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domingo, agosto 22, 2010

Errar y ¿aprender?

Un refrán que siento he vivido casi cada día de mi vida, al menos la primera parte del mismo, asegura:

“Errar es humano…”

Pues créanme, si errar es humano yo debo ser uno de los especimenes más humanos que habitan este planeta. Tanto he errado –y no caballos–, que de existir una universidad del error deberían haberme otorgado hace tiempo el doctorado honoris causa.

Soy especialista en errores. Por cada cosa que hago, eventualmente bien, siempre me equivoco, antes, varias veces.

Debe ser que me impresionó mucho esta frase que se le asigna a Johann Wolfgang Goethe –aunque con diversas formas también a otros, así que es casi un refrán:

“El único hombre que no se equivoca es el que nunca hace nada”.

Me he preguntado en muchas ocasiones porqué nos equivocamos tanto –bueno yo me equivoco tanto, tal vez usted no–, y debe tener que ver, efectivamente, con ser humanos; porque los animales no se equivocan con la misma frecuencia. Yo nunca ví a un perro meter dos veces el hocico en un lugar de donde va a salir lastimado (el mismo lugar), o a un gato acercarse a una persona (la misma persona) que no lo quiere y por lo tanto lo va a echar amenazándolo. Lo sorprendente es que cuando cometemos un gran error, muchos nos tildan –creo después de lo dicho que impropiamente– de animales.

Los animales se equivocan, pero menos. Por relaciones personales con veterinarios –de esos denominados patólogos que analizan de qué se murieron los que lo hicieron– sé que muchas vacas, caballos, patos y bestias por estilo, a veces se equivocan y comen cosas envenenadas, con hongos malignos, o con tóxicos que los traen –a los animales– en pequeños trozos al microscopio de mi veterinaria de cabecera; pero se podría decir que es porque no saben lo que están haciendo. Y claro, para llamar a un error de tal forma y con propiedad, hay que haber sabido que lo hecho está mal, o que iría a llevar por mal camino.

Sin conciencia del acto, no hay error. La primera vez que un niño se corta con un cuchillo, o se quema con fuego, más allá de poder calificarlo seguramente de desobediente, habrá sido porque no sabía –o no entendía acabadamente– que esa cosa tan llamativa lo iría a lastimar. Para equivocarse hay que saber que lo que se está haciendo está mal.

Aún así, después del primer encuentro con cada “clase” de dolor, muchas de las veces en vez de evitar dichas conductas riesgosas pareciera que salimos a buscar revancha; como si pretendiésemos “ganarle” al filo del cuchillo o a la temperatura de la llama; y allí, sin duda, erramos.

Da la sensación de que humanizarnos, en comparación a cuando éramos sólo animales, nos hace equivocarnos más veces con lo mismo. Paradójico ¿no? Adquirimos capacidades de razonamiento, y perdemos instinto de supervivencia. Nos emborrachamos y manejamos, comemos cosas que nos agradan pero que nos hacen mal, fumamos suicidándonos de a poco –después de todo quién está apurado–, nos excedemos con substancias o personas teniendo claro que nos estamos poniendo en peligro.

Erramos; justamente por ser humanos y por no estar condicionados a cuidarnos. Cuando nos dejan “decidir” sobre nuestra propia preservación, muchas veces, decidimos no hacerlo. Erramos.

Allí, en la repetición de la conducta errada, es donde aparecen las frases excusatorias, justificatorias, auto indulgentes: “no me di cuenta…”, “me dejé llevar por el momento…”, fue un impulso incontrolable…”, “es que me convencieron de que en realidad no era tan malo…”,…

Pero si el error es –casi pareciera– condición de lo humano, lo importante será entonces aprender de los errores; cosa de, sin estar condicionados como nuestros primos los monos, la próxima vez (luego de finalmente convencernos que el filo corta y la llama quema más allá de nuestra testarudez) elegir mejor. O sea, para terminar corriendo el mismo riesgo que los animales –seres no libres sino atados a sus instintos–, tenemos que pasar por problemas muchas veces muy serios causados por nuestros errores, para –si tenemos la suerte y la voluntad de aprender– no volver a correr esos peligros cayendo en los mismos pozos. Aún así, es definitivamente mejor ser libre que condicionado. Paradójico ¿no?

Errar es humano, así que a equivocarse para no ser tildado –con propiedad– de animal, o no caer en la inacción de la que nos previene Goethe. En lo único que no habría que hacerlo, es en el hecho de perder la oportunidad de aprender. Ese error en particular, es el más grave de todos. No aprovechar una oportunidad de aprender, es como ganar la lotería y no ir a buscar el premio, lo cual, sin duda, sería un grandísimo error.


J. R. Lucks




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domingo, abril 11, 2010

Sinceridad pero sin espinas

Hay un refrán bastante conocido, y que según pienso se hace honor a sí mismo. El susodicho pregona:

“La verdad no ofende, pero puede lastimar”.

Digo que se hace honor a sí mismo porque contiene verdad, pero podría resultar peligroso, terminar lastimando. Pues no sería difícil acabar torciendo su sentido para “justificar” mentiras y falsedades, con la excusa de no herir.

Tal vez debería siempre decirse acompañado de otro que prevenga: “aún así, ojo que mentir es peor”.

Por eso me puse a pensar un poco más, reconozco que sin mucho orden, en el sentido profundo del dicho, o lo que yo creo fue la buena intención con la que se concibió. Al final, creo haber llegado a una síntesis armoniosa. Usted dirá.

La primera cuestión que me interesó resolver es el asunto de si la verdad puede ofender o no. Para eso fui a buscar el significado de la palabra ofender, y según el diccionario de la Real Academia Española es, en su primera acepción:

“Humillar o herir el amor propio o la dignidad de alguien, o ponerlo en evidencia con palabras o con hechos”.

O sea que ofender es una forma de lastimar (herir), o de causar dolor (humillar), por lo tanto en realidad es lo mismo. Podría decirse que ofensa y lastimadura son dos caras de la misma moneda, o casi que son la misma cara de la moneda.

En un libro (1) que habla de diversos arquetipos de varón, según la opinión de una mujer, leí una vez esta descripción del “Sincero” –especialmente del que usa la verdad para lastimar y ofender– que me pareció muy buena:

“Es ese que tiene la costumbre de decir la verdad, ese que se cree no sólo con la obligación sino con el derecho de decir la maldita verdad. No hay muchos, por suerte. Casi todos sus congéneres se desempeñan exitosamente en el arte del eufemismo, la indirecta, el silencio prudente o el meloneo descarado, cuando no en el malhumor, que como todo el mundo sabe o debería sospechar, es un claro mensaje al que le falta el texto: un hombre malhumorado nos está diciendo algo que no nos gustaría escuchar, así que no lo provoquen, no lo tienten, no le pregunten qué le pasa, si están hablando por teléfono y corta, no vuelvan a llamarlo, si están tomando un café y se levanta para irse no lo detengan. Porque, con toda su insoportable densidad, el malhumor es casi siempre más benigno que aquello que enmascara”.

El libro, entre risas y “verdades”, tipifica conductas de nosotros varones que no siempre son apreciadas por las damas, como ésta por ejemplo de sentirse con “derecho de decir la maldita verdad”.

Es muy interesante como para la autora “…el arte del eufemismo, la indirecta, el silencio prudente o el meloneo descarado, cuando no el mal humor…”, se configuran en virtudes frente a la insensibilidad del que usa la verdad para herir. Y claro, así es, hasta el mal humor termina muchas veces siendo una buena salida para no decir algo que, aunque verdadero, sólo tuviese poder para destruir y lastimar. Pero nótese que nunca sugiere la mentira, sólo algo de “sana” hipocresía con la que no se puede dejar de estar de acuerdo, a falta de hasta aquí mejores herramientas.

El refrán al que estamos practicando una disección tiene múltiples versiones, pero me gusta particularmente una española que asegura:

“La verdad es como la rosa, siempre tiene sus espinas”.

Un libro de filosofía y negocios (2), escrito en estos últimos años en que parece haberse redescubierto el valor de lo que nunca dejó de serlo, pone las palabras del refrán en términos más académicos de la siguiente forma:

“La verdad tiene un gran poder para el bien, pero es igualmente importante ver que el principio del doble poder también se aplica a ella, como a todo lo demás. Si se hace un mal uso de la verdad, si se utiliza para la creación de fealdad, mal y desunión, los resultados pueden ser terribles”.

El autor expone aquí el punto más importante a tener en cuenta, la intención del que usa la verdad al usarla. La rosa tiene espinas y no es mala por eso, pero si el que la regala frota el tallo de la misma por la mano del que la recibe, la transforma en una herramienta de tortura.

La verdad puede lastimar tanto como la mentira, y no tiene mayor justificación el que hiere con la primera que el que lo hace con la segunda. Pero la verdad no lastima per se, lo que lastima es la forma en la que se dice, el momento en el que se devela, etcétera. No pretendo haber descubierto nada nuevo al decir lo que acabo de decir. Pero es que la letra del refrán no necesariamente deja esto claro y por eso me parece que hay que “ayudarlo”, sea porque algunos sólo se agarran de la primera parte y terminan dando letra y razón a esta frase de Tennessee Williams:

“Todas las personas crueles se consideran a sí mismas ejemplos de franqueza”.

O porque usando mal (desde mi punto de vista) las ideas de Maquiavelo, justifican medios como la mentira con supuestos fines altruistas de no lastimar.

El punto es que la verdad es la verdad (otra gran revelación pensará el lector), pero es así, no digo que haya que usarla para lastimar, pero como garantiza este otro refrán:

“La verdad es como el aceite, siempre sale a flote”.

Por lo tanto, habiendo dejado ya de lado la idea de usar la verdad para lastimar, y más allá de los pseudo virtuosos eufemismos, indirectas, malos humores o cualquiera otro de los recursos sugeridos por el primer libro citado, a la verdad, como a las rosas, habrá que no tenerle miedo y tratarla con “cariño”, porque siempre ha de salir a flote.

¿Y entonces?... Justo en este punto del pensar fue que vino a mi mente una perla de sabiduría de Confucio, que asegura:

“La sinceridad, sin las normas de la educación, se convierte en rudeza”.

Claro, para no ser rudo o cruel, para no lastimar ofendiendo: educación. No sólo buenas intenciones, sino además educación. Para sacar una verdad a flote, antes de que salga por sí sola en cualquier momento o de la mano de un cruel disfrazado de sincero, educación.

Maravilloso ¿no?, no hace falta mentir u ocultar, valerse de eufemismos indirectas o meloneos, hace falta educarse, ¿en qué? En el respeto a los demás, en las formas adecuadas de comunicarse, en la compasión, en el arte de la paciencia,… en tantas cosas.

A las rosas hay que saber tomarlas con cuidado y ofrecerlas con cariño, con eso alcanza para que embellezcan sin lastimar. A la verdad también. Habrá educarse para saber manejarla, y ofrecerla siempre con buena intención. A nadie se le ocurriría esconder una rosa, o “disfrazarla” para que parezca otra flor. Pues si la verdad es como una rosa, tampoco lo hagamos con la ella.


