejorar sus cuerpos para mostrarse agradables a los demás (cosa que los cínicos detestaban). No respetaban las formas de la sociedad, no se sometían a las costumbres del “buen gusto”, no aceptaban lo convencional. Despreciaban también las riquezas, y toda preocupación material que alienara la vida en función de la obtención de bienes.

Hoy se entiende al cinismo como la sátira o la burla de lo “socialmente” aceptado, pero con una connotación negativa. El diccionario de la Real Academia Española lo define como desvergüenza, defensa de acciones vituperables, impudicia, obscenidad descarada… ya no se ve como la crítica a prácticas tal vez ridículas, y muy probablemente hipócritas, que no hacen al humano más humano sino mas autómata, más manejable, más consumidor… obviamente porque los diccionarios no los escriben los cínicos.

¿Cómo se hace para ser un buen cínico? Para no buscarse dueños inútiles, para no meterse en estructuras sin sentido a las que reportar, para no tener que cumplir reglas auto impuestas que no tienen más beneficio real que el que obtiene el que nos vende algo.

Somos cínicos en el mal sentido (no respetando las convenciones) cuando no pagamos un impuesto, o cuando manejamos por la banquina de una ruta, o cuando tiramos un papel en la calle; pero no lo somos en el bueno (pienso yo) cuando nos vestimos a la moda aunque no nos guste o no nos quede, o cuando ahorramos para comprar algo solamente porque todos lo tienen, o cuando transpiramos en exceso para bajar el kilo demás sólo porque no queremos que otros lo vean (en vez de hacerlo porque es saludable).

La moda, los modelos que se pretenden imponer para consumir hasta el hartazgo, las adicciones que nos inyectan subliminalmente por los medios masivos, no son otra cosa que una sátira cínica a la libertad del hombre. ¿Por qué no ser cínicos contra ese cinismo que se burla groseramente de lo que nos hace diferentes a los perros: la verdadera libertad del hombre?

Los perros no se hacen tantas preguntas (ni el de Cortez ni los que dieron nombre a los filósofos cínicos), tal vez por eso viven como viven, bien los que viven bien y mal los que viven mal. Yo no puedo dejar de preguntarme porque no me resigno a vivir mal, porque yo puedo decidir ser cínico cuando tiene sentido y someterme a la salida del sol si para el grupo con el que convivo hace sentido.

Somos libres de usar nuestra capacidad cínica para burlarnos de lo verdaderamente ridículo… el asunto ahora será decidir, cada uno desde lo profundo de su ser, qué es eso a lo que hay realmente que despreciar.

El gran logro no es vivir la vida despreocupadamente, es vivirla no preocupándose por lo que no tiene sentido; y para eso hay que preguntarse que es lo que no lo tiene, o que es lo que sí y olvidarse del resto. Pero cuidado, si la sugerencia de cuál es el tema vital viene recomendado en una publicidad, mejor sospechar.



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domingo, abril 12, 2009

Ser sólo gato es triste.

Pablo neruda escribió una vez un poema al cuál puso por título: “Oda al gato”(1). Su segunda estrofa dice así:

El hombre quiere ser pescado y pájaro,
la serpiente quisiera tener alas,
el perro es un león desorientado,
el ingeniero quiere ser poeta,
la mosca estudia para golondrina,
el poeta trata de imitar la mosca,
pero el gato
quiere ser sólo gato
y todo gato es gato
desde bigote a cola,
desde presentimiento a rata viva,
desde la noche hasta sus ojos de oro.


Y siempre que lo leo me pregunto: más allá de los verdaderos gatos, ¿quedarán gatos en este planeta?

¿Habrá alguien que quiera ser lo que es y nada más?, alguien que no piense en inflarse los labios, relleranse alguna parte del cuerpo, ser más alto, o más bajo, o más flaco, o más musculoso, etcétera, etcétera.

El gran pecado de la actualidad es no querer nada… ser gato. Si no se quiere nada, si no hay nada que comprar, ningún servicio o tratamiento que adquirir, ningún libro de autoayuda que leer… nada… si no se quiere nada: se es nada; al menos para el mercado.

¿Será así? ¿Nos habremos transformado en inconformes constantes, o nos habrán transformado en eso?