J. R. Lucks


Referencias:

[1] Arquetipos. Sandra Russo. Editorial Sudamericana, 2003.
[2] Si Aristóteles dirigiera General Motors. Tom Morris. Editorial Planeta, 2006.




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domingo, enero 31, 2010

Mentiras en sociedad

Hay un tema musical que interpretaba en su momento Sui Generis, cuya letra es la siguiente poesía de Charly García:

“Él era un fabricante de mentiras,
él tenía las historias de cartón.
Su vida era una fábula de lata
sus ojos eran luces de neón.
Y nunca tengas fe que sus mentiras puedan traer dolor.

Ella era una típica inocente
zapatos negros, medias de algodón
que sólo era feliz en el colegio,
que nunca tuvo en su piel amor.
Inútil es decir que lo que le dijeron lo creyó.

Querrán saber el fin de nuestra historia,
algunos lo podrán imaginar,
la niña que sin pena y sin gloria
perdió sus medias y su castidad.

Preciso es condenar al que se burla de nuestra moral.
Pero hay algo que no se puede explicar:
por qué la niña ríe en vez de llorar?”

La primera reflexión que me trajo esta letra, al rescatarla de algún recóndito lugar en mi memoria lejana, es que comparada con mucho de lo que se escribe ahora esto parece más música de iglesia que de rock. Claro que tiene casi treinta años, ¿será por eso? Ni Charly ni ninguno de los otros involucrados con Sui Generis eran ni son santos, pero que alegría escuchar o leer: “preciso es condenar al que se burla de nuestra moral”. En fin.

La segunda cosa que me vino a la mente es la similitud de esta historia con la del Don Juan, que escrito obviamente desde una óptica (¿machista?) en la cuál el varón es “más pícaro” que la mujer, logra engañarla… ¿? Lo cierto es que más de una vez son ellas las que terminan riendo. ¿Cómo hubiese sido este Don Juan si sus autores no hubiesen subestimado tanto a las damas? A ellas no les hace falta escribirse en un personaje “ganando” pulseadas de este tipo, saben que ganan.

Pero yendo al tema principal, el de la sociedad del mentiroso con el mentido, lo que me recordó este poema fue una frase que se le escucha a un personaje de historieta llamado Homero Simpson. La frase, que él le dice a su esposa Marge, asegura lo siguiente:

“Marge, se necesitan dos para una mentira, uno que la diga y el otro que la escuche”

Cuantas veces pasa esto ¿no? El mentiroso sólo logra su propósito porque el que escucha está escuchando lo que quiere escuchar.

No me cabe duda de que el mentiroso es una mala persona, o que al menos está obrando mal al mentir. Pero: estará siempre siendo engañado el que escucha. Pareciera que la niña de la canción de Charly no tanto. ¿O reirá para no llorar?

Que tal nosotros que también perdemos nuestras medias y un montón de cosas más cada vez que, elecciones mediante, nos vuelven a mentir. ¿Será que somos muy crédulos?, o será que somos idiotas, o que necesitamos que nos mientan, (algunos, en general pocos, también se ríen después de esas mentiras). Le damos la razón a Homero una y otra vez, al menos en mi país cada cuatro años para presidente, y cada dos para parte de las Cámaras del Congreso.

Bueno, es que no siempre sabemos que nos mienten. Por eso, para no quedarnos con la alcoholizada filosofía de Homero (Simpson), mejor prestemos atención a lo que nos decía Anaxágoras (1) ya hace como 2.500 años:

“La primera vez que me engañes la culpa será tuya; la segunda vez, la culpa será mía”.

¿A qué fabricante de mentiras con historias de cartón le hablaría el filósofo? ¿Habrá perdido él también las medias y la castidad?, o le habrán hecho perder la jubilación, le habrán subido los impuestos más allá de lo prometido, le habrán congelado los depósitos bancarios, etcétera, etcétera.

Cualquiera de los tres tiene algo para ser escuchado y atendido. O condenamos al que se burla de nuestra moral, o no le ponemos oído a la mentira de los mentirosos, o anotamos a los que nos mienten para que la segunda vez no sea culpa nuestra.

En todos los casos podemos dejar de ser víctimas. ¿Qué tal si prestamos atención? Me cansé de ser socio (pasivo, escuchante) del que miente en sociedad. ¿Y usted?



Referencias:

(1) Anaxágoras: Filósofo, geómetra y astrónomo griego. Perteneció a la denominada escuela jónica, y abrió la primera escuela de filosofía en Atenas.



J. R. Lucks





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domingo, julio 05, 2009

Equilibristas

La Doctora Amelia Imbriano, psicoanalista, publicó hace un tiempo, en la página Web de la fundación que dirige (1), un artículo titulado: “¿De qué sufren los adolescentes hoy?”. A esta pregunta ella se responde:

“Una posible respuesta: del exceso. Y, no solo del exceso cometido por ellos, sino del exceso del discurso –me refiero al modo en que lo económico-político-social incide a través de su estilo de llegada a cada uno– […]

Con la globalización de la gestión mercantilista, se ha generado una sociedad tendiente a la adición y a la adicción, en donde lo que se consume debe llegar hasta el exceso de la máxima satisfacción, y no regresar. […]

Todo se articula en demasía, por abundancia o por falta, es decir: si hay, hay mucho y si falta, falta mucho.

Se sufre del ‘hay mucho’: demasiado trabajo, demasiado estudio, demasiados juguetes, demasiado alcohol, demasiada tecnología, demasiada competencia, demasiada violencia, etc.

Se sufre del ‘falta mucho’ (hay nada): hambre, desocupación, indigencia, analfabetismo, inseguridad, anomia, falta de tiempo, etc.

En el mundo actual, si bien se habla de ‘libertad’, se ha globalizado el consumismo como un modo de esclavitud moderno. El actor está obligado por el sistema a ‘consumir’. ¿Su modo de sufrimiento será justamente el de ‘ser consumido’?”

Estamos, definitivamente, fuera de equilibrio. O mucho, o poco; o demasiado o exiguo… y lo peor es que nos hace sufrir.

No pareciéramos lograr tener mucho de lo bueno: amor, alegría, ganas de ayudar a los otros, voluntad de mejorar…; o escasez de lo que molesta: inseguridad, angustia, problemas económicos o ecológicos… sino excesos de lo malo y carencias de lo deseable.

Equilibrio, ni más ni menos (ni de más ni de menos), viene de una antigua palabra latina: aequus, que significa plano, liso, uniforme. La familia de palabras incluye algunas como: igualitario, equidad, equiparar; pero también, por la negativa, o por la falta de aequus: iniquidad, desigualdad, equívoco.

La palabra equilibrio en sí (aequilibrium) surge de unir aequus con libra, que es en latín medida de peso, libra de peso, balanza. Así llegamos al concepto de justo. La justicia, el símbolo del equilibrio, la balanza, lo mismo de cada lado, lo plano, lo liso, el justo medio, lo adecuado, ni más ni menos (ni de más ni de menos), lo correcto, lo sin exceso, lo sin defecto… ¿lo sin sufrimiento?

¿Por qué salimos del equilibrio?

¿Será una posible razón el que pareciéramos siempre querer lo mejor, lo último? ¿Qué tal si “sólo” quisiéramos lo necesario, lo adecuado, lo que haga falta y no más? ¿Qué tal querer “sólo” lo que corresponda, lo que alcance, lo justo? ¿Será que “sólo” querer eso nos “devolvería” un poco al equilibrio?

¿Será que algunas veces no quejamos de “faltas” de cosas que realmente no son justas, no son necesarias o equilibrantes? ¿Será que tal vez nos desequilibramos por exigir cosas que no son del todo equitativas o equiparantes?

¿Nos sacan del equilibrio?, ¿nos dejamos sacar del equilibrio?, o ¿nos sacamos nosotros mismos?

No nos gustan los límites, por eso los excesos o las insuficiencias… nos pasamos, nos extralimitamos, y como decía un filósofo estoico llamado Epícteto:

“Luego de rebasar la medida no hay límite”

Cuando no hay límite no hay punto de referencia. Lo “más” o lo “menos” se transforman en la única posibilidad cuando no hay centro, cuando no hay equilibrio.

El Martín Fierro, poema épico que nos legara José Hernandez, canta entre sus versos:

“Dios formó lindas las flores,
delicadas como son;
le dió toda perfeción
y cuanto él era capaz,
pero al hombre le dió más
cuando le dio el corazón.


Le dió claridá a la luz,
juerza en su carrera al viento,
le dió vida y movimiento
dende la águila al gusano;
pero más le dio al cristiano
al darle el entendimiento.

Y aunque a las aves les dió,
con otras cosas que inoro,
esos piquitos como oro
y un plumaje como tabla
le dió al hombre mas tesoro
al darle una lengua que habla.

[…]

Pero tantos bienes juntos
al darle, malicio yo
que en sus adentros pensó
que el hombre los precisaba
que los bienes igualaba
con las penas que le dio”.

No hace falta que acordemos si el dios del que habla Hernández es un Dios o es la evolución de Darwin. Lo que creo que queda claro es que tenemos corazón, entendimiento, habla y muchas otras cosas más, que nos hacen más.

Las penas, los sufrimientos, los excesos, las faltas, en definitiva los desequilibrios, infinidad de veces nos los causamos nosotros mismos, no nos los produce nadie externo, nos los auto infligimos. ¿Por qué no usar el entendimiento, el corazón y todo el resto de las maravillas que nos hacen humanos, para evitar las “penas” del desequilibrio?

Los hombres somos libres, eso significa que no estamos condenados al equilibrio de los instintos como los animales. Nosotros tenemos el “derecho” de vivir, nuestra vida, desequilibrados, en exceso o en defecto. Los resultados parecieran estar a la vista.

Elijamos el equilibrio o el desequilibrio, pero sepamos que es nuestra elección. Hagámosla nuestra elección. No terminemos como los animales viviendo en “automático”, pero una vida impuesta por desequilibrantes que ganan dinero con nuestro sufrimiento al hacernos creer que sin límites es mejor.

Excesos o carencias, sufrimientos y penas… o corazón, entendimiento y habla, para buscar un equilibrio.



J. R. Lucks


(1) http://www.praxisfreudiana.com.ar/





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domingo, mayo 17, 2009

Malditas mentiras repetidas

No sé si califica como refrán, pero mucha gente lo repite como si fuese. Creo que para algunos hasta suena gracioso. Es lo que pasa con muchos refranes, los repetimos, y los repetimos, y los repetimos… y los terminamos aceptando. Terminamos asumiendo que si todo el mundo los dice debe ser porque son extractos de sabiduría de algún filósofo importante, les terminamos perdiendo el miedo, o el respeto, los incorporamos. En muchos casos, desgraciadamente, los usamos, sobre todo cuando nos convienen.

Hay uno que me preocupa particularmente, y dice:

“Una mentira repetida mil veces, se convierte en una realidad”.

Y suena a que puede ser así, sobre todo ahora que la televisión y los medios parecieran usar este pedazo de supuesta sabiduría como regla de oro. Ni hablar de mis queridos amigos los políticos, muchos de los cuales se la pasan de campaña en campaña, y son maestros en repetición de mentiras.

Esta frase fue acuñada, según varias fuentes (algunas confiables otras no tanto) por Joseph Goebbels, ministro encargado de la propaganda del gobierno de Adolf Hitler en la Alemania Nazi.

Según esas mismas fuentes, otros de sus pensamientos puestos en palabras pregonaban:

“Más vale una mentira que no pueda ser desmentida que una verdad inverosímil”.

Esta también se usa como principio básico de la publicidad y la política, y también:

“Miente, miente, miente que algo quedará, mientras más grande sea una mentira más gente la creerá.

Poética, ¿no?

Pero ya no es lo mismo. Si lo dijo Goebbels ya no debería sonar tan simpático, al menos a mi no. Ahora, me pregunto, ¿por qué de de todas formas, en sus tres versiones hoy estos consejos se usan y se usan y se usan?

¿Será que quedan más nazis de los que creemos?, o será que lo que decía y practicaba Goebbels no es más que algo que la gente cree y practica desde siempre.

Dónde quedaron refranes o frases más infantiles pero decentes, como:

“Las mentiras tienen patas cortas”
... o enseñanzas como las del cuento de Pinocho; o el pastorcito, al que el lobo se come porque de tanto mentir ya nadie le cree, y cuando el animal realmente lo ataca nadie acude a auxiliarlo.

Yo quisiera instaurar una nueva frase, que obviamente para que nos la creamos, para que la adoptemos, para que pensemos que es un trozo de sabiduría ancestral, habrá que repetirla, y repetirla, y repetirla… miles y miles de veces. Dice así:

“Una mentira repetida mil veces… es una maldita mentira repetida mil veces y nada más”.

Necesito ayuda. Necesito repetidores. Porque todos sabemos que lo que dice esta última frase es verdad. Digámoslo con el ejemplo. Digámoslo no creyéndonos los que nos dicen los medios y los políticos, que sabemos que mienten, y exageran, y ocultan. Si no nos damos cuenta cuando nos lo dicen, al menos digámoslo cuando finalmente las cortas patas de la mentira se cansan y ésta se cae, total en el caso de los políticos eso pasa casi instantáneamente, y en el de los medios más o menos igual.

Goebbles no fue un filósofo, no creo que lo que él haya dicho pueda considerarse sabiduría universal. Háganme caso:

“Una mentira repetida mil veces… es una maldita mentira repetida mil veces y nada más”.

Repítalo. Repítaselo.



J. R. Lucks



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jueves, noviembre 06, 2008

06-11-08. Los consejos, unplugged

La literatura está llena de consejos. Tal vez no sea más que eso. Tal vez se pueda decir, sin exagerar demasiado, que la literatura no es más que un gran consejo.

Están obviamente los libros de autoayuda, que son consejos puros. Hay libros de ética o de filosofía, que ponen de manifiesto una forma de pensar, o un supuesto obrar correcto, con lo cual son de alguna forma consejos de cuáles conductas debemos seguir y porqué. Parecidos a estos están todos los libros religiosos, santos o no. Incluso las novelas, al menos las buenas, tienen un argumento y ponen de manifiesto una forma de pensar sobre algo. En las novelas a alguien le va bien o le va mal, y por lo tanto, implícitamente aunque más no sea, hay una opinión del autor en cuanto a qué se debería haber hecho o qué no.

Otras formas de literatura: los cuentos, gran fuente de consejos. La poesía, origen también de letras para temas musicales, exalta valores, cuenta conductas de las que el autor se queja o se alegra, recuerda con nostalgia o proyecta con esperanza; más o menos obvio, conductas recomendadas, opiniones con valoración que el autor transmite.

Seguramente estoy exagerando: ¡No me haga caso!... ahí fue un consejo.

Debe ser algo innato en la naturaleza humana. Vivimos, nos comportamos de una forma u otra y creemos –tal vez con razón– que a los demás les puede servir, les podemos servir.

Damos miles de consejos, aunque no siempre somos receptivos a los de los demás. ¿Por qué algo que nos gusta tanto dar, no pareciera ser tan bueno al recibirlo? Debe ser de las pocas cosas que mujeres y hombres estamos más dispuestos a prodigar, que a obtener o requerir de los demás, y eso que son gratis. Un amigo mío, José Castaña, boxeador de profesión, lo justificaba diciendo:

“Es como en mi actividad viejo, es mejor dar que recibir”.

Un viejo refrán, que yo repito mucho como aconsejando, pero, que evidentemente no termino de entender, dice:

“La experiencia ajena no le se sirve a nadie”.

Un consejo que nos aconseja no aconsejar. Una paradoja. Nos aconsejan no dar consejos basándose en una experiencia que no le sirve más que al que la vivió, o sea al que nos está aconsejando y diciendo que su experiencia no nos sirve, a pesar de que de alguna manera nos pide tenerla en cuenta.

El humano necesita comunicarse, y lo único que puede comunicar es en definitiva a sí mismo. Lo hace hablando, escribiendo, cantando, caminando por la calle, usando un tipo de ropa o practicando un deporte. En esas actividades, lo queramos o no, lo sepamos o no hay consejos, hay elecciones que hemos hecho y que consideramos correctas, hay decisiones tomadas y que con más o menos fuerza, con más o menos énfasis, muchas veces con buena intención intentamos o pretendemos imponer en los demás. Consejos.

Algunos dicen que en realidad los consejos no son más que materializaciones del amor. El que aconseja ama. Otros piensan que un consejo no es más que una muestra de soberbia, de engreimiento. Unos aconsejaran darlos por amor, aunque se supone que el que ama acepta al otro como es; otros aconsejarán, desde su soberbia, no aconsejar ya que sólo mostraríamos lo engreídos que somos.

No van a negarme que resulta agradable cuando alguien nos pide un consejo. Lo cierto también es que normalmente cuando nos los piden no sabemos que decir. Los consejos mejores son los que nos salen sin que nadie nos los pida. Cuando nos requieren nos ponen a pensar, pero aparte nos traspasan responsabilidad, y eso no le gusta a nadie.

Por eso, para que nos pidan consejos, pero no de lo que el otro necesita sino de lo que estamos pensando en cualquier momento, es que este consejo siempre me pareció interesante:

“Sonríe, esto hace que las personas quieran saber lo que estas pensando”.

Consejos, consejos y más consejos. Debo estar exagerando. Siga mi consejo: no me haga caso.



J. R. Lucks



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jueves, octubre 30, 2008

30-10-08. Los consejos

Hoy traje unos consejos, que sirven para este período de crisis financiera que vivimos, pero también para muchas otras situaciones en la vida.

Lo interesante es que están sacados del Martín Fierro (1). Lo que conocemos por el Martín Fierro es un poema gauchesco, narrativo, que en realidad se publicó en dos partes. En 1872 vio la luz la primera, llamada El gaucho Martín Fierro, y posteriormente, la continuación, que se conoce como La vuelta de Martín Fierro, fue publicada en 1879.

En este poema, que tiene más de cien años, podemos encontrar consejos que sirven para la crisis financiera mundial del 2008. ¿Por qué es esto así? ¿Es tal vez que José Hernandez, su autor, sabía mucho de finanzas globales? Definitivamente no creo. De hecho voy a citar consejos dados por un personaje que ni siquiera se podría asemejar a un fino corredor de bolsa de una gran capital del mundo. El personaje en cuestión es el Viejo Vizcacha, que por vueltas de la vida termina criando al hijo menor de Martín Fierro.

Este hombre –que en el mejor de los casos sólo podía calificar como de dudosa moral y reputación– da una serie de consejos; algunos más correctos desde un punto de vista ético, otros menos, pero lo cierto es que muchos de ellos son aplicables y lo seguirán siendo, porque tienen que ver con la sabiduría básica; esa aplica tanto a las crisis financieras del siglo XXI como a las guerras del siglo XV, o a las evoluciones del pensamiento que vayan a aparecer en el siglo XXX.

Consejo viene del latín consilium, que quiere decir entre otras cosas parecer, o sea opinión, pero también, entendiendo la palabra más profundamente, se usaba para referirse a prudencia, buen sentido, o razón.
Estos consejos del Viejo Vizcacha tienen que ver con el buen sentido, con la prudencia, por eso me parece que vale la pena recordarlos.

El primero dice así:

"El hombre, hasta el más soberbio,
Con más espinas que un tala,
Aflueja andando en la mala
Y es blando como manteca,
Hasta la hacienda baguala
Cai al jagüel con la seca".

Con la bolsa subiendo o el barril de petróleo a 150 dólares la gente se comporta de una forma, cuando la bolsa baja o el barrilito vale la mitad, la cosa se pone “color de hormiga”, como decía un mexicano amigo mío, y los soberbios se ablandan como la manteca. Me hizo acordar el tema de la soberbia, a una frase que leí hace un tiempo y que aseguraba que:

“La soberbia y la autosuficiencia sólo se curan con humillación y lágrimas”.

Debe haber unos cuantos en proceso de curación ahora, seguramente los pañuelos descartables deben estar subiendo de precio por escasez. Creo que el de Vizcacha es un buen consejo para tener en cuenta, ahora, antes de que las cosas vuelvan a subir.

Otro consejito de Vizcacha decía:

"No te debés afligir
Aunque el mundo se desplome,
Lo que más precisa el hombre,
Tener, según yo discurro,
Es la memoria del burro
Que nunca olvida ande come".

¿Cuándo nos acordaremos de que la memoria es de las armas más importantes que tenemos para no volver a caer dos veces en el mismo error? Éste, como el otro consejo, sirven para la crisis actual, que se pudo haber evitado aplicando la memoria –sea la mundial o la personal–, tanto como para otras cosas en la vida. Lo malo es que en general preferimos olvidar los malos momentos, lo cual es garantía de que los vamos a volver a vivir.

Otro verso del poema le hace decir al personaje:

"A naides tengas envidia,
Es muy triste el envidiar,
Cuando veas a otro ganar
A estorbarlo no te metas,
Cada lechón en su teta
Es el modo de mamar".

¿No habrá habido algo de eso acá?, algo de envidia, ¿no será que más allá de que el sistema estaba un poco pasado de rosca de todas formas se podía seguir y componer, pero alguien por envidia a las ganancias de otros dijo la palabra mágica y todo el mundo a correr? No creo que lo sepamos nunca, pero nuevamente esto nos sirve para antes de la crisis y para después también. La envidia es mala consejera, hablando justamente de consejos.

Por último para cerrar les dejo otro que tiene que ver con qué hacer en el tiempo que nos vamos a ahorrar por no andar envidiando a nadie. Dice así:

"Los que no saben guardar
Son pobres aunque trabajen,
Nunca por más que se atajen
Se librarán del cimbrón.
Al que nace barrigón
Es al ñudo que lo fajen".