Pero, por otro lado, no está mal querer mejorar, querer ser más. No me refiero a inflarse los labios o comprarse una faja reductora, me refiero a estudiar, a progresar. No querer ser lo que uno es, porque se puede ser más de lo que uno es.

El motor de la humanidad han sido los ideales de mejora, que no siempre nos han mejorado, pero que de todas formas nos llevan hacia adelante aunque más no sea en zig-zag.

Entonces, ¿es bueno o es malo ser como el gato de Neruda? Depende. A mi los gatos no me gustan, así que prefiro ser como el hombre del poema que quiere nadar y volar; o como el ingeniero, que aparte quiere ser poeta.

El gato de Neruda parece estar orgulloso de ser lo que es, y nada más. No está mal ser orgulloso de lo que uno es y ha logrado, pero: ¿por qué nada más? ¿Por qué no pretender algo más sin dejar de ser, o disfrutar lo que se tiene?

Estoy hablando del tan mentado punto de equilibrio. Muchísimo más difícil de encontrar que otros puntos famosos, como el G.

Querer más pero no inútilmente. Querer ser otra cosa pero no sólo por vanidad. Querer mejorar en verdad, no solamente aprarentar mejoría.

El poema de Neruda comienza insinuando que el gato sólo quiere ser lo que es porque: “nació completamente terminado, camina solo y sabe lo que quiere”. Me resulta triste.

El hombre no nace terminado, tiene el derecho y la obligación de terminarse, eso se llama vida, y cueste lo que cueste es lo divertido de andar dando vueltas por este mundo.

El hombre no camina solo… no puede… no debe. El hombre se acompaña, y eso hace la vida mejor, más completa, más rica, más entretenida… más vida.

El hombre no sabe lo que quiere. Es verdad que eso angustia un poco, pero es que el hombre es libre de querer lo que sea, y en esa infinitud de cosas y destinos que puede querer, es que no sabe lo que quiere hasta que se decide a querer algo, eso es lo fenomenal de ser libre, y de ser hombre.

Menos mal que no somos como los gatos, sería más fácil tal vez… pero creo que sería triste.


J. R. Lucks



Referencias:
(1) “Oda al Gato” es un poema de Pablo Neruda incluido en su obra Navegaciones y regresos, publicado por Editorial Losada, en1959.



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jueves, noviembre 20, 2008

20-11-08. El demiurgo, unplugged

Al pobre demiurgo de Platón (1) lo fueron matando de a poco. Voy a mencionar sólo algunos de los filósofos que jugaron con la idea, como para poder entender un poco la evolución de este tema.

Uno de los “famosos” que algo tiene que ver con este asunto es Hegel (2). Con Hegel, el proceso del pensar se convierte en demiurgo. El filósofo alemán dice entre otras cosas:

“Todo lo racional es real, y todo lo real es racional”.

Cualquier semejanza con otra frase que hiciera conocida el ex presidente Juan Domingo Perón (3):

“La única verdad es la realidad”

no es pura coincidencia.

Hegel era un filósofo idealista, al igual que Platón. Pero en Platón, si bien podía ser alcanzado razonando, es como que ese mundo perfecto de las ideas estaba “fuera” del razonante, por eso el hombre debía alcanzarlo.  En Hegel pareciera que lo real es fruto del razonamiento. Por lo tanto fruto del que razona, o de alguien que razonó. Esto no se le ocurre a Hegel, ya Descartes (4) había empezado esta "moda" con su:

"Pienso luego existo"

Con estos filósofos el demiurgo comienza a mudarse dentro del razonante.

Una cosa es que el razonamiento nos acerque a lo ideal, y otra muy distinta es que lo racional sea real, porque lo racional es producto del que razona, el que razona es el hombre, y por lo tanto la realidad sería subjetiva. Si bien pudiésemos pensar que hay sólo una lógica verdadera, y por lo tanto un solo razonamiento válido, lo cierto es que en la práctica esto no ocurre. Hegel subjetiviza; si bien no define la realidad sólo como lo que percibimos –subjetividad total–, sino como lo pensamos, eso no la hace menos subjetiva.

Otro “famoso”, pero que reacciona contra esta idea de Hegel es Marx (5). Carlos Marx no es idealista, es materialista. Para él lo que existe es lo material y el humano lo percibe, eventualmente, después, lo pensará. Lo material, para Marx, está allí “antes” de ser pensado. No habla de demiurgos o de entes metafísicos –más allá de lo que la ciencia física pudiese explicar–, de dioses o creadores. Marx le dice a Hegel en su libro El Capital (6):

“Para Hegel, el demiurgo de la realidad es el proceso de pensar, al que convierte en un sujeto autónomo bajo el concepto de la ‘idea’, siendo la realidad tan sólo su apariencia externa. En mi caso es al revés, la idea no es otra cosa que la realidad material, transformada y traducida dentro de la cabeza humana.”

Marx explica al hombre como un ser de carne y hueso, producido por la historia económica. Casi podría decirse que el demiurgo pasa a ser esta historia. La realidad es consecuencia de sí misma en la historia. Cuando Marx habla de “realidad” hace referencia al contexto social e histórico, asegura que el hombre “es” sus relaciones sociales.

Aparece un poco más tarde mi gran amigo –con el cual no coincido casi en nada, pero al que no puedo dejar de leer y citar– Friedrich Nietzsche (7) . Nietzsche proclama que dios ha muerto, y ha muerto porque el hombre lo ha matado. El hombre no necesita creer en demiurgos creadores según Friedrich. El hombre debe crear –más bien el superhombre de Así hablaba Zaratustra–, no creer.

Un tiempo antes, Schopenauer (8) había afirmado que el hombre es voluntad de vivir. O sea que el hombre es, mientras y porque quiere vivir. Nietzsche ataca esta idea afirmando que el hombre es voluntad de poder, y que esta voluntad de poder va aun más allá, incluso en contra si hace falta, de la voluntad de vivir. Si alguien está dispuesto a arriesgar su vida por algo que quiere, claramente esta voluntad de poder es más fundamental que la de vivir.

En Nietzsche el concepto de voluntad de poder tiene que ver con obtener y aumentar lo obtenido. En su pensamiento si obtenemos algo y no buscamos aumentarlo, alguien nos terminará quitando lo que obtuvimos.

¿Cómo se conjuga todo esto con la idea del demiurgo de Platón? Al haber el hombre matado a dios, ya no hay un ente externo que crea la realidad. Cada hombre tiene que crear su propia realidad, e imponerla en función de su voluntad de poder. La forma de conquistar y aumentar es ser demiurgo de su propia realidad, e imponerla.

Nietzsche declara que el hombre es –o debe ser demiurgo–, lo que el hombre toma lo transforma en su realidad, y su voluntad de poder lo hace imponer su realidad a sus sometidos. Nietzsche dice:

“No hay hechos, hay interpretaciones”.

Hegel y Marx habían acercado el poder creador al hombre, sea en el pensamiento o en la historia social como demiurgo de sí misma, Nietzsche lo pone definitivamente en manos de los que tienen mayor voluntad de poder.

Para Nietzsche el hombre “común” queda un poco desamparado al no tener una realidad impuesta por un creador externo –de lo cual se da cuenta después de haber “matado” a dios–, por lo tanto lo reemplaza por los estados. Los demiurgos de Nietzsche son los estados, o mejor dicho las personas que los forman. Su idea de voluntad de poder llevada a líderes de estado le hace a él, y posteriormente a gobernantes que lo toman como filósofo primordial en sus ideologías, mucho sentido.
Las interpretaciones que para el hombre común serán realidad, son las de los que imponen su voluntad de poder. El resto no existe, (en realidad sí existe, pero si nadie lo ve es como si no existiese), al menos hasta que explota en una revolución, en un atentado terrorista, en un corte de ruta, o en cosas por el estilo.

Este es en gran medida el mundo en el que vivimos hoy. Luego de estos filósofos todas las corrientes que hablan de lo subjetivo como primordial florecen y se desarrollan. Los estados totalitarios declarados de la primera mitad del siglo XX son consecuencia de este pensamiento, y los estados totalitarios no declarados de la actualidad también.

Hay otros dos jugadores de la dinámica social y económica, que Marx enunciaba, que también tomaron estas ideas. Las empresas que venden cosas para crecer y ganar dinero, y los medios de comunicación que venden publicidad a estas empresas.