El ahorro es la base de la fortuna, decía mi abuela cuando me regalaba un chanchito alcancía. Claro que si uno ahorra de su trabajo, y después los ahorros uno los pone en la bolsa, o peor, algún loco gobierno de algún loco país se los confisca o se los transforma en bonos incobrables, de todas formas quedamos con la retaguardia hacia el altísimo. Igual, definitivamente, es más seguro el guardar, cuando se puede, que el vivir a crédito siempre.

Así es que vale la pena retomar de vez en cuando lecturas como la del Martín Fierro. Nos puede recordar algunas cosas que sirven para siempre, como no tener envidia, trabajar y ahorrar, tener memoria y no ser soberbio. Estas cosas, aún en boca el Viejo Vizcacha son buenos consejos, buenas razones, cosas con buen sentido.



J. R. Lucks



Referencias:
(1) Martín Fierro. José Hernandez. Editorial Longseller, 2007.



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jueves, septiembre 11, 2008

11-09-08. La impostura, unplugged

Dije en la columna anterior que la impostura es básicamente una mentira. Puede ser una exageración, incluso una omisión. Dejar que alguien crea algo por no desmentirlo teniendo la oportunidad de hacerlo, es tan mentira como una que se construye con palabras. En definitiva impostura es dejar que, o hacer que, alguien crea algo que no es cierto.

Volviendo al libro de Dolina, y haciendo a un lado a los gobiernos para meternos con nosotros –creo que así tenemos más chances de cambiar algo–, él empieza de esta forma sus dichos sobre el tema que nos ocupa:

“El hombre de nuestros días vive tratando de causar buena impresión. Su principal desvelo es la aprobación ajena. Para lograrla existen diferentes métodos y estrategias.

Algunos ejercen la inteligencia, otros se deciden por la tenacidad o la belleza, otros cultivan la santidad o el coraje.

Sin embargo, por ser todas estas virtudes muy difíciles de cumplir, ciertos pícaros se limitan a fingirlas.
Por cierto que tampoco esto es sencillo: el engaño es una disciplina que exige atenciones y cuidados permanentes”.

Definitivamente coincido con este argumento de Dolina. Mentir es mucho más difícil que decir la verdad. Para mentir hay que tener imaginación, hay que pensar, hay que armar toda una realidad que no existe para que el otro se la crea. Decir la verdad es mucho más fácil, es contar lo que pasó sin tener que pensar en nada adicional. De ser cierta esta teoría, todos los vagos serían sinceros, y la verdad es que la cosa no se verifica en la realidad. Otro gran misterio de la naturaleza.

Obviamente ser tenaz o tener coraje es más difícil, tal vez, que inventar toda una gran obra de teatro para hacerles creer esto a los demás. Pero muchas veces habría que pensar esto de si una construir una mentira no lleva más trabajo que aceptar una verdad, porque me parece que no nos lo planteamos, y más de una vez terminamos transpirando de más para sostener la impostura, que lo que deberíamos para realmente transformarnos en lo que queremos que los demás piensen de nosotros.

Dolina sigue teorizando, o divagando para nuestro placer, sobre el tema y habla de gente que se preocupa por entender el tema, al punto de que sobre éste se escriben tratados:

“Los tratadistas reconocen tres tipos de impostura: horizontal, ascendente y descendente. La última consiste en mostrarse peor de lo que se es. Y no faltan economistas que postulan este camino para despertar la conmiseración internacional.

Los teóricos también han defendido el carácter ético de la impostura ascendente. El argumento principal no es muy novedoso: de tanto aparentar bondad, uno acaba por ser bueno”.

Es impresionante, pero un pensamiento casi similar se despierta en Aristóteles, tan filosofo como Dolina, aunque menos gracioso”. En su Ética a Nicómaco (1) él habla de las virtudes, y entre otras cosas dice:

“Las virtudes se adquieren por ejercerlas primeramente, como también acontece con las artes. Porque las cosas que tenemos que aprender antes de poder hacerlas, las aprendemos haciéndolas. No es pequeña la diferencia que implica adquirir, desde la niñez, hábitos de uno y otro género, sino que la diferencia es grandísima, mejor dicho, total”.

El griego no habla de fingir, pero definitivamente enfoca el asunto asegurando de que muchas cosas no nos serán naturales hasta que las practiquemos varias veces. Sería bárbaro que de tanto querer parecer buena gente terminémoslo siendo. Tal vez las primeras veces nos cueste, al punto de que casi tengamos que fingir, lo que queda implícito en lo que sugiere Aristóteles, es que de tanto comportarnos bien, terminaremos siendo buenos. Es cuestión de probar.

Volvamos a Dolina y a sus elucubraciones sobre gente que se dedica al estudio de la impostura. El sugiere en otra parte de su escrito:

“Los teóricos más barrocos del Servicio creen que la impostura es un arte. Y más aún: afirman que todo arte es una impostura. Cien gramos de pinturas al aceite se nos aparecen como un rostro misterioso o como un paisaje lunar. Quinientos kilos de bronce pretenden ser el cuerpo de Hércules”.

La impostura ¿será un arte?, y por lo tanto el impostor un artista… o toda obra de arte no será más que una impostura, y por lo tanto una mentira. Suena a juego de palabras –que a mí me gustan mucho–, pero da para pensar. En definitiva volvemos a la filosofía básica de Homero Simpson, depende de nosotros ver el Hércules o los quinientos kilos de bronce, o las dos cosas sabiendo que una es la otra y viceversa.

No son sólo Dolina y el Homero dibujado los que hablan de esto, Eric Fromm, en Del tener al ser (2), se preocupa también por este tema, sugiriendo que muchas veces nos “empaquetamos” para caer bien, o para hacerlo adecuadamente. Fromm lo introduce de esta forma:

“¿Quién no ha sido presentado a una persona distinguida o famosa o hasta con cualidades reales, o a una persona de la que desea obtener algo: un buen empleo, ser amado o admirado? En estas circunstancias, muchos individuos suelen sentirse angustiados, y a menudo ‘se preparan’ para el importante encuentro.

Piensan en los temas que podrían interesar al otro; planean de antemano cómo podrán iniciar la conversación; algunos hasta determinan toda la parte que les corresponde de la charla. O pueden animarse recordando lo que tienen: sus éxitos pasados, su personalidad encantadora, su posición social, sus relaciones, su apariencia y su traje. En una palabra, mentalmente hacen un balance de su valor, y basándose en esta evaluación, exhiben sus mercancías en la conversación.

El éxito depende en gran parte de que las personas se vendan bien en el mercado, de que puedan imponer sus personalidades, de que sean un buen ‘paquete’; de que sean ‘alegres’, ‘sólidos’, ‘agresivos’, ‘confiables’, ‘ambiciosos’; además, influyen sus antecedentes familiares, los clubes a que pertenecen, si conocen a la gente ‘adecuada’".

Es buena la analogía del paquete. Nosotros usamos muchas veces el término “empaquetar” para decir lo mismo que significa impostura, eso sí, el empaquetado es el otro con el paquete que hacemos de nosotros mismos.

Fromm, termina esta idea coincidiendo con el consejo de Dolina con el que cerré la columna anterior, proveyéndonos además de las ventajas del método sincero:

“En contraste, existen individuos que se enfrentan a una situación sin prepararse, y no se valen de ningún recurso. En vez de esto, responden espontánea y productivamente; se olvidan de sí mismos, de sus conocimientos y de su posición social. Su ego no les estorba, y precisamente por ello pueden responder plenamente a la otra persona y a sus ideas. Inventan ideas, porque no se aferran a nada, y así pueden producir y dar. Mientras que en el modo de tener las personas se apoyan en lo que tienen, en el modo de ser los individuos se basan en el hecho de que son, de que están vivos y que algo nuevo surgirá si tienen el valor de entregarse y responder. Se entregan plenamente a la conversación, y no se inhiben, porque no les preocupa lo que tienen. Su vitalidad es contagiosa, y a menudo ayuda al otro a trascender su egocentrismo”.

No es esto una apología a la falta de preparación, es, sí, una invitación a “ser” espontáneos, confiados en nuestras capacidades, naturales y sinceros.

Las preocupaciones de Fromm de hace varias décadas, plasmadas en este libro citado, se han exacerbado en nuestras épocas. Nos venden tanto y tantas cosas, que todos hemos aprendido a mercadear y a mercadearnos. Nos terminamos identificando con los productos que compramos, y por tenerlos creemos que somos lo “aventureros” que el auto que tenemos vende, o lo “sofisticados” que el teléfono, o lo “excitantes” que el perfume. Nuestro tener termina haciéndonos creer “qué” somos. El problema comienza cuando en una relación más duradera que un spot publicitario, nos bajamos del auto, al teléfono se le acaba la batería o el perfume “nos abandona”. Lamentablemente nos creemos muchas veces las imposturas de las publicidades y las transmitimos creyéndolas, con resultados normalmente poco satisfactorios y seguramente poco duraderos.

La humanidad pasó por la edad de la piedra, del cobre, del bronce, del hierro, épocas glaciares y tantas otras. La que vivimos debería llamarse la “edad de la apariencia”. Siliconas, implantes, fachadas, “paquetes”, “cómo ser popular en diez minutos”, y miles de recursos más para parecer algo distinto de lo que somos, para mostrarnos en vez de transformarnos, para aparentar características de personalidad o corporales que nunca tuvimos, o que dejamos de tener por el paso del tiempo y los golpes de la gravedad. Como todo lo demás que le pasa al ser humano, será un punto más en la evolución o en la involución. Algún día, cuando sea negocio para alguien o cuando nos asqueemos de “comprar lo que no es”, se pondrá nuevamente de moda la sinceridad, la “cara lavada”, la postura sin impostura.

Yo quiero ser positivo y activo, por eso siempre busco recursos que me permitan accionar sobre lo que no me gusta, y en esto de la mentira, aquella frase de que hacen falta dos para mentir, me pone en control porque si no escucho, si no me creo, no me pueden mentir. Para dejar de lado al dibujo animado y tomar un pensamiento de alguien más reconocido en el arte del engaño, Nicolás Maquiavelo (3) decía esto hace siglos:

“… pero es menester saber encubrir ese proceder artificioso y ser hábil en disimular y en fingir. Los hombres son tan simples, y se sujetan a la necesidad en tanto grado, que el que engaña con arte halla siempre gente que se deje engañar.”

No es diferente de lo que plantea la supuesta sabiduría de Homero Simpson. No coincido tanto con Maquiavelo en que los hombres son simples –al menos no en nuestras épocas–, pero no me cabe duda de que los que quieren engañar siguen usando las necesidades de la gente para hacerlo. Muchas de estas necesidades han de ser reales y válidas, pero otras muchas son “creadas” en nosotros por los mismos que luego nos venden los televisores, los teléfonos o los perfumes. La culpa, de no querer discernir “qué” es necesidad verdadera y cuál es impuesta como impostura para vendernos, es nuestra. Yo prefiero creer eso. No somos títeres en manos de gente interesada, a menos que nos dejemos.