Más allá de los individuos y de la aplicación de todas estas teorías filosóficas a lo personal, el efecto causado por este concepto puesto en empresas que hacen publicidad de sus productos, en medios de comunicación que pretenden mayores audiencias para vender publicidad más cara a las empresas que venden productos, y en estados que buscan votos, es impresionante.

¿Cómo imponen la realidad las empresas, o mejor dicho la interpretación que quieren que creamos? Que tal pensar en la moda por ejemplo. ¿Es la moda lo que la gente quiere o le conviene usar?, o es lo contrario de lo que fue moda hace solo un instante para poder volver a vender zapatos, carteras, pantalones, camisas, etcétera, etcétera. La realidad de lo que se va a usar es, tal vez, la voluntad de poder de los que venden, hecha nuestra interpretación por alguien que creó esa realidad para su conveniencia.

¿Cómo imponen la realidad los medios? Que tal un trascendido a confirmar en la radio por la mañana, que en el noticiero del mediodía se amplia con reportajes a los supuestos involucrados. Por la tarde, con la polémica ya generada sobre las declaraciones, se publican un par de encuestas de opinión. En el noticiero de la tarde ya toma cuerpo y hay una noticia, que luego en el programa de opinión de la noche debaten y discuten líderes de opinión. Al día siguiente se publican en los periódicos de la mañana las repercusiones, y se prometen investigaciones a ser transmitidas en el noticiero vespertino. Que tal cuando todos los medios nombrados son del mismo grupo económico.

La realidad creada por los políticos es bastante más burda. No hay un solo discurso que hable de los aspectos positivos y negativos de una medida. Los positivos son argumentados por los oficialistas, y los negativos por los opositores. Pareciera que todos son, y nos terminan haciendo, tuertos. Verdades parciales, que son tan nocivas como las mentiras burdas, son interpretaciones impuestas como realidad por discursos y pseudo debates parlamentarios.

Pareciéramos vivir en el mundo que Nietzsche imaginó, aunque él lo que quería era evitarlo. Se cambió a su eterno enemigo, las iglesias –que según él nos imponían un demiurgo que no existía–, por otros que sí existen; y no solo eso sino que estos modernos aparte se reproducen. Nada de superhombres creadores nitzscheanos, sólo rebaños a los cuales las realidades les son impuestas para cobrarles algo a cambio de la “última moda” o de la “última noticia”; o sacarles algún voto a cambio del “último subsidio” o la “última prebenda”.

Dirán que soy un poco negativo. Puede ser. Prefiero creer que no es así, prefiero creer que entendiendo de que cada vez estamos más encerrados en una caverna –en la cual ahora ya no se proyectan sombras sino imágenes en plasmas de 42 pulgadas– puedo darme cuenta de que detrás de mío hay decenas de demiurgos que no merecen serlo. Puedo darme cuenta de que no estoy encadenado, y de que mi opinión de la realidad no tiene porqué depender de la proyección de una interpretación de otro, sino de la mía.

Nietzsche tenía razón en muchas cosas (aunque yo no esté de acuerdo). Ahora, si en su época, en la cuál no había ni plasmas ni aires acondicionados que nos mantienen adentro las cuevas, él decía que la gente prefería la realidad digerida por otro en vez de buscar sus propias ideas, ¿qué podemos esperar hoy con 180 canales en los televisores?

Para Nietzsche –y créanme que los actores sociales que mencioné antes confían en él como si fuese dios y no hubiese muerto–, la verdad la impone el poder. Podría volver a recordar la frase de Perón:

“La única verdad es la realidad”.

¿Se entiende?, la única verdad es la realidad; la verdad la impone el poder; por lo tanto: la realidad la impone el poder.

Fíjense que interesante. El filósofo sostiene que dios mató al hombre porque este dios, este demiurgo de la realidad, le pedía al hombre, cambio de esa realidad, demasiado –fe, sacrificios, compasión, cumplimiento de reglas, etcétera–, por eso el hombre se cansa y, dejando de creer, lo mata. El problema, es que como crear la propia realidad es un trabajo importante, el hombre cambia a este demiurgo por otros, los estados; aunque también puede ser la ciencia, la nacionalidad, incluso hoy una compañía que me dice que su gaseosa me hace “diferente”, u otra que proclama que sus zapatillas deportivas son lo único por lo que vale la pena vivir.

Me pregunto: ¿cumplir un par de mandamientos o ir a un templo de vez en cuando, no era más “barato” de lo que me piden a cambio de sus realidades estos nuevos demiurgos?. Cada uno sabrá la respuesta a esa pregunta, pero por lo que más quieran –dios o un par de zapatillas–: hágansela

Si fuimos capaces de matar a dios: dejar de tener fe en un multimedios disfrazado tras varias marcas y en sus “pastores” distribuidos en los distintos horarios, o dejar de rendir culto a una tarjeta de crédito, o de entregar el cuerpo –el alma no les importa– a una ideología política, debería ser bastante más sencillo.

Si no quieren resucitar a dios no lo resuciten, pero si dios no merece ser demiurgo, los que tenemos hoy menos.

Después de todo Nietzsche tenía razón, estoy tratando de imponer mi voluntad de poder, lo que yo considero que es verdad… No me deje “someterlo”. Hágale caso a Platón y salga de la caverna razonando. Deje de ver imágenes proyectadas por otros, incluidas las mías.





J. R. Lucks



Referencias:
(1) Platón: (circa. 427 a. C. /428 a. C. – 347 a. C.) fue un filósofo griego, alumno de Sócrates y maestro de Aristóteles, de familia nobilísima y de la más alta aristocracia.
(2) Georg Wilhelm Friedrich Hegel: (27 de agosto de 1770 – 14 de noviembre de 1831), filósofo alemán.
(3) Juan Domingo Perón: (8 de octubre de 1895 – 1 de julio de 1974) fue un político y militar argentino, creador del movimiento peronista.
(4) René Descartes (31 de marzo, 1596 – 11 de febrero, 1650) fue un filósofo, matemático y científico francés.
(5) Karl Marx: (5 de mayo de 1818 – 14 de marzo de 1883) fue un filósofo, historiador, sociólogo, economista, escritor y pensador socialista alemán.
(6) El Capital: Kart Marx. Editorial Siglo XXI, 2002.
(7) Friedrich Nietzsche: (15 de octubre de 1844 – 25 de agosto de 1900) filósofo, poeta y filólogo clásico alemán, fue uno de los pensadores modernos más influyentes del siglo XIX.
(8) Arthur Schopenhauer (22 de febrero de 1788 – 21 de septiembre de 1860) fue un filósofo alemán.


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jueves, noviembre 13, 2008

13-11-08. El demiurgo

Hoy les voy a hablar del demiurgo, o más bien de los demiurgos. No es una palabra de las más usadas, pero tiene un significado sencillo. Básicamente quiere decir creador. Para algunas filosofías es la entidad impulsora del universo. Para otras es directamente un dios creador del mundo y autor de lo conocido. Uno de los que pensaba esto último era el filósofo griego Platón.

Demiurgo viene del griego demios, que significa público o popular; y de ergon, que significa trabajo, hecho, obra. La palabra compuesta se traduce literalmente como el que trabaja para el público. Se la entiende como artesano, maestro y en sentido figurado, creador, hacedor.

Para Platón existía la materia, que era informe y caótica, y las ideas que eran perfectas. El demiurgo se compadece de la materia y copia en ella las ideas dándonos así el mundo de nuestra realidad. Obviamente estas ideas perfectas eran las ideas del dios creador, del demiurgo, no nuestras ideas de las cosas. Para Platón, el mundo de las ideas era el perfecto, y el de la materia una copia imperfecta de aquel.

Esto queda explicado en forma metafórica en el libro VII de su obra La República (1), cuando expone cómo los hombres conocemos las cosas, y al plantear la existencia de dos mundos, el sensible (conocido a través de los sentidos), y el de las ideas (sólo accesible mediante la razón).