No nos dejemos. Hagámosle caso a Enrique Rojas, que en un libro que ya cité (4) en este trabajo nos dice:

“El progreso material por sí mismo nunca puede colmar las aspiraciones del hombre, ni dar la felicidad cuando constituye el eje vertebral de una vida. En consecuencia, en el hombre occidental de la sociedad del bienestar, la tentación de la opulencia conduce gradualmente al individualismo, y por ende, a la difusión de falsos esquemas, que llamamos valores: éxito, dinero, poder, avidez de sensaciones, curiosidad por todo sin pretensiones de mejora… En fin una nueva decadencia, una fabulosa mentira que descubrimos demasiado tarde o en los momentos estelares, cuando una desgracia nos llega de improviso”.

No necesitemos de una desgracia para saber que una familia vale más que un auto o que un televisor de mil pulgadas. Los bienes nos pueden ayudar a hacerle creer a alguien que somos sofisticados o modernos, pero a la hora de llorar todos los pañuelos son iguales. No se hacen relaciones verdaderas instalando imposturas a diestra y siniestra, la fama no apoya en momentos difíciles como sí lo hace el amor.

Un viejo libro de estrategias para el engaño sugiere que una mentira repetida mil veces puede llegar a aceptarse como verdad, y volvemos al punto del esfuerzo que hace falta para mentir. ¿Por qué repetir una mentira mil veces?, si tal vez con menos esfuerzo realmente consigo ser valioso. ¿O es que preferimos la fama de cientos de personas que sólo quieren un pedazo de nosotros, al amor sincero de unos pocos que sí van a estar a nuestro lado en las buenas y en las malas?

Cada uno toma sus decisiones y como son propias está bien, al menos si no dañan a nadie en el proceso. Una impostura es una mentira, y las mentiras dañan. Yo trato de no “validar” impostores, yo trato de que no “me generen” necesidades. Realmente no creo que sea difícil, como cada vez más, lamentablemente, mucha gente baja la guardia, las mentiras son cada vez más burdas. Pongamos de moda la sinceridad, la cara lavada, la postura sin impostura… vamos a terminar teniendo tiempo libre.



J. R. Lucks

Referencias:
(1) Ética a Nicómaco. Aristóteles. Editorial Mestas, 2006.
(2) Del tener al ser. Eric Fromm. Editorial Paidós, 2000.
(3) El Príncipe. Nicolás Maquiavelo. Editorial Época, 1987.
(4) El hombre light. Enrique Rojas. Editorial Planeta 2004.



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jueves, septiembre 04, 2008

04-09-08. La impostura

La palabra de hoy es impostura, o sea: fingimiento, o engaño con apariencia de verdad, según el diccionario de la Real Academia Española. El término tiene que ver con poner algo. Parte del sentido se lo da el prefijo im, que si bien en algunos casos significa negación, en este caso implica dirección, agresión, algo que se fuerza. O sea que imponer es poner algo a la fuerza, de allí palabras, por ejemplo, como impuesto, refiriéndome con esto a los que le pagamos al los gobiernos.

La impostura de la que les voy a hablar, con la connotación negativa que le da la Real Academia, tiene que ver más con ideas, porque me parece que está un poco de moda esto de fingir algo con apariencia de verdad.

Les voy a citar un libro excelente que se llama Crónicas del Ángel Gris (1), del gran maestro y filósofo Alejandro Dolina. De hecho él aborda a este tema en su libro, y le dedica un capítulo maravilloso bajo el título de: El arte de la impostura. Llega incluso a imaginar un Servicio de ayuda al impostor, que, como su nombre lo indica, colabora con sus clientes para lograr imposturas que estos le solicitan. Léanlo porque es fantástico. Un párrafo que me llamó la atención entre otros dice así:

“Los gobiernos, lo mismo que las personas particulares, viven preocupados por la opinión de los de afuera. Continuamente sugieren a la población la necesidad de mejorar lo que se llama imagen exterior.

Para lograrlo se promueve la difusión de nuestros aspectos más brillantes. Cuando nos visitan los extranjeros, se les muestran nuestros rincones más presentables, se les hace comer una empanada y se les obliga a escuchar a la orquesta de Osvaldo Pugliese”.

Así es como en este benemérito país se han acuñado frases famosas, como: “Somos derechos y humanos” y “Argentina potencia”, entre otras igual de lamentables no por lo que dicen, sino por lo que de imposturas tenían. Pero parece que la cosa no termina allí, en tren de imponer imposturas, Dolina mismo sugiere que:

“La exaltación de nuestros méritos va casi siempre acompañada de un cuidadoso disimulo de nuestros defectos. Además, en tren de aparentar y a falta de extranjeros, se suele hacer bandera ante los propios criollos”.

De allí otras frasecitas como: “La casa está en orden”, “Estamos mal pero vamos bien”, incluso, “El que apuesta al dólar pierde”.

Últimamente tenemos un lío porque se nos cruzan los mensajes. Por un lado estamos en crisis, y por eso en emergencia económica, pero crece el Producto Bruto Interno como si los brutos fuesen de lo más prolíficos. O la recaudación impositiva, justamente hablando de imposturas e imposiciones, que crece treinta por ciento cuando el aumento de la actividad económica y la inflación juntas no superan el quince. Seguramente, esto último debe ser porque mucha gente que antes no pagaba impuestos ahora sí lo hace. El problema de esa cuentita es que de seguir como vamos, para justificar el crecimiento de la recaudación va a tener que pagar impuestos más gente de la que vive en el país.

Lo cierto es que a esta altura ya no estoy seguro de que estas últimas cuestiones que acabo de ejemplificar califiquen como imposturas, porque que en la definición se hablaba de fingimiento con apariencia de verdad, y algunas de las que mencione de verdad no tienen ni apariencia siquiera.

En fin. En mi casa me decían que las mentiras tienen patas cortas, y las imposturas, por lo que la Real Academia me dice no son más que mentiras, así que deben tener patas cortas también. Por otro lado, de tanto poner algo a la fuerza en algún lado, el lugar en donde ponemos termina reventando, así que: ¿por qué no dejar de imponer tanta postura no creíble?

He ya he citado varias veces en esta columna a otro “filósofo contemporáneo” llamado Homero Simpson. Él, que es un defensor a ultranza de casi todo lo contrario de lo que yo pienso, tiene sin embargo una frase que me parece absolutamente correcta. Homero, no el griego sino el dibujito animado, en uno de los capítulos le sugiere a su mujer que:

“Para que una mentira exista hacen falta dos partes, el que la dice y el que se la cree”.

Y yo coincido plenamente. Si nos dejamos de creer las imposturas, el impostor deja de existir porque ya no tendrá donde poner a la fuerza ideas engañosas. Así que hagamos nuestra parte, que es la única que podemos garantizar.

A los impostores simplemente les dejo, del mismo Dolina, este consejo con el que cierra su capítulo:

“Vale la pena intentar el camino difícil, el más penoso, el más largo pero también el más seguro. Es el camino de la verdad. El que quiera parecer honrado, que lo sea. El que quiera fama de valiente, que se la gane a fuerza de guapeza.

Y si queremos que el mundo piense que somos una gran nación, sepamos que lo más conveniente es ser de veras una gran nación”.




J. R. Lucks

Referencias:
(1) Crónicas del Ángel Gris. Alejandro Dolina. Ediciones de la Urraca, 1988.


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jueves, junio 05, 2008

05-06-08. El egoísmo, unplugged

El hombre es un animal social. No lo digo yo. Lo dijo Aristóteles (1) muy claramente hace más de dos mil años. Por si esto fuera poco lo volvieron a decir, lo investigaron, y lo comprobaron, casi todos los filósofos, los antropólogos, los sociólogos, y casi cualquier ser humano pensante que pisó este planeta durante todo ese tiempo.

Que el hombre sea un animal social quiere decir que necesita de los otros de su especie para sobrevivir. Veamos el argumento que usa Aristóteles para justificar esto, en su tratado La Política (2):

"Es pues manifiesto que la ciudad es por naturaleza anterior al individuo, pues si el individuo no puede de por sí bastarse a sí mismo, deberá estar con el todo político en la misma relación que las otras partes lo están con su respectivo todo. El que sea incapaz de entrar en esta participación común, o que, a causa de su propia suficiencia, no necesite de ella, no es más parte de la ciudad, sino que es una bestia o un dios".

Es un argumento práctico. Como no puede vivir sólo el hombre tiene que vivir en sociedad, y para vivir en sociedad debe respetar ciertas reglas de convivencia, reglas morales sobre las cuales se construye la ética. Simple, ¿no? Según Aristóteles no es posible pensar que el individuo sea anterior a la sociedad. La sociedad no puede ser un arreglo de individuos que vivían por su cuenta y que decidieron juntarse, porque nunca hubiesen podido vivir en soledad. Sea el hombre creado, o producto de la evolución, lo es en grupo, en familia, en comunidad… con otro u otros.

Por ese motivo, un punto de vista egoísta, o sea uno que sólo ve desde el yo, es ridículo; porque es ridículo que el hombre viva solo. En realidad más que ridículo es imposible. Pero el mundo moderno, particularmente el mundo que quiere un desarrollo de las empresas y de sus negocios, se ha ido encargando de diluir esta idea. De transformar al egoísmo en algo no tan ridículo sino en una especie de motor del bienestar… general. Aunque suene a contradicción. O sea, el egoísmo particular, sumado, produce bienestar general… suena como un excelente esfuerzo de transformar una cosa en otra ¿Por qué?, porque sirve a las intenciones de incrementar el comercio y los volúmenes de producción y de trabajo. Para ilustrar este punto he aquí una cita de un libro (3) de Jaime Barylko, escritor y pensador argentino:

“El egoísmo practica una ética utilitarista. Do ut des, en latín. Te doy para que me des. El egoísmo, bien entendido, es un programa de vida, e incluso una ética. Todo egoísta esta comprometido con el egoísmo ajeno. Cuenta con ello. En la vida, como en los negocios, hay que tener muy presente al otro y sus intenciones”.

Creo que la cita es auto explicativa. Sin embargo es interesante como pareciera que aún el egoísmo necesita del otro, de otro egoísmo. Este mundo en el que vivimos, en donde se ha exaltado el bienestar personal, en donde se ha exacerbado la necesidad de auto satisfacerse para garantizar compradores fieles, retorna al punto de partida de Aristóteles. El hombre egoísta necesita de otro egoísta para poder serlo eficazmente. Que nos queda en este mundo de hoy entonces. Barylko lo plantea de la siguiente forma:

“¿Todo lo que tenemos es el mercado? Aparentemente sí. La libre transacción, la economía de mercado, el mercado de valores, de talentos. Mercado. Negocio. Te doy para que me des. Todo es mercancía. Ni fraternidad, ni piedad ni relación humana de tipo de comunidad personalista. Solamente intereses”.

Suena a resignación. Suena a que lo “único” que “nos queda” es el mercado. Como si el mercado hubiese ahogado al resto. ¿Qué sería el resto?, ¿el romanticismo?, ¿el heroísmo?, ¿el actuar desinteresadamente?, ¿qué cosas ya no tenemos puesto que sólo nos queda el mercado? ¿La solidaridad tal vez? El libro citado toca el tema, y se refiere a esta aparentemente desaparecida cualidad de la siguiente forma:

“La solidaridad social depende de que la gente comparta cierto número de estados de conciencia comunes a todos los miembros. Si entendemos que personalidad es lo que nos hace diferentes de los otros, la solidaridad social es tanto más fuerte cuanto menos se desarrolle la personalidad y viceversa.

El individuo crece sobre la disminución o mengua de la comunidad”.

Pareciese que el egoísmo y la individualidad están de punta con la solidaridad. Barylko parece sugerir incluso que el individuo debe dejar de crecer para que no mengue la comunidad.

¿Hacia donde vamos?, ¿iremos hacia una nueva sociedad en la cual hasta la solidaridad esté basada en un complejo entretejido de egoísmos como el autor citado sugiere cuando habla de una ética utilitarista? No creo. No al menos si logramos evitarlo, y considero que Barylko escribía justamente por la misma creencia.

Pero, ¿que es solidaridad? Esta palabra viene de solidario que a su vez viene del latín sólidum o sólidus, lo cual hacía referencia a una moneda sólida o con valor cierto. Era la moneda con la que se pagaba, entre otras cosas, a los que iban a la guerra, de allí, eventualmente, soldado. Solidario es el que responde, con su patrimonio, en partes proporcionales con otro, a una obligación. De allí la expresión: deudor solidario. Y solidaridad, según el diccionario de la Real Academia Española quiere decir: Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros. El solidario, aunque más no sea porque lo obliga una ley, ve al otro, acuerda con el otro, incluye al otro.

Como sugería Barylko, para ser solidario hay que compartir cierto número de estados de conciencia, hay que no ser egoísta, al menos a ultranza. ¿Será esto que acabo de plantear algo que el hombre moderno puede hacer?: mirar al otro, ver al otro, compartir el punto de vista del otro para poder hacer algo en conjunto. ¿Qué lo obliga al hombre moderno a mirar al otro, a ver al otro? ¿Qué propaganda le dice que deje de pensar en sí mismo y piense en otro –sin contar las que nos excitan a comprar regalos para el día de la madre, del padre, del hijo, del tío segundo o de la mascota preferida –?

Vamos un poco más atrás en el tiempo y veamos que nos decía (4) otro gran escritor y pensador, Jacques Rousseau (5):

“Hay además otro principio, el cual, habiéndole sido dado al hombre para suavizar en ciertas circunstancias la ferocidad de su amor propio o su deseo de conservación…, modera el ardor que siente por su bienestar con una innata repugnancia a ver sufrir a sus semejantes. Me refiero a la piedad, disposición adecuada a seres tan débiles y sujetos a tantos males como somos nosotros; virtud tanto más universal y tanto más útil al hombre cuanto que precede al uso de toda reflexión, y tan natural que las bestias mismas dan de ella algunas veces sensibles muestras… Observase a diario la repugnancia que experimentan los caballos a pisotear un cuerpo vivo”.

Si hasta los caballos parecieran tener piedad y por lo tanto “percibir” al otro, ya no desde su egoísmo sino desde otro lado, creo que los hombres podemos albergar algo de esperanza. Si no nos mueve lo positivo, al menos debería movernos la repugnancia de ver sufrir a alguien.

Rousseau nos lleva a tener que entender otra palabra. Piedad. Ésta viene de pius, que quiere decir obediente, servicial, respetuoso, que cumple su deber. ¿Qué deber? Pues según yo el deber de ser humano, de ser ese animal social que Aristóteles nos justificaba con gran claridad.

Pero claro, se habla de deber, y hoy, en este mundo con tendencias egoístas, el deber, sobre todo hacia el otro, causa rebeldía. Pensando en esto encontré otro libro muy interesante (6) que habla de la libertad y de los valores del hombre. En una primera parte se refiere el autor justamente a esta rebeldía que se presenta en los jóvenes, o en quienes sienten una imposición externa, y se refiere luego a cómo salir de esta fase si es que el hombre no quiere quedarse atascado en una etapa no productiva de su vida. Dice así:

“El fruto más preciado de la superación de esta etapa –la de la trasgresión de la ley, sea esta impuesta por el derecho o por la moral– (7) es la libertad.
Esa disponibilidad que permite, con claridad, con lucidez, sentirse dueño de lo que se elige.
Profundamente comprometido e identificado con ello.
Es entonces cuando lo que no se hace, no se deja de hacer por miedo.
Y lo que se hace no se realiza por simple obligación.
Cuando la libertad es consciente de su responsabilidad. Cuando la heteronomía y la autonomía se funden en una unidad existencial concreta.
[...] Cuando se realiza la paradoja. –La de crecer mi ego, mi yo, al aceptar e incorporar al otro para nuestro crecimiento conjunto–(7)”.

Interesante. Al menos para mí cierra el circuito. Me referí a puntos de vista, que nuestra sociedad de consumo ha llevado más hacia el “yo” que hacia el “nosotros”. Pero como el hombre no puede vivir sólo pareciera construir sus relaciones sobre una ética utilitarista, como planteaba Barylko. Ahora, él también habla de solidaridad, para lo cuál se requiere más que una ética construida con egoísmos mutuos, y para eso nos hace falta algo de piedad, que hasta los caballos parecen tener.

El punto que nos humaniza de vuelta, que nos hace animales sociales, pero no por obligación o por instinto –como a los caballos–, es la libertad. La libertad de elegir no prestar tanta atención a los comerciales sino a nuestra naturaleza, a esa que nos hace sociales. La libertad de elegir la piedad y la solidaridad. Cuando dejamos de hacer las cosas por miedo, por obligación o por utilitarismo, cuando concientemente decidimos ser hombres y mujeres, humanos, aceptamos nuestra naturaleza social y volvemos a mirar al otro, a incluirlo, a dejar de actuar con egoísmo y empezar a pensar con nosotrismo. Volvemos a ver a los que tenemos cerca y no tan cerca, a nuestra familia, a la gente del barrio o de la ciudad, respetando no porque nos obligue nadie, sino porque nos hace sentido.

¿Cómo se logra que nos contagiemos todos, de esto, al mismo tiempo? ¿Querrá alguien hacer comerciales con esta temática? Probablemente no. Va a seguir dependiendo de nosotros, sólo de todos y cada uno de nosotros. Pero no me digan que no suena mejor el poder mirar al otro ejerciendo mi libertad de ser social con lo que eso implique, en vez de estar atrapado en una ética utilitarista.

En función de esto entonces, no creo que el hombre deba dejar de crecer para que la comunidad deje de menguar. No necesariamente tengo que perder personalidad para que el nosotros crezca. Creo que el egoísmo sí debe dejar de crecer, pero que el hombre, el humano que no es mucho más que un animal social, debe de seguir creciendo en habilidades y capacidades que tienen que ver con el nosotros, con la comunidad de la que necesita para vivir. Porque ese hombre sólo crece cuando la comunidad crece y viceversa. Un nosotros que nos incluya no puede ser más grande si las partes que lo componen dejan de desarrollarse. Ese nosotros será más grande en la medida en que las personalidades que lo conforman crezcan, pero desde un punto de vista compartido y no egoísta, desde un punto de vista nosotrista.



J. R. Lucks


Referencias:

(1) Aristóteles: (Estagira, Macedonia 384 A. C. – Calcis Eubea, Grecia 322 A. C.) Fue uno de los más grandes filósofos de la antigüedad y acaso de la historia de la filosofía occidental. Fue precursor de la anatomía y la biología y un creador de la taxonomía.

(2) La Política. Aristóteles. Editorial Alianza, 2007.

(3) La dimensión del hombre. Jaime Barylko. Editorial Sudamericana, 2005.

(4) El origen de la desigualdad entre los hombres. Jacques Rousseau. Editorial Claridad, 2006.

(5) Jacques Rousseau: (Ginebra, Suiza, 28 de junio de 1712 – Ermenonville, Francia, 2 de julio de 1778) fue un escritor, filósofo, músico, franco-suizo; usualmente es definido como un ilustrado, pero parte de sus teorías prefiguran el posterior Romanticismo. Las ideas políticas de Rousseau influyeron en gran medida en la Revolución Francesa, el desarrollo de las teorías Liberales, y el crecimiento del nacionalismo. Su herencia de pensador radical y revolucionario está probablemente mejor expresada en su más célebre frase, contenida en El contrato social: «El hombre nace libre, pero en todos lados está encadenado».

(6) El hombre la libertad y los valores. Julio Cesar Labake.

(7) Acotaciones de José Ricardo Lucks.



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jueves, mayo 29, 2008

29-05-08. El egoísmo

Hoy tengo una palabra controvertida, y digo esto porque si bien durante mucho tiempo se la trató como un defecto, el mundo en el que vivimos parece haberle cambiado el sentido. La palabra es egoísmo.

Esta palabra viene de la raíz ego, que tanto en griego como en latín significa yo. Ismo, por su parte, es una desinencia que significa conformidad en el modo de ser y obrar. La desinencia en sí puede tener una connotación negativa, positiva o simplemente descriptiva. Si la terminación se aplica a algo bueno dará una virtud, por ejemplo moralismo es actuar conforme a la moral. Si se aplica a algo malo dará un defecto, por ejemplo tabaquismo. El neutro tiene que ver con lo descriptivo: socialismo, o cristianismo, palabras que tienen que ver con la forma de actuar en relación a estas doctrinas.

Egoísmo entonces es actuar, obrar, hablar, pensar, etcétera en relación al yo, a mi yo. En general se tomó al egoísmo con un defecto, sin embargo, hoy se habla de sano egoísmo. De mirar hacia uno porque de esa manera se crece, se madura, etcétera. Se construyen doctrinas en las cuales primero hay que mirarse a sí mismo, ya que con eso se logra ser mejor para eventualmente poder dar a los demás. No es que esté del todo mal, pero lo cierto es que es muy fácil extralimitar estos argumentos, y nunca salir de esa forma de pensar que tiene al yo en el centro. No es para nada complicado pasar del egoísmo a la egolatría, que ya no es actuar pensando en el yo sino adorar al yo.

A mí me gusta pensar que el egoísmo tiene que ver con puntos de vista –la egolatría en cambio se pasa, porque alguien que adora está cegado, y por lo tanto no ve nada–, y me parece que tenemos que tener cuidado con esto de los puntos de vista. Porque si miramos las cosas desde o hacia un solo punto de vista nos perdemos un pedazo de la realidad. No se puede ver la vida sólo pensando desde el yo, o desde el mí, o desde lo mío.

Me imagino, para ejemplificar esto, una negociación en la que cada negociador sólo ve su parte. No sólo no ve la del otro, sino que tampoco ve la de cualquiera que pueda a estar a su alrededor, y que se perjudica a medida que la no negociación, o la negociación egoísta, no llega a ningún lado. Ridículo, ¿no?, pero de que ocurre, ocurre.

Les traje un cuentito que creo que tiene que ver con esto de los puntos de vista, y de cómo el quedarse con sólo en uno de ellos, puede hacerlo a uno verse terriblemente ridículo. Dice así:

“Un día como cualquier otro, una señora ya mayor va al cementerio para llevar flores a la sepultura su difunto esposo.