El pedía imaginar a la gente encadenada en una caverna, obligada a mirar hacia el fondo de la misma. Por la puerta de la caverna pasaban los verdaderos seres –las ideas perfectas–, la gente, por lo tanto, sólo podía ver las sombras de estos seres proyectados en el fondo de la caverna ya que no podían darse vuelta para ver hacia el exterior. Cada uno pensaba, equivocadamente, que esas sombras o proyecciones que veía eran las cosas reales. En el pensamiento de Platón, estas sombras proyectadas son a las realidades, lo que la materia es a la idea. Una mesa, por ejemplo, es a la idea de mesa, o dicho de otra forma a la mesa ideal, sólo una expresión menor de lo que la idea representa.

Sobre esto se habló, se filosofó, y se discutió desde Platón hasta ahora. Hubo distintas formas de interpretar este pensamiento, y obviamente mucha divergencia.

Lo que plantea, básicamente, es que lo que creemos de las cosas no es lo que las cosas realmente son, sino sólo nuestra percepción de la realidad. Lo interesante, es que esto de la caverna y las sombras de la realidad proyectadas me pareció algo muy similar a lo que nos pasa hoy con los medios de comunicación, y particularmente con los políticos que nos hablan a través de los medios.

Hoy tenemos la capacidad de recibir noticias de todo el mundo, pero no estamos viendo la cosa real, sino una proyección de esta cosa. Y de una forma u otra acá el que hace de demiurgo es el que transmite, y, o, el que da el discurso, porque nos hace ver, o nos deja ver, muy probablemente, la parte de esa realidad que le conviene. Lamentablemente, si bien no estamos encadenados como los personajes de Platón, pareciese que alguien nos tuviese atornillados a la silla enfrente del televisor.

Al demiurgo de Platón lo hicieron morir diversos filósofos, particularmente Nietzsche, pero aun él mismo dice que como a la gente no le gusta esforzarse, se busca alguien nuevo que oficie de demiurgo, o sea que le muestre una proyección de la realidad. De allí, a preferir opiniones de y por los medios, en vez de los hechos reales y cada uno sacar sus propias conclusiones, no hay distancia. Para Nietzsche los nuevos demiurgos fueron en su época los estados, hoy son en gran parte, además, los medios de comunicación. Unos y otros tienen gran capacidad de transmitir y de ser los que definen cual es la idea que ha de ser realidad.

Por eso les traje una cita de un libro muy interesante sobre falacias (2). Algunos de sus párrafos dicen así:

“Las falacias son un mecanismo que utilizan las culturas para evitar la responsabilidad de una situación y llevan a desarrollar permanentemente soluciones aparentes que luego resultan disfuncionales.

Sólo el contexto científico, o el largo plazo, hacen que la realidad triunfe sobre la falacia.

Cuanto mayor la incertidumbre del contexto, mayor es la difusión de las falacias […].

En el largo plazo las falacias destruyen lo que se construye, pero en el corto, las falacias construidas con mucho talento […] permiten construir pirámides de fantasías y hacerlas parecer reales.

La falacia genera una disminución de la responsabilidad del hombre en su acción frente al medio, ya que le permite enfrentar realidades sobre la base de falsos razonamientos y llegar a falsas conclusiones que luego busca explicar depositando el problema en otros”.

Me pareció fantástica la descripción y la actualidad de la cita. Hoy estamos en un contexto de incertidumbre. Hoy estamos rodeados de demiurgos creadores de imágenes de supuestas realidades que nos quieren hacer creer para que vivamos de la forma que ellos quieren, o votemos lo que a ellos les parece.

No es mi intención demonizar ni a los medios ni a los políticos, en ambos casos ellos se arreglan solos para auto demonizarse, mi punto es que podemos salir de la caverna, podemos ir afuera y mirar la realidad tal cual es, en vez de las sombras que alguien nos proyecta con la intención de que la creamos realidad.

Ya Platón, hace más de dos mil años, nos decía que los problemas de percepción deben y pueden ser evitados. En su alegoría había que romper las cadenas y salir a la realidad utilizando la razón. Tratemos de hacerle caso, no nos perdamos en un par de discursos televisados, o en los que luego de los discursos los critican en la misma pantalla; pueden ser dos falsos demiurgos entreteniéndose con nosotros.




J. R. Lucks



Referencias:
(1) La República. Platón. Espasa Calpe, 2007.
(2) El Origen de las Falacias Humana. Peter Belohlavek. Editorial Blue Eagle Group, 2005.


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