Amorosamente llega a la tumba, se hinca a un costado de la lápida, y con mucho amor coloca un hermoso ramillete de flores en un pequeño vaso dispuesto a tal efecto.
Permanece un rato allí, contemplando la sepultura. Seguramente ensaya alguna oración, pasan por su mente imágenes de la vida pasada.

Repentinamente levanta la cabeza, sin ninguna razón aparente, hallando un par de tumbas más allá a otra señora que, como ella, parecía estar visitando la sepultura de su difunto esposo.

La observa con detenimiento y descubre en esta otra mujer rasgos orientales. No es eso sin embargo lo que le produce curiosidad, sino el hecho de que esta otra viuda deposita, con su mismo cuidado y amor, un plato de arroz sobre el frío mármol. Nuestra protagonista se extraña, pero sigue en su plegaria.

Cuando concluye y comienza a alejarse, aún curiosa, la mujer de rasgos orientales se levanta también para retirarse, y por esas casualidades que son más buscadas que fortuitas, ambas se cruzan en el pasillo de salida.

La primera mujer, no consiguiendo contener su incertidumbre y sin pensarlo demasiado, algo en serio pero no sin ironía, pregunta:

-Discúlpeme por favor, ¿pero cree usted realmente que su difunto vendrá a comer el arroz?

La mujer de rasgos orientales la mira, gira su cabeza para observar, desde lejos, el lugar de donde su casual inquisidora provenía, y tomando aire para responder, le dice con calma:

-Sí. Creo que mi difunto vendrá por el arroz. Seguramente ocurrirá cuando el suyo venga por el aroma de las flores”.

No digo que haya que mirar el punto de vista del otro, y no el nuestro, eso sería otrismo y también se parcial. Pero ya que somos tan evolucionados, porqué no desarrollamos el nosotrismo, o sea una forma de actuar que tenga que ver con el “nosotros”, que incluya en vez de excluir. Sería tal vez más interesante y seguramente menos solitario.


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jueves, mayo 22, 2008

22-05-08. El glamour, unplugged

Quedó claro para mí, después de lo que me enseñaron los diccionarios, que el glamour es un problema. De hecho la palabra misma engaña. Aunque parece proveniente del francés, por el ou con que se escribe, en realidad viene del inglés, y quiere decir exactamente encanto mágico. Pero con un sentido, proveniente del medioevo, relativo al ocultismo y a la magia negra. En definiciones que se encuentran en diccionarios de inglés se alude a poderes que afectan la vista, haciendo que los objetos o las personas parezcan diferentes de lo que realmente son. También se describe como embrujo u obra de hechiceros, o como un interés artificial, o una asociación particular con un objeto, a través de la cual este aparece magnificado o glorificado.

Un desastre. Este glamour parece más peligroso que la bomba atómica. Nos venden glamour todos los días para embrujarnos, para someternos. Para hacernos percibir por los sentidos y luego asentir con lo que nos venden, sin pensar. Para que consintamos con enunciados que no son más que engaños. Para ganar nuestra voluntad… después verán que hacen con ella.

¿Quién nos hace esto? No soy un perseguido. No creo en la conspiración global del capitalismo o de los grandes sistemas interestelares de invasores que pretenden destruir la Tierra. Pero el glamour está allí. Alguien lo sacude de un lado para el otro, y nos cae en la cabeza como ladrillazos tirados desde un edificio de veinte pisos.

Hay hoy estrellas glamorosas, llenas de silicona, colágeno, gel, mampostería, piel sintética injertada en el cuerpo, en fin… Mujeres –y hombres también– de más de sesenta años que parecen tener cuerpo de chicas de veinte; y cuando la camilla del cirujano ya no alcanza entonces viene el retoque de la fotografía. La cirugía dura algo más en el tiempo, pero el photo shop dura lo que dura el flash de la máquina fotográfica. ¿Necesitamos realmente que nos inyecten tanto glamour por los ojos?

Hay también políticos glamorosos. Que cambian su figura para las campañas, que se tiñen, que se cambian el peinado o se agregan las caras, que se alían con izquierdas y derechas según la moda del momento. Que consiguen otras figuras glamorosas para sus listas: artistas, actrices, personas o personajes públicos, para que nos identifiquemos con ellos y asintamos en votarlos. Después de todo, el momento más glamoroso de un político es su campaña y la asunción. Acto seguido, cuando llega el momento de trabajar y cumplir, se acaba el glamour, allí es donde les llega la depresión post-urna, se les cae el maquillaje y vuelven a ser lo que eran antes de los retoques.

Esta necesidad de glamour, que hace que las canas se disimulen, atrapa a muchos. Woody Allen dijo una vez:

“Las canas ya no se respetan, se tiñen”.

Que cierto, pero: ¿quién tiene la culpa? Porque en general se la echamos al que no respeta, y lo cierto es que el primer faltador al respeto es el que se las tiñe. Si el que las tiene, si el que se las ganó, las tapa y las esconde, porqué los demás habrían de respetarlas.

Vamos a pasear un poco más por la literatura. Fíjense en esta cita de un excelente libro (1) que habla sobre una banda de rock que, según la definición que estamos usando, no fue glamorosa, porque no creo que haya engañado o sometido a nadie al menos con malas intenciones. Dice así:

“Está en la naturaleza humana trascender. Todos, en una u otra medida, buscamos trascender en la vida. De acuerdo a las distintas idiosincrasias, hay, para cada ser humano, una búsqueda distinta en cuanto a trascender. Hay, con arreglo a las diferentes ideologías que la cultura occidental nos impone, muchos caminos posibles para trascender. Según algunos, los hombres trascienden por su obra. Según otros se trasciende a través de los hijos. Otros eligen la religión esperando, justamente, trascender en otra vida. Hay por supuesto, quienes buscan trascender a cualquier precio, que en general, termina siendo muy alto y poco rentable”.

Fantástica cita. La última forma de pretender trascendencia, a la cual los autores se refieren, es la glamorosa, la que no requiere ningún esfuerzo. Esta es que es poco rentable porque es fugaz, y lo fugaz no puede ser trascendente ya que es lo contrario. Además, estos glamoures aplicados a tratar de trascender terminan generalmente en patéticos triples y cuádruples estiramientos de piel, o reelecciones, con el objeto de intentar mantener lo efímero del embrujo. Como dice la cita se termina pagando un precio muy alto, altísimo: el del desengaño.

Cuando yo era chico, hace demasiado, mis padres me decían:

“No mientas Josecito, las mentiras tienen patas cortas”.

Hoy yo diría:

“No se operen, los colágenos y los estiramientos tienen patas cortas”.

Con los políticos no perdería el tiempo porque recomendarles no mentir sería lo mismo que pedirles que se cortaran las cuerdas vocales. Pero es como me decían mis padres. La fugacidad del glamour es brutal. Un gran amigo mío, José Levante, decía con asiduidad:

“Yo nunca me fui a acostar con una mujer tan fea como con las que me levanto”.

Nunca entendió mi pobre amigo. El glamour dura lo que los sentidos tardan en despejarse, lo que el alcohol en sangre tarda en diluirse, y normalmente, –muchas veces nos ha pasado con glamoures políticos por desgracia– cuando esto pasa, aparte de ver la verdad despertamos con terribles dolores de cabeza.

Volviendo a la cita, lo que sí vale la pena en el querer trascender tiene que ver con el trabajo, con el estudio. Como dijo Domingo Faustino Sarmiento (2):

“Los discípulos son la mejor biografía del maestro”.

Interesante, ¿no? La trascendencia garantizada en términos temporales y en cantidad de personas que han de hablar del maestro. Pero para que lo que ellos digan con su vida hable bien del educador, el susodicho tendrá que no sólo haber dedicado tiempo sino también esfuerzo para lograr así lo mejor de sus alumnos.

¿Habrá algo menos glamoroso que el trabajo y el estudio? Probablemente casi nada. Horas de “oscuridad” y de “soledad” para crecer, para no ser sólo cartón pintado y sí tener verdadero contenido. Seguro no es glamoroso. Porque no es un arreglo externo para lucir bien por un momento, debe ser una construcción sólida, y eso lleva tiempo.

¿Qué pasa cuando aplicamos el glamour a otras cosas más allá de la política o del espectáculo? Por ejemplo al amor. Aquí hay una frase de una escritora americana (3) que trae un poco de luz sobre este asunto:

“Romance es el glamour que transforma el polvo de la vida común, en una bruma dorada.”

No deja de ser poético, y el romance no es malo, pero tener que ver una cosa cuando realmente es otra no deja de ser peligroso. Es cierto que el polvo de una vida en común no tiene nada de glamoroso, pero si uno logra apreciar y valorar ese polvo, que se junta de tanto vivir en común, la bruma dorada aparecerá igualmente como consecuencia del esfuerzo conjunto en vez de ser producto de una ilusión visual. Sin criticar la cita, ya que una cita siempre está sacada de contexto, me gusta más esta otra (4):

“El amor es como una amistad en llamas. Al principio la flama, bella, se presenta feroz y rutilante, aún así es sólo luz y chisporroteo. Cuando el amor crece y persevera, nuestros corazones maduran y nuestro amor se transforma en brasas, con mucho calor interno y muy difíciles de apagar”.

Que gran diferencia en la forma de describir lo mismo. Una brasa difícil de apagar, o una bruma dorada que disimula el polvo que se acumula con el vivir común.
¿Cuántas veces preferimos las llamas chisporroteantes o los destellos dorados? ¿Cuántas veces nos planteamos llegar a tener brasas inapagables en el corazón, aunque también produzcan cenizas, o polvo? Hoy pareciera que lo glamoroso es lo fundamental. La luz nos llama más que el calor, lo dorado o lo platinado llama más que las cenizas o el polvo, aunque lo primero sea efímero… o quizás porque lo primero es efímero.

Tal vez, y para rescatar a la primera cita, el romance deba retirar la ceniza de alrededor de la brasa, respetándola en vez de disfrazarla. Tal vez eso haya sido lo que la autora quiso decir. Revivir el romance para quedarnos con lo mejor de ambas versiones, calor interno y romance a la vez, sobre el mismo sujeto. No están contraindicados.

Creo que esta otra cita redondea lo que quiero decir:

“Un verdadero hombre no necesita enamorar a una mujer diferente cada noche. Un verdadero hombre enamora a la misma mujer por el resto de su vida”

Si después de esto no se convencen de que no soy ni pretendo ser glamoroso, no se que más hacer.

El glamour requiere de condiciones base para instalarse. John Berger (5), un artista inglés, nos da una pista:

“El glamour no puede existir sin que esté instalado, y sea considerado como una emoción normal, un sentimiento personal de envidia social “.

Nuestra sociedad se educa así hoy. El individualismo que supuestamente nos debe guiar, ya que si cada uno logra lo mejor para sí la sociedad mejora –base de la teoría económica que sustenta el capitalismo–, se ha tal vez extralimitado transformándose más en egolatría que en sana competencia por mejorar. ¿Cómo alimentar esta competencia?, con envidia. Si no resulto tentado, embrujado con cosas que no tengo pero considero mejor que lo que sí poseo, no hay motor para el “avance”. Esto llevado al extremo acelera el ritmo de consumo y produce trabajo, mayor comercio, etcétera, etcétera. ¿Qué más produce este sencillo modelito? Todo el resto de las consecuencias que vivimos en las sociedades de hoy. El glamour sólo se agrega para que lo visto en otro lado sea deseable. Sin esa envidia, que tal vez haya sido buena alguna vez, el glamour sería “transparente”, no lo veríamos, estaríamos vacunados, protegidos, no nos embrujaría.

Debemos tal vez ser menos ególatras –o individualistas extremos– y cambiar la supuesta satisfacción que el glamour promete por verdadera satisfacción construida con esfuerzo y trabajo. La envidia carcome, nos carcomemos y nos desgastamos en búsquedas de contenidos que el glamour no contiene. ¿No será mejor gastar esas calorías en otras cosas?

Como dijimos ya, este asunto no es de hoy, aunque tal vez hoy los medios masivos hayan ayudado a que esté mucho más difundido.

Hay un libro cuyo nombre ha sido traducido al castellano como Las 36 estrategias chinas (6). El nombre en inglés de este libro, aparentemente más fiel al contenido original, se llama 36 Stratagems. Estratagema, en castellano, no significa estrategia, sino que según la RAE quiere decir: ardid de guerra, astucia, fingimiento y engaño artificioso. Suena a glamoroso, ¿no? Pues bien, el libro trata de diversas formas de ganar sobre un adversario encontrando formas de engañarlo, de confundirlo, de hacerlo caer en trampas previamente construidas. Es esta una línea de ideas compartida en gran medida por otros libros de estrategia militar, sólo para citar uno de ellos por ejemplo: El arte de la Guerra (7), de Sun Tzu (8), que postula entre otras cosas que la batalla mejor ganada es la que no se lucha, siendo que el adversario se rinde pensando que nuestra fuerza es superior. De echo, para nada un mal consejo.

En este libro de estratagemas hay justamente una que se llama: “Crear algo a partir de nada “, y en una de las versiones que comentan sus recomendaciones, se refieren a la misma de la siguiente forma:

“Si se es capaz de crear algo a partir de nada, las circunstancias más insignificantes pueden conducir al éxito. La mentira repetida mil veces puede llegar a aceptarse como verdad. Convertir algo pequeño en enorme, creado a partir de actitudes preexistentes para avivar los miedos, aumentar los prejuicios o desviar la percepción de los hechos. Una variante es hacer pensar a los demás que uno no tiene nada cuando en verdad se tiene algo”.

Glamour puro. Desde campañas electorales hasta romances, o peleas inventadas entre glamorosas figurillas del espectáculo, no van a decirme que esta regla no ha sido usada hasta el hartazgo.

El glamour, o sus equivalentes están presentes en todos los órdenes de la vida, en la estrategia militar, en la política, en el espectáculo, en el amor, en la economía de consumo, en las campañas publicitarias… en todo lo que se les ocurra.

Glamour: un intento de someter nuestra voluntad, mediante los sentidos, para que caigamos embrujados o hechizados en los designios del glamoroso. Desde las antiguas estrategias de guerra chinas, hasta lo propuesto por pensadores de inicio del pasado, o definiciones del amor maduro por autores y actores, el glamour está siempre presente. Se puede llamar de una forma o de otra, se puede esconder en palabras y disfrazarse de retórica, pero pareciera ser como el sol, siempre está. No se ha inventado aún un protector para el glamour, como sí se ha inventado un protector para los rayos del sol. ¿Por qué será? Tal vez porque no conviene que dejemos de exponernos al glamour.

A mí no me gusta que me embrujen, o que me sometan, o que se queden con mi voluntad, así que para mí, el glamour ya no tiene nada de glamoroso.




J. R. Lucks


Referencias:

(1) The Beatles, Dos de nosotros. Esther Vicente y Gustavo Ghisalberti, 1997

(2) Domingo Faustino Sarmiento: (San Juan, Argentina, 15 de febrero de 1811 – Asunción del Paraguay, 11 de septiembre de 1888) fue un político, pedagogo, escritor, docente, periodista, estadista y militar argentino; gobernador de la Provincia de San Juan entre 1862 y 1864 y presidente de la República Argentina entre 1868 y 1874. También se destacó por su laboriosa lucha en la educación pública.

(3) Amanda Cross: (seudónimo de Carolyn Gold Heilbrun. Enero 1926 - Octubre 2003) Escritora y crítica Americana, feminista y autora de novelas de misterio.

(4) Bruce Lee: (San Francisco, California, noviembre de 1940 - Hong Kong, julio de 1973) fue un artista marcial y actor chino. Reconocido exponente de fama mundial, y renovador de las artes marciales de mediados del siglo XX.

(5) John Peter Berger: (Londres, 1926), crítico de arte, pintor y escritor. Entre sus obras más conocidas están G., ganadora del prestigioso «Booker Prize» en 1972 y el ensayo de introducción a la crítica de arte, Modos de ver.

(6) Las 36 estrategias chinas. Editorial Quadrata.

(7) El arte de la Guerra. Sun Tzu. Editorial EDAF, 2006.

(8) Sun Tzu: Legendario general chino. Fue el autor del más antiguo tratado militar chino, que se estima que fue escrito alrededor del 500 a.C.



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jueves, mayo 15, 2008

15-05-08. El glamour

Hoy vamos a hacer bastante etimología. La palabra elegida es glamour. Sí, eso que hoy por hoy hay que tener, nos venden glamour, nos recomiendan ser glamorosos o glamorosas. Hay estrellas que derrochan glamour, la gente se opera para sentirse más glamorosa, en fin el glamour hoy es deseable.

Bueno glamour figura en el diccionario de la Real Academia Española, así que es una palabra que se puede usar en nuestro idioma, y en este noble diccionario nuestra palabra de hoy significa: encanto sensual que fascina.

¡Aha!, me dije a mí mismo, esto no me aclara demasiado, así que me puse a buscar entre los significados de encanto, de sensual, y de fascinar.

Encantar viene del latín incantare, y significa primero que nada: someter a poderes mágicos. “Empezamos mal”… pensé para mí, así que seguí leyendo y descubrí que también significa: atraer o ganar la voluntad de alguien. No me gustó nada esto de encantar. Sigo leyendo y me encuentro con el tercer significado que le da el diccionario de la RAE: entretener con razones aparentes y engañosas. Definitivamente lo de encantar no me pareció muy sano. El primer componente de glamour, entonces, tiene que ver con atraer para someter con razones aparentes y engañosas.

Vamos pues a la tercera palabra de la definición: fascina. El glamour fascina. Y fascinar, según el mismo diccionario viene de fascinare, que en latín quiere decir embrujar. También en latín, fascinum, es embrujo. Fascinar según la RAE es: engañar, alucinar, ofuscar; atraer irresistiblemente; y como tercera definición hacer mal de ojo.

Este glamour es un peligro. Me somete a un embrujo, me atrae irresistiblemente y me hace el mal de ojo para ganar mi voluntad.

Y, ¿cómo hace eso? Ahí entra la segunda palabra de la definición. Sensual. Recordemos que glamour es: encanto sensual que fascina. O sea, hasta ahora: sometimiento sensual que embruja. Pero ¿qué quiere decir sensual? Bueno, sensual es: perteneciente o relativo a las sensaciones de los sentidos. Se dice de los gustos y deleites de los sentidos, de las cosas que los incitan o satisfacen y de las personas aficionadas a ellos.

O sea que sensual es lo que entra por los sentidos, por los cinco sentidos, lo que uno incorpora “sin pensar”, “sin razonar”. Sensual viene del latín sentire, que, como se darán cuenta, significa sentir. De la misma raíz vienen palabras como consentir, o asentir, y por lo tanto de allí se derivan significados como opinar o darse cuenta.

¿Está mal ser sensual?, o sea: ¿está mal percibir cosas por los sentidos? De ninguna manera. Sólo que una vez que algo fue sentido sería bueno pensarlo, para que no me someta a un embrujo, al menos tan fácilmente.

Hasta acá con las definiciones. Lo cierto es que lo glamoroso está de moda, cuesta resistirse a lo que brilla con glamour. Este asunto termina siendo como un imán que nos arrastra, que nos atrae a pesar de que sea para someter nuestra voluntad. Veamos que nos decía (1) don José Ortega y Gasset (2) por allá por la primera mitad del siglo pasado. Hace más de 60 años:

Es la época de las corrientes, del dejarse arrastrar. Casi nadie presenta resistencia a los superficiales torbellinos que se forman en arte o en ideas, o en política, o en los usos sociales. Por lo mismo, más que nunca, triunfará la retórica.

El triunfo de la retórica: en glamour hecho palabras. Parece que no es un problema nuevo. Lo que también parece es que no lo pudimos arreglar. Imagínense lo que diría ahora don José Ortega si viera lo que los medios masivos de comunicación le hicieron a su preocupación. Cualquier cosa que fuese un torbellino superficial que arrastraba, hace 60 años, ahora se transformó en la tormenta perfecta multiplicada por cuatro a nivel interestelar...

Apliquemos ahora esto a la política. Si suena bien, si la retórica es buena: se cree, y eventualmente se vota. La verdad nunca es tan glamorosa como una buena promesa. La atracción de una campaña bien armada, con figuras llenas de glamour, fascina, o sea embruja. Desde hace tiempo que las contiendas preelectorales se juegan más en las pantallas de televisión y en los avisos en vía pública, que en los debates. Y realmente no creo que tenga que ver sólo con la era comunicacional en la que vivimos, es que no tienen nada que decirse, nada que debatir. Si lo hicieran sólo romperían el encanto al que someten a la gente, la cuál, como hubiese dicho mi abuelo, se daría cuenta que no son más que cartón pintado. Actualizando a don Manuel, hoy se podría decir con más glamour: colágeno maquillado o entretejidos teñidos; pero en el fondo no cambió nada.

No nos dejemos arrastrar. Duele que a uno lo arrastren. ¿Se dejarían arrastrar por un auto?, entonces: ¿porque dejarse arrastrar por un gobierno, o por un programa de televisión glamoroso?

El glamour nos somete a un embrujo, nos atrae para que veamos algo de una forma distorsionada, diferente en relación a cómo realmente es. Cuidémonos entonces del glamour y de los glamorosos.

Una amiga mía, Josefina Martillazo, a la cual siempre aprecié por sus pensamientos aunque no tanto por modales, decía: “Si la moda es ser estúpido, es mejor no andar a la moda”.



J. R. Lucks



Referencias:

(1) La Rebelión de las masas. José Ortega y Gasset. Editorial Espasa Calpe, 2007.

(2) José Ortega y Gasset, (Madrid, 9 de mayo de 1883 – Madrid, 18 de octubre de 1955). Filósofo y ensayista español, famoso por su crítica de la civilización moderna. Gran pensador, gran filósofo que con sus artículos, conferencias y ensayos -sobre temas filosóficos y políticos- contribuyeron al renacer intelectual español de las primeras décadas del siglo XX.



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